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La revista francesa Transversales Science/Culture, fundada en 1990 por algunos intelectuales de renombre, entre ellos Edgar Morin, René Passet y Jacques Robin, y la revista española Iniciativa Socialista, fundada en 1989 por activistas partidarios de una izquierda pluralista, ciudadana y libertaria, han firmado un importante acuerdo de partenariado. Iniciativa Socialista editará en España un suplemento, con una buena parte de los artículos publicados en Francia por Transversales Science/Culture. Esta asociación prolonga y profundiza una colaboración más coyuntural que data de hace varios años. Simboliza la voluntad de las dos revistas de unir sus esfuerzos intelectuales para contribuir a demostrar que otro mundo es posible. En este sentido, las dos revistas afirman su deseo de desarrollar al máximo los partenariados internacionales.
A finales de 1988, un puñado de personas inició
una pequeña aventura: la publicación de una revista sustentada
sobre una actividad completamente voluntaria y no retribuida, que sirviera,
ante todo, como lugar de encuentro y herramienta de búsqueda y reflexión.
Les movieron a ello ciertas tradiciones compartidas y una común
pasión política, reanimada por algunos encuentros y acontecimientos
impulsores, ante todo la conmoción humana e intelectual que para
aquel núcleo inicial del actual equipo editorial representó
el trato con algunos veteranos miembros del POUM, el impacto de los acontecimientos
de 1989 que provocaron el desmoronamiento del sistema estalinista-totalitario
en Europa y, en un ámbito más doméstico, la extraordinaria
huelga general del 14 de diciembre de 1988.
En abril de 1989 aparecía el primer número
de esa publicación, que se denominó Iniciativa Socialista,
inspirándose en el nombre de uno de los incipientes grupos de la
izquierda democrática rusa. Doce años después, tenemos
el honor de presentar el acuerdo alcanzado entre Iniciativa Socialista
y Transversales Science Culture, que significará una manifiesta
mejora en la calidad de la revista y que simboliza el comienzo de una tercera
etapa o fase de desarrollo para esta publicación plural, libertaria,
caótica a veces, radical y reformadora, crítica y constructiva,
apasionada y razonable, atípica en sus errores y en sus aciertos.
Transversales Science Culture, bajo la sencilla apariencia
de un boletín asociativo bien editado, es la fuente de un pensamiento
muy fuerte y creador, que abre caminos, sustentado en el esfuerzo ciudadano
de un considerable número de investigadores sociales de gran prestigio
internacional comprometidos en el esfuerzo por pensar y hacer una política
de civilización, integradora de las urgencias inmediatas y los desafíos
del medio y largo plazo en el marco de una perspectiva que combina lo local
con lo planetario, la descentralización participativa con el gobierno
mundial de los retos que no pueden ser abordados eficazmente a menor escala.
El acuerdo alcanzado entre Iniciativa Socialista y Transversales
supone la publicación en todos los números de I.S. de un
suplemento, con 24 ó 32 páginas, en el que aparecerán,
traducidos al castellano, una parte importante de los materiales de Transversales.
Este compromiso implica para el equipo editorial de I.S. un importante
esfuerzo añadido, no sólo en lo económico, sino también
en el tiempo empleado. Pero creemos que merece la pena, que es un riesgo
pero también una magnífica oportunidad que esperamos cuente
con el respaldo y la solidaridad de lectoras y lectores.
Al asumir este desafío no hemos hecho una mera
apuesta por la qualité y el prestigio académico, indiferente
al contenido. Muy por el contrario, con él damos forma material
a nuestra opción por una estrategia emancipadora de autonomía
individual y colectiva, que no se propone resolver qué deben hacer
o qué deben pensar las personas, ni apostar ciegamente por tal o
cual partido, sino que da prioridad a que cada individuo pueda gobernar
su propio hacer y pensar.
Entre 1989 y 1994, los editores de Iniciativa Socialista
fuimos dotando a la revista de un perfil propio y poniendo las bases para
una crítica de las mitologías revolucionaristas, que tomaría
cuerpo coherente algo más tarde, con la publicación en 1997
del libro La izquierda a la intemperie. Los rasgos más marcados
de este período inicial fueron, por un lado, la reflexión
en torno a los movimientos antitotalitarios de 1989 y la destrucción
del muro de Berlín, saludada como acontecimiento histórico
francamente positivo, ante el escándalo de un sector de la izquierda,
y, por otro lado, el desarrollo de una dura crítica a la gestión
de los gobiernos socialistas a causa de su confrontación con el
movimiento sindical y su política de hostigamiento hacia la UGT,
de los muy turbios acontecimientos relacionados con el GAL, de la permisividad
ante el evidente uso de la política como medio de enriquecimiento
y ascenso social por parte de numerosos oportunistas, así como de
algunos aspectos de la política internacional (la guerra del Golfo,
especialmente). En esa crítica cometimos algunos excesos verbales
y no remarcamos la contradicciones existentes entre los aspectos positivos
de esa gestión en ámbitos como la sanidad o la educación
y la potencia liquidadora de todos los comportamientos negativos antes
citados, que deterioraron gravemente la imagen y la capacidad de movilización
de la izquierda, abriendo las puertas a la actual hegemonía derechista.
