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Según una nota publicada por L. Hauggard (1997), en algún
momento de la administración Clinton se ordenó la desclasificación
y publicación parcial de siete Manuales (1) utilizados por el Pentágono
y el Departamento de Defensa de ese país. Los mismos fueron empleados
para enseñar técnicas de contrainsurgencia con una clara
intención de hacer frente a los movimientos liberadores que estaban
recorriendo América Latina, al igual que el fantasma marxista que
recorría Europa durante el siglo XIX. Fueron ofrecidos a la luz
pública el 26 de septiembre de 1996. Rápidamente, fueron
visualizados por los analistas como los documentos que utilizó la
tristemente célebre Escuela de las Américas, que tuvo su
asiento en la Zona del Canal de Panamá desde 1946 a 1984, fecha
en que fue trasladada a territorio norteamericano, en el Estado de Georgia.
En este lugar vale la pena hacer una disgresión. El hecho de que
la Escuela haya salido de la Zona del Canal no significa que éste
se haya desmilitarizado. En 1992 tuve la oportunidad de visitar Panamá
por cuestiones relacionadas a mi quehacer universitario. Para mí,
como para muchos otros millones de latinoamericanos, la “cuestión”
de la soberanía sobre los territorios ocupados por los norteamericanos
en los alrededores del Canal de Panamá es incuestionable en favor
de quienes tienen legítimamente la potestad sobre el mismo, es decir,
el pueblo panameño.
Llama la atención al visitante extranjero el alto nivel de criminalidad
que se vive en las calles de la Ciudad de Panamá. Esto no puede
ser leído ligeramente como una atribución causal a la maldad
“instintiva” del pueblo panameño. Muy por el contrario, en realidad
esa situación de peligro que vive el visitante -y también
el nativo- es producto de la falta de oportunidades que tiene el pueblo
para ganarse la vida dignamente. Solamente los sectores oligárquicos
y beneficiados con las dádivas norteamericanas pueden estar satisfechos
con que se prolongue la “soberanía” de aquellos sobre ese territorio.
Es indignante, hasta para el menos sensible, observar la soberbia y
arrogancia con que circulan los uniformados verde oliva del Ejército
Norteamericano de ocupación. Sin haber sido testigo presencial de
los tristes y nefastos episodios que se produjeron para derrotar al General
Noriega, hasta el menos advertido puede observar el rencor que guarda el
pueblo panameño para con el invasor. He hablado con infinidad de
personas, sobre todo de los sectores más desprotegidos y pude encontrar
en su discurso el reflejo de lo que vengo de describir.
Sobre este tema del Canal no se trata de derechos ya negociados, simplemente
se trata de derechos inalienables de un pueblo que no quiere estar dividido
por una fuerza de ocupación. La visión del Canal me recordó
al tristemente célebre Muro de Berlín. Y el Muro no “se cayó”,
como dicen los apologistas de la política yankee. Al Muro se lo
volteó con el protagonismo del pueblo alemán. La situación
militar no es la misma para un caso que para el otro. Panamá no
está enfrentada de un lado y del otro por fuerzas contrapuestas.
Pero Panamá tiene la voluntad de un pueblo que quiere rescatar lo
suyo y, además, cuenta con la solidaridad de los pueblos latinoamericanos
para esa empresa. No estoy hablando de los gobiernos entreguistas y vendepatria
que nos gobiernan. Se trata del pueblo latinoamericano. Panamá puede
recuperar lo que es suyo y que es nuestro también. El Canal de Panamá
no es solamente una cuestión de los panameños, se trata de
un tema que hace a la dignidad de todos los latinoamericanos que nos sentimos
avasallados por el gendarme del Nuevo Orden Internacional.
En 1997 se estaba pensando -con vistas al año 2000 en que USA
debería retirarse, en función de la firma del Tratado Torrijos/Carter-
en hacer en la Zona un Centro Multilateral Antidrogas y que el mismo sea
de administración civil. Esto viene a cuento de los intentos de
USA por frenar al tráfico de drogas en la región, pero como
para eso necesita la presencia de personal represivo, entonces dicho centro
pensado como civil podrá contar con expertos militares. Es decir,
EE.UU. se va de la región en función de un Acuerdo previo...
pero se queda.
