| Ir a página principal de Iniciativa Socialista |
Martin Altmeyer es psicoterapeuta y escritor y trabaja en Frankfurt. Daniel Cohn-Bendit es diputado de los Verdes franceses en el Parlamento Europeo. Publicado en Die Zeit (http://www.zeit.de). Traducción de Ramón Cotarelo.
La biografía política de Joschka Fischer reafirma en su parecer a quienes siempre creyeron que el "realismo político" y el oportunismo son idénticos: el poder real corrompe el carácter; fomenta y exige la adaptación a las relaciones dominantes; las transformaciones sólo se consiguen desde el exterior y desde abajo, de resultas de la resistencia y mediante el contrapoder. Cuando, a raíz de Génova, el dirigente verde habla de "radicalismo izquierdista pasado de moda", los interpelados se reafirman en su desconfianza evidente ante la evolución de los verdes hacia el realismo político. Se forman dos bandos, que se increpan sin escucharse. Así no se llega a diálogo alguno.
Sin duda, entre los enemigos de la mundialización hay un grupo que combate a la policía tomándola por la porra del capitalismo, que sigue viendo en el Estado burgués al comité de la clase dominante y quiere desenmascarar al imperialismo en las conferencias internacionales. Pero sólo se trata de la minoría de quienes pretenden resucitar mediante la lucha de clases el odio que había entre los frentes en los años setenta.
No obstante, la cerrada incomprensión ante las protestas contra las problemáticas consecuencias de la mundialización lleva el agua al molino de una crítica social fundamentalista que desemboca bien en la indiferencia de la atonía política, bien en el desesperado radicalismo del hecho violento.
La nueva rebelión juvenil no reproduce en absoluto el izquierdismo radical del pasado, como les gustaría a muchos luchadores callejeros de antaño. La protesta se dirige contra un proceso invisible que, bajo la bandera del neoliberalismo económico permite, sí, que prosperen muchos países en desarrollo al incluirlos en el mercado mundial pero que, al mismo tiempo, genera nueva pobreza debido a la desigualdad de las reglas de la competencia internacional. Seattle, Göteborg o Génova son lugares simbólicos en los que se responde de modo concreto a una amenaza abstracta y donde la unidad decidida frente a la imposición de los ricos y los poderosos trata de que se oiga su exigencia vehemente de justicia mundial. Tratar de desacreditar a este movimiento acusándolo de ingenuidad política o de radicalismo trasnochado equivale a un oportunismo disfrazado de realismo político.
La última propuesta de Claudia Roth de incluir en el programa de Los Verdes la llamada "Tasa Tobin" para gravar los beneficios especulativos de las transacciones financieras no puede ya remediar los destrozos que ha provocado Joschka Fischer a los ojos de todo el mundo. El agrio forcejeo ayuda poco a un partido que antaño quiso ejercer justificadamente la función de vanguardia; delata, en verdad, una falta general de ideas en el programa político de Los Verdes. ¿Cuándo se escucha hoy la esclarecida opinión de Los Verdes en el curso del debate político general, en el debate sobre la sociedad de la comunicación y de la información y en el gran debate sobre la biotecnología (a excepción de la de Andreas Fischer)? Los trabajos preparatorios del Grupo Verde en el Parlamento Europeo sobre las cuestiones cruciales de la mundialización son ignorados en Berlín.
A causa de esta imprecisión de su línea, el Partido Verde
sufre hoy problemas visibles de aceptación en comparación
con la claridad de programa de una Partido Liberal que parecía haberse
hundido políticamente. Hay cuando menos tres razones para ello:
en primer lugar, cegado por la actividad política cotidiana, ha
perdido el contacto con los intelectuales. Sin las posibilidades y la función
multiplicadora de éstos, apenas cabe elaborar posiciones que avizoren
el futuro en esta época de opacidades (la situación de la
Fundación Heinrich Böll es un ejemplo de ello). En segundo
lugar, al haber premiado en su interior el fulanismo, el carrerismo y el
fraccionalismo el Partido Verde ha generado una cultura organizativa provinciana
que espanta a la juventud crítica. Y en tercer lugar, al contaminarse
con el realismo político a través del oportunismo, ha perdido
una parte de su crédito moral al que no puede renunciar sin pagar
un alto precio. Esto se ha evidenciado no solamente en los acontecimientos
de Génova. El silencio ante las cuestiones de gravedad ya se produjo
durante el escándalo sobre los donativos al partido (que en su carácter
corruptor suponía una inconstitucionalidad continuada) y no se debió
en modo alguno a las restricciones de una voluntad políticamente
realista que exigiera una moderación inteligente en aras de la causa.
Por las tres razones citadas el Partido Verde no quiere reconocer que en
medio de las relaciones opacas del proceso de mundialización está
creciendo una juventud políticamente sensible, con aspiraciones
intelectuales y una actitud cosmopolita cuyo fino olfato frente a la injusticia
trata de encontrar objetivos convincentes y cuyo firme compromiso pide
representación parlamentaria, a pesar de todas las explosiones de
cólera de adolescentes y las inevitables confusiones de la búsqueda
de la identidad, que suelen manifestarse en la necesidad de recurrir a
la violencia callejera. Hacerse cargo de esta situación, sin embargo,
debiera estar al alcance de un partido que surgió de un movimiento
de protesta moral igualmente radical y militante hace una generación.
| Ir a página principal de Iniciativa Socialista |