La segunda etapa de nuestro desarrollo abarca, esquemáticamente,
desde 1994 al año 2000. Políticamente hablando, está
marcada por: a) la profunda reflexión a que nos obligó el
mirar cara a cara la tragedia balcánica y las limitaciones inherentes
a un pensamiento que trate de abordar la acción internacional desde
un anti-imperialismo simplón y pasivo tendente a ser mero negativo
de la política de las potencias occidentales; b) por una reconsideración
de la dimensión estratégica del proceso de construcción
europea y por una nueva mirada sobre la radicalización de la democracia
como núcleo central de un proyecto de izquierda libertaria; c) por
una toma de conciencia del carácter prioritario que tomaba la confrontación
con la derecha española, en tanto que candidata a gobernar, primero,
y como gobernante a partir de 1996. Sin renunciar a la crítica a
lo que ocurría en el seno de la izquierda, el hilo de continuidad
de nuestras consideraciones editoriales durante todo este tiempo ha sido,
en lo que a la política en nuestro país se refería,
un doble movimiento de apoyo electoral a la izquierda y de emplazamiento
a su entendimiento y a una renovación de sus relaciones con la sociedad.
Durante esos seis o siete años han ocurrido cosas
importantes para Iniciativa Socialista. Desde finales de 1996 nos encontramos
en Internet (http://www.inisoc.org), donde publicamos parte de los artículos
de la versión papel así como otros que, por razones de espacio
o de tiempo, aquí no tienen cabida. Y desde abril de 1997, nuestra
revista cuenta con un consejo de apoyo internacional formado por unas cien
personas de gran prestigio, a las que agradecemos su valiosísima
solidaridad. Para evitar la injusticia de citar sólo alguno de los
nombres, nos limitaremos a rendir homenaje a la memoria de quienes han
fallecido en este tiempo: la directora de cine Pilar Miró y el poeta
José Ángel Valente, dos gigantes de la cultura. En verano
de 1998 tuvo lugar una remodelación del diseño de I.S., que
la hizo más ágil y atractiva, aunque sin grandes cambios
formales.
La casualidad ha querido que demos comienzo al siglo
XXI con el contrato de asociación entre Iniciativa Socialista y
Transversales. Esto bastaría para hablar de una nueva etapa. Pero
no es esa la única razón por la que lo hacemos. Hoy nos empujan
nuevas prioridades políticas, nuevos acontecimientos, nuevas influencias.
Desde un punto de vista global, asistimos a un fenómeno de dimensión
histórica: la emergencia de un movimiento asociativo cívico
y autónomo, plural y descentralizado, pero capaz de propiciar acciones
de dimensión transnacional con grandes consecuencias políticas.
Vamos a mantener ante los partidos de la izquierda el tono amistoso, crítico
y constructivo habitual en estas páginas, pero las consideraciones
acerca de lo que ocurre en su seno van a pasar a segundo plano, no sólo
porque tanto el PSOE como IU se encuentran en una fase de transición
y reacomodación ante la que hay que mantener una actitud prudente,
sino también y ante todo porque creemos que las cosas más
interesantes para el futuro de la izquierda están ocurriendo en
el espacio del asociacionismo cívico y de foros como el de Porto
Alegre, fuera del marco de las estructuras partidarias. No contra ellas,
pues los partidos políticos son herramientas imprescindibles para
la articulación de alternativas de gobierno, pero sí fuera
de ellas, en un espacio ciudadano autónomo, en el que convergen
afiliados y no afiliados, gente diversa, que se unen en tanto que individuos
para actuar en común con el convencimiento de que otro mundo es
posible, y que, al actuar así, pueden influir sobre la evolución
de los partidos con mucha mayor intensidad que a través de los debates
internos de éstos.
Podríamos simbolizar las tres etapas de Iniciativa
Socialista en el nombre de tres ciudades: Berlín, Sarajevo, Seattle.
Nombres que representan a los de centenares de miles de personas anónimas,
destructoras de muros, defensoras de la civilización y los derechos
humanos ante la barbarie, combatientes contra la mercantilización
del mundo. Desgraciadamente, hay quienes creen que esos combates son contrapuestos
y no esfuerzos libertarios convergentes en un interminado e interminable
esfuerzo emancipatorio. Esperamos que la nueva Iniciativa Socialista, así
como la próxima aparición del libro Imaginación
democrática y globalización, pueda contribuir en algo,
sólo en algo, a disipar esas brumas doctrinarias.
