¿Qué hacer
con el FMI
y el Banco Mundial?
Consejo científico
de ATTAC
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Consejo
científico de Attac. Extractos de un libro que aparecerá en
Éditions Mille et une nuits. Este libro ha sido escrito por un grupo
de trabajo del Consejo científico, compuesto por Suzanne de Brunhoff,
Jacques Capdevielle, Gus Massiah y Dominique Plihon. Los principales análisis
han sido discutidos y aprobados por el Consejo científico.
Las instituciones financieras internacionales (IFI) son el instrumento a
través del cual el capitalismo transnacional intenta imponer su ley
a los países del Sur. En lugar de suprimirlos (lo cual alegraría
a los ultraliberales) o de lavarles la cara, Attac propone transformarlos
radicalmente, transformando a la vez su ámbito de intervención
y su funcionamiento.
En julio de 1944 se inauguró la conferencia de Bretton Woods, que
reunió en Estados Unidos a expertos económicos (Keynes entre
ellos) y jefes de Estado o de Gobierno de los aliados. El Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Mundial, hoy tan ampliamente desacreditados,
nacieron entonces. En efecto, estas dos instituciones de Bretton Woods se
han ido alejando progresivamente de sus funciones iniciales –estabilizar los
tipos de cambio para evitar la vuelta de los desórdenes monetarios
de los años treinta, y financiar la reconstrucción después
de la guerra, así como el desarrollo de los países menos avanzados-
para irse convirtiendo en mecanismos a través de los que el capitalismo
transnacional impone a los países dependientes y endeudados sus reglas
de organización, bajo el nombre de “ajuste estructural”. (…)
Proponemos reformar radicalmente las IFI, es decir, poner de nuevo en discusión
la propia naturaleza de los poderes que se ejercen a través de estas
instituciones y, por tanto, la lógica que determina su acción.
Esta posición se opone, por una parte, a los ultraliberales, cuya
posición está expresada en el informe Meltzer, que desean reducir
al mínimo la regulación pública internacional, y, por
otra parte, a los que desean una reforma sólo marginal de los IFI de
Bretton Woods, que es la posición, en particular, de los sucesivos
gobiernos franceses. (…)
Aunque nuestra reflexión, en el texto que sigue, está voluntariamente
centrada en las IFI, no puede disociarse de un análisis crítico
de la otra organización internacional dotada de verdadero poder, a
semejanza del FMI y del Banco Mundial, que es la Organización Mundial
del Comercio (OMC). (…) A diferencia de las agencias especializadas de la
ONU, la OMC, con su organismo de resolución de conflictos, el
ORD -un verdadero tribunal internacional- detenta un poder exorbitante para
imponer la primacía de los intereses comerciales sobre cualquier otra
consideración. Con una excepción importante, no obstante: las
dificultades que el ORD encuentra cuando se trata de imponer el respeto de
sus reglas a Estados Unidos. Por otra parte, las decisiones de la OMC constituyen
a menudo una violación de los principios fundamentales sobre los que
se apoyan los derechos económicos, sociales y medioambientales defendidos
por la ONU y la OIT. Es esencial, por ejemplo, que el no respeto a las normas
dictadas por la OIT pueda ser sancionado, para que el trabajo deje de ser
una simple variable de ajuste, sometida a los intereses financieros y comerciales
defendidos por las IFI y la OMC. Otro ejemplo adicional: ¿es normal
que el debate sobre la difusión de medicamentos genéricos, para
atajar la pandemia de sida en África del Sur, se centre en la protección
comercial de las patentes de los grandes grupos farmacéuticos, mientras
la OMS está casi ausente? (…)
Reformar los ámbitos de intervención de las instituciones
financieras internacionales
1.Prioridad para la anulación de
la deuda exterior
La deuda es un freno considerable para el desarrollo de los países
más pobres, y gravita pesadamente sobre los países llamados
“emergentes”. El carácter acumulativo de las deudas (pedir prestado
para pagar los intereses sin estar en condiciones de hacer reembolsos) mantiene
en una dependencia sin fin a los países del Sur. Es necesario conseguir
una política de alivio y, en ciertos casos, de anulación de
la deuda de los países en desarrollo. (…)
Es esencial cambiar las actuales modalidades de gestión de la deuda.
