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Malas vibraciones

Joaquín Almunia

Publicado en La Vanguardia, 11 de septiembre de 2000

El final del verano nos ha traído la sensación de que al gobierno le ha empezado a soplar el viento de cara. Quienes tanto disfrutaron con el ejercicio del poder cuando no alcanzaban por sí solos la mayoría absoluta, sufren más ahora, a los pocos meses de obtenerla. Así son las cosas de la política.

La situación en el País Vasco es, sin duda, la causa principal de sus dolores de cabeza. Y de los de todos nosotros. Imagino que Aznar debe agradecer que los nuevos dirigentes del PSOE no quieren hurgar en los errores y las carencias del gobierno en este terreno, a diferencia de lo que él hizo desde la oposición. Zapatero se ha ofrecido incluso a colaborar en el diseño de una estrategia más acertada contra el terrorismo. Para lo cual conviene recomponer consensos amplios, atrayendo hacia ellos a los nacionalistas que defienden sus planteamientos por cauces democráticos, que son los más, y que no deben ser confundidos con la minoría radical que antes de expresar sus ideas empuña la pistola o el cóctel molotov.

Por desgracia, el consenso no es “la” solución del problema; pero sin él, seremos incapaces de encontrarla. Consensuar implica renunciar a obtener ventajas políticas que puedan traducirse en perjuicios para el resto de los demócratas. Para abrir un espacio de esperanza a los ciudadanos, y paliar la zozobra que nos invade a todos, Aznar y Mayor Oreja tienen que hacer un ejercicio de generosidad, relegando a un segundo plano sus legítimas aspiraciones como fuerza política en Euskadi. Tampoco pueden aspirar a que los demás partidos les rindan pleitesía, ni obsesionarse con seguir repitiendo una y otra vez duras críticas contra la dirección del PNV, por grave que sea la responsabilidad política de Arzallus y Eguibar. Hay que contar también con ellos, o al menos intentarlo.

Pero además de la situación vasca, al gobierno no le queda más remedio que atender otros problemas. No son dramáticos, pero sí preocupantes. La economía empieza a suscitar noticias negativas y, lo que es peor, inquietud en muchas economías familiares. Hasta ahora, sin embargo, el ejecutivo demuestra cierta pereza para tomar al toro por los cuernos. Le cuesta remangarse y poner manos a la obra. Ya no es posible cubrir el expediente con actitudes como las de Rodrigo Rato hace aún pocas semanas, cuando creía poder escudarse en el Banco Central Europeo para eludir la modificación al alza de sus previsiones de inflación.

Los precios llevan tiempo creciendo por encima de los salarios nominales, las hipotecas siguen aumentando su carga sobre los bolsillos de quienes compran una vivienda y las gasolineras son un hervidero de protestas. Es verdad que ni Aznar ni Rato podrían ellos solos mejorar la cotización del euro, contener la subida del petróleo o frenar el aumento de los tipos de interés, por otro lado necesaria para frenar el recalentamiento de nuestra economía. Sabemos muy bien que ningún gobierno podría hacerlo en la era de la globalización. Más tampoco fue mérito suyo el escenario anterior, y bien que se lo apuntaban en su propaganda. Ahora llevarán su penitencia, por haber pecado antes de oportunistas, al apuntarse medallas que no les correspondían.

Incluso en el terreno del empleo, donde las mejoras han sido patentes, el gobierno acaba de recibir reproches de la Comisión Europea. Bruselas ha puesto el dedo en la llaga de nuestra precariedad laboral, señalando además el amplio camino aún por recorrer hasta lograr la equiparación de las mujeres con la actividad y la ocupación masculinas, cada vez más próximas al pleno empleo. En su reciente intervención ante un cualificado foro norteamericano, el Presidente del Gobierno ha hecho gala de sus concepciones liberales, lo cual podría presagiar que la anunciada reforma del mercado de trabajo, prevista para los próximos meses, se va a llevar a efecto. Si lo hace, contará con la oposición de los sindicatos; si el anuncio no va seguido de efectos concretos, las críticas vendrán desde el lado empresarial. El problema de Aznar es que quiere quedar bien con todo el mundo, y eso es más fácil cuando las palabras no se traducen en hechos concretos.

Claro que también ha hablado en Nueva York de la conveniencia de liberalizar el funcionamiento de otros mercados de bienes o de servicios. El Presidente es muy amigo de proclamar principios generales, pero también de actuar en contradicción con ellos. Los usuarios de muchos servicios públicos sabemos por experiencia que los resultados de la privatización de los antiguos monopolios no han supuesto necesariamente más competencia, ni mejores servicios, ni precios más bajos. Las mayores ventajas de la acción del gobierno se quedan casi siempre en manos de los nuevos operadores privados, como saben muy bien quienes obtuvieron, con nocturnidad y alevosía, las cuatro concesiones de las licencias de móviles UMTS.

Tampoco merecen a estas alturas mucho crédito las proclamas presidenciales a favor del diálogo. Lo que iba a ser la principal característica del estilo político de esta legislatura, brilla casi siempre por su ausencia. La política de inmigración es un ejemplo claro de ello. Se habló de consenso, al tiempo que se aprobaba unilateralmente la reforma de la ley de Extranjería, ley que fue apoyada hace menos de un año por los demás grupos parlamentarios. Con los exclusivos votos del PP, se pretende además tramitar el proyecto con toda urgencia. ¿Ese es el esfuerzo de diálogo con el que se quieren debatir la política hidráulica, la renovación del Pacto de Toledo o la cuestión de las humanidades? Se quería dar una imagen centrista, abierta, flexible y dialogante; pero se está ofreciendo habitualmente otra muy distinta.

Hay, por lo tanto, motivos que avalan la sensación de que al ejecutivo se le está acabando su luna de miel con la opinión pública. Una luna de miel que ha durado más de cuatro años. Sin duda, el PP ha tenido aciertos, nadie se los niega; pero también ha tenido suerte, mucha suerte. Se encontró con un círculo virtuoso que alimentó una expansión económica sana, casi sin desequilibrios. La tregua de ETA, tramposa como todo lo que hace la banda terrorista, nos permitió en todo caso vivir durante más de un año sin asesinatos ni extorsiones. Y el PSOE tenía pendiente un cambio profundo, que sólo a raíz del 35 Congreso ha recibido el impulso que necesitaba.

La publicación hace unos pocos días del último barómetro del CIS, realizado a mitad de Julio, sirve para tomar conciencia de lo que han cambiado las cosas durante este verano. Entonces, todo parecía ir viento en popa para el gobierno. Ahora, dos meses después, la dirección del viento ha cambiado. Un buen navegante tiene recursos para mantener el rumbo cuando eso sucede. ¿Sabrá hacerlo Aznar? Desde la aparición en escena de Rodríguez Zapatero, yo veo al Presidente más expuesto al desgaste, más afectado por el paso del tiempo. Un tiempo que, además, no ha eliminado algunos problemas que aunque hace poco parecían superados, ahora reaparecen. La figura de Aznar, su estilo de gobierno, sus gestos, no transmiten buenas vibraciones.
 
 
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