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1. Condenamos radicalmente la planificada y despiadada matanza del 11 de septiembre de 2001 en Washington, Nueva York y Pensilvania. Expresamos pesar por las víctimas y solidaridad con sus familias y amistades, con las personas heridas, con quienes han perdido o perderán sus empleos, con quienes sufren por lo ocurrido. Rendimos homenaje a quienes perdieron o arriesgaron su vida en los equipos de rescate, bomberos, policías o voluntarios como los miembros del Local 40 de la Unión de Trabajadores del Acero, que nos han recordado la extraordinaria y poco conocida historia solidaria del movimiento obrero estadounidense.
2. Esta masacre no es un acto rabioso de los desposeídos del mundo, aunque algunos de éstos, víctimas de tantas injurias y desprecios, puedan haberse alegrado insensatamente de lo ocurrido. Los culpables de esta sofisticada matanza no expresan la rebelión de los pobres u oprimidos, son gente poderosa portadora de una voluntad política de dominación profundamente oscurantista, reaccionaria y opresora, enemigos declarados de toda aspiración emancipatoria. No representan a ninguna etnia, religión o cultura, sino a un emergente y aún disperso movimiento político-militar que aspira, como mínimo, a someter una región del mundo a su feroz despotismo teocrático, arremetiendo con particular saña contra las mujeres pero sojuzgando también a la inmensa mayoría de la población que está o pueda llegar a estar bajo su poder.
3. Queremos el castigo de los culpables de este crimen contra la humanidad, como lo hemos querido para Milosevic y Pinochet o para los responsables de las matanzas de Srebrenica, Ruanda o Sabra y Chatila. Por ello, nos unimos a la petición de nuestros amigos de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación: "La comunidad internacional debe ahora unirse a fin de identificar claramente a los responsables y ejercer la justicia en nombre de los que sufrieron y murieron en la jornada de ayer".
Queremos la identificación de todos los implicados en el atentado y su detención, juicio y condena, ya sea por tribunales estadounidenses, país donde tuvo lugar la matanza, ya sea, mejor aún, por un Tribunal Penal Internacional dotado de la autoridad y los medios necesarios por la ONU. La detención de los culpables y el desmantelamiento de sus mortíferas redes puede requerir el uso de la fuerza armada, pero ésta debe ceñirse al objetivo señalado sin convertirse en agresión indiscriminada contra poblaciones civiles inocentes que sumaría crimen al crimen y facilitaría la conquista de nuevos adeptos para un fundamentalismo armado eminentemente transnacional y sin ámbito estatal definido, aunque encuentre clara complicidad en el talibán afgano, que les sirve de espejo y modelo, y en los propios jeques saudís que financian la difusión a lo largo y ancho del mundo de las versiones más reaccionarias del islamismo.
4. Tras los ataques del 11 de septiembre, el mundo es peor, hay en él más sufrimiento y más miedo. Vivimos en un planeta en el que las más mortíferas tecnologías de destrucción nuclear, química y bacteriológica pueden llegar a estar, si no lo están ya, al alcance de movimientos fanáticos que pescan en el río revuelto de los amplios espacios en los que la libertad es pisoteada y de la colosal desigualdad social provocada por la prioridad de la dominación sobre la cooperación y del beneficio capitalista sobre el bienestar humano. Una nueva conciencia sobre la enorme vulnerabilidad de las propias sociedades avanzadas, con sus frágiles e inseguros rascacielos, podría ser tal vez fuente de una política de civilización y de un esfuerzo común para salir adelante, aunque fuese por simple egoísmo, pero, de inmediato, lo ocurrido fortalece a los Estados frente a los ciudadanos, facilita los propósitos de quienes quieren atizar el fuego del patrioterismo, del odio étnico y del racismo, de quienes identifican seguridad con militarismo y autoridad, así como de los propios grupos fundamentalistas que consideran un triunfo militar la conversión de las torres del WTC en una inmensa fosa común.
