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El cambio climático producido por el actual modelo
de desarrollo industrial es, probablemente, uno de los problemas más
graves a qué se enfrenta la humanidad. Cada día que pasa
es más urgente la aplicación de una ética de precaución
y responsabilidad para combatir y prevenir unos efectos catastróficos
sobre todos los ecosistemas que sostienen nuestras sociedades. Las señales
de los cambios graves en la biosfera son inequívocas: el deshielo
de las zonas polares, el aumento de tempestades, huracanes y sequías
de gran dureza, la muerte de los arrecifes de coral por la subida de las
temperaturas de los mares, la extensión de enfermedades tropicales
y de insectos parasitarios, y la aceleración de la perdida masiva
de las variedades de vida sobre la tierra.
Ya no se puede continuar utilizando la coartada de la falta de certezas absolutas alrededor de los conocimientos científicos sobre los procesos biofísicos implicados en el calentamiento del planeta y sus consecuencias, porque las verdades completas son más un ideal y una aspiración que una realidad. Muchas veces la complejidad del mundo sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. Si esperamos a tener más datos para actuar con decisión, continuaremos perdiendo un tiempo precioso para evitar lo peor. Y hoy en día toda política para defender la habitabilidad y la diversidad de nuestra tierra, en general, y no solamente por el cambio climático, pide una política energética que plantee un programa urgente de sostenibilidad y equilibrio.
Las políticas impulsadas al respecto por el Gobierno Español y por la Generalitat Valenciana resultan ser un caso típico y ilustrativo de alegre irresponsabilidad y desprecupación. Han aumentado sus emisiones de gases contaminantes en más de un 30% durante los últimos años, empeorando las condiciones de degradación y seguridad ecológicas. Desafortunadamente esta falta de responsabilidad, aunque resulta ser especialmente escandalosa, no es una excepción ni una novedad. A pesar de la existencia de indicios cada vez más claros de las nefastas consecuencias que provoca nuestra dependencia petrolera, muchos de los gobiernos del norte rico continúan con oídos sordos a las evidencias y están determinados a huir de cualquier compromiso vinculante de reducción sustancial de sus emisiones de gases contaminantes y calentantes.
Los países de todo el mundo se han reunido en la Haya para acordar el programa de Convenio Marco sobre el Cambio Climático que debe regular la aplicación del protocolo de Kioto. Para fijar una estrategia común ante el cambio climático, el acuerdo de Kioto establecía unos objetivos de reducción de emisiones de CO2 tan poco ambicioso, que la gran mayoría de los científicos del clima los consideraba insuficientes y alejados de las acciones necesarias para frenar el calentamiento ante los ritmos crecientes de saturación de residuos en el aire que respiramos. Pero, a pesar de todo, los Estados Unidos y otros países anclados en políticas energéticas de criminalidad climática, se inventan meras excusas para dar largas con formulas tramposas a la letra menuda de los acuerdos dando la impresión engañosa de que alguna cosa se hace ante unas percepciones sociales cada vez más preocupadas y sensibles.
Con el éxito económico de las políticas de flexibilidad aplicadas al mercado laboral, los países más ricos ahora hablan de "mecanismos de flexibilidad" aplicados al clima. Consisten: en un mercadeo sobre las emisiones por parte de los países contaminantes para que contaminen menos, en el intercambio de plantación de bosques por "bono-humos" y en la promoción de "la ayuda para el desarrollo limpio" a cambio de "puntos para el desarrollo sucio" al norte. Por tanto para el mundo laboral, el resultado más probable de esta flexibilidad será una mayor precariedad en los resultados y, de paso, un mayor desorden para el clima.
Este nuevo "desarrollismo ambiental" aplicado al clima y al aire que necesitan nuestros cuerpos y nuestras sociedades, constituyen nuevos malabarismos mágicos que están dispuestos a todo, menos a tocar las causas y el corazón del problema. Es decir, más y más mercado acompañante para mayor retórica ambiental aumentando la confusión y el ocultamiento de las dimensiones estructurales del cambio climático. O sea, cualquier cosa, menos aceptar unas reducciones claras y comprobables en las emisiones domésticas de gases de invernadero.
Parece que las prioridades impuestas por los intereses
económicos de un grupo de multinacionales y de minoritarias élites
sociales, acaban teniendo más peso que la salud biológica
y social del planeta. Se puede sacar la conclusión de que los objetivos
del crecimiento crematístico y especulativo que emanan del dogma
de las políticas de máxima libertad del comercio mundial,
chocan frontalmente con una gobernabilidad mínimamente cauta y justa
del mundo biofísico que nos pudiera asegurar un futuro vivo digno
y de bienestar.
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