Daniel Cohn-Bendit y Alain Servantie
Un proyecto secular e integrador
de la diversidad cultural europea
* Versión original en francés en Confluences Méditerranée,
París, nº52- Invierno 2004-2005, pp. 41-53. Traducido al castellano
por Margarita Díaz, con autorización de los autores, para Iniciativa Socialista nº
75, primavera 2005.
¿Pervive todavía un sueño americano que centellea como
los neones brillantes de las palmeras de zinc de Las Vegas? ¿Hay en
el sueño europeo algo más que un confort residual del último
medio siglo de un Estado-providencia en descomposición bajo las embestidas
de la globalización? ¿Existen valores europeos originales,
distintos a los valores universales de respeto a la persona, de igualdad
entre sexos, etc.?
Desde el inicio de la época colonial, ¿no han sido los rasgos
culturales europeos banalizados, exportados al mundo entero, regurgitados
hoy en la salsa hollywoodiense? ¿Compartimos los mismos valores que
Estados Unidos –derechos humanos, Estado de derecho, solidaridad social-
o que otras regiones, sobre todo de América Latina, que han abolido
la pena de muerte? ¿Son reversibles los valores? ¿Para qué
sirve tener una identidad? ¿Cuál es nuestra identidad europea?
¿Es necesario definirla?
Cuando la religión ha perdido su papel identificador en una Europa
descristianizada, ciertos ideólogos y políticos intentan encontrar
otros factores simplistas de identificación, calificados con el vago
término de “estructuras políticas profundas”, sin tomar en
cuenta el factor tiempo, necesario para la difusión de los cambios
económicos y sociales, variable según las regiones del mundo.
Intentar delimitar el sentido de lo que significan una “identidad” y una
“cultura” europeas requiere de nuestra parte un cuestionamiento de memorias
nacionales más o menos mitificadas, alimentadas de vanidades étnicas.
Esto debe permitirnos aprehender nuestro pasado de forma abierta y crítica,
tomando en cuenta los particularismos, operando una catarsis indispensable
para llegar a asumir una identidad que se adapte a las evoluciones del mundo.
Europa no puede jactarse de tener una sola fuente
La cultura no es, ni mucho menos, la pertenencia a una familia lingüística.
Es una trampa asimilar cultura, lengua, etnia y territorios, trampa utilizada
demagógicamente para adular a una base electoral que, por esencia,
está enraizada localmente. Ciertos lingüistas sugieren que la
patria originaria de los indoeuropeos es Anatolia o los Balcanes, y que sus
diferentes ramas se expandieron por Europa, al tiempo que se introducía
la agricultura. Pero como demuestra el examen de la organización de
las transferencias culturales, en ninguna parte una técnica está
ligada a una lengua dada. Los diferentes aspectos de la cultura (tecnología,
pero también arte y religión) se difunden por ondas, por olas,
que se recobran y se confirman, con una progresión proteiforme, merced
a los climas y a las corrientes comerciales, obedeciendo en mayor medida
a una lógica caótica independiente de las evoluciones lingüísticas
que a cualquier linealidad. Asimilar indoeuropeo y agricultura es un hold-up,
una usurpación intelectual insidiosamente racista. El hitita, en Anatolia,
la más antigua lengua indoeuropea escrita, ha tomado prestados de
las lenguas autóctonas los términos propios de las producciones
agrícolas locales. Incluso la escritura de los hititas fue tomada
prestada de los mesopotámicos, así como las primeras monedas,
las letras de cambio, los seguros o una parte de su panteón de divinidades.
La ideología indoeuropea ignora la originalidad de lenguas como el
vasco o el etrusco, el finés o el húngaro o las lenguas caucasianas.
Los lingüistas modernos avanzan la hipótesis de que si nos remontamos
más de quince mil años atrás, la mayoría de las
lenguas habladas en Europa, alrededor del Mediterráneo y hasta en
Japón, podrían ser agrupadas en una misma metafamilia lingüística.
