La especie humana (fragmento)
Robert Antelme
Fragmento del libro La especie humana, Robert Antelme,
Areana libros (arena@cgtrabajosocial.es).
Todos los derechos de reproducción pertenecen a Arena libros.
(...) A menudo, cuando Gaston volvía al bloque, apenas le quedaban
fuerzas para beberse la sopa y enseguida iba a tenderse sobre el jergón
y se le cerraban los ojos.
Sin embargo, no habían podido impedir que la bestia de carga
que habían hecho de él pensase mientras picaba en la colina,
ni que hablase pesadamente con palabras que permanecían mucho tiempo
en los oídos. No estaba solo en el túnel; había otros
que picaban a su lado y que acarreaban la tierra y que, como él,
por la mañana, tenían, a pesar de todo, algo más de
fuerza que por la noche. El capataz civil podía alardear por el
túnel con su capote de futuro volksturm y su bigotillo negro y gritar
y activar el trabajo, no podía impedir que las palabras pasasen
de un hombre a otro. Pocas palabras, por otra parte; estos hombres no mantenían
una conversación, porque el trabajo de la mina no se hacía
por grupos homogéneos y, por lo tanto, nadie podía quedarse
al lado del mismo compañero durante varias horas seguidas. Las frases
se entrecortaban siguiendo el ritmo del trajín del pico, el ir y
venir de la carretilla. Y era demasiado agotador mantener una verdadera
conversación. Había que meter lo que se tenía que
decir en pocas palabras. Gaston diría algo así:
-El domingo, tenemos que hacer algo, no podemos seguir así.
Tenemos que salir del hambre. Tenemos que hablar con los tipos. Los hay
que se derrumban, que se abandonan, se dejan morir. Los hay incluso que
han olvidado porqué están aquí. Tenemos que hablar.
Eso ocurría en el túnel, y se lo decían de bestia
de carga a bestia de carga. Así se tramaba un lenguaje, que esta
vez no era el de la injuria o el del eructo del vientre, que tampoco era
el ladrido de los perros alrededor del cubo de las sobras. Éste
cavaba una distancia entre el hombre y la tierra cenagosa y amarilla, le
diferenciaba, ya no estaba sepultado en ella, sino que era su dueño,
dueño también de separarse de la bolsa vacía que llevaba
en el vientre. En el corazón de la mina, en el cuerpo encorvado,
en la cabeza desfigurada, el mundo se abría.
El interior del bloque estaba cada vez más oscuro. Algunos se
calentaban alrededor de la estufa. Casi todos los demás estaban
tumbados en sus jergones. Sabían que esa tarde pasaría «algo»
y esperaban. Gaston ha ido con un compañero a coger uno de los tablones
que habíamos traído desde el talud de la vía del tren.
Cuando han vuelto, han puesto el tablón manchado de barro sobre
el primer piso de las dos literas, cerca de la puerta del dormitorio. Era
la tarima. Como estaba muy oscuro, Gaston ha encendido una lamparilla de
aceite -era una caja de metal llena de aceite de máquina en el cual
se empapaba un trozo de mecha- y la ha puesto sobre un larguero del catre,
sobre la tarima. De este modo la luz iluminaría al compañero
que estuviese sobre el tablón. Gaston se afanaba en silencio. Los
demás, desde sus jergones, alzaban la cabeza y seguían con
la mirada los gestos de Gaston. Los que estaban alrededor de la estufa
echaban de vez en cuando una ojeada a la tarima y a la lámpara de
aceite sin dejar de vigilar, al tiempo, sus peladuras que estaban tostándose.
El montaje estaba listo. Había que empezar. Pero los que tenían
que participar en la reunión no estaban ahí. Gaston ha ido
a la habitación de al lado a buscar a Jo, el tipo alto de Nevers.
Jo tenía una cabeza cuadrada, ojos oscuros, largos pliegues que
descendían desde su nariz hasta su mentón, a cada lado de
su boca. Sentado en su jergón zurcía su pantalón.
Los demás, como los de nuestra habitación, estaban sentados
alrededor de la estufa o tumbados en sus jergones.
- ¿Qué quieres que haga? ha preguntado Jo con su voz
fuerte y gangosa.
- Pues mira, vas a cantar algo, dice Gaston, hay que animar a los chicos.
- Bueno, dice Jo, cortando el hilo de su pantalón.
Gaston, mientras esperaba a Jo, miraba a los otros que lo habían
oído todo y no se movían. Ha gritado con su voz sorda:
- Eh, vosotros, compañeros, organizamos una reunión al
lado, algunos compañeros van a cantar. ¡Tenéis que
venir!
Los que estaban alrededor de la estufa y estaban también tostando
peladuras o cociendo sopa, se han girado y han mirado a Gaston detenidamente.
Los que estaban tumbados en sus jergones se han incorporado.
- ¡Venid! gritaba Gaston.
Algunos se han sentado en sus jergones y se han puesto los pantalones.
En cuanto a Jo, ya estaba listo. Se ha bajado de la cama y han abandonado
despacio su habitación para ir a la nuestra mientras Gaston seguía
gritando: «¡Venid!»
En nuestro dormitorio, los que estaban en sus jergones no tenían
que molestarse. Esperaban indolentemente.
Francis también tenía que participar. Tenía que
recitar unas poesías. Estaba sentado en su jergón que se
encontraba muy cerca de la tarima y, con la cabeza entre las manos, decía
para sus adentros la poesía que iba a recitar. Algún tiempo
atrás, Gaston había pedido a algunos compañeros que
intentasen recordar las poesías que conocían y tratasen de
transcribirlas. Cada uno de ellos, por la noche, tumbado en su jergón,
intentaba recordar y cuando no lo conseguía iba a preguntar a un
compañero. Así pues, poemas enteros habían podido
ser reconstituidos gracias a la suma de los recuerdos que era a su vez
una suma de fuerzas. Lancelot -un marino que había muerto poco antes
de esta reunión- había transcrito los poemas sobre unos pedacitos
de cartón que había encontrado en el almacén de la
fábrica.
