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TREINTA TESIS PARA UNA NUEVA IZQUIERDA

Alain Caillé



* Alain Caillé es director de La revue du MAUSS semestrielle (3 Avenue du Maine, 75015 París, Francia), en cuyo número 9, primer semestre 1997, Comment peut-on être anticapitaliste? se publicó este texto, cuyo título completo es "Trente thèses pour contribuer à l'émergence d'une gauche nouvelle et universalisable". Versión en castellano publicada en Iniciativa Socialista, número 47, diciembre 1997.

Tesis 1. Ser de izquierda, actuar o pensar en la izquierda, es actuar o pensar desde el punto de vista de los perdedores -perdedores en juegos que casi nunca han elegido-, afirmando la dominación jerárquica de los valores de igualdad sobre los otros valores finales de la acción colectiva (por ejemplo, la libertad, la fraternidad, la realización).

- Es falso creer que la oposición entre izquierda y derecha -cuya expresión en tales términos se remonta a la Revolución francesa- se ha hecho obsoleta. En Francia, por ejemplo, aunque solamente un 47% de los franceses declaraban en 1987 sentirse próximos de un partido político determinado, el 97% admitía situarse sobre un eje izquierda/derecha [Mayer N. y Perrineau P., p. 35 y p.72], aunque es cierto que este hecho no prejuzga nada sobre el contenido de las palabras derecha o izquierda.

- ¿Qué es ser de izquierda? Entre una infinidad de respuestas, choca por su simplicidad y pertinencia la propuesta por Norberto Bobbio [1992], siguiendo la estela de Marco Revelli. Tanto la derecha como la izquierda defienden valores de libertad, solidaridad, humanidad. Y también otros como, por ejemplo, la tradición, el progreso, la moral, la realización, etc. Izquierda y derecha no tienen una localización sustancial, sino relacional. Lo que en un momento determinado se encuentra a la derecha, mañana podría estar a la izquierda. Y recíprocamente. Pero en todo momento lo que marca la posición de izquierda como tal es el ser más partidaria de la igualdad que aquellos que se reclaman de la derecha.

- Incluso los autores que niegan significación a la oposición derecha/izquierda, se ajustan, en general e implícitamente, a este criterio. Así, tras haber sostenido en uno de sus últimos libros que la distinción derecha/izquierda ha caducado, el sociólogo inglés Anthony Giddens concluye: "But does the distinction between left and right retain any core meaning taken out of the mundane environment of orthodox politics? It does, but only on a very general plane. On the whole, the rignt is more happy to tolerate the existence of inequalities than the left, and more prone to support the powerful than the powerless"(1) [Giddens, 1994, p.251].

- Decir que ser de izquierda significa privilegiar la igualdad equivale, qué duda cabe, a decir que se habla o actúa desde el punto de vista de los perdedores. Pero esta segunda formulación parece preferible, pues abre un espacio de cuestionamiento probablemente más amplio, y lo hace de forma más precisa. ¿No puede decirse que cuando la izquierda defiende la libertad, la solidaridad o la realización, está hablando de la libertad también para los perdedores, de la solidaridad entre los perdedores o de la realización -otra forma de nombrar la victoria- que debe ser accesible igualmente a los perdedores?

- Formular el problema de la igualdad o de la desigualdad en el lenguaje de la victoria y de la derrota tiene la marcada ventaja de obligar a distinguir inmediatamente entre juegos y combates elegidos, juegos no elegidos y juegos impuestos, entre juegos que parecen juegos y juegos que no lo parecen, entre juegos únicos y juegos plurales, entre series de juegos plurales homogéneos y no homogéneos entre sí, es decir, entre juegos en los que la victoria de uno implica una victoria de los otros, juegos en los que no tiene consecuencia sobre los demás y juegos en los que impone una derrota de los otros. Esa es la manera para comenzar a especificar el problema de la igualdad y la desigualdad.

- Las dificultades que acompañan al punto de vista de la igualdad o de la defensa de los perdedores son dobles: 1) ¿Cómo actuar, pensar o hablar desde el punto de vista de los perdedores sin hacerlo en su lugar, reproduciendo así sus derrotas bajo otras formas, o creando nuevas derrotas? 2) ¿La igualdad debe ser igualdad entre los perdedores, lo que atenúa la derrota sin suprimirla? ¿O debe ser igualdad entre perdedores y ganadores, lo que abole la victoria pero también el sentido de los juegos y de la acción social?

- El mayor enemigo filosófico de la izquierda y de la democracia, Nietzsche, tenía razón al mostrar que el discurso de la igualdad es el de los vencidos. Ser de izquierda es apostar porque él se equivocaba al deducir de ello que la reivindicación de igualdad quedaría ilegitimada por ese motivo. ¿Cómo, si no, reconocer el papel necesario del fracaso, de los múltiples fracasos, con que se teje cualquier éxito? ¿Hay, al fin y al cabo, derrota mayor que el triunfo obtenido separándose todos, contra todos o contra la gran mayoría y a su costa? ¿Y no se niegan a sí mismas las victorias que se acumulan, capitalizan y monopolizan con la vista puesta en inmunizarse contra la revancha de los perdedores? Aunque no por ello es menor para la izquierda el desafío de separar la reivindicación de igualdad de su ganga de resentimiento, y de permitir que las ganas de ocupar el lugar de los ganadores, frecuentemente bajo el pretexto de la igualdad, se transmuten en un deseo de alcanzar la paridad y la dignidad gracias a la participación en juegos cooperativos comunes y múltiples.

- Juegos plurales e irreductibles los unos a los otros. Quizá, en efecto, la justicia resida precisamente en la máxima multiplicidad posible de juegos irreductibles entre sí, de forma que los que ganan en uno pierden en otro, y recíprocamente, sin que ningún juego consiga asentar su dominación final sobre los otros, en la medida que su jerarquía es compleja, enmarañada y susceptible de invertirse. Así puede crearse lo que Walzer [1983] denomina una igualdad compleja.

- Si se sigue a Ronald Dworkin [1977], todas las filosofías políticas plausibles reposan sobre un mismo valor último, el de la igualdad. Todas, en efecto, afirman que el Estado debe tratar a cada persona con igual consideración y enunciar el valor equivalente de todas. Will Kymlicka, que lee, con claridad y profundidad impresionantes, toda la filosofía política contemporánea a través del prisma de esta temática dworkiana, saca la conclusión de que el problema no reside en saber si debemos estar a favor o en contra de la igualdad, sino en cómo interpretarla mejor. Con esta caracterización, si nos mantenemos fieles a nuestra definición de la izquierda, resulta que la mayor parte de la filosofía política reciente es de izquierda. Correlativamente, ya que toda esta filosofía se presenta como un interrogante sobre la justicia, puede deducirse, como mínimo, que es entre la izquierda y solamente en la izquierda donde se plantea el problema de la justicia. Y que si el pensamiento de izquierda es susceptible de universalización más allá de la época y de la cultura específicas en que nació, lo es en tanto que se identifica a la pregunta sobre lo que es justo(2).

Tesis 2. En este fin del Siglo XX (que también es fin de milenio) asistimos a una derrota histórica, de una amplitud sin precedentes, de los valores de la izquierda.

- Precisamente en el momento mismo en el que, siguiendo la estela de la caída del muro de Berlín, parecía que debían triunfar los valores de la izquierda civilizada (derechos humanos, democracia parlamentaria, protección social, mercado controlado para asegurar una redistribución regular de las rentas), coronando la dominación que habían ejercido sobre el mundo occidental desde el final de la II Guerra Mundial, y justo cuando podía esperarse su rápida extensión a todo el planeta, precisamente entonces se han hundido, dejando sin voz y sin ideas a todos aquellos que querrían oponerse a la ola arrasadora del neoliberalismo desregulacionista, que barre y destruye todo a su paso.

- En cierto sentido, puede darnos cierto optimismo esta sorprendente victoria de un ultraliberalismo -mejor sería, inspirándose en el uso italiano(3), calificarle de ultraliberismo, para no dejar el uso de la bella palabra liberalismo en manos de gente que no es nada liberal- que hace sólo 25 años se podía creer que se encontraba moribundo, pues eso demuestra que la reconquista de una hegemonía ideológica perdida (4) es posible y debe ser, desde ahora mismo, un objetivo plausible de la izquierda. Sin embargo, es necesario que la izquierda se convenza de que por el momento ha perdido la batalla y de que su triunfante adversario no es la derecha o el liberalismo clásicos, que se limitaban a afirmar y a extender el predominio de los valores de libertad individual sobre todos los demás, sino un ultraliberismo que no sólo pretende subordinar los valores de igualdad y solidaridad al único objetivo de la libertad individual, sino que quiere hacer tabla rasa de aquellos valores.

- Parecía que la caída de los regímenes totalitarios o autoritarios de izquierda podría liberar a la izquierda democrática de algunas hipotecas que pesaban sobre ella y abrir así un amplio espacio para su acción. Se ha producido todo lo contrario. De rebote, toda la izquierda ha sido golpeada y debilitada por el derrumbe del imperio soviético, porque no es tan fácil trazar una frontera nítida entre los ideologemas de la izquierda democrática y los de la que no lo es, ya que eran ideas de izquierda las que inspiraban la retórica del comunismo totalitario, aunque llevadas hasta la caricatura grotesca y criminal.

- Por un lado, los sindicatos o partidos que, en mayor o menor grado, aún se reclaman del marxismo, se han visto profundamente deslegitimados y debilitados precisamente en el momento en el que más necesario resultaba oponerse firmemente a los asaltos desreguladores. Por otra parte, y simétricamente, las organizaciones socialdemócratas, cuya potencia ideológica consistía casi exclusivamente en una eufemismización, un descafeinamiento o una civilización -como se quiera entender- del discurso marxista radical, se han visto también profundamente deslegitimadas y perdido consideración a causa de 1º) su propia burocratización, de la corrupción y la esterilidad política que acompañan al declive de la creencia efectiva en los ideales de la izquierda, 2º) del aumento excesivo e incontrolado de los costes del Estado-providencia (welfare state, Wohlfahrtstaat) debidos principalmente al corporativismo y al decaimiento que produjo sobre las sociedades europeas su excesiva estatalización.

- El welfare state ha permitido una cierta "civilización" del capitalismo y de la sociedad de mercado, hechos. Así más civiles, cívicos y soportables. Sin embargo, en todos los lugares decae y es atacado desde todos los flancos. La pregunta planteada es si tal vez estará muriendo por un exceso de celo civilizatorio al que sólo podría aportar remedio el retorno a cierta barbarie. El desafío para una izquierda renovada debe ser demostrar que el welfare state no está enfermo de exceso de humanismo, sino a causa de su insuficiente radicalidad.

Tesis 3. Sea cual sea la opinión que se tenga sobre el capitalismo, está claro que el triunfo del ultraliberalismo (ultraliberismo), del capitalismo especulativo mundial y de la ola desreguladora han producido en este final del siglo XX una expansión de las desigualdades sorprendente y sin precedentes.

- Las cifras que atestiguan una apabullante expansión de las desigualdades a lo largo de todo el planeta son tan numerosas y elocuentes que sobra cualquier otra prueba de que los valores de igualdad han sido totalmente sacrificados en el nuevo rumbo tomado por el capitalismo mundial. A título de recordatorio de hechos bien conocidos, algunas pocas cifras bastan para testimoniar una dramática profundización de las desigualdades, 1º) entre países ricos y países pobres, 2º) en los propios países ricos, entre las categorías socioeconómicas instituidas, 3º) entre éstas y los nuevos pobres que, precisamente, no forman parte siquiera de estas categorías.

