Artículo publicado en Iniciativa
Socialista, número 51, invierno 1998/99. David Casacuberta es
profesor de Filosofía de la Ciencia y del Lenguaje y un conocido
activista por la libertad de expresión en Internet.
1. Introducción
El objetivo de este artículo es doble. Por un lado, quiere ser una
invitación al activista y al intelectual progresista para que dirija
su mirada a Internet y se dé cuenta de que, más allá
de las desajustadas visiones apocalípticas o paradisíacas
de algunos, la Red es o puede llegar a ser una excelente herramienta para
a) aumentar la participación ciudadana en las decisiones políticas
b) facilitar la comunicación entre grupos activistas y c) universalizar
el acceso a la cultura, el conocimiento y la información.
Pero sobre todo, este artículo quiere socavar las bases de un
mito: la idea de que la Red es el hogar natural de Adam Smith, que la mejor
forma de desarrollar y regular e Internet es reduciendo la participación
de los gobiernos a cero y permitir que la mano muerta del Mercado dirija
ese proceso, de la forma más eficiente posible.
Espero poder ofrecer elementos de juicio para mostrar en primer lugar
que esa idea es incorrecta y que de hecho es un concepto contra el que
deber estar en contra alguien "de izquierdas", pues su lógica natural
nos lleva a una Internet sin duda eficiente, pero también no igualitaria,
insolidaria y cuyas supuestas libertades no pasan de ser formales.
Yendo totalmente a contracorriente del anarquismo mercantil a la Nozick
que tanto entusiasma últimamente, mi posición es que los
gobiernos tienen un papel muy importante a la hora de cohesionar Internet,
y que la función del activista e intelectual progresista no es dar
la espalda ni a Internet ni a los gobiernos, sino estudiar este medio con
detalle, hacérselo suyo y movilizar las fuerzas políticas
vivas para que todo su potencial educativo y democratizador no se pierda
bajo mercantilistas criterios de eficiencia.
2. La importancia de Internet para la izquierda
Es fácil que el lector o lectora ya tenga cierta experiencia con
Internet. De hecho, si no conoce absolutamente nada del tema, es porque
debe vivir en algún ignoto lugar donde no llegan ni los diarios,
la radio o la televisión, o bien porque todo lo que sea nuevas tecnologías
le produce una curiosa alergia intelectual. Si estás en el primer
caso es fácil que Inciativa Socialista ni te llegue, y si estás
en el segundo, seguro que la palabra mágica "Internet" ha conseguido
que saltes rápidamente al siguiente artículo, así
que creo que puedo suponer que dispones de unos conocimientos mínimos
del tema, de forma que términos como "correo electrónico",
"navegar por la red" o "página web" no necesitan de una introducción
previa.
De todas formas, cierta familiaridad no implica poder escapar de los
clichés. Así, algún lector o lectora podría
pensar aún que Internet es una especie de centro virtual de la depravación,
en el que el principal tráfico de información es de tipo
ilegal: pornografía infantil, redes mafiosas globales, terrorismo
internacional, intrusos en ordenadores con intenciones criminales y otros
monstruos variados. Otra posibilidad razonable es que realice la cómoda
ecuación Internet=Televisión y piense que la Red es básicamente
un lugar de diversión y entretenimiento, donde uno puede ver pornografía,
comprar discos en el extranjero, conocer los resultados de la liga de futbol
americano o tener conversaciones intrascendentes en uno de esos "chats".
El primer cliché -internet como santuario del crimen- está
desapareciendo cada vez más rápidamente. Los analistas son
prácticamente unánimes al responsabilizar al periodismo amarillista
del éxito de tal cliché en tiempos pasados. Aunque algunos
aficionados a la "teoría de la conspiración" creyeron ver
un intento de los medios informativos tradicionales de sabotear el nuevo
medio, lo cierto es que la evidencia invita más bien a pensar en
cierta irresponsabilidad y en la explotación del "morbo". A principios
de los noventa Internet era una auténtica desconocida para el público
general, y había cierto desasosiego generalizado, como siempre que
algo radicalmente nuevo llama a la puerta de casa. De forma no demasiado
sutil, el periodismo poco escrupuloso decidió explotar ese "miedo
a lo desconocido" y así durante unos cuantos meses los ciudadanos
se veían asaltados por truculentas noticias acerca de redes de pornografía
infantil, malvados terroristas comunicándose entre sí de
forma secreta y otros escenarios de película de miedo. En un porcentaje
significativo de los casos, las noticias eran inexactas, en su inmensa
mayoría tendenciosas y, sobre todo, no reflejaban la esencia de
lo que era Internet. Afortunadamente, el público empezó a
cansarse de tanto amarillismo, y la fracción cada vez más
alta de lectores que tenían acceso directo a Internet empezaron
a alzar su voz y a quejarse ante simplificaciones tan burdas. Por su parte,
los medios de comunicación decidieron prestar una atención
más profesional al tema, contratando mejores profesionales y el
resultado final es una información bastante más objetiva,
aunque de vez en cuando escándalos sexuales o tramas asesinas salten
de Internet a los diarios.
