Akilino Ginory
El calor, el mar, el cine y tú
Madagascar, Papúa, Bora-Bora o Torremolinos, entre otros miles, son
lugares para la ensoñación y el escape del viajero en el tórrido
verano. Cuando el Foro se pone al rojo vivo, lo mejor es que arda todo lo
que quiera, pero que te pille fuera y a poder ser bajo sombra, en la playa,
campo o descubriendo otras ciudades. Suele pasar que cuando los paisajes
son desconocidos el calor es ajeno a ti. Recuerdo unas vacaciones por Túnez
en viaje organizado, en las que nos llevaron después de una comida
ligera, a base de cordero, a tomar un tecito a las tres de la tarde al tremendo
(que diría un cubano) desierto del Sáhara. Y allí
estaba yo con mi té bajo un sol de justicia tan ricamente, haciendo
fotos a todo lo que se movía, cuando en Madrid a esa hora del demonio
no se puede hacer nada salvo duchita y verte una de vaqueros que siempre
reponen las teles, o si quieres, para mitigar algo el torrao, hacerte una
selección de tu propio cine de verano con títulos cinematográficos
que refresquen un poco tus penas y te ayuden a viajar sin salir de casa.
Aquí tienes una ayudita.
El verano junto con los viajes en la pantalla casi siempre servían
para los despertares a la vida. De como hacerse mayor, abandonando la niñez,
como en el Verano del 42, donde un niño descubre por primera
vez los encantos del sexo de la mano de la olvidada Jennifer O’Neil. La adolecencia
en Los juncos salvajes, donde dos amigos junto a una chica descubren
sus amores encontrados en todas direcciones. Terribles veranos que le valen
a uno acabar en el psiquiátrico por una historia de amor y canibalismo.
Esto le pasó a la pobre Liz Taylor en De repente el último
verano. Veranos donde la paz de los lugareños era pisoteada por
los caprichosos veraneantes desbaratándolo todo a su paso como en
Amanecer de F. W. Murnau, primer Oscar de la historia. Un solo día
podía cambiar el resto de tu vida, y si no es así que se lo
digan a Nikita Milhalkov con la joya ganadora del Oscar en 1995, Quemado
por el sol, crítica descarnada anti-stalinista ambientada en un
verano del 36. Y ese mismo verano del mismo 36, aquí en plena guerra
civil en un Madrid resistiendo a la sinrazón, Gabino Diego y toda
su familia con comunidad de vecinos incluida, dejaban a fuerza de desilusión,
hambre y penuria de ser los mismos, un duro aprendizaje en Las bicicletas
son para el verano, de Jaime Chavarri.
Durante las vacaciones de verano, las ciudades se hacen más protagonistas
que nunca. Londres, Casablanca, París son lugares ya elegidos por
los viajeros y siempre llenarán de aire fresco tus futuros días
de otoño e invierno. Pero si quieres viajar en casa, nada como películas
que tengan nombre de ciudad, por ejemplo Vacaciones en Roma porque
siempre apetece ver a Audrey Hepburn; Un día en New York, con
la ciudad más cinematográfica del mundo, y además con
momentos de gran musical; incluso La dama de Beirut, donde nuestra
manchega Montiel sufría en sus propias carnes el horrible comercio
de “trata de blanca”. Y si por el contrario quieres ver caprichos de la naturalezas,
basta con Cuando ruge la marabunta, o Niágara, donde
una poderosa rubia compite en belleza con las mismísimas cataratas.
Y si te apetecen aventuras donde el mínimo remojón te costaría
la vida, toma una ración de Tiburón, uno de los grandes
entre los clásicos del suspense, o ¿Quién puede matar
a un niño?, de Chicho Ibañez Serrador, de lo mejorcito
de la casa en cuanto a género de terror; y para terror espantoso,
Marisol rumbo a Río, para morirse de pena.
También el cine noir sudó la gota gorda por culpa de los centígrados.
Nadie suda mejor ni con más glamour que los detectives privados y
policias de comisarias en las viejas cintas del género. Robert Ryan
junto a Nan Leslie saben de lo que hablo en Una mujer en la playa,
de Renoir. Lo mismo que el bombazo llamado Kathleen Turner y Willian Hurt
que incendiaron los 80 con sus Body Heat. Alain Delon hizo lo suyo
en A pleno sol, la novela de Patricia Highsmith, El Talento de
Mr. Ripley. Tampoco Marlon Brando se quedó atrás.
El chico sudaba la camiseta allá por los años 50 y nos la hace
sudar 40 años más tarde en Un tranvía llamado deseo.
Y que me dicen del “momento Trevi”, donde la walkiria Anita Ekberg mitiga
los calores de la noche romana con un baño glorioso en La dolce
vita. Y dos años más tarde otro momento húmedo en
la historia del celuloide, cuando Ursula Andrews emerge de las aguas en el
primer James Bond, en el verano del 62.
El campo en verano no es muy amigo de pasarlo bien en la gran pantalla. Me
vienen a la memoria cintas como Viernes 13, Pirañas,
las maravillosas Un lugar en el Sol, donde Shelley Winters es asesinada
por su marido, o la bellísima Gene Tierney ahogando a su cuñado
para estar a solas con su marido en un melodrama de uno de sus maestros John
M. Stahl, ¡Qué el cielo la Juzge! Bien, si tu elección
es la playa, siempre puedes darte un bañito en el Pacífico
con Josephine y Daphne en Con faldas y a lo loco; encontrar el entorno
entrañable del hotelito y su gente en Las vacaciones del Sr. Hulot;
enroscarte en las olas de Hawai a lo Deborah Kerr y Burt Lancaster;
ligar con el bombón de turno, haciendo el hortera como Dudley Moore
en 10; saborear un helado junto a la patética peligrosa Bette
Davis y la sufrida Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane?;
pasear por la orilla con tu maromo/a y tu jersey de temporada como lo hacía
la reina del paseísmo playero, Barbra Streisand en Tal como éramos;
incluso puedes hacerte una escapada al cabo de Gata con Mercedes Sampietro
en El pájaro de la felicidad, una cinta muy interesante de
la recordada Pilar Miró. Tú elijes, o te riega un barrendero
del Madrid la nuit como a la Maura, o, lo mismo que Antoine Doinel en Los
cuatrocientos golpes, corres hacia la libertad del mar.
Cuidado con la carretera y un buen verano.