Aki Ginory

Cine con plumas

Hace poco, buscando un regalo por San Valentín, me topé con un CD, Secret Doorway, de Sal Mineo, actor y cantante abiertamente homosexual que hizo más de 63 trabajos para el cine y la televisión. No tuvo mucha suerte como estrella; siempre fue el segundón, porque el pobre chico del Bronx tenía un grave problema: se le notaba demasiado la pluma. Incluso hoy día, para el ambiente gay esto es un problema. Basta con echar un vistazo a los anuncios de contacto en revistas; la mayoría terminan con la castradora advertencia de abstenerse plumas.

Ahora parece que todo está cambiando en nuestro país para bien, y que con el tiempo la nueva futura ley de matrimonios civiles nos hará reir al recordar las barbaridades que están diciendo “expertos” en la materia, como dijeron en su momento estos mismos sobre el pecaminoso divorcio, hoy día incuestionable para la sociedad española. Pero el camino fue y será largo hasta llegar a la plena normalidad, en la que los típicos comentarios de que Pepita se lo hacía con Rita o Julián con Dioni, junto con aquellos momentos entrañables de sobremesa al comentar la sexualidad de ciertos famosos ante la sorpresa y entusiasmo de todos, se queden en el cajón del olvido. De hecho, en una de esas charlas mientras tomábamos café, mi madre nunca superó la traición que le hizo Rock Hudson. Era tan guapo y tan hombre, decía la pobre. Luego todo fue vox populi cuando fue uno de los primeros famosos que declaró tener SIDA, y lo mucho que sirvió para la causa, ayudando a muchos a dejar el fastidioso armario. Entonces me di cuenta de la importancia que tiene la visibilidad como primer arma en la lucha del movimiento homosexual.

Vengo de un lugar donde el índice de homosexualidad es alto; mejor dicho, la visibilidad es de las más altas. De ahí que lo llamen la cantera de España. Lo exuberante de sus paisajes y el buen clima tropical hacen más fácil la vida en la calle, ayudando a  mostrar las obviedades y comportamiento de cada hijo de vecino”. El mariquita tradicional o la “chicarrona” que subía a los arboles “al más puro macho, pero también el cura sobón y el abuelito que te hacía meter tus párvulas manos en sus bolsillos en busca de caramelitos, eran clásicos conocidos por todos y admitidos de forma indiferenciada, ocupando su lugar en el barrio, pero siempre como puntos negros en la vecindad que se convertían en intolerables cuando el cotilleo saltaba de casa en casa, como que la mujer de menganito se fue de casa y vive ahora con una rubia que la llaman por su aspecto Luisita “la camiones” y las muy... vienen a la playa como si nada o el hijo de la del tercero que lleva una doble vida (tú ya me entiendes) en Barcelona y no viene nunca a ver a su madre.

El cine fue el refugio para muchos. Era una ventana al mundo, salvo que por aquel entonces todos los homosexuales que podíamos ver en las películas eran malvados asesinos, perturbados mentales o jodidamente ridículos, como el vecino del quinto. Pero a mí me daba lo mismo, yo veía a gente que si no hablaba abiertamente de su orientación al menos eso era el problema, con lo cual existían. Y eso era lo importante, existir.  Con la necesidad de no traducir las historias heterosexuales. Algunas veces también quería verlas en versión original, ver, leer, conocer personajes que hablaran mi mismo idioma sin ser un delito por ello. En fin, otra vez lo de existir, porque es un derecho cual es vida, como clamaba Segismundo en La vida es sueño.

La lista de películas e intérpretes abiertamente homosexuales es larga; no sólo se iba a ver un trabajo de Fassbinder para empaparte del arte y ensayo alemán, no sólo queríamos leer a Capote, Jane Bowles o Genet, entre otros muchos, porque eran grandes autores, sino también porque tenían otras formas diferentes de contar historias mucho más cercanas y más tuyas. Cualquier película donde hubiese el más mínimo indicio de historia o personaje homosexual era de militancia obligatoria ir a verlas.  De amores callados a modo de gritos sordos, máximo ejemplo la señora Danvers que bebía los vientos por Rebecca de Winter o el que sentía el sargento Pete Mezies hacia el tenebroso teniente Quinlan en la una y otra vez vista obra maestra Sed de mal. Sufrimos con Té y simpatía o Rebelde sin causa, otra vez lo duro de tener pluma, en este caso adolescente. Nos horrorizamos con A la caza, una cinta con Pacino haciendo de letherona-terminator; lloramos con La Calumnia o Philadelphia; reímos con La cage aux folles y Jeffrey; nos calentamos con Querelle o Lazos ardientes, gracias a las tórridas Jennifer Tilly y Gina Gershon, buen cine negro cien por cien. Nos pajilleamos con Sebastian y Bilittis, dos bodrios del momento. Con Barbara Stanwyck en La gata negra de Dmytryck, loquita hasta el tuétano por la guapísima Capuccine. Con Marlon Brando en Reflejo de un ojo dorado de John Huston, una cinta que en su momento no se apreció y con el tiempo es una joya que además contiene una de las mejores interpretaciones de Liz Taylor. Con el Dirk Bogarde de La muerte en Venecia de Visconti, una de mis películas favoritas en el recuerdo, hoy día cuando he vuelto a visionarla no sólo es cartón piedra sino que descubro para mi asombro que es un auténtico tostón. Con la nueva Garbo, Meryl Streep en Manhattan, Las Horas y una tercera vez con Cher en Silkwood de Mike Nichols. Con autores valientes, con lenguajes cinematográficos diferentes y transgresores, reconocidos por todos por su orientación sexual como Pasolini, Almodóvar y Fassbinder, pioneros de lo que se podría llamar la normalidad. Quiero decir que sus filmografías están llenas de personajes e historias homosexuales, tratados de una forma digna, libre, real y sin complejos. Un aire nuevo se pudo constatar en el pasado festival de cine gay lésbico y transexual que organiza el colectivo Triángulo en Madrid, donde la temática va por otros derroteros y ser homosexual podríamos decir que ya no es el tema central sino que es un valor añadido. Vampiros, marcianos, fontaneros, cajeras de Alcampo, con monnstruos y ángeles, porque todos somos diferentes.  Bienvenida toda la visibilidad homosexual y esta vez como en las buenas películas en la vida real el happy ending viene con boda. Pues que vivan los novios y novias.