Se ha diluido, por el momento, el protagonismo que en la atención ciudadana estaba alcanzando el movimiento por otra globalización y, en definitiva, la acción libertaria y socialista se ha hecho más difícil y más contracorriente. Por ello, también, es más necesaria. Los gobiernos y las instituciones internacionales pueden ser poderosas palancas para tratar de dar un rumbo positivo a la actual crisis, pero sólo actuarán en ese sentido si son movidas desde abajo, por la acción de la común multitud.
5. Somos decididos partidarios de la colaboración internacional para lograr la identificación, detención y castigo de los culpables y el desmantelamiento de sus redes. Pero eso no implica dar un cheque en blanco al presidente Bush o comprometerse de antemano a avalar cualquier iniciativa política y militar que pueda poner en marcha el gobierno de Estados Unidos, cuyo rumbo conservador y prepotente es bien conocido.
Este consejo editorial no rechaza a priori, como último recurso, el uso de la fuerza o la injerencia internacional en pretendidos "asuntos internos". De hecho, la hemos creído necesaria en Bosnia, Kosovo, Ruanda, Haití, Israel/Palestina o Afganistán, aunque allá donde ha llegado a darse podemos diferir de importantes aspectos de la forma concreta que ha adoptado. Sin embargo, el uso legítimo de la fuerza requiere que salve más que lo que destruye, autolimitándose al mínimo necesario para la defensa propia o la defensa de quienes no pueden defenderse por sus propios medios.
Por ello, y por razones de obvio sentido común, creemos necesario que la movilización internacional de repudio a la masacre del 11 de septiembre, a sus autores, a sus cómplices y a sus protectores, demande también al gobierno de Estados Unidos, a los demás gobiernos del mundo y a las instituciones internacionales:
a) Que la necesaria persecución de los asesinos organizadores del ataque terrorista no sirva de excusa para poner en marcha agresiones indiscriminadas contra poblaciones civiles inocentes a causa del comportamiento de sus gobiernos y, recíprocamente, que las poblaciones que sufren regímenes de extrema opresión no sean abandonadas a su suerte sólo porque sus gobiernos se presten a colaborar en la captura de los culpables.
b) Que la "coalición internacional contra el terrorismo" no otorgue a los Estados miembros de tal alianza carta blanca para ejercer toda violencia, convirtiéndose en mera afirmación del monopolio estatal del terror y en saco sin fondo en el que podría incluirse a cualquier grupo humano al que se desea sojuzgar, tales como los chechenos, los kurdos, los palestinos, etc.
c) Que la evidente necesidad de reforzar algunas medidas de seguridad no sea utilizada como cobertura para forzar un consenso social basado en el miedo y que permita un recorte de derechos civiles como la libre expresión y la privacidad de las comunicaciones, ni para la cínica criminalización y persecución del emergente movimiento anticapitalista contra la mercantilización del mundo y por la universalización de los derechos humanos, al que mucho nos tememos se intentará relacionar con el terrorismo para desprestigiarle, maniobra a cuyo éxito contribuirán todos aquellos que, diciendo ser parte de ese movimiento, se dejen arrastrar, aunque sea simbólicamente, por la fascinación de la violencia. El retroceso de la libertad política y civil sería una trágica victoria de los fundamentalistas. No es la omnipotencia de los Estados lo que hace fuerte a la democracia, sino la capacidad de rebelión, acción y participación de los ciudadanos.
6. La Unión Europea, su izquierda ante todo, debe ser consciente de la gran responsabilidad que en estos momentos ha recaído sobre ella y que no cumplirá si renuncia a actuar desde la independencia política y a hablar con voz propia, marcando su compromiso en la persecución y castigo de los responsables de los atentados pero también reafirmando la integridad del sistema de derechos civiles y los límites propios del uso legítimo de la fuerza.
