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Violencia contra las mujeres:

dominación, poder y patriarcado

Editorial Iniciativa Socialista número 48, marzo 1998
 
   

Casi medio siglo después de esta Declaración 91 (*) mujeres en 1997 han sido asesinadas por sus maridos o ex-maridos y compañeros o ex-compañeros sentimentales. A estas víctimas del año pasado se pueden sumar ya un número considerable en los meses transcurridos del 98. Si fueron 18.000 denuncias por malos tratos las registradas el año anterior, muchas más son las situaciones de tortura dentro del hogar que permanecen anónimas por el miedo, la impotencia o el convencimiento de la inutilidad de la denuncia cuando no el temor a sus consecuencias por la falta de respuestas efectivas.
Consideramos fundamental, y así ha sido reclamado por las organizaciones feministas, insistir en que la violencia contra las mujeres es una vulneración de los derechos humanos fundamentales y, por tanto, es obligación de los Estados garantizar la vida, la libertad y la seguridad personal de las mujeres incluso y especialmente dentro de los santa santorum familiares. La violencia doméstica no es una cuestión personal y  privada, atajarla exige que se tomen medidas políticas por parte del gobierno, del Parlamento y que jueces y fiscales apliquen de manera efectiva las medidas judiciales y policiales.
Estas medidas de carácter urgente deben aplicarse ya en la línea marcada por las organizaciones feministas agrupadas en los distintos foros o plataformas contra la violencia doméstica:

