Iniciativa Socialista (portada) Apostar por la consciencia
Armand Petitjean


Armand Petitjean, filósofo y escritor. Publicado en TRANSVERSALES SCIENCE CULTURE 1, nueva serie, primer trimestre 2002.

Hace algunos años, en Le Monde, Jacques Le Goff, uno de nuestros mejores medievalistas, exclamaba: “Los portavoces de la ‘siniestrosis’ me resultan imbéciles siniestros”. Más allá del exceso del lenguaje, podemos admitir que las profecías de Cassandra resultan generalmente contraproducentes. Pero cuando nuestro medievalista continúa: “Hemos conocido crisis como la nuestra, no sé cuantas a lo largo de nuestra historia”, uno se lleva las manos a la cabeza. ¿Resulta banal una civilización donde los mejores analistas nos anuncian la muerte, la muerte de Dios, del hombre, de la humanidad, de la historia, de la evolución incluso, tal y como lo hemos conocido en Occidente hasta ahora? ¿Cómo las otras?, ¿una civilización que, para bien o para mal, pone todo en cuestión: la vida, el sexo, la distancia entre las generaciones, la muerte, incluso, con la genética; los límites del conocimiento con la informática, y, finalmente, nuestro sentido de la realidad con el desarrollo de lo virtual?