Mas, volviendo al tema que nos ocupa, debo señalar que se calcula
que en dicha Escuela -instalada en Panamá y de formación
militar- estudiaron y fueron entrenados más de sesenta mil oficiales,
suboficiales y agentes de la llamada contrainteligencia latinoamericana
(2). Pareciera ser que los Manuales que vamos a recorrer fueron redactados
en 1987 por oficiales de inteligencia de USA (3) pero sus orígenes
pueden hallarse en la década del ‘60 a través del Proyecto
“X”, el cual pretendía ser de asistencia en inteligencia al exterior,
por parte del Ejército de USA. El mismo fue de alguna manera desactivado
por la administración del Presidente J. Carter (1977-1981), la cual
veía en estos intentos una forma de apoyar a los gobiernos antidemocráticos
de la región. Esto no obedeció a la “bondad” íncita
de aquel Presidente, sino a que entendía que estratégicamente
no convenía a los intereses de USA la presencia de gobernantes antidemocráticos.
En el lenguaje no muy críptico de los analistas políticos
norteamericanos, Carter y sus asesores eran definidos como “palomas”. Pero
a Carter le sucedió el Presidente R. Reagan -calificado por los
mismos analistas como “halcón”- quien ordenó reactivar y
acelerar la puesta en marcha de los planes de acción represiva directa
en América Latina. No tuvo mayormente éxito, ya que fue precisamente
durante su gestión cuando recuperaron la democracia -merced al protagonismo
popular... y a la buena voluntad de USA que entendía que de esta
nueva manera defendía mejor sus intereses- los países territorialmente
más grandes de `nuestra’ América y con mayor poderío
económico relativo para los sacrosantos intereses norteamericanos.
Respecto a la categorización en halcones y palomas, es necesaria
una aclaración. Tales categorías han sido abiertas for export,
es decir, para que los pueblos dependientes crean que les convienen gobernantes
del Partido Demócrata -que están más cerca de ser
categorizados como palomas- que los del Partido Republicano, que tradicionalmente
han sido identificados como halcones. En realidad, para nuestras particulares
situaciones de pueblos excluidos y colonizados esta diferenciación
resulta ser baladí e inoperante. Ambas aves plumíferas tienen
los mismos objetivos -en lo político, no en lo avícola- cual
es el de lograr el dominio del mundo por parte de USA. En algo cambian
las estrategias y tácticas a aplicar, pero en definitiva, son “el
mismo perro con diferente collar”(4). Por favor compatriotas hispanoamericanos,
no nos confundamos, cualquier bicho parecido a lo humano que venga volando
desde el Norte debe ser considerado como un ave de rapiña que tiene
toda la intención de depredar nuestros territorios.
En la redacción de los Manuales que vengo tratando, no fue ajena
la siniestra y terrorífica CIA, que ya en junio de 1963 había
redactado un “Manual” de contrainteligencia referido a cómo hacer
interrogatorios y que fue -en buena parte- base de los que son motivo de
análisis. Sobre la actuación de la CIA en estas tareas ha
habido múltiples denuncias, pero quizás la más notable
fue la que hizo García Lupo (1983), en Sudamérica, con respecto
a las maniobras que aquella llevó adelante para derrocar al gobierno
constitucional de Salvador Allende. Sin embargo, la que alcanzó
mayor difusión fue la que se destapó en los propios EE.UU.
cuando se tomó conocimiento que la Agencia había entrenado
a los “contras” nicaragüenses en el uso de recursos psicológicos
para sus operaciones contra el gobierno de Daniel Ortega.
Retomando el tema central, es preciso apuntar que buena cantidad de
lo que aprendieron aquellos militares entrenados por USA, los cuales contaban
con una altísima vocación de cipayos coloniales -y consecuentemente
de anticomunistas declarados- estaba escrito en los manuales que se analizarán
más adelante. Los mismos fueron titulados de la siguiente manera:
“Manejando las fuentes”, “Contrainteligencia”, “Guerra revolucionaria guerrillera
e ideología comunista”, “Terrorismo y guerrilla urbana”, “Interrogatorios”,
“Inteligencia de combate” y “Análisis I”, los que en total superan
más de mil páginas (5).
Es deber reconocer que en la desclasificación realizada por
funcionarios del Departamento de Defensa norteamericano, se tuvo que admitir
que en varios párrafos de dichos Manuales, se contenía información
“que no es consistente o que podría ser considerada como no consistente
con la política de EE.UU.”. Sin embargo, quienes han tenido acceso
a dichos materiales, afirman que son muchas más que unas pocas frases
las que pueden ser consideradas inconsistentes con la política “democrática”
que los EE.UU. han tratado de difundir soto voce por el mundo. La lectura
de dichos Manuales permite observar que esto es así; pero no debe
llamar la atención de nadie medianamente avisado acerca de cómo
son los juegos de los discursos políticos: por un lado se dice una
cosa y por el otro se afirma su contrario.