Porque nadie va a negar aquí que en Internet hayan criminales.
Pero mafiosos, terroristas y pedófilos usan con mayor frecuencia
el sistema postal o el teléfono, y nadie va por ahí demonizando
esos sistemas de transmisión de la información. De hecho,
los analistas sobre nuevas tecnologías de la comunicación
y el crimen, y hasta la misma policía, insiste en que aparatos como
el teléfono móvil dificultan mucho más la labor de
investigación criminal que la "maligna" Internet.
El segundo mito, desgraciadamente, está más extendido.
Así, es muy significativo descubrir que todo un politicólogo
de nivel internacional como Giovanni Sartori cae en ese tipo de falacia.
En su libro Homo Videns. La Sociedad Teledirigida, Sartori desarrolla un
interesante análisis de la "Caja Tonta" y cómo consigue banalizar
nuestra cultura. Aunque no subscribiría todas y cada una de las
observaciones de Sartori, lo cierto es que se trata de un estudio pormenorizado
y bien argumentado. Sin embargo, cuando se trata de hablar de Internet,
Sartori se ventila el tema en pocas páginas haciendo equivalentes
Internet y los video-juegos, y éstos, a su vez, se igualan a la
televisión. Sartori comete errores imperdonables aquí, como
hablar del ordenador (y por extensión Internet) como "cultura visual",
olvidando que Internet sigue siendo en una parte muy significativa, texto,
y que allí podemos encontrar, efectivamente, pornografía
para una vida de contemplación, pero también revistas científicas,
literatura clásica y museos virtuales, todos de acceso gratuito.
La mejor forma de librarnos de estos mitos es considerar el potencial
de Internet y, sobre todo, en que diverge de la televisión. Luego
los contenidos concretos dependerán de lo que cada uno haga cuando
esté allí, pero no del medio en sí.
En primer lugar, Internet difiere de la televisión en la forma
de establecer la comunicación. En el mundo de las ondas, uno sólo
puede ser receptor pasivo: tener acceso a una emisora de televisión.
Realizar nuestros propios programas sólo está al alcance
de unos pocos millonarios. Por el contrario, publicar en Internet es muy
fácil, y barato. Evidentemente, requiere un desenbolso inicial de
un ordenador, y un tiempo para dominar arcanos como el HTML, el FTP y otras
siglas, pero una vez hecho, distribuir nuestras ideas, proclamas o manifiestos
y que estén al alcance de una audiencia mundial implica sólo
una llamada telefónica local. Incluso si lo comparamos con el más
simple medio de transmisión de ideas del activismo, el fanzine fotocopiado,
Internet lo supera, tanto en precio como en difusión.
En segundo lugar, el usuario medio de Internet no es un receptor pasivo,
como el de televisión. Quizás el famoso "navegar por la red"
pueda verse como un ejercicio equivalente al "zapping" televisivo, pero
normalmente los que estamos en Internet hacemos más cosas que visitar
páginas web: nos escribimos correos electrónicos, que pueden
ser simples epístolas de amistad, pero también un sistema
de coordinar un equipo de voluntariado, una forma de mantener una investigación
científica entre diversas universidades o incluso nuestra forma
habitual de trabajo. También recopilamos material para artículos
periodísticos o textos para clase, o asistimos a clases virtuales,
que pueden ir desde una carrera universitaria a un simple curso de como
usar un programa de dibujo en tres dimensiones.
Y en tercer lugar, la información que circula mayoritariamente
en Internet es textual. Y de nuevo, en su mayor parte, esa información
es cultura. Desde luego, cada uno escoge qué quiere ver, tanto en
televisión como en Internet. La diferencia principal es que en Internet
la información con valor cultural y educativo es la norma. En televisión
es la excepción.
Estas tres diferencias nos permitirán entender mejor porque
Internet es un espacio de comunicación vital para la izquierda.
Internet es un foro para la libre discusión de ideas en el que,
de momento, no hay filtros ni injerencias entre el emisor y el receptor.
Así, Internet es un espacio en el que florecen los medios de expresión
alternativos, gracias a los cuales cada vez un mayor número de ciudadanos
tienen acceso a información que, sin duda, tampoco es "objetiva",
en el sentido de desideologizada, pero que, por esta vez, no viene de los
mismos de siempre.
La facilidad de unir a los individuos entre sí, sin importar
las distancias geográficas, hace de Internet del instrumento más
importante para la democracia desde la imprenta. Grupos de activismo de
los temas más variados, no necesariamente sobre Internet o las telecomunicaciones,
que no tendrían en principio ninguna forma eficiente de movilizarse,
lo consiguen con poco esfuerzo y gasto mediante el correo electrónico
y las páginas web. Sociólogos y politicólogos insisten
en la importancia que tuvo Internet a la hora de dar a conocer el movimiento
zapatista de Chiapas y sus reivindicaciones. También podemos mencionar
el caso de la emisora B-92, cerrada por Milosevich y que siguió
transmitiendo desde la Red o, por poner un caso de rabiosa actualidad:
toda la coordinación entre ONGs movilizadas para que Pinochet fuera
extraditado de Inglaterra y juzgado por genocidio y crímenes contra
la humanidad, no habría sido ni la mitad de eficaz (suponiendo que
hubiera sido posible) sin el correo electrónico. Activistas de Chile
y Argentina utilizaron mensajes electrónicos cifrados para comunicarse
entre sí y con grupos españoles, pues los primeros muy probablemente
tenían las comunicaciones "pinchadas" por sus respectivos gobiernos.
