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Es la hora de la democracia paritaria

Editorial Iniciativa Socialista número 52, primavera 1999

Todo gran movimiento social que se hace lo suficientemente fuerte en su enfrentamiento con alguna de las cruciales relaciones de dominación de unos grupos humamos sobre otros adquiere la aspiración a tener el poder necesario para emanciparse y para transformar el propio Poder.
Las mujeres del mundo llegan al 8 de marzo de 1999, Día Internacional de la Mujer, en condiciones sin duda muy diversas, pero en las que siempre está presente un Poder masculinizado que, en mayor o menor medida, es fuente de privilegios a costa de los derechos de la mitad de la población. Un Poder político y un poder difuso socialmente que se sienten amenazados por un movimiento de mujeres cada vez más fuerte y maduro, cuyas activistas ya no se conciben sólo "como víctimas, sino como sujetos de derechos, productores de conocimiento, intérpretes de los debates predominantes en los foros internacionales"(*) que defienden sus derechos como derechos humanos fundamentales y que han protagonizado la que quizá sea la mayor transformación social y cultural del siglo XX.
Cuando aún es reciente el logro del derecho a voto de las mujeres en las democracias más consolidadas y todavía quedan muchos países en los que ese derecho y otros aún más básicos y elementales siguen estando negados, está surgiendo con fuerza un nuevo horizonte político para el movimiento de mujeres y para la propia democracia: la paridad, esto es, la igual participación de hombres y mujeres en los poderes públicos y asociativos.
En España, la presencia de la mujer en órganos de dirección política ha crecido sensiblemente durante los últimos años, bajo la presión del movimiento feminista y del impulso social de las mujeres que han conducido a las fuerzas políticas de la izquierda a una paulatina aceptación de cuotas o de normas paritarias dirigidas a garantizar un equilibrio entre sexos en sus estructuras dirigentes, y también a un mayor protagonismo de las mujeres en las formaciones de la derecha política, aunque éstas siguen sosteniendo posiciones retrogradas ante los derechos de las mujeres, como hemos comprobado recientemente con motivo de las propuestas presentadas por la izquierda para la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Esta evolución -ausente aún en las estructuras sindicales, muy atrasadas desde este punto de vista- es un importante paso adelante, pero no ha implicado todavía una efectiva paridad, ya que la distribución interna de responsabilidades y, sobre todo, de los cargos públicos en los que reside la capacidad de acción legislativa y de gobierno sigue estando signada por la hegemonía masculina.
Por esa razón, se pone ahora en primer plano la necesidad de una reforma de la Ley electoral que imponga la obligación de composición paritaria de las candidaturas a las diversas instituciones representativas, entendiendo que esa paridad no debe afectar solamente al conjunto de la candidatura sino también a cada uno de sus tramos.
En Francia, donde pese a todas sus limitaciones posiblemente se encuentre hoy el gobierno más a la izquierda del mundo, se han dado ya pasos institucionales hacia la democracia paritaria. Durante algún tiempo ha parecido que el PSOE también iba a tomar esta iniciativa, promovida por las mujeres socialistas y que podía contar con el apoyo del resto de fuerzas de izquierda, pero lamentablemente todo da a indicar que este proyecto ha sufrido un frenazo considerable por el temor a la renovación de personas, con el correspondiente "llanto y crujir de dientes", que esta medida implicaría en ayuntamientos, comunidades autónomas, Congreso de diputados, Senado y Eurocámara. La promesa de Borrell de incorporar un 50% de ministras a su hipotético gobierno sólo adquiriría un genuino sentido transformador enmarcada en una acción reformadora que trate de dar cuerpo legal a una democracia paritaria establecida como derecho reconocido gobierne quien gobierne.