La herencia cultural de Europa procede de un humus rico y diversificado de
culturas y de creencias, del cual el horizonte judeocristiano no es más
que un elemento. Tras la última glaciación, el paisaje europeo,
laminado y empobrecido, fue vivificado por la agricultura inventada en Mesopotamia
y en Anatolia, gracias a la transmisión de la cultura del trigo y
de la viña, plantas originarias de estas regiones. Las líneas
de separación entre las culturas y, por tanto, entre las cocinas (vid/lúpulo,
cerveza/vodka, mantequilla/aceite) transcienden las divisiones políticas
o lingüísticas. Para la vid, esa línea atraviesa Francia
desde la Charente hasta la Champagne, para seguir por Alemania, Hungría,
Rumanía y Turquía; la del aceite, pasa igualmente por Francia,
y continua por el norte de Italia hasta alcanzar el mar Negro en Tracia.
El norte de Anatolia utiliza tradicionalmente la mantequilla. La vid y el
panteón de divinidades ligado a su cultura se difundieron por Europa
meridional a partir de Anatolia: el dios hitita del vino y de la vegetación,
Telepinu -cercano a los dioses de los panteones mesopotámicos, Tamûz
y Attis-, que desapareció en los infiernos y resucitó, es el
ancestro directo del mito de Dionisos, adoptado por la mitología persa
bajo el nombre de Djemchit, inventor del vino.
El tema del descenso a los Infiernos se metamorfoseó sincréticamente
en el mito cristiano de la resurrección. La genealogía de los
mitos de la Biblia se pierde en la noche de los tiempos, como el mito de
Noé, según un proceso antropocéntrico de evolución
de las religiones que se extendió durante miles de años. Así,
las diosas-madres, engendradoras y alimentadoras, adoradas en el perímetro
del Mediterráneo en las primeras épocas de la agricultura,
se van progresivamente metamorfoseando en Hera y Afrodita, después
en María, antes de ser sustituidas por dioses machos, símbolos
de la fuerza militar.
La imagen divina deviene cada vez más abstracta hasta el punto de
eclipsarse en la invocación del Yahvé de los hebreos, del Alá
de los musulmanes o del dios de los iconoclastas, hasta desaparecer completamente
en un ateísmo cuyas premisas se encuentran en una filosofía
árabe que desarrolla el materialismo de filósofos griegos anatolios
(Epicuro). La desaparición del culto a las mujeres en el judaísmo
y en el Islam marca una transición desde el matriarcado hacia un patriarcado
omnipotente. Pero como contrapartida a este proceso de abstracción,
por todas partes han pululado los morabitos [tumbas de anacoretas convertidas
en lugar de peregrinaje], los más accesibles santos locales, las fuentes
supuestamente milagrosas, objetos de un culto más inmediato, herencia
común de los cristianos y los musulmanes en torno al Mediterráneo.
El machismo y las actitudes hacia las mujeres en la familia son rasgos comunes
a las culturas del perímetro mediterráneo, independientemente
de la religión; hoy la liberación de las mujeres funciona de
forma similar entre Portugal y Turquía, con un poco más de
retraso en los países árabes: conquista de la paridad con los
hombres, participación en la vida profesional y política, control
de la natalidad.
Una parte importante de la herencia intelectual de la Antigüedad nos
ha sido transmitida por los árabes, que, sobre bases greco-hindúes,
construyeron el álgebra, la trigonometría y la astronomía
moderna, -que abrió la vía a la revolución copernicana-,
enriquecieron la medicina (anestesia, utilización de la música
en las enfermedades mentales, farmacología) y la química; mejoraron
la óptica y la meteorología utilizadas sobre todo para la navegación
(astrolabio). En el siglo XI, en Toledo y en Sicilia, cristianos y judíos
comenzaron a traducir el saber greco-árabe al latín y al hebreo,
en una atmósfera de simbiosis de las tres grandes culturas medievales
(musulmana, judía y cristiana) sin igual en un Occidente cristiano
generalmente intolerante. Estos contactos medievales posibilitaron la lenta
incubación del espíritu experimental del cual nacieron, en
el Renacimiento, la filosofía y la ciencia modernas, reduciendo progresivamente
la relación sagrada entre el ser humano y el mundo que había
prevalecido hasta entonces.
