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 NO HABRÁ PAZ CON MILOSEVIC


* Editorial Iniciativa Socialista número 53, verano 1999

Somos partidarios del derecho de injerencia contra regímenes genocidas y de la primacía de los derechos humanos sobre la soberanía de los Estados. Consideramos justificada y necesaria la intervención armada contra el aparato político, policial y militar del régimen encabezado por Milosevic y Seselj. Invitamos a todas las personas comprometidas con los derechos humanos a movilizarse en solidaridad con el pueblo kosovar y a construir un protagonismo civil que ejerza una eficaz presión sobre nuestros gobiernos y sobre la OTAN para que la intervención tenga las formas, la duración y la dimensión precisas para lograr el retorno de los refugiados a sus hogares con plenas garantías para su seguridad y sus derechos. Además, debe ser irrenunciable el procesamiento de Milosevic y sus colaboradores por un Tribunal Penal Internacional.
A partir de la supresión en 1989 del estatuto de autonomía de Kosovo, esta región, con un 90% de su población de origen albanés, está sometida a una opresión extrema. Los albano-kosovares han sufrido en estos diez años una represión feroz, detenciones y torturas, asesinatos, despidos en masa, la disolución de todo tipo de institución autónoma, así como excluyentes políticas de apartheid en la educación y la sanidad. Durante este tiempo, la respuesta mayoritaria ha sido la resistencia cívica no-violenta, dotándose de un gobierno representativo a través de elecciones paralelas, realizadas en 1992 y 1998, y convirtiendo comercios y hogares en centros de enseñanza y atención sanitaria.
En febrero de 1998 comienza una fase exterminista y de abierta limpieza étnica. La policía, el ejército y las bandas paramilitares serbias bombardean e incendian poblaciones y ejecutan y mutilan a personas detenidas. Drenica, los pueblos fronterizos con Albania, Pec, Dakovika, Donje Obrinje, Golubovac, Senik, Racak, Rakovina o Rogovo son escenario de las peores atrocidades, y miles de personas son expulsadas de sus hogares. En marzo de 1998 el Consejo de Seguridad de la ONU estimaba en 230.000 el número de personas desplazadas, siendo pocos meses después más de 300.000 las que se protegían en bosques, montañas y países vecinos, mucho antes del inicio de los bombardeos de la OTAN. Sólo en esas condiciones comenzaron a inclinarse un número creciente de kosovares hacia la resistencia armada.
A mediados de abril de 1999, un tercio de la población ha salido del país y otro tercio vaga por Kosovo. Las columnas de deportados no escapan de las bombas de la OTAN, como algún cínico ha pretendido, sino que son consecuencia de la política de tierra quemada y de limpieza étnica promovida por la alianza nazi-estalinista que gobierna en Belgrado. Estas expulsiones son acompañadas por multitud de asesinatos, secuestros y violaciones. Al igual que ocurrió en Bosnia, estas últimas se están produciendo tanto en el momento mismo del desalojo de los domicilios albano-kosovares como en centros permanentes donde el ejército serbio mantiene secuestradas a numerosas mujeres.
La negociación es mejor que la guerra, pero no siempre es posible una paz con justicia sin recurrir al uso de la fuerza. Quienes, con buena intención, reclaman que la OTAN suspenda incondicionalmente la intervención y Milosevic pare el genocidio no dan ninguna salida real a la situación, ya que su propuesta expresa un bello ideal... totalmente irrealizable en su segunda parte sin presión militar. Milosevic ha demostrado ser un experto en convertir cada negociación en un nuevo plazo para continuar su obra de destrucción y muerte, dentro de un infernal ciclo masacre / amenaza internacional / negociación y promesas / suspensión de la amenaza / nueva masacre... Desde hace mucho tiempo, es evidente que a Milosevic sólo se le puede parar y derrotar con las armas, salvo que lo hiciese el propio pueblo serbio, lo que, desgraciadamente, no era ya una opción cercana, una vez que la oposición perdió la oportunidad que le abrieron las movilizaciones democráticas de 1996 y 1997. Postergar ese momento de confrontación sólo ha servido para agravar la situación y para dar tiempo al fortalecimiento de las tendencias ultranacionalistas y agresivas presentes en Rusia.
