Reflexión sobre el antiamericanismo
Juan Manuel Vera
Iniciativa Socialista, número
63, invierno 2001/2002
He dudado en publicar esta reflexión personal sobre el antiamericanismo
en la izquierda, inspirada en algunas conversaciones con amigos y conocidos,
a raíz del 11 de septiembre y de la intervención de Estados
Unidos contra el régimen talibán, y también fruto
de la lectura de determinados artículos de gente de izquierda que
me han preocupado y, en algunos casos, indignado. Finalmente, me ha parecido
oportuno porque durante los últimos meses me he encontrado, en diversas
ocasiones, en la tesitura de decir algo así como “No soy antiamericano,
lo siento”.
Mis posiciones sobre la guerra en Afganistán coinciden con la
línea editorial de Iniciativa Socialista. No voy a insistir en ellas.
Pero quiero aclarar que el objeto de este artículo no es atacar
ni contestar a nadie en concreto. Simplemente intento transmitir mi propia
valoración de argumentos e ideas subyacentes que me parecen equivocados
y retrógrados, en mayor grado peligrosos al aparecer como de izquierdas.
Respecto a la argumentación que rechazo me he permitido la considerable
libertad de intentar simplificarla y reducirla al hilo desnudo. He preferido
arrinconar decenas de recortes de prensa, y de notas sobre comentarios
verbales, e intentar una visión más abstracta.
Ideas recibidas
Las ideas heredadas se convierten en una enfermedad del conocimiento cuando
impiden albergar y desarrollar una forma libre de pensar.
No puedo poner en duda que esquemas mecánicos, aplicables a
cualquier situación, generan en bastantes personas una considerable
tranquilidad y paz interior, la que produce la confianza en la posesión
de un artilugio permanente para interpretar lo que pasa en el mundo, andamio
y asidero seguro, no sometido a los vaivenes e inseguridades que produce
la incertidumbre. El ansia con que se mantienen ciertos formas religiosas
de ver el mundo (un mundo de valores seguros siempre tiene un origen religioso)
resulta explicable, hasta puede sentirse en algún momento la nostalgia
de esa seguridad sobre el sentido de la historia, de la cual carecemos
quienes pensamos a la intemperie, es decir, sin aceptar los mitos originarios
que hemos compartido con otra gente de izquierdas.
Entender la aparente fuerza que transmiten las ideas recibidas, esos
lugares comunes de los que tan sabia y cruelmente se burló Gustave
Flaubert en su Diccionario, no puede evitar reaccionar con seriedad. Tengo
la sensación de ver recitado un catecismo de vulgares lugares comunes
cuando entre “amigos de izquierda” escucho una letanía que, bajo
la apariencia de una crítica de la injusticia del mundo y de la
sociedad capitalista, encubre, en mi opinión, una servidumbre voluntaria
a las ideas recibidas, a los esquemas heredados, a unas pocas y pobres
verdades absolutas que, supuestamente, permiten entender los secretos ocultos
del presente.
Unas acciones crueles y criminales como los atentados de septiembre
llaman, en mi criterio, al espanto y a la solidaridad con las víctimas.
Sin embargo, las respuestas que han pronunciado algunas personas de izquierda
reflejan una psicología social profunda que merece una reflexión.
En esas argumentaciones creo ver representados, aunque no siempre simultáneamente,
varios discursos que conviene analizar: el discurso de los responsables
ocultos, el discurso compensatorio y el discurso del resistencialismo antiimperialista.
El discurso de los responsables ocultos
En el mecanismo mental de la causalidad diabólica, tan certeramente
analizado por León Poliakov (La causalidad diabólica, Muchnick
Editores, 1982), se busca permanentemente a los responsables ocultos de
determinados hechos, porque se tiene la sensación de ser víctimas
de una manipulación infinita por parte de poderes secretos.
Así, aunque muy pronto aparecieron señales claras, luego
confirmadas, de que el terrorismo islámico estaba detrás
de los atentados del 11 de septiembre, para algunos eso era un espejismo
y quienes realmente debían estar detrás eran los servicios
secretos israelíes, la extrema derecha norteamericana o, incluso,
la CIA. Lo curioso, y lo interesante, es que esas interpretaciones excéntricas,
que proliferaron en medios izquierdistas sobre todo vía Internet
en los días siguientes (¿es necesario poner ejemplos entre
los noticiarios alternativos virtuales?) no se basaban en hechos (salvo
que se consideren tales disparates como el supuesto aviso a los judíos
para que no fueran a trabajar ese día a las Torres Gemelas), ni
en datos, sino en algo distinto, en un conocimiento presunto que se desarrolla
al margen de los datos y los hechos. Para quienes propagaban y compartían
ese conocimiento no era difícil encontrar contradicciones en la
versiones oficiales, ni nuevas intuiciones y suposiciones que confirmaban
su presunción, ni publicar cualquier noticia que las ratificase
sin preocuparse de su origen o credibilidad. Sólo se necesitaba
estar dotado del adecuado espíritu crítico para rechazar
todos los múltiples datos o informaciones que no coincidían
con su conocimiento. Al fin y al cabo, “¿por qué habría
que aceptar o creerse lo que procede de los medios de información
manipulados por el poder?”.
