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En puntillas casi, ancestral temor de rasgar con una indiscreción, el lugar escogido por el silencio. La alfombra de pinos extendía su mansedumbre, en el mismo corazón de Cuba: El Vedado capitalino.
La casa parecía preparada para resistir cualquier asedio, a pesar de sus entradas. No había timbres visibles, la herrumbre había hecho mella en la entrada principal, el tiempo la había cerrado. Los gritos hubieran sido, a más de una inconsecuencia, inútiles, porque había espacio, cancelas y puertas distantes de la calle.
Saltar la tapia, era una profanación que no me hubiese permitido ni perdonado aquella estatua descabezada, con todos los pliegues marmóreos intactos, veladora venida de la noche de los tiempos... Pero, el estruendo era callado. El mar batía olas por dentro, o en el papel; con humildad o soberbia. Su dueña era, Dulce María Loynaz Muñoz .
Cuando me recibió en su casa de 19 y E, en 1994, ya había sido galardonada con el Premio Literario en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, y el círculo de los nonagenarios se cerraba sobre su cuello. Era un lirio a punto de quebrarse, pero aún conservaba intacto en su mente, porte de ceiba.
Entonces, los reconocimientos iban a sus manos, unos tras otros... pero había vivido mucho ya para ver difuminarse tertulias, contertulios y clases; para ver morir personas, costumbres y lugares que le son caros a su credo espiritual y axiológico; para ver toda un época que se viene abajo con la torrentera de la Revolución Cubana. Se siente extraña y no tiene remilgos en declararlo.
Casi toda su obra literaria ya está escrita en 1958 –excepción hecha de Fe de Vida, "esa prosa casera, delatadora del pulso vacilante de una anciana"-. Luego vendrá una vuelta de Fénix, y las reediciones de sus títulos prácticamente serán inéditos, cuando reaparecen en los años 90. El 14 de septiembre de 1990, intenta resumirlo en carta a su amigo pinareño Aldo Martínez Malo: "30 años dormí como la Bella Durmiente, porque fueron 30 equivalentes a 100".
Empero, todo ese espacio es sólo vacío de letras en apariencia. Sus palabras no serían entonces para la imprenta, sino para la esquela del amigo, recóndita pero siempre alta. Precisamente Aldo rescata a esa otra Dulce, no tan dulce como su nombre, al compilar cartas sin las cuales es imposible tener una visión integral de ese carácter.
Las Cartas que no se extraviaron, compilación publicada por la española Fundación Jorge Guillén y el Centro Hermanos Loynaz, de Pinar del Río (1997), nos revela una sinceridad a toda costa y una energía indomable -pese a su lento y natural agotamiento físico-. Dos grandes partes marcan el volumen: primero, mensajes a sus amigos y personalidades (1932-1942); y luego, las cartas a Aldo, de 1971 a 1991.
En la obra, surgen detalles y confesiones sobre figuras del mundo público y literario, anécdotas casi increíbles, opiniones severas, consideraciones muy "loynacianas’’, apuntes de viajes, y un retrato de su familia, hecha tan temprano como en 1936: "unas gentes medios salvajes y asustadizas que se llaman Loynaz" (a Gonzalo Aróstegui). También nos asomamos a algunas de sus obras, en plena gestación, en ciernes, o tal vez, a pertinentes aclaraciones.
Todo un cosmos de sus ideas medulares desfilan por estas cartas, amarillentas en el original, pero rutilantes en su esencia. Siempre sorprendente, mordaz, inquebrantable; confirmando que la poesía no es exclusivo dominio del verso.
Cuando han pasado cien años de su natalicio, tener al alcance
más íntimo a la autora de Jardín (Madrid, 1951) y
Un verano en Tenerife, es no sólo asomarse a una individualidad
singular, sino a todo un siglo y a un país.