1º) Según el informe oficial de la ONU sobre el desarrollo, los recursos monetarios de los 358 privilegiados más ricos del mundo son equivalentes a los de las 2.300 millones de personas más pobres(5) [citado por Viveret, P., Esprit , noviembre 1996, p.129]. "¿Cuál es, se preguntaba el diario inglés The Guardian 10/12/1993, la diferencia entre Tanzania y Goldman Sachs? Uno es un país africano que gana 2.200 millones de dólares al año y los reparte entre sus 25 millones de habitantes. El segundo es un banco de inversiones que gana 2.600 millones de dólares, que distribuye, esencialmente, entre 161 personas" [citado por Clairmont y Cavanagh, p.35].

2º) Según el ministro de Trabajo estadounidense Robert Reich, de 1975 a 1995 la riqueza de su país ha progresado un 60%, pero ese aumento ha sido acaparado por un 1% de la población [Viveret, ibid]. Jeremy Rifkin indica que el salario de un director general en EE.UU. era 29 veces superior al de un obrero fabril medio, pero que en 1988 era ya 93 veces superior [Rifkin, 1996, p.233]. La clase de los que R. Reich denomina "manipuladores de abstracción", que representa un 4% de la población, "gana tanto como el 51% de los asalariados americanos de base". Junto al más amplio conjunto de los trabajadores intelectuales, componen lo que J. Rifkin denomina la knowledge class, que representa el 20% de la población activa y gana más que el 80% restante [Rifkin, ibid, p.238].

3º) En Europa occidental, sobre todo en Francia, las estadísticas todavía no revelan una subida espectacular de las desigualdades (aunque ya se esboza...). Pero, como demuestran de forma muy convincente Jean-Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon [1995], la razón principal de esto es que las categorías socioprofesionales utilizadas en este aparato estadístico tienen que ver cada vez menos con la realidad. En las sociedades protegidas por la garantía de ciertas condiciones sociales (principalmente por el salario mínimo garantizado), las desigualdades no crecen principalmente entre las categorías profesionales instituidas, sino entre aquellos que tienen acceso de manera regular y permanente a una condición social protegida y aquellos que no lo tienen. Con igual cualificación, actividad y titulación, son incomparables las situaciones reales de quienes tienen estabilidad en el empleo y de quienes ocupan un puesto de trabajo precario.

- Esta evolución reactualiza la vieja temática marxista de la pauperización, de la que se podía haber pensado durante un tiempo que estaba superada por el buen funcionamiento del capitalismo socialmente regulado. Sin embargo, a pesar del innegable crecimiento de la producción mundial de la riqueza a ritmo sostenido -fuera de Europa, y más fuerte en el Sur, excepción hecha de África, que en el Norte-, la exacerbación de las desigualdades y la pauperización relativa -no tanto de los asalariados como de los que no tienen acceso al salario- crean enormes bolsas de población en vías de pauperización absoluta rápida y dramática. Para una fracción creciente de la población mundial, que ni siquiera es explotable, la occidentalización ultraliberista del planeta significa su naufragio [Latouche].

- No debe limitarse la discusión a las dimensiones estrictamente materiales y monetarias de la riqueza y de la pobreza. En términos puramente materiales, muchos pobres modernos, al menos en los países más desarrollados, están mejor provistos que los pastores griegos o los labradores de antaño, en términos de metros cuadrados de habitación, de calefacción o de medios de desplazamiento o comunicación. Lo que no impide que sean, en efecto, infinitamente más míseros, porque la esencia de la miseria es ante todo simbólica y consiste en la privación de los medios de acceso al reconocimiento social y a la autoestima.

En conclusión: es más que urgente el renacimiento de una izquierda capaz de obstaculizar la actual liquidación de los valores de igualdad, creadora de temibles desequilibrios planetarios. Pero la izquierda sólo podrá hacerlo, e influir a escala planetaria haciendo efectivamente universales valores nacidos originariamente en Europa, si sabe atacar no solamente las raíces materiales del mal, sino también sus dimensiones simbólicas, lo que implica que ella misma acepte examinar, a la intemperie, los fundamentos simbólicos de su acción y de su propio pensamiento.

Título II: algunas razones e implicaciones del triunfo del ultraliberismo y del fracaso de la izquierda.

Tesis 4. El triunfo planetario del ultraliberismo y del capitalismo especulativo ha sido hecha posible por los medios informáticos actuales que permiten una gestión just on time y una especulación permanente en tiempo real. Recíprocamente, el reino del capitalismo especulativo se identifica con una dictadura del instante, de los inmediato y de la urgencia, que, aboliendo las referencias espaciales y temporales, del aquí y del allá, del pasado y del porvenir, prohibe todo debate político y toda perspectiva deliberada hacia un posible porvenir común. La propia categoría de lo político ha sido vaciada de sentido. ¿Definitivamente?

- Ya casi no hace falta demostrar que el capitalismo es hoy, ante todo, un capitalismo bolsista, financiero, rentista y especulativo (6). Los flujos de operaciones en el mercado de cambios, multiplicados por cuatro o por cinco entre 1986 y 1992, superan el billón de dólares diarios y se sitúan en una relación de 60 a 1 con el mercado de mercancías "reales" [Bourguinat, 1995, p.131]. En la época de Keynes, precisa René Passet(7)[1995], la relación era de dos a uno. Estamos en otro mundo.

- Pero también debe evolucionar la crítica del capitalismo. La mayor parte de estos capitales "especulativos" no son propiedad de familias capitalistas o de los grandes burgueses de antaño, sino que proceden de fondos de pensiones, es decir, de las sumas ahorradas para su jubilación por los asalariados de los países desarrollados, bajo la gestión de burocracias que frecuentemente, por su origen o estatuto jurídico, tienen carácter sindical, asociativo o mutual.

- Por otra parte, ¿dónde comienza y dónde acaba la especulación? Está omnipresente si se toma como referencia la proporción existente entre la masa de capitales y divisas en circulación, por un lado, y, por otro, el volumen de transacciones reales [Demblinski, P., 1993]. Pero si se considera normal que las instituciones especializadas tiendan a asegurar a los jubilados, ahorradores y mutualistas la mejor rentabilidad, entonces se llegará a la conclusión de que la mayoría de las transacciones corresponden simplemente a operaciones estrictamente técnicas de arbitraje entre las rentabilidades diferentes inherentes a las diversas monedas y centros financieros [Brender, 1996].

- Mas no deja de ser cierto que la extensión vertiginosa de este capitalismo financiero y especulativo en tiempo real hace planear sobre el mundo una temible amenaza y le somete a una lógica implacable, que puede hacerse rápidamente explosiva. Esa amenaza reside en la posibilidad de que estalle, en un crack devastador, la burbuja financiera que se infla incesantemente a causa de la proliferación de los productos (financieros) derivados, esas inversiones financieras dirigidas a garantizar otros productos financieros diferentes, los que a su vez pretenden también ser garantía de otros productos financieros, etc. En esto, puede reconocerse la lógica de la cadena que evita quebrarse estirándose ininterrumpidamente, pero haciéndose tanto más frágil cuanto más se estira.

- La lógica implacable a la que hacía referencia antes es la que deriva del hecho de que los poderes financieros de los países dominantes consideran como impensable que el rendimiento de las inversiones financieras caiga por debajo de un nivel mínimo que es extraordinariamente elevado. Para garantizar un rendimiento real del orden del 4-5% de sus inversiones, las instituciones financieras imponen a todos los países, ricos o pobres, la movilización de todos sus recursos al servicio del pago de la deuda. Por medio de este mecanismo -que muestra a la masa de capitales financieros como una especie de gigantesca esponja que chupa las riquezas producidas en el mundo entero y que exige con regularidad su diezmo- se introduce lo esencial de la pauperización relativa y del crecimiento de las desigualdades.

- Estados, gobiernos y empresas se encuentran cada vez más estrechamente sometidos al criterio único de la rentabilidad financiera inmediata e instantánea. En Europa, por ejemplo, una parte significativa de los despidos son consecuencia de la sustitución de los criterios de rentabilidad a medio o largo plazo, propios de los bancos o a forteriori del Estado (capitalismo renano), por los nuevos criterios de evaluación de la rentabilidad bolsista inmediata, propios de los accionistas y de la Bolsa (capitalismo de tipo anglosajón) [Boyer et alii, 1995]. ¿Cuántas reconversiones y cuántos despidos han sido decididos únicamente para hacer subir lo más rápidamente posible, instantáneamente, la cotización de acciones en baja, sin tomar en cuenta ninguna consideración sobre el futuro?

- Más en general, ya nada se parece al ideal del ser humano de ayer. Antes se suponía que políticos, jefes de Estado o empresarios tomaban sus decisiones guiándose exclusivamente por lo que creían era el interés general a largo plazo del país o de la compañía, tras un verdadero debate democrático y una consulta contradictoria a expertos honestos, abnegados y competentes. Hoy, todo se tiene que hacer con urgencia y ninguna instancia representa el largo plazo, el futuro, no aquello que forma parte del interés general y es irreductible a los intereses particulares del momento. Como nuestros sistemas han zozobrado en una impotencia generalizada, paralizados por expertos múltiples, no fiables y contradictorios, el solo hecho de tomar una decisión es toda una proeza. Decir lo que sea, mañana lo contrario y pasado mañana lo contrario de lo contrario, pero siempre decidir. Nuestra época es la de los decididores. ¡Y la corrupción es, en cierto sentido, "funcional", ya que, al menos, otorga un criterio para decidir! [Guéhenno, 1992].

- Frente a esta dictadura del instante y de la urgencia, frente a la acción de esta máquina -en la que se ha convertido el megacapitalismo- de reabsorber el tiempo en un eterno presente y en la omnipresente inmediatez, privando a seres humanos y pueblos tanto de su pasado como de su porvenir, es grande la tentación de decir que la izquierda no renacerá más que si acepta no ceder a la urgencia y se pone a reflexionar [Laïdi]. Esto es cierto, pero la tarea es infinitamente más dura y compleja que lo que creen quienes aspiran a ella.

Tesis 5. A partir de ahora, la izquierda deberá tomar posición explícitamente sobre el proyecto central de la modernidad, del que ella también es heredera, consistente no solamente en querer convertir al ser humano en amo y propietario de la naturaleza, sino también en la suspensión indefinida de la pregunta sobre la buena sociedad, adoptando el criterio de que más es siempre idéntico a mejor.

- La crítica ecológica y filosófica de la modernidad instrumental acostumbra a recordar, para estigmatizar la voluntad de dominación y el instrumentalismo, la exhortación de Descartes a hacer del ser humano propietario absoluto de la naturaleza, disponiendo sobre ella de un jus fructi, utendi et abutendi. También recuerda frecuentemente la extraña declaración de Bacon comparando a la naturaleza con una prostituta a la que, según él, no habría que dudar en golpear y maltratar. En su nacimiento, la ciencia moderna, racionalista o empirista, no puso freno -es lo menos que puede decirse- a la toma por asalto de la naturaleza.

- La opción filosófica adoptada por Hobbes, menos conocida pero quizá aún más decisiva, da todo su alcance a la exhortación de Bacon y Descartes, rematando la ruptura definitiva con el mundo antiguo al decretar nula y sin valor la pregunta por la virtud, esto es, la pregunta por lo que es bueno para el ser humano y para la sociedad. Al comienzo del capítulo XI de su Leviatán, Hobbes escribe: "La felicidad de esta vida no consiste en la tranquilidad de un espíritu satisfecho. Pues, en realidad, no existen ni ese finis ultimus (objetivo final) ni ese summus bonum (o bien supremo) de los que se habla en las obras de los antiguos moralistas [...] la felicidad es una continua marcha hacia adelante del deseo, desde un objeto hacia otro, en la que el dar alcance al primero no es otra cosa que el propio camino que lleva hacia el segundo" [Hobbes, 1971, p.95]. Y añade: "Así, yo coloco en primer lugar, como inclinación general de toda la humanidad, un deseo perpetuo y sin tregua de alcanzar poder tras poder, deseo que sólo cesa con la muerte" [ibid., p.96].