Francis había estudiado la poesía que ahora quería
recitar, en uno de estos trozos de cartón dejados por Lancelot.
Han venido algunos compañeros de la otra habitación y
se han sentado en los bancos que habíamos colocado a lo largo de
los catres, a cada lado del pasillo. Esta súbita afluencia ha despertado
a los tíos de nuestra habitación que han empezado realmente
a creer que alguna cosa iba a ocurrir y esperaban con más interés.
En todo caso se había despertado su curiosidad y eso era lo esencial.
Incluso los que estaban alrededor de la estufa sentían ahora la
tentación de acercarse a la tarima y de abandonar sus puestos.
Gaston se ha subido a la tarima. El débil resplandor de la lámpara
de aceite apenas alumbraba su cara. Se había quitado la gorra y
se veía su cráneo cuadrado, huesudo, aplastando su rostro
sin mejillas. Su uniforme a rayas estaba sucio, sus zapatos enlodados.
Gaston parecía aún más imponente de pie sobre la tabla.
No sabía muy bien qué hacer con sus manos que dejaba colgar
a lo largo de su cuerpo o que se frotaba de vez en cuando.
Las conversaciones de los compañeros proseguían en voz
más baja, pero ahora miraban hacia Gaston.
Gaston dijo poco más o menos lo siguiente:
“Camaradas, hemos pensado que era necesario aprovechar una tarde como
ésta para pasar un rato todos juntos. Nos conocemos mal, nos chillamos
unos a otros, tenemos hambre. Tenemos que sacudirnos. Han querido convertimos
en animales haciéndonos vivir en unas condiciones que nadie, digo
bien, nadie podrá jamás imaginar. Pero no se saldrán
con la suya. Porque sabemos de dónde venimos, sabemos por qué
estamos aquí. Francia ha sido liberada, pero la guerra continúa,
aquí también continúa. Si a veces no somos capaces
de reconocernos a nosotros mismos, es porque ése es el precio de
esta guerra y tenemos que aguantar. Pero, para aguantar, cada uno de nosotros
tiene que salir de sí mismo, tiene que sentirse responsable de todos
los demás. Han podido desposeernos de todo pero no de lo que somos.
Todavía existimos. Y ahora ya se acerca, llega el final, pero para
aguantar hasta el final, para hacerles frente a ellos y a ese desmoronamiento
que nos amenaza, os lo repito, tenemos que aguantar, apoyarnos y estar
todos unidos”.
Gaston había gritado todo esto de un tirón, con una voz
que progresivamente se volvía más y más aguda. Estaba
rojo y sus ojos estaban tensos. Los compañeros también estaban
tensos y habían aplaudido. Los presos comunes parecían estar
estupefactos y no decían nada. En el bloque estas frases pesaban.
Parecían venir de muy lejos. Nos olvidábamos de la sopa,
no pensábamos ya en ella. Y lo que hubiéramos podido decirnos
a solas a nosotros mismos, acababa de adquirir una considerable fuerza
por el hecho de haber sido gritado en voz alta, para todos.
Gaston, que se había bajado de la tarima, volvió a subirse
a ella para anunciar que unos compañeros iban a cantar y a recitar
unas poesías. Primero presentó a Francis.
Francis se subió al tablón. Era bajito, mucho menos robusto
que Gaston. Él también se había quitado la gorra.
Su cráneo era más blanco que el de Gaston, y su rostro aún
más delgado. Sujetaba su gorra en la mano y parecía intimidado.
Se quedó así por un instante, esperando que hubiese silencio,
pero en el fondo del bloque las conversaciones continuaban. Entonces a
pesar de todo se ha decidido a empezar.
Heureux qui comme Ulysse a fait un beau voyage...
Recitaba muy despacio, con una voz monocorde y débil.
-¡Más alto! gritaban unos tipos al fondo de la habitación.
... Et puis est retourné plein d’usage et raison...
Francis intentaba hablar más alto, pero no lo conseguía.
Su rostro pennanecía inmóvil, triste, su mirada estaba fija.
El invierno del zaunkommando se había grabado en él; también
en su voz que estaba agotada. Se esmeraba sobre todo en separar bien las
palabras y en conservar el ritmo de su dicción. Se mantuvo rígido
hasta el final, angustiado como si hubiese tenido que decir la cosa más
extraña, el mayor secreto que jamás le hubiese tocado en
suerte contar; como si hubiese temido que, bruscamente, el poema se rompiese
en su boca.
Cuando terminó, los que no estaban muy lejos le aplaudieron
a él también.
Después de Francis, Jo cantó una canción.
«Sur les fortifs,
Là-bas,
Là-bas...»
Jo, por su parte, cantaba con una voz fuerte, algo gangosa y al mismo
tiempo gutural. Jo tuvo mucho éxito y eso incitó a los demás
a ir a cantar a su vez. Pelava, que era mucho más viejo que todos
nosotros y que tenía edemas en las piernas, se bajó a duras
penas de su jergón y vino a cantar la «Toulousaine».
Bonnet, que también era más viejo, vino a cantar «Le
temps des cerises». Nos sucedíamos en el tablón.
La luz había llegado al bloque. Por un momento habíamos
abandonado la estufa. No había peladuras sobre ella. Los compañeros
se habían agrupado en torno a la tarima. Los que en un principio
se habían quedado tumbados en sus jergones se habían decidido
a bajar. Si en ese momento alguien hubiese entrado en el bloque, hubiera
tenido de él una extraña visión. Todos sonreían.