La amenaza de los disruptores endocrinos
José Santamarta
José Santamarta es revisor y coeditor
de la edición en castellano del libro Nuestro Futuro Robado,
y director de edición en castellano de la revista World Watch.
Numerosas sustancias químicas, como las dioxinas, PCBs, plaguicidas,
ftalatos, alquilfenoles y el bisfenol-A, amenazan nuestra fecundidad, inteligencia
y supervivencia.
En 1962 el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa dio el
primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales se habían
difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos
los seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas.
Aquel libro, que marcó un hito, presentó pruebas del impacto
que dichas sustancias sintéticas tenían sobre las aves y
demás fauna silvestre. Pero hasta ahora no se habían advertido
las plenas consecuencias de esta insidiosa invasión, que está
trastornando el desarrollo sexual y la reproducción, no sólo
de numerosas poblaciones animales, sino también de los seres humanos.
Nuestro futuro robado, escrito por Theo Colborn, Dianne Dumanoski
y Pete Myers, reunió por primera vez las alarmantes evidencias obtenidas
en estudios de campo, experimentos de laboratorio y estadísticas
humanas, para plantear en términos científicos, pero accesibles
para todos, el caso de este nuevo peligro. Comienza allí donde terminaba
Primavera silenciosa, revelando las causas primeras de los síntomas
que tanto alarmaron a Carson. Basándose en décadas de investigación,
los autores presentan un impresionante informe que sigue la pista de defectos
congénitos, anomalías sexuales y fallos de reproducción
en poblaciones silvestres, hasta su origen: sustancias químicas
que suplantan a las hormonas naturales, trastornando los procesos normales
de reproducción y desarrollo.
Los autores de Nuestro futuro robado repasan la investigación
científica que relaciona estos problemas con los "disruptores endocrinos",
estafadores químicos que dificultan la reproducción de los
adultos y amenazan con graves peligros a sus descendientes en fase de desarrollo.
Explican cómo estos contaminantes han llegado a convertirse en parte
integrante de nuestra economía industrial, difundiéndose
con asombrosa facilidad por toda la biosfera, desde el Ecuador a los polos.
Y estudian lo que podemos y debemos hacer para combatir este omnipresente
peligro. Nuestro futuro robado, como señala Al Gore, ex-vicepresidente
de EE UU y autor del prólogo, es un libro de importancia trascendental,
que nos obliga a plantearnos nuevas preguntas acerca de las sustancias
químicas sintéticas que hemos esparcido por toda la Tierra.
Disruptores endocrinos
Un gran número de sustancias químicas artificiales que se
han vertido al medio ambiente, así como algunas naturales, tienen
potencial para perturbar el sistema endocrino de los animales, incluidos
los seres humanos. Entre ellas se encuentran las sustancias persistentes,
bioacumulativas y organohalógenas que incluyen algunos plaguicidas
(fungicidas, herbicidas e insecticidas) y las sustancias químicas
industriales, otros productos sintéticos y algunos metales pesados.
Muchas poblaciones animales han sido afectadas ya por estas sustancias.
Entre las repercusiones figuran la disfunción tiroidea en aves y
peces; la disminución de la fertilidad en aves, peces, crustáceos
y mamíferos; la disminución del éxito de la incubación
en aves, peces y tortugas; graves deformidades de nacimiento en aves, peces
y tortugas; anormalidades metabólicas en aves, peces y mamíferos;
anormalidades de comportamiento en aves; demasculinización y feminización
de peces, aves y mamíferos machos; defeminización y masculinización
de peces y aves hembras; y peligro para los sistemas inmunitarios en aves
y mamíferos.
Los disruptores endocrinos interfieren en el funcionamiento del sistema
hormonal mediante alguno de estos tres mecanismos: suplantando a las hormonas
naturales, bloqueando su acción o aumentando o disminuyendo sus
niveles. Las sustancias químicas disruptoras endocrinas no son venenos
clásicos ni carcinógenos típicos. Se atienen a reglas
diferentes. Algunas sustancias químicas hormonalmente activas apenas
parecen plantear riesgos de cáncer. En los niveles que se encuentran
normalmente en el entorno, las sustancias químicas disruptoras hormonales
no matan células ni atacan el ADN. Su objetivo son las hormonas,
los mensajeros químicos que se mueven constantemente dentro de la
red de comunicaciones del cuerpo.