- De tal forma, la característica más esencial del movimiento de la modernidad occidental es la suspensión indefinida de la problemática que intenta saber qué es bueno para el ser humano [Manent, 1994], qué distingue los fines intermedios de los fines finales o los fines aparentes de los fines reales. La respuesta del moderno tribunal de la Historia a quienes aún se interesen por conocer su veredicto será... que la pregunta no debe ser planteada.

- Pero la pregunta por los fines y por el sentido sólo puede ser diferida mientras que la naturaleza ofrezca algo que conquistar y algo que someter; mientras que la producción crece indefinidamente y todo el mundo saque provecho y satisfacción en esta huida hacia adelante, hacia el siempre más. Huida hacia adelante que sólo puede hacer las veces de respuesta mientras tenga credibilidad el postulado central de la economía política y del utilitarismo (que también lo es, indisociablemente, de la modernidad occidental): más significa mejor, siempre y necesariamente.

- La dictadura del instante y de la urgencia es el cumplimiento paroxístico y grotesco de esta irresistible propensión a buscar en otro lado y en el futuro las respuestas a las preguntas que se plantean aquí y ahora. Pero la gran mayoría de la población, incluso y sobre todo en Occidente, cree cada vez menos en el postulado central de que más quiere decir, necesariamente, mejor. Pero, sin embargo, se aferra a él, porque en el horizonte no luce ninguna esperanza diferente a la del progreso, aunque ésta esté ya muy caduca y marchita [Latouche, 1995].

Tesis 6. Para designar la tendencia a acumular más y más riqueza y poder, propia de la dinámica de Occidente y convertida ya en planetaria, resulta necesario conservar el término capitalismo, pero resulta conveniente observar que el capitalismo cambia de sentido a partir del momento en que la acumulación ya no es solamente de medios financieros y económicos, sino, indisociablemente, de medios económicos, monetarios, técnicos, científicos, relacionales, culturales y militares.

- A este respecto, no cabe subestimar la importancia de los fenómenos de escala. Marx hablaba de la potencia fantástica encarnada en el capitalismo de su tiempo. ¡Cuánto más fantástica es hoy en día! El capital se ha hecho, a la vez, transnacional y trans-sistémico, simultáneamente económico, mediático, técnico, lúdico, científico, humanitario, deportivo o vampírico. A cambio, procura a todos los individuos integrados en su orden los medios para un poder individual inédito, la posibilidad de comunicarse a escala planetaria y de participar en el espíritu del mundo en gestación colectiva [Lévy P., 1997]. Pero, por su propia masa y por la potencia que concentra, muestra como cada vez más insignificante las acciones emprendidas por los individuos que no se encuentran exactamente en el lugar que les había asignado. Deja sin objeto a todo aquello que quiere realizarse dentro de una escala que, hasta hace poco tiempo, era aún una escala humana. De ahí deriva la paradoja propia de la modernidad desarrollada, su anomia específica: nunca ha habido tantos medios a disposición de los individuos para tomar iniciativas y realizarlas; pero tampoco nunca ha habido tan escaso deseo de actuar -salvo durante un fugaz instante- puesto que todo parece estar impregnado de inanidad desde la raíz. ¿Acaso esta pérdida profunda del deseo no es la causa principal del declive demográfico de Europa?

- Ante la actual forma del capitalismo, el marxismo se encuentra es una extraña posición. Todas las críticas que dirigía al capitalismo occidental de la post-guerra han resultado ser falsas. Incluso los más duros entre los duros tuvieron que renunciar al dogma de la pauperización absoluta, al menos en lo que se refiere al mundo desarrollado, y reconocer a la democracia formal, aunque fuese con desgana, algunos méritos. Sin embargo estas críticas, falsas ante el capitalismo estructurado sobre una base salarial y nacional al que se dirigían, parecen haber reencontrado un perfume de profunda verdad frente al nuevo capitalismo naciente, al que sin embargo tanto les ha costado identificar; frente a lo que podríamos llamar el meta o megacapitalismo, el capitalismo que se ha liberado de todas las fronteras, incluidas las suyas propias.

- De ahí procede el sentimiento desconcertante que produce actualmente la lectura de los análisis de la izquierda paramarxista o de la extrema izquierda. En ellos, propiamente hablando, nada parece ser falso y muchas críticas son tanto mejor recibidas (8) por no haber frente a ellas otra cosa que una insoportable apologética. Sin embargo, queda también una sensación de escepticismo y recelo, porque las soluciones y remedios propuestos remiten siempre a una de las dos ramas de la alternativa clásica al capitalismo nacional y salarial clásico (al fordismo, dirían algunos): bien la vía reformista socialdemócrata, bien la vía supuestamente radical de la revolución, cuando lo que está precisamente por elaborar e imaginar son las alternativas al meta o megacapitalismo.

Tesis 7. La actual impotencia de la izquierda procede del agotamiento de sus recursos simbólicos, teóricos y críticos heredados. Ante el capitalismo no podrá limitarse a desgranar sin fin una crítica economicista de la economía y una crítica laborista del trabajo.

- En el plano simbólico y teórico, la izquierda histórica ha estado siempre estrechamente ligada al cuadro del pensamiento utilitarista y liberal. En su versión socialdemócrata, nunca se ha propuesto cosa distinta a la expansión de los beneficios del capitalismo liberista a un número de beneficiarios superior al que correspondía al libre juego espontáneo del mercado. En su versión marxista y revolucionaria, ha creído poder acabar con el capitalismo, pero únicamente a través del fantasma de poder realizar mejor lo que es la finalidad propia de éste: la producción infinita de riquezas indefinidas. Es decir, a través del fantasma de un hipereconomicismo tecnicista.

- Esta maquinaria simbólica y conceptual de la izquierda ha permitido, hasta ahora y a grosso modo, cumplir su función tribunicia tanto a las organizaciones socialdemócratas como a las marxistas (cuando no estaban en el poder), jugando su papel de contrapeso y de contrapoder en el seno del capitalismo nacional-salarial (fordismo). Pero se muestran impotentes para cumplir estas tareas desde el momento en que su adversario y cómplice tradicional, el capitalismo nacional, ha cambiado súbitamente de naturaleza y de escala para convertirse en megacapitalismo, sin rostro e inlocalizable.

- Más en general, es en la obra de Marx donde se localizan mejor sus dos principales aporías (precisamente porque Marx es quien más y con más rigor ha desarrollado las implicaciones del pensamiento de la izquierda). La primera es aquella que pretende criticar y superar los valores económicos, en nombre de la pasión y de la humanidad, afirmando sin embargo la primacía de los valores y/o contingencias económicas y materiales, o que desarrolla una crítica de la ciencia económica en la que no está claro si pretende ir más allá de la ciencia y de la economía o quiere producir un discurso aún más científico y económico. La segunda aporía consiste en querer, simultáneamente, asegurar la liberación de los trabajadores, pero viendo en ellos, precisamente, solamente a trabajadores. No cabe duda de que cuando Marx evocaba, yendo más allá de la liberación ante el capital, la posibilidad de pasar del imperio de la necesidad al reino de la libertad, tenía en mente el antiguo ideal de liberación respecto al trabajo mismo. ¿Pero cómo hacer llevar adelante tal ideal por una clase que solamente se identifica por su trabajo y para la cual las organizaciones únicamente reivindican dignidad y valor en prorata del trabajo que ejecuta, de su utilidad y de su funcionalidad?

Título III: principios generales de una posible renovación de la izquierda

Tesis 8. El pensamiento de izquierda sólo podrá recomponerse de una manera plausible si logra superar los fundamentos economicistas, utilitaristas y laboristas que, hasta el presente, le han alimentado y obstaculizado, y si percibe la necesidad de defender la democracia por sí misma y no solamente por las ventajas materiales que puede procurar a los grupos y clases que constituyen la clientela habitual de la izquierda.

- Podría demostrarse fácilmente que la parte esencial de las justificaciones teóricas del orden democrático aportadas hasta el presente se basan en un razonamiento de tipo contractualista y/o utilitarista. Partiendo del supuesto de que el problema prioritario y crucial planteado a los seres humanos es la escasez material, la mayor parte de la filosofía política nos dice que la necesidad y el interés presiden la constitución del vínculo social. Los individuos formarían una sociedad para salvaguardar y favorecer sus intereses individuales de supervivencia y de posesión. En esta óptica, la adopción de normas democráticas procedería, en negativo, de la creencia en que representan la mejor protección contra el caos y el conflicto, el bellum omnia contra omnes, y, en positivo, del hecho de que esas normas son las más convenientes para el desarrollo de esa prosperidad material en aras de la cual los seres humanos han aceptado renunciar a su independencia original para entrar en sociedad. La democracia -o, más bien, la república, o la democracia representativa- aparece así como un simple medio hacia fines que la exceden: la paz civil y la opulencia. Concebida de esa forma instrumental, la democracia, como el capitalismo, sólo encuentra su equilibrio en la huida hacia adelante del siempre más y del crecimiento indefinido.

- El desafío intelectual planteado a una izquierda que quiera renacer reside en el desarrollo de una concepción no instrumental de la democracia, asumiendo que la democracia es deseable por sí misma y que ella misma es su propio fin, pues no existe ningún otro régimen que sea más conforme a la esencia del ser humano y de la relación social. En esta dirección de pensamiento, la izquierda podrá apoyarse sobre la tradición que se reclama de los derechos humanos, pero con la condición de desembarazarla de las formulaciones utilitaristas que la entorpecen y de insistir en el hecho de que dichos derechos son, indisociablemente, derechos del ser humano y derechos del ciudadano.

- Precisamente porque el primer problema que se plantea a las sociedades no es el de la escasez material sino el de la escasez simbólica, no tanto la penuria de las cosas sino la falta de medios para crear sentido, la verdadera dimensión o el éter específico en que se teje la relación social no es ante todo el de la necesidad sino el de la amistad, la philia, la sociabilidad, la piedad, la simpatía, etc. La necesidad material y el interés son verdaderamente importantes (de la negación de este hecho derivan todas las catástrofes producidas por los totalitarismos de izquierda), pero son jerárquicamente secundarias respecto al simbolismo. Dicho de otra forma, contrariamente a lo que nos enseña la vulgata liberal y la marxista, la historia nos revela que los intereses de posesión, los intereses instrumentales, los intereses de tener son menos potentes que los intereses expresivos, los intereses del ser y de la autodefinición.

- Asignarse como objetivo final de la acción política la constitución y la preservación de un orden democrático querido por sí mismo, supone realizar dos rupturas decisivas: 1º) Es necesario, para empezar, aprender a valorar la diversidad de los modos de vida y a tolerar y organizar el conflicto que, inevitablemente, se establece entre ellos. El objetivo de una sociedad plenamente democrática es permitir a sus ciudadanos experimentar la pluralidad irreductible de los fines últimos. Simbólicamente, esta evolución supone que nuestras sociedades dejen de pensarse únicamente, de manera unidimensional, como sociedades de productores útiles y funcionales. Prácticamente, supone que sea debilitado el dominio del salariado y de la necesidad material sobre las decisiones de los individuos, lo que plantea el problema de las reformas económicas y sociales a emprender (cf. infra). 2º) Toda crítica de la democracia representativa y del reino de los partidos debe ser acogida con la mayor desconfianza, pues esa es la vía que han seguido todas las experiencias autoritarias y totalitarias. Pero esto no debe hacernos minimizar la enorme desafección que desde hace veinte años sufren los sistemas y clases políticas de los países occidentales. Todo esto nos lleva a la conclusión de que para revigorizar la experiencia democrática es necesario inventar, o reinventar, formas de democracia participativa o democracia directa, en interacción dialéctica con los mecanismos de la democracia representativa.

