Argentina:
La represión a los piqueteros
Ángel Rodríguez
Kauth
Iniciativa Socialista, invierno
2003-2004
Los cortes de calles y rutas por parte de piqueteros
y otras organizaciones sociales y políticas, que rápidamente
son calificadas como de “izquierda”, resultan ser molestos para los ciudadanos
que quieren moverse libremente por ellas, tal como nos lo garantiza la Constitución
nacional. Los piqueteros exigen con tales manifestaciones la presencia de
un Estado que, si hasta la fecha le había vuelto la cara a las pérdidas
laborales y a la pobreza en que vive más de un tercio de la población-
ahora debe decir nuevamente presente ante los daños sociales producidos
por la política desembozadamente capitalista que se llevó adelante
durante la década menemista. Como ya lo señaláramos en
otra oportunidad, pareciera ser que la “queja” es un síntoma diagnóstico
psicosocial que caracteriza a los argentinos (Rodríguez Kauth, 2003)
pero que, en las actuales circunstancias - finales de 2003- se expresa solamente
en una dirección y no hacia todas las situaciones que podrían
provocarla con igual intensidad.
Por ello, ¿quiénes de los que se quejan agriamente contra
esas expresiones y testimonios populares ponen una queja al cielo -o en los
periódicos- cuando las calles son cortadas arbitrariamente por desfiles
militares, policiales, de ambulancias, cuerpos de bomberos, procesiones religiosas,
desfiles de escolares -que en más de una oportunidad lo hacen con
paso marcial, como si sus profesores quisieran demostrar un ánimo
militar- y hasta de pequeñuelos que asisten al jardín de infantes,
etc.? ¿O cuando las calles son inundadas por deportistas, boy scout,
pequeños ahorristas que golpean con sus enseres domésticos
a las puertas de los bancos ladrones que les dejaron “acorralados” sus ahorros
-gracias también a la política heredada del menemismo por el
autista Gobierno de De la Rúa- o de los ciudadanos que piden mayor
“seguridad” -represión- ante la ola de violencia delictiva? ¿O
de padres que piden justicia por el asesinato impune de sus hijos en las
calles o en un salón de baile, etc.? A fuer de verdad: ninguno. Es
como que en esa oportunidad todos tuvieran vía libre para exhibir
sus demandas, o de hacer públicas sus verdades que, por cierto, en
el último de los casos son por demás legítimas.
También es verdad que los que se quejan por los cortes piqueteros
tienen trabajo y no quieren perderlos por llegar tarde a ellos debido a interrupciones
de tránsito que generan los piquetes de los proletarios desharrapados
que, además de molestar a la gente “decente”, pasan horas jugando al
fútbol sobre las calles que han tomado, en lugar de estar trabajando
como lo hace una persona de bien. También es cierto que el espectáculo
que éstos brindan es por demás desdoroso para las buenas costumbres
y la estética kantiana (1978) del “buen gusto”, tal como la expusiera
en 1790. Ellos son negros, desharrapados, sucios, tienen olor a rancio por
horas de largas caminatas, andan con las caras tapadas y causan una latente
amenaza con esos peligrosos palos que esgrimen en sus manos callosas por años
de trabajo que ahora han perdido y, parecen -como dijera en sus versos el
poeta porteño Enrique S. Discépolo- un disfrazao sin carnaval
y, lo peor de todo, hasta asustan a los niños.
Por esa causa se les llena de improperios y se pretende que se los reprima
desde el Estado. Mas, me pregunto ¿en qué se diferencian estos
disfrazados de aquellos que visten uniformes verde oliva -o blanco o azul-
y que desfilan por las calles durante horas provistos con armas cortas y largas
cargadas -a más de estar habitualmente vestidos con entorchados decimonónicos-
que lo hacen con los mismos disfraces que usábamos cuando éramos
chicos para el carnaval?.