Herederos a su vez de la tradición bizantina y de la cultura árabo-persa,
los otomanos y sus sucesores turcos representan un sincretismo original de
diferentes fuentes de la cultura occidental. El misticismo religioso (los
“sufís”) se expresa en parecidos términos en Mevlana y San
Juan de la Cruz. En el plano de las relaciones internacionales, los turcos,
continuadores del imperio romano de Oriente, retomaron por su cuenta los
pasados acuerdos con las repúblicas italianas. Constantinopla llegó
a ser, en el Renacimiento, un importante centro de la diplomacia mundial,
donde se elaboraban los usos del derecho internacional. La cuestión
no es saber por qué el Imperio otomano declinó y desapareció,
sino saber por qué duró mucho más que los efímeros
imperios coloniales francés y británico, por qué durante
cuatro siglos permitió la coexistencia con un mínimo de conflictos
de 72 grupos de culturas muy diferentes, los denominados “millet”, esferas
de poder muy autónomas organizadas en torno a una comunidad religiosa.
El imperio otomano, debido, sobre todo, al sistema de los Jenízaros,
constituyó un poderoso crisol que integraba a pueblos muy diversos,
esencialmente europeos. Una de las fuerzas de integración fue el sistema
de educación uniforme para las élites administrativas, impuesto
en el marco del dev_irme, conversión forzada de los hombres jóvenes
elegidos por sus cualidades físicas o intelectuales, dando la posibilidad
de promociones basadas en el mérito y asegurando una integración
de los grupos étnicos periféricos por el ascenso de sus representantes
a los más altos cargos del Estado, como ucurrio con el serbio Sokullu
o el bosnio Köprülü, que llegaron a ser grandes visires. De
hecho, el Imperio otomano no buscó llegar al mismo grado de cohesión
y de integración social que los Estados-nación del tipo de
Francia o Inglaterra. En efecto, la fidelización sobre un territorio
que en 150 años se extendió desde las puertas de Viena al Yemen,
desde el mar de Azov a Orán, sólo podía lograrse, como
en el antiguo imperio romano, atrayendo a las élites comerciantes
y rurales, es decir, tolerando las especificidades culturales y religiosas,
alentando las conversiones sin forzarlas, limitándose a imponer el
uso de una lengua administrativa para los usos exclusivos del ejército
y de las finanzas (el turco otomano) pero no para el resto de la vida civil
o económica. De esta forma, el imperio otomano preservó la
existencia de las Iglesias ortodoxa y armenia, y ofreció cobijo a
los judíos perseguidos en Europa, a los circasianos y tártaros
oprimidos por el expansionismo zarista. Las migraciones y las conversiones
condujeron a la formación de una élite “otomana”, sin, por
el contrario, acarrear la desaparición de grupos y culturas muy diferentes
que coexistían entre sí, sobre todo en las grandes ciudades.
Ese fue el caso, por ejemplo, de los judíos sefardíes que hablaban
ladino en Salónica y Estambul, junto a griegos, turcos, armenios y
católicos latinos italófonos (“levantinos”).
El imperio otomano fue socavado por la contradicción interna existente
entre un derecho personal de origen medieval, que durante el siglo XIX las
potencias occidentales procuraron incrementar imponiendo privilegios para
las “minorías”, y un derecho secular, laico, de base territorial que
no hacía distinción entre personas en función de su
origen étnico o de su religión, y que ha pasado a ser la regla
en los países occidentales. La República de Ataturk consagró
la adhesión de Turquía a esta segunda orientación.
Las exclusiones de las herencias religiosas
Si los polacos hacen referencia a la herencia cristiana medieval es porque
la cristianización inauguró la escritura de su lengua y constituyó
su entrada en la historia nacional. Pero referirse a la herencia cristiana
de Europa significa retomar el lenguaje que en 1828 utilizaba el ministro
de Asuntos Exteriores de Carlos X, Chateaubriand, en relación a las
primeras reformas en Turquía: “Pretender civilizar a Turquía
facilitándoles barcos de vapor y ferrocarriles, disciplinando sus
ejércitos, enseñándoles a manejar sus flotas, no significa
extender la civilización en Oriente sino la barbarie en Occidente…
un pueblo cuyo orden social está fundado en el esclavismo y la poligamia
es un pueblo al que hay que devolver a las estepas de los mongoles… Todos
los elementos de la moral de la sociedad política se encuentran en
el cristianismo, todos los gérmenes de la destrucción social
están en la religión de Mahoma. Se comenta que el actual sultán
ha dado pasos hacia la civilización: ¿es porque ha intentado,
con la ayuda de algunos franceses renegados, de algunos oficiales ingleses
y austriacos, someter las hordas fanáticas en ejércitos regulares?
