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Economía política del riesgo

(la incertidumbre fabricada)

 

 Alpher Rojas Carvajal

 Alpher Rojas Carvajal es analista político e investigador social colombianao

En la modernidad avanzada -o "postmodernidad", según los teóricos postestructuralistas-, paradójicamente la de los insospechados adelantos científicos y tecnológicos, el nuevo milenio comporta sombrías perspectivas para la salud humana, en particular, y para la sostenibilidad de la naturaleza, en general. En términos de economía política, las fuerzas productivas de la sociedad se han convertido, lenta pero inexorablemente, en fuerzas destructivas de la misma; las relaciones de producción han devenido relaciones de destrucción; los conceptos de vida, especie, sociedad y ciudadanía están asociados cada vez más a situaciones de riesgo. Amenazas y peligros, presentes tanto en los roles domésticos como en el ejercicio de lo público, tornan demasiado inquietante la situación de supervivencia saludable de la humanidad.

El potencial armamentista acumulado al comienzo de esta nueva época, tiene capacidad para destruir diez veces el planeta. Las sustancias industriales y la basura tóxica arrojada a la atmósfera y a las fuentes hídricas, así como la deforestación, la tala indiscriminada y los incendios forestales, están produciendo el rompimiento de la capa de ozono que a su turno causa el "efecto invernadero", la lluvia ácida, la descongelación gradual de los casquetes polares y, en consecuencia, sometiendo a la tierra a un proceso de calentamiento que altera los ecosistemas y los patrones climáticos, genera inundaciones, sequías y esteriliza las capas vegetales. Los bosques del mundo entero, tomados por las compañías transnacionales y multinacionales como materia prima para sus productos, están siendo "esqueletizados", mientras que los campesinos son lanzados al desarraigo forzados por la apropiación empresarial, latifundista y violenta de las mejores tierras. En otras palabras, la naturaleza ha sido convertida en un insumo más del sistema industrial, comercial y militar del planeta.

En las plantas termonucleares -las que han logrado ser inventariadas por los organismos multilaterales y los centros de investigación-, existen fuentes radiactivas suficientes que pueden matar a millones de personas situadas a miles de kilómetros del sitio donde se produzca el accidente. Como en la impactante metáfora de Ilya Prigogine: "El aletear de una mariposa en Hong Kong, puede desatar huracanes en Las Antillas". También, la competencia por una mayor rentabilidad -esencia del neoliberalismo salvaje-, coloca a los productores de alimentos en el mundo a forzar una mayor productividad de la tierra a través de sustancias químicas acelerantes (abonos, fertilizantes, pesticidas, insecticidas) muchas veces en concentraciones nocivas y tóxicas que socavan la base natural de la agricultura y cuya consecuencia inmediata es el envenenamiento de los suelos y las aguas y, por tanto, de los alimentos que consumimos.

Investigaciones realizadas por científicos sociales, conducen a ligar la mayoría de las consecuencias catastróficas vividas por la humanidad, con las diversas etapas del desarrollo de las fuerzas productivas, la integración de los mercados y las relaciones de propiedad y de poder. Los riesgos y peligros que de manera constante afectan el discurrir de la vida humana, de las plantas y de los animales, tienen componentes de naturaleza política y económica con capacidad para afectar diferencialmente a los grupos sociales de acuerdo con sus niveles de conocimiento, ingreso o localización geográfica; quienes tienen acceso, digamos, cualificado a la información gozan de mayores posibilidades para prevenir las calamidades y los desastres, frente a las enormes potencialidades de peligro surgidas, por ejemplo, de la energía nuclear, la química o la tecnología genética. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos estamos hoy sometidos a una pérdida esencial de la soberanía cognitiva y de la propia capacidad de juicio acerca de lo que nos puede suceder al ingerir un alimento importado o extraído del fundo agrícola del entorno, al usar un desodorante, una piyama, instalar una computadora, "calentar" alimentos en un horno microondas o usar un teléfono celular.

Pero si bien los múltiples peligros advertidos -y la lenta construcción cultural sobre riesgos-, nos ha llevado a acumular conocimientos empíricos para la protección de la vida en relación con los peligros visibles, hoy estamos sometidos a "amenazas industriales de segunda naturaleza", vinculadas a los procesos productivos de la industria y al ejercicio no ético del comercio planetario. Son amenazas que no estamos en capacidad de identificar a primera vista –por ser universales e inespecíficas- y cuya presencia muchas veces siquiera sospechamos. Viajan "como polizones", en los embalajes herméticos o en los vistosos empaques para el comercio conspicuo o masivo; con el agua y con el viento, y nos llegan a través de los productos de consumo cotidiano como el aire, las cadenas de alimentos, la ropa y los muebles y se toman por asalto las zonas más protegidas de nuestro entorno vital como las cocinas, los refrigeradores, las alcobas de los niños y los hospitales.

