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Crisis financiera:
¿del éxito definitivo al derrumbe súbito?

Juan Ignacio Crespo


Juan Ignacio Crespo, especialista en mercados financieros, es presidente de la asociación No Nos Resignamos. Artículo publicado en Iniciativa Socialista número 50, invierno 1998

El 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés decidía la devaluación de su moneda, el bath, y algo que hasta entonces el optimismo provocado por la globalización triunfante hubiera descartado como inimaginable, se hizo realidad: en 3 oleadas sucesivas a lo largo de los 15 meses siguientes, lo que había empezado como crisis de una economía de menor importancia, se fue contagiando al resto del mundo.

Primero, y de forma inmediata, al grupo de países geográficamente próximos y que, junto con Tailandia, la propaganda había venido denominando leones y tigres asiáticos: Corea del Sur, Hong-Kong, Malasia, Indonesia, Filipinas...

Luego se acentuó una crisis que venía arrastrándose desde 1990, la de la economía japonesa que, con un sistema bancario al borde de la quiebra, entró claramente en recesión a finales de 1997.

Posteriormente, el turno le tocó a Rusia, cuya economía tiene un peso insignificante en el conjunto mundial, en clara desproporción con su importancia política y su condición de segunda potencia nuclear.

Una cuarta oleada de la crisis ha empezado a despuntar, solapándose en parte con la tercera: se trata de los problemas que han empezado a afectar a los países productores de materias primas, sean pertenecientes al club de los países desarrollados (Noruega, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) o sean de los que eufemísticamente se han venido llamando países de industrialización reciente o países emergentes (Venezuela, Brasil, Chile, Argentina...).

La inquietud en los puestos de mando de todos los países de la OCDE se ha disparado y el síntoma más espectacular de ese desasosiego ha sido la caída de los índices bursátiles y el tono abiertamente pesimista, cuando no catastrofista, que se ha apoderado de la prensa financiera.

Hoy, con el equivalente al 40% de la economía mundial en recesión, es decir, con crecimiento económico negativo, la situación es ciertamente preocupante. Tanto como para hacer decir al conocido profesor de comercio internacional en la Universidad de Harvard, Jeffrey Sachs, que si bien esta crisis "no puede considerarse el fin de la globalización, sí marca, ciertamente, el fin de una era".

¿Qué es lo que está sucediendo para que, sin que hasta ahora se haya producido ninguna revuelta social de importancia, por no hablar ya de revolución alguna, representantes tan cualificados de la "ortodoxia económica" se expresen con tanta moderación?

¿Qué es lo que lleva a que un columnista diario del Financial Times titule su artículo del 31 de agosto pasado: "Das Kapital, revisitado"?, y lo comience con esta frase: "¿Del triunfo del capitalismo global a su crisis en apenas una década?".

¿Y qué, finalmente, provoca el que estos comentarios no sean posiciones extravagantes de comentaristas aislados, sino la tónica que domina los análisis más cualificados de los últimos tiempos y que lleva al director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Michel Camdessus, a defenderse diciendo (septiembre 98) que "no hay una crisis global del capitalismo"?

¿De nuevo la teoría del derrumbe?

Resulta cuando menos curioso el que sean representantes tan destacados del dogma económico que ha dominado de manera aplastante el panorama de los últimos diez años quienes evoquen, a su manera, la teoría del derrumbe del sistema capitalista.

Esta teoría, uno de los núcleos polémicos tradicionales de la tradición marxista, tuvo su representante más importante en Henryk Grossmann, quien iniciaba su libro más conocido con esta cita de la Ilíada: "Llegará un día en que se derrumbe la sagrada Ilión". Pero, ¿quién se acuerda ahora de Henryk Grossmann?

El mayor problema que para el pensamiento de izquierda representa hoy la comprensión de la crisis económica que está desarrollándose ante nuestra vista, es que nadie ha sabido encontrar el hilo conductor de una explicación que no cayera, por un lado, en lo puramente descriptivo y, por otro, en la más pura escolástica.

