Servicios públicos:
¿arcaísmo o necesidad?
Jacques Capdevielle
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Jacques Capdevielle es investigador
del Centre d’études de la vie politique française y miembro
del Consejo científico de ATTAC.
Todo comenzó en 1980. Durante su debate televisado con Jimmy Carter
con motivo de las elecciones presidenciales, Ronald Reagan miró hacia
las cámaras y, dirigiéndose a la América profunda, declaró:
“Quiero devolveros el dinero que este hombre os ha quitado, vosotros haréis
mejor uso de él”. Esta declaración fue interpretada en casi
todo el mundo como un alegato a favor del “menos Estado” y de la disminución
de la presión fiscal. En realidad, Margaret Thatcher precedió
a Reagan en la aplicación práctica del neoliberalismo, adelantándose
en su sistematización: fue ella quien, a partir de 1979, abre el camino
de las privatizaciones, orientación que ha sido proseguida por los
laboristas tras su retorno al poder.
Lo que Thatcher y Reagan invocaban para justificar su política era,
en primer lugar, la eficacia de la gestión del sector privado y el
papel de la libre competencia. Desde 1995, el Banco Mundial, a su vez, centra
sus orientaciones en las privatizaciones, con los programas de “ajuste estructural”.
Un postulado central: se da por supuesto que el mercado realiza una distribución
óptima de los recursos, especialmente en cuanto a inversiones (1).
En el ámbito de los servicios públicos (escuela, sanidad, transportes,
comunicaciones) las necesidades en materia de inversiones son con frecuencia
muy fuertes y representan una carga fiscal considerable. Para los poderes
públicos resulta tentador aligerar esta carga fiscal recurriendo a
la financiación privada.
La competencia a la luz del ejemplo británico
El ejemplo de Gran Bretaña es paradójico. Este país
se encuentra entre los pioneros en la creación del Estado de bienestar
(welfare state) y de un servicio público (nacional health service)
garante de la gratuidad total de los servicios médicos. Al volver al
poder en 1979 (lo ejercerían hasta 1997), los conservadores atribuyeron
al retraso económico del país a las rigideces del aparato productivo,
a la influencia sindical y a una fiscalidad excesiva. Según ellos,
la solución pasaba por una restauración sistemática de
la competencia. Los laboristas no han cuestionado esta orientación.
Durante el primer mandato de Tony Blair, los gastos públicos han sido
anualmente menores a los de los conservadores durante los 18 años que
ocuparon el poder.
Los ferrocarriles británicos son emblemáticos del fracaso
de las privatizaciones. Con la constitución de Railtrack, la privatización
se extendió a las infraestructuras de la red, a diferencia de lo previsto
en los otros países europeos. Esto se ha traducido en sistemáticos
retrasos y en repetidos accidentes, causando en 1999 la muerte de 31 personas
cerca de la estación de Paddington, en Londres, y en octubre de 2000
la de cuatro personas, además de 35 heridos, cerca de Hatfield. En
mayo de 2002, un nuevo accidente en el norte de Londres provoca siete muertos
y 70 heridos. Las investigaciones sobre estos accidentes han puesto de relieve
la responsabilidad de Railtrack. Once meses antes del accidente de Paddington,
una inspección de rutina había señalado anomalías
en las vías en el lugar exacto en que tuvo lugar el accidente. El “patrón”
de Railtrack, que dimitió tras el accidente de Hatfield, reconoció
que “el ferrocarril no ha sido escindido [se refiere a la separación
entre la gestión de la infraestructura y la gestión del transporte,
aunque ambas en manos privadas] en interés de los usuarios, sino con
el único objetivo de disminuir el coste de la privatización”(2).
