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Los socialdemócratas y la idea de Europa

Joaquín Almunia Amann


Texto de la ponencia presentada en la Primera reunión regional de la Comisión Progreso Global. Berlín, 17 y 18 de Junio de 1998. Joaquín Almunia es secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno de cara a las próximas elecciones generales. Publicado en Iniciativa Socialista número 55, Invierno 1999-2000, con autorización del autor


Me van a permitir que empiece mi contribución a esta reunión por una breve reflexión sobre la idea de Europa.

Para un bosnio, la idea de Europa significa democracia frente a un nacionalismo excluyente que pone en peligro la dignidad humana y las libertades. Para un español, la idea de Europa ha significado democracia y bienestar. Para un alemán o un francés, la idea de Europa en su origen significaba la reconciliación y el poner fin a la guerra entre los dos países.

La pregunta ahora es: ¿qué significa Europa para todos nosotros juntos, mirando al futuro? Y yo creo que no tenemos una respuesta suficientemente profunda a esa pregunta. No podemos vivir sólo de las ideas de Europa que cada uno de nosotros hemos ido cultivando, diseñando, asumiendo a partir de nuestra propia realidad nacional y política. Ahora tenemos que mirar al futuro y construir una Europa de todos.

Y, desde ese punto de vista, estamos en una semana en la que ha habido una cumbre europea de jefes de Estado y de Gobierno en Cardiff y mi valoración no puede ser positiva sobre lo que allí ha sucedido. No se ha avanzado. Incluso, me atrevo a decir que se ha perdido el tiempo.

En los últimos tiempos se han dado pasos adelante en la construcción de Europa, desde el euro hasta el inicio de negociaciones de ampliación a nuevos países, pasando por el Tratado de Amsterdam o el diseño de la llamada Agenda 2000 o la búsqueda, por primera vez, de actuaciones convergentes en políticas de empleo.

Pero en las dos próximas presidencias, en la presidencia austríaca y en la presidencia alemana, que espero que sea liderada por Gerhard Schröder, habrá que dar respuestas políticas –esto es, respuestas globales y no sólo respuestas parciales- a aspectos, en algunos casos muy importantes y en otros menos relevantes, del proceso de construcción europea. Llega el momento de las respuestas políticas, del horizonte político de Europa para el próximo siglo, de nuestro proyecto común de Unión Europea. Y yo creo que esas respuestas no están todavía sobre la mesa.

No sólo hay incertidumbres respecto al futuro hablando de globalización. Todos somos conscientes de las incertidumbres que se acumulan en la mente de los ciudadanos europeos y de otras partes del mundo. También hay carencia de respuestas por parte de las fuerzas políticas europeas, y, en particular, por parte de los partidos socialdemócratas europeos, ante esas incertidumbres en cuanto a qué debe ser Europa para que sea un instrumento capaz de resolver una parte de esas incertidumbres y de dibujar y ofrecernos un futuro mejor a todos nosotros.

Y la insatisfacción sobre Europa no se sitúa ya del lado de los recelosos ante la idea de Europa, como podía suceder en los 80, sino que ahora, a finales de los 90, la insatisfacción acerca de Europa se sitúa más bien en el terreno de quienes queremos más Europa, y, sobre todo, queremos que Europa avance.

Curiosamente, a medida que se han dado algunos pasos importantes desde mitad de los 80 hasta mitad de los 90 en el proceso de construcción europea, nos han ido apareciendo interrogaciones más profundas de naturaleza estrictamente política, a las que no sabemos qué responder. Las instituciones de la Unión Europea, a mi modo de ver, no ganan en legitimidad ante las opiniones públicas de cada uno de nuestros países. Más bien, son vistas cada vez con más recelo. Se plantea incluso -cómo lo han hecho el presidente Chirac y el canciller Kohl en una carta conjunta dirigida al Consejo Europeo de Cardiff-, una visión del principio de subsidiariedad que parece encubrir una cierta idea de renacionalización de algunos de los pasos que ya se han dado en el proceso de construcción europea.

Se acumulan las dificultades en el funcionamiento de las instituciones europeas y en el proceso de toma de decisiones europeo. Y cuanto más se amplíe la Unión Europea, mayor será la dificultad para tomar decisiones. No podemos cerrar los ojos ante el riesgo de que la ineficacia o la incapacidad de las instituciones europeas para tomar algunas decisiones que sólo se pueden tomar ya en el ámbito europeo, pueden generar -y yo creo que están empezando a generar en alguna parte de las opiniones públicas de nuestros países- un recelo respecto a la propia idea de Europa, cuando debiera en todo caso estar generando una crítica a la capacidad muy escasa, o a la incapacidad todavía muy elevada, de los gobiernos de los Estados miembros para decidir en común cómo hacer más eficaz el trabajo y el funcionamiento de las instituciones europeas.

Una prueba de esas dificultades -de esos retrocesos, incluso- es la situación por la que está atravesando la política exterior y de seguridad común.

Creíamos haber avanzado a partir del Tratado de Maastricht en una mayor coordinación de nuestra actuación exterior y en materias de seguridad. Desgraciadamente, la realidad nos enseña que la actuación en el exterior de cada uno de los países miembros, sobre todo de los países más importantes de la Unión Europea, no sólo no está cada vez mejor coordinada, sino que probablemente cada vez es más libre, menos subsidiaria de un acuerdo previo, de una coordinación previa entre los países del conjunto de la Unión Europea.

Y esto sucede, como ha dicho Felipe González, cuando los socialdemócratas gobernamos en la mayor parte de los países de la Unión Europea.