Inmigración: ¿de qué estamos hablando?
Últimamente se oye hablar de inmigración
como si se tratase de una catástrofe ante la que hay que tomar medidas
reparadoras. Y hay opiniones para todos los gustos sobre lo que puede significar
esa "reparación" y sobre quiénes son realmente las víctimas
de la situación. En el lenguaje cotidiano se utilizan términos
tales como "ilegales" o "irregulares", como si hablásemos de drogas
o de transacciones comerciales. Pero esto es espeluznante, porque la inmigración
no es semejante a un fenómeno atmosférico imprevisto e imprevisible,
ni a un seísmo que se presenta sin avisar. Tampoco es un trasiego
de mercancías que se pueda regular mediante una normativa y unos
cálculos matemáticos y estadísticos.
La inmigración es un desplazamiento hacia los
países más ricos y poderosos de personas que, en su inmensa
mayoría, migran porque es la única salida que les queda,
el camino menos malo que encuentran para sí mismos y para sus seres
queridos. Estamos hablando de personas que tienen sentimientos, que sufren
y lloran y anhelan y confían y temen y aman y odian... ¡Y
también piensan, aunque hay quien parece olvidarlo! Y, claro, esas
personas también son sensibles al hambre, al frío, a las
enfermedades y a la falta de higiene, a las humillaciones y a las injusticias,
y son acreedoras de un respeto absoluto y de un derecho a vivir con dignidad.
Además, no es una situación que se haya
presentado de improviso, es un movimiento migratorio humano totalmente
previsible si estamos mínimamente informados de lo que está
sucediendo en los países de procedencia de esos inmigrantes. Y lo
estamos gracias a los ineludibles medios de comunicación actuales,
así que deberíamos de haber supuesto, hace tiempo ya, no
sólo que esto iba a terminar sucediendo, sino que el volumen de
las migraciones irá en aumento en un futuro inmediato, porque los
abismos entre la pobreza y la riqueza se están acentuando de una
forma vertiginosa.
Porque las migraciones son, sin duda, de pobres y oprimidos,
procedentes de países deprimidos, en los que los recursos son pocos
y muchas las personas entre las que hay que repartirlos, o con muchos recursos
cuyos beneficios se reparten entre unos pocos, mientras la población
se muere de hambre y malos tratos. Países sometidos en su mayoría
a regímenes donde la riqueza y la cultura están en manos
de cuatro y la libertad y el respeto a los derechos humanos son impensables
para los desheredados. La mayoría de los inmigrantes están
mal en sus países de origen y lo que buscan es estar mejor, no abandonarían
sus raíces, su tierra, su clima, su hábitat, su familia,
si pudieran vivir felices en ese entorno. Los inmigrantes no sólo
son seres desplazados, muchos vienen enfermos física y emocionalmente,
heridos, algunos de gravedad, hay personas que han sufrido mucho, que han
sido torturadas, mujeres violadas, niños hambrientos...
¡Qué desesperado tiene que estar un ser
humano para preferir la aventura de una patera y lo que después
sigue (si es que sigue) antes que quedarse donde está! ¡Qué
desesperada tiene que estar una mujer en avanzado estado de gestación
para subirse a una barquita porque sabe que ese ser que lleva dentro moriría
pronto en su país de origen! ¡Qué grado de angustia
puede conducir a una persona a hipotecar su casa y todas sus pertenencias
para obtener un crédito (que puede alcanzar un interés de
hasta el 120% a devolver en un plazo de 10 meses) que le permita viajar
a España, pensando que aquí va a vivir mejor y podrá
pagar el crédito! Muchos de los inmigrantes vienen en tales condiciones
que, aún yéndoles "bien" las cosas, necesitan trabajar varios
años para poder cubrir el pago de su traslado, y algunas personas
hipotecan lo que les queda de vida porque no pueden salir de un círculo
vicioso controlado por mafias (caso de muchas mujeres obligadas a ejercer
la prostitución) ¿Quién puede pensar que esos inmigrantes
vienen a nuestro país con el fin de arrebatarnos lo que nos pertenece?
Por desgracia, hoy en día en España hay mucha gente que piensa
así.
¿Está demostrando España ser un
país racista? ¿Es que ya hemos olvidado que en la historia
de España ha habido muchos refugiados políticos lejos de
nuestras fronteras? ¿Y que en los años 50/60 los españoles
buscaban el pan al Norte de los Pirineos? España ha pasado en muy
pocos años de ser el país de "Bienvenido Mr. Marshall", a
ser un país receptor de inmigrantes pobres, sin haber calculado
que ese era uno de los requisitos que habría que cumplir para pasar
a ser uno de los "grandes". Y eso teniendo en cuenta que en España
sólo hay un 2% de inmigrantes, frente al 17% que alcanzan en Francia
y en Suiza.