Los grandes debates de la izquierda de comienzos de siglo se convirtieron con el tiempo en juegos académicos desconectados de un mundo real que, al ir seguidos de importantes derrotas políticas, tienen a la izquierda en estos momentos prácticamente desarmada para hacer un intento de comprensión de lo que está sucediendo. Así, el pensamiento único sería el resultado inevitable de un fracaso ideológico y, sobre todo, político.

De modo que, entre lo puramente descriptivo al hablar de la evolución del sistema y la repetición de "verdades ideológicas" heredadas, no hay prácticamente nada. Y así, la derrota política de la izquierda hace que ni siquiera se estén utilizando ya, como se hacía hasta hace 20 años, "aquellas abstracciones clarificantes ("los intereses de la burguesía", "el imperialismo", "el fascismo") que aún cumplen más o menos su tarea...", y que "cuando ocurre un cambio serio en la situación, o incluso un pequeño giro... revelan su total insuficiencia, y surgen totalmente transformadas en verdades vacías" (León Trotsky: La curva del desarrollo capitalista).

El relato que sigue, a pesar de las expectativas que pudieran haber creado estos últimos párrafos tan pomposos, sólo pretende hacer la descripción de lo sucedido en los últimos 15 meses y enmarcarlo en la sucesión de grandes crisis acaecidas en los últimos 25 años, además de hacer alguna referencia histórica que pueda ayudar a comprenderlos.

Crisis, ¿por sorpresa?

Remitiéndonos a ese tipo de caracterizaciones genéricas, la crisis actual tiene elementos absolutamente clásicos: es una crisis de sobreproducción mezclada con un proceso de "exuberancia financiera". Crisis de sobreproducción en industrias como la del automóvil, petroquímica, semiconductores, etc. Y producción excesiva también de materias primas.

Y, por otra parte, excesos financieros de bancos, fondos de inversión, fondos especulativos, etc., espoleados por la necesidad de obtener rentabilidades cada vez más altas.

Para mucha gente la idea de que ahora se está desarrollando una nueva crisis parecerá totalmente redundante, pues la idea de crisis se incorporó y permanece en las preocupaciones y el lenguaje cotidiano desde el primer shock energético, el que siguió a la guerra del Yom Kipur, y que se sitúa en los años 1973-1975 (esa sensación de crisis, en países como España, se ha mantenido bien presente por causa de las elevadas cotas de desempleo de los últimos 20 años).Sin embargo, más que de una crisis continuada habría que hablar de un largo periodo que se inicia en 1973 y que, plagado de erupciones, llega hasta nuestros días:

- Segunda crisis energética y recesiones subsiguientes (1979-1982).

- Suspensión de pagos y gran crisis de la deuda exterior de Latinoamérica (1982-1985).

- Invasión de Kuwait por Irak y comienzo de la recesión americana (1990).

- Turbulencias financieras y devaluación de monedas integradas en el Sistema Monetario Europeo (1992-1993).

- Crisis de la economía japonesa (1990-?).

Si hubiera que remontarse a las causas finales de la crisis actual, habría que tener muy en cuenta precisamente la última de las citadas. Japón empieza a tener serias dificultades en 1990 y desde entonces sus problemas no han dejado de acentuarse. Pero para comprender el origen de esas dificultades hay que remontarse un poco más atrás, a 1985-1986.

En 1985, y tras tres años de revalorización, el dólar alcanza un momento de gran fortaleza a la que, en una cumbre de los países más desarrollados, se decide poner fin: son los llamados "Acuerdos del Plaza".

En 1986, el actual primer ministro japonés Keizo Obuchi, entonces ministro de Hacienda, se reúne en San Francisco con su homólogo norteamericano, Gerald Baker, y acepta tomar una serie de medidas que el Gobierno norteamericano venía reclamando desde tiempo atrás: bajar los tipos de interés del yen y reducir los impuestos. A cambio, el Gobierno USA prometió apoyar la estabilización del yen.