E imagino que a nadie se le escapa la utilidad de tener acceso libre,
desde casa, a todos los textos básicos de la cultura universal.
Multitud de inviduos que por motivos de discapacidad, alejamiento geográfico,
pobreza, etc. no podían acceder a la cultura, la Red puede acercársela.
De hecho, es mucho más barato ofrecer a una población aislada
unos cuantos ordenadores, impresoras y un plato satélite para conectarse
a Internet que construir bibliotecas e ir enviando libros con regularidad.
Ciertamente, la inversión inicial es mayor, pero una vez en marcha,
los costes son menores, y la cantidad de información disponible
se multiplica de forma astronómica.
Evidentemente, me limito a describir potencialidades, no realidades.
Internet puede acabar siendo cualquier cosa: el templo de la cultura o
un magazine de entretenimiento televisivo. Para que la balanza se incline
a un lado o al otro es necesario asegurar una serie de mínimos.
3. Derechos y libertades civiles en Internet. El ciberactivismo
Si queremos que todos los potenciales bienes que nos puede ofrecer Internet
se hagan realidad necesitamos garantizar una estructura democrática
e igualitaria de Internet. Para conseguirlo, es necesario defender primero
unos derechos y libertades básicas que todo usario debería
tener garantizadas. La lista podría ser muy larga, pero es obvio
que hay dos derechos básicos sin los que nada tiene sentido: se
trata de la libertad de expresión y la privacidad.
Podemos hablar sin límite de lo excelente que es poder ser receptor
y transmisor simultáneamente, pero si existe algún tipo de
coacción legal o social que impida que yo pueda expresarme en completa
libertad, entonces ese supuesto valor pierde cualquier interés.
No estoy abogando por abolir toda restricción al derecho a expresar
la propia opinión. La libertad de expresión es un derecho
que, como cualquier otro, depende de y está limitado por los derechos
de los demás. El libelo, las amenazas de muerte o la apología
del genocidio siguen siendo delito dentro de la Red. No cambia nada que
las letras sean señales digitales en lugar de trazos de tinta. Lo
único que pide un activista serio de Internet es que no se restrinja
más el derecho expresar opiniones simplemente porque cambia el medio.
En breve: si algo puede decirse en un libro, se debería poder decir
también en la Red.
Y aún es más importante el derecho a la privacidad o
intimidad. Si mis comunicaciones pueden ser interceptadas y analizadas
por una tercera persona a la que no estaban destinadas, entonces esa supuesta
habilidad de organizar grupos de activismo sin fronteras se convierte en
agua de borrajas. Recuperando un ejemplo anterior: si las ONGs chilenas
y argentinas no hubieran podido comunicarse con Amnistía Internacional
y preparar manifestaciones y concentraciones para lograr la extradición
de Pinochet sin miedo a represalias, ¿dónde estaría
ese poder de la comunicación en Internet?
Por ello, cuestiones en apariencia frívolas, sacadas de una
película de James Bond, como la criptografía son cruciales
en la Red. Las comunicaciones en la Red son inseguras, y lo seguirán
siendo durante mucho tiempo. Cualquier persona, con un mínimo de
habilidades informáticas, puede leer mi correo electrónico
si le apetece. Es así que el software criptográfico -programas
de ordenador que convierten un texto en castellano o otra lengua en una
jerigonza de letras y números indescifrable para el que no tenga
la clave- es un derecho básico que todo usuario debería tener
a su alcance. Y pedirlo no significa ser un criminal y tener algo que ocultar.
Significa simplemente desear que nuestras comunicaciones sean privadas
y sólo lleguen a sus destinatarios.
Finalmente, todo ello no tiene sentido, al menos no si tenemos talante
democrático, si sólo una minoría tiene acceso. Es
por tanto básico defender el acceso universal: que todo aquel que
lo desee pueda acceder a Internet y aprovechar la información que
allí se encuentra, sin discriminaciones legales, geográficas,
culturales, sexuales, económicas y ese largo etcétera de
las discriminaciones. Ello implica llevar cables del algún tipo
a zonas remotas geográficamente, reducir precios lo más posible
y tener programas de ayuda para los más necesitados económicamente,
educar a todos por igual para comprender la importancia de Internet y saberla
utilizar, utilizar sistemas alternativos para que aquellas personas discapacitadas
sensorialmente puedan también obtener información, entre
muchas otras tareas.
¿Cómo defendemos estos derechos? Como en cualquier otro
tema que implique libertades básicas, uno no se puede quedar sentado
esperando que la bondad natural del ser humano genere esos derechos espontáneamente.