El racismo y la xenofobia tienen mucho que ver con el
poder adquisitivo del inmigrante y con su capacidad de reivindicación.
De ser ese país de principios y mediados del siglo XX, sometido
al grado de tercermundista por mor de las sucesivas dictaduras de la derecha,
un país del que huía un gran número de emigrantes,
políticos los unos, económicos o de supervivencia los otros,
un país que besaba las manos de los extranjeros que aquí
se aventuraban a llegar, porque venían con dinero, España,
o parte de ella, ha pasado a convertirse en un "nuevo rico" que pretende
rechazar a los que cree que vienen a usurparle lo que ha logrado acumular,
sin pararse un minuto siquiera a reflexionar, sin creerse del todo que
somos un país democrático, en el que los ciudadanos tenemos
derechos y deberes, en el que podemos reclamar lo que nos pertenece y recurrir
lo que no está bien. Es como si nos dijeran: "Ahora que estábamos
empezando a estar tranquilos y a tener un plato de comida asegurado, vienen
estos intrusos y nos lo quieren quitar. Y encima traen consigo sus religiones
y sus culturas".
Posiblemente y tristemente, como alguna vez ha dicho
Saramago, "son demasiados los que han perdido la capacidad de pensar por
sí mismos". El terreno está abonado para echar las culpas
de la delincuencia, del paro y de todos los males sociales a los inmigrantes.
Eso crea un miedo irracional en la gente de la calle. Sin duda, el cambio
que se está produciendo en la población necesita de un periodo
de adaptación. Pero los que esperan, los que pasan hambre y calamidades,
los perseguidos e indocumentados no pueden esperar: la adaptación
no se puede conseguir pagando con vidas humanas.
Ante esta compleja situación el ejecutivo del
Partido Popular está haciendo gala de posturas ideológicas
y políticas al más puro estilo represivo de la derecha reaccionaria.
Su política respecto al problema de la inmigración está
imbuida de un afán por demostrar a la derecha más extremista
que siguen preservando unos valores ultraconservadores, tendentes a la
homogeneizacion de la sociedad y a la conservación de "la raza".
Se trata también de una maniobra de propaganda electoralista, para
mantener simpatías y ganar los votos de otros sectores, mediante
una manipulación racista, aprovechando el rechazo social que ya
existe hacia los inmigrantes y cargando las tintas en los delitos que pueda
cometer alguno de ellos. Y, por si fuera poco cuanto antecede, todo eso
lo hacen de forma torpe y arbitraria, puesto que cuando llegaron al poder
no aplicaron la Ley de extranjería que ya existía y después
la han modificado con una serie de medidas represivas, injustas, intolerables
y poco coherentes con la situación real, puesto que niegan a los
inmigrantes derechos fundamentales incontestables.
En primer lugar, este Gobierno no quiere asumir responsabilidades
humanitarias de ningún tipo, porque podrían ocasionar gastos
que ellos consideran inoportunos, por lo que intenta restringir la universalidad
del sistema sanitario. En segundo lugar, busca votos para las próximas
elecciones, presentando a sus ministros como benefactores padres de la
patria, capaces de proteger a la sociedad librándola de los "ilegales",
tratando de generar la idea de que entre éstos hay muchos delincuentes.
En tercer lugar, a este Ejecutivo más que solucionar los problemas
le importa quedar bien a los ojos de Europa como guardián de las
fronteras, para poder seguir mandando, legislando y barriendo para su casa
y la de sus amigos. Y, en cuarto lugar, tiene miedo a lo que podría
pasar si dejase reunirse, manifestarse y defenderse a esos inmigrantes,
porque entonces podrían reclamar los derechos humanos que con la
nueva ley se les pretende negar, hacerse visibles en tanto que ciudadanos
que no permiten ser reducidos al papel de sombras sospechosas.
Este Ejecutivo cierra fronteras, hasta con barreras físicas,
y expulsa o mantiene bajo constante amenaza de expulsión a los que
logran traspasarlas arriesgando su vida. Después, este Gobierno
dificulta cada vez más las regularizaciones, con medidas tan absurdas
como la cortina de humo del esperpéntico viaje de ida y vuelta de
los ecuatorianos. Y transfiere competencias para tratar con inmigrantes
desde el Ministerio de Asuntos Sociales (cooperativo) al Ministerio del
Interior (represivo).
La falta de preocupación por los problemas humanos
y la falta de deseo y de capacidad para resolverlos son notorias. No sólo
no importan nada los inmigrantes en sí y su bienestar, sino que
tampoco importa nada que el puzzle no encaje, no se contempla ni tan siquiera
la necesidad de acogerlos dignamente por interés egoísta,
para cubrir de forma regularizada los déficits laborales de nuestro
país. O, sin ir más lejos, para tratar de suavizar los efectos
inmediatos e inevitables del flujo de población que no va a cesar.
