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La mala guerra

 Esteban Valenti

 


Esteban Valenti, evalenti@tips.org.uy,  es periodista, coordinador de Bitácora, publicación semanal del diario La República, Montevideo, Uruguay.

La guerra ya no es un arte: es una demolición.

Leopoldo Marechal


Desde estas páginas hemos analizado y publicado muy diversos enfoques sobre la crisis global desatada a partir del atentado terrorista del 11 de setiembre contra los Estados Unidos. Los abordajes son múltiples: políticos, económicos, diplomáticos, geo políticos, de seguridad, de inteligencia y naturalmente militares.

Hemos tratado de privilegiar una visión desde la civilización, en el sentido más amplio. Para que nada de lo humano quedara excluido. La exclusión de religiones, culturas y pueblos es en definitiva el camino seguro hacia lo peor. Hemos tratado de privilegiar el ser humano, su destino, sus valores, para no perdernos en el laberinto de las palabras y de las especulaciones. Y hemos apelado a la historia, esa fuente inagotable de sabiduría y horrores.

Desde el primer día nos preguntamos con Neruda " y el hombre donde está", y hoy nos proponemos una ardua tarea. El mundo está en guerra. Una guerra gris, oscura y extraña, en la que de una u otra manera todos estamos involucrados y podemos estarlo todavía mucho más. Y es sobre la guerra que queremos hablar. Para conquistar la paz hay que entender la guerra.

"El arte de la guerra" del más grande de los teóricos militares fue escrita hace 25 siglos por el maestro Sun Tzu. A partir de allí los aportes fueron técnicos, prácticos e históricos. Las bases están allí. Hoy nos horrorizamos de la simple palabra guerra, aunque en un corto período la humanidad ha sido capaz de pasar de las guerras nacionales del siglo XIX, a las guerras (frías y calientes) entre las ideologías en el siglo pasado, a las guerras difusas y sin territorios que algunos vaticinan entre las civilizaciones en este nuevo siglo.

Es discutible si la historia de la humanidad comenzó con la escritura, o en realidad la palabra escrita fue el instrumento para registrar la primera actividad verdaderamente histórica de los hombres: las guerras.

Esta es una guerra miserable, una guerra de demolición. Hasta la fecha han muerto entre 7000 a 8000 personas y los militares muertos apenas superan el centenar. Es el nuevo tipo de guerras, en la que los terroristas y los estados combaten sobre la piel de la pobre gente indefensa. No importa arriesgar miles de vidas, con aviones bombas, con misiles inteligentes, con las tecnologías más sofisticadas, o con sobres llenos de bacterias. El frente de batalla esta en todos los rincones de nuestras vidas.

Por eso hoy hablar del "arte de la guerra" puede parecer un insulto. En este libro Sun Tzu establece una serie de máximas y principios basados en las enseñanzas del I Ching y del Dao de Ying. Son principios básicos y éticos de la compleja realidad de la guerra, no como una disciplina autónoma sino como parte de la gran tradición ética y religiosa, del hombre chino, Es una disciplina humana, no es el producto del azar o sólo de las circunstancias históricas.

Sun Tzu concibe una guerra que es ante todo conciencia de los límites. El guerrero chino -el general o el estratega- debe primero adaptarse a un entorno: naturaleza, tiempo, enemigos, provisiones, ejército, pueblos vecinos y, sobre todo, una ética. Li Quan lo prevé comentando al maestro Sun: "Cuando se usa armonía para aplacar la oposición, cuando no se ataca a un pueblo intachable y no se toman botín o cautivos en todas partes, ni se destrozan los árboles, ni se envenenan las aguas y, más bien, se purifican los santuarios de las aldeas o de las montañas por donde pasan las tropas, es decir, cuando no se cometen los errores de una nación moribunda, esto es lo que se llama la Vía y sus reglas". La Vía. Una de las grandes enseñanzas del I Ching: un orden, una armonía, un sentido de los límites. Esa filosofía es el secreto último del guerrero. Por eso asegura el maestro Sun que "los buenos guerreros buscaron primero su invulnerabilidad y, luego, la vulnerabilidad de sus enemigos". La guerra se gana, muchas veces, sin ir a la guerra. Es un estado de equilibrio que, en su realidad más ideal, impide la confrontación, su necesidad.

"El mando ha de tener como cualidades: sabiduría, sinceridad, benevolencia, coraje y disciplina". Escribió Sun Tzu, no tan lejos geográficamente del territorio donde ahora se libra la nueva guerra del siglo XXI y en otra galaxia si se consideran los valores de la sabiduría, la sinceridad y la benevolencia actuales. Lo que hoy se ha perdido es precisamente la noción de los limites. Desde el horror del terrorismo, de la guerra bacteriológica, pasando por proteger más a los propios guerreros y sus tecnologías que a las poblaciones indefensas.