Las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas
son delincuentes de la autopista de la información biológica
que sabotean comunicaciones vitales. Atracan a los mensajeros o los suplantan.
Cambian de lugar las señales. Revuelven los mensajes. Siembran desinformación.
Causan toda clase de estragos. Dado que los mensajes hormonales organizan
muchos aspectos decisivos del desarrollo, desde la diferenciación
sexual hasta la organización del cerebro, las sustancias químicas
disruptoras hormonales representan un especial peligro antes del nacimiento
y en las primeras etapas de la vida. Los disruptores endocrinos pueden
poner en peligro la supervivencia de especies enteras, quizá a largo
plazo incluso la especie humana.
Las pautas de los efectos de los disruptores endocrinos varían
de una especie a otra y de una sustancia a otra. Sin embargo, pueden formularse
cuatro enunciados generales:
*Las sustancias químicas que preocupan pueden tener efectos
totalmente distintos sobre el embrión, el feto o el organismo perinatal
que sobre el adulto;
*Los efectos se manifiestan con mayor frecuencia en las crías,
que no en el progenitor expuesto;
*El momento de la exposición en el organismo en desarrollo es
decisivo para determinar su carácter y su potencial futuro;
*Aunque la exposición crítica tiene lugar durante el
desarrollo embrionario, las manifestaciones obvias pueden no producirse
hasta la madurez.
La especie humana carece de experiencia evolutiva con estos compuestos
sintéticos. Estos imitadores artificiales de los estrógenos
difieren en aspectos fundamentales de los estrógenos vegetales.
Nuestro organismo es capaz de descomponer y excretar los imitadores naturales
de los estrógenos, pero muchos de los compuestos artificiales resisten
los procesos normales de descomposición y se acumulan en el cuerpo,
sometiendo a humanos y animales a una exposición de bajo nivel pero
de larga duración. Esta pauta de exposición crónica
a sustancias hormonales no tiene precedentes en nuestra historia evolutiva,
y para adaptarse a este nuevo peligro harían falta milenios, no
décadas.
La industria química prefiere pensar que, puesto que ya existen
en la naturaleza tantos estrógenos naturales, como la soja, no hay
por qué preocuparse por los compuestos químicos sintéticos
que interfieren con las hormonas. Sin embargo, es importante tener en cuenta
las diferencias que existen entre los impostores hormonales naturales y
los sintéticos. Los imitadores hormonales artificiales suponen un
peligro mayor que los compuestos naturales, porque pueden persistir en
el cuerpo durante años, mientras que los estrógenos vegetales
se pueden eliminar en un día.
Nadie sabe todavía qué cantidades de las sustancias químicas
disruptoras endocrinas son necesarias para que representen un peligro para
el ser humano. Los datos indican que podrían ser muy pequeñas
si la exposición tiene lugar antes del nacimiento. En el caso de
las dioxinas, los estudios recientes han demostrado que la exposición
a dosis ínfimas es peligrosa.
La mayoría de nosotros portamos varios centenares de sustancias
químicas persistentes en nuestro cuerpo, entre ellas muchas que
han sido identificadas como disruptores endocrinos. Por otra parte, las
portamos en concentraciones que multiplican por varios millares los niveles
naturales de los estrógenos libres, es decir, estrógenos
que no están enlazados por proteínas sanguíneas y
son, por tanto, biológicamente activos.
Se ha descubierto que cantidades insignificantes de estrógeno
libre pueden alterar el curso del desarrollo en el útero; tan insignificantes
como una décima parte por billón. Las sustancias químicas
disruptoras endocrinas pueden actuar juntas y cantidades pequeñas,
aparentemente insignificantes, de sustancias químicas individuales,
pueden tener un importante efecto acumulativo. El descubrimiento de que
puede haber sustancias químicas que alteran el sistema hormonal
en lugares inesperados, incluidos algunos productos que se consideraban
biológicamente inertes como los plásticos, ha puesto en entredicho
las ideas tradicionales sobre la exposición.