Porque todas estas medidas que no están hechas con arreglo a la
realidad, sino a intereses partidarios y particulares, son ineficaces:
si no es fácil entrar en España legalmente, aumentarán
las entradas clandestinas; si no se encuentra trabajo con papeles, habrá
más contratación ilegal, que posiblemente es lo que pretende
la derecha; si no se organiza la acogida humanitaria como es debido, seguirán
existiendo núcleos de población en condiciones de salud e
higiene infrahumanos. La Ley de Extranjería española es,
sin duda, una de las peores de Europa.
Afortunadamente, no todo es racismo. En torno a los encierros
de los inmigrantes han tenido lugar grandes movilizaciones solidarias,
con participación de miles de personas, especialmente jóvenes.
Muchas asociaciones, desde los partidos de la izquierda hasta los sindicatos
y los organismos de derechos humanos, han resaltado la inconstitucionalidad
de la legislación vigente. Sin embargo, pese a algunos logros parciales,
aún no hemos acumulado la fuerza suficiente para forzar la modificación
de la Ley de Extranjería.
Con ánimo constructivo, queremos indicar que,
esta vez, la capacidad de presión social y la misma credibilidad
de la oposición de izquierda se ha visto deteriorada por la postura
oficial del PSOE, pasiva y opaca, aunque haya muy interesantes iniciativas
solidarias promovidas desde algunos gobiernos locales de mayoría
socialista. Quizá los dirigentes del PSOE hayan pensado que al primer
partido de la oposición no le interesa aparecer como el amigo de
los inmigrantes, de cara a las próximas elecciones legislativas,
ni enfrentarse abiertamente al racismo "popular". Pero precisamente la
principal responsabilidad que incumbe a un partido socialista es la de
jugar una función de pedagogía política en aquellos
ámbitos en los que grandes sectores de la población se deslizan
hacia posiciones reaccionarias.
En aparencia, se pretendía seguir un camino similar
al del pacto antiterrorista. En este último caso, sin embargo, la
diferencia es notable y esencial, sea cual sea la opinión que se
tenga sobre su contenido concreto: en el terrorismo hay un enemigo común,
el que mata. En el tema de la inmigración, uno de los hipotéticos
pactantes niega derechos humanos y fomenta el enriquecimiento ilegal del
empresario que explota la necesidad de los inmigrantes sin papeles. Estábamos
ante un conflicto político en el que el PP era el adversario, por
lo que los pactos eran imposibles, al menos sin gran presión social
previa, a la que el PSOE renunció en aras de unas negociaciones
confusas que a ningún sitio podían llevar, cayendo en paradojas
como el posponer el recurso de inconstitucionalidad a la negociación
de un reglamento... derivado de la inconstitucional ley. Finalmente, el
recurso fue presentado, pero ya con un impacto político casi nulo
y en la retaguardia del movimiento protagonizado por centenares de asociaciones
solidarias y de miles de mujeres y de hombres, jóvenes, intelectuales,
músicos, sindicalistas, ciudadanas y ciudadanos en suma, que supieron
ver a tiempo que no era posible esperar y decidieron tomar la palabra.
De cara al futuro, el que la izquierda adopte posturas
inequívocas se hace más y más necesario, pues los
brotes xenófobos manifestados por algunos nefastos personajes sobresalientes
de la política, como son los casos de Enrique Fernández Miranda,
Rafael Centeno, Marta Ferrussola, Heribert Barrera y Javier Ciézar,
son peligrosos y han de ser tenidos muy en cuenta porque son la representación
del sentir y pensar de ciertos sectores cuyo nacionalismo identitario,
incluido el "español", raya con un racismo al estilo más
puro y duro. Es una expresión social nefasta que está en
la calle, que va más allá de la derecha y que pretende dejar
a una franja de la población sin derechos de ninguna clase. En lugar
de darse cuenta de que la globalización es una realidad imparable
en todos los sentidos, de que todos vamos en el mismo tren, piensan que
la primera clase del tren está reservada sólo para ellos.
No hemos de consentírselo.
Por fortuna, cada vez son más numerosos los movimientos
ciudadanos de jóvenes, y no tan jóvenes, que se están
empezando a manifestar y a pronunciarse a favor de la acogida humanitaria
y en contra de una ley de extranjería absolutamente inadmisible.
Cada semana hay, en diferentes puntos de nuestra geografía, concentraciones
pacíficas pero machaconas, conciertos, debates y manifiestos. Confiemos
en que más y más ciudadanos y ciudadanas tomen conciencia
y estos movimientos sigan creciendo, no ya como aislados movimientos de
inmigrantes, sino como movimientos de ciudadanos de todos los orígenes
y de todos los colores en defensa de una democracia que, para serlo, debe
consagrar derechos para todas y para todos.
