Antonio Cruz González
Cruz Collado, escultor
Amplia información sobre Antonio Cruz Collado y su obra en http://perso.wanadoo.es/antonov/;
publicado en Iniciativa Socialista
nº 75, primavera 2005
En nuestro país, a los héroes y a los genios se les suele reconocer
sus méritos cuando fallecen. Surge una caterva de “amigos de Job”
cuyos sabios consejos y meritorias crónicas necrológicas ensalzadoras
surgen como por encanto, llevando al ponderado fallecido al Olimpo del Panteón
de ilustres. Pues ni en su vida, ni en su fallecimiento, tuvo Antonio Cruz
Collado corifeos. Toda esta reparandoria introductoria es para demostrar,
lejos de la hagiografía de su amante hijo, que sus méritos,
como buen escultor se esfumaron y quedó la obra, pero no quedó
el nombre. Tuvo sus dos o tres minutos de fama, Premio Nacional de Escultura
con la monarquía del abuelo Borbón del rey actual, Medalla
de Oro de Bellas Artes en la Segunda República, Pensionista becado
en Roma, Florencia y París, también en estos periodos. Visitador
escéptico de Nueva York, donde quisieron encargarle las obras por
metros de fachada, a lo que se negó en postura quijotesca, sí,
pero creo que muy digna. Es de destacar que nuestro país, que analizamos
desde esta parte de Europa, a la que ahora pertenece, entonces no estaba
para lanzar cohetes por las Bellas Artes. Eran los días de la guerra
en Marruecos, el escándalo subsiguiente de aquel evento, tapado con
la primera Dictadura, el fracaso de la política que hizo entrar la
Segunda República y el posterior golpe de Estado que llevó
a la guerra civil y a la segunda Dictadura.
En ese entorno hay que situarse. Si nuestro escultor hubiese optado por el
exilio como otros artistas, ahora sería venerado en París,
Florencia, Roma, etc.; optó por quedarse en Madrid. La República
le había otorgado la cátedra de Dibujo en el Instituto Lope
de Vega (1934). La enfermedad que le acompañó toda la vida,
una úlcera de estómago que le hacía medicarse continua
y diariamente, le varió el rumbo de su destino. Entre los pocos documentos
que dispongo, figuran dos o tres decisivos para comprender su situación
en la guerra civil. Así en los días que el Gobierno se dirige
a Valencia, le destinan a Alicante y aparece una licencia por reconocimiento
médico, que le excusa de salir de Madrid. No dispongo de más
explicaciones. Otro documento nos indica que se quedó de Delegado
de Bellas Artes en Madrid, nombramiento de la República, que luego
le iba a costar, aparte de la pérdida de ese cargo, el título
de “desafecto al Régimen” con un expediente de Depuración,
por el que pierde la cátedra y se le acusa de tener carnet sindical
de CNT y ayuda económica al Socorro Rojo. Lo que para los que estudiamos
ese periodo oculto de la Historia de España, eran pecados gravísimos
que te podían constar, como a tantos, incluso la vida.
Parece ser que la defensa, como Delegado de Bellas Artes, junto con el director
en funciones, del Museo Cerralbo, caserón ubicado en la calle Ventura
Rodríguez de Madrid, del expolio de las obras de arte y de incunables
de su biblioteca, motivó que:
1) Se conservaran las obras y no fueran robadas, esquilmadas, saqueadas y/o
quemadas, y hoy podamos contemplarlas, en ese maravilloso Museo.
2) Que el enfrentamiento con milicianos que pretendían apoderarse
del caserón (piénsese que la esquina de esa calle daba al entonces
Cuartel de la Montaña y al frente de guerra en la Casa de Campo) pudo
ser objeto de denuncia, y él contaba, en familia y de forma oral,
que un ordenanza del Instituto donde ejercía la cátedra, le
había salvado de ser fusilado en última instancia, es decir,
al descender del camión para ubicarse en el paredón. La anécdota
contada hoy parece de risa, pero no creo que lo fuera entonces. Simplemente
dijo algo así como “a éste pájaro le tenemos que
interrogar que tiene varias cosas pendientes” y se lo llevó. Así
era la guerra civil. Perseguido por unos, por defender lo que era de esos
“unos” y de otros por tener unos méritos cuando no se podían
tener.
Addenda: el palacio museo de Cerralbo pertenecía al Estado desde mucho
tiempo atrás a la República, no era ya el palacio privado perteneciente
a la aristocracia que un día fue.
Parece ser que en las alegaciones del expediente de depuración, cuyo
contenido no conozco con todo detalle, se citó la defensa del patrimonio
artístico del expolio de guerra. Supongo que eso le valió una
pena menor, como era la libertad vigilada, con la obligación de la
presentación en centros oficiales y el riesgo de perderla en cualquier
momento, por cualquier vanalidad.