Es necesario actuar. Para ello existen diversas organizaciones de ciber-derechos,
que luchan para que esas libertades básicas sean respetadas en todos
los países conectados a la Red. Recomiendo al lector o lectora interesada
y con acceso a la Red que visite Fronteras Electrónicas España
(la organización que yo presido) en http://www.arnal.es/free,
La Electronic Frontier Foundation (el grupo que lo inició todo)
http://www.eff.org y GILC (una coalición
global, de la que forma parte Fronteras Electrónicas España
entre otras muchas organizaciones) http://www.gilc.org La Electronic Frontier Foundation es la organización decana
en estas lides, y su ideología impregna buena parte del credo y
actuaciones de la mayoría de grupos pro-ciberderechos. ¿En
qué consiste esa ideología? El nombre en sí ya es
significativo. Podríamos traducirlo por "Fundación para defender
la Frontera Electrónica". Esa "Frontera Electrónica" es traducir
al ciberespacio la idea del "salvaje oeste", en su sentido positivo: es
decir, un homenaje a aquellos pioneros que descubrieron nuevos territorios
y los colonizaron defendiendo sus propias leyes y sin ningún deseo
de influencia o control exterior. Ideólogos del movimiento como
John Perry Barlow han hecho mucho para extender esa concepción del
"pionero de la red", y publicaciones-mito como "Wired" (una revista en
su tiempo dedicada a la "cultura internet" y que progresivamente se ha
ido convirtiendo en una publicación de corte económico-ideológico)
consiguieron convertirla en la "posición natural", al menos dentro
del mundo de habla inglesa.
En síntesis, defender la Frontera Electrónica consiste
en hacer desaparecer toda influencia/injerencia/control gubernamental de
la Red. En una situación anarquista ideal, cada usuario y usaria
se hace responsable de sí misma y sus decisiones. La comunidad decide
qué está bien o que está mal por ella misma, sin necesidad
de que los gobiernos nos digan qué hay que hacer. Sin embargo, Internet
cuesta dinero: el usuario tiene que pagar por tener acceso y además
pagar el coste de las llamadas telefónicas. Por otro lado, ¿quién
garantiza el acceso a Internet, quién pone el capital para adquirir
servidores, modems, etc de forma que el individuo común pueda entrar
en esta fabulosa ciber-comunidad? Puesto que no queremos ni oír
hablar del estado, nuestra alternativa ha de ser el libre mercado y las
empresas. ¿Cuáles son las ventajas de las empresas en relación
al estado, según esta posición popular?
1) El gobierno es grande, mastodóntico, burocrático,
ineficiente. Por el contrario las empresas son muy ágiles (está
su dinero en juego) y muy eficientes.
2) La libertad de expresión está garantizada en un libre
mercado. Si alguien quiere ver pornografía, leer textos de ufología
o montar forums marxistas siempre habrá algún empresario
dispuesto a abrir ese nicho ecológico para obtener dinero.
3) La privacidad también lo está. El comercio electrónico
no puede funcionar sin transmitir información confidencial, como
números de visa. Por tanto, los empresarios son los primeros en
desear que la criptografía y la privacidad sean patrimonio de todos.
4) Cuando mayor es un mercado, mayores las oportunidades de venta.
Por lo tanto, nadie más interesado que el libre mercado en que todo
el mundo tenga acceso a Internet. Por otro lado, la riqueza genera riqueza,
y las desigualdades económicas se irán venciendo a medida
que se vaya creando más capital.
El constructo teórico está claro: "Vicios privados, beneficios
públicos", "la mano muerta del mercado", "lo privado funciona, lo
público no" y otros tópicos del neoliberalismo que sin duda
el lector o lectora conocerán perfectamente.
Así pues, la proclama está clara: echemos a los gobiernos
de Internet: el mercado egoista garantizará una estructura estable
y eficiente, y los usuarios nos organizaremos en estructuras democráticas
puras.
No pretendo generalizar, desde luego. Existe un número significativo
de organizaciones que no apuntan en esa dirección. Quizá
la más significativa sea Computer Professionals for Social Responsibility
(CPSR http://www.cpsr.org). Fronteras
Electrónicas no tiene una posición definida, y algunos de
sus miembros ven positiva esta posición ideológica, mientras
que otros somos bastante críticos.
Pero lo cierto es que esa ideología impregna la Red. Cualquier
intento gubernamental, por mínimo que sea, tiene inmediamente la
crítica sin paliativos de la comunidad Internet y hasta de los medios
de comunicación, mientras que iniciativas empresariales mucho más
nocivas pasan casi desapercibidas. Por poner un ejemplo actual, la reciente
huelga/boicot contra Telefónica puso de manifiesto cómo el
paradigma neo-liberal está de fondo a la hora de plantear lucha
y reivindicaciones. Así, un movimiento que podría haberse
amparado bajo el derecho al acceso universal (un derecho defendido por
las directrices de la Unión Europea sobre telecomunicaciones) y
haber tenido un claro posicionamiento político progresista se convirtió
en un regateo sobre precios. Los líderes principales de la huelga
ponían su esperanza en un futuro cercano en el que la "competencia
real" pusiera contra las cuerdas a Telefónica y la obligara a bajar
precios. Se aplaudió la patochada de que el Congreso de Diputados
aprobara casi por unanimidad la necesidad de una tarifa plana pero casi
nadie comentó que pocos días antes se había rechazado
un proyecto concreto, y, sobre todo, nadie insistió en el hecho
de que ese acuerdo unánime debería tener algún posicionamiento
político claro, unos objetivos a cumplir y planes a llevar a cabo,
para que tal acuerdo tuviera el menor sentido. Fronteras Electrónicas
España estuvo implicada en la huelga, y siempre he encontrado curioso
el rechazo casi total de los otros grupos a una propuesta mía personal
de hablar del acceso a Internet como un servicio público, y por
tanto sujeto a regulación y financiación estatal.