Los lectores y lectoras más familiarizadas con este tema no habrán encontrado ninguna novedad en las medidas exigidas en el párrafo anterior. Es cierto. Estas medidas vienen siendo reclamadas por las Organizaciones de Mujeres desde hace ya bastantes años. Si bien el término "terrorismo doméstico" para definir esta violencia es reciente, no lo es su significado que se desprende del estudio de Lidia Falcón, Violencia contra las mujeres (**) cuando compara las cifras de muertos por el terrorismo de ETA, el de los G.A.L., el caso Almería... y la conmoción social que provocan con las cifras de mujeres asesinadas y apaleadas por hombres y su escaso eco informativo y social. La única novedad es que la violencia doméstica ha saltado de las páginas de sucesos a la primera plana. ¿Se debe este hecho a la escalofriante cifra de mujeres asesinadas en 1.997? No. Cifras superiores o parecidas se repiten todos los años. Entonces ¿por qué se ha roto el silencio? Desgraciadamente por intereses del poder mediático: el caso Ana Orantes (la mujer granadina quemada viva por su ex-marido, tras haber denunciado en un programa de televisión que recibía continuos malos tratos de él) y el morbo televisivo que ha despertado. Pero de sucesos que desencadenan hechos importantes está llena la Historia y el caso "Ana Orantes" se ha convertido en el detonante para que la violencia doméstica empiece a dejar de ser un tema menor para los medios de información. La indignación de la sociedad no puede ser menor ante estos atentados a los Derechos Humanos de lo que lo es ante otros. La violencia doméstica se merece todo el repudio social que suscitan otros tipos de violencia. Rompamos el silencio que ha permitido que "la violencia contra las mujeres sea el crimen encubierto más numeroso del mundo" (Naciones Unidas, 1.980). Aprovechemos la ocasión para denunciar y romper la mentalidad conservadora de que se trata de casos aislados, crímenes cometidos por mentes dementes y enfermas de los que no pueden sacarse conclusiones como decía el Sr. Álvarez Cascos, Vicepresidente del Gobierno Español.
Sin embargo, las declaraciones del Vicepresidente del Gobierno no sorprenden si analizamos la actuación del P.P. en el terreno de las políticas de igualdad. Si bien no se atreven a desmantelar la red de Instituciones y Organismos creados en la época socialista para impulsar las políticas de igualdad, poco a poco los van vaciando de contenido y reduciendo sus dotaciones  presupuestarias; incluso plantean su conversión en organismos para la defensa de la familia. El objetivo del P.P. es devolver la "problemática específica femenina" al ámbito familiar. El P.P., ardiente defensor de la "sacrosanta" institución familiar, participa de una mentalidad que considera que el papel "principal" y "propio" de la mujer en la sociedad es el cuidado de los hijos y del hogar. Para el partido gobernante, si esta situación debe de cambiar, lo hará al ritmo que marque la propia evolución de la sociedad, por eso no son necesarias políticas de igualdad, ni considerar la violencia doméstica un asunto social; su discurso es el de "la mujer que vale, sale por sí sola", la mayoría de las mujeres debemos "no valer". Esta mentalidad se muestra sin pudor alguno cuando se permiten emitir comparaciones y juicios como los realizados por Manuel Fraga (el escote de una diputada socialista) o Miguel Ángel Rodríguez (la puesta de largo de la señorita Constitución Española en su décimo octavo cumpleaños frente al derecho al voto del Señor Constitución). Pero más grave que los chascarrillos de mal gusto de estos señores es un Ministerio de Educación que ha firmado conciertos educativos con centros que practican y defienden la educación segregada de niños y niñas. El titular de estos Centros "maleducativos" es el Opus Dei. Es muy grave y posiblemente ilegal que se financie con fondos públicos el mantenimiento de una escuela de marcado carácter sexista, máxime cuando el marco legal hoy vigente consagra como una de las finalidades de la escuela promover la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.
Pero, en un ejercicio de honestidad, aunque reconozcamos que los partidos de la izquierda son sensibles a la violencia doméstica, su actuación en este campo no ha sido todo lo beligerante que exige el problema. Los titubeos y cautelas a la hora de enfrentarse responsablemente a este tema han marcado la actuación del P.S.O.E. durante sus años de gobierno. Ha sido necesaria la presión constante de las feministas dentro y fuera del Partido Socialista para imponer la consideración política de estas cuestiones y, por tanto, la adopción de medidas con dotaciones presupuestarias, siempre insuficientes, en los terrenos judiciales, policiales y sociales. No ha sido un "paseo" conquistar espacios de poder dentro de los partidos de la Izquierda para las mujeres, se han tenido que vencer muchas resistencias para colocar la contradicción de género como un elemento de importancia política. Y no queremos entrar en las organizaciones sindicales donde la resistencia ha sido y sigue siendo mucho mayor. Como botón de muestra, mencionamos las dificultades que encontramos las mujeres de izquierdas para el repudio de las conductas violentas ejercidas por algunos compañeros de partido y sindicato contra sus compañeras sentimentales cuando éstas se han atrevido a hacerlas públicas. Ninguna organización de izquierdas se atreve a defender públicamente la violencia contra las mujeres pero algunos de sus miembros no tienen pudor alguno a la hora de decir "hay que ver como os ponéis por un par de bofetadas" o expresiones semejantes. Los chistes y bromas de mal gusto referidas a la violencia doméstica son lugar común también entre las personas de izquierdas. Afortunadamente cada vez menos. La mentalidad conservadora de los roles tradicionales y la minusvaloración de la mujer también forma parte de la izquierda.
