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La izquierda debe hacer este viaje

Carlos Carnero


Carlos Carnero, miembro del PDNI, es eurodiputado por la candidatura PSOE-Progresistas. Publicado en Iniciativa Socialista número 55, invierno 1999-2000


Hoy por hoy, el gran reto de la izquierda consiste en poder gobernar manera más amplia y efectiva posible la globalización. Desde cualquier país, a todos los niveles e independientemente del prisma con el que se mire, ahí reside el verdadero quid de la cuestión.

De quién, para qué y en qué modo se gobiemen los múltiples procesos interrelacionados que componen la globalización dependerán asuntos de escala planetaria como el futuro del medio ambiente y la gestión de las crisis. Pero también, desde luego, los niveles de ingreso, de educación y salud de las gentes que viven en tal o cual ciudad situada en una región x de un país y. Por no hablar de la fuerza o la debilidad de los sistemas democráticos y los derechos humanos integralmente considerados.

Han tenido que pasar algunos años para que la izquierda fuera consciente de la existencia de la globalización como proceso y, por supuesto, de su decisiva importancia, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.

Seguramente, ello ha sido posible gracias a su aceleración y, sobre todo, a su mayor visibilidad tras la caída del Muro de Berlín -de la que acaba de cumplirse el X aniversario- y a las sucesivas crisis financieras que han golpeado el sudeste asiático, América Latina o la Federación Rusa. Aunque también haya tenido que ver con esa toma de conciencia la cercanía de la denominada Ronda del Milenio, destinada a agrandar el marco de actuación de la OMC.

Pero, posiblemente, para la izquierda europea el factor decisivo en esa dirección ha estado relacionado directamente con el acceso al gobierno en Italia, Reino Unido, Francia y Alemania de los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas. Es decir, con el hecho de que tras decenios, en algunos caos, y lustros en otros de oposición gentes como D'Alema, Blair, Jospin y Schröder se hayan enfrentado a la imposibilidad de gobernar en términos nacionales con eficacia sin poder influir al mismo tiempo de forma suficiente en la globalización. Máxime cuando hablamos de potencias industriales y comerciales de primer orden individualmente consideradas, y todavía con más peso si se las considera en el marco de la UE, junto con otros socios para nada irrelevantes como Holanda o España.

Todo ello, además, en coincidencia con los últimos tiempos de una Administración norteamericana como la del Presidente Clinton que, a pesar de sus incoherencias y tropiezos, será probablemente valorada como una de las más abiertas a la cooperación internacional de las que se recuerden.

En realidad, el IX Congreso de la Internacional Socialista, celebrado en París, ha sido el paso más visible de esa toma de conciencia a la que nos referimos. Lejos del anunciado y mediático enfrentamiento entre la "tercera vía" del New Labour y la "izquierda plural" del PSF, ese Congreso ha sido el de la globalización.

Independientemente de que los textos adoptados representen sólo primeros pasos en elaboraciones llamadas a ser necesariamente profundizadas, lo más importante de ese Congreso está en que los principales partidos de izquierda del Mundo han situado en primer plano la necesidad de actuar en una dirección convergente, con el fin de gobernar la globalización. No para frenarla, sino para democratizarla, para aminorar sus efectos más perversos, maximizando sus perfiles más positivos.

Y, ante todo, para conseguir que sea la política, es decir, los poderes representativos de los ciudadanos elegidos de forma transparente, quienes tengan voz por encima de la economía, o sea, de los factores que orientan de manera opaca los comportamientos del mercado en su exclusivo beneficio (las multinacionales, los grandes inversores financieros), provocando crisis, impidiendo el desarrollo o atacando de forma irreversible factores esenciales para el futuro del Planeta.

La década de los '90 cierra así su ciclo temporal para la izquierda con propuestas hacia adelante tras contradictorias etapas de gobierno y, sin duda, con un neto carpetazo a visiones puramente acomodaticias del manejo de los asuntos económicos.

Uno se ve incluso tentado de afirmar, con satisfacción, que ahora sí, por fin, la izquierda puede empezar a diferenciarse claramente de las políticas conservadoras.

Estamos al inicio de una etapa nueva, diferente, en la que el viejo y siempre actual pulso al modo de producción capitalista, ahora en una nueva y subrayada fase de desarrollo y concentración -a partir de factores tecnológicos, científicos y comunicacionales inimaginables hace sólo algunas décadas- se recupera para conseguir que la mano caiga del lado de la reforma. Reforma que puede denominarse perfectamente impulso de los derechos humanos, la igualdad y el desarrollo sostenible, preponderancia de lo público y lo colectivo. Es algo que venía reclamando la opinión pública progresista desde hace tiempo.

Ahí están los ejemplos dados en ese sentido por la sociedad civil progresista, que a través de múltiples Organizaciones No Gubernamentales ha denunciado la brecha cada vez mayor entre el Norte y el Sur, ha reclamado nuevas política de desarrollo, el 0'7 y la condonación de la deuda externa, ha propuesto la "tasa Tobin", ha luchado por la plena igualdad entre la mujer y el hombre, se ha batido contra las minas antipersonales, ha introducido el concepto de "intervención humanitaria", ha exigido la defensa del medio ambiente o ha pedido, en fin, el retorno al concepto de pleno empleo a partir de la reducción del tiempo de trabajo.

Pero aquel pulso solo puede ganarse sumando fuerzas.