¿Es inevitable defender Internet y ser neo-liberal? ¿Es
realmente el mercado positivo, o al menos inocuo, a la hora de defender
los ciberderechos? Creo que esta es la pregunta que todo ciberactivista
progresista ha de hacerse. Yo intentaré dar algunas claves en el
siguiente apartado.
4. La Red, los Derechos y el Mercado.
Podemos admitir, por mor del argumento, que el libre mercado neoliberal
nos puede traer la Internet más eficiente. De todas formas, es muy
importante recordar que "eficiente" e "igualitario" son dos cosas muy diferentes.
Cualquier sistema que se guíe por un criterio ordinalista de justicia
utiliza criterios de eficiencia, que en economía reciben el nombre
de optimalidad paretiana. Es decir, una sociedad es justa sí y sólo
si no puede incrementarse la utilidad de nadie, sin generar a la vez una
pérdida de utilidad en al menos una persona.
Aunque a primera vista parece un criterio razonable, un sistema que
sólo prima la eficiencia es injusto, pues su única petición
es que los recursos estén distribuidos completamente. Así,
una Red en la que un 10% de la población es capaz de asimilar el
70% de la información, mientras que el resto se ha de contentar
con el 30% restante es una sociedad eficaz según criterios ordinalistas,
mientras no haya ningún pedazo de información que no utilize
nadie. Por el contrario, otra sociedad ideal en la que todos los ciudadanos
tengan acceso al 95% de la información es ineficaz, pues todavía
hay un 5% de la información que "no se aprovecha". Paradójicamente,
diríamos que la segunda sociedad es mucho más justa que la
primera.
En pocas palabras, una Internet justa e igualitaria implica unas normas
que no tienen porque surgir espontáneamente de la libre actuación
egoista de individuos, moviéndose por criterios de máxima
eficiencia. No estará de más recordar los estudios de Amartya
Sen (en su libro libro Poverty and famines. An Essay on Entitlement and
Deprivation) donde se muestra que estructuras sociales como la de Bengala
en los años 40 o Etiopía y Blangadesh en los setenta eran
sociedades en las que se respetaba el mercado y los criterios de eficiencia
de forma escrupulosa y, sin embargo, colapsaron en terribles hambrunas
en esas épocas.
Partiendo de esta línea de argumentación, podríamos
revisar los supuestos que comentamos en el apartado anterior. Así,
no está tan claro que la libertad de expresión esté
realmente garantizada en un libre mercado. Un proveedor de espacio en Internet
se guiará por criterios de eficiencia y no por motivos morales,
así que no es difícil pensar escenarios en los que cierto
discurso acabe siendo prohibido. En primer lugar, tenemos la posibilidad
de que en una sociedad esté tan mal visto un cierto concepto X (la
pornografía, el ateismo, que las mujeres paseen con la cabeza descubierta)
que el riesgo de enfurecer a la mayoría bienpensante, con la consiguiente
pérdida de clientela, no compense ofrecer espacio o contenido a
los que disfrutan de la pornografía, son ateos, o luchan porque
las mujeres del Afganistán no tengan que llevar las horrendas burkas.
Y eso es sólo un escenario posible. Quizás un empresario
activo decida trabajarse un nicho informativo muy estrecho, sin preocuparle
lo que opine la mayoría, siempre y cuando la minoría interesada
en ese nicho tenga suficiente dinero para pagarlo. Las minorías
sin activo financiero están de facto fuera de la sociedad de la
información gestionada por la mano del mercado.
La misma revisión crítica muestra las dificultades de
los otros mecanismos de salvaguarda de la privacidad. Aunque -desgraciadamente-
la única razón que hasta ahora ha impedido que los políticos
prohiban los sistemas de criptografía para uso privado es su funcionalidad
para el comercio electrónico, lo cierto es que seguridad en una
transacción bancaria y privacidad son cosas muy diferentes. Así
pues, hay una forma sencilla de tener comercio electrónico sin entregar
la criptografía a las masas. De hecho es obvia. En lugar de ofrecer
programas de comunicaciones con la posiblidad de cifrado, lo que se hace
es entregar a los usuarios programas específicos para efectuar transacciones
comerciales cifradas, sin posibilidad de usarlos para nada más.
Internet Explorer de Microsoft o el Communicator de Netscape ya ofrecen
esa posiblidad, y esa sería la única privacidad que tendríamos,
la económica, si la dejáramos en manos del comercio electrónico.