Asimismo, también es preciso reconocer que dicho proceso de
desclasificación fue producto de una alta presión de la opinión
pública norteamericana, especialmente de las organizaciones defensoras
de los Derechos Humanos -las que se reflejaron en el seno del Congreso-
para conocer qué es lo que había de cierto en las acusaciones
que se vertían sobre tales acontecimientos. Obvio es añadir
que también en esto tuvo bastante que ver la participación
de la prensa de aquél país en sus demandas por conocer lo
sucedido.
También es preciso recordar que los errores que se reconocen
en el informe son adjudicados a razones baladíes, tales como “ el
continuo cambio de personal en varias instituciones”, a lo cual se agrega
que de la lectura de tales documentos no se desprende que los mismos se
deban “a un deliberado intento de violar las políticas del Departamento
de Defensa”. Es decir, en definitiva, nadie fue culpable ni nadie resulta
responsable de los “errores” admitidos, por consiguiente, no habrá
sanción para nadie. Centenares de miles de campesinos, estudiantes,
trabajadores y políticos fueron torturados y masacrados salvajemente
con las enseñanzas recibidas, pero responsables a los que se les
apliquen las sanciones penales correspondientes... ¡eso nunca!
Los EE.UU. de Norteamérica siempre tuvieron un discurso público
que hacía hincapié de manera extremada en su hábito
democrático y en las conductas políticas de tal raigambre.
Sin embargo, la historia de las intervenciones imperialistas de aquél
país por América Latina y en el mundo entero está
plagada de episodios que con roja sangre de mártires nativos ha
borrado tales pretensiones de dichos y eufemismos sospechosamente, por
cierto, no muy democráticos. En cualquier película que relate
episodios guerreros, made in USA, es posible observar cuán bien
sus soldados y bellas enfermeras tratan a los prisioneros, a la par que
se manifiesta el profundo respeto que tienen por los mismos, sobre todo
cuando se trata de heridos de guerra -particularmente mujeres y niños-
que han sido lesionados o muertos por balas salidas de fusiles empuñados
por sus hombres armados hasta los dientes.
Al hacer el análisis del discurso sobre política exterior
de los EE.UU. es preciso que se tenga presente que prácticamente
finalizada la I Guerra Mundial, azuzaron su ánimo expansionista
por el orbe. La lectura de sus documentos históricos permite visualizar
que son más las constantes que las variantes que los han llevado
a ser la gran potencia imperial contemporánea. No se le debe escapar
a nadie que no es posible arribar a la cresta del mundo con políticas
variables o “veletas”, muy por el contrario, es preciso mantener una férrea
constancia de las diferentes administraciones que lo gobernaron. “Los persistentes
y frecuentemente invariables rasgos de la política exterior de los
EE.UU. están muy arraigados en las instituciones estadounidenses
y en la distribución del poder en la sociedad interna de los EE.UU..
Estos factores determinan un restringido marco para la formulación
de políticas con pocas posibilidades de desviaciones” (Chomsky,
1988).
Sin embargo, en los Manuales no se hace referencia alguna a la participación
y compromiso de las Fuerzas Armadas Norteamericanas, simplemente se alienta
a que los sicarios de aquellas utilicen lisa y llanamente la táctica
de ejecución de enemigos (6), el soborno a confidentes y de asesinos
profesionales por el encargo de la muerte de “enemigos” ideológicos,
como así también de los intereses económicos norteamericanos
-lo cual desarrollaré en el próximo párrafo-; el chantaje
de funcionarios corruptos de los países dependientes; el uso y abuso
del suero de la verdad para obtener información de prisioneros tomados
en combate o simplemente que fueron secuestrados de sus domicilios -o lugares
de trabajo- ilegalmente y, también, el uso de la tortura, con el
doble objetivo de amedrentar y de sacar información, lo que está
explícitamente prohibida por la Convención de Ginebra. Es
preciso recordar que a la misma ha adherido el gobierno estadounidense,
pero que viola tal adhesión reiteradamente de manera indirecta,
haciendo para tal fin actuar en tales actos ofensivos a la protección
de los Derechos Humanos a agentes nativos de los países ocupados
formados ideológica y militarmente por ellos.
