| Ir a página principal de Iniciativa Socialista |
Es que el discurso político debiera ser algo más que promesas vagas imposibles de cumplir, o las clásicas garantías que se ofrecen -en meras palabras y no desde la ética de la responsabilidad (Weber, 1929)- al elector acerca de las cualidades de la persona del candidato en cuanto a su confiabilidad -raramente demostrada- honestidad, laboriosidad, honradez, veracidad (en las últimas elecciones legislativas del años 2001, hasta llegó a haber una dirigente -muy batalladora ella- quien decía ser la "dueña de la verdad", como si ésta fuera una sola) y otras muchas adjetivaciones laudatorias que terminan por ser ridículas, no solamente por la obviedad que ellas implican, sino básicamente en razón de que tales atributos realizados sobre sí mismos no debieran ser motivo alguno de diferenciación entre ellos. Tanto la transparencia en el futuro gubernativo como legisladores o ediles, como la honestidad y el servicio puesto al desempeño de su trabajo parlamentario, como así también la honestidad, son cuestiones y categorizaciones tan obvias a requerir que no sirven para ser utilizadas de parámetro diferenciador entre unos y otros candidatos.
Sin embargo, es fácil observar que en la mayoría de los casos, salvo en el de los candidatos de los partidos de la izquierda -que mientras más a la izquierda se ubican menos presentan tal tendencia a la vacuidad ideológica, aunque mayor sea su delirio en cuanto a proposiciones que no necesariamente han de ser pragmáticas para ser plausibles- en general se trata solamente de enfatizar características que se pretende sean de orden personal, pero que no llegan a ser siquiera la síntesis de un programa político y que, en todo caso, las mismas debieran estar implícitas en todos aquéllos que compiten con la pretensión de llevar adelante el papel de legislar y para lo cual piden al electorado su apoyo.
En última instancia, entiendo que con tal simplificación de estrategias en el discurso expositivo, no solamente los miembros de la "clase política" -tal como fuera definida por W. Pareto (1916) y G. Mosca (1926)- están vaciando el contenido del pensamiento ideológico y político que debiera sustentarlos. Lo notable es que tal fenómeno ocurre por parte, precisamente, de quienes pretenden ser los dirigentes encargados del manejo de los destinos de la población sino que, lo que es peor aún para la "salud política", con tales metodologías están produciendo el vaciamiento -y el viciado- del contenido del pensamiento de la masa a la cual dirigen sus discursos. Vale decir, los políticos no dicen otra cosa que lo que su auditorio desea escuchar -cosa que al fin y al cabo hacemos la mayoría de los mortales con mayor o menor ignorancia del hecho cuando nos dirigimos a otros- según sea el lugar y momento elegido para cada uno de ellos (Rodriguez Kauth, 1992), ya que lo que importa dentro de la crisis de valores en que estamos inmersos es satisfacer la necesidad narcisística del aplauso fácil y, por encima de todo, obtener el favor electoral de los votantes al momento de ejercer su derecho cívico. Aunque, preciso es señalarlo, más allá de aquel goce narcisístico mencionado, lo que está influyendo de manera decisiva en tal opción por satisfacer las demandas del electorado, está centrado en una suerte de efecto retroalimentado (Wienner, 1947) que se produce entre el elector y el candidato a través del uso y abuso de las encuestas de opinión pública, tanto las preelectorales (Rodriguez Kauth, 2000b), como las que se realizan durante los períodos intermedios que median entre una elección y la siguiente.
Es que la "gente" - término que normalmente se utiliza para nombrar a los "otros" (Magallanes et all, 1993)- como consecuencia de los altos índices de corrupción -y la impunidad que viene normalmente viene asociada con aquella- imperantes en el país (Rodriguez Kauth, 1999) ha optado por abandonar la creencia y confianza en los programas políticos partidarios. Este es el resultado no previsto de los políticos profesionales de que la ciudadanía sabe de antemano que va a ser defraudada en sus demandas legítimas para exigir de sus representantes respuestas de tipo programático o, al menos, pragmáticas. Todo esto conduce a que los ciudadanos apunten no tanto a hacer suyas políticas que solucionen los problemas que los aquejan cotidiana y sistemáticamente, sino a asegurarse y exigir -aunque más no sea depositando una confianza ingenua, aunque cargada de esperanzas a no ser defraudados- capacidades de los candidatos que deben ir siempre tomadas de la mano, como son la honestidad y la laboriosidad de los mismos. ) Características éstas que en los últimos 50 años de vida política institucional han estado escasamente presentes tanto en los Parlamentos como las áreas del Ejecutivo, ya que quienes han ocupado esos lugares han preferido servirse de la política para sus fines espurios y egoístas, que servir a la política con un objetivo altruista o, al menos, que no sea de "salvación personal".