Porque para la izquierda de 1999 debería haber conceptos definitivamente declarados obsoletos. Dos al menos: vanguardia y exclusividad, ambos casos muchas veces ligados al patriotismo de partido.
Si esa izquierda que se propone gobernar la globalización está interesada en contar con un mayoritario apoyo ciudadano tiene que recuperar la capacidad de proponer para tener la capacidad de ilusionar. Eso significa no repetir más la desesperante tonadilla del realismo a ultranza, que tantas veces ha terminado convirtiéndose en el triste prefacio de la asunción de políticas impropias o valores contradictorios.

Capacidad de consensuar apoyos entre las ciudadanas y los ciudadanos a partir de propuestas auténticamente progresistas y, por qué no, audaces, que no es lo mismo que irresponsables o maximalistas, pero sí lo contrario de cortas o insuficientes, demanda asimismo otras dos características de perdurabilidad: cumplir lo que se promete y hacerlo de un modo nuevo, participativo, abierto, sugerente, también flexible. Lo que no excluye el método del tanteo, de la prueba y del error, como forma de modular las decisiones de gobierno o las demandas de oposición.

Hace falta, al mismo tiempo, ser capaces de entender que las viejas divisiones en la izquierda ya no sirven, porque no definen, porque no clarifican. A estas alturas, la izquierda no se divide en socialistas y comunistas.

Hay muchas izquierdas, que lo son aunque ni siquiera asuman estar en esa categoría política. Algunos, por ejemplo, nos definimos como nueva izquierda, algo sin duda un poco pretencioso pero que quiera decir, entre otras cosas, que no deseamos vernos homologados a la izquierda del Partido Socialista y a la derecha del Partido Comunista. Somos distintos a ambos. Porque, por poner algunos ejemplos, ¿es estar a la derecha del PC apostar por la construcción europea en un sentido federal o criticar con claridad la dictadura en Cuba?, ¿se está a la izquierda del PS por pedir las 35 horas por ley?

Si algo puede tratar de definir a una nueva izquierda que puede tener diversas materializaciones organizativas dependiendo de cada país, son cuatro características esenciales: radicalidad democrática en las propuestas, diferentes formas de hacer política, aspirar a ser instrumento para la convergencia de los progresistas y no militar en un solo sentido histórico, más cercano o lejano en el tiempo. Alguien con un poco de humor añadiría un quinto rasgo: ser una minoría…

Pero nueva izquierda lo son en México el PRD, en Brasil el PT, en Alemania Die Grunen-Bundnis'90, en Finlandia la Alianza Democrática o en España el PDNI (con modestia y sin comparaciones).

El nuestro es un país gobernado por la derecha, de los pocos de la Unión Europea en manos conservadoras. Es obvio, política, social y matemáticamente que esa coyuntura, esa correlación de fuerzas, es reversible a poco que la izquierda sea capaz de recuperar la confianza de más hombres y mujeres progresistas. Para eso hace falta que el Partido Socialista lidere una convergencia de los progresistas que haga de la renovación, las propuestas avanzadas de gobierno y la consideración a la pluralidad de la izquierda sus principales perfiles.

En esa convergencia está empeñada Nueva izquierda, porque además los buenos resultados del 13-J en las europeas, autonómicas y municipales en que se concurrió junto con los socialistas bajo la fórmula PSOE-Progresistas demuestran la bondad de los pasos dados hasta el momento. Lo mismo, sin contradicción alguna, que los insuficientes números conseguidos en Cataluña enfatizan que lo hecho tarde y parcialmente se podía haber articulado a tiempo y de forma global. En ese caso, quizás, otro gallo hubiera cantado.

Hablamos, claro está, de una convergencia que ha de mantenerse, ampliarse y desarrollarse en el futuro, en los períodos electorales, de Gobierno y de oposición.

Siendo conscientes de que un camino como ese lo demanda objetivamente la realidad política, aunque sea más complicado, mucho más, que el partido fuertemente hegemónico, casi único. !982 es, sencillamente, irrepetible

En esta coincidencia de esfuerzos caben muchos, se necesita en realidad a muchos: partidos, movimientos sociales, sindicatos, ciudadanos agrupados para la ocasión.

Pero ante todo se necesita convicción, entender que no han de buscarse efectos aritméticos pasajeros, sino multiplicadores de largo aliento.

Y también es preciso comprender que en la convergencia valen todos los esfuerzos, ha de funcionar la dialéctica y el tamaño no es el argumento que da la razón.

Nada más alejado de la unidad que la uniformidad ni nada más cercano a la derrota que la ausencia de puntos de vista diferenciados. En realidad, como sabe bien Jospin, la convergencia da buenos resultados. Y también muchos y saludables dolores de cabeza.

Desde el día a día en el Parlamento de Estrasburgo, estoy convencido de que si la izquierda europea (sigo reivindicando con más fuerza que nunca esa definición) consigue formular un discurso compartido –pues una cosa es gobernar en Europa y otra gobernarla- que fortalezca políticamente la UE, de forma que desde ese marco pueda influirse efectiva y positivamente en la globalización en el sentido expresado en el Congreso de la Internacional Socialista, se habrá dado un paso de gigante.

Nuestro país no puede quedar al margen de un proceso que pugna por abrirse paso y que nos conviene. Con Aznar en el Palacio de la Moncloa vamos a quedar al pairo de los acontecimientos. Y ese es un lujo que la izquierda española no puede permitirse.

El billete para que ocurra lo contrario se llama convergencia de la izquierda. Y todos los que estamos empeñados en que las cosas cambien para bien deberíamos estar decididos a cogerlo y emprender este viaje. Seguro que merecerá la pena.
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