Efectos en los seres humanos
Los seres humanos se han visto afectados por los disruptores endocrinos.
El efecto del DES (dietilestilbestrol), un agente estrogénico, fue
un claro aviso. El paradigma del cáncer es insuficiente porque las
sustancias químicas pueden causar graves efectos sanitarios distintos
del cáncer.
Causa gran preocupación la creciente frecuencia de anormalidades
genitales en los niños, como testículos no descendidos (criptorquidia),
penes sumamente pequeños e hipospadias, un defecto en el que la
uretra que transporta la orina no se prolonga hasta el final del pene.
En las zonas de cultivo intensivo en la provincia de Granada, en donde
se emplea el endosulfán y otros plaguicidas, se han registrado 360
casos de criptorquidias. Algunos estudios con animales indican que la exposición
a sustancias químicas hormonalmente activas en el periodo prenatal
o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles
a hormonas, como los tumores malignos en mama, próstata, ovarios
y útero.
Entre los efectos de los disruptores endocrinos está el aumento
de los casos de cáncer de testículo y de endometriosis, una
dolencia en la cual el tejido que normalmente recubre el útero se
desplaza misteriosamente al abdomen, los ovarios, la vejiga o el intestino,
provocando crecimientos que causan dolor, copiosas hemorragias, infertilidad
y otros problemas.
El signo más espectacular y preocupante de que los disruptores
endocrinos pueden haberse cobrado ya un precio importante se encuentra
en los informes que indican que la cantidad y movilidad de los espermatozoides
de los varones ha caído en picado en el último medio siglo.
El estudio inicial, realizado por un equipo danés encabezado por
el doctor Niels Skakkebaek y publicado en el Bristish Medical Journal en
septiembre de 1992, descubrió que la cantidad media de espermatozoides
masculinos había descendido un 45 por ciento, desde un promedio
de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones
por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado
había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de
los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento. Durante este periodo
se había triplicado el número de hombres que tenían
cantidades extremadamente bajas de espermatozoides, del orden de 20 millones
por mililitro. En España se ha pasado de una media de 336 millones
de espermatozoides por eyaculación en 1977 a 258 millones en 1995.
El descenso amenaza la capacidad fertilizadora masculina. De continuar
la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían
ser incapaces de reproducirse de forma natural, teniendo que depender de
las técnicas de inseminación artificial o de la fecundación
in vitro.
La exposición prenatal a sustancias químicas imitadoras
de hormonas puede estar exacerbando también el problema médico
más común que afecta a los hombres al envejecer: el crecimiento
doloroso de la glándula prostática, que dificulta la excreción
de orina y a menudo requiere intervención quirúrgica. En
los países occidentales, el 80 por ciento de los hombres muestran
signos de esta dolencia a los 70 años, y el 45 por ciento de los
hombres padecen un grave crecimiento de la glándula. En las dos
últimas décadas se ha producido un espectacular aumento de
esta dolencia.
La experiencia del DES y los estudios con animales sugieren también
una vinculación entre las sustancias químicas disruptoras
endocrinas y varios problemas de reproducción en las mujeres, especialmente
abortos, embarazos ectópicos y endometriosis. La endometriosis afecta
hoy a cinco millones de mujeres estadounidenses. A principios de siglo
la endometriosis era una enfermedad prácticamente desconocida. Las
mujeres que padecen endometriosis tienen niveles más elevados de
PCBs en la sangre que las mujeres que no la padecen. Diferentes estudios
coinciden en señalar que entre el 60 y el 70 por ciento de los embarazos
se malogran en la fase embrionaria inicial y otro 10 por ciento termina
en las primeras semanas por un aborto espontáneo.