Los partidos de izquierdas tienen asumida la necesidad de promover una cambio social y cultural en las relaciones entre hombres y mujeres, o al menos eso se dice en sus programas. En ese marco, relación hombre y mujer, es en el único que puede explicarse la violencia doméstica porque es la manifestación más cruel de una sociedad basada en una organización patriarcal cuya mentalidad se hace explícita, a pesar de los grandes cambios que ha sufrido la humanidad, en una relación entre hombres y mujeres marcada por el dominio de los primeros y la dependencia y papel subsidiario de las segundas. Es necesario provocar un profundo cambio de comportamiento en las relaciones entre hombres y mujeres a través de la independencia económica, la educación, la cultura y el protagonismo político de hombres y mujeres como iguales. Es imprescindible ese cambio para romper la tiranía que en muchas ocasiones se esconde tras las sólidas paredes del hogar, fortalecida por el miedo y el silencio.
Los avances y los cambios en la legislación con el reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres y las declaraciones de no discriminación en razón de sexo no han sido  suficientes para romper una relación de dominación que arrastramos desde no se sabe cuando. Esta relación asigna a las mujeres el ámbito privado y a los hombres el público y atraviesa todas las demás contradicciones de la sociedad, las de clase, las de color de piel, las de nacionalidad... No hay ningún hombre que sufra dominación por el hecho de ser hombre, pero el hecho de nacer mujer ya supone la adjudicación de un papel subsidario con respecto al del que ha nacido varón. Las primeras interesadas en acabar con esta relación de dominación, de poder de lo masculino, somos las mujeres y debemos seguir movilizándonos y denunciando lo injusto e inhumano de esta relación. Y puesto que es problema de justicia social, de Derechos Humanos, debe ser considerado un problema de todas las personas. La sociedad no puede permitir que se asesine o se torture a una mujer porque es un atentado contra los Derechos Humanos.
El primer paso es acabar con la división sexual del trabajo, trabajo doméstico no remunerado para unas y trabajo fuera del hogar remunerado para otros. La independencia económica de las mujeres evita el sometimiento de éstas al varón para su subsistencia, por tanto supone la quiebra de una estructura familiar basada en el reparto de papeles, pero también la resistencia a romper con lo establecido, la familia tradicional, se manifiesta de forma violenta. Es cierto que son muchas las mujeres que sufren en silencio malos tratos porque no tienen medios de subsistencia o temen una situación de desamparo para ellas y sus hijos si rompen su familia(***), pero la conquista de la independencia económica, del mundo del trabajo no ha liberado a las mujeres de su rol tradicional, el doméstico. Son muchas las horas dedicadas a ese trabajo no valorado económicamente, son muchas las mujeres que sufren la llamada "doble jornada". Repartir el trabajo doméstico de forma equitativa entre hombres y mujeres es otro elemento fundamental para romper un poder masculino basado en una asignación sexual de roles.
Un elemento básico para impulsar el cambio de comportamiento es la educación. En este sentido la LOGSE supone un gran avance, pero una cosa es el marco legal y otra su aplicación. Se deben primar los programas de co-educación, la educación en valores solidarios e igualitarios, en la resolución pacífica de los conflictos; se deben eliminar los contenidos y las valoraciones sexistas de los libros de texto; se debe exigir al profesorado formación en materia de igualdad entre los sexos para evitar actitudes y comportamientos sexistas. La escuela debe ser un agente real de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. No basta con tener escuelas mixtas, hay que conseguir escuelas no sexistas. Es necesario concienciar a las niñas y a los niños de que la agresión a las mujeres por parte de padres, maridos o hermanos es también un delito y un atentado contra los Derechos Humanos que estudian en el Cole.
Y, por último pero no menos importante, debemos seguir impulsando la incorporación activa de la mujer a la vida política. La participación activa en los movimientos sociales, los partidos políticos y la acción de gobierno debe ser compartida por hombres y mujeres en pie de igualdad. La conquista de la política debe ser un objetivo central para impulsar el cambio de comportamiento. Si la sociedad la componemos personas, seamos hombres o mujeres, la responsabilidad en la toma de decisiones nos compete a todos y a todas en igual medida. En primer lugar nos corresponde a nosotras conquistar estos espacios, para eso es necesario que participemos, que actuemos; pues un nuevo marco de relaciones sociales entre hombre y mujeres pasa por la paridad  social y política.
Si no se actúa en esta doble línea, medidas urgentes de carácter judicial y policial y medidas preventivas conducentes a erradicar la violencia de las mujeres, nos puede suceder como en "aquella historia en la que se dedicaban muchos recursos a sacar personas ahogadas de un río sin plantearse arreglar el puente que había corriente arriba, que estaba roto y era por donde se caían"(****) y "arreglar el puente" es una cuestión de Derechos Humanos.


(*) Datos facilitados por Jaime Mayor Oreja el día 17 de Febrero ante la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer en el Senado.
(**) Falcón, Lidia. Violencia contra las mujeres, pág. 127.
(***) Recomendamos los estudios del Parlamento Europeo y Naciones Unidas sobre la Feminización de la pobreza.
(****) Amalia Alba. "Soluciones responsables", Periódico Levante, 22-1-1998
 
 
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