¿Y desde cuándo el aprendizaje maquinal de las armas es la
civilización? Es un gran error, es casi un crimen haber iniciado a
los turcos en la ciencia de nuestra táctica; hay que bautizar a los
soldados a los que se disciplina, a menos que se quiera promocionar intencionadamente
a los destructores de la sociedad”.
Los discursos, imbuidos de imágenes nostálgicas recibidas de
la educación clásica, que asimilan Europa a una herencia grecolatina,
estereotipada, estática, sin relación con la realidad actual,
y clasifican a la Turquía de hoy en un Oriente extraño, repitiendo
viejos prejuicios de una fácil dicotomía entre un Occidente
que se autoproclama activo, organizado, científico, racional, industrial
en el sentido dado por Max Weber, y un Oriente supuestamente introvertido,
pasivo, sensual, irracional, emocional, conservador, fatalista. Oposiciones
simplistas como éstas justificaron, antes de 1940, el proceso de colonización,
oponiendo el hombre civilizado, supuestamente racional, al primitivo. La
carnicería de la segunda guerra mundial arruinó para siempre
esas vanas pretensiones. Para afirmar abruptamente, como hacen algunos, que
Turquía no es europea, se tendría que poder afirmar que existe
una cultura unitaria europea. ¡Y nada es menos evidente! La acumulación
de argumentos invocados para poner en duda la posibilidad de integración
de Turquía en la UE, tanto los que se refieren a la geografía
como los que lo hacen a la historia, la geoestrategia o los “criterios de
Copenhague”, indica la incertidumbre de aquellos que los invocan sobre la
naturaleza de una identidad europea. Esta abundancia argumental traduce la
carencia de un proyecto europeo mal digerido y testimonia el malestar que
provoca la ausencia de un vínculo de identidad secular que pueda permitir
a los individuos reconocerse sin equívoco en una comunidad política
y de valores.
Invocar la herencia cristiana de Europa es olvidar la Inquisición
y la censura del Index. A la luz de las hogueras y bajo la amenaza de un
infierno perpetuo, la Iglesia trató de frenar el poder de atracción
sobre los espíritus medievales de una religión sexualmente
tolerante que proponía una vida fácil en este mundo y también
el goce físico después de la muerte. El temor a que las gentes
simples pudieran ser atraídas por una religión que exigía
pocos esfuerzos y renunciaran al catolicismo se ha reproducido en términos
parecidos en la literatura anticomunista del último siglo, cuando
los ideólogos occidentales fustigaban a aquellos que proponían
la felicidad sobre la tierra, sin mucho trabajar, contra el valor primordial
subyacente al mundo liberal: ¡el trabajo! Herencia cristiana son también
las masacres de las Cruzadas, la trata de esclavos y el apartheid, la revocación
del Edicto de Nantes y las dragonadas desencadenadas por Luis XIV contra
los hugonotes, la limpieza étnica practicada por los austriacos contra
los musulmanes después de la reconquista de Hungría y por los
griegos tras la independencia de su país, los progromos contra las
comunidades judías de Europa oriental, los ojos cerrados de la Iglesia
ante la Shoah, el apoyo del Opus Dei a dictaduras en América Latina,
la frustración de las mujeres en sus propios cuerpos bajo la asfixia
puritana del calvinismo y del jansenismo…
Resulta paradójico invocar la herencia religiosa en una Europa donde
el apego a la religión se hunde, donde las prácticas religiosas
desaparecen, donde las vocaciones se apagan, según un proceso que
también ha penetrado más rápidamente en las élites
de ciertos países islámicos, como Turquía, que en los
Estados Unidos. Sin embargo, en ciertos Estados miembros (Reino Unido, Francia)
el Islam ha pasado a ser la segunda religión, religión que
juega el papel de imán en ciertos inmigrantes sobre los cuales ni
el espejismo de ideologías socializantes vacías de sentido,
ni el liberalismo desenfrenado juegan el papel de motor de integración,
ni ofrecen ya un ideal de vida. Considerarse musulmán es una forma
de reivindicación social, dejando de lado, como secundario, el origen
nacional; es, de hecho, un modelo de integración en la sociedad occidental.