Son todos ellos factores de riesgo y de peligro que desbordan la capacidad preventiva de los seres humanos, de las regulaciones legales y de las previsiones adoptadas localmente por las comunidades. Entre otras cosas porque los niveles de conocimiento acerca de los potenciales riesgos, son demasiado reducidos y en algunos casos "inabordables". Y las noticias sobre los contenidos "tolerables" de veneno en alimentos y objetos de uso diario, producen una doble conmoción: ¿De qué me sirve saber que esta o aquella toxina en esta o aquella concentración es nociva o no lo es, si a la vez no sé qué reacciones desencadena la acción combinada de estos múltiples residuos tóxicos?. Es el potencial amenazante de las fuerzas productivas, según lo ha denunciado en La sociedad del riesgo el sociólogo alemán Ulrich Beck (Paidos 1998)

En ese sentido, la sociedad que produce tecnología y riqueza, paradójicamente produce riesgos para la humanidad. Es la misma que al comprobar el surgimiento de fuerzas sociales que cada día reclaman la supresión de productos contaminantes o su regulación estatal, ha encontrado otra fuente de acumulación de riqueza, un big business, en la producción de elementos que buscan eliminar o atenuar el impacto de sus productos. Ahora fabrican caretas, cremas, guantes, filtros, masas aislantes, fibras reconductoras, empaques y recubrimientos "ecológicos", todo lo cual resulta a la postre de efectos cosméticos. En algunos casos han llegado a servirse de grupos contestatarios como "agentes publicitarios en avance", pues ciertas críticas muchas veces resultan propagandísticas del producto sucedáneo del riesgo.

Por otra parte, el manejo de la información especializada acerca de los componentes tóxicos de la producción tecnológica y química, como de los peligros latentes a que pueden estar sometidas las personas en virtud de su ubicación geográfica rural o urbana y de las rutinas en que suelen desempeñarse por las "presiones dinámicas", está concentrada en un exclusivo sector científico-tecnocrático. El cual determina de manera unilateral la calidad y la cantidad de noticias que a este respecto debe conocer la sociedad. Siguiendo al científico Woodrod, se puede decir que la afirmación o la negación, el grado, la dimensión y los síntomas de la persona amenazada, dependen de manera fundamental del conocimiento ajeno. Ello está deliberadamente incluido en los presupuestos de los desarrollos tecnológicos, toda vez que un conocimiento globalizado y socializado sobre las potencialidades de peligro, puede llegar a destruir modos de producción y dar al traste con las bases económicas que los sustentan. Admitir hoy que se ha errado en la constatación de los valores límite para la tolerancia de pesticidas, equivale al desencadenamiento de una catástrofe política o económica (L’économie mondialisée, Reich R, 1993). Sin embargo, curiosamente, los productores del riesgo, permiten la liberación de ciertos grados de conocimiento sobre los peligros contenidos, pues ello determina, en nuestra sociedad de consumo, una suerte de dinámica de las necesidades a través de las variaciones en la definición de riesgo, infinitamente multiplicables, con lo cual se abren nuevos mercados. Uno de ellos -tal vez de los más extendidos y prósperos- es el de los seguros.

Expertos en la racionalidad científica, situados en los distintos sectores de la producción, suelen ser demasiado celosos en relación con la información sobre los riesgos producidos por la tecnología y la química. Al conseguir monopolizar la definición científica del riesgo, ejercen la manipulabilidad técnica de la información, la elevan a dogma y descalifican la protesta social, declarándole la presunción de irracionalidad e ignorancia. Así que al quedar subordinada a la autoridad experta la determinación objetiva de los peligros, se impide la construcción social de la percepción de las amenazas, los riesgos y, por tanto, de las vulnerabilidades de las personas, los espacios, los hábitats y las rutinas. Es decir, "hay sectores que fijan los riesgos y la población los sufre de manera pasiva" (Beck).