Finalmente, es en el acceso universal donde mejor se observa que la
utopía mercantilista es un gigante con pies de barro. ¿A
la Internet neo-liberal le interesa que acceda todo el mundo? Veamos, todo
el mundo *con poder adquisitivo*. Las personas pobres, aquellas para las
que Internet sería más necesario desde el punto de vista
educativo, por ejemplo, son precisamente aquellas para las que ninguna
Red neoliberal mostraría el menor interés, pues no pueden
participar de ese enorme supermercado que es para ellos Internet. Esa Internet
que, seguramente, sería muy eficiente, pero muy poco equitativa
y, desde luego, nada solidaria.
Y este modelo neoliberal de entender Internet adolece de graves fallos
teóricos. Aunque la libre competencia pueda ser garantía
de muchas cosas, lo cierto es que las relaciones empresariales en el mundo
del hardware y el software se parecen más al imperialismo que nos
describió Lenin que a las profecías de Adam Smith o Nozick.
No hay más que abrir los ojos para ver que la acumulación
de capital, la estandarización forzada y los mono u oligopolios
están al orden del día.
Detengámonos un momento frente al gran dinosaurio de la Red.
Microsoft. Dejando de lado el juicio que se lleva a cabo en Estados Unidos
contra la emrpesa de Gates (que aunque pueda tener efectos positivos, básicamente
está discutiendo si queremos el monopolio de Gates o bipolio de
Microsoft y Netscape), es fácil ver lo peligroso que es que una
empresa, sobre todo una que ha demostrado pasarse la ética por donde
hiciera falta, sea la proveedora de estándares para toda una red
mundial. Situémonos en los primeros momentos de la guerra Canal
Satélite/Vïa digital. A través de una serie de excusas
sobre estandarización, el gobierno consiguió detener la entrada
de un canal rival el tiempo suficiente para construir su propia plataforma.
Imaginémonos ahora un futuro cercano en el que sucede algo parecido
pero en Internet. Si una empresa (Microsoft, Netscape, Sun o quien sea)
tiene el monopolio del software usado en la Red, entonces es esa empresa
la que decide quién puede, cuando puede y por qué puede acceder
a la Red. Las posibilidades de abuso son tan claras que parece superfluo
argumentar aquí. Y en una Red neoliberal no se puede apelar a regulaciones
de la Unión Europea, pues lo que queremos es precisamente la no
injerencia del gobierno en los asuntos de Internet.
Y como digo, el tema del navegador estándar no es ni mucho menos
el principal. Gracias a que está vendiendo productos como Windows
98 -por nombrar el más reciente- a un precio que no tiene ninguna
relación con costos de creación, diseño o producción
(como mucho tienen relación con la avaricia de mucha gente) Microsoft
posee un excelente acuerdo con la Unión Europea para ofrecer sistema
operativo y programas de aplicaciones (el microsoft office) en todas las
escuelas europeas por un precio simbólico de unos pocos dólares.
De hecho, Gates podría regalar todos esos programas, o tirarlos
a la basura, y su imperio financiero no se resentiría lo más
mínimo. Pero está claro que sus intenciones no son humanitarias:
simplemente, el hecho de convertir windows/word/excel en los programas
por defecto que las nuevas generaciones se van a encontrar desde el principio
de su educación garantiza tener unos clientes fieles que nunca van
a usar una cosa que no sea Microsoft, pues están acostumbrados a
ello desde su más tierna infancia. Nunca he tenido muy clara la
legitimación ética de tales maniobras. Lo que sí me
parece obvio es que, puestos a buscar parecidos, me recuerdan más
a los actos de piratería financiera de un Onassis, De Morgan o Rockefeller
que a operaciones económicas racionales que nos traerán una
Internet democrática Ad Major Capitalismus Gloriam.
Y Microsoft no es más que un ejemplo destacado de una tendencia
peligrosamente general. Desde los periódicos a las emisoras de radio,
pasando por televisiones y, desde luego, las nuevas tecnologías,
la tendencia general es hacia la fusión: concentran más y
más capital y poder en menos y menos manos. Una de las razones por
las que Internet sigue siendo una estructura descentralizada es porque
nadie tiene propiedad sobre la mayoría de ordenadores que pueblan
la Red. Internet no es nada sin sus ordenadores, y una parte importante
de ellos está en manos de universidades, otra de gobiernos y otra
parte significativa en manos privadas. Bien, pues si la institución
americana conocida como FCC no lo impide, la fusion entre dos macro-compañías
de telecomunicaciones como WorldCom y MCI conseguiría que entre
el 40 y el 60% del tráfico en Internet estuviera bajo el control
absoluto de la nueva corporación resultado de la fusión.
Ello no significa, claro está, que a partir de ahora WorldCom/MCI
dominará los destinos de la Red, pero sí significa que -si
la fusión prospera- muchas cosas buenas que se podrían hacer
en Internet necesitarán primero la aprobación de esa corporación,
y no hay que ser adivino para sospechar que ciertas medidas como el acceso
universal no serán santo de su devoción.