Nos dotamos hace años de un instrumento político para llevar a cabo una política socialdemócrata hacia Europa, el Partido de los Socialistas Europeos. No es suficiente. Tenemos que reflexionar mucho sobre ese instrumento, porque no vale. No está siendo un instrumento útil para que podamos construir todos juntos una idea común, políticamente relevante, de la Europa que queremos los socialdemócratas.

Gobernamos, pero como fuerza política no conseguimos encontrar, como ha señalado Antonio Gutierres, ese impulso para situar en el corazón de las decisiones que adopta Europa, ideas tan próximas y tan necesarias para nuestra propia identidad socialdemócrata, como las de cohesión o solidaridad. Cuando las viejas causas que nos llevaron a unos o a otros a apostar por Europa ya las sentimos unos y otros más lejanas que hace 20 años, los nuevos motores de la idea europea fallan o no los encontramos, o creemos tenerlos en el ámbito nacional. Pero no somos capaces de ponerlos en común a escala europea.

Dentro de un año tenemos el reto de las elecciones europeas. Los socialistas españoles pensamos que es buena la idea de situar como elemento de la toma de decisiones de los electores europeos en esa campaña de dentro de un año, la figura de la persona que nos gustaría ver al frente de la Comisión europea, en la línea de la propuesta lanzada por Delors. Hay otras posiciones dentro de la propia socialdemocracia europea que ponen más énfasis, en el programa o en las ideas más que en las personas. Habrá que poner énfasis en las dos: en las personas y en las ideas. Porque la política a finales del siglo XX, tiene que reunir a la vez capacidad de diálogo, de consenso, de aglutinar fuerzas, sectores, intereses, y también ha de tener liderazgo. Creo que sólo aglutinando consensos es muy difícil hacer una políticamente relevante Europa al ritmo y a la velocidad necesarios para hacer frente a la globalización.

Y hablando de globalización, nos referimos siempre, en primer lugar, a la mundialización económica, y discutimos mucho entre nosotros sobre cuáles son los elementos de las políticas socialdemócratas que siguen vigentes en relación a los paradigmas de hace 15 ó 20 años, o sobre cuáles son las adaptaciones necesarias de esas políticas a la vista de la realidad del mundo actual, de este mundo globalizado, de las nuevas tecnologías, de los cambios sociales, de las nuevas demandas, de las nuevas desigualdades. Y entre nosotros mantenemos algunas diferencias, a veces de matiz y a veces algo más profundas. En todo caso, yo creo que estamos básicamente de acuerdo en reconocer los condicionantes para una política socialdemócrata. La explicamos mucho mejor en negativo que en positivo. Sabemos explicar mucho mejor y con palabras comunes, qué es lo que ya no se puede hacer o qué es lo que ya no debemos hacer para crecer, para redistribuir y para crear empleo, que aquello que queremos hacer, podemos hacer y, a la vista de la composición de los gobiernos europeos, debiéramos estar haciendo en común.

En todo caso, los ciudadanos nos dirigen preguntas. Y, a mi juicio, dos de las más profundas que nos dirigen, son las siguientes.

En primer lugar, ¿cómo conciliar crecimiento económico y redistribución para la reducción de desigualdades?

Parece que el modelo dominante en los 80 era el de que, para crecer, había que estar dispuesto a aumentar las desigualdades. Los socialistas españoles, ahora en la oposición, en los 80 gobernábamos. Y nuestra experiencia, vista ahora con una cierta distancia, demuestra que se puede crecer y reducir desigualdades simultáneamente en un mundo globalizado. Ahora hemos añadido un nuevo condicionante: el euro. Nos quedan las políticas que siguen dependiendo del ámbito nacional: políticas de ingresos y políticas de gastos. Pero también están condicionadas por nuestra pertenencia común al espacio económico y monetario europeo.

No podemos manejar los impuestos directos sobre la renta de las personas, o incluso sobre la renta de las sociedades, como si viviésemos en economías cerradas. No podemos desconocer que el dinero se mueve a gran velocidad; se deslocaliza. No podemos financiar los sistemas de protección social sin tener en consideración su incidencia sobre el empleo. No podemos desconocer el paro estructural que limita nuestra capacidad de financiar las propias políticas que serían necesarias para proporcionar educación, para proporcionar formación, para sacar de la dependencia del paro de larga duración a los desempleados.

Y por el lado de los gastos públicos, tenemos necesariamente que apostar por unas actuaciones públicas que siguen siendo necesarias, aunque recibamos las críticas de la derecha neoliberal. Pero tenemos que utilizar el dinero público y administrar los servicios públicos conforme a los requerimientos y a las demandas de una sociedad moderna y de unos ciudadanos mucho más exigentes que antes.

Esto me lleva a la segunda cuestión fundamental planteada por los ciudadanos: el empleo.

Las dificultades de crear empleo, redistribuir y crecer pueden ser imputadas, por cada uno de los gobiernos nacionales, a Europa. Es el recurso fácil de echar la culpa a Europa por la imposibilidad de cada uno de los gobiernos para conseguir esos resultados en cada nación.

Y esto me vuelve a traer a la mente la idea de Europa, una idea política, una idea que no puede ser desligada de nuestras ideas sobre la democracia. Creo que la democracia política -no ya la democracia social y los derechos sociales; la participación en decisiones económicas- necesita ser repensada. La socialdemocracia necesita formular una nueva propuesta a la altura del tiempo que vivimos sobre los procedimientos democráticos, de control, de gestión, de participación, y necesita aplicar esa nueva propuesta no sólo a cada uno de nuestros países, sino también a nuestra idea de Europa.

Muchas gracias.
 
 
 
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