Lo de los intereses económicos norteamericanos, que marcara
en el párrafo anterior, es crucial tenerlo en consideración
para entender el sentido de lo que se viene desarrollando. Ya el propio
ex presidente W. Wilson -tristemente célebre por haber hecho intervenir
a los EE.UU. en la Gran Guerra de 1914- lo dijo enfáticamente, “Las
colonias deben ser adquiridas o instauradas, para que ningún rincón
útil del mundo sea pasado por alto o dejado en desuso” (Chomsky,
1988, pág. 30). En estas líneas transcriptas, queda claro
que todo vale: comprar o robar, componer o imponer; al igual que se hace
lúcida la concepción de que el mundo y quienes lo habitan
deben ser útiles... para los norteamericanos, si así no lo
fuera no hay reparo ético alguno en hacerlos desaparecer de la faz
del planeta. Es la política del pragmatismo en su más alta
expresión de que lo que se desea se alcanza por medios legalmente
convencionales o, en caso contrario, a través del uso de medios
arteros, los que se pueden sintetizar en “me das lo que es tuyo o te lo
robo y, si es preciso matarte para obtener lo que deseo, así lo
haré”.
Todo esto debe ser entendido bajo la pretendida filosofía del
disciplinamiento, es decir, los pueblos que no hayan comprendido de manera
suficiente y acabada cuál es el papel que les toca actuar en el
marco de la gran aldea global, deberán aceptar ser colonizados por
las “malas”, sufrirán invasiones externas o serán atacados
por sus propias fuerzas de seguridad. Las mismas que ellos sostienen con
sus impuestos, pero que no están a su servicio, sino que han puesto
sus lealtades al servicio del imperiocapitalismo. Vale decir, bajo la última
fórmula aparece el robo, el saqueo y la matanza de personas por
parte de sus propios compatriotas o de fuerzas invasoras extranjeras. Si
han sido capaces de entender el mensaje enviado por el Nuevo Orden Internacional,
entonces sufrirán el robo y el saqueo producido por los sicarios
vernáculas del imperiocapitalismo, pero en este caso el número
de muertos será mínimo en comparación, ya que solamente
serán masacrados aquellos que se opongan al proyecto colonizador
que viene atado de las manos de las inversiones extranjeras, cuya seguridad
-concepto clave en este quehacer- debe ser mantenida a rajatablas y sin
miramientos éticos acerca de quienes deben ser sacrificados en el
logro a alcanzar, que es su protección.
Una de las palabras claves y que se utiliza eufemísticamente
en los textos en cuestión es la de neutralizar a los “enemigos”,
es decir, ejecutarlos o destruirlos a través del descrédito
público. Los “objetivos” a neutralizar -en la época de los
años de “plomo” sufridos por “nuestra” América- eran los
miembros de las organizaciones sindicales y estudiantiles que fueran levantiscos,
vale decir, que enarbolaban la bandera del antiimperialismo en su lucha
por la liberación de sus pueblos. Asimismo, aquellos militares que
recibieron -y reciben, en la actualidad en menor medida o con menor intensidad-
entrenamiento en dicha escuela, también aprendieron a infiltrarse
y mimetizarse con los miembros de organizaciones defensoras de los derechos
humanos e inclusive religiosas, que transitaban por los caminos de lo que
en dio en llamarse teología de la liberación. De todo esto
en Argentina hemos tenido ejemplos por demás burdos, pero el más
alarmante y deleznable fue el del Capitán de la Armada G. Astiz,
el cual se introdujo en la incipiente organización de lo que luego
fue Madres de Plaza de Mayo, con el argumento de que él tenía
un pariente desaparecido por la dictadura del “Proceso de Reorganización
Nacional” y, merced a tal ardid, logró averiguar los nombres de
quienes “conspiraban” en la Iglesia de Santo Domingo, en el centro de Buenos
Aires.
Para el análisis de estos discursos contradictorios (Rodríguez
Kauth, 1993, 1995, 1997a), en los que por un lado se está diciendo
una cosa y por otro lado se expresa, de modo verbal o conductalmente, una
no cosa, puede ser interesante trabajar con la metodología que utiliza
Schöttler (1995). Es decir, que bajo tal lectura, es posible observar
que para los norteamericanos la Justicia es un bien importante en su sistema
político, pero eso no quiere decir que la aplicación y vigencia
de la misma les interese un rábano en otros países, sobre
todo cuando quienes van a ser objeto de actos que están por afuera
de los cánones internacionales del derecho positivo son posibles
adversarios de sus intereses económicos (Chomsky, 1996) y también
de los intereses políticos, sobre todo los acontecimientos ocurridos
en el (des)orden internacional durante el período de la Guerra Fría(7).