En la historia de las relaciones de la especie humana
con los animales es larga la lista de enfermedades que estos últimos,
por unas u otras circunstancias, han transmitido a la primera. La brucelosis,
la tuberculosis, la hidiati-dosis, la salmonelosis, la rabia o la fiebre
de Malta están entre las afecciones más frecuentes transmitidas
por los animales domésticos, y la peste bubónica ha sido
una de las peores epidemias que ha sufrido la humanidad en su contacto
con animales no domésticos.
Hasta fecha relativamente reciente, la mayoría
de estos contagios ha sido debida a la estrecha coexistencia entre personas
y animales, a la ignorancia, a la escasa higiene o a la pobreza, pero,
desde el siglo XIX, en la medida en que la investigación científica
ha aumentado el conocimientto sobre las enfermedades, se han hallado remedios
y difundido las medidas profilácticas, los riesgos sobre la especie
humana se han reducido de manera considerable en los países desarrollados.
Sin embargo, el caso de la encefalopatía espongiforme bovina (EEB)
representa algo bien diferente, porque se trata de una intoxicación
generada por la propia acción humana sobre la dieta de los animales.
Es decir, de un efecto no previsto por una acción consciente.
La encefalopatía espongiforme es un grupo de enfermedades
de transmisión que afecta a los mamíferos -bóvidos,
óvidos, cérvidos, y algunos roedores, entre otros-, de la
que se tiene noticia desde el siglo XVIII (en Inglaterra es endémica
entre las ovejas), aunque la variedad que afecta a los humanos (el síndrome
Creutzfeld-Jakob) se descubre al comenzar el siglo XX.
Su origen en los seres humanos es bastante misterioso,
pues es una enfermedad rara -afecta a una persona por cada millón-,
que en la mayoría de los casos se debe a la alteración esporádica
de una proteína, aunque también se puede transmitir de padres
a hijos (sobre un 15%) o deberse a una infección por tratamiento
médico (el 5%). La proteína alterada (prión) provoca
la lenta degeneración del sistema nervioso, en especial del cerebro,
sin que se genere una respuesta inmunológica en la persona afectada
-fiebre, por ejemplo-, por lo cual es difícil efectuar un diagnóstico
precoz.
Pero, a diferencia de la transmisión de enfermedades
de animales a personas en otros momentos, esta vez el contagio partiendo
desde Inglaterra es atribuible sólo a la acción humana, pero
ni la ignorancia ni la pobreza son el origen de ésta, sino la codicia
y la falta de escrúpulos de algunos particulares, un modelo de producción
de carnes que es demencial y el afán proteccionista, en combinación
con la incompetencia, de los gobiernos, que han estado más atentos
a mantener la lógica de sus respectivos mercados que a defender
la salud de sus poblaciones.
El vigente sistema de producción de carnes se
basa en la ganadería intensiva, en explotaciones donde el ganado
está concentrado y cada vez más separado del medio natural.
La lógica del mercado, búsqueda del máximo beneficio
a corto plazo, ha transformado al sector ganadero en un sector industrial
y lo ha alejado tanto de la energía natural -el sol-, del espacio
-el campo, los pastizales-, que se ha reducido al estar las reses estabuladas,
como del tiempo -el ciclo natural-, que también se ha acortado,
propios del sector agrario. Se trata de engordar la mayor cantidad de terneras
(o pollos) en el menor espacio, en la menor cantidad de tiempo y con el
menor coste posible, con el fin de obtener el beneficio máximo.
Esto explica, entre otras cosas, la incongruencia de la política
agraria europea, que impone cuotas de carne y de leche que obligan a reducir
la cabaña, pero luego permite el engorde artificialmente acelerado
de las crías.
El abandono del medio natural, que queda como paisaje
(y da pie a otra industria -el turismo y sus derivados-), aleja a los animales
de los prados, de los rastrojos y del monte y los confina en grandes establos
o cebaderos, donde quedan inmovilizados y son alimentados, sobre todo,
con piensos compuestos con toda clase de aditivos que buscan su rápido
engorde y la resistencia a las enfermedades, pues, dado el hacinamiento,
aumenta el peligro de contagio. La misma lógica del modelo lleva
a formar las ganaderías con las razas más productivas, lo
cual va en detrimento de las razas y las variedades autóctonas,
más resistentes a las enfermedades locales.
Este modelo hace que las ganaderías sean dependientes
de los fabricantes de piensos, y éstos, dado que los piensos tienen
como componentes básicos la soja transgénica y el maíz,
de los países productores, especialmente de empresas de Estados
Unidos, siendo España el primer comprador europeo de dichos granos.