Esta fuerte presencia del Islam constituye un rasgo cultural similar, nuevo
para la mayoría de los países de Europa, pero las reacciones
no son las mismas; mientras que las autoridades británicas adoptan
una actitud generalmente no intervencionista, como en los Estados Unidos,
recientemente hemos visto que Francia sigue, en lo que respecta al Islam,
una tradición galicana de organización y de control de la religión
por el Estado.
La tolerancia moderna no ha nacido de la paz de Augsbourg (1555), presentada
a menudo como fundamento de la tolerancia religiosa en el Sacro Imperio,
sino que supuso un remedio para salir del paso por el que se consagraba la
autoridad de los príncipes sobre los súbditos de sus territorios
en materia de religión, según el principio cujus regio, ejus
religio; esta paz fue el toque de difuntos para el sueño del retorno
de un imperio universal bajo los Habsburgo. Los Estados con religión
de Estado, Reino Unido o países escandinavos, son herederos de los
príncipes de Augsbourg. La nacionalidad se basa, parcialmente, en
la religión para los irlandeses, los griegos, para Israel (griegos
o judíos de diásporas dos veces milenarias), los turcos (en
su carnet de identidad se menciona la religión, como antes el Islam
se mencionaba en Yugoslavia). Y hoy el principio ejus regio, cujus religio
se ha transformado en ‘un territorio, una nación, una lengua’.
La tolerancia moderna nació, más bien, en el siglo XVI, en
Transilvania, principado vasallo entonces de los turcos, donde se aceptó
el principio de igualdad entre católicos, luteranos, calvinistas y
judíos en las dietas de Torda. En esta línea, la tolerancia,
promovida por los francmasones en la Europa de las Luces, fue arrancada a
las iglesias y a las sectas. La construcción de los Estados-nación
pasó por la laicización progresiva del derecho, por la separación
entre religión y Estado desarrollada por los juristas y los politólogos
del Renacimiento, de Maquiavelo a Jean Bodin. La Revolución francesa
y su anticlericalismo son un elemento esencial de la herencia europea. Los
primeros proyectos de unión europea, desde el abad de Saint-Pierre
y Leibniz hasta Víctor Hugo, apartan a la religión y la reducen
a una cuestión de conciencia personal, a fin de evitar los asuntos
contenciosos y apuntando a la organización de las relaciones entre
Estados, al libre movimiento de mercancías y de individuos. Los símbolos
son peligrosos cuando excluyen y dividen.
Ni los Tratados que crearon la Unión, ni las convenciones que crearon
el Consejo de Europa hacen referencia a la religión. El preámbulo
de la convención que inaugura el Consejo de Europa se refiere a la
adhesión “a los valores espirituales y morales que son el patrimonio
común de sus pueblos y que se encuentran en el origen de los principios
de libertad individual, de libertad política y de preeminencia del
derecho, sobre los cuales se funda toda verdadera democracia”. En cuanto
a la convención europea sobre los derechos humanos, se afirma en términos
absolutamente claros la libertad de conciencia (artículo 9). De esta
forma, el rasgo esencial de nuestra identidad es nuestra diversidad.
Afirmación de un proyecto secular integrador de la diversidad cultural
Europa no comparte valores inmanentes revelados, comparte formas de convivencia.