En los Manuales se presenta una contradicción básica
en la argumentación en sí misma con la praxis de trabajo
militar. En defensa de los valores democráticos que representan
los EE.UU., se articulan metodologías de combate que resultan ser
eminentemente antidemocráticas, dicho esto en un sentido filosófico,
así como de lo que eufemísticamente se conoce por acción
directa. No entra por lado alguno dentro de la ética democrática
el uso de la tortura, de la ejecución de “enemigos”, el reclutamiento
de agentes para la denuncia, la infiltración, etc.; ninguna de éstas
suelen ser prácticas concebibles dentro de esquema ético
alguno que tenga pretensiones de democrático.
Al igual que en el Cambalache discépoleano, en los Manuales
no solamente se mezclan los objetivos, sino que hasta se los llega a confundir.
Resulta ser un “enemigo tan peligroso” la oposición civil a un gobierno
títere de USA, como la utilización de las metodologías
terroristas por parte de los grupos hostiles a tales gobiernos. Todo lo
cual significa un soberano disparate (Rodriguez Kauth, 1995b) desde cualquiera
sea el ángulo que se lo analice. La oposición civil a un
gobierno no democrático, o que no legisla en tal sentido, sino que
hace uso y abuso de los mecanismos no democráticos del autoritarismo,
está perfectamente contemplada en la Constitución de cualquier
país que no haya confeccionado la misma para servir a los intereses
del déspota. Y en esta evaluación confusa entran en una misma
bolsa los partidos políticos legítimamente constituidos,
los sindicatos, los representantes de iglesias que no dicen “amén”
a los dictados del Poder, los universitarios y hasta la literatura(8).
Nada de lo que aquí se relate con respecto a las instrucciones
ofrecidas por los Manuales nos es extraño a quienes tuvimos que
soportar y sufrir, a lo largo y a lo ancho de nuestra sufrida Latinoamérica,
tales actos de barbarie impía. Sin embargo, estimo que es oportuno
y necesario refrescar la memoria abundando en datos, para que no se crea
ingenuamente que nuestros genocidas operaron sólo desde su capricho
sanguinario -el cual estuvo presente- sino que pusieron en marcha al mismo
bajo precisas consignas bajadas desde USA y con la venia de sus mentores
y protectores.
Bajo el imperio de tal metodología se construyeron “listas negras”,
al mejor estilo nazi de la década del ‘30, cuyo uso es recomendado
en tales Manuales. El autor de esta nota puede dar fe de cómo fue
incluido en dos de las mismas. Fui dejado cesante en el cargo de Profesor
en la Universidad Nacional de San Luis, por haber estado detenido por las
“fuerzas de seguridad” al sospecharse mi supuesta actividad subversiva
(9) con lo cual se me prohibió todo tipo de trabajo en el quehacer
académico. Entonces me puse a vender libros en forma domiciliaria.
Un día me llaman de la Delegación de la Policía Federal
para decirme que no podía continuar vendiendo unos títulos
de Freud que llevaba en mi librería portátil: el auto. Como
un perfecto idiota pretendí argumentar que esos libros los vendía
también una librería céntrica propiedad de un conocido
adheriro a los gobiernos de turno. Como toda respuesta, recibí una
soberana pateadura y la explicación posterior fue que él
podía vender cosas que yo no podía (sic). Así de sencillo
y de contundente, como para que pueda comprenderlo hasta un imbécil.
Lo interesante -y perverso- de aquellas “listas negras” es que metían
a todos en un mismo saco. Es decir, si bien es inaceptable cualquier forma
de organización de tales “listas”, sin embargo, desde una lectura
lógica resulta absurdo mezclar en las mismas a terroristas con individuos
o grupos sospechosos de simpatizar con el “enemigo”... de USA. Pero esto
servía a los intereses norteamericanos en tanto y cuanto no se podía
escapar ninguno que estuviera operando bajo una “pantalla”.