La economía japonesa, como consecuencia de esas medidas, inicia un periodo de fuerte crecimiento económico, acompañado de inflación, no en el sentido más habitual, la que se mide con el IPC, sino en el precio de los activos financieros e inmobiliarios.

Por ejemplo, el hoy tan conocido índice Nikkei de la Bolsa de Tokio, subió en tres años desde 13.000 a 39.000 proporcionando, por tanto, plusvalías bursátiles en ese periodo del 200%.

Se iba formando, pues, la famosa "burbuja especulativa" por un procedimiento en el que los bajos tipos de interés permitían comprar con dinero prestado títulos en la Bolsa de Tokio; después, pignorar esos títulos a cambio de un nuevo préstamo con el que comprar un inmueble; que, posteriormente, se hipotecaba para obtener un nuevo préstamo, y así sucesivamente.

Cuando en 1990 el Banco de Japón, preocupado por los excesos especulativos decide "pinchar la burbuja" elevando los tipos de interés, la economía japonesa entra en un proceso de, por ahora, más de 8 años en el que alterna fases de estancamiento (crecimiento muy bajo o nulo) con otras de recesión (crecimiento negativo), para a finales de 1997 entrar en lo que parece ser un periodo recesivo más largo, con claro peligro de que la recesión se transforme en depresión (crecimientos negativos muy fuertes).

Entre 1990 y 1998 la Bolsa de Tokio ha vuelto a perder todas sus ganancias del periodo anterior (a mediados de septiembre 98 el índice Nikkei está otra vez cercano a 13.000, es decir, ha experimentado una caída del 66%) y los precios del sector inmobiliario se han reducido a la mitad.

Una característica de estos dos últimos años han sido las permanentes tensiones comerciales entre EE.UU. y Japón, preocupados los primeros por el incremento de su déficit comercial con el segundo, y sometido éste a continuas presiones para que abriera su mercado interior a los productos y a las empresas y bancos de otros países.

Una de las medidas aplicadas por las empresas y el Gobierno japonés para sortear la presión norteamericana fue el desplazamiento de plantas productivas a países del Sudeste asiático. De esta manera las compañías japonesas se beneficiaban de unos costes laborales menores (entrando así en un proceso general de desplazamiento de las industrias de países desarrollados hacia países más pobres) a la vez que conseguían que sus exportaciones hacia los Estados Unidos no computaran como procedentes de Japón, sino de Tailandia, Malasia, etc.

La recesión económica y sus fenómenos asociados, caída de los precios de las acciones y de los inmuebles, llevaron al sistema financiero japonés a una situación de práctica quiebra. Por un lado, muchos de los préstamos que habían concedido los bancos en los tres años que duró la euforia pasaron a tener la condición de incobrables. Por otro, buena parte de su capital (en el sentido técnico-contable de recursos propios, es decir, capital más reservas) se esfumó con la caída de las cotizaciones bursátiles, ya que la legislación japonesa les autorizaba a computar como recursos propios un 45% de las plusvalías bursátiles acumuladas pero no materializadas. Y así, pasó de nuevo a aplicarse el adagio de que las recesiones (en las empresas) y la caída de la Bolsa (en los bancos) descubren lo que no han logrado descubrir los auditores: el sistema financiero japonés se ha visto sacudido durante estos últimos años por escándalos de todo tipo y por la quiebra de instituciones bancarias y no bancarias de tamaño pequeño y mediano. Hasta que en noviembre de 1997 ya fue uno de los cuatro grandes bancos de negocios (Yamaichi Securities) y en los últimos meses se ha evidenciado la práctica quiebra de uno de los tres grandes bancos industriales que protagonizaron el desarrollo japonés de la postguerra (el Banco de Crédito a Largo Plazo), presto ya a ser nacionalizado, o menudean los rumores sobre los problemas del Banco Sakura, el gigante del sistema.