En lugar de tratarla caso por caso, como se hace actualmente en el marco de
los clubs de París y de Londres, es preciso afrontar la organización
de un tratamiento global de la deuda, por ejemplo en el marco de una conferencia
internacional, lo que permitiría reducir el peso de las IFI y daría
una dimensión política y planetaria a esta cuestión,
haciendo destacar las importantes responsabilidades de los bancos internacionales
y de los países ricos. (…)
2. Supervisión y gestión
de las crisis financieras
(…) El sistema de supervisión actual, calificado como “supervisión
prudencial”, reposa sobre un pilar preventivo (reglamentación y supervisión)
y otro pilar curativo (dispositivo de gestión de las crisis). El primer
pilar hasta ahora lo ha constituido en el dominio bancario el Comité
de Basilea, para los reglamentos internacionales bancarios. No ha impedido
las “tomas de riesgo excesivo” en la adjudicación o en la supresión
brutal de los créditos acordados por los grandes bancos internacionales.
En cuanto a los otros agentes financieros (inversores, fondos especulativos,
conglomerados) no son objeto de una verdadera supervisión a escala
internacional. El segundo pilar, curativo, concierne sobre todo a la función
de “prestamista internacional en última instancia”, es decir, a la
lucha contra el riesgo sistémico mediante la provisión de liquidez
de urgencia en caso de crisis. El FMI ha sido el encargado de coordinar las
operaciones de salvamento en las crisis recientes (México en 1995,
Corea en 1998, Argentina y Turquía en 2000-2002).
Pero el FMI adolece de legitimidad. Su gestión de las crisis financieras
es particularmente contestada desde la “crisis asiática” de 1997-1998.
Hacia 1999 se le dieron muchas vueltas a la cuestión de su reforma,
pero no se decidió nada, en parte a causa de los desacuerdos sobre
la naturaleza de las reformas a emprender. (…) Frente a estos desacuerdos
e incertidumbres, debemos dejar bien sentado que nuestros análisis
y propuestas pretenden la intervención en la misma fuente, para tratar
las raíces del mal sin dedicarse a intervenciones puntuales destinadas
a limitar los daños: la liberalización financiera no puede
ser el principio director del sistema financiero internacional. Es esencial
promover una nueva regulación del dinero, fundada en un marco de actuación
estricto para los agentes privados, una fuerte reglamentación de los
movimientos de capitales, la supresión del secreto bancario y de los
privilegios y paraísos fiscales, en el refuerzo de la fiscalidad de
las operaciones financieras internacionales (tasa Tobin) y en el establecimiento
de un control democrático eficaz sobre las IFI, garantizado por autoridades
públicas dotadas de legitimidad nacional e internacional.
3.Conciliar la lucha contra la pobreza
y la defensa del medio ambiente
La lucha contra la pobreza forma parte del discurso oficial del FMI, pero
las políticas sobre el terreno no reflejan este objetivo: la pobreza
es femenina en un 70%, y los planes de ajuste estructural han sido particularmente
nefastos para las mujeres, tanto si hablamos de su escolarización como
de su salud, su empleo y sus derechos. Además la política de
las IFI consiste frecuentemente, en el mejor de los casos, en ayudar a los
pobres mucho más que en combatir las causas de esta pobreza.
Los nuevos sistemas de medición -como los desarrollados desde 1992
por el PNUD en sus informes anuales, con el índice de desarrollo humano,
el índice específico por sexos de desarrollo humano, el índice
de participación de las mujeres, el índice de pobreza o la “contabilidad
verde”- deben ser alentados, para permitir internalizar los costes sociales
y ecológicos del capitalismo de mercado mundializado. Los estudios
de impacto sobre el género deben ser considerados requisito previo
y condicionar todos los proyectos presentados por las IFI. (…)
Las IFI deben tener, entre sus objetivos, la asipiración de llevar
a cabo medidas compatibles con la protección del medio ambiente. Así,
es importante ayudar prioritariamente a la financiación de proyectos
agrícolas o industriales favorables al equilibrio del ecosistema local.
A la inversa, las IFI pueden luchar contra los agentes financieros privados
cuyas acciones empobrecen excesivamente el capital ecológico de los
países en desarrollo.
4. Cuestionar los planes de ajuste
estructural y la condicionalidad de los préstamos
Los planes de ajuste estructural, así como la doctrina de la condicionalidad,
que son centrales en la acción del FMI, deben ser radicalmente replanteadas.