Un lugar especial ocuparon los refugiados de países vecinos
que venían huyendo de las dictaduras que allí ya se habían
instalado. Caso común en Argentina fueron los chilenos, uruguayos
y paraguayos que huían de sus respectivas dictaduras. Muchos de
ellos tuvieron que volver a huir a lugares “más santos”, aunque
algunos no pudieron hacerlo porque les llegaron primero las balas de los
sicarios del régimen. Estos refugiados eran recomendados por los
Manuales a ser perseguidos y eliminados, ya que, debido a la lógica
pre-homínida que utilizaban, si habían huido de sus lugares
de residencia habituales... por algo habría sido. Esta última
fue una frase que se hizo célebre durante la dictadura del Proceso
Militar. Buena parte de lo que estoy relatando fue escrito ya hace tiempo
por Rogelio García Lupo (1983) en referencia a lo que ocurrió
en Chile antes de la caída del Gobierno constitucional por el régimen
de facto del todavía vigente -de una forma o de otra- General Pinochet.
Universidades y universitarios también eran objeto de recomendación
de los Manuales de tenerlos bajo sospechas fundadas, ya que en las primeras
se tenía la mala costumbre de estudiar y -a veces- hasta de pensar,
en tanto los segundos tenían la peor costumbre de enseñar
y, lo que enseñaban, podía ser peligroso para las virginales
mentes de sus alumnos... pero sobre todo para los espurios intereses de
quienes alentaban desde el exterior los afanes represivos internos. En
este tema también vale recordar la infiltración como alumnos
en el espacio de las universidades de agentes de “inteligencia”(10). Sobre
el tema de los “infiltrados” también puedo ejemplificar con una
anécdota personal, aunque perteneciente a una dictadura militar
anterior, la del General Onganía. En esos momentos tuve que soportar
una “tenue” persecución debido a que un alumno fue con la alcahuetería
de que yo hacía “pensar feo” a los alumnos durante el desarrollo
de las clases. Resultado: una severa advertencia de que esto no debía
volver a ocurrir de parte del administrador civil de la Universidad.
Otra técnica utilizada era la de amedrentar a alumnos detenidos
para que denunciaran -normalmente bajo el amparo del secreto o de la carta
“anónima”- el nombre de profesores que “decían cosas feas”.
Esto último fue lo que me costó estar detenido durante la
dictadura militar del General Videla y CIA(11), a confesión posterior
del propio alumno que me denunció. Puedo dar fe de que para el Teniente
Coronel bajo cuyas órdenes estuve detenido, yo era un “comunista
hijo de puta”, según sus decires con que cotidianamente iniciaba
los interrogatorios. Pero aquél no fue un caso aislado. Estos siniestros
personajes veían comunistas hasta en la sopa, cualquiera que se
opusiese al clima de terror estatal que se había impuesto era sospechoso
de ser comunista. La lógica maniquea reinaba en todo su esplendor...
o eras comunista o tenías claras conductas de vocación anticomunista.
La primera se manifestaba en cualquier signo o gesto de rebeldía,
la segunda se testimoniaba llevando datos y denunciando a amigos, vecinos
o compañeros de trabajo o estudio. Los militares tenían impunidad
para alentar estos actos deleznables, para luego torturar y matar a quiénes
habían caído en desgracia (Amado, 1993).
Y con esto se cumplía uno de los objetivos fundamentales de
los planes trazados desde la Escuela de las Américas: romper, destruir
los lazos de la solidaridad social entre los miembros de una comunidad.
Y en Argentina bien que lo han logrado, hoy, a más de 20 años
del Golpe de Estado, la solidaridad es un valor devaluado entre los argentinos
que, según el propio gobierno actual, votamos más con el
bolsillo -”ética de la convicción”- que con la ética
de la responsabilidad (Weber, 1929), siendo esta última uno de los
representantes simbólicos de la vigencia de la solidaridad.
Aquella persecución de “comunistas” no fue casual por parte
de los agentes nativos de los intereses imperiocapitalistas. En la “teología
política” estadounidense, la definición de “comunistas” es
sumamente amplia y equívoca(12). Nada tiene que ver con las definiciones
conceptuales de ser comunista desde una lectura política, social
o económica; en todo caso es un buen adjetivo para anatemizar a
todo aquel o a todos aquellos grupos de individuos que se oponen de manera
manifiesta o implícita a la presencia de los intereses económicos
norteamericanos en sus territorios, en tanto y cuanto estos son representantes
de un sistema de explotación y robo de la fuerza de trabajo y de
los recursos naturales nacionales. Es decir, quien o quienes intenten utilizar
sus recursos laborales o naturales para el propio desarrollo y crecimiento
de sus pueblos o naciones, son automáticamente definidos como “comunistas”,
ya que no se insertan dentro del esquema global comandado por los EE.UU..
