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Editorial de Iniciativa Socialista, número 50, invierno 1998-1999
Las primarias socialistas, que condujeron al triunfo de José Borrell, crearon una fuerte esperanza de renovación de la izquierda y, en particular, respecto a la capacidad del PSOE de generar una alternativa electoral consistente frente a Aznar.
Sin embargo, el destino de las esperanzas es, en demasiadas ocasiones, coincidir en el infierno con las buenas intenciones. Decimos eso porque la airada y virulenta reacción del PSOE a la sentencia del caso Marey, así como su escasa capacidad de afrontar con nuevas ideas la perspectiva abierta por la declaración de Lizarra y la tregua de ETA, han afectado gravemente tanto a las expectativas de renovación del PSOE como a la viabilidad de un proyecto de ilusión colectiva alternativo al PP.
No vamos a volver sobre el fondo del asunto del GAL (tratrado en sendos editoriales: "Defender el Estado de Derecho", IS nº 33, febrero 1995 y "Nunca más", IS nº 36, octubre 1995).
En cambio, hay que decir que cuando Felipe González calificó de inicua la sentencia del Tribunal Supremo e inició un ataque sin precedentes al poder judicial, se reavivaron las brechas abiertas en el pasado entre el PSOE y un sector de la opinión pública. El peligroso juego de la dirección del PSOE de alegar al mismo tiempo la inocencia de Vera y Barrionuevo y la defensa de la razón de estado ha reabierto las heridas nunca bien cicatrizadas de la guerra sucia, de los abusos de la corrupción, del obstruccionismo a la acción judicial y de la negativa a asumir responsabilidades. Después de las sentencias de FILESA, de Roldán, del caso Marey y de la trama Urralburu, la airada reacción del aparato del PSOE, en una auténtica huida hacia delante, produce un cierto asombro. Sobre todo, por esa apelación a una inocencia indiscutible, por encima de los tribunales y, por la cual los hechos enjuiciados, y la propia existencia del GAL, carecerían de entidad, del mismo modo que las altas responsabilidades de los "otros culpables", cuya inocencia no se proclama, no tendrían ningún significado. Mal equipaje para afrontar juicios como el de los fondos reservados o el de la tortura y asesinato de Lasa y Zabala, entre otros procesos pendientes.
Y por ello, la concentración del 10 de septiembre ante la cárcel de Guadalajara ha sido un hecho de extrema gravedad. Que el principal partido de la izquierda española juegue en el peligroso límite del respeto al Estado de Derecho es una pésima noticia. La fuerte reacción emocional de los dirigentes y cuadros socialistas y su sensación de victimismo es evidente, aunque se equivocarían profundamente si creyeran que es un valor compartido entre la gente de izquierdas. Difícilmente puede entenderse desde posiciones progresistas un compromiso de esa naturaleza con los culpables, según la máxima instancia judicial de España, del secuestro de un ciudadano y, mucho menos, si esa solidaridad parece extenderse a una gestión en el Ministerio del Interior que nunca hubiéramos deseado por parte de un gobierno de izquierdas. El acto de Guadalajara fue un acto político, que trasciende plenamente cualquier compromiso de solidaridad personal para convertirse en el mensaje de que determinados actos deben ser opacos y no pueden ser enjuiciados. La imagen de González, Guerra, Almunia y Borrell ante la cárcel de Guadalajara culpando a Aznar del encarcelamiento de Vera y Barrionuevo resume exactamente lo que muchas personas de la izquierda no queremos que sea el PSOE. Si, para terminar, en una concentración socialista se ovaciona al general Rodríguez Galindo, sobran motivos de preocupación.
Pocos días después, el 13 de septiembre, antes del anuncio de la tregua de ETA, el candidato José Borrell efectuó una declaración solemne, que resultó sorprendente por el desenfoque completo que revela, al considerar como temas centrales de la situación política española la necesidad de superar "los años del rencor" (por la vulneración de "las reglas del juego de la democracia" por Aznar), así como un ataque al nacionalismo democrático catalán y vasco (por plantear "un modelo confederal que no tiene cabida en la Constitución"). Esa declaración solemne mostró su escasa visión creativa cuando a los pocos días ETA declaró la tregua.
El PSOE malversa su proyecto de futuro, al renunciar a su papel de crítico de la política derechista de Aznar y de proponente de alternativas progresistas para el desarrollo de la democracia social. Esos contenidos han sido sustituidos por la defensa de Barrionuevo y una visceral identificación con el nacionalismo españolista. De esta manera, el "efecto Borrell" que tan saludable efecto revitalizador produjo hace unos meses, ha perdido la sal y el gas, volviéndose a una situación parecida a la existente antes de las primarias, con el agravante de la ilusión desperdiciada.
La salud de la izquierda no es buena. Mientras el PSOE entra en esa peligrosa escollera, IU apenas comienza a dar señales de salir de una larga esclerosis política y Nueva Izquierda sufre las consecuencias derivadas de su dificultad para adquirir una identidad propia. Pero de todo ese panorama, lo que más nos preocupa es la desdichada involución del PSOE en los últimos meses, dado su carácter de partido hegemónico de la izquierda.