A ninguno de los pequeños burgueses que hoy protestamos a voz en
cuello se nos hubiera ocurrido disfrazarnos de pobres -y menos de piqueteros,
ya que entonces no existían- y, quizás sea por eso que no nos
quejamos por la usurpación que hacen las Fuerzas Armadas, policiales,
o las procesiones eclesiásticas y de otros órganos represores
de gobierno. Y, quizás, sea por eso mismo que tanto nos molestan los
piqueteros ¡nunca nos pudimos disfrazar de ellos porque -de haberlo
hecho- hubiésemos atentando contra el buen gusto de un disfraz que
podía exhibir un pequeño burgués!. Pero, más allá
de la interpretación acerca de los disfraces, que puede ser antojadiza,
lo real es que detrás del disfraz se esconde otra cosa.
Otro tanto ocurre cuando, hasta los niños y jóvenes escolares
desfilan por las calles céntricas en conmemoración de alguna
fecha patria o religiosa e interrumpiendo la libre circulación de los
ciudadanos o, cuando los niños de jardín de infantes cortan
la circulación para desfilar ante el regocijo de sus padres. Ni qué
decir cuando las calles son literalmente tomadas, causando el mismo caos de
tránsito, por los sectores de clase media que reclaman en demanda de
mayor seguridad urbana. Ellos -por supuesto- no son piqueteros, son ubicuos
y decentes manifestantes que hacen uso de su atributo constitucional de manifestar
en reclamo de sus derechos.
A los piqueteros hay que reprimirlos, a menos eso es lo que se escucha desde
las engoladas voces de la Unión Industrial Argentina, la de un ex Presidente
-E. Duhalde, a quien una represión sobre piqueteros a mediados de
2002 le costó acabar con sus pretensiones electorales para el futuro-
y hasta de un fiscal bonaerense -Romero- que dice que hay que aplicarles el
peso de la ley vigente y que con los delincuentes no se negocia. En realidad,
palabras más palabras menos, éste es el argumento que utilizan
todos los que quieren usar la represión. Pero pareciera ser que olvidan
que el peso de la ley también tendría que caerles a todos los
otros que citamos y que cortan las calles y rutas en sus reclamos. Es que
pareciera que la ley es para aplicársela a algunos, a los que son diferentes
de aquellos que sancionaron las leyes.
Dicen que los piqueteros cobran peaje para dejar pasar a los vehículos,
pero nadie se queja contra los peajes abusivos que se cobran en las autopistas
del país y que son de los más caros del mundo y que, para mejor,
reciben subsidios del Estado que pagamos todos. Tampoco nada se dice acerca
de otros que obstaculizan valores más insignes, como son los legisladores
que paralizan las investigaciones sobre el destino de la deuda pública,
que bien puede ser categorizada como “deuda odiosa” (Rodríguez Kauth,
2002), como así también de los jueces y magistrados que han
-y continúan estando- envueltos en negociados con los bancos ladrones
que se quedaron con el dinero de los pequeños ahorristas y empresarios.
En verdad, los auténticos piqueteros violentos son los que nos impiden
el acceso a la salud, trabajo, educación, vivienda, alimentación,
etc. Pero contra ellos nadie pide represión ni con la fuerza de la
ley ni con la ley de la fuerza, siendo esta última la que se espera
que se aplique para los “piqueteros”.
Lo cierto es que nuevamente se reitera la vigencia de las tesis sostenida
por Lenin (1906) acerca de que la burguesía nunca puede ser un aliado
del proletariado. Equivocadamente se han leído algunos episodios en
que aparecieron luchando juntos por la reivindicación de intereses
que en la coyuntura pudieron coincidir. La historia argentina reciente es
por demás elocuente al respecto; hace no más de dos años
-en diciembre de 2001- se tuvo la ilusión atrabiliaria de que la historia
de las luchas sociales podía ser modificada en su dirección,
sin tenerse en cuenta que normalmente la ilusión es la antesala de
una frustración. Esto es, cuando piqueteros y pequeños burgueses
se unieron en las calles y plazas del país para derrocar al autista
gobierno de De la Rúa que llevaba al país en su conjunto a la
ruina, salvándose solamente los capitalistas amigos de un grupo de
gobernantes inescrupulosos.