En España y otros países democráticos casi nadie osa oponerse a la paridad negando directamente el derecho de las mujeres a la participación política. Pero los argumentos de quienes, en la derecha o en la izquierda, se resisten a que sea establecida por ley y han generado la falaz y machista expresión "mujeres florero", dan muestra, en definitiva, de una posición abiertamente conservadora. Efectivamente, la ley vigente no impide que las mujeres ocupen la mitad (o el 100% incluso) de los puestos de representación y gobierno. Pero el que la presencia de mujeres en la política esté muy lejos de su peso en la sociedad no se debe, ni mucho menos, a un fenómeno de naturaleza, ni a la inexistencia de mujeres capacitadas y dispuestas para gestionar la cosa pública, sino a la pervivencia de relaciones de dominación del hombre sobre la mujer, dominación política como en definitiva lo es cualquier forma de supremacía y discriminación.
Para las mujeres, el camino a través de los partidos está lleno de obstáculos. El funcionamiento de los partidos y las propias formas de hacer política, su lenguaje y sus valores reconocidos, se han moldeado a imagen y semejanza de estereotipos masculinos que contienen un alto grado de violencia simbólica -y física en ocasiones-, de supervaloración del Poder en cuanto "poder sobre…" y no "poder para…", de competitividad, de hiperactividad no creativa, de renuncia a la intimidad y a la cotidianidad, de exhibicionismo y, como colofón, de rastrera sumisión a quien reparte el rancho. Incluso en aquellos partidos y organizaciones en los que se han aplicado normas paritarias, en muchos casos se ha hecho ampliando de forma desmedida los organismos correspondientes, pues era indiscutible el puesto de los hombres que "tienen que estar". Como eso no es posible en las instituciones representivas de la sociedad en su conjunto, la resistencia a la paridad en ellas es mucho más encarnizada, porque cada mujer más es un hombre menos.
No son las mujeres las que deben adaptarse a ese ambiente, sino la política la que debe transformarse y humanizarse, feminizarse en suma. Para eso, las mujeres y los hombres que se comprometan con una profundización de la democracia deben cambiar las reglas del juego, imponer desde la acción social y desde las leyes la transformación de la política y un nuevo contrato social entre hombres y mujeres que implique compartir el Poder, compartir el trabajo y compartir las responsabilidades de la vida cotidiana.
Ese contrato social se hace posible en España en base a una nueva relación de fuerzas, socialmente cada vez más evidente pero políticamente trabada por estructuras anquilosadas. La exigencia de democracia paritaria no surge de un derecho ahistórico de representación proporcional de cualquier grupo social, que efectivamente fragmentaría en exceso la representación colectiva de una sociedad, sino de la lucha concreta de las mujeres, de su organización y de su rebelión contra una dominación masculina y un estado de las cosas que impide el acceso natural, "espontáneo", de las mujeres al poder, de la misma forma que frente a la "espontaneidad" de la explotación capitalista se alzaron las leyes laborales. Cuando la dominación quiere presentarse como "naturaleza", como "así son las cosas", la política y la acción positiva son el camino de la libertad y del "así deben y pueden ser".
Hoy, en España, hay condiciones políticas, sociales y culturales para la conquista de la democracia paritaria, que debe ser la gran transformación de comienzos de siglo XXI, reto para una izquierda que no podrá minar la hegemonía política de la derecha por medio de frases "ingeniosas", sino solamente si es capaz de ofrecer una nueva esperanza reformadora, alternativas efectivas y rigurosas que movilicen a la sociedad, sin demagogia y sin espectáculo, con radicalidad democrática y con capacidad subversiva contra toda dominación.
No olvidamos a las mujeres de todo el mundo para quienes la paridad puede parecer una alejada quimera, ya que están sometidas a feroces discriminaciones, a horrendas mutilaciones y a regímenes terroristas abyectos. Fundamentalistas de todo pelaje -incluido el "Papa social" bendecido por Fidel Castro o D’Alema pero enemigo abierto de la autodeterminación de las mujeres- tratan en todo el mundo de disciplinar a las mujeres, cuyo movimiento internacional sólo puede beneficiarse de cada paso adelante dado en cualquier país. Una Europa gobernada en todas sus instituciones al menos por un 50% por mujeres habría sido, sin duda alguna, más consciente de la necesidad de actuar contra las violaciones en masa de mujeres bosnias y contra los talibanes afganos, cuyo régimen asesino y esclavista cubre de oprobio a toda la comunidad internacional por permitir su existencia.

(*) Charlotte Bunch, fundadora del Centro para el liderazgo mundial de las mujeres, en entrevista realizada en 1997 por Claudia Hinojosa
 
 
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