- Más en general, partiendo del principio de que el interés que los seres humanos depositan en su aparecer ante otros seres humanos [Arendt] es dominante sobre sus intereses materiales, una izquierda renovada debe comprometerse en un trabajo de multiplicación de los espacios públicos, dando al mayor número posible de personas la oportunidad de expresarse y de manifestar qué son y qué quieren ser. Solamente por esta vía puede atenuarse lo que Habermas denomina colonización de la esfera de la vida cotidiana por el sistema de mercado y por el Estado, y hacer posible, gracias a la pluralización de los espacios de autorealización, la superación de los riesgos de ascenso de la envidia y del resentimiento inherentes a la búsqueda de la igualdad [Prats, 1996].

9. El objetivo de la izquierda renovada no puede ser la destrucción del mercado o del Estado, sino su común domesticación, civilización y subordinación a las exigencias de la reproducción de una vida cotidiana armoniosa.

- Desde su origen, la limitación histórica de la acción y del pensamiento de la izquierda ha residido en que, frente a una derecha liberal que se proclama campeona de la más amplia extensión del principio del mercado, la izquierda se ha limitado a hablar desde el punto de vista del Otro especular del mercado, es decir, desde el punto de vista del Estado, depositando en él todas las esperanzas que los liberales fundan sobre el mercado. Ya es hora de introducir en este debate un tercer término hasta el momento reprimido, el tercio excluso en esta lucha binaria entre una derecha mercantil y una izquierda estatista: la propia sociedad.

- El debate político no debe, por tanto, seguir limitándose a decidir cuáles son los lugares respectivos del mercado y del Estado. En este debate no hay dos términos, sino tres: Estado, mercado y sociedad. Los dos primeros, a pesar de la fuerte oposición planteada entre ellos en los debates políticos, presentan sin embargo una gran unidad respecto al tercer término. En muchos aspectos, Estado y mercado son coextensivos. Nacen juntos y, en cierto sentido, son las dos caras de la misma moneda. Al menos, esto ha sido cierto mientras que los Estados y los mercados han seguido siendo Estados y mercados nacionales. La actual explosión de ultraliberismo y todos los problemas derivados son consecuencia de la creciente mundialización del mercado y de la descomposición de los Estados -sin que nada venga a remplazarles-, que no están ya a la altura de la mundialización en curso.

- La pregunta que se plantea es, evidentemente, la de saber quién podría hablar y actuar en nombre de la sociedad como tal si no es el Estado. Ahí se encuentra el núcleo del problema para una izquierda renovada, cuya opción debería ser localizar la respuesta en la dinámica de constitución de una democracia pluralista y radicalizada.

- Notemos, por otra parte, que hasta hace poco ha sido la religión quien ha pretendido expresar el punto de vista de la sociedad como tal, y que lo ha hecho en cierta medida. Notemos también que hoy quien tiende hacia el monopolio de la expresión legítima de la sociedad es cada vez menos el Estado y cada vez más el mercado, que se apropia de la esfera mediática y del espectáculo.

- Notemos, por último, que esa autoexpresión de la sociedad ha sido, precisamente, la aspiración del marxismo y de toda la tradición de pensamiento inspirada por el tema de la crítica de la alienación y la cosificación. Su derrota histórica y dramática ha sido resultado de la incapacidad de formular esta aspiración sin caer en el fantasma de una sociedad susceptible de llegar a ser transparente a sí misma y capaz de prescindir de toda mediación en general y de toda mediación mercantil o estatal en particular.

- La consigna que preconizaba la abolición del mercado y del Estado ha constituido el paroxismo de la fantasmal búsqueda de una transparencia que debería reinar en el seno de una comunidad universal y sin trabas. La izquierda -particularmente sus corrientes más extremistas- debe renunciar a este fantasma explícita y definitivamente si quiere volver a subir al tren de la historia en marcha. Y sería de poca ayuda proponer solamente abolir el mercado (malo) salvaguardando el mercado (bueno), como sugería Stalin en la víspera de su muerte. Pues el capitalismo no es otra cosa que el proceso de expansión indefinida del mercado. No es otra cosa que el propio mercado cuando éste escapa a la regulación social. Por tanto, la tarea es encontrar los medios para imponer una nueva regulación y una nueva domesticación del capitalismo, impulsando una nueva gran transformación [Polanyi K.] que le impida destruir todo a su paso y que permita recuperar la potencia y energía que él condensa y multiplica, pero para ponerlas al servicio de la renovación de la democracia.

- Corolario: dar prioridad a los valores de igualdad sobre los otros, sobre la libertad individual o sobre la comunidad, no equivale a sacrificar estos últimos valores.

Tesis 10. No podemos ni debemos oponernos a la mundialización, sino todo lo contrario, pero es preciso completar la mundialización mercantil y mediática con una mundialización política y moral. Inversamente, no cabe sacrificar las particularidades culturales concretas a universalismos abstractos. Universalidad y particularidades deben desarrollarse en paralelo. Una izquierda universalizable debe tender hacia ese tipo de conciliación.

- Los diversos observadores se sorprenden de que, mientras el planeta se universaliza, exploten por todos los lados particularismos integristas, racistas, nacionalistas y xenófobos. Sin embargo, no hay motivo para sorprenderse. La lección que debe aprenderse es que si la mundialización y la universalización de la especie humana se hacen pasando por alto el deseo de los seres humanos de que sea reconocida su identidad particular, entonces los particularismos se expresarán por medio del odio, contra el universalismo en vez de hacerlo en relación con él.

- Por tanto, es preciso instaurar un círculo virtuoso en la dialéctica entre universalización y particularización, que permita que se enriquezcan mútuamente en vez de destruirse. Esta dialéctica debe apoyarse sobre el principio de que todo ser humano tiene el mismo "derecho"(9) a optar por existir en un universo estructurado por el apego a raíces lingüísticas, históricas y geográficas como a hacerlo por alejarse de él. El mismo derecho a vivir en un pequeño mundo donde todo el mundo se conoce como a hacerlo en el extenso mundo del nomadismo. La dialéctica de lo universal y lo particular será fecunda si el proceso de universalización permite un enriquecimiento de la vida cotidiana de los grupos sociales territorializados y arraigados. Y si, recíprocamente, esos grupos contribuyen al movimiento de universalización en vez de excluirse y oponerse a él.

- El criterio que nos ha servido para precisar qué es la izquierda es doblemente relativo, por lo que, a pesar de su claridad inicial, sigue siendo bastante indeterminado. Ser de izquierdas, por un lado, es ser más favorable a la igualdad para los perdedores...que aquellos que son menos favorables a ella, y que, por tanto, están más a la derecha. De esta primera relatividad (o relacionalidad), se deriva que la posibilidad de estar a la izquierda es totalmente deudora de las posiciones adoptadas por aquellos que están a la derecha. Si la derecha evoluciona hacia más igualdad, las posiciones que ayer estaban a la izquierda corren el riesgo de estar mañana a la derecha. Y recíprocamente. Por otra parte, las posiciones respectivas de ganadores y perdedores son muy variables, según la escala que se utilice para determinarlas. ¿Acaso la clase de los que son pobres en un país rico, perdedores por tanto en la escala de un determinado país, no está formada por ganadores si se compara su suerte con la de algunos "ganadores" de los países más pobres?

- No basta, por tanto, plantear que ser de izquierdas se reduce a asumir la responsabilidad de la suerte de los perdedores. Hay que precisar de qué perdedores se habla. La posición más radical consiste en razonar partiendo del punto de vista de la clase de perdedores más amplia que exista, aquellos que son perdedores a escala mundial. Hay que otorgar preeminencia a la búsqueda de igualdad a escala de todo el planeta. Sin embargo, es preciso desconfiar de todo cosmopolitismo intempestivo que, bajo pretexto de impulsar la solidaridad mundial y bajo un manto de buenos sentimientos, no se preocupe de favorecer el esfuerzo por la igualdad allá donde es concretamente realizable: aquí y ahora. En esto, probablemente sea deseable un cierto tipo de subsidiaridad: no dedicarse a tratar de desarrollar igualdades lejanas cuando se puede hacer en el propio lugar.

Tesis 11. Primar como valor final la igualdad no significa de ninguna manera que haya que sacrificar ante él a los demás fines de la acción colectiva: la libertad individual o colectiva, la solidaridad o la búsqueda de la perfección. Solamente hay que dar privilegio cuando sea inevitable realizar un arbitraje.

- La aspiración a la consecución de un orden social y político plenamente democrático está indisolublemente ligada al reconocimiento de la irreductible pluralidad de los fines últimos [I. Berlin]. ¿Cuántos fines irreductibles entre sí existen? Nadie puede decirlo. Pero está claro que los valores de libertad, que son valores de separación e individuación, se oponen diametralmente a los valores de la fraternidad, de la comunidad y de la solidaridad, valores de universalización y de fusión. Igualmente, la valorización de la igualdad entra inevitablemente en competencia con el deseo de realizar acciones u obras buenas y grandes. Añadiendo los valores de la realización personal y de la perfección, tenemos ya, al menos, cuatro valores últimos irreductibles. No es posible ganar simultáneamente sobre todos esos tableros.

- Pero, a la inversa, también resulta claro que estos diversos valores y dimensiones de la acción colectiva sólo tienen sentido en un profunda imbricación. Por ejemplo, es evidente que la igualdad entre aquellos que se realizan y realizan algo tiene más peso, valor y sentido que la igualdad entre los que no hacen nada y no son nada. La igualdad entre hombres y mujeres libres es preferible a la igualdad entre esclavos, aunque esta última quizá produzca un sentimiento de solidaridad más fuerte.

- Puede deducirse de lo anterior que cada uno de estos fines debe ser perseguido en tanto que su realización contribuya a la realización de los otros. Conviene disponer de un criterio de elección claramente explicitado solamente cuando resulta realmente imposible ganar, al menos, en dos de estos registros. En ese marco, la izquierda coloca en primera posición la realización de la igualdad.

Tesis 12. Una izquierda renovada debe colocar claramente en el primer plano de sus prioridades la aspiración ecológica a preservar el entorno natural de la especie humana. Pero hay que reconocer igualmente que esta aspiración sólo podrá ser verdaderamente efectiva si la búsqueda de un desarrollo sostenible se inscribe en el cuadro más general de la instauración de una democracia sostenible.

- Es imposible no adherir al nuevo imperativo categórico de los tiempos modernos establecido firmemente por Hans Jonas: "Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la tierra" [Jonas, 1993, p.30], "No comprometas las condiciones necesarias para la supervivencia indefinida de la humanidad sobre la tierra" [ibid, p.31]. Pero no hay que entender este principio en un sentido excesiva o exclusivamente ecológico, ya que entonces se correría el riesgo de dejar en manos de sabios y expertos la tarea de determinar qué es y qué no es compatible con la superviviencia humana. Esta tendencia virtualmente cientifista y tecnocrática ha impedido a las corrientes ecologistas ocupar todo el espacio al que aspiraban. Deben escoger: o bien se limitan a enfrentar expertos informes contrarios a los de los expertos oficiales, llamando la atención sobre los riesgos desconocidos, silenciados o subestimados (lo que es legítimo y necesario, pero no suficiente para constituir un discurso político); o bien entran efectivamente en política, pero entonces deben elaborar un discurso político específico y demostrar en qué y cómo se articula con la aspiración de preservación de la naturaleza.

