Juan Manuel Vera
La recuperación de historias silenciadas
Nuestros años treinta. Recuerdos de un militante del POUM.
Francesc de Cabo, SEPHA, 2005, Madrid
En busca de Andreu Nin, José María Zavala, Plaza Janés,
2005, Barcelona.
Enterrar a los muertos, Ignacio Martínez de Pisón, Seix
Barral, 2005, Barcelona
En algún momento de nuestra historia reciente ha parecido que la reconstrucción
del sistema democrático en España iba acompañada de
una completa amnesia que abarcaba a la época republicana, a la guerra
civil y a la dictadura franquista. Esa situación está cambiando
rápidamente. Un nuevo interés y compromiso con nuestra historia
reciente está aflorando. Las iniciativas ciudadanas de recuperación
de la memoria histórica encuentran, por fin, eco en las instituciones
públicas. Así, son señales muy positivas los sucesivos
reconocimientos a las víctimas del franquismo en el Congreso de los
Diputados o la simbólica retirada de símbolos dictatoriales.
Tras la desaparición de la estatua de Franco en Madrid debería
replantearse el futuro del llamado valle de los caídos, pura muestra
del franquismo nacional-católico. Tampoco son casuales, en este nuevo
contexto, los intentos de rehabilitación del franquismo -Pío
Moa, por ejemplo- que encuentran caldo de cultivo en ciertos ambientes
de la derecha que nunca han asumido la ruptura real con el pasado franquista
de los suyos.
Las trampas de la memoria
No hay que olvidar que la memoria histórica tiene sus trampas. Una
memoria útil no puede convertirse en una hagiografía, debe
incorporar una reflexión, desde el presente, sobre la historia y sobre
las responsabilidades. Caben actitudes muy diferenciadas. Para algunos, la
memoria es el instrumento para construir una historia común, una reconciliación
respecto a un pasado en el que todos cometieron errores y horrores y que
hay que ver con distanciamiento, para reconocer lo noble y lo siniestro de
las distintas actitudes. Una expresión literaria de esa memoria conciliadora
es la exitosa novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina (Tusquets,
2001). Diferente es la posición de quienes entienden la memoria como
reivindicación de justicia histórica y de las víctimas
del franquismo. Una espléndida novela como El vano ayer (Isaac
Rosa, Seix Barral, 2004) expresaría esa otra actitud.
Desde luego, el terreno de la memoria histórica no puede ser el de
un paralelismo entre bandos fratricidas, como algunos, incluso bienintencionados,
pueden haber pretendido. El objetivo consiste en avanzar en la consolidación
de una memoria colectiva democrática, lo cual no puede hacerse desde
la equidistancia sino desde la negativa radical a equiparar a los generales
golpistas contra la República y a sus defensores. Tampoco es posible
igualar a los que apoyaron y se beneficiaron del franquismo con sus víctimas.
La memoria sobre el nazismo, sobre el estalinismo, sobre el franquismo, sobre
las dictaduras latinoamericanas y sobre otros sistemas criminales, parte
necesariamente del rechazo a los mismos. Ser neutral en ciertas cosas es
un mal síntoma. Sin embargo, la ausencia de neutralidad no significa
renunciar a una mirada honesta sobre los comportamientos. El antifascismo,
por ejemplo, no puede hacernos callar ante los crímenes de los aliados
en la Segunda Guerra Mundial, como la destrucción de Dresde o el arrasamiento
de las ciudades japonesas.
La República representa los valores humanos y democráticos
frente al franquismo, que supuso un movimiento puramente reaccionario. Pero
un acercamiento equilibrado no puede eludir problemas históricos cruciales.
Uno de ellos es la represión contra los civiles en la zona republicana,
que tuvo en la persecución religiosa, con la muerte de muchos centenares
de sacerdotes, frailes y monjas, una de sus páginas más siniestras.
Esa represión fue obra fundamentalmente de incontrolados en el marco
del caos generado por la rebelión fascista apoyada por la Iglesia
Católica. Aunque no tuvo el carácter planificado y sistemático
de la represión en las zonas controladas por los franquistas, sino
que intentó ser limitada y detenida por las autoridades, no es un
capítulo que deba olvidarse.
Un segundo problema histórico se refiere a las persecuciones desencadenadas
por los comunistas estalinistas contra el POUM y otros adversarios políticos.
Si el terreno de la memoria histórica es resbaladizo, para algunos
se vuelve terreno pantanoso cuando se trata de mirar con los ojos abiertos
y con honestidad a los conflictos internos en el bando republicano.
No todo recuerdo del pasado es memoria histórica válida. A
veces se recae en la impostura. Lo son los homenajes a Santiago Carrillo
que olvidan voluntariamente su papel de dirigente del PCE estalinista. Tampoco
resulta positiva la recuperación acrítica de una obra como
Doble esplendor (Gadir, 2004), de Constancia de la Mora, por parte de ciertos
medios que han acogido con entusiasmo su reedición sin comprometerse
a analizar la implicación de la autora con el estalinismo. Constancia
de la Mora es un ejemplo del atractivo creciente que el totalitarismo ejerció
en ciertos ambientes intelectuales y acomodados de la República -los
plebeyos siempre se sintieron más atraídos por las organizaciones
anarquistas y socialistas-. La luna de miel entre ciertas élites y
el PCE-PSUC coincidió con la progresiva influencia comunista,
apoyándose en la ayuda militar soviética, sobre las instituciones
republicanas, en detrimento de los socialistas, los anarquistas, los republicanos
y, en su zona de influencia, el POUM. Aunque ese dominio no llegó
a ser absoluto, esa irresistible ascensión desde minoría casi
residual a importante poder fáctico, sólo pudo tener un efecto
negativo sobre la moral republicana pues supuso una imposición de
ideas y reglas ajenas a la cultura política de la izquierda obrera
española.