Cuando los Estados-nación, en el sentido del siglo XIX, dejan de responder
a los desafíos presentes, cuando los gobiernos tradicionales no cumplen
ya ciertas funciones trasladadas a un nivel superior por la construcción
europea, la globalización o la privatización de los servicios,
los Estados federados clásicos hacen implosión. Allí
donde la diplomacia tradicional cede el paso a los compromisos institucionales,
ciertas burocracias, que pierden una parte de su razón de ser en materia
de política internacional y a las que sus tradiciones nacionales discapacita
en gran medida, sufren un repentino ataque de soberanismo y tienen serias
dificultades para imaginar el futuro en términos pluriculturales,
por lo que continúan alentando una fragmentación territorial
justificada por la glorificación de los pasados rasgos culturales:
Estados bálticos, escisión de Checoslovaquia, implosión
de Yugoslavia. Puede temerse que la continuación de una política
así conduzca, a la manera del Santo Imperio Germánico, a la
proliferación de pequeños cacicatos que establezcan su poder
sobre una estrecha ideología nacionalista: lenguas impuestas, historia
local reescrita ignorando siglos de cohabitación, repliegue a valores
religiosos caducos como elemento fundamental de la identidad, etc. Los acuerdos
de Dayton, lejos de restaurar un sistema pluricultural, se apoyan en una
división del territorio de carácter religioso, próximo
al sistema de la paz de Augsbourg. Las constituciones que ofrecen garantías
en términos étnicos perpetúan las divisiones, en lugar
de aportar soluciones; consiguen paralizar la administración y estimular
la mentalidad pueblerina multiplicando los privilegios particulares, en lugar
de crear un pueblo y una nación comunes, como señaló
el antiguo ministro de Justicia francés, Badinter. El integrismo nacionalista
de los Balcanes, de Chechenia, de ciertos extremistas vascos o flamencos
tiene su semejante en los movimientos de extrema derecha del Reino Unido,
de Polonia o de Rumanía que atizan el desencanto de las clases medias
y populares que han perdido la esperanza de un futuro mejor con el hundimiento
de la ideología socialista.
¿Puede Europa superar la dialéctica reductora entre Estado
nacional cerrado y melting-pot a la americana? En EEUU, en Brasil, en Australia,
los inmigrantes han venido y vienen todavía hoy dispuestos a romper
con su cultura de origen para mejor asegurar la integración de sus
hijos en el país de acogida. Los judíos sefarditas que habían
conservado el uso del ladino, el español medieval, durante quinientos
años en las ciudades otomanas, lo han perdido en dos generaciones
al emigrar a los EEUU o a Israel. Algo así ocurrió en Francia,
en el Reino Unido, en Bélgica con los inmigrantes de antes de 1960;
los magrebís, los polacos, los italianos, se integraron y renunciaron
al uso de lenguas sentidas como dialectales, subdesarrolladas. Este proceso
se ha visto frenado hoy por la rapidez y el bajo coste de los transportes,
por la apertura de las fronteras y el gran acceso a los medios de comunicación,
sobre todo televisivos, en la lengua de origen.
La apertura de los mercados y la proximidad física han permitido mantener
en Europa tradiciones alimenticias originales, mucho más que en Estados
Unidos. Los grupos étnicos pueden, gracias a las nuevas tecnologías,
desarrollar medios para hacerse conocer, albergando sus sitios web en las
universidades u ONG a los dos lados del Atlántico. En un sentido,
la reciente evolución multicultural que vemos en Europa, lejos de
estar a remolque de un modelo estadounidense, que sería el parangón
de la integración, probablemente anticipa una evolución que
los EEUU conocerán con la inmigración a mayor escala proveniente
de América Latina o de Asia. La política estadounidense pone
el acento para la integración en la educación, mientras que
el 90% de los nuevos inmigrantes provienen de países no anglófonos.
Uno de los pilares del melting-pot americano es la tolerancia extrema en
materia de religión, derivada de sus tradiciones desde la Independencia:
la aculturación funciona porque los inmigrantes vienen en busca de
una tierra de oportunidades económicas y que no se cuestiona su libertad
religiosa.