- No obstante, el espacio para la articulación entre estas dos preocupaciones está bien formulado en el propio principio de Jonas, si se presta atención a que no sólo nos incita a preservar la vida humana(10), sino "una vida auténticamente humana". O bien se pone el acento casi exclusivamente sobre la vida en tanto que tal, y puede apostarse que entonces se caerá pronto en los carriles del utilitarismo [Parfit D.], o bien se pone un interés prioritario en aquello que es auténticamente humano. Es ese caso, no parece que pueda adoptarse otro fin que el establecimiento y reforzamiento de un régimen democrático, si es cierto que solamente el orden democrático permite plantear y dejar abierta la pregunta por lo auténticamente humano.

- Preservar la naturaleza, sí, pero en tanto que esto contribuye a la realización de la democracia. Pues la democracia es aún más frágil y perecedera que la naturaleza. Y para nosotros, seres humanos, el mundo natural sólo toma sentido si nuestro orden social es viable y vivible. Y, recíprocamente, sólo una sociedad democrática y abierta al debate sobre sus propios fines es capaz de subordinar el instrumentalismo económico a fines más generales e introducir efectivamente regulaciones ecológicas.

Tesis 13. La nueva izquierda deberá abrirse camino esquivando los escollos del progresismo abstracto (la idea de que más y nuevo son siempre sinónimos de mejor) y del regresismo (la tentación de entrar marcha atrás en el nuevo mundo, mundializado, limitándose a añorar el mundo pasado).

- A la izquierda le va a resultar difícil escapar a la fatalidad de lo instantáneo y de la urgencia, pues ésta es el resultado del culto al progreso del que la izquierda ha sido el más ardoroso defensor. El progreso para todos: más para todos y, sobre todo, para los más pobres, o para los casi más pobres. Sin embargo, si más no significa necesariamente mejor -¿y acaso lo que se está consumando ante nuestros ojos no es el divorcio evidente entre más y mejor?-, entonces es preciso renunciar al progresismo (al meliorismo, escribía Hans Jonas). No porque, efectivamente, no quede aún mucho progreso por realizar. Pero a partir de ahora, el progreso sólo será tal cosa cuando se haya roto con la certeza de que todo lo que está en mayor cantidad y es nuevo sería también necesariamente mejor. Y cuando se reconozca que hay muchos elementos a preservar o a revivir en nuestro pasado y nuestras tradiciones [Michéa, 1995].

- Renunciar al progresismo, pero sin ceder tampoco a lo que podría llamarse el regre(t)ssisme [N.T: juego de palabras con regressisme("regresismo") y regret (lamento)], culto nostálgico del pasado y de la tradición perdidos. Pues, aunque efectivamente hay muchas cosas que lamentar, no todo lo pasado es glorioso y el único pasado que se conserva es aquel que contribuye a construir el futuro.

- ¿Hay otro criterio para arbitrar entre progresismo y regresismo distinto al de la democracia sostenible?

- En este punto se plantea el problema del proyecto económico y social de la izquierda, pues es evidente que ningún régimen efectivamente democrático es concebible en ausencia de un orden económico y social en el que haya lugar para todos.

Título IV: el proyecto económico y social de una nueva izquierda

Tesis 14. En Europa se está forjando un consenso basado en las cuatro ideas siguientes: 1) aunque se produzca una recuperación de un crecimiento económico más sostenido, esto no bastaría de ningún modo para resolver los problemas del paro y de la fractura social que éste genera entre los trabajadores fijos y los trabajadores en condiciones de precariedad o intermitencia. Ante esta situación, conviene dirigirse, resulta y simultáneamente, en tres direcciones: 2) reducir significativamente el tiempo de trabajo para garantizar una redistribución homogénea del empleo; 3) desarrollar masivamente el tercer sector, el polo asociativo y la economía solidaria; 4) oponerse al desmantelamiento del Estado de bienestar, garantizando, ante todo, un ingreso mínimo (dependiente de los recursos disponibles, means-tested) no revocable -ni siquiera cuando fracasa la inserción social- y acumulable, por medio de una fiscalidad especial, con otros recursos.

- Lo que permite hablar del nacimiento de un consenso es que éste ya se ha manifestado de manera efectiva a través de un llamamiento en el que se desarrollan estas cuatro tesis, publicado en Francia en el diario Le Monde (28/6/95) y firmado por 35 autores, sociólogos, economistas o filósofos, y militantes asociativos de posiciones muy diversas. Por ejemplo: Guy Aznar, André Gorz, Jean-Michel Bélorgey, Jacques Robin, Jacques Rigaudiat, Patrick Viveret, Jean-Louis Laville, Serge Latouche, Alain Lipietz, Toni Negri, Roger Sue, Alain Caillé, René Passet, Yoland Bresson, Jean-Marc Ferry, etc. Algunos de los firmantes han prolongado este llamamiento fundando una asociación (Appel européen pour une citoyenneté et une économie plurielles, AECEP, 21 bd de Grenelle, 75015 París) con el propósito de hacer emerger una verdadera corriente europea de opinión, susceptible de influir efectivamente sobre las decisiones políticas. Los ecos provocados por esta iniciativa son más que alentadores. En Francia, autores tan diversos como Robert Castel, Dominique Méda, Jean-Pierre Dupuy o Pierre Larrouturou se han unido al grupo, que, hasta el momento, es solamente un grupo de discusión y reflexión. Comienza también a esbozarse un verdadero movimiento europeo, sobre todo en Italia, donde ya han firmado unos 20 universitarios o militantes sindicales, como Marco Revelli, Giani Vattimo o Alfredo Salsano. O en Alemania, con Claus Offe, Hans Joas o Rainer Zoll. Y en Inglaterra, con Steven Lukes, Chantal Mouffe, Robin Blackburn y Doren Massey.

- Lo que resulta muy alentador en este movimiento en gestación es que nadie está totalmente de acuerdo con las fórmulas propuestas, pero que todos, conscientes de la urgencia de unirse, aceptan dejar en segundo plano sus propias soluciones y entrar en un amplio proceso de discusión. La experiencia demuestra que, hasta el momento actual, todos están muy satisfechos, a fin de cuentas, por poder enriquecer sus propios análisis al confrontarlos con los análisis de los demás. No estamos, por tanto, en el tiempo de los dogmatismos, sino en el de una confianza que comienza a nacer.

- Sobre cada uno de los apartados constitutivos del Appel, nos limitaremos aquí a remitirnos a ellos, aunque indicando aquello sobre lo que nos parece indispensable llamar la atención.

Tesis 15. En un período en el que el trabajo asalariado escasea, la izquierda sólo podrá renacer si aquellos que creen en el crecimiento y aquellos que no creen en él (o creen poco) logran entenderse sobre la base de un programa mínimo común.

- Lo que ha unido a los firmantes del Appel es una conciencia común de la gravedad de la situación actual en Europa. Sin embargo, no ha sido fácil conseguir un acuerdo entre quienes piensan que el declive de la sociedad salarial es irreversible -tanto si lo lamentan como si se alegran de ello- y quienes creen que sin un puesto de trabajo es imposible, en nuestra sociedad, tener acceso a la dignidad social y a la autoestima. El acuerdo mínimo se ha alcanzado sobre la base del convencimiento compartido de que, en este caso particular, si nuestros Estados no llevan a cabo una política extremadamente voluntarista será inevitable que una fracción potencialmente muy grande de la población se vea privada del derecho -que es necesario reafirmar- de cada persona a tener acceso a un empleo.

- Este acuerdo debe ser generalizado. Hoy, una de las mayores fracturas en el seno de la izquierda, y sobre la que es preciso insistir porque es mal percibida y muy poco citada, tiene lugar entre quienes, fieles al progresismo economicista tradicional de la izquierda, quieren creer a cualquier precio que una recuperación importante del crecimiento es posible y que bastará para reencontrar el estado social de antaño -en el que todo el mundo podía ocupar un empleo asalariado a jornada completa y durante toda su vida-, y quienes no creen en ello. Los primeros, depositan sus esperanzas en tal o cual fórmula keynesiana o en la intervención de los Estados nacionales. Los segundos, como J. Rifkin, insisten en que la crisis que estamos atravesando no es exclusivamente europea, ni exclusivamente coyuntural o sólo debida a las deslocalizaciones, sino que es inherente al avance de la informatización que convierte crecientemente en inútiles a franjas enteras de la mano de obra de ayer. Sin tomar en cuenta a los que, por razones ecológicas, piensan que un crecimiento fuerte no sólo es imposible sino también indeseable.

- Entre estos dos puntos de vista hay una fosa considerable. Tan enorme, al menos, como la que separaba a los creyentes en el Cielo y a los que no creían. Sin embargo, es necesario cerrarla. ¿Cómo? ¿Sobre qué bases? Posiblemente, hablando a los que tienen fe en el crecimiento con el siguiente lenguaje: "¿Queréis creer en el crecimiento? ¿Creéis tener recetas para que retorne y provoque una fuerte creación de empleos? ¿Pensáis que el crecimiento puede ser equilibrado desde el punto de vista ecológico? Bien, estamos dispuestos a reconocer que más riqueza es preferible a menos riqueza, si este aumento de riqueza no perjudica a nadie quitando con una mano lo que da con la otra. Estamos dispuestos a discutir las recetas que sugerís: grandes obras, disminución de la tasa de interés, devaluaciones, etc. Pero, a cambio, aceptar discutir con nosotros sobre lo que debe hacerse, sobre las medidas a adoptar, para conservar una sociedad humanamente vivible incluso en el caso de que el crecimiento en el que creéis no se presente a la cita. Aceptad, en otros términos, discutir con nosotros cuáles son los contornos de una democracia duradera, incluso aunque haya un crecimiento débil. Si se crean más riquezas que las que esperamos nosotros, ¡tanto mejor! Pero si se crean menos de las que vosotros esperáis, al menos habremos salvaguardado lo esencial. Y concedednos que nada sería peor que el no ponerse de inmediato manos a la obra en la tarea de edificar una democracia duradera, con la esperanza de que surgirá por si sola si retorna el crecimiento, lo que solamente es hipotético.

- Se crea o no en el crecimiento, se impone reflexionar sobre las razones por las que Europa es el lugar de más débil crecimiento. ¿No reside la causa principal en la autodisolución de las estructuras políticas existentes, que se hacen naufragar en provecho de una entidad política europea innencontrable e incomprensible? ¡En esas condiciones, es difícil movilizar la confianza necesaria para los negocios!

Tesis 16. En una situación en la que una de las condiciones principales para el acceso a la estima propia y ajena es el empleo, pero en las que éste se ha convertido en un bien cada vez más escaso, es necesario impulsar una política de disminución importante del tiempo de trabajo medio y de redistribución de los empleos asalariados. Esto no se logrará sin que aquellos que gozan de un empleo estable acepten un posible sacrificio financiero, siempre y cuando que no se encuentren en la parte inferior de la escala de salarios. Una reducción significativa de las desigualdades es necesaria, pero no bastará con hacerla recaer solamente sobre los niveles de renta altos y muy altos.

- Entre la izquierda que no limita todo a una apuesta por el crecimiento, hay un acuerdo cada vez más generalizado en torno a la necesidad de una disminución significativa del tiempo de trabajo y de una redistribución activa de los empleos. El problema está en saber qué modalidades utilizar. Sobre este punto, hay un amplio debate abierto. Junto a la idea de que no hay que reparar en medios y de que conviene respetar la diversidad de situaciones dejando un amplio espacio para las negociaciones locales y por la base, dos aspectos merecen un breve comentario específico:

1º En principio, hay que ser favorable a la idea del tiempo elegido, alentando simbólica, jurídica y financieramente la opción del trabajo a tiempo parcial para quienes efectivamente así lo deseen. Pero es obligado constatar que, actualmente y en la práctica, el trabajo a tiempo parcial, lejos de ser una opción, es la mayoría de las veces trabajo a tiempo parcial impuesto (sobre todo a las mujeres) y que su extensión contribuye a la precarización general de la situación asalariada. Debe, por tanto, adoptarse cierta prudencia al respecto.

