Sin poder ni modelo
Miguel Benasayag
Entrevista con Miguel Benasayag, filósofo
y psicoanalista, autor de Du contre-pouvoir, con Diego Sztulwark,
La Découverte. Publicado en TSC nueva serie, número 2, segundo
trimestre 2002, y en Iniciativa Socialista 66, otoño 2002.
Transversales Science Culture: En vuestro libro Du contre-pouvoir
se habla de la nueva radicalidad que traen los movimientos cívicos
y sociales. ¿En qué consistiría ésta?
Miguel Benasayag: Diego Sztulwark y yo vemos en la entrada en
escena del movimiento zapatista en Chiapas (México) el punto de
partida de la emergencia de una nueva radicalidad. Los zapatistas renuevan
con su discurso y sus prácticas alternativas: no se contentan con
denunciar los excesos del sistema sino que afirman que la sociedad del dinero
y el beneficio puede y debe ser superada. En los años siguientes,
los movimientos que se desarrollan en Francia y en Europa por parte de los
sin papeles, los sin techo, los parados..., participan, más allá
de las reivindicaciones inmediatas, de la misma voluntad de construir una
alternativa a la mercantilización del mundo.
Por todas partes, en el mundo entero, emergen experiencias de lucha que
buscan vías para una nueva emancipación. Esta contraofensiva
está en ruptura respecto a los métodos de los grupos políticos
tradicionales: saca del centro de atención, sin negarla, la cuestión
del poder y rechaza la idea de un modelo anticipador definido a priori...
Los viejos hábitos de la militancia “anti” son abandonados en provecho
de la búsqueda de modos de vida y de prácticas alternativas:
se trata de superar con actos, en la vida de cada día, el individualismo
del sistema. Se trata de construir la emancipación aquí y ahora,
a través de solidaridades de situación.
TSC: ¿En qué sentido dejan de lado estos nuevos
movimientos la cuestión del poder?
MB: Lo que constituía la cuestión central de toda
política alternativa, la toma del poder y sus modalidades como punto
de tránsito obligado en la transformación de la sociedad,
se convierte en relativamente secundario. Ciertamente, y en un momento dado,
frente a tal o cual situación, los movimientos contestatarios pueden
verse abocados a ocuparse del poder. Pero su conquista no es ya el objetivo
perseguido. Esta posición no es “basista”, sino que resulta más
bien de una hipótesis filosófica y antropológica:
el objetivo no precede nunca a la acción; se redefine permanentemente
a medida que esta acción evoluciona. En este esquema, ni el poder,
ni cualquier otra cosa en su lugar, pueden ser el objetivo a conseguir.
TSC: ¿La ausencia de modelo no constituye también
un hándicap?
MB: Con la quiebra del sistema soviético se ha pronosticado
el final de los grandes relatos de la historia, de la razón, del
sujeto. Este grito de guerra contra toda tentativa de transformación
social tiene un núcleo de verdad: el “modelo” que durante años
estructuró el pensamiento y la práctica militante se ha vuelto
caduco. Las luchas de los años 90 en Chiapas, Brasil, Europa... señalaron
el retorno de una nueva subjetividad anticapitalista, pero seguíamos
teniendo la impresión de que estas luchas se desarrollaban “a pesar”
de la ausencia de modelo. Hoy estamos llegando a una nueva fase, en la que
lo que se vivía como carencia se percibe como una baza positiva:
si las experiencias alternativas se multiplican por el mundo, no es “a pesar
de” sino “gracias a” la ausencia de modelo. ¿Por qué? Todo
el mundo nota claramente que la complejidad de lo real no ofrece base para
un modelo... mientras que un proyecto, como tal, se acomoda muy bien a esta
complejidad. Veamos un ejemplo simple: en Argentina, dos millones y medio
de personas están insertas en redes de trueque, pero nadie pretende
que esto constituye un modelo alternativo al neoliberalismo. Estamos cómodos
en el proyecto, no en el programa o el modelo...
TSC: ¿No están teniendo problemas en Francia los
movimientos cívicos y sociales para escapar a la tentación
del modelo?