Dejando aparte los costes ecológicos de este modelo,
que son muy altos dado el elevado consumo de energía no natural
exigido por el uso de maquinaria, los aportes externos (abonos y fertilizantes),
la manipulación, almacenamiento, transporte, etc, otro de los efectos
inducidos es el cambio en los cultivos, tanto en los países ganaderos
como en los cerealeros, y en la dieta humana, en la que disminuye el porcentaje
de hidratos de carbono y vegetales y aumenta el de carne y grasas animales.
El origen de la epidemia de EEB está en Inglaterra,
donde la enfermedad -scrapie o tembladera- es endémica en las ovejas.
Precisamente el nombre es un derivado de la palabra scrape, raspar, rozar,
rascar, que es lo que hacen los animales afectados para calmarse el picor,
que es uno de los primeros síntomas de la enfermedad.
En el año 1980, a las vacas británicas
se les empieza a suministrar un pienso elaborado con carne y huesos de
oveja y cinco años después aparecen las primeras vacas afectadas
por la enfermedad neurológica denominada EEB. En 1988, la revista
Nature sugiere que el mal que padecen más de mil vacas ha sido provocado
por el pienso, al que en esa fecha ya se han añadido restos de rumiantes
enfermos. Dado que el 97% de la cabaña ha sido alimentado con tales
piensos, en 1989 las autoridades británicas prohiben su uso, pero
permiten su exportación, y alertan sobre el riesgo de contagio a
humanos (enfermedad de Creutzfeld-Jakob -ECJ-). No obstante, el desarrollo
del mal continúa hasta 1992, en que afecta a 32.000 vacas, año
en que comienza a remitir.
En 1990, tras no pocos titubeos y el deseo inicial de
no informar ("desinformar"), la Unión Europea bloquea las exportaciones
de carne de vacuno procedente del Reino Unido y en 1994 aparecen los primeros
afectados por ECJ, pero hasta 1996 el Gobierno británico no admite
una relación entre el mal de las vacas locas y la enfermedad de
Creutzfeld-Jakob. Ese mismo año, el Gobierno inglés prohibe
la venta de carne de vacuno de más de 30 meses y la fabricación
de piensos elaborados con restos de mamíferos. La Unión Europea
prohibe la exportación de carne británica, prohibición
que es levantada en 1999.
Hasta fecha reciente, se han detectado 89 casos de esta
variedad de la enfermedad de C-J en Inglaterra, 3 en Francia, uno en Irlanda
y otro en España, pendiente de confirmar, personas jóvenes
en su mayor parte, por lo cual, se puede colegir que, a corto plazo y dada
la importancia de la carne en la dieta de los europeos, la incidencia de
la encefalopatía esponjiforme bovina sobre la salud humana ha sido,
hasta hoy, relativamente baja. Sin embargo, a causa de su largo periodo
de incubación -de seis a veinte años-, las autoridades sanitarias
deberán observar durante mucho tiempo la evolución de la
enfermedad antes de poder emitir un balance definitivo sobre su incidencia.
Por lo que respecta a la actuación de los gobiernos,
hay que señalar que han reaccionado tarde y mal, pues han estado
más atentos a proteger el mercado que la salud de los consumidores.
En primer lugar, ha faltado información temprana y clara a los ciudadanos,
asunto que en el caso de España ha tenido rasgos de sainete con
la contradictorias declaraciones de unos u otros responsables y las confusas
mediaciones de la ministra de Sanidad sobre cómo preparar el caldo.
En este tema, tampoco las autoridades europeas han hilado muy fino, pues
su primera intención estuvo en "desinformar", reacción que
parece más propia de una etapa de la guerra fría que de una
crisis sin otro enemigo que una enfermedad de la que proteger a los consumidores.
El desatino es mayor aún, porque las tardías y contradictorias
medidas arbitradas por la UE a lo largo de estos años no han servido
precisamente para aumentar la confianza de los ciudadanos, asunto que en
el caso de España ha tenido rasgos de sainete con la contradictorias
declaraciones de unos u otros responsables y las confusas mediaciones de
la ministra de Sanidad sobre cómo preparar el caldo. En este tema,
tampoco las autoridades europeas han hilado muy fino, pues su primera intención
estuvo en "desinformar", reacción que parece más propia de
una etapa de la guerra fría que de una crisis sin otro enemigo que
una enfermedad de la que proteger a los consumidores. El desatino es mayor
aún, porque las tardías y contradictorias medidas arbitradas
por la UE a lo largo de estos años no han servido precisamente para
aumentar la confianza de los ciudadanos en unas instituciones supranacionales
que se están asentando con gran dificultad y que en momentos como
este están sometidas a la disyuntiva de defender el interés
de cada mercado nacional o proteger el bienestar de l@s ciudadan@s europeos
en general.
