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Escribir en estos tiempos no es sólo una necesidad. Es una obligación. Narrar, analizar los hechos, vincular las propuestas. Porque es el único modo en que el psicoanálisis, ese discurso, logre salir de la marginalidad política a la que sus instituciones le han condenado. Estas instituciones han jugado siempre el juego del estado: Inclusión–Exclusión. Y así, este vendaval los ha sorprendido sin ninguna respuesta institucional. Primero, porque estas instituciones no se meten en las cosas del ciudadano común (está mal vista la política de estado, en cambio es elogiada la de la institución). Segundo, porque los psicoanalistas viven en un mundo aparte, hecho de "todo saber" que la salida es individual, que no hay nada colectivo, que sobre todo hay que desconfiar de las masas. Excepto cuando asisten en número mayor a las actividades públicas, donde son contadas (las masas) cuidadosamente. Allí están para algo mayor: el discurso de la Causa.
Por supuesto que cuestiones como el "corralito" les afectan. Pero lo asimilan como una cuestión sobre la que no se puede accionar. Mucho menos sobre la pobreza, pues (pobres hubo siempre) eso apartaría de esa simpleza irónica, tardoposmoderna, de los que han atravesado todas las crisis y han sobrevivido.
Pero no alcanza con criticar a los "otros". Los pequeños grupos necesitan una elaboración del momento que se atraviesa. Y una respuesta que abarque la clínica psicoanalítica que se plantea, porque es nuestra práctica concreta. Pero nuestra respuesta no puede ser el desinterés. Ante todo, estar interesados por lo que pasa, porque se juega nuestra suerte como país, como sociedad y como futuro.
No ser indiferentes quiere decir poner en claro alguna cosa para nosotros mismos... ¿Qué ha sucedido en la Argentina estos últimos meses?
Un acontecimiento. Como se sabe, este concepto fue establecido por el filósofo francés Alain Badiou. Con este concepto intenta dar cuenta de algo nuevo en el plano de los vínculos sociales. En un acontecimiento, algo que sucede, que no ha sido pensado antes, surge de un modo inédito. Segundo, produce un significante, llamado supernumerario, que produce un salto en la serie de lo producido, presentando algo no reintegrable a la serie y dando cuenta de un corte. Tercero, el acontecimiento no se repite, es intransferible, si queda sumergido en sus efectos, estos reaparecen más tarde, cronológicamente. Esto no es más que un esbozo de la complejidad y anchura del concepto de acontecimiento. Pero entonces, desde este punto de vista ¿qué ha sucedido en la Argentina, cuál es el acontecimiento?
Primero. Que la generación decepcionada por el "felices pascuas, la casa está en orden" o sea la primera generación de la democracia recuperada tras la sangrienta dictadura militar (erróneamente llamada proceso) fue desmovilizada por ese gallego ilustre llamado Raúl Alfonsin. Él, el padre de todos, el bueno, nos manda a casa. Nos desmoviliza, nos despolitiza.
Segundo. La generación de los que tienen ahora de 20 a 30 años ingresa a la política, después de haber heredado el desinterés de la generación anterior. Y la corriente mundial de la juventud despolitizada. Miles de jóvenes ingresan a la política, y buscando un cambio de rumbo, lo hacen por la izquierda. Captan, de un golpe, un compromiso social esencial: el de querer cambiar cosas injustas. Acude a ellos, como generación, una sensibilidad. Se puede decir (argucia tonta) que no son todos. Es verdad, nunca son todos.
Pues los jóvenes no se mueven por el futuro: se mueven por un presente ético.
Tercero. El empalme de dos generaciones produce una sutura sobre el agujero irremediable de los setenta.
Es decir, los desaparecidos. Las jornadas de diciembre del 2001 tienen sus muertos. Ellos no son desaparecidos. Pero, convierten en muertos a los desaparecidos. Alguien, alguno, una multitud, retoman los ideales de emancipación nacional, y de esa manera cierra y reabre, de otro modo, lo que sucedió en los setenta.
Hoy, los desaparecidos son muertos, que son leyenda y bandera. Y también un modo de enseñar y de aprender.
Pues de allí se extrae la experiencia de no-violencia, que están practicando, por ahora, las multitudes argentinas. Que los sectores de la pequeña burguesía pauperizada se unan a los negros desocupados, cambia el mapa político del país, pues los políticos medraron sobre esa diferencia. Esto es, quizás, coyuntura, pero es una experiencia en lo real.
¿Y el psicoanálisis qué?, podría interrogar el psicólogo desprevenido que se las da de lacaniano.
Es que no se ha percatado que con
el psicoanálisis hemos ido a aprender de lo que nos ocurre y nos
supera, pues esa es nuestra posición: no venimos a enseñar,
ni nos acercamos a esclarecer. Somos parte de esto que se mueve y con el
psicoanálisis aprendemos a dar cuenta de cómo eso, el vínculo
social, nos mueve.
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