Cierto es que el paso del tiempo, incluidos los videos propagandísticos
del propio Bin Laden, no ha sido bondadoso con esas teorías excéntricas.
Pero aquí no nos interesa tanto su contenido concreto como el proceso
mental que ponen de manifiesto. En todo caso, quienes habían difundido
tales teorías no se han visto impelidos a reconocer ningún
error por haber dado pábulo o difundido algunos disparates y bastantes
mentiras. No nos engañemos, quien posee una verdad no se siente
afectado por detalles sin importancia.
Al fin y al cabo, semanas después hemos recibido una nueva argumentación,
también muy interesante. Con independencia de quienes sean los autores
directos, los atentados tienen sus beneficiarios. Y los beneficiarios son
los responsables ocultos. Así, da igual que los autores no sean
el MOSAD, el KKK o la CIA (de todas formas siempre es posible pensar que
lo sabían y dejaron actuar a los terroristas de Al Queda), lo importante
es quién se beneficia de los atentados y, por esa vía, establecer
ciertas responsabilidades auténticas que no se ven a simple vista.
Por otra parte, también con enorme satisfacción, se descubre
que Bin Laden, al fin y al cabo, no es más que un producto de la
CIA y los EEUU, lo que nuevamente permite desvelar al auténtico
culpable que las apariencias ocultan. Ese extraer consecuencias desmesuradas
es una nota indisociable del poseedor de una convicción apriorística.
Cuando Poliakov escribió sobre el asunto de la causalidad diabólica,
lo centró en el papel atribuido a los judíos. Pero algo de
universal hay en la descripción de una mentalidad que siempre ve,
detrás de la realidad, la conspiración y la manipulación,
un secreto escondido de la historia. En ocasiones, en conversaciones con
personas que tienen un arraigado sentimiento de que la Historia es el fruto
de la conspiración (“lo que sabemos sólo es una pequeña
fracción de la verdad”, “sólo sabemos lo que quieren que
sepamos”), uno, claro está, se ve obligado a admitir que algunas
veces hay conspiraciones, que, en ocasiones, somos engañados y manipulados...
El problema es que para quienes tenemos una concepción pragmática
de la verdad (es decir, que consideramos que todas las verdades son provisionales
pues proceden de la experiencia y pueden ser rebatidas por hechos) la manipulación
o la conspiración requiere una prueba rigurosa, que los convencidos
no creen necesaria.
Para un pragmático, aunque sea de ideas políticas radicales,
aceptar cualquier explicación a priori (¿por qué esa
explicación y no cualquier otra imaginada?) es un síntoma
de irracionalidad, de creencias metafísicas y de renuncia a la prueba
de los hechos. Para los convencidos estos argumentos son risibles, porque
ellos saben: “¿cómo podríamos disponer de pruebas,
si quienes dominan el mundo, si quienes controlan todos los medios de información,
no quieren que las conozcamos?”. La conclusión es lógica:
a ellos nos les hace falta prueba, porque ellos ya saben.
A los impregnados por la causalidad diabólica les resulta íntimamente
imposible aceptar que el mal no proceda de la fuente secreta de todos los
males, que ellos conocen. Por ello, la intervención militar estadounidense
en Afganistán les ha permitido situarse en un terreno más
seguro, mejor conocido, y solventar rápidamente las dudas que en
algún momento hayan podido sentir sobre sus propios posicionamientos
anteriores sobre el 11-S. La guerra es un terreno conocido. “Hay que estar
contra la guerra” (salvo si la desencadena un movimiento de liberación
nacional o cualquier clase de secta antiimperialista). “La guerra, dado
que interviene Estados Unidos, responde a fines imperialistas y a intereses
económicos”. “La intervención ha sido un genocidio contra
la población civil” (aunque se haya derrocado al régimen
sexista de los talibanes y las cifras reales de víctimas no respondan
a esa denuncia). En definitiva, “los atentados del 11 de septiembre, según
se ha descubierto ahora, fueron el pretexto para masacrar a un pueblo y
controlar una región geoestratégica muy importante”.