Una salida bastarda, aunque frecuente, ha sido destinar
a otros países los productos que rechaza el mercado nacional, en
este caso las harinas con restos animales. El Gobierno inglés fue
el primero en obrar así, pero nuestro ministro Arias Cañete
tuvo la intención de seguirle. En todo caso, queda por comprobar
hasta dónde han llegado y con qué efectos sobre personas
y animales esos piensos prohibidos para el ganado europeo.
En el caso de España, el Gobierno hizo frente
a la crisis de manera tardía e improvisada. Durante cuatro años,
y mientras el Gobierno del Partido Popular hacía su gira triunfal
-"el milagro soy yo", "España va bien"- en tiempo de vacas gordas,
la señora De Palacio ha estado oponiéndose en Bruselas a
las medidas de control que, a la vista de cómo marchaban las cosas
en el Reino Unido, proponía la Comisión Europea, y no ha
mucho tiempo, sólo seis meses antes de que el problema se planteara
con toda su crudeza, el ministro-ganadero Cañete acusaba de irresponsables
y de alarmistas a los técnicos de la UE que incluían a España
entre los países de más riesgo. Luego, con prisas pero sin
pausas, el Gobierno ha habilitado una serie de medidas que, en parte no
se podían cumplir por falta de coordinación entre organismos
(hasta que se puso a Rajoy de responsable) y por falta de medios (de normas
claras, de suficientes tests, de laboratorios, de mataderos, de crematorios
de reses muertas y de personal para controlar el cumplimiento del plan).
El altísimo número de denuncias puesto por el Servicio de
Protección de la Naturaleza (Seprona) indica que hasta fecha muy
reciente se han estado alimentando reses con piensos prohibidos.
Una crisis de esta magnitud pone a prueba muchas cosas
-la información, la coordinación entre organismos nacionales
e internacionales, la decisión de las autoridades nacionales, la
rapidez y el control en la aplicación de los planes de emergencia,
la infraestructura técnico-sanitaria, etc,-, entre ellas la de asumir
responsabilidades ante los hechos, que en este caso que afecta a la salud
pública, han puesto en evidencia que los gobiernos, dejando que
actuase lo peor del mercado, han desertado de su papel de garantes de la
alimentación y de la salud colectivas. ¿Si no es el Estado
el que garantiza la calidad de los alimentos, quién lo va a hacer?
En este tema nuestro país sigue anclado en la vieja tradición
autoritaria. La noción del uso patrimonial del poder lleva a los
cargos públicos a olvidar que su ejercicio también tiene
sus costes, sus contraprestaciones, y una de ellas es la de asumir responsabilidades
y, en consecuencia con ello, dimitir, pero ese no parece el caso. Frente
a Alemania, donde los ministros de Agricultura y Sanidad han dejado el
cargo, en España sólo un consejero regional (gallego) ha
dimitido. Los demás responsables de distinto rango están
creídos de que lo han hecho muy bien.
En el análisis de esta crisis no hay que dejar
fuera el comportamiento de los consumidores. Desde el punto de vista económico,
aunque no desde el dietético, el descenso del consumo de carne de
vacuno en Europa y en España ha sido alarmante. Las ventas han caído
drásticamente más del 50%, y se habla de una remodelación
del sector a causa de la ruina de muchos ganaderos, lo cual provocará
que se pierdan empleos. Ante las noticias y declaraciones tan contradictorias
como las que han ido apareciendo, los alarmados consumidores han reaccionado
dejando de comprar carne como medida de precaución, pero las razones
de esta prudencia están sobradamente justificadas por los muchos
antecedentes en la manipulación de la carne: en la memoria de los
consumidores sigue vivo el recuerdo del clembuterol, de las hormonas, de
los antibióticos, de las dioxinas o el abuso de la sal en la dieta
de las reses para obligarles a beber agua y lograr que pesen más,
pero, sobre todo, el gran escándalo del aceite de colza y la incalificable
actitud de los sucesivos gobiernos (20 años después de la
tragedia y tres años después de celebrarse el juicio, el
60% de los afectados sigue sin cobrar las indemnizaciones). Es decir, que
en materia de consumo, el comportamiento de los proveedores y de las autoridades
en la historia reciente de este país ofrece de todo menos confianza.
El susto, las tragedias por las víctimas humanas,
la ruina de muchos ganaderos, los riesgos para el empleo de los asalariados
del sector, el gigantesco despilfarro que supone el sacrificio de 2 millones
de reses, según cálculos de la Unión Europea, y el
dinero de los contribuyentes para paliar este desastre -al que se añade
ahora el de la fiebre aftosa- ponen sobre el tapete una urgente y profunda
revisión del modelo de desarrollo agropecuario y su radical reorientación
hacia otro más respetuoso con el medio ambiente y, por supuesto,
con la salud de los consumidores, en un mundo donde los flujos se multiplican.
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