Hay quienes se alegran de esta emancipación total del ser humano, que va a permitirle realizar los sueños de omnisciencia y de poder total de su infancia. Otros se alarman por la ruptura con las leyes de la naturaleza o, más exactamente, por las condiciones que nos impone nuestro desarrollo.
Los primeros minimizan los riesgos de esta aventura del hombre occidental que toca a su fin, mientras que los segundos subestiman las oportunidades, en un horizonte lejano, de una civilización planetaria basada en la mezcla desordenada de las diferentes culturas de la tierra. ¿Cómo repartir los riesgos y las oportunidades, en nuestro examen de conciencia occidental, así como en la conducta de nuestra vida? Ante el descrédito de los criterios religiosos, filosóficos, morales y políticos, la única instancia que puede permitirlo es la consciencia, esta increíble, impensable invención del libre arbitrio humano. Presente en cada uno de nosotros, es lo que nos permite medir nuestra parte de responsabilidad en el desorden del mundo actual y en nuestras oportunidades de futuro.
Los riesgos son mortales. La degradación acelerada de nuestra situación es hoy flagrante, tanto en nuestra relación con la naturaleza, como con los otros y con nosotros mismos.
A principios de los años 70, un libro, Halte à la croissance [Meadows et al, informe al Club de Roma, 1972] hizo tambalearse las convicciones marxistas, existencialistas y judeocristianas a favor de la ecología. Supuso un verdadero síncope en Occidente: por vez primera, la naturaleza ponía límites al crecimiento de su economía.
En la carrera por el crecimiento, la naturaleza siempre sale perdiendo
¿Qué ha pasado treinta años después? Es cierto que el ecologismo, bajo todas sus formas -local, militante, institucional, política y científica- no ha cesado de progresar, local y globalmente, tanto en el Norte como en el Sur. Pero ha perdido todo su empuje, banalizándose. El prefijo eco se encuentra en las mercancías más sospechosas, y todos nos decimos “ecos” sin que nos cueste nada. En la carrera de velocidad contra el crecimiento económico y por la “protección del medio ambiente”, la naturaleza siempre pierde. No estamos sólo ante la polución generalizada del aire, del agua y de los suelos, sino también ante el desequilibrio de la biosfera en sí misma, de la fuente de toda vida sobre la tierra. Los científicos nos previenen: sin la desaceleración del crecimiento nos dirigimos hacia una catástrofe climática similar a las conocidas por la biosfera tres o cuatro veces en su historia. Lejos de ralentizar, aceleramos, arrastrando en la carrera al “mundo en desarrollo”.
Ahora bien, sin el crecimiento, que es el motor, la economía global se derrumbaría como un castillo de naipes. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Ni la posición del presidente Bush, que bloquea toda negociación insistiendo en que “el nivel de vida de los americanos no es negociable”, basta para explicar esta realidad. La verdad es que seguimos creyendo, tal y como nos ha sido dicho desde el Génesis, que la naturaleza está a nuestro servicio. Hay quienes van más lejos y afirman que “podríamos prescindir de nuestros recursos naturales”, como nos dice un Nobel de economía. ¡“La naturaleza ha muerto”! exclaman mentes que se suponía más reflexivas. Asimismo, la naturaleza irrumpe bruscamente en lo climático; cuando ésta se retira nos hace pagar muy caro sus servicios -agua, aire, suelo…-, que antes nos ofrecía gratuitamente. Conclusión: en un plazo -que nadie puede fijar-, esta situación será ecológicamente inviable.
La escandalosa distancia entre ricos y pobres
Al igual que con la naturaleza, ocurre con nuestras relaciones sociales: nuestro discurso oficial, de alto contenido moral, y nuestra práctica maquiavélica incurren en una oposición directa. Frente a la evidencia de las desigualdades naturales, ninguna cultura había proclamado, con tanto empeño como la nuestra, el principio absoluto de igualdad entre los humanos. La distancia entre ricos y pobres jamás llegó a ser tan escandalosa como ahora, tanto en el marco nacional como en las relaciones internacionales. Esta distancia, iniciada durante el colonialismo, no hizo más que aumentar desde la proclamación por el presidente Truman de “la ayuda al desarrollo”. Los pobres se ven ahogados bajo el peso de sus deudas, situación inédita en antropología: la de la exclusión, donde no ocupan ningún lugar en la sociedad, ni siquiera el último.
No nos sorprendamos si este atentado a la condición humana se traduce, tal y como hemos degradado la naturaleza, en reacciones salvajes de las cuales sólo hemos sufrido los primeros efectos. No es Viviane Forrester , sino el presidente del Banco Mundial quien nos lo dice: en el año 2020, con más de dos mil millones de seres humanos viviendo por debajo del umbral de la pobreza y dos mil millones de bocas más para alimentar, no habrá paz en este mundo. Tal situación es insoportable desde el punto de vista moral y político.
Uno de cada cinco americanos sufre del “síndrome de ansiedad social”
Nosotros nos encontramos en la misma situación. A pesar de los maestros de la sospecha, Marx, Nietzsche y Freud, que se empeñaron en disminuir nuestro ego, hemos alcanzado un individualismo sin precedentes: no aceptamos otras reglas que las que garantizan nuestra promoción social. A este servicio, las tecnologías de la información, de la comunicación y de la genética ponen a nuestra disposición poderes que ningún soberano del pasado hubiera podido soñar. ¿Cómo actuamos en la realidad? El 80% de los franceses, como ciudadanos del mejor de los mundos se consideran felices: son campeones mundiales en el consumo de tranquilizantes. Obligados a obtener buenas marcas en todo, desde la cama al jogging, pasando por el uso del ordenador, consideramos a los demás como rivales y a nosotros mismos como impotentes. La carrera por dominar puede destilar no solamente odio hacia los demás y hacia sí mismos, sino también un sentimiento de inseguridad que a partir de la alimentación, de la salud, de la vida social y profesional, llega a paralizar las psiques.
Hoy, uno de cada cinco americanos es víctima del tecnoestrés, del “síndrome de ansiedad social” y, sobre todo, de la depresión, considerada la enfermedad del siglo. Esta situación es psíquicamente insostenible.
Occidente no seguirá siendo el único que controla las reglas del juego
¿Qué concluir sobre estos tres aspectos, sobre nuestra relación con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos, donde lo que se cuestiona es nuestro propio poder? En primer lugar, estos aspectos generalmente se subestiman en nuestras proyecciones sobre el futuro, pero cuando no lo son provocan un sentimiento de impotencia respecto a que algo pueda cambiar. Nuestros tecnófobos parecen tan convencidos como nuestros tecnófilos de sus radiantes mañanas: nuestra marcha triunfal hacia la muerte sería ya fatal.
Los mayores espíritus de Occidente, Goethe y Freud, lo afirmaron: “Sólo nos queda retirarnos y dar paso a otra experiencia de la naturaleza (o de Dios) en esta Tierra”. Creemos que nuestra civilización, con sus miserias y sus glorias, toca a su fin, pero otra, sutilmente, comienza a instalarse. Se tratará de algo más que una reforma intelectual y moral, de un cambio de paradigma científico o de un simple “retorno a lo religioso”; viviremos una reconversión del espíritu y del corazón, una metanoia, como hace 2.000 años y cada uno deberá decidir su participación en ella si quiere reencontrar el sentido de su tránsito por este mundo.

¿Qué nos permite no sólo creerlo, sino también pensarlo? En primer lugar, el occidental, incluso el americano, lo quiera o no, no será ya más el único en imponer las reglas del juego mundial, como ha tendido a serlo durante siglos. ¿Asia y África redescubrirán otros valores que no sean los de Occidente? No lo sabemos. Lo que es seguro es que el ser humano del futuro no será ni occidental, ni oriental, ni del Norte ni del Sur, será mestizo.
La gran noticia en antropología, al menos desde el fin del Neolítico, el dato que cambia todo, no sólo en Occidente, sino en todas las culturas actuales, es que la mitad del género humano, reducida al silencio, está tomando la palabra. Ya en sus vidas de pareja y de familia, las mujeres han puesto fin al patriarcado; hasta tal punto que el nuevo modelo masculino está por encontrarse. Pero lo determinante será el acceso de las mujeres a la vida pública.
La preocupación femenina de velar por la naturaleza
En su vida profesional, social y política, las mujeres compiten todavía con los hombres por puestos de responsabilidad de inspiración masculina. Éstos, por ejemplo, no ofrecen ninguna solución al dilema más cruel de las mujeres actuales: la elección entre la afirmación pública de ellas mismas y su deseo de maternidad. ¿Qué pasará cuando ellas se encuentren en el centro de las instituciones? En general se puede prever que a la pulsión masculina por dominar la naturaleza se opondrá la preocupación femenina de velar por ella.
La concepción misma de nuestra relación con la naturaleza es lo que prepara una nueva ciencia que significará un cambio radical, con la discreción que corresponde a toda gran novedad. Entendámonos bien: hablamos de la ciencia de la comprensión, de una de las más nobles exigencias de la humanidad, no de una tecnociencia que tiene como única preocupación la eficacia y el rendimiento financiero.