La argumentación analizada es inseparable de la existencia de
un agente diabólico ya conocido. Entre la gente de izquierda que
adopta esta visión del mundo, Estados Unidos se convierte en ese
agente diabólico. En una visión cerrada del mundo, el imperialismo
americano forma parte de un mal radical permanente. Quienes lo saben, ya
no se dejan engañar por la realidad.
El discurso compensatorio
Los atentados del 11 de septiembre han sido considerados por muchas personas,
incluidos intelectuales progresistas de renombre, como una consecuencia
directa de la política americana. Algo así como el castigo
a sus numerosos pecados, una penalidad compensatoria a su prepotencia mundial.
Desde esa perspectiva, la importancia del 11-S tiende a ser minimizada.
Al compararse con una larga sucesión de acontecimientos (la guerra
de Vietnam, la política norteamericana en Oriente Medio, la guerra
contra Irak, el apoyo a dictaduras latinoamericanas durante la guerra fría,
etc.) se viene a decir algo así como “no ha sido para tanto”. En
el argumento de los más moderados, se limita a una reflexión
relativista del tipo “si les hubiera ocurrido lo mismo a otros no se habría
reaccionado igual”. Cuando el argumento cae en boca de los más exasperados
(estilo Hebe de Bonafini), que no ocultan su íntima satisfacción
por lo sucedido, se viene a decir algo así como que “el castigo
para los pecados de EEUU no está a la altura de éstos”.
En una metafísica que podríamos llamar compensatoria
se niega la novedad de los crímenes del 11-S. Los ojos se cierran
al carácter inédito de que un crimen terrorista ocasione
miles de víctimas civiles inocentes. Los atentados son vistos (dejando
fuera del diálogo a los energúmenos que consideran a Bin
Laden “un revolucionario”) como una respuesta equivocada, pero consecuencia,
en todo caso, del dominio norteamericano del mundo y de sus abusos. Así,
el 11-S, de alguna manera, sería una consecuencia y una respuesta
a la política de EEUU. No se trata, simplemente, de una acción
criminal y terrorista que puede legitimar una respuesta, sino de la respuesta
criminal y terrorista a acciones del gobierno americano que quedaron impunes.
Por ello, la metafísica compensatoria no acepta la legitimidad de
la intervención americana en Afganistán contra la red de
Bin Laden y su cobertura talibán. Y permanece en silencio sobre
cuales hubieran sido las consecuencias de su inactividad.
En el esquema compensatorio, como en el diabólico, aparece como
argumento de fondo la existencia de una responsabilidad o culpabilidad
radical de EEUU (¿alcanza esa culpabilidad a ciudadan@s y trabajador@s
de las Torres Gemelas?). Esa responsabilidad, aunque, para la mayoría
de quienes piensan así, no justifica los atentados, los explica.
Y en esta forma de argumentar, la explicación puede ser ya un grado
importante de eximente.
En definitiva, hay una génesis histórica del 11-S: el
problema palestino, el apoyo a dictaduras genocidas y a Pinochet, o la
pobreza del mundo, se estarían cobrando su precio. Aunque a mi me
resulta inaprehensible el fondo del argumento compensatorio, para quienes
lo utilizan resulta evidente. Ese nexo lógico es el que conduce
a pensar que existe una relación directa entre determinados hechos
o situaciones históricas y que un multimillonario saudí,
fundamentalista islámico radical, organice una brigada suicida contra
miles de inocentes.
Los argumentos compensatorios son, sin duda, muy influyentes. Remiten
a cuestiones reales que provocan una fuerte reacción emocional.
Se alude a unas actuaciones injustas y a situaciones terribles. Esa reacción
emocional genera una comparación indiferenciada que permite suspender
el juicio moral “hasta tanto no se resuelvan los problemas de fondo” o
“se haga justicia”. Y, por supuesto, permite estar en contra de una respuesta
norteamericana al régimen talibán, que no sólo protegía
sino que era sostenido por la red de Al Queda.
Estamos ante una lógica opuesta a la de las acciones cívicas
y humanitarias. La perspectiva es radicalmente diferente. Para actuar contra
la injusticia juzgamos los hechos en sí mismos, no suspendemos el
juicio moral y, al no hacerlo, creemos posible combatir una injusticia
aunque haya muchas otras en el mundo.