Trás casi dos años consecutivos de caída libre hacia el vacío, es como si la democracia vernácula viviera en estado "virtual", el llamado a las urnas fue solamente una suerte de espejismo. En las calles, entre la atiborrante propaganda política, suele destacarse un grafitti que adquiere relevancia y que confirma el imaginario que transita a la población: "No quiero más realidad, quiero promesas". Toda esta lastimosa realidad trae como consecuencia un efecto perverso de retroalimentación, por el cual los políticos vacían de contenido a sus discursos, por lo que se ven obligados a llenarlos de lugares comunes pero, paradójicamente, el electorado tiende a no creerles a aquellos que se dicen honestos y laboriosos -juntamente con otros adjetivos calificativos laudatorios sobre sí mismos- ya que la experiencia de los ciudadanos en estas cuestiones les indica que siempre que escucharon tales cantos de sirenas, han sido engañados por los protagonistas de la escena, tanto en la de la política como últimamente en la de la economía que en los últimos años se ha convertido en la protagonista principal de los hechos políticos.
Más, en una vuelta de tuerca que se les de a los hechos descriptos, es fácilmente observable como los políticos responden a las demandas de la "gente" cuando aquellas se expresan a través de las encuestas de opinión pública. En todas ellas, los principales reclamos de la ciudadanía son por el retorno a valores perimidos -a lo que fueron valores utópicos que hoy son sinónimo de ingenuidad o estupidez, tal como vienen siendo plateados desde la cúspide del Poder por los instrumentos mediadores hegemónicos- como lo fueron la honestidad en la función pública -tanto en la lucha contra la corrupción y la impunidad con que aquella actúa, como en el testimonio individual de la misma, es decir, que no roben-; la laboriosidad y la ejecutividad -elementos que están faltando en los legisladores que dejan pasar el tiempo de las sesiones para asistir a un partido de fútbol, o que en medio de álgidas discusiones se entretienen hablando por sus teléfonos celulares, cosa que reproducen las pantallas televisivas cuando se tratan proyectos en los recintos legislativos- y, fundamentalmente, el respeto por los compromisos asumidos en sus campañas electorales.
Si se quiere, esto puede ser representado analógicamente como un juego semejante al del perro que se muerde la cola; en tanto los de abajo piden algo que es fácil de prometer, los demandados prometen aquello que les resulta a la vez cómodo y fácil de incorporar a los discursos. Mientras tanto, los proyectos políticos se han quedado perdidos en aguas de borrajas. Se acabaron los tiempos en que los candidatos, junto con los partidos, elaboraban complejas plataformas electorales en las cuáles desmenuzaban punto a punto como llevarían a la práctica sus propuestas en caso de ser elegidos y, sobre todo, para ser electos en función de aquellas propuestas. Las mismas iban desde las políticas a aplicar en la macroeconomía hasta cuestiones de seguridad social; la solución de problemas referidos a la política interior y de, por ejemplo, algo tan elemental como las estrategias de represión del contrabando y persecución de los evasores fiscales, con el objeto de mejorar la recaudación impositiva, tan necesaria para las arcas del Estado y su posterior devolución a la población en obras y servicios de las cuales está tan necesitada y urgida la gente que día a día vive en condiciones de mayor miseria material y espiritual.
No se trata de que estemos ante lo que Estefanía (1997) -entre muchos otros autores contemporáneos- definió como el Pensamiento Unico y que se ha puesto de moda referirse a él en las ciencias sociales y el quehacer politológico. Tal pretendido "pensamiento único" -que no es lo mismo que pensamiento hegemónico- no existe ni ha existido jamás mientras se viva en la formalidad democrática; en todo caso se podrá hablar de pensamientos pregnantes, hegemónicos en determinados contextos espaciotemporales -en la actualidad globalizada es posible hacer una generalización de la hegemonía de pensamiento a lo que comunmente se llama la "democracia occidental y cristiana"- pero esto no significa que se hayan silenciado los pensamientos discordantes con respecto al hegemónico. Esta diferenciación no se da porque el sistema político capitalista -como en su momento de gloria lo fue el materialista histórico, interpretado políticamente por el comunismo soviético- no haya deseado que así fuera. Esta diferenciación fenoménica obedece a que en la historia de las ideas siempre han dicho presente los pensamientos laterales, la expresión de las ideas que entran en contraposición a las que hegemonizan los espacios de poder, las que suelen testimoniarse -principalmente- a través de uno de los aparatos ideológicos del Estado que están al servicio de la hegemonización y la dominación de los súbditos (Poulantzas, 1967), cual es -entre otros, de modo fundamental- la prensa libre y no comprometida, la cual sirve de vehículo para la expresión de los pensamientos que se oponen al "sistema".