Hay un factor absolutamente nuevo en esta guerra. En los 40 siglos precedentes en las guerras, el instinto de conservación biológico primó sobre cualquier otra consideración. Toda la estrategia y la doctrina militar se basaba en preservar la propia vida y destruir al enemigo. Este era el cimiento. Hoy se vino al suelo con las dos inmensas torres y el Pentágono, cuando los terroristas utilizan su propia vida como el arma principal. Hay que repensarlo todo de nuevo. Ya ni esa arcana certeza nos queda.

Mientras que en el otro bando la guerra se pelea sin escatimar costos en vidas humanas de civiles, hoy asimilados en ese irónica y funesta categoría de "daños colaterales", mientras se evita de cualquier forma arriesgar a los propios soldados. Se parece cada día más a una guerra de fantasmas.

La doctrina Powell, edificada sobre la amarga experiencia de Vit Nam fue utilizada por los gobiernos norteamericanos, en Grenada, en Panamá y sobre todo en la Guerra del Golfo hoy ha mostrado todas sus limitaciones y ha sido abandonada por el Pentágono. Se basaba en un principio central: cuando se decide a utilizar la fuerza, esta debe ser aplastante y devastadora en hombres y medios. Esta doctrina insiste en que Washington no debería lanzar un ataque antes de tener objetivos políticos claros y un plan para retirar a las tropas norteamericanas del campo de batalla.

El presidente Bush tiene un objetivo político claro: la erradicación de la red terrorista Al Qaeda y el derribo del régimen talibán que la apoya. ¿Es sólo este su objetivo? Pero ya antes de lanzar el ataque se puso en evidencia que su plan militar se rige por unas reglas completamente nuevas.

La guerra que el Pentágono ha puesto en marcha está más relacionada con las fuerzas especiales que con un despliegue aplastante sobre el terreno. Los bombardeos son parte de este plan, pero el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha subrayado también que el Pentágono llevará a cabo una 'respuesta medida'. Nosotros agregaremos "medida" no por la voluntad sino por la realidad de una infraestructura casi inexistente, y una enemigo escurridizo y volátil. En realidad el principal enemigo no está en ese territorio, esta diseminado por el mundo.

Collin L Powell mostró sus puntos de vista en una entrevista antes de que George W. Bush fuera elegido presidente: 'Una vez que se han establecido unos objetivos políticos claros me parece muy sabio tratar de lograrlos de forma contundente si el uso de la fuerza militar es necesario', dijo. 'Expulsar al Ejército iraquí de Kuwait, desplazar completamente al Gobierno de Panamá: esto es lo que hicimos con aplastante y contundente fuerza'. ¿ No les vendrá nuevamente la tentación de utilizar esa aplastante fuerza, mas allá de Afganistán, precipitándonos en un espiral de consecuencias fáciles de prever: una fractura planetaria con el mundo islámico?

En este cuadro sólo con el fuego graneado de algunos intelectuales y de la sociedad civil, no podremos construir una paz nueva, de acuerdo a este nuevo tipo de guerras y sus trágicas consecuencias, hacen falta estadistas, hombres con una visión política que en medio de la crisis sean capaces de elevarse por encima de esquemas y fronteras ideales y culturales, para repensar y replantearse nuestra civilización.

Sólo haciendo confluir la reacción profunda de la sociedad civil, el pensamiento critico, auténticos estadistas a la altura de los tiempos y la tragedia y haciendo que las Naciones Unidas ocupen su papel de articulación global, y no de sumatoria de las frustraciones nacionales, podremos construir la nueva paz. Hace falta nuevas y más amplias alianzas. Para protestar e indignarse frente a la barbarie de esta nueva guerra y del terror alcanza la sociedad civil es fundamental, pero para construir la paz hacen falta nuevas y más amplias alianzas.

Jacques Chirac, Presidente de Francia en su discurso ante la Asamblea de la UNESCO y refiriéndose a estos acontecimientos decía: " Muchas veces la globalización es presentada hoy como una nueva forma de colonización, tendiente a instaurar en todos lados la misma relación o mejor dicho la misma ausencia de relación con la historia, con los hombres y con los dioses. La realidad es más compleja. Se puede hacer un buen o mal uso de la globalización. Bueno, si compartimos la información, el conocimiento, el progreso, la compresión por el otro, valores y riquezas. Nefasto, cuando es sinónimo de uniformidad, de homologación, de reducción al mínimo común denominador, cuando se comprime todo al primado de la ley del mercado. La respuesta a una globalización destructiva de las culturas y de las diversidad culturales es una diversidad fundada en la convicción de que cada pueblo puede enriquecer a la humanidad con su aporte de belleza y de verdad.¿ Como instalar este diálogo, como hacerlo posible?"

Es una aguda y buena pregunta de alguien al que nadie osará tachar de izquierdista. Una pregunta oportuna y necesaria. Porque del otro lado está ese oscuro vaticinio de Immanuel Kant de que " La guerra es nefanda, porque hace más hombres malos que los que mata." En medio de esos dilemas la guerra continua.
 
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