En un mundo perfecto los móviles serían puros y todos
los crímenes que tuvieran lugar serían castigados. En el
mundo real los intereses en muchas ocasiones son bastardos y numerosas
malas acciones nunca son sancionadas. Si queremos un mundo mejor debemos
estar dispuestos a reaccionar ante los crímenes y las injusticias
sin esperar un esplendoroso mañana del juicio general. Un mundo
mejor se construye, muchas veces, con actuaciones movidas por intereses
y motivos que no compartimos, y llevados a cabo de una forma que no nos
parece la deseable, pero que producen consecuencias positivas: la caída
del régimen talibán o el apresamiento de Milosevic son claros
ejemplos. Un mundo mejor se hace, también, apoyando acciones respecto
a las que se pueden tener reservas sobre quienes las llevan a cabo o a
sus motivos.
El discurso compensatorio me parece inadecuado para la lucha por un
mundo mejor. Tal y como yo lo veo, mantiene un doble error, intensamente
relacionado. Por una parte, sostiene el principio de que actos injustos
del presente son explicados (y legitimados) por otros actos injustos del
pasado. Por otra parte, sostiene el principio de que los actos justos de
hoy son deslegitimados por las injusticias del pasado y los actos justos
que no se han llevado a cabo.
Es evidente que en la vida cotidiana nadie utiliza el argumento compensatorio
ante situaciones graves. Nadie en uso de su razón sostendría
que no debe detenerse a un violador porque haya asesinos o ladrones de
coches en libertad. Pero ante ciertas pasiones políticas parece
que el sentido común puede olvidarse (¿no hemos escuchado
decir que no era lícito juzgar a Milosevic porque otros criminales
no lo han sido?).
El discurso del imperialismo y la resistencia
Hasta este momento mi reflexión se ha situado en el espinoso terreno
de los juicios y los argumentos. Ahora quiero introducirme en el territorio
no menos espinoso de las fuentes de la ideología profunda.
En la composición ideológica de la izquierda han tenido
durante décadas un protagonismo muy importante el concepto de imperialismo
y, del mismo modo, la opción militante antiimperialista ha sido
considerada indiscutible entre la izquierda del tercer mundo y entre las
izquierdas de origen comunista.
Cuando se habla de imperialismo americano en medios de extrema izquierda
se tiene en mente, o en el corazón, una visión de EEUU como
un poder supraimperialista, es decir, una situación en que el Gobierno
y las corporaciones norteamericanas dominan el mundo, controlan sus hilos
y se han convertido en el agente todopoderoso del poder capitalista globalizador.
Esa convicción ha renacido con cierta fuerza en determinados medios
durante los últimos meses.
En los márgenes de esas convicciones se asienta una determinada
lógica política de la acción militante, el antiimperialismo.
Surge así un discurso de resistencia, que permite dar un sentido
único a acciones diversas, cuyo único nexo es el rechazo
a los EEUU. Las guerrillas latinoamericanas, los movimientos islámicos,
las movilizaciones anti-globalización, etc. reflejarían un
mismo fenómeno, el de la resistencia al imperialismo americano.
La cualidad sustantiva del discurso de resistencia es otorgar y validar
un sentido. Con independencia de que unos sean laicos o ateos y otros fundamentalistas
religiosos, que unos aspiren a la democracia y otros sean dictadores o
aspirantes a dictadores, que unos sean pacíficos y otros violentos,
tendrían una cualidad común.
Opino que la creencia en que un fuerte poder rige los destinos del
mundo es completamente equivocada, producto de la incomprensión
de las tendencias fundamentales de nuestro tiempo. El actual proceso de
mundialización no es el resultado de un control imperialista sino,
al contrario, el producto complejo e inestable de la ausencia de cualquier
control estable. Pero esto es un inciso, no es esa la discusión
que abordamos en este momento.
El resistencialismo puede ser una forma de renuncia a intentar construir
aquí y ahora un mundo mejor. Es una equivocación sobre el
tiempo político. Como Toni Negri ha señalado, el tiempo del
topo ha sido sustituido por el de la serpiente (puede verse el sentido
de esa metáfora en su obra Imperio, que editará Paidós).
Nuestra capacidad real de modificar y de influir en el mundo, de construirlo
con otros, es hoy, definitivamente, la lógica política de
quienes quieren un mundo mejor.
Los resistencialistas se sienten utópicos. Esperan poco de la
labor constructiva y creativa de los ciudadanos en el presente. Olvidan
que la injusticia del mundo en que vivimos no nos debe llevar a la parálisis
ni a la resistencia, ni a esperar el derrumbe final, sino a la propuesta
y a la acción. La injusticia y la servidumbre se apoyan en la pasividad.