El Gobierno se ve hoy obligado a proceder a una renacionalización
de hecho. Se observa un escenario idéntico en el sector eléctrico,
en el que también se supuso que la competencia en el ámbito
de la producción y distribución energética se traduciría
en una optimización de los costes de la que los usuarios serían
los primeros en beneficiarse. Sin embargo, el mercado ha seguido siendo oligopolista,
propicio a los acuerdos para la fijación de precios en perjuicio de
los consumidores.
Y la misma descomposición se constata en el sistema educativo o el
sistema nacional de salud. El estado catastrófico de este último
ha quedado patente con motivo de la epidemia de gripe a comienzos de 2000.
Actualmente, el plazo medio de espera para acudir a consulta con un especialista
es de 18 meses.
Para atenuar la crítica a las privatizaciones británicas podría
alegarse que tuvieron lugar en sectores que sufrían desde hace largo
tiempo una patente subinversión. En un contexto muy diferente, California,
una de las regiones más ricas del mundo y puntera en cuanto a innovaciones
tecnológicas, se ha hecho la misma experiencia en el sector eléctrico.
Comentando la desregulación de la electricidad en la provincia canadiense
de Alberta, uno de los órganos más liberales de la prensa financiera
anglosajona, el Wall Street Journal, se vio obligado a constatar que con esta
desregulación el precio de la electricidad casi se ha doblado (3).
Siguiendo en el sector eléctrico, un estudio realizado por una consultoría
británica -National Utility Services- acaba de demostrar que la desreglamentación
se tradujo en un aumento de precios: 8% en Alemania, 7,5% en Estados Unidos,
9,3% en Gran Bretaña, tres paíes que, en teoría, tienen
sus mercados totalmente abiertos.
La situación francesa: del ataque frontal al deterioro progresivo
El modelo francés oscila entre el enfoque radical británico
y la imitación de las reglas de gestión del sector privado en
aquellos sectores en los que la propiedad jurídica sigue siendo pública,
pero que escapan de forma creciente al control del poder político.
Razones ligadas a la historia de Francia explican las dudas del poder a este
respecto. Después de 1945, se procedió a la nacionalización
de los grandes servicios en red. El objetivo era desarrollar políticas
industriales coherentes y eficaces en el marco de la reconstrucción
de la posguerra. Además, estas nacionalizaciones contaban con el sustento
de la noción de “servicio público”, aparecida a finales del
siglo XIX con el nacimiento de la tercera República. La igualdad de
los ciudadanos en el acceso a determinados servicios es un principio fundador
de la República, como ilustra la escuela laica y obligatoria. Se trataba
de consolidar la forma republicana de gobierno frente a los intentos de restauración
monárquica.
Este contexto da al tema de los servicios públicos una fuerza que
no tiene en otros lugares. Aquí se considera que el servicio público
debe asegurar tanto la igualdad de trato para los usuarios independientemente
de su ubicación o de su condición económica, como su
continuidad, más allá de azares y coyunturas. Por otra parte,
en Francia se hace una distinción entre servicios no mercantiles (educación,
policía, ejército, por ejemplo) y servicios mercantiles (correos,
telecomunicaciones, electricidad, ferrocarril). Los primeros se financian
por medio de los impuestos; los segundos, redes de servicios públicos,
son financiados esencialmente por los usuarios.
Para permitir el acceso de todos a la red, un sistema generalizado de redistribución
equitativa de las tarifas permite una ponderación de costes entre las
diversas categorías de usuarios, con independencia del coste real de
la prestación suministrada. Las decisiones tarifarias son, en primer
lugar, de naturaleza política: ¿los grandes usuarios deben financiar,
en parte, a los pequeños usuarios? ¿las ciudades deben pagar
por el mundo rural? ¿los actuales usuarios deben contribuir a financiar
inversiones que solamente beneficiarían a las generaciones futuras?
En un sistema de redistribución equitativa, las actividades más
rentables financian a las deficitarias. Resulta pues decisivo, para no desestabilizar
la economía global del sistema, impedir que las actividades rentables
sean entregadas al sector privado.