En este sentido es conveniente recordar que “los EE.UU. son consecuentemente
“anticomunistas”, mientras sólo son selectivamente antifascistas”
(Chomsky, 1988, pág 24). Pruebas al canto han sido las buenas relaciones
internacionales que los diferentes gobiernos norteamericanos han mantenido
con gobiernos fascistas como los de las dictaduras latinoamericanas durante
las décadas de los ‘70 y ‘80, como así también el
mantenimiento y visto bueno de gobiernos fascistas y dictatoriales en el
suroeste asiático desde terminada la Segunda Guerra Mundial. Tampoco
en este período escapa la aparentemente impoluta Europa (13) ya
que durante dicho momento histórico debe recordarse la escalada
contrainsurgente norteamericana en Grecia, que sirvió de trampolín
para la futura operación masacre en Vietnam. El caso vietnamita
fue una enciclopedia de paradojas, la más notable es que los EE.UU.
se encontraban operando en la Península de Indochina para proteger
a los vietnamitas de una ¡”agresión interna”!
Cosa semejante se anunció cuando la pretendida escalada protectora/invasora
en El Salvador, la cual se repitió por una y mil veces en sus intervenciones
militares de ocupación en todas partes del mundo, menos en los propios
EE.UU., donde las Fuerzas Armadas tienen prohibido intervenir en asuntos
internos. Por tal razón resulta por demás suspicaz que la
Oficina Federal de lucha contra la Droga (DEA) y el gobierno norteamericano
aconsejen a los países latinoamericanos que hagan intervenir a sus
Ejércitos en la lucha contra la droga que es impulsada desde Washington,
aunque ellos no usan a sus ejércitos en tal tarea... porque lo tiene
expresamente prohibido. Lo que está prohibido para ellos a causa
de que atenta contra el orden legal y constitucional, es perfectamente
aplicable en colonia, donde esos argumentos son minucias.
(1) Escritos en español, para que sus lectores no pudieran alegar
ignorancia del idioma.
(2) Si se quiere hacer un juego polisémico, se puede decir que
la contrainteligencia es sinónimo de imbecilia, en una escala de
cociente intelectual.
(3) Igual que los condones: primero te usan y luego te tiran.
(4) Para seguir utilizando metáforas animales, que son las que
mejor les caben a nuestros mandantes del Norte.
(5) Con un poco de humor -que siempre es necesario, aún para
matizar temas tan escabrosos como el que se está desarrollando aquí-
se puede pensar en el trabajo que debe haberles costado, y en el disgusto
consecuente, a los militares latinoamericanos dicha tarea, ya que nunca
fueron adictos al estudio ni a la lectura. El subversivo -por sus actuaciones
contra gobiernos democráticos- ex Coronel argentino Aldo Rico, llegó
a decir en una oportunidad que la soberbia de la “duda” era el gran vicio
de los intelectuales.
(6) Léase guerrilleros armados o simplemente personas que piensan
feo, es decir, diferente a lo que ellos quieren que se piensen (Rodriguez
Kauth, 1992).
(7) La cual fue recalentada en más de una oportunidad: Corea,
Vietnam, Grenada, etc).
(8) En la Universidad Nacional de San Luis se llegó al colmo
de llevar a la hoguera -al mejor modelo Torquemada- unos ejemplares de
un libro de Marx... y Hillich, ¡que trataban sobre las teorías
psicológicas contemporáneas!. El fanatismo por cumplir con
las órdenes de los déspotas, llevaba -y lleva- a cumplir
con cualquier ex abrupto.
(9) Que si fue cierto no lo voy a confesar en lado alguno, por razones
más que elementales.
(10) Pido perdón por poner inteligencia entre comillas, pero
es que aún me resulta cómico pensar que aquéllos que
dicen pertenecer a la “inteligencia” de una fuerza militar o de seguridad,
sean más brutos que los asnos.
(11) La abreviatura de compañía no fue casual.
(12) Este equívoco semántico tampoco es casual o azaroso,
tiene sus razones por demás tácticas y estratégicas.
(13) Lugar dónde ocurrieron las matanzas más sangrientas
de la historia de la humanidad.
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