Las concepciones resistencialistas y antiimperialistas, incapaces de reconocer
el mundo en el que viven, no contribuyen a liberar las conciencias sino
a convencer de la imposibilidad de un mundo mejor aquí y ahora,
mientras apoyan, en no pocas ocasiones, a fuerzas reaccionarias, o identifican
como liberadores a los peores fantasmas del pasado.
Sobre el antiamericanismo
El antiamericanismo, el tema que hemos bordeado en las páginas anteriores,
sin introducirnos plenamente en él, es un ingrediente inscrito profundamente
en la conciencia de mucha gente progresista o de izquierdas, aunque también
está presente en algunas ideologías conservadoras y en la
extrema derecha. Por otra parte, sus expresiones son muy variadas, desde
la ridiculización (el yanki-come-chicle) a la demonización
permanente de la política estadounidense (como si Roosevelt, Clinton,
Reagan o Bush sólo fueran variaciones sobre el mismo tema).
Un análisis de sus causas y significados sería bastante
complejo. Por ejemplo, en España, el antiamericanismo tiene raíces
profundas tanto en la derecha conservadora como en la izquierda. En la
derecha esas fuentes podrían rastrearse en las consecuencias ideológicas
de la guerra de Cuba, en la alineación moral junto al Eje del régimen
franquista durante la Segunda Guerra Mundial y en la repugnancia de la
derecha tradicional española respecto al liberalismo estadounidense.
En cuanto al antiamericanismo de la izquierda, en España y en
cualquier otro lugar, creo que sus antecedentes más fecundos deben
intentar localizarse en la guerra fría. Pensar que fuerzas tan influyentes
en las conciencias de varias generaciones como los partidos comunistas,
alineados junto a la URSS frente a EEUU, grandes productores de ideología
antiamericana, no hayan producido efectos persistentes en las formas de
comprender el mundo, sería una gran ingenuidad.
Las heridas no cerradas pueden infectarse. Y el estalinismo, esa terrible
herida del siglo veinte, sigue abierta, como un foco de infección.
Una de las herencias del estalinismo es un antiamericanismo izquierdista
ciego y sordo, que sólo produce impotencia política y bloquea
las conciencias de la gente progresista, haciéndoles creer que ser
de izquierdas es ser antiamericano, en lugar de identificarse con la defensa
de la libertad y la igualdad en cualquier lugar del mundo.
No creo que fuera necesario, pero voy a dejar claro que considero inaceptables
y rechazo radicalmente determinadas expresiones de la política de
EEUU en el pasado y en el presente. Es legítimo condenar, y hay
que hacerlo radicalmente, el actual proyecto de Bush de poner en marcha
tribunales militares anti-terroristas sin garantías suficientes.
Esos procedimientos excepcionales son una vulneración de la democracia
liberal americana, que parece tomar ejemplo de los viles procedimientos
ordinarios empleados en China, Cuba y algunos regímenes islámicos.
El centro de mis motivos para, sin embargo, negarme a ser anti-norteamericano,
es que rechazo totalmente que se pueda considerar a Estados Unidos como
una categoría unitaria. Su sociedad, su historia, la política
de sus gobiernos, son realidades complejas en las que lo progresista y
lo reaccionario, como en todas las sociedades, deben separarse mediante
el análisis y no pueden concebirse mediante categorías metafísicas.
EEUU tiene una historia de esclavismo y una presencia real del racismo,
ha sostenido a dictadores en el pasado, ha cometido crímenes de
guerra durante la Segunda Guerra Mundial o en la guerra de Vietnam... Es
cierto. Pero también lo es que EEUU es una de las patrias del liberalismo
democrático, que ha contribuido a extender la idea de libertad por
el mundo, que nunca ha tenido colonias, que ha contribuido a salvar a Europa
del nazismo y contuvo el expansionismo soviético, también
en Europa, o que ha contribuido más que nadie a que Milosevic no
sea ya el señor de los Balcanes. EEUU es el racismo sudista, pero
también la patria de la filosofía de Dewey, es el integrismo
religioso de la Nueva Derecha, y, también, la cuna del gran cine
clásico que amamos.
¿Y bien? No puedo mirar el mundo, sea EEUU, Europa o España,
con lentes equívocas que me ciegan y obstruyen mis focos de visión.
No puedo ser anti-norteamericano porque sería tanto como rechazar
parte de mis propias raíces culturales y políticas. Lo que
tenemos que hacer respecto a EEUU, como respecto a cualquier otro gobierno
o sociedad, es apoyarle cuando son víctimas del terror, cooperar
con sus fuerzas progresistas, y rechazar cualquier política o actuación
contraria a los principios de libertad y de igualdad.
Madrid, 10 de enero de 2002