Publicado su poemario Versos, en cambio, ya su voz es categórica. En carta de 1939, hallamos las claves –seguramente no las únicas- de por qué sus libros se editan fuera de su Isla. España le tiende la cobija editora. "He publicado un libro y tengo ya derecho a hablar con experiencia... Yo hubiera podido conformarme con una crítica dura, cruel, injusta quizás... pero no con el silencio, con la indiferencia, con este vacío de desgano y frialdad en que me he sentido caer con mi libro...No publicaré más nada en la vida".
Contraste recio hallará en Santa Cruz de Tenerife, cuando le editen el mismo título en 1947. Por supuesto, ello señala también la pertenencia a una alta clase social -burguesa, que más de una vez lo deja sentado-, sin que ello implicare soslayar el compromiso con su nación y su nacionalidad, del cual hizo jalón de su existencia.
Por suerte, la amenaza salida a raíz de una decepción –que no les faltarán-, no sería cumplida, ante sería acicate. Hay mucho de misterio develado, del entramado de su poética, cuando escribe en 1938 a la periodista Berta Arocena, sobre su Carta de Amor a Tut-Ank-Amen: "me enamoré de Tut-Ank-Amen, amante sin palabras que no podrá contestar nunca mi carta, amante hierático, inmutable, ungido de ese supremo prestigio de la Muerte... Si lo viera sentarse sobre el último de sus sarcófagos , desatar sus vendas de momia y salir a limpiarse el polvo de siglos... dejaría de amarlo en el acto".
Es la amante del silencio por antonomasia en la poesía cubana
–"un clima entre metafísico y cósmico", ha dicho Carilda Oliver-. Esa es quizás el aura que sobrevuela en su carta al faraón niño, un símbolo del amor imposible. Sus obras posteriores parecen fuera de todo tiempo, ingrávidas. Silencio obstinado, irreverente, pero absolutamente fecundo.
En esta antología epistolar tan variada, habrá que hacer un alto en su carta-poema de 1939 a Margarita Montero, la más importante arpista de la primera mitad del siglo XX en Cuba ("El arpa es el delta del río... El arpa es un D exquisita doblada bajo una mano trémula de aire..."), un tono suyo, el mismo de Melancolía de Otoño y Poemas sin nombre, pero que el tiempo irá tornando más triste.
Este volumen de Dulce María Loynaz, es una recopilación de cartas notables en la Literatura Cubana, todavía al alcance de pocos. Una propuesta, no obstante, muy distinta a las de sus ilustres antecesoras, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Juana Borrero. Distinta a ella misma, en sus maternales misivas de Cartas a Julio Orlando.
Amor sí; pero amor sin quejidos, amor pudoroso, amor a la naturaleza, acaso a su goteo. Una actualización del género epistolar en la última centuria.
Mucho después, ya en 1976, habla una anciana experta y desengañada. Y a su buen amigo Aldo -inquisitivo, fiel y detallista-, le confiesa: "... todo el mundo se cree con derecho a imponernos la lectura de sus obras y luego se molestan cuando la opinión solicitada con toda sinceridad’ les es adversa. De manera que tras escuchar pacientemente, también es necesario mentir.... a tal extremo que he tomado la determinación, cuando me dicen que me van a presentar un poeta, de negarme rotundamente a tan poco cómoda amistad".
Y de negativas sabe. Dulce se niega a escribir el prólogo que le solicitan para la edición Nobel de la poesía de Gabriela Mistral, la misma que ha alojado en su casa... y a la que ha pedido, se retire. Finalmente, será uno de sus más brillantes ensayos, en los que podrá describir, cuanto de Lucila habría en Gabriela y viceversa, aquella escritora chilena a la que describe como "un Chimborazo cubierto de nieve", poseedora de "impertinencias auténticas’, la de las fotos compartidas en la fuente de su hogar.