MB: En Francia estamos siempre cerca de la tentación de
querer demostrar algo. Cuando se hace cualquier cosa, hay que ser conocido
y reconocido. Aquí, lo universal, el sentido, la trascendencia, se
buscan en la representación de lo que se hace. En América Latina
se sitúan más directamente en el nivel de la acción misma.
Este ansia permanente de demostración constituye sin duda un obstáculo
para la emergencia real en Francia de una alternativa.
TSC: ¿Esta preocupación por la representación
no se explica también por la voluntad de superar el carácter
segmentado de las luchas y las iniciativas?
MB: Desde luego, la dispersión actual de combates e iniciativas
es un freno. Y los movimientos contestatarios andan escasos de una cierta
forma de visibilidad y de legibilidad. Pero no podrán encontrarla
nunca en los modelos clásicos de representación y de mediatización.
Siempre hay que partir de las situaciones concretas, porque no hay totalidad
más que en la parte. La centralidad y la dispersión conducen
igualmente a la impotencia. Nosotros les oponemos la categoría de
las multiplicidades. La multiplicidad es una forma de inmanencia en la trascendencia,
mientras que la dispersión se sitúa en la inmanencia sin
trascendencia.
TSC: Insistís mucho en las prácticas “situacionales”,
afirmando que “en cada situación existe la posibilidad de una política
subversiva que cuestione las relaciones de poder hegemónicas de
la época”. ¿Os aproxima esta visión a los situacionistas?
MB: No realmente. Los situacionistas hablan de construir situaciones;
nosotros decimos que las situaciones se autoafirman, se autoconstruyen...
La totalidad de un sistema se expresa concretamente en determinadas situaciones.
Para nosotros, el destino de un movimiento de situaciones dependerá
en gran medida de la fuerza que tengan los nuevos militantes para resistir
a la virtualización de un contrapoder.
TSC: Evocáis otra ruptura antropológica: la que
concierne al lugar del hombre en el universo...
MB: Ya Spinoza estimaba con justeza que no somos un imperio dentro
del imperio. Hemos tardado varios siglos en aceptar lo que nos dijo. La
rehabilitación de las culturas indígenas en América
Latina es para mí un buen indicio: si los indios vuelven a estar
de moda es sobre todo porque son portadores de una cultura que valora la
armonía entre el ser humano y la naturaleza. Está en vías
de ser superada una hipótesis fuerte de nuestra modernidad, según
la cual la libertad reside en la dominación del hombre sobre la naturaleza…
TSC: ¿Qué lecciones extraéis de las recientes
elecciones francesas?
MB: Estas elecciones son una señal de atención sobre
una evidencia: el poder no es el lugar de la potencia, de la fuerza. Siempre
habrá un aspecto neurótico en el ejercicio del poder en el
sentido tradicional del término. Siempre habrá gente encantada
de que la llamen “representante del pueblo”. Pero son ellos los que deben
adaptarse al retorno de la política a la base: ciertamente, no son
los nuevos movimientos sociales quienes deben adaptarse.
TSC: ¿Esa gozosa contestación que describís
no se enfrenta a un serio obstáculo, la tristeza que invade nuestras
sociedades?
MB: La primera razón de esta tristeza generalizada es que
la promesa de un paraíso terrestre que resultaría del progreso
histórico no se ha mantenido: el futuro, que, hasta cierto momento,
pertenecía al territorio de la esperanza, se ha transformado en
espera angustiada frente a un horizonte de amenazas. Así es como
la tristeza y la impotencia han invadido nuestras sociedades.
El capitalismo, bajo su forma neoliberal, aparece hoy día como
un sistema de tristeza consolidado, de forma que nada parezca posible. El
progreso ha sido enviado al desván, pero queda un sucedáneo:
el confort.
Además, esto hace que incluso el menos adinerado de entre nosotros
siempre tenga mucho que perder: una manera de estar en el mundo, unas maneras
de sentir, de pensar y de amar, profundamente estructuradas por el individualismo...
Mucha gente ya no siente deseo, sólo tiene ganas... Sólo
el deseo, sin embargo, puede recrear el vínculo social.