Es que con la propia prensa -oral, escrita o televisiva- sucede un hecho semejante, también tiene presencia en ella la prensa out sider dentro de los sistemas políticos que se pretenden democráticos. Esto obedece a una doble razón: a) si el sistema capitalista la prohibiese, perdería el calificativo de democrático, del cual se enorgullece y que tanto apetece colgar de sus marquesinas; y b) les permite demostrar que es falso lo del "pensamiento único", argumento al que recurren reiteradamente -y a veces equívocamente- aquellos que sostienen pensamientos disidentes o "progresistas". Por lo general, todos los pensamientos disidentes con la ortodoxia hegemónica imperante son "progresistas" por definición, ya que proponen -lo que no significa que estén dispuestos a implementar tal propuesta cuando se instalen en el Poder- la rápida e inmediata ruptura con el orden establecido.
La disquisición paralela sobre el funcionamiento de los aparatos hegemónicos del Estado, en particular habiendo hecho referencia explícita a la prensa, no fue ociosa ni casual. Es que la prensa es el instrumento que en la actualidad funciona de polea de transición entre la base, el gran público -la gente de a pie- y la cúspide de las dirigencias políticas. De ahí que se produzca aquel efecto de retroalimentación entre ambos estamentos que señaláramos unos párrafos más arriba.
En la Argentina que entró en el tercer milenio, con resabios de prácticas políticas perversas al mejor estilo decimonónico, las instituciones han venido perdiendo prestigio y credibilidad frente a la población a pasos agigantados durante los últimos quince años. Esto no es un dato menor ni producto de especulaciones intelectuales trasnochadas. Según datos secuenciales provistos por la encuestadora Gallup Argentina, la confianza en los parlamentarios disminuyó desde 1984 a 2001 del 73% a sólo el 8%, vale decir, ocho de cada nueve ciudadanos que confiaban en la institución parlamentaria -clave para el desarrollo democrático sostenido- dejaron de hacerlo. Tampoco este dato puede ser leído como casual o producto de la indiferencia política de la población -la que también ha sufrido una caída sistemática en su capacidad adquisitiva, como veremos más adelante- sino que es el resultado de prácticas legislativas que, en síntesis, pueden ser calificadas como corruptas (Rodriguez Kauth, 2001) e ineficientes. Es decir, los parlamentarios han estado legislado de espaldas a los intereses nacionales y populares y de frente a la defensa y protección de sus intereses personales. Sin dudas que esto se contrapone con las enseñanzas de quien puede ser considerado el padre del liberalismo económico, A. Smith (1759), quien sostenía que "... el sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos, el restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los benevolentes, constituye la perfección de la naturaleza humana". Smith, con estas palabras, se refería a "todos" los humanos, lo cual contiene también a los legisladores, quienes prefieren actuar protegiendo los intereses del capital internacional o transnacional en abierta oposición a los de sus electores.
Asimismo, la credibilidad en los funcionarios políticos cayó en igual espacio temporal 10 veces, de un 50% que se sostenía en el mismo período a solamente un 5%; esto es sintomático de que no es dable observar independencia entre los poderes legislativos y ejecutivos ya que pareciera que los primeros obedecen órdenes de los funcionarios del Ejecutivo y, cuando no lo hacen, es porque responden a intereses extra parlamentarios, como son los de las grandes corporaciones transnacionales -financieras o económicas- que a su vez hacen sentir su influencia decisiva sobre el Poder Ejecutivo, con lo cual se cierra un círculo vicioso de corrupción y falta de lealtad para con los electores. Vale decir, se ha producido una suerte de fractura entre el todo y las partes que lo constituyen.