Tal situación de "apartheid" informacional, sumada a la pluralidad conflictiva de "riesgos civilizatorios latentes", cuya presencia es objeto de suposiciones especulativas y de dramatizaciones contestatarias, nos induce a pensar que estamos enfrentados a una superproducción creciente de peligros. En esta situación cada "posición de interés" procura asumir la defensa de su espacio productivo, mediante una hermenéutica de la contingencia, que en lugar de permitir la apertura de la discusión científica para favorecer a la sociedad, dedica todo su esfuerzo a alejar los "riesgos" que el conocimiento de la verdad traería para su lógica mercantilista. Sin embargo, hay situaciones que escapan a su control, como la desvalorización de la propiedad aledaña causada por los efectos devastadores del uso de agroquímicos sobre las zonas boscosas o de producción agrícola, así como la instalación de centrales nucleares, que además proyecta efectos socialmente circulares del peligro. En estas condiciones los riesgos trascienden la estratificación clasista y afectan por igual al productor del riesgo y a los receptores pasivos. Culpable y víctima se encuentran en ese camino común de perplejidad en que es difícil establecer responsabilidades. Aunque quienes gozan de recursos económicos -y de conocimiento- tendrán siempre la posibilidad de "blindar" sus condiciones de vida.

Cabe agregar que, en muchas ocasiones, sin instrumentos de medición que los haga visibles, no es posible tener una percepción inmediata de los nuevos riesgos generados, ni siquiera para quienes están blindados frente a los peligros. Ciertas "enfermedades civilizatorias" derivadas de la contaminación nuclear, la "lluvia ácida" o de las fumigaciones indiscriminadas, no manifiestan sus efectos de inmediato, lo hacen en sus descendientes. Las muestras de DDT encontradas en la leche materna de mujeres aparentemente saludables, han causado deformaciones y enfermedades letales en sus críos (der Stern, abril de 1985). En la amazonia y la orinoquia colombianas, regiones donde los programas de erradicación química de cultivos ilícitos de los Estados Unidos (Plan Colombia) han hecho llover glifosato, se constató que "a los animales, a las vacas y a los caballos, se les pudren los cascos," ("Veneno va a Llover", Daniel Samper, El Tiempo 29-03-00). Por otra parte "el nacimiento de niños con defectos orgánicos irreversibles, anormalidades tiroideas, problemas respiratorios, escamación cutánea y otras afecciones "menores" se viene presentando después de la fumigación" (Anuc 12-00). Fumigación que viola la legislación ambiental pues no posee la licencia respectiva, según una Acción popular instaurada ante los tribunales administrativos, por la abogada Claudia Sampedro, a la cabeza de decenas de afectados.

De otro lado, se ha comprobado que las industrias del riesgo o los productos excedentes no aptos para el consumo de las sociedades opulentas, son trasladados a los países pobres (Bhopal en la India y Villa Parisi en Brasil, p.ej). En Colombia fue detectado por el Invima un enorme cargamento de pasta de pollo contaminada con Salmonella, importada por la empresa Noel (El Tiempo 10-10-99) de propiedad del cartel industrial más poderoso del país, el Sindicato antioqueño, cercano a los afectos del presidente de la república Andrés Pastrana. El director del Instituto de vigilancia, que denunció el embarque contaminado, Josué Ossma, fue despedido acusado de una infracción administrativa menor. Parte de este alimento nocivo iba para los damnificados del terremoto del Eje Cafetero. Por cierto, en esta zona de tragedia, las ONGs sociales denunciaron también la presencia de industrias de casas prefabricadas importadas, cuyos materiales elaborados con asbesto-cemento "son altamente cancerígenos" (Veeduría ciudadana, 1-01)

Una inspección de la Secretaría de Salud de Bogotá, detectó en los días de "Semana Santa" abundantes existencias de "pescado contaminado con formol", en los supermercados de la capital; y el Invima denunció "la adulteración en etiquetas y empaques, además de partículas flotantes en el contenido de medicamentos cuyas cajas tenían rótulos de producción de Vysali y Cpli Point, laboratorios de la India", lo cual obligó a "declarar cuarentenas en numerosas clínicas del país" (El tiempo, 21 04 01) De otro lado la revista Newsweek, entregó un informe según el cual los tribunales de la justicia americana respondieron favorablemente las demandas de centenares de consumidores de cigarrillos –fabricados con excesos nicotínicos para aumentar la adicción-, afectados de cáncer que reclamaron fuertes indemnizaciones a las tabacaleras de ese país, la mayoría de ellas de propiedad del Senador derechista Jesee Helms. Los informes de los principales periódicos americanos coinciden en afirmar que los excedentes de cigarrillos con sobredosis de nicotina están siendo enviados a los países del Cono sur.

Frente al espectro múltiple de actores del riesgo y de sus causas, es difícil identificar responsables directos. Se trata muchas veces de procesos deliberados de ocultamiento, sutilmente habilitados por la desregulación económica, la flexibilización laboral y, también, por la microespecialización del trabajo, que favorece una suerte de desvanecimiento causal y el anonimato de los intereses dominantes. Este tejido semiclandestino de causas y actores, ha sido detectado y denunciado en muchas ocasiones merced a la investigación de colectivos humanos y académicos que ejercen una especie de apropiación social del conocimiento de las amenazas y los peligros potenciales que se ciernen sobre el planeta y sus habitantes.