Hay mucho de novedoso en la solicitud de colaboración realizada por la Administración Bush al conjunto de la comunidad internacional, y podría dar algunos frutos positivos si alguien con el peso suficiente es capaz de ir más allá de la entrega incondicional a las decisiones estadounidenses, comportamiento en el que pocos han sido tan serviles como Aznar, y se recuerda a los gobernantes de los EE.UU. que la colaboración se debe basar en una puesta en común de la información y en un consenso sobre aquello en lo que se colabora. La Unión Europea puede condicionar decisivamente las iniciativas que adopte Estados Unidos, y debe hacerlo. No se trata ahora de condenar o apoyar a ciegas las acciones que pondrá en marcha la Administración Bush. De lo que se trata es de influir en ellas antes de que tengan lugar para que marchen por un camino que conduzca a la detención y castigo de los culpables y a la desarticulación de sus redes, pero en el que no haya lugar para descabelladas venganzas contra poblaciones inocentes, explosiones de racismo, bulas para el terrorismo de Estado o recorte de las libertades.
7. El único motivo por el que los derechos humanos y la libertad no atraen poderosamente a la inmensa mayoría de la humanidad es que día a día son traicionados y postergados por quienes los proclaman, incluidos los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos, que cuentan con un amplio historial de violaciones de los derechos humanos y, más recientemente, de zancadillas a la formación de un Tribunal Penal Internacional estable para perseguir los crímenes contra la humanidad, cuya existencia daría, por ejemplo, una rotunda legitimidad a una orden de captura internacional de todos los sospechosos de estar implicados en la matanza del 11 de septiembre.
Todas las dictaduras del mundo, incluyendo Irak y Afganistán, han sido alentadas o directamente fomentadas por alguna gran potencia. El ejército israelí dispara contra niños y adolescentes desarmados sin que la comunidad internacional condene esa barbarie con la misma energía con la que condena las también bárbaras bombas en discotecas de Tel Aviv, pese a que en ese conflicto la parte palestina carga con la peor parte y sufre una inequívoca opresión. La principal potencia industrial del mundo se niega, con egoísmo y ceguera extraordinarias, ha reducir sus emisiones contaminantes y es uno de los principales valedores de las exigencias de las transnacionales y del capital financiero en todos los foros internacionales, lo que en realidad implica indirectamente muchas muertes prematuras. Miles de personas que buscan una vida digna observan diariamente, si no mueren ahogados en el intento de alcanzar las costas españolas, como los países que dicen ser fortaleza de la democracia les rechazan y les tratan como a "otros", expulsables o explotables, pero en todo caso sin derechos. Otras mueren prematuramente a causa del SIDA porque los medicamentos son un asunto de ganancias y beneficios, no de salud humana. Sin acceso al agua potable, a una vivienda digna, a alimentos, la palabra democracia pierde su sentido para muchos desposeídos, como si fuese sinónimo del peor capitalismo, cuando en realidad entre éste y la democracia existe un hondo antagonismo. Y, sin embargo, sin democracia serán siempre desposeídos y hambrientos. Debería ser su bandera de lucha, pero muchos de ellos ya no tiene fuerzas más que para sobrevivir, y a otros tantos les parece que es una bandera enemiga y se convierten en carne de cañón para los proyectos más reaccionarios, para los fascismos y para los fundamentalismos.
En consecuencia, es preciso implicarse en una iniciativa estratégica de largo alcance guiada por la comprensión de que un mundo seguro y democrático debe ser también un mundo diferente, más justo e igualitario, imponiendo una agenda política profundamente renovada. Y los ciudadanos europeos tenemos la responsabilidad de presionar y condicionar a nuestros gobiernos y a la UE para que lo hagan, por medio de las más diversas formas de movilización pacífica, incluida la desobediencia civil. Frente a la mera verborrea "antiimperialista" de aquellos en los que el "pero..." pesa más que la condena a los ataques del 11 de septiembre, y frente a la capitulación ante los poderosos del mundo, hoy toman plena actualidad las palabras de Albert Camus, pensador para el siglo XXI muerto a medidos del siglo XX: "el rebelde debe rechazar a la vez el furor de la nada y la aceptación de la totalidad".