Pero la tendencia sanitaria más alarmante con diferencia para
las mujeres es la creciente tasa de cáncer de mama, que es el cáncer
femenino más común. Desde 1940, en los albores de la era
química, las muertes por cáncer de mama han aumentado en
EE UU en un 1 por ciento anual, y se ha informado de incrementos semejantes
en otros países industrializados.
Industria química
Nuestro futuro robado abre un nuevo horizonte, que muy probablemente concluya
con nuevos tratados internacionales, al igual que sucedió con los
CFCs que agotan la capa de ozono, y a pesar de la oposición de las
industrias químicas. Actualmente pueden encontrarse en el mercado
unas 100.000 sustancias químicas sintéticas. Cada año
se introducen 1.000 nuevas sustancias, la mayoría sin una verificación
y revisión adecuadas. En el mejor de los casos, las instalaciones
de verificación existentes en el mundo pueden someter a prueba únicamente
a 500 sustancias al año. En realidad, sólo una pequeña
parte de esta cifra es sometida realmente a prueba. Ya se han identificado
51 productos químicos que alteran el sistema hormonal, pero se desconocen
los posibles efectos hormonales de la gran mayoría. Uno de los aspectos
más inquietantes de los disruptores endocrinos es que algunos de
sus efectos se producen con dosis muy bajas.
Las normas actuales que regulan la comercialización de productos
químicos sintéticos se han desarrollado sobre la base del
riesgo de cáncer y de graves taras de nacimiento y calculan estos
riesgos a un varón adulto de unos 70 kilogramos de peso. No toman
en consideración la vulnerabilidad especial de los niños
antes del nacimiento y en las primeras etapas de vida, y los efectos en
el sistema hormonal. Las normas oficiales y los métodos de prueba
de la toxicidad evalúan actualmente cada sustancia química
por sí misma. En el mundo real, encontramos complejas mezclas de
sustancias químicas. Nunca hay una sola. Los estudios científicos
muestran con claridad que las sustancias químicas pueden interactuar
o pueden actuar juntas para producir un efecto superior al que producirían
individualmente (sinergia). Las leyes actuales ignoran estos efectos aditivos
o interactivos.
Los fabricantes utilizan las leyes sobre secretos comerciales para
negar al público el acceso a la información sobre la composición
de sus productos. En tanto los fabricantes no coloquen unas etiquetas completas
en sus productos, los consumidores no tendrán la información
que necesitan para protegerse de productos hormonalmente activos. En algunos
casos, las sustancias químicas pueden descomponerse en sustancias
que plantean un peligro mayor que la sustancia química original.
La industria química trata de desacreditar las conclusiones
de Nuestro futuro robado, al igual que hasta hace poco hizo con los CFCs,
o como las campañas de la industria del tabaco negando la relación
entre el hábito de fumar y el cáncer de pulmón. La
Chemical Manufacturers Association, entidad que agrupa a las mayores multinacionales
de la industria química, el Chlorine Chemistry Council, el American
Plastics Council, la Society of the Plastics Industry y la American Crop
Protection Association (los grandes fabricantes de plaguicidas), han recolectado
grandes cantidades de dinero entre sus asociados para lanzar una campaña
contra el libro Nuestro futuro robado. Cuando en 1962 se publicó
el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa (Silent Spring), la revista
de la Chemical Manufacturers Association tituló la reseña
del libro "Silence, Miss Carson". La industria del cloro, agrupada en el
Chlorine Council, que agrupa a empresas como DuPont, Dow, Oxychem y Vulcan,
gasta anualmente en Estados Unidos 150 millones de dólares (más
de 20 mil millones de pesetas) en campañas de imagen y de intoxicación
informativa. En España la empresa encargada por los fabricantes
de PVC de intoxicar a la opinión pública es la Burson- Marsteller.