Así, los 30.000 proyectiles de uranio empobrecido, disparados por los EE.UU en el conflicto de Kosovo –autorizado por la OTAN-, han puesto al descubierto las grandes existencias de este material radiactivo y desvelado planes de intervención atractivos por los bajos costos del material, cuyas consecuencias para la vida de las personas no se han hecho esperar. En esta guerra humanitaria se cuentan por decenas los soldados que estuvieron en Kosovo y que hoy padecen de leucemia y otras enfermedades necesariamente mortales, contraidas allí, en lo que ha dado en denominarse el síndrome de los Balcanes.

De otro lado, dos recientes decisiones de los Estados Unidos, bajo la brutal insensibilidad del presidente conservador George W. Bush, tienen al planeta en ascuas: su negativa a suscribir el protocolo de Kioto sobre limitaciones a las emisiones de dióxido de carbono y gas metano y la de desarrollar el "escudo espacial antimisiles" (diseñado por el Físico Edward Teller, padre de la Bomba "H"), iniciativa de los gobiernos neoliberales de Reagan y de Bush (papá), lo cual, de acuerdo con el expresidente español Felipe González, "provocará el avance de misiles capaces de simular cabezas nucleares para engañarlo o de portar otras armas de destrucción masiva no detectables por él. Se estimulará el desarrollo de las armas nucleares de bolsillo(...) Una nueva carrera armamentista está servida..." (El País de Madrid, 15-02-01).

Tireless, legionala, "Encefalopatía espongiforme": vacas locas, Chernobil, Harrisburg, Guerra de las estrellas, transporte de desechos peligrosos, alimentos contaminados y medicamentos adulterados (en ese des-orden), son referentes monstruosos del riesgo planetario, humano y natural, que hace parte de lo que Antonny Giddens apropiadamente denomina La incertidumbre fabricada. De repente, nos estamos percatando de que respirar, comer, tomar el sol o vivir en una determinada zona geográfica puede estar asociado a riesgos más o menos fatales. Estamos, bajo La Irresponsabilidad organizada, es decir, rodeados por los efectos destructivos de la sobreproducción industrial que se abaten sobre nosotros hiriendo de muerte a muchos de nuestros símbolos más importantes, "todo ello adornado y justificado por decisiones de alto nivel, por estrategias de mercado mundial y, también, por los medios de comunicación" (Beck).

No obstante, en términos del sociólogo William García Rodríguez, "las amenazas y el riesgo adquieren hoy un gran potencial movilizador no sólo de los sectores y países subalternos, sino en el conjunto de las sociedades nacionales e internacionales contra la contaminación, el armamentismo, la radiación, la basura química y nuclear que pone en peligro la vida sobre el planeta. Los movimientos ambientalistas, los partidos verdes, los encuentros de gobiernos y las declaraciones de la comunidad internacional, son muestras de un despertar acerca de los peligros que colocan en duda los fundamentos esenciales de la modernidad modelada por el capitalismo: el progreso, la tecnocracia, la racionalidad productiva y las relaciones de dominación del ser humano frente a la naturaleza" (Corp Diálogo Democrático,1999)

La nueva realidad tecnológica y los problemas ecológicos y sociales acumulados reclaman con urgencia el surgimiento de un nuevo modo de pensar, de una nueva ética que propicie un reacomodo más justo y sustentable de nuestras sociedades en el planeta que habitamos. La vida ha rebasado las lógicas que una vez resultaron eficaces para defender los distintos intereses en pugna. Aferrarse ciegamente a éstos y a aquéllas equivaldría –como bien lo señala Juan Antonio Blanco- al camarero que una y otra vez levantaba y organizaba las sillas caídas en el restaurante del Titanic, cuando la nave se disponía a hundirse definitivamente. Al cerrar el milenio, la necesidad de sobrevivir como especie nos compulsa a pensar el proceso civilizatorio y cultural, desde una perspectiva renovada.

Nos urge propiciar el diálogo de saberes, de ignorancias y de imaginarios sobre el riesgo de los riesgos; estimular unas nuevas formas de organización –movimientos sociales- entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza, en las que la armonía y la cooperación solidaria sean los principios fundamentales; impulsar el interés crecientemente productivo del conocimiento, dentro de los ideales científicos de progreso y crítica (Habermas) y de la política como orden social construido colectivamente, para relegitimar el Estado en su papel interventor. Como nos ha enseñado una de las cumbres de la ciencia social, el investigador Edgar Morin, "Es necesario aprender a navegar en un océano de incertidumbre a través de archipiélagos de certeza".
 
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