2º Si se analizan las curvas que representan gráficamente la disminución del tiempo de trabajo medio desde el siglo XIX, se nota que esta disminución regular se ha detenido desde hace unos 20 años y que si la tendencia descendente se recuperará debería llevar a un tiempo de trabajo semanal cercano a las 32 horas. Tanto por las razones derivadas de la lucha contra el paro como por la necesidad de reafirmar enérgicamente que es deseable que todo el mundo disponga de más tiempo libre para vivir también fuera del trabajo, conviene que los esfuerzos para marchar en la dirección de una reducción del tiempo de trabajo no queden abandonados exclusivamente en manos de negociaciones descentralizadas. Si los Estados (o, mejor aún, la Unión Europea) anunciasen, por estas dos razones, su intención de instaurar en el menor plazo posible una semana de cuatro días (mucho mejor, en principio, que las 32 horas repartidas entre cuatro días y medio o cinco días), esto tendría un potente efecto de removilización de la confianza y de la esperanza en Europa. No basta con decir "trabajar menos para trabajar todos", sino igualmente "trabajar todos para trabajar menos".

- Con todo, no resulta posible silenciar el hecho de que el coste medio del trabajo es alrededor de un 50% más elevado en Europa que en Estados Unidos. ¡Y no digamos ya respecto a los países del Sur! La extraordinaria desigualdad de ingresos desarrollada durante los últimos 20 años requiere el uso de potentes correctivos. Y es cierto que las empresas disponen de recursos financieros importantes. Los ricos pueden y deben pagar. Pero sería ilusorio pensar y dejar creer que ellos podrán pagarlo todo, comenzando por la factura correspondiente a la disminución del tiempo de trabajo. Ante el economicismo del pensamiento único, ultraliberista, verdaderamente muy economicista por no tener otro proyecto que el de hacer economías sobre todas las cosas, quitando cada vez más a todo el mundo (salvo a las empresas), no se debería responder simétricamente con un economicismo del pensamiento único de la izquierda, pretendiendo que sea posible dar más a todo el mundo (salvo a las empresas). Sin embargo, éste es el objetivo al que se limitan muchos de los proyectos de la izquierda.

- Evidentemente, el proyecto de dar más a todos cae más simpático que el proyecto contrario. Pero no es soportable, y, generalmente, ni siquiera sus autores creen en él. Hay que dar prueba de coraje político, y reconocer que si el tiempo de trabajo debe reducirse rápidamente alrededor de un 20%, será preciso aceptar una disminución media de los salarios más elevados del orden de un 5-10%, incluso aunque tengamos en cuenta los aumentos de productividad, el ahorro en las prestaciones de desempleo, etc. O quizá deban disminuir todos los salarios, al menos a partir de cierto límite(11). No obstante, nada permite pensar que la gran mayoría de los asalariados rechazasen esta opción, en la que, al fin y al cabo, siempre ganarían, a condición de que 1) las rentas altas y muy altas contribuyan más, generando el sentimiento de que estas medidas fomentan la equidad; 2) se produzca, efectivamente, esa reabsorción del desempleo prometida por todos nuestros gobiernos pero que nadie ve acercarse, 3) se aporte más seguridad para todos, tanto en el trabajo como en la vida cotidiana, contribuyendo al cierre de la fractura social y al desarrollo de la paz civil.

- Como el anuncio de medidas relativas a una disminución del tiempo de trabajo que recortase los salarios está casi prohibido para las burocracias sindicales y de los partidos de izquierda (12), corresponde a los intelectuales y profesores universitarios, a los que su condición social hace más libres, asumir sus responsabilidades, sin olvidarse, obviamente, de sí mismos a la hora de las eventuales disminuciones de salario (13).

Tesis 17. Tanto si el porvenir de Europa es de prosperidad como si es de marasmo económico y desempleo, lo esencial, en una perspectiva de democracia duradera y economía plural, es preservar y enriquecer los marcos materiales y simbólicos de la vida cotidiana, alentando la más extensa implicación posible en una ciudadanía activa, cuya punta de lanza son las asociaciones del sector no lucrativo. Si a estas consideraciones añadimos que sólo puede crearse un número considerable de empleos en los "servicios de proximidad" y de utilidad social localizada y territorializada, todo esto incita a dar prioridad a un potente desarrollo de lo que las diferentes escuelas de pensamiento denominan, respectivamente, el tercer sector (de utilidad social), el sector cuaternario, la economía social y recíproca, la economía solidaria, etc.

- Nuestras sociedades afrontan hoy una paradoja cruel: mientras que el paro crece día a día, las "necesidades" a satisfacer aumentan a igual o mayor velocidad. Ya no pueden ser satisfechas (y menos aún en la medida que crece el paro) por carencia de solvencia y porque las finanzas de los Estados les impiden contratar más funcionarios. La única salida posible reside en la movilización de las energías recíprocas y asociativas.

- La economía liberal sólo quiere reconocer a la economía de mercado privada, cuyo principio (en el sentido de Montesquieu) reside en la libertad y el interés material individuales. La izquierda se propone paliar las deficiencias o los daños de la economía de mercado desarrollando una economía pública, cuyo principio reside en una mezcla de coacción y de interés público, de cara a conseguir una mayor igualdad. Falta un tercer polo, claramente identificado por Karl Polanyi (y después por François Perroux o Kenneth Boulding): el polo fundado sobre la reciprocidad, la dádiva (en el sentido de Marcel Mauss), cuyo principio consiste en una mezcolanza de libertad y de obligación (como señalaba Mauss), entretejidos para realizar los intereses comunes (o colectivos).

- Debemos renunciar al reflejo, herencia de varios siglos de modernización mercantil y estatalista, que nos hace creer que la riqueza, la verdadera riqueza, la única que cuenta, o, al menos, la única que es contabilizada, es la creada e intercambiada en el marco de la economía de mercado. O, para ser riguroso, en el marco de la economía pública, si uno es de izquierda y socialista. Sin embargo, incluso aunque dejemos de lado el hecho de que la propia palabra riqueza es problemática porque connota de forma inmediata exclusivamente la riqueza en mercancías o dinero, no sería difícil demostrar que aún hoy, incluso en los países desarrollados, la mayor parte de la riqueza nace de hecho dentro de la economía doméstica y asociativa [Insel]. Y, a veces, en los países del Sur casi la totalidad de una región vive o sobrevive de este modo. Paralelamente a una radicalización del pluralismo democrático, ya es hora de alentar el desarrollo sistemático y voluntarista de una economía plural en la que se mezclan, hibridan y complementan los tres principios de acción que hemos citado.

- El sorprendente desarrollo reciente de las monedas locales (LETS inglés, SEL francés, etc.) es una maravillosa ilustración de lo bien fundado de las palabras precedentes. Desde que se crearon, y como por encantamiento, se transforman súbitamente en posibles necesidades que no encontraban satisfacción y capacidades de actuación y de ocupación que lo lograban expresarse, bajo la magia de la reciprocidad objetivada en estos nuevos medios convivenciales fundados en la confianza y en el conocimiento mutuo.

- Observemos, sin embargo, que el tercer principio, el de la reciprocidad, no funda un orden que sea, propiamente hablado, económico, ya que solamente produce efectos económicos porque es, de cabo a rabo, social, socializada y socializante.

- Observemos también que sería inútil y peligroso esperar importantes desarrollos del tercer sector contando solamente con las energías voluntarias. Con seguridad, es necesario que el principio de la dádiva, del voluntariado y de la reciprocidad conserve una primacía jerárquica sobre otras motivaciones en el seno de las actividades asentadas sobre una base principalmente asociativa. Pero sería inicuo e insostenible esperar que algunos realicen gratuitamente y durante un largo período las mismas cosas por las que otros son retribuidos. Por tanto, hay que pensar en una dinámica de hibridación [B. Eme, J.L. Laville], de poligamia [A. Salsano], que ha producido y producirá cada vez más iniciativas inéditas, en las que las motivaciones de voluntariado, la posibilidad de obtener una ganancia monetaria y la obtención de subvenciones públicas o municipales se mezclarán en proporciones variables.

- Una izquierda nueva debe apostar por sacar las energías principales del propio subsuelo de la sociedad, formándolas y movilizándolas en el cuadro jurídico y simbólico de la asociación(14). El papel, importante y decisivo, del Estado no es sustituir a aquellas, sino favorecer su proliferación y su funcionamiento lo más armonioso y transparente posible. Una izquierda renovada se empeñará en plantear como lema central de su acción el que no puede existir una democracia duradera y vivaz más que allá donde las asociaciones son lo más autónomas posibles respecto al capital y a los poderes públicos, y que conviene luchar por todos los medios contra las prácticas de enfeudamiento y de clientelización tan frecuentes y sistemáticas hoy por parte del Estado y de los Ayuntamientos.

- El Estado debe invertir masivamente en el tercer sector y apostar por la dinámica asociativa, reforzando a la vez la vigilancia fiscal y contable, especialmente sobre las grandes asociaciones, que cada vez se parecen más a máquinas de blanquear dinero de procedencia dudosa. A muy corto plazo, hay varias medidas concebibles y necesarias: instituir un estatuto del voluntariado, que dé derecho a Seguridad Social y jubilación; favorecer financieramente el compromiso con el voluntariado otorgándole créditos fiscales (por ejemplo, siguiendo el modelo del Earned Income Tax Credit). Pero lo esencial, si verdaderamente se quiere desarrollar la autonomía asociativa y hacer de las asociaciones los representantes legítimos de la sociedad viva y real, reside en asegurarles mayores y más regulares posibilidades de financiación, favoreciendo las donaciones en su favor. ¿Por qué no autorizar al contribuyente a que destine libremente el 5% de su impuesto sobre la renta a las asociaciones reconocidas que prefiera, estableciendo a cambio un mayor control sobre las asociaciones beneficiarias(15)?

- En lo que afecta de forma más específica a la lucha contra el paro, comienza a tener lugar un cierto consenso entre los firmantes del Appel, en torno a la idea de que en ella sólo pueden obtenerse resultados importantes si, además de la reducción significativa de la jornada de trabajo, se crean instancias capaces de mediar entre los empleos de utilidad social -existentes solamente por razones infinitamente variables y de duraciones muy diversas- y los demandantes de empleo. ¿Cómo hacer coincidir la ocupación en tareas frecuentemente estacionarias, intermitentes o momentáneas, con la necesidad, permanente por naturaleza, de un empleo y, a forteriori, de obtener unos ingresos? Buena parte de la respuesta pasa, sin duda, por la creación de asociaciones o de mutuas especializadas, funcionando en relación con los organismos públicos.

- Ante todo, no debe darse crédito a la idea de que esta economía del tercer sector, basada en la asociación y en la reciprocidad, podría o debería ser considerada como una alternativa o una amenaza a la economía de mercado, con la que entraría en competencia; como una cosa sustraída al mercado y financiada en gran medida por él. Por el contrario, hay que ver en ella una inversión, y, ante todo, como una inversión en la socialidad, lo que, al fin y al cabo, es beneficioso para todos. Lo esencial es convencer de ello a los pequeños empresarios industriales o artesanos. La batalla tendrá lugar sobre ese campo. ¿Y hay forma mejor de convencerles que la de dar apoyo a sus reivindicaciones legítimas para que se faciliten la creación de empresas y el acceso a créditos bancarios, protegiéndoles además contra las quiebras fraudulentas que se están multiplicando y les llevan a la ruina tergiversando profundamente las reglas de la competencia?(16). Hay que demostrar que incluso el sector privado tiene todo por ganar -clientes, pedidos de productos intermediarios, etc.- con el desarrollo de un fuerte polo asociativo.