A pesar de este profundo anclaje de la noción de servicio público
en nuestra cultura política, Francia no ha escapado a la ruptura de
la que hemos hablado, comenzado aquí a mediados de los años
ochenta. Las regulaciones nacionales instauradas después de la segunda
guerra mundial habían limitado la actividad del capital en numerosos
servicios y permitían la existencia de servicios públicos eficaces.
Son numerosas las realizaciones que permitieron que el servicio público
y la planificación “a la francesa” fueran citados como ejemplo al comienzo
de los años 60 por la mayor parte de los observadores extranjeros (4):
electrificación de la red ferroviaria y sucesivos aumentos de su velocidad;
desarrollo de Électricité de France (EDF) y dominio del campo
electronuclear; éxito de la industria aeronáutica y espacial;
papel precursor de Minitel [sistema de videotexto diseñado en 1978
por la Compañía Telefónica Francesa e introducido en
el mercado en 1984] en las comunicaciones; ejemplaridad del esfuerzo de construcción
de viviendas en régimen HLM (Habitations à Loyer Modéré,
viviendas de alquiler moderado); éxito en la absorción del
choque del baby boom en el ámbito escolar.
Sin embargo, pese a esta reconocida aportación, los gobiernos de
izquierda no cuestionaron los primeros ataques contra los servicios públicos
que el Gobierno de Jacques Chirac había llevado a cabo entre 1986 y
1988. El crack bursátil de otoño de 1987 había moderado
la manía por las privatizaciones que había presidido las primeras
de ellas. No obstante, una vez recuperado el Gobierno, la izquierda no revierte
las privatizaciones. En 1989 se lanza el movimiento de modernización
de los servicios públicos. Las virtudes de la gestión empresarial
se oponen a las rigideces del estatuto público, y se pone el acento
sobre los valores de lo privado: competitividad, reestructuración,
interés e individualización de las remuneraciones. Esta gestión
más personalizada engendra una desmotivación generalizada de
los agentes, una actitud de inhibición, o, por el contrario, conflictos
extremistas que tratan de restaurar una identidad de oficio desvalorizada
(5). Confrontados de esa forma a la resistencia de los agentes implicados,
que cuentan por lo general con la simpatía de los usuarios, los equipos
de dirección de las empresas y servicios afectados se orientan hacia
una privatización acelerada con el aval de los responsables políticos
en el poder. Intentan eludir el escollo planteado por un estatuto protegido
por un sistema de garantías, y para ello recurren a las contrataciones
temporales, la subcontratación de empresas privadas y la creación
de filiales de carácter privado.
Esta privatización atenta también contra los valores que habían
sido el fundamento de la gestión de este tipo de empresas, aunque se
encubra retóricamente. Por ejemplo, el gobierno Jospin habla de “abrir
el capital” de las empresas públicas para poder establecer alianzas
internacionales. El Presidente-Director General de EDF desemboca en un conflicto
permanente entre la reafirmación de su compromiso con el “servicio
público a la francesa” y una política de pirata en la Bolsa
de Milán, aliado a Giovanni Agnelli para tomar el control de Montedison,
tras haber intentado fallidamente una política de compra más
discreta a través de la estadounidense banca de negocios Goldman Sachs.
¿Y los usuarios? Si no han disfrutado de una disminución de
precios, ¿han logrado al menos una política tarifaria más
transparente? Veamos un ejemplo. La ley de 26 de julio de 1996 abrió
el sector de las telecomunicaciones a la competencia a partir del 1 de enero
de 1998. Pero la falta de información fácilmente accesible
para escoger el operador más adaptado a las necesidades de cada cual
provocó un reforzamiento de las desigualdades. El 1 de julio de 2001,
la Comisión Europea se vio obligada a iniciar investigaciones sobre
nueve operadores de telefonía móvil en los mercados alemán
y británico, bajo sospecha de haber realizado acuerdos ilícitos.