Esta disminución en la confianza popular sobre el quehacer de quienes tienen a su cargo la responsabilidad de lo público no es patrimonio exclusivo de los organismos oficiales -entre los cuales también entran en las generales de la ley enunciada de pérdida de confianza la policía, la justicia y el sistema educativo, sino que también afecta a las empresas privadas, las cuales cayeron casi un 50% en la confiabilidad pública, del 36% al 19% en el período considerado por la encuestadora en cuestión. Cabe recordar que estas empresas han hecho pingües negocios -negociados- durante la década de los años '90 con el proceso de privatizaciones que puso en marcha el gobierno de Menem. Las organizaciones religiosas elevaron mínimamente su apreciación en la consideración poblacional, lo que posiblemente obedezca al camino zigzagueante que toma habitualmente la Iglesia hegemónica en nuestro país -la católica- en cuanto a la consideración de temas sociales y económicos, ya que mientras el episcopado ha mantenido serias críticas a la política de exclusión social, en su discurso hierofánico contradictorio (Rodriguez Kauth, 1998), no por eso han dejado de oirse las palabras de obispos que lo apoyan.
Todos estos datos se confirman y pueden reunirse en uno sólo, el cual señala que el interés por la política -como objeto de la atención pública- se ha visto reducido de manera sistemática y sin altibajos desde el 43% al 26% en la percepción y preocupación de los ciudadanos. A to esto puede y debe sumarse la creación de diferentes espacios en la red de Internet que sugieren la adhesión a propuestas de reducir la acción política a su mínima expresión, que representan mucho gasto en épocas de crisis y en las que se proponen la reducción drástica de representantes populares y de sus prebendas. Lo cual es un arma de doble filo, ya que en el ánimo de más de uno de quienes hacen tales propuestas está el del retorno a las épocas en que "las urnas estaban bien guardadas" -como dijera el ex dictador J. C. Onganía en 1976- o en que directamente toda la actividad política quedó en manos de los militares, tal como sucediera durante la última dictadura de 1976 a 1983. De todo esto puede concluirse que la política -como acción partidaria- ha dejado ser un objeto de atracción para el foco atencional de los ciudadanos argentinos. Fenómeno que no deja de ser preocupante en cuanto abre las compuertas para el flujo de corrientes de pensamiento antidemocráticas que, de una manera indirecta y sin hacer referencia explícita a ello, alientan salidas a la crisis que no se ubican dentro de aquél encuadre.
La somera exposición de todo este panorama poco alentador para el futuro democrático del país es el que ha provocado aquel juego mencionado del perro que girando en derredor suyo se muerde la cola a sí mismo. Si el electorado demanda solamente conductas honestas y transparentes, entonces eso es lo que se les ofrece, aunque bien se encargan los políticos de no dar cabida a pensamientos que profundicen en tácticas y estrategias que conduzcan a una superación de la realidad que aqueja a ambas partes de un todo indisoluble en la vida política: electores y elegidos.
Ya son cosas del recuerdo de los más ancianos habitantes del país -desde donde me ubico- la existencia de campañas electorales en que los discursos estaban plagados de propuestas -es verdad, muchas de ellas contradictorias entre sí- con programas alternativos de gobierno. Las tribunas -o barricadas para el discurso- se levantaban en cualquier lugar: la esquina más populosa de una barriada, a la salida de una fábrica, en las plazas públicas y, aunque parezca extraño, hasta en un púlpito para criticar al párroco de la Iglesia. Esto lo hizo -hace más de un siglo- el joven librepensador José Ingenieros, que a los 19 años enfrentó al cura párroco de la localidad de Magdalena en una confrontación verbal donde llegó a subirse al púlpito para replicar al sacerdote y arengar desde ahí a los fieles que lo miraban entre temerosos, extrañados y alborozados. Ahí, con energía defendió al socialismo que había abrazado, a la par que se defendió de las injurias con que el párroco había atacado a su pensamiento (Rodriguez Kauth, 2001b). Es decir, cualquier espacio y momento era propicio para levantar las banderas programáticas que se sustentaban, aunque no necesariamente de una manera pacata, sino poniendo énfasis en las palabras y conmoviendo a los oyentes con propuestas que calaban hondo en las fibras más profundas de la sensibilidad de los asistentes. Prácticamente no existían las consignas reduccionistas y simplificadoras, sino que el discurso pretendía que fuera pensado y sentido por el oyente y no que fuera repetido al mejor estilo en que lo hacen los loros.