Esto significa en primer lugar que la lucha contra los desequilibrios macroeconómicos
(inflación, desequilibrio del comercio exterior y de las cuentas públicas)
no puede hacerse en detrimento de los objetivos económicos y sociales
de desarrollo a largo plazo. En segundo lugar, es necesario consultar a los
países que tienen necesidad de ayuda y a sus instancias democráticas,
antes de poner en práctica las políticas económicas recomendadas
por los IFI. Asimismo, es esencial dar la posibilidad a los países
implicados de cerrar provisionalmente sus fronteras para protegerse contra
la competencia excesiva o la especulación. Esto supone no aceptar,
en particular, las presiones del FMI para liberalizar los movimientos de capitales,
para imponer “la apertura de la cuenta de capital”, según la jerga
del FMI. Por último, los países deben tener la posibilidad de
reclamar ante una instancia internacional sobre las políticas que les
son aplicadas por la comunidad financiera internacional, por ejemplo la retirada
brutal de fondos por parte de los bancos y los inversores extranjeros. Correlativamente
a nuestra oposición a los planes de ajuste estructural, es necesario
definir nuevas modalidades de crédito, en condiciones no de mercado
(tipos de interés bonificados o preferenciales). Es deseable ir hacia
la creación de un fondo mundial para el desarrollo, encargado de financiar
los proyectos más urgentes y de asegurar las necesarias transferencias
de tecnología hacia los países del Sur. La elección
de los proyectos, su seguimiento y evaluación deberían ser
responsabilidad de un organismo ligado a las Naciones Unidas, por ejemplo
el PNUD, donde las poblaciones implicadas podrían estar directamente
representadas.
Reformar el funcionamiento de las instituciones
financieras internacionales
1. Democratizar las IFI a todos los niveles
Las IFI, nacidas de Breton Woods, se caracterizan por un profundo déficit
democrático, que se manifiesta a través del secreto que rodea
los estudios y la toma de decisiones, la concentración de poderes en
las manos de los países más ricos, la ausencia casi total de
mujeres en las instancias de decisión. (...)
Un primer eje prioritario de la reforma de las IFI debe ser por tanto la
democratización del voto y de las modalidades de toma de decisiones,
a fin de garantizar una representación equitativa y equilibrada que
no siga estando al servicio exclusivo de los países desarrollados más
ricos y de las ganancias.
El segundo eje necesario de democratización es la instauración
de un control real por parte de cada parlamento nacional, con la colaboración
de representantes de los que se llama generalmente “sociedad civil”: ONG,
sindicatos, movimientos de mujeres, etc. Este control debe ejercerse particularmente
sobre los administradores de las IFI, que, por otra parte, son ciudadanos
que deberían estar sujetos a la autoridad del parlamento su país.
(...) Por ejemplo, es necesario que, como mínimo, el representante
de Francia en el consejo de administración del FMI y del Banco Mundial
rinda cuentas y sea realmente controlado por los parlamentarios franceses.
2.Vincular las IFI a unas Naciones Unidas
también reformadas
Las IFI, como la OMC, tienen ámbitos de acción que en un comienzo
estaban delimitados y que así habrían debido seguir. A la inversa,
las Naciones Unidas son una organización universal. Las IFI están
en principio vinculadas al sistema de Naciones Unidas, pero de hecho completamente
emancipadas de él. Es esencial subordinar de nuevo las IFI y la OMC
al sistema de Naciones Unidas, único medio -en el estado actual de
las relaciones internacionales- de someterlas a un control exterior, por un
lado, y de llevarlas a respetar principios fundamentales, superiores a los
intereses financieros y comerciales, por otro.(...)
Esta reforma radical de las IFI, independientemente de su confrontación
con los otros dispositivos internacionales existentes, debería pasar
a su vez por el examen de instancias de evaluación independientes,
exteriores a las propias instituciones, que estarían vinculadas al
sistema de Naciones Unidas. La posibilidad de examen razonado y consulta entre
las partes implicadas, e implicando asimismo a representantes de los Parlamentos
y de otros sectores considerados como “sociedad civil”, sería un paso
adelante considerable en la democratización del sistema financiero
internacional.
3. Crear mecanismos e instancias de reclamación
(...) Es indispensable conseguir que las IFI se sometan al derecho internacional,
particularmente a los protocolos y acuerdos que han suscrito la mayor parte
de sus Estados miembros. Pues, efectivamente, es posible regular la economía
y los intercambios partiendo del respeto a los derechos: derechos civiles
y políticos, pero también, o quizá más aún,
derechos económicos, sociales y culturales. Esta referencia a los derechos
fundamentales es cada vez más central en la movilización y
las reivindicaciones de los movimientos sociales del mundo.(...)
En esta perspectiva, es necesario organizar posibilidades de reclamación
por parte de los Estados y de los ciudadanos ante jurisdicciones internacionales
por violación de los tratados internacionales o por no respeto de derechos
fundamentales. Hoy en día sólo los Estados son reconocidos como
sujeto de derecho internacional. Es importante, por tanto, conseguir una
transformación del marco jurídico en el que funcionan las jurisdicciones
internacionales, con el fin de permitir a los miembros de la “sociedad civil”
(ONG, pero asimismo ciudadanos) que acudan a la justicia en el ámbito
internacional contra los Estados, las empresas o los organismos internacionales.