- Más en general, la dinamización del tercer sector que aquí se propone sólo tiene verdadero sentido y capacidad de producir resultados económicos y sociales palpables si se inscribe en la perspectiva de una refundación y de una radicalización de la imaginación democrática, y si la energía asociativa goza de una valorización a escala planetaria. No obstante, todo tiende a demostrar que eso es lo que se está produciendo [Rifkin]. En ese terreno se inventan las ideologías positivas de mañana, las únicas en condiciones de hacer frente al ascenso del odio, de la xenofobia y de la intolerancia. Y este crecimiento espectacular, mundial, del pensamiento y de la práctica asociativos permite entrever a breve plazo la superación (Aufhebung) de la consigna central del movimiento obrero, "Todo el poder a los productores asociados" -que evocaba ya la asociación pero la colocaba en segundo plano respecto a la imagen de la producción- por esta otra: "Todo el poder a los ciudadanos asociados". Y, por otra parte, ¿pueden existir ciudadanos si no están asociados?

Tesis 18. Dado que nuestras sociedades se deshonrarían si aceptasen dejar a algunos de sus miembros por debajo del nivel de recursos materiales mínimos indispensables para la supervivencia económica y social, en Europa resulta necesario instituir, allá donde no existe, o preservar y reforzar un ingreso mínimo, que se puede denominar ingreso de ciudadanía. Y como es necesario impedir la transformación de los más pobres en víctimas propiciatorias y evitar a todo precio que sean atrapados en la trampa del paro, ese ingreso mínimo debe comportar, al menos, una parte irrevocable, incluso si fracasan las actuaciones de inserción o reinserción, y acumulable con otros recursos a través de ciertos dispositivos fiscales específicos.

- Thomas Paine, abogado por excelencia de los derechos humanos y heraldo principal de la Revolución americana y de la Revolución francesa, estimaba que el perfeccionamiento de los derechos humanos pasaba por la instauración de aquello que hoy es anunciado por los proyectos de ingreso mínimo condicional(17). Como conclusión de su opúsculo sobre este tema [(1797) 1996], escribía que si la República francesa adoptaba un principio semejante, entonces conquistaría toda la Tierra sin hacer un solo disparo. Estamos lejos, aparentemente, de esa culminación. Pero recordemos cuán cerca estábamos de ella, en Francia por ejemplo, en el momento en que se adoptó el RMI (Ingreso Mínimo de Integración), allá en 1989, hace solamente algunos años... Entonces, casi la totalidad de los franceses -y el principal defensor de esta idea, Jean-Michel Bélorgey, presidente de la Comisión de asuntos sociales del Parlamento- creían que se estaba creando un ingreso de este tipo. Y todo el mundo, o casi todo, se alegraba de ello, pues lo veían como una especie de confirmación del avance del progreso social. Algunos años más tarde, a lo largo y ancho del mundo, ya sólo se trata de desmantelar el Estado-providencia y de suprimir las ayudas a los pobres, esos holgazanes a los que hay que obligar a trabajar -el workfare debe reemplazar al welfare, lo que recuerda las fórmulas tristemente famosas Kraft durch Freude o Arbeit macht frei-, incluso aunque, precisamente, no haya trabajo. "¿No hay trabajo? Basta con bajar su precio por debajo del nivel de miseria y ya veréis como esta gente inútil encontrará trabajo". Bajo el báculo esclarecido de un presidente "progresista", Estados Unidos muestra el camino de esta guerra a los pobres. ¿Qué pasaría si no fuese "progresista"? Y Europa tiene la tentación de seguir ese camino, tanto más cuando desde hace algunos meses los Estados Unidos parecen iniciar cierta recuperación tras 20 años de degradación continua. Sin embargo, esto sería una catástrofe social, un retorno a la barbarie del siglo XIX, en lo que Europa tendría todo por perder, empezando por su alma, de la que ya no queda gran cosa.

- Los ingresos mínimos existentes (RMI francés, Minimex belga, etc.) han demostrado que no están adaptados a la situación actual, porque son condicionales, subordinados a la firma por el beneficiario de un contrato, ficticio y leonino, que le compromete a hacer todo lo posible para reinsertarse (confesando así su responsabilidad en su situación); porque estos ingresos son, por tanto y en principio, revocables en cualquier momento, lo que tiende a encerrar a quien lo recibe en una lógico del corto plazo y en la profesión de asistido; porque, sobre todo, atrapan en la trampa del paro, prohibiendo de hecho conseguir recursos complementarios bajo pena de ver cercenado el ingreso mínimo, al menos en una cantidad equivalente a lo que se gane por otros medios. estos ingresos mínimos no están a la altura ni a la escala de los problemas planteados. Y la solución ultraliberista consistente en suprimir toda ayuda pasado cierto plazo, para forzar la aceptación de cualquier empleo, a cualquier precio y en cualquier lugar, no es aceptable para el humanismo europeo. Incluso los más laboristas de los trabajadores se convencerán rápidamente de que el principal efecto de tales medidas es el ejercicio de una vertiginosa presión a la baja sobre los salarios, consumando la derrota histórica del conjunto de los trabajadores ante el capital.

- Si los ingresos mínimos condicionales no avanzan casi, si la vía del trabajo obligatorio y de la estigmatización de los excluidos es moralmente impracticable y, de hecho, tampoco funciona mejor, ¿qué otro recurso queda más que el de reconciliarse con el espíritu de la Ilustración, con la esperanza en la democracia y en el progreso social, en concordancia con el mensaje de Paine? En este espíritu se inspiran, cada una a su manera, las diferentes propuestas existentes en Europa dirigidas a la instauración de un ingreso mínimo incondicional. Debemos distinguir claramente dos posibles modalidades. La modalidad que podemos calificar como incondicionalista fuerte preconiza la atribución de una asignación universal [Van Parijs P., Ferry J.M], de un ingreso de existencia [Bresson Y.] a toda persona en tanto que persona, sea rica o pobre, joven o vieja, viviendo en familia o solitaria(18). La modalidad incondicionalista débil sólo atribuye tal ingreso a los que no disponen de una suma mínima para vivir [Bélorgey, Caillé]. La fórmula se hace depender de los recursos (means-tested) y, técnicamente, está emparentada con un impuesto negativo.

- En nuestra opinión, la fórmula de asignación universal fuertemente incondicionalista choca con las siguientes dificultades: 1) no es apenas susceptible de recoger un amplio consenso político, ya que la idea de dar también a los ricos (aunque sea para quitarles más por otro lado) tiene pocas posibilidades de llegar a ser popular; 2) implica la puesta en marcha de una reforma de las finanzas públicas de una considerable amplitud, improbable en la medida que las reformas fiscales ambiciosas son -bien lo sabemos- imposibles, e impensables en la medida que el proyecto será políticamente frágil; 3) teóricamente, esa medida podría tener virtudes de racionalización y transparencia, pero su puesta en obra entrañaría efectos perversos a causa de la obligación de dar con una mano y quitar con la otra (en su intento de cuantificar una reforma que fuese en este sentido, Bruno Gilain y Philippe Van Parijs han reconocido, muy honestamente, que crearía tasas impositivas marginales muy elevadas y problemáticas sobre las rentas débiles y medias [Gilain y Van Parijs, 1996]; 4) pero, ante todo, estos proyectos fuertemente incondicionalistas presuponen, más o menos implícita o explícitamente, el cuestionamiento del salario mínimo garantizado, esto es, de aquello que ha constituido la principal conquista de la izquierda tras la instauración de la Seguridad Social. Este elemento, por si solo, hace que el proyecto de una asignación universal radicalmente incondicional esté poco adaptado a las condiciones de la mayor parte de los países europeos, que siguen siendo, se quiera o no, sociedades en las que la obtención y la ocupación de un estatuto siguen teniendo una importancia capital, a pesar de haber integrado la lógica de la economía de mercado, la moral del contrato, de la eficacia y de realización. Todo el mundo desea tener acceso a una existencia y a una cualidad social reconocida más o menos reconocida e instituida. Esa es, sin duda, la razón por la que los franceses, como demuestra un sondeo reciente, siguen fuertemente apegados a la protección del estatuto del trabajo, aunque esto deba implicar un aumento del paro y de la exclusión, aunque saben que mañana pueden ser ellos las víctimas. Y tienen razón, pues si se comienza a tocar el estatuto del trabajo, todo lo demás le seguirá después y se derrumbará muy rápidamente.

- Pese a todo, no es posible resignarse al aumento de la exclusión y es preciso reconstruir a cualquier precio una continuidad entre las situaciones de trabajo asalariado a jornada completa y las otras situaciones. De no hacerse así, veremos endurecerse a una casta de trabajadores casi rentistas y cada vez más celosamente opuestos a todos aquellos que zozobran en el abandono y la miseria. Un terreno perfecto para todas las veleidades fascistizantes. Por tanto, junto a las políticas de reducción del tiempo de trabajo y de impulso del tercer sector asociativo y para-asociativo, es preciso, partiendo de lo que ya existe, reorientar los ingresos mínimos, recuperando su interpretación generoso, a lo Paine, haciéndolos irrevocables, al menos en parte (19), y acumulables con otros recursos(20).

- El principal problema planteado por estas medidas no es técnico o financiero (21), sino simbólico. ¿En nombre de qué se puede aceptar -incluso a la izquierda, y quizá sobre todo a la izquierda- una medida que está en ruptura con el principio básico del imaginario utilitarista (y también religioso; ambos se confunden frecuentemente) según el cual no se obtiene nada a cambio de nada, los deberes deben equilibrar los derechos, y la fatiga los salarios? En nombre de la esperanza en una democracia renovada y de la apuesta por la confianza necesaria para que el desafío democrático sea tomado en serio. La apuesta por la confianza de todos hacia todos, hacia la sociedad y hacia el Estado, pero también, y recíprocamente, de todos y del Estado hacia los más desfavorecidos. La apuesta por que éstos podrán participar y tener un papel en el movimiento de una sociedad que habrá decidido acabar con la exclusión y que dará testimonio de ello poniendo en marcha una política de reducción del tiempo de trabajo y de responsabilización de la existencia social por los ciudadanos asociados.

Título V: Acerca de la subjetividad de la izquierda

Tesis 19. El reclamarse claramente de la izquierda y de la primacía de los valores de igualdad no prohibe, de ningún modo, proponerse la conquista de una mayoría política y una hegemonía cultural y social. Todo lo contrario. Siendo muy relativa la diferencia entre izquierda y derecha, es perfectamente posible encontrar en el centro, e incluso en la derecha, posiciones favorables a una mayor igualdad. Pero la condición del éxito residirá para la izquierda en su capacidad para desarrollar un discurso que haga evidente el interés de todos en la expansión de la democracia, mucho más allá de los limitados intereses corporativos de su clientela habitual, identificándose a la dinámica de universalización concreta que está en marcha.

Tesis 20. El declinar de la movilización política en Europa no se debe a un desinterés por la cosa pública, que no ha sido demostrado, sino al convencimiento, en gran medida justificado, de que el estado se ha vuelto sordo e impotente, y que ha caducado ya la forma organizativa, vertical y burocrática, de los aparatos políticos y sindicales.

Tesis 21. Paralelamente a este sentimiento de que se desarrolla la sordera y la impotencia del aparato del Estado, cada vez hay un convencimiento más generalizado de que se han apropiado de él -o, al menos, de que es apropiable- grupos de "colegas" que pretenden escapar a las leyes comunes, y de que la clase política europea ha cedido masivamente a la corrupción, ya sea individual o colectiva. No es concebible ninguna renovación de la izquierda si el problema de la corrupción y de la financiación de la acción política no se aborda frontalmente, y si no se elabora una deontología de la militancia, que no sea ni angélica ni infinitamente laxa.