Historias silenciadas
Aún hoy, la aparición de algunas obras que recuperan una parte
de la historia republicana que se ha querido silenciar produce un impacto
notable. Ya lo tuvo Javier Marías cuando en Fiebre y lanza,
el primer volumen de Tu rostro mañana (Alfaguara, 2002), obra
muy centrada en el papel de la memoria, evocó el caso Nin.
Ahora ha llegado una cosecha importante. La primera de esas nuevas aportaciones
es Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005), un libro en el que
el escritor Ignacio Martínez de Pisón reconstruye admirablemente
la trayectoria de uno de los desaparecidos más enigmáticos
de la guerra civil, José Robles, traductor de John Dos Passos. Si
la obra de Martínez de Pisón es realmente notable no lo es
únicamente por el esfuerzo de rescatar del olvido y de una conspiración
de silencios y mentiras una historia apasionante. Lo mejor y lo más
importante del libro de Martínez de Pisón es la profunda reflexión
sobre el papel de los intelectuales republicanos ante unos sucesos que ya
manifestaban la tendencia liberticida del estalinismo. La contraposición
entre John Dos Passos y Ernest Hemingway se acompaña con el cuadro
de las complicidades con que algunos asistieron a las calumnias, en ocasiones
con resultado de muerte, a las que fueron sometidos amigos suyos, a quienes
conocían muy bien.
La irresponsabilidad ética de muchos hombres supuestamente razonables
no tiene justificación. Acertadamente, Martínez de Pisón
cita a Dos Passos, cuando éste afirma que “los medios son más
importantes que los fines porque los medios modelan instituciones que establecen
maneras de conducta, mientras los fines no se alcanzan nunca en la vida de
un hombre”.
Y ese silencio de los intelectuales en el caso Robles fue aún clamoroso
en el caso Nin, también evocado en la obra de Martínez de Pisón.
Andreu Nin, dirigente del POUM, ex-conseller de Justicia de la Generalitat,
era una persona muy conocida en Cataluña, a pesar de lo cual prácticamente
ninguna voz pública, y sobre todo ningún intelectual reconocido,
fue capaz entonces -y la mayoría de ellos, lo cual es mucho más
terrible, tampoco después de transcurrir décadas- de denunciar
las calumnias a las que fue sometido ni lo que fue un terrible crimen de
Estado (o de Estados, dado que a la autoría del Estado soviético
se unió la complicidad del Gobierno Negrín o al menos de su
Presidente y de algunos ministros).
Ahora, el periodista José María Zavala ha escrito un libro
que constituye un compendio del estado de la cuestión Nin. Es el libro
En busca de Andreu Nin (Plaza y Janés, 2005). El trabajo es
bastante consistente, de forma que constituye una contribución importante
al conocimiento del caso. El libro aporta una pormenorizada descripción
de la detención, secuestro, desaparición, tortura, asesinato
y ocultación del cuerpo de Nin. Tal vez pierda fuelle, quizá
por exceso de maniqueísmo, en algunas páginas dedicadas a la
URSS estalinista, El extenso libro -582 páginas- es muy periodístico,
con la agilidad característica de las obras dirigidas al gran público.
Es muy de agradecer que el autor haya completado su exposición con
unos excelentes apéndices documentales.
Las viejas y falsas polémicas sobre la preeminencia de la guerra o
la revolución van dejando paso a los auténticos problemas del
poder republicano bajo la influencia comunista. Lo relevante tampoco es si
la política del POUM, de Largo Caballero o de la CNT era más
acertada o menos. El tema que interesa a la memoria histórica actual
es si el crimen de Estado puede ser justificado. Los sombríos métodos
del estalinismo van encontrando el juicio que merecen.
Como complemento a las obras citadas, también quiero mencionar la
publicación de otro libro que se aproxima a esa memoria olvidada.
Son los recuerdos de Francesc de Cabo, Nuestros años treinta
(SEPHA, 2005), en los que relata sus experiencias personales como militante
poumista, reflejando los valores y aspiraciones que les movían y sus
experiencias bélicas. El autor fue dirigente de la Izquierda Comunista
y del POUM, amigo personal de Nin, y combatió en las milicias de la
División 29 y en las Brigadas Internacionales. Sólo volvió
a España, después de un largo exilio latinoamericano, tras
la muerte de Franco, dedicando los últimos años de su vida
al esfuerzo de reivindicar la memoria de Nin.
También Francesc de Cabo evoca otro caso siniestro, la desaparición
en su propia casa, donde se alojaba, de Kurt Landau, un dirigente de la izquierda
austriaca, representante notable de la generación de quienes combatieron
al estalinismo en su momento de apogeo, que también fue secuestrado
y asesinado por agentes estalinistas. Otra historia silenciada.