Europa tiene que inventar nuevas formas de vida en plural, nuevos vínculos
de participación democrática que conduzcan a una corresponsabilidad
sobre los asuntos mundiales. Tiene que constituir un marco en donde se admita
la pertenencia a múltiples identidades, -que correspondan a los diversos
niveles de pertenencia local, regional, nacional y europea que se perfilan
en la Europa actual, además de a comunidades sin relación directa
con el territorio, para los emigrantes, los bilingües. Este tema es
infravalorado por las burocracias locales reticentes a una “ciudadanía
europea” que los haría perder un elemento esencial de control sobre
la población y de su poder. La sugerencia de nacionalidad europea,
presentada por los romanís, es una alternativa, aunque pueda pasar
por casi racista si tiene como objetivo excluir de raíces territoriales
a grupos a los que clasifica como alógenos –por ejemplo, los romanís,
que representan entre el 5 y el 10% de la población en ciertos países
de Europa del este-, a fin de exonerar a las autoridades locales de una responsabilidad
transferida a un plano más global, puede jugar también el papel
de una aspiración ascendente, para los refugiados, para los inmigrantes,
con tal de que les sean reconocidos todos los derechos y que no exista ninguna
discriminación hacia ellos. Debemos imaginar un sistema europeo en
donde el pasaporte no esté vinculado a ningún territorio concreto,
sino que concederá derechos sobre todo el territorio de los países
de la Unión, permitiendo conservar rasgos personales como la lengua,
la religión, etc. Dicho de otra forma, al igual que la religión,
la lengua no puede ser adscrita a ningún territorio.
La Unión debería trabajar no sobre principios de valores, sino
sobre procedimientos de convivencia, sea cual sea la naturaleza y el origen
del vecino; de solidaridad entre regiones, entre generaciones, entre grupos
sociales que vivan en el conjunto del territorio de la Unión, en los
ámbitos de la enseñanza, de la sanidad, del acceso a las infraestructuras
de comunicación, sobre reglas de funcionamiento de los instrumentos
de solidaridad. En relación con el empeño del Consejo de Europa,
se debería impulsar una reescritura colectiva de la historia, que
no pase por alto ni las realizaciones positivas, ni los fracasos, pero que
conciencie de lo que se debe evitar en el futuro. La formación de
periodistas a escala europea debería ser coordinada y abierta en el
conjunto del continente. No es el suelo lo que crea la cultura, sino el intercambio
de ideas, el comercio, el arte, los encuentros, la comunicación.
Los ultras del liberalismo dejan entender que el único valor es el
trabajo, en una economía donde los poseedores del capital serían
los principales decisores. La globalización acelera la erosión
de conquistas sociales de varias generaciones, caricaturalmente descritas
como obstáculos al crecimiento económico. ¿Quieren lanzarse
los europeos a tumba abierta hacia una política económica del
exclusivo beneficio a corto plazo? ¿Van a olvidar que los seres humanos
tienen también derecho a la pereza, a la cultura, a las relaciones
humanas fuera del comercio, un valor cada vez más despreciado en los
países postindustriales?
Uno de los impulsos de la construcción de una cultura europea será
la capacidad de adaptación a la dinámica de una diversidad
cada vez más movediza, al cambio. No se trata de eliminar las diferencias
culturales específicas ni de ignorar la importancia del impacto de
una eventual adhesión turca sobre el conjunto de la Unión;
pero en el plano político, toda integración debe proceder de
una voluntaria intención política de admisión y de reconocimiento
de la alteridad, intención que se encuentra en la base de la construcción
de una comunidad política europea.
El rechazo a la integración es una actitud racista que, a despecho
de fenómenos de aculturación de ayer y de hoy, crea barreras
discriminatorias entre culturas. La relación intrínseca entre
modernidad y valores de Occidente no implica una confusión de proyectos
entre la UE y los EEUU, ni aceptación beata y naif de una globalización
abandonada a las fuerzas sacralizadas del mercado, ni, sobre todo, al rechazo
de otras culturas. La deconstrucción de mitos identitarios no es sinónimo
de una ausencia total de puntos de anclaje, sino la ocasión de ampliar
los horizontes de nuestra identidad, lo que quiere decir que, tanto para
nosotros como para los turcos, son necesarios cambios drásticos sobre
la noción de soberanía, sobre los conceptos Estado/nacionalismo,
sobre las relaciones entre autoridad y religión. Estamos solamente
al inicio de la construcción de una Europa de las culturas.