Aún son más peligrosas las fusiones entre empresas de
diverso cuño. Así, Time Warner (que ya es resultado de una
fusión) se fusiona a su vez con Turner Broadcasting y la CNN; la
GTE compra BNN (que es un proveedor principal de Internet) y Microsoft
invierte en televisión por cable en Comcast. Estas fusiones pueden
ser mortales para la naturaleza democrática, participativa y educativa
de Internet, pues podrían transformarla en un gigante sistema de
televisión por cable. Entonces, todas las potencialidades descritas
en el segundo apartado de este artículo se irían al garete
y la única diferencia entre la Televisión e Internet es que
en Internet habría más canales para escoger el tipo de basura
que queremos ver.
¿Y cómo puede ser ello posible? ¿No es Internet
algo "global"? Lo cierto es que, cuando se mira con detalle, esa globalidad
se convierte de repente en "estadouneidad". La mayoría de las comunicaciones
de la Red circulan por equipo estadounidense. Así, la mitad del
tráfico intra-europeo o el intra-asiático en realidad es
transmitido por equipo de los Estados Unidos. A causa de ello, los proveedores
americanos pueden ofrecer espacio y conexiones a precios irrisorios, mientras
que los proveedores europeos han de pagar lo mismo a precios astronómicos.
El resultado final es que, al reducir costes, los proveedores de servicio
estadounidenses pueden invertir más, reduciendo aún más
los precios y el resultado final podría ser una "American Wide Web"
en lugar de la "World Wide Web". Por ejemplo, la India, con una población
de 900 millones de personas, dispone de una capacidad de conexión
a Internet para todos sus habitantes equivalente a la que tiene una LAN
que en los Estados Unidos se utilizaría sólo para una docena
de trabajadores en una intranet.
Y ello tiene consecuencias graves para todo el mundo. Es bien sabida
la habilidad de los programadores hindúes para hacer excelente software;
pero India no podrá despegar y hacerse un espacio en la Era de la
Información si primero no dispone de una Red suficientemente potente
para sus trabajadores. De nada sirve la capacidad de trabajo y la inventiva
si no hay materia prima sobre la que trabajar.
Estos pocos ejemplos ponen de manifiesto dos cosas: no sólo
que el modelo neoliberal no garantiza para nada los derechos y libertades
básicas en la red, sino que, de hecho, ¡lo que hace es ponerlos
en peligro! ¿Qué será de una Internet abierta a la
educación multicultural en una Red dominada casi completamente por
los Estados Unidos? ¿Cómo compite un pobre web que ofrece
-pongamos por caso-la obra completa de García Lorca, con canales
de video a tiempo real y con la garantía de la eficacia inmediata
del sexo, la violencia y el humor de sal gorda?
No hay soluciones fáciles para ese problema, pero lo último
que tiene que hacer una persona comprometida con la evolución y
mejoramiento de la sociedad es dar por inevitable esta situación
o, aún peor, defenderla como "el mejor de los mundos posibles".
5. El papel de los gobiernos en la Red.
Si el lector o lectora se toman la molestia de hacer una estadística
de las noticias que día a día recorren Internet acerca de
violaciones de derechos en la Red, descubrirá que la inmensa mayoría
tienen al gobierno en su punto de mira. Desde luego, si los gobiernos se
caracterizan por algo es por saltarse los derechos humanos cuando les viene
en gana, pero también es verdad que ya sea por falta de ganas, falta
de previsión o desconocimiento, Internet no es ni mucho menos su
campo de acción favorita. En realidad, para el desarrollo armónico
y democrático de la Red, los diversos contraataques entre Nestcape
y Microsoft desarrollando sus navegadores y haciéndolos incompatibles
entre sí son mucho más nocivos que el cierre por orden gubernamental
de unas páginas (que al cabo de dos días reaparecen en otro
sitio).
Hace un par de meses, el gobierno portugués decidió cerrar
"Terravista", una especie de geocities (un famoso proveedor en Internet
de páginas web gratuitas) pero sufragado por el estado. La razón
aducida fue la presencia de una versión pornográfica del
famoso cómic "DragonBall Z". La campaña de los activistas
fue muy significativa, y desde luego, fue muy necesaria, pero mucha de
la gente que lanzaba proclamas al viento parecía olvidar un par
de cosas:
1) El gobierno de Portugal decidió cerrar momentánemente
la página para reestructurarla porque temía la presión
popular. Sin duda, al equipo encargado de mantener Terravista les importaba
un pimiento que ponía la gente allí, pero la noticia salió
en un diario importante, de tirada nacional y temblando ante una campaña
hostil de la prensa del tipo "¡Nuestros impuestos para financiar
porno!" decidió cerrar el website. Salvo contadas excepciones, los
gobiernos "carca" no existen, o, si existen, la pornografía no es
precisamente su obsesión. Cuando un gobierno decide retirar una
página de la red por pornográfica no está pensando
en la salud moral de sus ciudadanos, sino en los votos que va a perder
si se hace público.
2) La inmensa mayoría de proveedores de Internet en Estados
Unidos hacen que el usuario se comprometa a no poner imágenes pornográficas
en sus websites. Se trata de una censura indirecta bastante clara y que
obliga -de momento- a que la afición pornográfica de alguien
(tan aceptable como el coleccionar sellos, siempre que no se vulnere la
legalidad) le salga mucho más cara. Y en el futuro, si nuestra sociedad
sigue "derechizándose" en temas sexuales, sólo las empresas
-que pueden costearse un servidor- podrán poner porno en la Red,
pero no los usuarios.