En resumen, se estima que en este momento los créditos incobrables concedidos por los bancos japoneses ascienden a un billón de dólares (no un "billion" que equivale a mil millones, sino un billón), es decir, unos 150 billones de pesetas, cantidad equivalente al 30% del PIB japonés. Esta situación mantiene a todo el sistema bancario y a la economía japonesa misma al borde de una catástrofe.

Todo ello en medio de una crisis política que ha debilitado al partido tradicionalmente en el poder (LDP) y se ha convertido casi en una crisis del sistema.

La situación se ha agravado sensiblemente en el último año como consecuencia de los préstamos que los bancos japoneses tenían concedidos a empresas de la cuenca del Pacífico.

Los tigres asiáticos

Al grupo inicial de dos países, Corea del Sur y Taiwan, y de dos ciudades-estado, Hong-Kong y Singapur, se unieron posteriormente Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas. Todos ellos caracterizados, junto con Japón antes y China ahora, por las elevadas tasas de crecimiento económico que han sido capaces de alcanzar y que se ven favorecidas, sin duda, por el grado de desarrollo que han experimentado los países que se industrializaron en primer lugar.

Así, si desde 1780 Gran Bretaña tardó 58 años en duplicar su renta per cápita, y desde 1839 Estados Unidos tardó 47 en hacer lo mismo con la suya, a Japón le basta con 34 años para realizar la misma hazaña a partir de 1885 y 11 a Corea del Sur desde 1966.

Lo cierto es que Tailandia se perfilaba desde hace tres años como el principal candidato a una crisis de confianza. El motivo, su elevadísima deuda exterior (es decir, en divisas) con vencimiento a corto plazo. En esas circunstancias la más mínima duda sobre si podría hacer frente a sus pagos exteriores provocaría necesariamente el que, al vencimiento de los préstamos, los acreedores extranjeros decidieran no renovarlos, provocando de golpe el mismo estrangulamiento que se temía.

Había, pues, un conjunto de características comunes a estos países que los hacían especialmente vulnerables a cualquier reevaluación del riesgo por parte de inversores y bancos internacionales:

1. Unas economías que crecían de forma desbocada, lo que provocaba una situación tan atípica como la de simultanear elevadas tasas de ahorro con un voluminoso déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente. O, dicho con otras palabras, a la vez que el ahorro se mantenía muy elevado se estaban realizando fortísimas importaciones de bienes y servicios para alimentar la máquina de la expansión económica. Esa situación sólo era posible mantenerla mediante el aflujo masivo de capitales exteriores, bien en forma de créditos bancarios; como inversión financiera en Bolsa y bonos, o como inversión directa en proyectos empresariales.

2. Merma de competitividad internacional: en Corea del Sur y Malasia, por ejemplo, los costes salariales habían crecido por encima de la productividad (son bien conocidas las luchas sindicales de Corea del Sur en esos años).

3. La indexación o ligazón estrecha de la cotización de sus monedas con el dólar, evolucionando en paralelo con éste, que en abril de 1995 empezó un proceso de fortalecimiento que ha durado tres años.

Al fortalecerse el dólar lo hacían también el bath de Tailandia, el dólar de Hong-Kong, etc., por lo que los bienes producidos por estos países se encarecían al convertir sus precios a las monedas de los países a los que exportaban.

4. Al retraso tecnológico de Indonesia, Tailandia y Filipinas, y a la escasez de mano de obra en Tailandia, se había unido un exceso de capacidad productiva mundial, ya mencionado más arriba, en diversas industrias.

El primer chispazo es la decisión del Gobierno tailandés de devaluar su moneda tras reconocer que el nivel de reservas del banco central no eran los 30.000 millones de dólares que aparecían en las estadísticas oficiales sino apenas unos 1.100 millones que escasamente cubrían las importaciones de dos días. Se rompe pues la ligazón del bath con el dólar y a partir de ahí se producen devaluaciones en cadena de las monedas de los países de la zona, que tratan de evitar de esa forma el que sus productos pierdan competitividad.