En el libro epistolar, aparecen referencias a Lorca y Juan Ramón Jiménez, que se han quedado incluso en su hogar -aunque digámoslo, sin demasiada fruición, que no fueron sus favoritos-; y en cambio, si puede hallarse vibrante a la Mistral.
Una carta histórica por su revelación hasta el detalle, es la del 1 de agosto de 1976. Dulce pone de manifiesto su apego a las costumbres, el resultado de una refinada educación estricta intramuro, y su orgullo -puesto a pruebas, tal vez- por otro genio de su tamaño.
Cuando Gabriela deja esperando por ella, a invitados de la más alta posición o estima, en la propia casa de Dulce, y prefiere irse al mar, la cubana pierde los estribos: "Yo hubiera podido soportar muchas genialidades de este estilo, pero que nos pusiera en ridículo a mi marido y a mí, era algo ya que se pasaba de la raya.... cuando Gabriela llegó esa noche, halló una nota en su cuarto donde le decía que puesto que en mi casa no parecía sentirse a gusto... era preferible que yo sacrificase el mío de tenerla allí..."
Aún se recogerá, casi al final de las Cartas… una de sus más famosas anécdotas, la que le ocurre con Juana de América, Juana de Ibarbourou. Es un retrato del encuentro de dos figuras cimeras de la poesía hispanoamericana, una filigrana de pudor y cortesía; de esas reverencias que si salen al paso una vez en la vida, no ha de cansarse el corazón de dar gracias. Sin embargo, Dulce María parece tomarlo con calma, aunque no ha de olvidarse que su pluma lo está recordando, acaso evocando … 30 años después:
Juana, cogida de sorpresa ante el primer conocimiento que tuvo de
mi poesía, me dijo ante tres personas que ya están muertas:
"No me explico por qué Ud. me admira tanto, si Ud. es mejor que
yo". En aquella ocasión tuve que frenar el entusiasmo de mi marido
y del Embajador de Cuba en Uruguay que querían publicar estas palabras…
Ignoro si ella mantuvo en firme esos sentimientos porque nuestras relaciones
casi empezaron y terminaron allí.
Cuando uno revisa sus cartas alrededor de esta época, halla no pocas nostalgias, y esas carencias que hemos padecido todos. Y sus verdades, raras y de piedra, como las estatuas de Pascua. Unas cartas que nos demuestran que no era poeta de torre de marfil, y si bien sus muros le preservaron, fue en todo caso un alejamiento relativo de la vida cotidiana de una Isla, en la que se quedó hasta el último suspiro.
Es el drama de quien tiene un río de ideas dentro, el río del tiempo corre inmisericorde, y múltiples interrupciones la agobian: "Cuando al fin logro hilvanar un párrafo, apresar en el aire una idea, ya están tocando la puerta porque llegaron las papas o porque la cocinera se ha quedado sin grasa o porque el de la luz amenaza con llevarse el recibo... Escribo con lápiz porque carezco de bolígrafos, gran trabajo van a tener las gentes de mañana en descifrar estas obras maestras de la literatura, como usted las califica".
Trata de reconciliarse con Fe de Vida, el libro sobre un Vedado con olor a laurel y en tiempo de crónicas sociales de su esposo, el periodista Pablo Álvarez de Cañas. Y habla de su responsabilidad maternal con sus hermanos: "Sin descendencia directa, con sólo dos hermanos a mi lado y los dos de fragilísima salud, parece natural que yo los sobreviva y me alegro que así sea. ¿Qué sería de ellos sin mí?".
Y de su reconcentración de perla en la Academia Cubana de la Lengua, en su propia casa: "Hace muchos años que leo nada nuevo, ni me reúno con gentes de letras que no sea con mis venerables, sabios y casi octogenarios compañeros académicos"(1976).
Naturalmente, Cartas que no se extraviaron, en esta segunda parte, no obvia las referencias literarias, e incluso llega a aportar una consideración cardinal acerca de su novela lírica Jardín ("un libro que se ha convertido en mi sombra").