“¡Para conocerme a mí mismo creé al ser humano!”


¿Qué nos quieren decir los pioneros de la cosmología, de una concepción nueva de la física y de la biología, que los convierte en los hermeneutas de la evolución? Le devuelven a la naturaleza su infinito poder creador que la religión había destituido en provecho de un Dios omnisciente, todopoderoso, cuyo lugar hemos querido ocupar durante 3.000 años de historia. Dichos pioneros sitúan al ser humano, no como el ingeniero del mundo de sus deseos, sino como su resultado, entre otros posibles, después de quince mil millones de años de evolución. Y, tal vez, para decodificar el sentido de sí misma que no posee, la naturaleza o “Dios” inventó la conciencia humana. “Yo era un Dios oculto” dice un hadith famoso en todo el Islam: “¡He querido ser conocido, y para conocerme a mí mismo creé al ser humano!”.
Por último, no subestimemos la importancia de la “vuelta de lo religioso”, al término de una secularización cuando ya nadie lo esperaba. Emancipados de todo dogma, hemos llegado a ser libres para ejercer nuestra religiosidad natural. Mucho vagabundearemos, nos rebotaremos, caeremos en fundamentalismos antes de encontrar la buena forma colectiva de nuestras relaciones con la naturaleza, con los otros y con nosotros mismos. Las gigantes multinacionales y las instituciones internacionales que están al servicio de sus apetitos no obedecen a reacciones dispersas. Obedecen a potentes coordinaciones de intereses de toda índole, tanto en el Norte como en el Sur, que imponen los diktats de esta economía. Por lo tanto, los movimientos, del que Attac, en Francia, es el mejor ejemplo, agrupan intereses, tradiciones y esperanzas tan diversas que, cuando se trate no de contraatacar a un adversario evidente, sino de definir propuestas constructivas, corren el riesgo de perder su cohesión. Sólo podrán evitarlo mediante una referencia común a lo que nos trasciende a todos. Ahora bien, sólo hay una en la encrucijada de la naturaleza y de la cultura: la consciencia.
No olvidemos, por otra parte, que el alcance real de la globalización es menor de lo que afirman, con todo sus medios de intimidación, sus promotores mediáticos. Una mayoría de la población mundial todavía es campesina, incluso si sueña con ir a abrasarse a una ciudad, ¡qué ciudades! Existen multitud de asociaciones que se proponen organizar su vida local tomando de la modernidad sólo lo que les conviene. Incluso en Estados Unidos, las “asociaciones culturales” abiertas a la ecología, a los valores femeninos, a la solidaridad y al despertar interior, interesan a más de una cuarta parte de la población. Ahora bien, no tienen el menor impacto en la política americana, indiferente u hostil.

Un ser finito que aspira a lo infinito


¿Por qué atribuir un rol tan crucial a la consciencia? Porque inventándola, después de la vida, la muerte y el sexo, la naturaleza ha entregado al ser humano la responsabilidad de su propia evolución, desde que hace 100.000 ó 150.000 años, según los antropólogos, aparece el Homo sapiens. Es la que define la condición humana: un ser finito que aspira a lo infinito. En el descrédito de todos los criterios religiosos, morales o políticos, es la única instancia que permite al sujeto humano reconstruirse asumiendo la medida exacta de sus responsabilidades. Y de esta reconstrucción depende la suerte de una sociedad enferma como la nuestra.
En estas condiciones no tenemos más que dos alternativas. O negamos nuestra finitud lanzándonos a la conquista del “reino, de la salud eterna, del hombre perfecto”, utilizando contra la naturaleza todos los medios que nos había concedido para entendernos con ella, y nos precipitamos así en los abismos de lo ilimitado. O, por el contrario, nos apoyamos en nuestra finitud para descubrir lo que nos falta, en la alteridad bajo todas sus formas: en la naturaleza, en nuestras culturas y en la psiché humana. En este caso, no dispondremos de todas las cosas, pero podremos amarlas.