La crisis no dejó de profundizarse entre los meses de julio y diciembre de 1997, cuando alcanza su punto más álgido y estuvo a punto Corea del Sur de suspender los pagos de su deuda exterior.

Los problemas de este conjunto de países tienen pues una clara componente financiera que se entremezcla con la, menos visible desde lejos, acumulación de problemas estructurales típicos de una economía que crece demasiado deprisa y en industrias con un exceso de capacidad productiva. Todo ello fruto de que, como editorializa el Financial Times, "el principal problema de la libertad irrestricta de movimientos de capitales es que éstos no siguen una lógica económica y política rigurosa. La crisis del Sudeste asiático surgió porque los flujos de capital se encaminaron hacia países con elevadas tasas de ahorro y escasa necesidad de capitales exteriores, provocando tensiones en el tipo de cambio de sus monedas y una excesiva expansión monetaria".

La vías de contagio

El contagio de las crisis de unos mercados a otros es algo bien conocido desde hace dos o más siglos y sólo la velocidad que ha llegado a alcanzar es un fenómeno nuevo.

Las principales vías de contagio en el caso del que estamos tratando han sido:

1. Las devaluaciones competitivas ya mencionadas.

2. La actividad de los "hedge funds", mal traducidos como fondos especulativos, y de determinados departamentos de los grandes bancos internacionales que aplican sus mismas técnicas de inversión.

3. La concentración de enormes volúmenes de dinero en manos de unos pocos gestores de fondos de inversión, de pensiones, etc.

4. La velocidad de transmisión de las noticias, favorecida por los avances en la informática y en las telecomunicaciones.

5. El instinto gregario y los ataques de pánico.

La manera súbita en que se desploman las cotizaciones de los diferentes mercados (bursátiles, de deuda pública o de divisas) tiene que ver con un fenómeno conocido como "apalancamiento financiero" y que es practicado, fundamentalmente, por los ya mencionados hedge funds y departamentos bancarios de proprietary-trading.

Es el apalancamiento lo que provoca los bandazos súbitos y amplios de las cotizaciones, y en esencia consiste en lo siguiente: un inversor que ha decidido comprar títulos en un determinado mercado (pongamos por caso acciones de una empresa de Tailandia que cotiza en bolsa) por valor de 100 dólares, decide tomar un préstamo bancario que le permita incrementar su inversión en nueve veces esa cantidad hasta un valor de 1.000 dólares. De esa forma, si el título se revaloriza en un 10%, es decir, en 100 dólares, y decide vender los títulos y devolver 900 dólares al banco, la rentabilidad de la operación habrá sido de 100 dólares sobre una inversión inicial con capital propio también de 100 dólares; o lo que es lo mismo, habrá conseguido una rentabilidad del 100%.

Del mismo modo si la caída de las cotizaciones es del 10%, y dado que el banco querrá recuperar sus 900 dólares, su pérdida será de 100 dólares, es decir, habrá perdido el 100% de su inversión (por simplicidad se ha prescindido en el cálculo de los intereses que el banco le estará cobrando durante ese periodo).

Para este tipo de operaciones los bancos acreedores exigen ciertas garantías normalmente en forma de depósito. Si las bolsas caen, la exigencia de garantías aumenta. De ahí que ante una caída brusca de las cotizaciones los fondos especulativos tengan que vender a tumba abierta antes de que se acumulen pérdidas que acaben con el capital inicial.

Otras veces, o, mejor dicho, además, para poder hacer frente a esa exigencia de mayores garantías por parte de los bancos, los fondos especulativos se ven obligados a obtener liquidez deshaciendo sus carteras de títulos adquiridos en otros mercados. Esto provoca la caída de las cotizaciones en esos nuevos mercados y así sucesivamente.

Otra actividad típica de los fondos especulativos es la venta en descubierto, o sea, la venta de títulos que no se tienen en cartera con la expectativa de que su precio baje para poder comprarlos a un precio por debajo del de venta.