Treinta y cinco años después la misma industria que casi
acaba con el ozono, que ocasionó el accidente de Bhopal y que fabrica
miles de sustancias tóxicas, se enfrenta al desafío de Nuestro
futuro robado. Las empresas Burson-Marsteller, Edelman y Hill & Knowlton,
dedicadas al lavado de imagen de la industria del tabaco, de dictadores,
del PVC y de empresas contaminantes, muchas de ellas del sector químico,
realizan campañas de intoxicación contra los científicos,
periodistas y las organizaciones no gubernamentales, tratando de impedir,
o al menos reducir, los efectos de libros como Nuestro futuro robado y
decenas de estudios científicos, informes y artículos sobre
los efectos de las sustancias químicas que actúan como disruptores
endocrinos.
Una buena prueba de lo acertadas que son las conclusiones del libro
Nuestro futuro robado es que el gobierno de Estados Unidos gastó
de 20 a 30 millones de dólares en 400 proyectos para analizar los
efectos de las sustancias químicas en el sistema endocrino. El objetivo
de la Agencia de Medio Ambiente (EPA) de EE UU es desarrollar toda una
estrategia para investigar y someter a prueba 600 plaguicidas y 72.000
sustancias químicas sintéticas de uso comercial en Estados
Unidos, al objeto de analizar sus efectos como posibles disruptores endocrinos.
La National Academy of Sciences de Estados Unidos ha emprendido un amplio
estudio para profundizar en los peligros de los disruptores endocrinos.
Raro es el mes que no se publica algún artículo en las más
prestigiosas revistas científicas confirmando y profundizando los
peligros de las sustancias químicas.
El mercado mundial de plaguicidas representó unos 2 millones
de toneladas en 1999, e incluía 1.600 sustancias químicas.
El consumo mundial continúa creciendo. Los plaguicidas son una clase
especial de sustancias químicas por cuanto son biológicamente
activas por diseño y se dispersan intencionadamente en el entorno.
Hoy en día se usan en Estados Unidos 30 veces más plaguicidas
sintéticos que en 1945. En este mismo periodo, el poder biocida
por kilogramo de las sustancias químicas se ha multiplicado por
10. El 35 por ciento de los alimentos consumidos tienen residuos de plaguicidas
detectables. Los métodos de análisis, sin embargo, sólo
detectan un tercio de los más de 600 plaguicidas en uso. La contaminación
de los alimentos por plaguicidas es a menudo muy superior en los países
en desarrollo.
Recuperar Nuestro futuro robado
Defendernos de este riesgo requiere la acción en varios frentes
con la intención de eliminar las nuevas fuentes de disrupción
endocrina y minimizar la exposición a contaminantes que interfieren
el sistema hormonal y que ahora están en el ambiente. Para ello
se requerirá mayor investigación científica; rediseño
de las sustancias químicas, de los procesos de producción
y de los productos por las empresas; nuevas políticas gubernamentales;
y esfuerzos personales para protegernos a nosotros y a nuestras familias.
La agricultura ecológica, sin plaguicidas y otras sustancias químicas,
es una alternativa sostenible y viable.
Con 100.000 sustancias químicas sintéticas en el mercado
en todo el mundo y 1.000 nuevas sustancias más cada año,
hay poca esperanza de descubrir su suerte en los ecosistemas o sus efectos
para los seres humanos y otros seres vivos hasta que el daño está
hecho. Es necesario reducir el número de sustancias químicas
que se usan en un producto determinado y fabricar y comercializar sólo
las sustancias químicas que puedan detectarse fácilmente
con la tecnología actual y cuya degradación en el medio ambiente
se conozca. Estas sustancias no han alterado la huella genética
básica que subyace a nuestra humanidad. Elimínense los disruptores
de la madre y del útero y los mensajes químicos que guían
el desarrollo podrán llegar de nuevo sin obstáculos. Pero
la protección de la próxima generación de los disruptores
endocrinos requerirá una vigilancia de años e incluso décadas,
porque las dosis que llegan al feto dependen no sólo de lo que ingiere
la madre durante el embarazo, sino también de los contaminantes
persistentes acumulados en la grasa corporal hasta ese momento de su vida.
Las mujeres transfieren esta reserva química acumulada durante décadas
a sus hijos durante la gestación y durante la lactancia.
