Carlos Artola
El desafío oscurantista de la Iglesia Católica
Iniciativa Socialista nº
75, primavera 2005
La elección del cardenal Ratzinger como supremo pontífice de
la Iglesia Católica constituye un importante acontecimiento, cuya
gravedad que no se debe minusvalorar. Es un signo más de una evolución
del catolicismo que, en las últimas décadas, desafía
cada vez más abiertamente a la modernidad, a los valores de
libertad e igualdad que durante siglos se fueron construyendo en Occidente
frente a su control medieval. La Iglesia Católica es un enemigo poderoso
de la autonomía humana. Aspira a volver a una situación en
la que su particular visión de la moral y del mundo pueda determinar
el curso de nuestras vidas y de las instituciones políticas. Es consustancial
a su ortodoxia querer imponer a los demás sus creencias y sus ritos.
Woytila y Ratzinger han representado ese giro antimoderno. Esa superación
integrista de las contradicciones el Concilio Vaticano II se produce conjuntamente
con el desarrollo de una estrategia dirigida a aumentar su control
sobre los medios de comunicación y la educación, como instrumentos
esenciales para poder seguir propagando sus creencias desde una sólida
estructura de poder.
Muy acertadamente decía Andreu Nin, en un artículo de 1912,
que la religión, el cristianismo, presupone "la sumisión del
pensamiento y de la conciencia humanas al dogma" (La Barricada, 22-3-1912).
Ese es el desafío planteado por Juan Pablo II y por Benedicto
XVI: la reconquista de su derecho a controlar las mentes y a articular las
leyes humanas en virtud de sus dogmas medievales. Efectivamente, medievales,
pues como ha señalado Leonardo Boff al comentar la elección
de Ratzinger, éste es un hombre con valores del siglo XIII actuando
en el siglo XXI.
La coexistencia de un presidente de extrema derecha como Bush y un papado
ultrarreaccionario implica una lucha mundial de ideas que será muy
intensa. No es un peligro pequeño ni ridículo el que representan.
Es, en esencia, la batalla entre la civilización o un nuevo dominio
basado en dogmas ridículos con consecuencias aterradoras contra los
derechos individuales y las normas colectivas propia de una democracia. Por
todo ello, la batalla laicista será un terreno esencial para una izquierda
de nuestro tiempo.