Un ejemplo reciente y claro de cómo y porqué pueden quebrar este tipo de fondos lo ha dado el denominado "Long-Term Capital Management" (es decir, gestión de capital a largo plazo).

A comienzos de año su capital ascendía aproximadamente a 4.600 millones de dólares. Sin embargo, el fondo no se había limitado a invertir sus capitales propios sino que se había endeudado por valor de hasta 200.000 millones de dólares, es decir, casi 43 veces su capital inicial. Las pérdidas acumuladas en el primer semestre ascendieron a 2.300 millones de dólares, es decir, el 50% de su capital inicial.

Con las pérdidas del mes de septiembre todo el capital propio fue prácticamente barrido y los gestores del fondo se encuentraron con la necesidad de obtener nuevos créditos o proceder a la liquidación del fondo para poder devolver los créditos bancarios.

La amenaza de que esas ventas masivas de títulos provocasen el hundimiento de los mercados financieros en Nueva York obligó a intervenir a la Reserva Federal de los EE.UU., quien presionó a los bancos acreedores para que renovasen los créditos al fondo especulativo y negocias en el quedarse con él. Los inversores iniciales que arriesgaron los 4.600 millones de dólares en un tipo de inversión altamente especulativa se habrán quedado sin nada.

Es bien conocido que al comienzo de la crisis tailandesa uno solo de estos hedge funds había especulado contra el bath vendiéndolo en el mercado de divisas por una cantidad equivalente al 20% del total de reservas del banco central tailandés.

Rusia

El desplazamiento de la crisis a Rusia tuvo mucho que ver con la inestabilidad política pero también con la caída del precio de las materias primas y con la necesidad de algunos fondos especulativos de vender activos rusos en los que habían invertido previamente para poder hacer frente a las exigencias de garantías adicionales por parte de los bancos acreedores.

¿Qué cual es el volumen de dinero que mueven los hedge funds?

Se calcula que existen entre 4.000 y 5.000 fondos de este tipo en todo el mundo y que entre todos ellos suman unos capitales propios de 400.000 millones de dólares. Su base habitual son los centros off-shore o extraterritoriales, que lo mismo pueden ser un lugar físico, como Bermudas, o no tener una ubicación concreta, por ejemplo el euromercado. Eso sin considerar el que toman prestado habitualmente una cantidad hasta cinco y seis veces superior a esos recursos propios.

Para hacerse una idea del impacto que ese volumen de fondos puede tener sobre los mercados financieros de países poco desarrollados, el Banco Mundial supone que esa cifra es mayor que el valor de todos los bonos en circulación emitidos por el conjunto de esos países.

Algunos antecedentes históricos

En la prensa financiera no cesan de aparecer las comparaciones entre la crisis actual y la Gran Depresión que afectó a los Estados Unidos y al resto del mundo durante los años 30.

También hay voces que advierten contra el exceso de pesimismo y que recuerdan que siempre que una crisis se complica, aparecen los predicadores del Apocalipsis.

Una manera de medir la gravedad de lo que está ocurriendo sería recurrir a las sucesivas previsiones de crecimiento de la economía mundial que ha hecho el Fondo Monetario Internacional para este año: hace doce meses era del 4,25%; en mayo la redujo al 3% y acaba de rebajarla al 2%.

Los antecedentes históricos más claros habría que buscarlos en la era del patron-oro, de 1870 a 1914. La crisis más parecida a la que estamos comentando es la que se inicia en 1873, con Estados Unidos jugando entonces el papel que hoy tienen los "tigres asiáticos", y Europa (fundamentalmente los inversores alemanes) en el papel de los diversos inversores y bancos internacionales.

Entonces, el objeto de especulación fueron los ferrocarriles y el sector de la construcción y la transmisión de la crisis de USA a Europa y viceversa hizo exclamar al barón de Rothschild que el mundo se había reducido a las dimensiones de una ciudad.