Esta historia está llena de lagunas y es la que no aparece en el Espasa,
donde también están mi abuelo y mi tío abuelo, ambos
pastores de ovejas, que al igual que Miguel Hernández, su sapiencia
escultórica afloró a la luz, y dieron, en segunda generación,
toda su carga genética de arte escultórico lo que ellos comenzaron,
en su hijo y sobrino, Antonio. Esta reseña en el Anexo de la “C” del
diccionario enciclopédico Espasa, es otra de los pequeños minutos
de gloria y reconocimiento de Cruz Collado, escultor, nacido en 1905 y fallecido
en el término municipal de Pozuelo de Alarcón, en unas vacaciones
de verano, el 9 de agosto de 1962. También su fallecimiento con 57
años, sin conseguir el título de Académico de Bellas
Artes, esperado pero no ocurrido, le separó, injustamente de esa fama
y reconocimiento que se le resiste.
Sus obras están principalmente en Madrid. Son monumentos reconocidos
por muchos, pero cuyo nombre se ignora, como en casi todas las esculturas.
En la calle Princesa el portador de la antorcha olímpica que está
en el remate del edificio de seguros El Ocaso, de más de cuatro metros
de altura, en bronce. En la Gran Vía, las esculturas de la fachada
del edificio donde se ubicaba el cine Pompeya, entre el Coliseum y el Gran
Vía. En el Retiro, en el Jardín del Francés, enfrente
del Casón, las figuras de madre e hijo que amparan el retrato del
Dr. Pulido (de otro escultor). En el complejo de La Moncloa, dos figuras
de tamaño natural, representativas de la Agricultura (antes eran los
edificios del Instituto de Investigaciones Agronómicas). En la Iglesia
de S. Sebastián de la calle Atocha, la figura del altar mayor, un
sansebastián en taparrabo, perseguido por la censura pacata de la
propia iglesia, que colocó la figura de lado, para evitar “el sexo
frontal”, así como una Sagrada Familia de la capilla de los Arquitectos
y los Evangelistas gigantescos de las pechinas del crucero.
Tanbién existe alguna figura en parques fuera de Madrid, como la que
aún perdura (copia) en Gijón, en el parque de Isabel la Católica.
En A Coruña, fachada del Banco Hispano Americano, dos figuras de infantes
alrededor del escudo de la ciudad, con cierto protagonismo, porque decían
en mi casa que uno de ellos era yo de niño. Digamos que las citadas
son obras monumentales para edificios, plazas, parques. La obra que se ha
difuminado en el tiempo o que está inédita en manos familiares,
es la propiamente vanguardista. En los tiempos del Premio Nacional, sus pequeñas
esculturas, de inspiración modiglianesca o en consonancia con De Chirico,
se pueden englobar, perfectamente en las Vanguardias. Sus dibujos inéditos,
de la década de los cincuenta, su malabarista (1960), expuesto en
el Círculo de Bellas Artes en el momento de su creación, componen
una obra desconocida, preciosa, de vanguardia, pero con una fuerza y una
creatividad realmente agradable. No en vano él definía el Arte
como “aquello que nos proporciona emoción”.
Su profesión, llena de los altibajos propios de la posguerra como
el pliuriempleo docente mal pagado, en la Escuela de Cerámica, gracias
a los Losada, en la Escuela de Artes y Oficios de la calle de la Palma; su
reconocimiento artístico como restaurador (¡había tanto
que restaurar que, aunque los santos, como a Benlliure, no eran de su devoción,
se vió abocado a ganarse la vida con las restauraciones de iglesias
quemadas por causa belli!), en Bellpuig, León, Miranda del Ebro, fueron
lo espacios donde dejó su huella restauradora. Si bien conviene aclarar,
que de una figura quemada o destruída en un 70 por ciento, la restauración
era creatividad, porque el resultado final se “parecería” a la que
antes había, pero el artista debe improvisar y crear allí donde
fotos antiguas o indicaciones no llegan.
Tras veinte años aproximados de injusticia, pudo acceder, previa oposición,
otra vez a una cátedra de la que fue injustamente separado. Ahora
sí, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. El
desgaste de su salud, así como el social, no mermaron su carácter,
siempre de broma, siempre familiar, siempre contento, salvo en los momentos
en que la úlcera apretaba. Padre ejemplar, hizo muchas veces de padre
y madre a la vez, y en el centenario que ahora se abre, el 17 de marzo, creo
que se le debe conocer por su obra y su valía, y alcanzar la publicidad
que se merece, y que en 18 años que llevo con su curriculum bajo del
brazo, no he conseguido darle aún.
Para los interesados he confeccionado una WEB donde se puede
admirar su obra, su trayectoria y donde pueden copiar todo lo que quieran,
rogándoles citar la procedencia, y no copiar o cortar párrafos
tergiversando el contenido expuesto.
Ustedes pueden gozar de su centenario, yo sin embargo, llevo 43 años
sintiendo su ausencia.
Madrid, 16 de marzo 2005.