El recurso sistemático a la cultura empresarial y a sus técnicas
de gestión empresarial tiene como consecuencia la modificación
de los criterios de control en la gestión de los servicios públicos
concernidos. La evaluación recurre de forma creciente a criterios comerciales
propios de la economía de mercado, pasando por alto los interrogantes
políticos que se plantean: ¿qué servicios hay que poner
en marcha? ¿para quién? ¿qué tipo de ciudadanía
se pretende promover?
La lógica de la competencia es autodestructiva. La consultoría
ATKearney ha demostrado, a partir de un estudio realizado entre 1988 y 2000
en 25.000 empresas de 53 países, que las concentraciones son un fenómeno
ineluctable (6). En una primera fase de la competencia, las empresas más
potentes venden sus servicios por debajo de los costes reales, eliminando
a las empresas que han quedado al margen de ese movimiento. En una segunda
fase, las dos o tres empresas que siguen en liza constituyen coaliciones
para imponer a los “usuarios/clientes” sus prestaciones a las tarifas que
ellas mismas decidan. El estudio sacaba la conclusión de que, pasados
unos pocos años, en Europa sólo quedarán tres o cuatro
operadores de los cuarenta actualmente existentes.
Probablemente, estemos ante un cambio de rumbo. El derrumbamiento de los
mercados financieros y los escándalos desarrollados tras la quiebra
de Enron han comprometido gravemente la idea de una transparencia garantizada
por los mercados.
La contestación al neoliberalismo expresada en Seattle no sólo
no ha cedido, sino que ha recibido un nuevo impulso en respuesta a las decisiones
tomadas en la conferencia de Doha, en el marco de la OMC, respecto al Acuerdo
General sobre el Comercio de los Servicios (AGCS). En Alemania, Gerhard Schröder
ha convertido la defensa de los servicios públicos en un tema central
de su campaña. En Francia, un colectivo “AGCS/Servicios Públicos”
agrupa a 27 asociaciones y sindicatos que rechazan la globalización
neoliberal.
“Servicio público”, “servicio de interés general”, “servicio
universal”... expresiones diversas referidas a una pregunta central: en sociedades
más y más individualistas, cambiantes, envejecidas y urbanizadas
como las nuestras, ¿el recurso a los capitales privados puede sustituir
eficazmente y en todos los ámbitos a una financiación pública
garantizada por el conjunto de una sociedad solidaria?
NOTAS
(1) “La privatización no es un lujo, es una manera de eliminar pérdidas
gigantescas que impiden al Estado consagrar sus recursos a la educación
o a otras tareas de su responsabilidad”, Jean-François Richard, vicepresidente
de el Banco Mundial (Figaro, 20/6/1995). Obsérvese la imprecisión
de la referencia a “otras tareas” del Estado.
(2) Citado por Christophe Boltanski, “Le rail britannique en mille morceaux.
La privatisation a accentué la décrépitude du réseau”
(Liberation, 27/10/2000).
(3) Wall Street Journal, 26/4/2001
(4) John F. Kennedy, en una conferencia de prensa de 2/5/1962, anunció
que “había pedido al Council of Economic Advisors estudiar en particular
el caso de Francia que gozaba de una vitalidad económica bastante extraordinaria,
a fin de tratar de localizar las razones y posibles remedios del débil
crecimiento de la economía americana”. (Andrew Shonfield, Le Capitalisme
d’aujourd’hui. L’État et l’entreprise. Gallimard, 1967). El autor
recuerda que algunos años antes, en 1958, un estudio de la Rand Corporation
veía a Francia como un país condenado en el que cada cual aspiraba
“a una vida tranquila”.
5. Jacques Capdevielle, Modernité du corporatisme, París,
Presses de Sciences Po, 2001.
6. Annie Kahn, “Les concentrations sont un phénomène inéluctable”,
Le Monde, 4/9/2001