Este episodio no pasó de ser más que un hecho anecdótico
en el largo collar de sucesos semejantes -entre los que no puede olvidarse
a los del 17 de octubre de 1945, que catapultó a Perón al gobierno-
en que se produjo una alianza coyuntural entre dos enemigos de clase irreconciliables.
Obviamente que en esta categorización alcanzan a escapar aquellos sectores
o individuos de la pequeña burguesía que han superado el estado
de “falsa conciencia” -descrito por Marx en 1847 (1958)- y que, pese a su
condición objetiva de pequeños burgueses, se asumieron con
la identificación de clase que les corresponde en el proceso enajenante
de la producción capitalista.
Lo cierto es que los hechos ocurridos desde principios de diciembre de 2001
y hasta entrado 2002 encontraron en las calles, peleando codo a codo, a dos
sectores sociales que solamente se encuentran en los estadios de fútbol.
Es decir, a los cacerolazos de la “clase media” que reclamaban por sus depósitos
incautados en el “corralito” instaurado por el tandem Cavallo-De la Rúa,
junto a los piqueteros que pedían por fuentes de dignas de trabajo
que se habían caído o desaparecido, como consecuencia de la
desnacionalización de la economía ocurrida durante el menemismo
y para la cual el Gobierno de la Alianza UCR-Frepaso no tuvo solución
alguna, sino que la continuó profundizando.
Pues bien, zanjado aquel momento histórico social que unió
en una misma lucha a proletarios y pequeños burgueses, las diferencias
comenzaron a brotar, tal como era esperable en sectores de clase que tienen
objetivos diferentes. ¡Y es que no puede ser de otro modo, ni se lo
puede esperar! Cada uno tomó su camino y volvieron al enfrentamiento
histórico que los ha caracterizado por siglos.
En esto debemos ser claros, se equivocan de punta a punta quienes aún
creen en alianzas políticas con los enemigos de clase. Más aún,
cada vez que estas se han producido al final de la trama hubo un ganador:
la burguesía; y un perdedor: la clase trabajadora. Si se quiere, esta
última siempre ha sido utilizada como se lo hace con los condones:
una vez usados, se los tira. Ya es hora de que el proletariado y su vanguardia
dirigente tome conciencia de lo que ocurre. ¡Basta de alianzas espurias!
Y si se hacen deben conocerse las enseñanzas de la historia para saber
que ellas son pan para hoy y hambre para mañana. No existe pequeña
burguesía nacional inscrita en el capitalismo que comparta el ideario
revolucionario de los pueblos, por el contrario, sus intereses se oponen
a aquéllos, como muy bien lo sostuviera en 1936 Keynes, quien se ha
constituido en el adalid contemporáneo de la recuperación del
Estado de Bienestar (1983); el cual no significa más que la profundización
de la falsa conciencia a partir de generar mejoras objetivas de las condiciones
de vida de los trabajadores, para continuar explotándolos.
BIBLIOGRAFIA
KANT, I.: (1978) Crítica del juicio. Ed. Porrúa, México,
1978.
KEYNES, J. M.: (1983) Teoría general de la ocupación, el interés
y el dinero. Fondo de Cultura Económica, México.
LENIN, V. I.: (1906) “De nuevo acerca de un gabinete salido de la Duma”.
En Obras completas, Tomo 11, Editorial Cartago, Bs. Aires, 1964.
LENIN, V. I.: Obras completas. Cartago, Bs. Aires, 1964.
MARX, C.: (1958) La ideología alemana. Pueblos Unidos, Montevideo.
RODRÍGUEZ KAUTH, A.: (2002) “Un concepto olvidado: el de la deuda
odiosa”. Rev. de Ciencias Sociales, Maracaibo, Vol, VIII, Nº 2.
RODRÍGUEZ KAUTH, A.: (2003) “Elogio de la queja. Una reacción
psicosocial del argentino”. Archipiélago, México, Nº 39.