Tesis 22. Aún está por pensar la forma que podría adoptar una organización política que hable en nombre y desde el punto de vista de los ciudadanos asociados. ¿Un sindicato de ciudadanos? Dos cosas están claras: 1) tendrá que ser lo más horizontal, rizomático y no-burocrático que sea posible; 2) deberá tener una geometría variable, revolviendo las fronteras entre militantes y no militantes, y capaz de impulsar y coordinar múltiples movimientos de masas, con finalidad marcadamente cívica, siguiendo el modelo, por ejemplo, adoptado por Greenpace o Amnistía Internacional.

Título VI: Acerca de la izquierda y de Europa

Título 23. El declinar de la izquierda y el de Europa son totalmente interdependientes. En efecto, Europa es la campeona de una democracia de izquierda, que reconoce el valor de la igualdad y de los derechos de cada ser humano a que se le reconozca una dignidad social mínima: un salario mínimo, un ingreso mínimo, educación y protección contra el hambre y la enfermedad. La actual desaceleración económica de Europa y su insignificancia política ante Estados Unidos y a escala mundial, auguran muchas dificultades para la supervivencia de estos ideales, y muchas más aún para su expansión mundial. La posibilidad de un fuerte retorno de Europa dentro del escenario mundial pasa necesariamente por la renovación del pensamiento de izquierda. Y recíprocamente.

Título 24. El actual declive de Europa no es irreversible. Pero se hace urgente identificar sus causas. La principal de ellas reside muy plausiblemente en el desfase absoluto entre la velocidad a la que se realiza la unión económica y monetaria y la velocidad a la que no se realiza la unión política, cultural y social. esta situación de disolución del poder político -los Estados nacionales han perdido en gran medida el suyo, pero el Estado europeo ni siquiera está en gestación- crean una suerte de agujero negro en el que se sumergen y desaparecen todos los proyectos, todas las esperanzas y todas las energías. A falta de interlocutor político con credibilidad y de destinatario identificable, los proyectos que se forman siguen en estado de ingravidez.

Tesis 25. Es necesario instaurar en la Europa en construcción una subsidiaridad efectiva y reconocer que, principalmente en razón de la diversidad de lenguas, culturas y tradiciones, el espacio nacional sigue siendo aquel en el que pueden tomar todo su sentido los debates políticos. Por tanto, conviene preservar lo máximo posible las prerrogativas de los estados nacionales sobre aquellos ámbitos en los que solamente ellos pueden y deber tener un conocimiento efectivo. En esta óptica, es muy deseable renunciar al ideal, informulado e informulable, de la federación europea, para limitarse al de la confederación.

Tesis 26. Pero también es necesario dar, en el plazo más breve posible, una verdadera capacidad política, sobre todo en materia de defensa y política exterior, a una confederación europea que se quiera crear con la máxima claridad. Esto resulta incompatible con la huida política hacia adelante que practica la Comunidad europea, y que la conduce, incapaz de enunciar ningún objetivo político determinado, a dar a entender que la extensión de Europa a un número de países cada vez mayor constituye por sí solo el proyecto político tan cruelmente ausente. Sin embargo, es evidente que una extensión en todas las direcciones puede dar a luz un extenso mercado y una gran zona de libre comercio, pero no una unión política ni una potencia capaz de influir a escala mundial defendiendo los ideales humanistas propios de Europa.

Tesis 27. Limitar el proyecto europeo a la adopción de la moneda única y a la extensión sin fin del número de países miembros es renunciar a construir una instancia de regulación política y administrativa del capitalismo, bajando las armas precisamente en el momento en que mayor es la necesidad de (re)crear ese tipo de regulaciones. ¡Se destruyen los diques en el preciso momento en que ya se anuncia y comienza a llegar el maremoto!

Tesis 28. Si se desea verdaderamente crear una Europa política y social -¿podría desear otra cosa la izquierda?-, es preciso enunciar explícitamente este deseo e impulsar una dinámica de elaboración y adopción de una Constitución europea que estipule, de la manera más clara posible, los principios sobre los que se inspiraría y reposaría. Sin ninguna, en ese marco la izquierda trataría de hacer prevalecer los principios que son suyos: defensa de los derechos humanos, proclamación del derecho universal a la educación y a la protección contra la enfermedad, lucha contra las desigualdades excesivas, instauración de un salario y de un ingreso de ciudadanía mínimos. Y, más en general, todas las disposiciones susceptibles de concurrir a la eclosión y perennidad de una democracia duradera. La soberanía política sería transferida, lo más rápidamente posible, al conjunto de países que hubiesen adoptado esa Constitución y asumido el coste de las transferencias financieras que implica.

Tesis 29. La cooperación internación, especialmente con los países pobres, no debería pasar por dudosas intervenciones humanitarias o por ayudas unilaterales -fácilmente desviables- regímenes corrompidos, sino, más bien, por el establecimiento de relaciones lo más transversales y horizontales que sea posible, marcadas por la aspiración a inventar juntos formas de democracia duradera adaptadas a cada cultura y a cada situación, en función de la posición específica ocupada en la dialéctica mundial de la universalización y la particularización.

Tesis 30. El tiempo apremia
 

NOTAS

1. "¿Conserva algún significado central la distinción ente izquierda y derecha, una vez sacada fuera del contexto secular de la política ortodoxa? Sí, pero solamente en un plano extremadamente general. La derecha se acomoda mejor que la izquierda a la desigualdades, y se inclina preferentemente a apoyar a los que detentan el poder, en vez de apoyar a los que están privados de él."

2. Resulta significativo que el único filósofo contemporáneo claramente irrecuperable por la izquierda, Hayek, tiene como especifidad la afirmación de la inutilidad de toda búsqueda de una justicia social.

3. Que distingue entre el liberalismo, como doctrina política que da valor a la libertad individual, y liberismo, simple apología del mercado y de la libre competencia.

4. Es sobradamente conocido el papel jugado en este asunto por un pequeño número de intelectuales y economistas que tienen la costumbre de reunirse en el monte Pélerin, en Davos [George Susan, 1996].

5. Como indican Frédéric F. Clairmont y John Cavanagh [1995], esta desigualdad entre países no tiene nada que envidiar a la desigualdad entre las propias firmas transnacionales. Entre las 200 más grandes, "10 transnacionales acaparan 34.800 millones de dólares de beneficios anuales, casi tanto como el total de las 190 siguientes (38.600 millones de dólares)".

6. Por especulación entendemos: "El conjunto de operaciones deseadas por sí mismas y que se fundan en la anticipación de las variaciones de los precios de los activos, para realizar una ganancia sobre la base de asumir un riesgo" [Bourguinat, 1995, p.11].

7. Que añade, citando a Dominique Pilhon [Alternatives Économiques, extraordinario nº 20, 1994]: "Las reservas oficiales de los grandes países industriales (principal arma de defensa de las monedas) ya no superan al montante diario de las transacciones en el mercado de cambios [Passet, ibid, p.27].

8. Particularmente representativo de estas corrientes de pensamiento es Le Monde diplomatique, que está logrando en Europa el status de último bastión del pensamiento de izquierda (tradicional) comprometido.

9. No entramos aquí en el complejo debate sobre si se trata de un derecho propiamente hablando, de qué naturaleza y ante qué tribunal.

10. Y la vida animal y vegetal, dirían los ecologistas, sobre todo si son partidarios de la ecología profunda. Lo que lleva a replantear el problema del status de la valorización de la igualdad bajo una nueva luz. ¿Es necesario establecer una igualdad entre los seres humanos, los animales y las plantas?

11. Alain Lipietz sitúa ese límite básico alrededor de los 12.000 francos mensuales, con argumentos muy convincentes desarrollados en la conclusión del que, sin duda, es el estudio más minucioso sobre esta cuestión [Lipietz, 1996]. Las formulaciones de P. Larrouturou, que propone una ligera disminución incluso de los bajos salarios, también deben ser tomadas en consideración.

12. Aunque la CFDT algo haya dicho, tímidamente en ese sentido, y uno de los dos grandes sindicatos que Quebec haya dado ya ese paso hace varios años, tras vivos debates.

13. Quede claro que estas propuestas sólo comprometen a su autor, y no a la AECEP, que casi no ha discutido sobre ellas.

14. Empleamos aquí el término asociación en su sentido más fuerte y general. En francés, hace referencia directamente a la forma jurídica de las asociaciones con propósito no lucrativo, codificado por la ley 1901. Pero también entendemos este término en tanto que designa el hecho de hacer sociedad, de crear lazo social. La asociación debe entenderse como ad-sociation, movimiento hacia la sociación, Vergesellschftung (Simmel). En esto hay una opción teórica en la que no podemos ahora insistir más: la de que toda forma de socialidad sana y normativamente deseable, todo tipo de relación social que no nazca de la pura imposición física o de la violencia simbólica es de tipo ad-sociativo.

15. La clave de esto reside posiblemente en una extensión y una liberalización del reconocimiento de la utilidad pública.

16. Por ejemplo, en el ámbito de las obras públicas, además de los 1001 fraudes que se conocen y que permiten reservar los mercados más jugosos a los aliados políticos, hay un buen medio hundir empresas. Una empresa con dificultades, cubierta de deudas, debe obtener nuevos contratos rápidamente para hacer frente a las obligaciones más acuciantes; para eso, presenta presupuestos deficitarios e inferiores en un 30% o un 40% a los de la competencia. El argumento es irresistible para los ayuntamientos. Y el Estado, que espera recobrar sus impuestos y cotizaciones sociales, y que teme tener que pagar indemnizaciones de desempleo, deja hacer; pero, a fin de cuentas, todo el mundo sale perdiendo, ya que tras haber multiplicado las pérdidas para hacer frente a lo más urgente, la empresa acaba por quebrar, dejando las obras inacabadas, habiendo arruinado a competidores más honestos y dejando impagada una importante factura de cotizaciones sociales y de impuestos. La liberalidad de la ley sobre quiebras permitirá al empresario poco escrupuloso volver a empezar poco después.

17. En concreto, Thomas Paine pedía en 1797 la atribución de un capital mínimo incondicional.

18. André Gorz, que se oponía enérgicamente a esta posición, acaba de unirse a ella, en compañía de Jacques Robin.

19. Está teniendo lugar una convergencia entre las diversas fórmulas planteadas. P. Van Parijs y Y. Bresson proponen entregar, inmediatamente, 1.500 francos mensuales de forma incondicional. El resto de los recursos indispensables para vivir podría estar sometido, en su opinión, a algunas condiciones. Se trata de algo que hay que tomar en cuenta. No cabe privar a priori a los trabajadores sociales de algunos medios de acción y de presión que pueden ser indispensables ante casos de profunda desocialización, cada vez más numerosos.

20. Proponemos que el ingreso de ciudadanía sea, por ejemplo, igual a medio salario mínimo. En términos de una fiscalidad específica para los beneficiarios de este ingreso, las ganancias financieras obtenidas por otros medios serían gravadas con una tasa del 30% en un primera franja equivalente a la cuarta parte del salario mínimo, y del 50% de ahí en adelante, hasta que el ingreso de ciudadanía sea totalmente reembolsado. Si se desea conservar ciertas asignaciones condicionales, la cuantía del ingreso mínimo podría disminuirse, por ejemplo, a un tercio del salario mínimo garantizado.

21. El RMI francés [equivalente al Ingreso Mínimo de Inserción] cuesta actualmente cerda de 25.000 millones de francos al año, poco más que la cantidad necesaria para enjuagar la deuda de Air France, y menos de la cuarta parte de la deuda acumulada por el Crédit Lyonnais...

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