Claro que en esa época los flujos de capital no estaban apalancados y sólo entre unas 5.000 acaudaladas familias británicas y 20.000 de la Europa continental suministraban el capital necesario para financiar el desarrollo de las infraestructuras en las zonas menos desarrolladas a través de la compra de bonos y acciones.

Hemos mencionado el contagio a Rusia y el proceso desestabilizador que ésta vive. Las ironías de la Historia hacen que, como salida a la crisis, el conocido financiero norteamericano de origen húngaro, George Soros, haya propuesto en una carta publicada a finales de agosto la misma solución que el régimen ruso blanco aplicó durante la guerra civil en el puerto nórdico de Murmansk por recomendación de ¡Alfred Maynard Keynes! (y que dio origen al llamado rublo inglés).

Por cierto que esa carta de Georges Soros se convirtió en la espoleta de todo lo sucedido en Rusia desde entonces, es decir, lo que los anglosajones llaman "self-fulfilling prophecy", o profecía que se autoverifica: la expectativa de lo peor ayudando a que ocurra lo peor.

Hasta aquí unas pinceladas, ¡o brochazos!, que sólo pretenden ser una aproximación a este apasionante tema. ¿Qué es lo que está en juego? O mejor aún:

¿Qué es lo que está cuestionándose?

1. La globalización, o sea, el dogma dominante durante las dos últimas décadas, pero sobre todo en la última, de que el sistema financiero internacional ("global") es un asignador o distribuidor de recursos eficiente (es decir, el mejor con los menores costes).

2. Que el restablecimiento del control de cambios (es decir, el tipo de medidas que los gobiernos ponen en marcha para limitar la libertad de movimientos de capitales) fuera una marcha atrás imposible de emprender. De hecho, los gobiernos de Malasia y Hong-Kong los acaban de instaurar, y el de China de endurecer.

También se alzan cada vez más voces que cuestionan la libertad de movimientos de capitales, entre ellas la del profesor de Massachusetts Institute of Technology, Paul Krugman, o las que proceden del propio FMI. Incluso, se pone ya como ejemplo el caso de Chile, que ha establecido un impuesto sobre los capitales que entran a corto plazo.

3. La lucha contra la inflación, que había sido el eje de las políticas económicas durante los últimos 25 años y que, poco a poco, se va trocando en la preocupación inversa: la amenaza de deflación (caídas de precios) que pesa sobre la economía mundial. Tanto así que el debate que actualmente está teniendo lugar sobre cómo sacar a la economía nipona de la recesión en que se encuentra pivota siempre sobre qué medidas tomar para provocar en Japón "un poquito" de inflación.

4. La propia capacidad del FMI y de las otras instituciones nacidas de los acuerdos de Breton Woods para gestionar y liderar la salida de las crisis contemporáneas y futuras.

5. La política de permanente reducción del déficit presupuestario y demás medidas de tipo económico conocidas ya como "políticas de talla única" que revelan su potencial destructivo en lo social y desestabilizador en lo político.

6. En suma, el llamado "consenso de Washington"; es decir, la idea de que la modernización económica hay que hacerla liberalizando completamente los movimientos de capitales y mercancías.

Comentario final

Cui prodest? ¿A quién beneficia?

La historia de los siglos XVI a XX tiene enseñanzas claras al respecto. De ellas se pueden extraer indicios de cómo podría evolucionar la situación actual. Quizá eso sea motivo para otra reflexión.

Entre tanto, sólo la aparición de un prestamista de última instancia podrá contener los efectos devastadores de la crisis. Su inexistencia es lo que provocó que la que se inició en 1873 tuviera efectos recesivos que se extendieron hasta 20 años después. Hoy ese papel sólo puede desempeñarlo el FMI o una drástica bajada de los tipos de interés del dólar por parte de la Reserva Federal americana. En medio de la actual crisis política USA, ¿es eso posible?

(¿Se continuará?)

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