La derrota electoral de 1996 fue consecuencia, entre otros factores, del abandono del voto socialista por parte de un sector del electorado progresista, fundamentalmente en las grandes ciudades y entre los segmentos más informados de la sociedad. Ese sector es el mismo que recobró la ilusión de un cambio efectivo en el PSOE después de la victoria de Borrell y que, ahora, se encuentra decepcionado por el aparente regreso al pasado de la dirección socialista. Así pues, la contradicción esencial de la izquierda española sigue siendo la que existe entre lo que el PSOE realmente es y lo que el sector más dinámico del espacio progresista quisiera que fuera. Borrell apareció como el posible eslabón perdido. Por eso los primeros meses de actuación del candidato Borrell han provocado tan notoria decepción, que podría agravarse en los meses venideros.
La relación de la izquierda española con el pasado reciente va adquiriendo rasgos morbosos. Y ello supone un obstáculo importante para que el PSOE actúe eficazmente como partido de oposición y agregue en torno suyo nuevas simpatías sociales. Las sombras no asumidas del pasado están afectando pesadamente a la posibilidad de ganar el futuro.
El balance opositor del PSOE es negativo. Ante prácticamente ninguno de los grandes temas que preocupan a la opinión pública (desempleo, sanidad, educación, reforma fiscal, eficacia del sector público,etc.) ha conseguido debilitar la política del PP y aportar una propuesta alternativa coherente. Y en temas como la posible reforma del modelo de Estado se ha situado en posiciones próximas a las del PP.
El PSOE encuentra un fuerte problema de credibilidad social en su labor de oposición en temas como la política laboral del PP, el medicamentazo o la reforma del IRPF, cuestiones en las que la actuación de los últimos gobiernos de González fue regresiva. Además, incurre en ocasiones en propuestas poco consistentes, y que ponen de manifiesto la ausencia de una auténtica alternativa política, como, por ejemplo, ofrecer rebajas fiscales en el IRPF que, probablemente, superarían el coste de la reforma de Aznar.
La credibilidad como alternativa de futuro es inseparable de una explicación clara del proyecto alternativo de la izquierda y de tomar una posición ante determinadas políticas del pasado.
En este sentido, el debate sobre la lucha por el centro resulta interesante. El PP ha emprendido un supuesto giro estratégico hacia el centro, en el cual se enmarcó el cese de Miguel Angel Rodríguez. Tampoco en el PSOE han faltado voces hablando de la necesidad de orientarse hacia el centro.
Quienes apelan al centro como referencia, unas veces parecen referirse en términos políticos a una posición moderada (equidistante entre los extremos). En términos sociales, unas veces parecen referirse a la clase media-acomodada y en otras a la mayoría de la sociedad (como si esas definiciones fueran idénticas). Al final el centrismo del PP parece justificar una reforma fiscal que favorece desmedidamente a quienes están en tramos de renta que suponen menos del cinco por ciento de la población.
En nuestra opinión, la posibilidad de victoria electoral de la izquierda depende esencialmente de su capacidad de generar ilusión y movilización social en torno a un proyecto colectivo y no de especulaciones respecto a la conquista del centro. Sociológicamente no existe ningún obstáculo para que la sociedad española se articule alrededor de una alternativa progresista avanzada. Y ello exige un mensaje claramente innovador, capaz de aglutinar el voto urbano progresista, de atraer a la juventud y de enganchar con las necesidades sociales de la mayoría de la población. La mayor parte de las victorias electorales de la izquierda, en España y en el resto de Europa, están asociadas a la capacidad de ofrecer un nuevo mensaje social y abrir una nueva etapa, no a un mero desgaste de la derecha.
En los próximos meses el PSOE y el candidato Borrell deben responder a una pregunta esencial: ¿Qué va a ofrecer el PSOE a los electores para conseguir la confianza popular que le lleve al gobierno?
El espacio progresista de la sociedad española hace posible una propuesta socialista de reformas estructurales asentada en una fiscalidad progresiva, una sanidad y educación públicas avanzadas, un reforzamiento de la laicidad de la sociedad española, un esfuerzo legislativo por la reducción de jornada laboral y en reformas federales en la estructura del estado.
Esa propuesta socialista debe necesariamente ir acompañada de un proyecto liberal (en su sentido más puro, ajeno a cualquier connotación liberista) de fomentar el equilibrio de poderes y la defensa de los ciudadanos contra los excesos del poder, apoyándose en un impulso participativo en todos los ámbitos de la sociedad.
Existen los mimbres sociales para una alternativa de progreso, quizás
falten los artesanos capaces de entrelazarlos, dada la creciente mediocridad
de los aparatos de la izquierda y la débil movilización social.
En cualquier caso, la izquierda española tiene una oportunidad histórica
de renovarse y de contribuir al proyecto de una España más
democrática y progresista. Perder esa oportunidad por los fantasmas
del pasado sería una tragedia. Si el deseo de ganar el futuro pesa
más que esas sombras fantasmales, la izquierda empezará a
encontrar el camino de un auténtico proyecto colectivo.
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