También es significativo el caso del envío de correo
masivo contra el servidor del Euskaherria Journal (un website de noticias
en la línea abertzale radical de un EH) tras el asesinato de Miguel
Ángel Blanco. Sin duda, se trató de un acto de sabotaje,
con contenidos censores. El caso se explica -aunque no se justifica- por
la tensión emocional que sufría el pueblo español
entonces. Lo que me interesa del caso ahora es que el primer acto censor
contra la órbita de ETA no vino del gobierno español, sino
de sus ciudadanos, actuando espontáneamente. No deja de ser significativo
que -al iniciarse el ataque- los ciberactivistas de fuera del país
se empeñaran en que el ataque en realidad estuviera orquestado por
el gobierno Aznar. Así, circularon bulos acerca de que una parte
importante de los mensajes provenían de servidores de la Guardia
Civil (extremo que no se probó nunca) o que El País -dirigido
por el gobierno, claro está- fue quien creó la consigna e
invitó al bombardeo. Lo cierto es que el bombardeo empezó
espontáneamente en la Red, y ya tenía una virulencia notable
en el momento en que El País dio la noticia. Ciertamente, El País
contribuyó a que el ataque fuera más masivo, pero en ningún
caso se le puede acusar de ser la "inteligencia gris" detrás.
La conclusión para mí es clara: los ciberactivistas sólo
quieren implicarse en aquellos casos en los que hay un gobierno censor
y malvado detrás, y eso es un grave error. Las fuentes principales
de los recortes de la libertad de expresión en la Red son resultado
de presiones sociales principalmente, y la desigualdad en el acceso depende
más de políticas económicas globales que por intervenciones
concretas de gobiernos. Ello no significa, claro está, que los gobiernos
sean santos. Tan sólo implica que la solución a nuestros
problemas pasa por oponernos a todo tipo de censura y no sólo a
la gubernamental.
Pero eso es sólo un primer paso. Una vez tenemos claro cuantos
enemigos tenemos exactamente, es necesario utilizar todas las opciones
que tengamos, y aprovecharlas, sin obsesiones de pureza ideológica.
Como señala Castells en su monumental trilogía "La Era
de la Información" -así como otros analistas- los estados-nación
están perdiendo fuerzas frente a las iniciativas del capitalismo
global. Pero ese sueño neoliberal en realidad parece que se transforma
progresivamente en una pesadilla. Como Castells, no tengo ninguna simpatía
por los estados-nación, pero parece que alternativa de grandes redes
de corporaciones dominando la economía global es aún peor.
Como ciudadano español dispongo de ciertos derechos que puedo
ejercer en cualquier momento. El gobierno español, como cualquier
gobierno de cualquier signo, básicamente utiliza el principio de
la fuerza (de cualquier tipo) para ejercer su control. Sin embargo, tiene
ciertas obligaciones con sus ciudadanos. A una mala, puedo votar cada cuatro
años y retirarles mi confianza si sus resultados no me gustan. También
existe una oposición que tiene como función vigilar las actuaciones
del gobierno cuando sea necesario. El panorama no es sin duda glorioso,
pero es mejor que nada. Tengo ciertas opciones -aunque sean mínimas-
en la política de un estado-nación.
Pregúntese ahora el lector o lectora que tipo de presión
podría ejercer sobre Microsoft. La verdad es que ninguna: no puede
escoger su presidente, jefe de marquéting o consejo de accionistas.
No puede vetar ninguna de sus políticas o recomendar un curso de
acción diferente. Dentro de Microsoft no hay ninguna oposición
vigilando qué se hace. Si en política las decisiones se toman
con bastante secreto, en una corporación como Microsoft el secreto
es total y absoluto.
Queda el arma del boicot, pero su efectividad es más que limitada
ante oligopolios como Microsoft, Intel o Sun. Por otro lado, la estructura
de capitalismo global, con sus complejas estructuras de red, hace que la
interrelación entre empresas sea tan enorme que plantearse un boicot
no tiene mucho sentido.
Resumiendo, los activistas tenemos la obligación de presionar
a nuestros gobiernos en relación a Internet. Pero no para que se
retiren y nos dejen a merced de los mercados globables. Tenemos que conseguir
que los gobiernos aprueben leyes progresistas. Leyes que realmente garanticen,
bajo la forma de contratos sociales, el acceso universal a la Red, la garantía
de que su potencial educativo va a mantenerse y que las comunicaciones
son seguras y libres. La eficiencia, la libre competencia y los beneficios
que nos ofrece el mercado sólo serán cosas buenas si primero
existe un marco legal que realmente garantiza la libertad, la igualdad
y la solidaridad. La era de la Frontera Electrónica, la era de la
ley del más fuerte ha de terminar. Necesitamos una Revolución
Electrónica que nos garantice una Civilización Electrónica,
donde los derechos básicos son realmente respetados.