No es hoy nuestro objetivo desarrollar aquí una propuesta completa para esa agenda democrática mundial, que no podrá ser llevada a cabo sin esfuerzo y lucha democrática, ya que choca con poderosos intereses económicos y políticos, pero no queremos terminar sin decir que en ella deben tener un lugar prioritario, a corto plazo, una solución al conflicto israelí-palestino, que hoy no tiene más fundamento realista que la formación de dos estados viables que convivan, si no de forma amistosa, al menos sí en paz, y un punto final al horror bajo el que viven esclavizadas las mujeres afganas, lo que, desde luego, reclama la intervención internacional pero excluye someterlas a indiscriminados bombardeos que dejen en vigor al régimen talibán, siguiendo el modelo utilizado por EE.UU. ante Irak, donde los niños mueren pero Sadam manda.
Junto a los retos sociales y ecológicos puestos sobre la mesa por el movimiento de Seattle y Génova y por colectivos ciudadanos como ATTAC, va a tener una dimensión estratégica para los próximos años la afirmación de las libertades ciudadanas frente a los riesgos involutivos y autoritarios, la censura explícita o implícita, los recortes a la libre expresión y a la privacidad. Otra gran prioridad será la puesta en marcha de una política internacional cuyo eje pase por el apoyo incondicional a las fuerzas opositoras más proclives a la democracia y al respeto a los derechos humanos como la vía más efectiva para poner fin a todos los regímenes dictatoriales. Quienes vivimos en lo que suele denominarse como "Occidente" debemos saber que nuestros propios gobiernos crearon o alentaron gran parte de los monstruos que hoy ponen a la luz nuestra vulnerabilidad por el simple, y a la vez inmenso, hecho de que son capaces de combinar una avanzada modernidad tecnológica con el recurso a fanáticos fieles dispuestos a suicidarse para cometer una masacre. ¿Seguiremos permitiéndolo?
8. Condenamos el tono belicista e irresponsable adoptado por el presidente Aznar, mucho más agresivo incluso que el del presidente Bush. El Congreso y el Senado de EE.UU. han dado carta blanca a Bush para poner en marcha las operaciones que crea convenientes, pero el gobierno español va aún mucho más lejos al ponerse incondicionalmente al servicio de esas decisiones, sean cuales sean, y afirmar, por medio de su portavoz, que no se siente obligado a solicitar la ratificación del Parlamento español. Especialmente desgraciada resulta la relación establecida por el ministro Piqué entre el terrorismo fundamentalista y la inmigración ilegal, con la que nuestra derecha vuelva a echar leña al fuego racista.
Pedimos a la izquierda española que adopte una posición independiente, clara y activa en la actual crisis, excluyendo tanto el burdo reflejo antiyanqui que insinúa algo así como que "cosechan lo que han sembrado" como el silencio seguidista bajo la excusa de que no es bueno criticar al gobierno cuando hay "cuestiones de Estado", ya que si la oposición no tiene papel que jugar en los momentos cruciales o se limita a peroratas sin efectividad, ¿para qué sirve la oposición? Ante el riesgo de una involución generalizada hacia un mayor poder los Estados y un menor poder de los ciudadanos, es preciso exigir la transparencia de las actuaciones políticas gubernamentales, lo que, entre otras cosas, reclama que no se dé ningún paso importante sin contar con el Parlamento y sin que éste sea un espacio público de debate en torno a las grandes decisiones que nos afectan, y no mero territorio mudo de acuerdos alcanzados en la oscuridad por las cúpulas de los partidos. Podremos estar a favor o en contra, pero queremos saber y participar en las decisiones. Lo inaceptable es que Aznar decida que se hará lo que Bush decida. Preferimos que nuestro presente y futuro estén en comunes manos.
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