Siendo, una de las más peculiares obras de la novelística cubana de todos los tiempos, la novela que tiene como protagonista a Bárbara, es apuntalada en esta antología epistolar por una aseveración asombrosa de su autora -¿justicia por mano propia o especulación de escritora?-.
Ella le contesta justamente el 4 de junio de 1983 a Aldo, ante la sugerencia de que Gabriel García Márquez encontró inspiraciones para su realismo mágico: "... no hay duda de que allí pudo inspirarse. De todos modos, leído o no leído yo fui la primera en conjugar esos dos elementos que ahora le han valido el Nobel a él".
Aldo le hace tomar de nuevo el hilo del recuerdo -muy hábil en tales menesteres-. Y logra sondeos y declaraciones exquisitas, reconózcasele. Cuando le manifiesta su interés por las coincidencias entre la familia Loynaz y la afamada novela El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, allá va la respuesta de una de sus miembros:
"…es libro lleno de inexactitudes… y luego escoger en la obra de Carpentier el pasaje que menos pudiera parecérsele, el de esa Sofía en trance de blasfemar. Flor, en sus momentos de furia (que no eran pocos) sólo acertaba decir: ¡rayos, rayos!".
La hija del general de la guerra de independencia del siglo XIX, Enrique Loynaz del Castillo, escribe de su puño y letra, un verdadero auto de fe; una confesión espartana, dramática -si se me apura- pero absolutamente auténtica, en la que puesta a escoger el bando, se pone del suyo:
Yo estoy aquí por mi voluntad y a todas sus consecuencias, y si lo decidí así, fue con sentido de responsabilidad, sabiendo que tendría que respetar las leyes del país donde me quedaba... Puedo añadir que esta decisión no fue fácil, teniendo como tenías a mi esposo fuera y recibiendo yo muy ventajosas y honrosas proposiciones de Universidades españolas y norteamericanas... pero excusándome de aceptarla porque sucediera lo que sucediera, prefería quedarme y correr la misma suerte de mi país.
Quisiera yo saber si algunos...puestos en mi caso hubieran dado la misma respuesta... una mujer ya vieja y ajena en absoluto a la clase triunfadora".
(27 de febrero de 1985)
Dulce María Loynaz vivió en su último lustro una especie de resurrección, y vive en este 2002, año del centenario de su natalicio, el boom inacabable de un mito. Las Cartas que no se extraviaron, son una ventana a una parte de su vida, anterior a esas glorias públicas de sus últimos años. Su personalidad ha dado lugar a una verdadera fiebre de publicaciones suyas o sobre su figura; pero ello mismo ha ratificado que su vida y obra no parecen conocer finitud.
Días antes de morir, en un esfuerzo supremo, Dulce María Loynaz, pidió a su "sobrina política" –y luego heredera universal- sentarse para que su ahijada Gladys Loynaz, supiera que no estaba vencida del todo.
No hay espacio para asombros. No serían meras palabras las que ha escrito en 1974, aunque broten sin dudas de un arranque de soledad: "Yo no soy más que eso, una criatura solitaria, quedada al margen del camino. Quedada, pero no arrodillada. No sometida, ni siquiera al dolor".
En ambas ocasiones, consecuente. El temple de una mujer que no claudica -no querría hacerlo- ni aún cuando la muerte la visita. No es extraño que toda Cuba pasara delante de su féretro, sinceramente consternados, a rendirle tributo.
No es extraño que al salir de su casa, hallara, no al personaje que había imaginado, sino a la persona. Había procurado una entrevista y encontré un camino, ese que desando y retomo cada día como amuleto imprescindible en el terreno de la simulación, dondequiera que se halle.
(Todas las citas del ensayo corresponden al libro Cartas que no se extraviaron, Fundación Jorge Guillén-Fundación Hermanos Loynaz, Valladolid-Pinar del Río, 1997)
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