Resulta obvio señalar que con esta presentación no he pretendido tener los alcances rigurosos de lo que se conoce como Técnicas de Análisis de Contenido, en el sentido dado por Lazarsfeld y otros (1944) y más recientemente por M. Montero (1991), sino que simplemente he apuntado a hacer un recordatorio de los términos empleados con más frecuencia por los candidatos en sus campañas electorales de la contemporaneidad, con tal de ganar el favor del electorado. Y, en resumen, salvo los candidatos de la minoritaria izquierda, los que se distinguen del resto por su combatividad expresiva, el resto de los candidatos repiten siempre el mismo sonsonete de presentación: dicen que van a ser laboriosos, honestos, pacíficos, cumplidores, "buenos", etc. Vale decir, no hacen más expresar el deber ser de un dirigente político, de quien no se puede esperar que sea menos que todo aquello que señalan, pero de quien sí se debe espectar que sea mucho más que solamente lo que un deber ser raquítico le está demandando -en términos de la opinión pública que pareciera que se conforma simplemente con la superación del ser habitual- para pasar a convertirse en un ser de propuestas creíbles, en cuanto a la factibilidad de su concreción. Esto último está expresado en términos kantianos (1781), en cuanto el deber es "... hablando con propiedad un querer que sirve para cualquier ser racional, con la condición de que en éste la razón sea práctica sin obstáculo".
Pareciera que la razón de la ciudadanía electoral argentina estuviera obstaculizada en sus posibilidades prácticas, ya que solamente demanda condiciones y propuestas políticas que no son prácticas -sobre todo en momentos en que se atraviesa una crisis política, económica e institucional que presenta un panorama umbrío y de final abierto, casi apocalíptico para fines del 2001 sino que deben ir de suyo asociadas al quehacer político en cualquier momento y de cualquiera que pretenda desempeñar tal actividad. La crisis económica -producto de una objetiva crisis política de dirigentes virtuales- ha hecho eclosión en diciembre de 2001 arrastrando no solamente al país a "la virtual cesación de pagos", según los dichos del Ministro de Economía el 9 de diciembre al anunciar el enésimo plan económico para salir de la crisis; sino fundamentalmente arrastrando a la población a los más altos índices de miseria y pobreza que hemos conocido en nuestra historia. Sin dudas que esta realidad que se retroalimenta dialécticamente, no augura un futuro promisorio por parte de la "clase política" ni para la ciudadanía de poder salir con éxito de la crisis en que estamos inmersos.
BIBLIOGRAFIA:
ESTEFANIA, J.: (1997) Contra el pensamiento único. Ed. Taurus, Madrid.
KANT, E.: (1781) Crítica de la razón pura. Ed. Cosmos, Valencia, 1976.
LAZARSFELD, P. F., BERELSON, B. y GAUDET, H.: (1944) El Pueblo Elige. Ediciones Tres, Bs. Aires, 1962.
LUNA, F.: (1993) Breve historia de los Argentinos. Planeta, Bs. Aires, 1997.
MAGALLANES, L. y otros: (1993) "Aporte experimental al conocimiento psicosocial de la alienación". Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina, Bs. Aires, Vol. 39, N° 3.
MONTERO, M. y otros: (1991) Acción y Discurso. Problemas de Psicología Política. Eduven, Caracas.
MOSCA, G.: (1926) La clase política. F. C. E., México, 1984.
OBLITAS GUADALUPE, L. y RODRIGUEZ KAUTH, A.: (1999) Psicología Política. México, Ed. Plaza y Valdés.
PARETO, W.: (1916) Escritos Sociológicos. Alianza, Madrid, 1987.
POULANTZAS, N.: (1967) Hegemonía y Dominación del Estado Moderno. Grijalbo, México, 1982.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (1992) "Lectura psicosocial de los resultados electorales en Argentina durante 1991". Rev. Topía, Bs. Aires, N° 4.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (1997) De la Realidad en que Vivimos... y otras cosas. San Luis, Ed. Universitaria.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (1999) "La Corrupción y la Impunidad, leídas desde la Psicología Política". En Oblitas y A. R. K.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (2000) El Discurso Político (La caída del pensamiento). Espacio, Bs. Aires.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (2000b) "Uso y Abuso de Las Encuestas de Contenido Político en `Nuestra' América". Rev. de Psicología Contemporánea, México, Vol. 7, Nº 2.
RODRIGUEZ KAUTH, A.: (2001) "Corrupción en la Justicia y en el Senado Argentino". Rev. Probidad, El Salvador, Nº 13.
RODRIGUEZ KAUTH, A: (2001b) La Peluca de la Calvicie Moral. Semblanzas de la Vida y Obra de José Ingenieros. Amertown International, Pensilvania.
SMITH, A.: (1759) Teoría de los Sentimientos Morales. Alianza, Madrid, 1997.
WEBER, M.: (1929) El Político y el Científico. Alianza, Madrid, 1967.
WIENNER, N.: (1947) Cibernética y Sociedad.
Sudamericana, Bs. Aires, 1958.
| Ir a página principal de Iniciativa Socialista |