El sistema actual da por supuesto que las sustancias químicas
son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. El peso de la prueba
debe actuar del modo contrario, porque el enfoque actual, la presunción
de inocencia, una y otra vez ha hecho enfermar a las personas y ha dañado
a los ecosistemas. Las pruebas que surgen sobre las sustancias químicas
hormonalmente activas deben utilizarse para identificar a aquellas que
plantean el mayor riesgo y para eliminarlas del mercado. Cada nuevo producto
debe someterse a esta prueba antes de que se le permita salir al mercado.
La evaluación del riesgo se utiliza ahora para mantener productos
peligrosos en el mercado hasta que se demuestre que son culpables. Las
políticas internacionales y nacionales se deben basar en el principio
de precaución.
Una política adecuada para reducir la amenaza de las sustancias
químicas que alteran el sistema hormonal requiere la prohibición
inmediata de plaguicidas como el endosulfán y el metoxicloro, fungicidas
como la vinclozolina, herbicidas como la atrazina, los alquilfenoles, los
ftalatos y el bisfenol-A. Para evitar la generación de dioxinas
se requiere la eliminación progresiva del PVC, el percloroetileno,
todos los plaguicidas clorados, el blanqueo de la pasta de papel con cloro
y la incineración de residuos.
Sustancias químicas de efectos disruptores sobre el sistema endocrino
Entre las sustancias químicas de efectos disruptores sobre el sistema
endocrino figuran:
*las dioxinas y furanos, que se generan en la producción de
cloro y compuestos clorados, como el PVC o los plaguicidas organoclorados,
el blanqueo con cloro de la pasta de papel y la incineración de
residuos.
*los PCBs, actualmente prohibidos. Las concentraciones en tejidos humanos
han permanecido constantes en los últimos años aun cuando
la mayoría de los países industrializados pusieron fin a
la producción de PCBs hace más de una década, porque
dos tercios de los PCBs producidos en todas las épocas continúan
en uso en transformadores u otros equipos eléctricos y, por consiguiente,
pueden ser objeto de liberación accidental. A medida que van ascendiendo
en la cadena alimentaria, la concentración de PCBs en los tejidos
animales puede aumentar hasta 25 millones de veces.
*numerosos plaguicidas, algunos prohibidos y otros no, como el DDT
y sus productos de degradación, el lindano, el metoxicloro (autorizado
en España), piretroides sintéticos, herbicidas de triazina,
kepona, dieldrín, vinclozolina, dicofol y clordano, entre otros.
*el plaguicida endosulfán, de amplio uso en la agricultura española,
a pesar de estar prohibido en numerosos países.
*el HCB (hexaclorobenceno), empleado en síntesis orgánicas,
como fungicida para el tratamiento de semillas y como preservador de la
madera.
*los ftalatos, utilizados en la fabricación de PVC. El 95 por
ciento del DEHP (di(2etilexil)ftalato) se emplea en la fabricación
del PVC.
*los alquilfenoles, antioxidantes presentes en el poliestireno modificado
y en el PVC, y como productos de la degradación de los detergentes.
El p-nonilfenol pertenece a la familia de sustancias químicas sintéticas
llamadas alquilfenoles. Los fabricantes añaden nonilfenoles al poliestireno
y al cloruro de polivinilo (PVC), como antioxidante para que estos plásticos
sean más estables y menos frágiles. Un estudio descubrió
que la industria de procesamiento y envasado de alimentos utilizaba PVC
que contenían alquilfenoles. Otro informaba del hallazgo de contaminación
por nonilfenol en agua que había pasado por cañerías
de PVC. La descomposición de sustancias químicas presentes
en detergentes industriales, plaguicidas y productos para el cuidado personal
pueden dar origen asimismo a nonilfenol.
*el bisfenol-A, de amplio uso en la industria agroalimentaria (recubrimiento
interior de los envases metálicos de estaño) y por parte
de los dentistas (empastes dentarios). Uno de los investigadores pioneros
sobre los efectos del bisfenol-A es el médico español Nicolás
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29 Octubre 1998.