Como ha escrito Juan Goytisolo, «Desde 1992, para cualquier conocedor de la ideología ultranacionalista serbia abrazada por Milosevic para auparse a la Jefatura del Estado y permanecer en ella a costa de su propio pueblo, el etnocidio de Kosovo venía cantado» (El País, 23/4/1999). Los países occidentales, que decimos fundarnos sobre los valores de la democracia y de los derechos humanos, se dieron por satisfechos en Dayton con una insuficiente solución a la crisis balcánica, que, aunque ha parado la matanza en Bosnia, no ha permitido aún el retorno de las poblaciones desplazadas y que no incluía respuesta alguna a la situación de Kosovo. Las Naciones Unidas han emitido resoluciones patéticamente impotentes frente al régimen de Milosevic. Atada la ONU de pies y manos por su actual estructura y por la voluntad de muchos de sus integrantes, el gobierno de Belgrado podía saltarse a la torera resoluciones como la del 31 de marzo de 1998, en la que, para «el caso de que no se apliquen las medidas concretas requeridas», se terminaba decidiendo «examinar la posibilidad de adoptar medidas nuevas y adicionales» y «seguir ocupándose de la cuestión», todo esto pocas semanas después de la masacre de Drenica.
La Unión Europea, que no se ha dotado de una política de seguridad y defensa propia, ha renunciado a tener el protagonismo que le correspondía. La OTAN, en la que EE.UU. tiene un papel hegemónico debido en gran medida a la voluntaria posición de subsidiaridad adoptada por sus miembros europeos, quedaba así como la única estructura político-militar capaz de realizar el despliegue de fuerzas preciso para una operación de esta envergadura. Convencidos de que la supervivencia del pueblo kosovar tiene prioridad sobre cualquier deseo piadoso respecto a «cómo deberían ser las cosas», tomamos partido por la intervención armada iniciada el pasado 25 de marzo, que debe ser reorientada pero nunca suspendida sin haber logrado, al menos, los objetivos fijados en el Plan de Paz propuesto por el secretario general de la ONU, pues en caso contrario asistiremos a un fortalecimiento del régimen nacionalsocialista serbio y a un debilitamiento de la democracia en toda Europa. El ejército y la policía serbios deben abandonar todo el territorio de Kosovo, sobre el que debe desplegarse una fuerza militar internacional, a ser posible bajo el mandato de la ONU o de la OSCE y con alguna presencia rusa, siempre y cuando que estas condiciones no impliquen menoscabo en su tarea de defender a la población kosovar, pasividad ante las agresiones que ésta pueda sufrir o complicidad con los agresores. Ninguna apelación a la «legalidad internacional» nos hará olvidar cómo la ONU y sus cascos azules dieron vía libre al genocidio en Srebrenica y Zepa, zonas que habían sido declaradas «protegidas».
Precisamente por nuestro compromiso con los objetivos citados, es preciso y urgente señalar los graves errores u omisiones voluntarias presentes, hasta el momento, en el desarrollo de la intervención, conducida como si Milosevic fuese un dictadorcillo al que se podría hacer entrar rápidamente en una vía de diálogo con un pequeño empujón, asegurándole además que no se pasaría a mayores. Consideramos intolerable toda la improvisación, escasez de medios e irresponsabilidad que ha rodeado la acogida de los centenares de miles de refugiados provocados por la limpieza étnica. Es imprescindible aportar toda la ayuda que sea necesaria para la reconstrucción de una vida cotidiana digna y para la reorganización social y política del pueblo kosovar, sujeto de derechos y no objeto de caridad.
Igualmente, sin entrar en asuntos de estrategia militar que desconocemos, tenemos el convencimiento de que el uso de tropas terrestres es absolutamente imprescindible para garantizar el retorno de todos los kosovares a sus hogares, con seguridad y libertad, independientemente de cuál sea su origen étnico (albanés, serbio, judío o cualquier otro). Ese es el objetivo que justifica emprender una iniciativa bélica que inevitablemente causa víctimas inocentes que nos duelen profundamente y por las que asumimos la parte de responsabilidad que nos pueda corresponder por mantener una posición beligerante, aunque nada tengamos que ver con la elección de objetivos que realiza el mando militar de la operación y creamos que mucha mayor es la culpabilidad de Milosevic, de sus amigos y de quienes prefieren ser espectadores de la matanza del pueblo kosovar antes  que «aliados» críticos, vigilantes y ocasionales de la OTAN. En todo caso, la prolongación indefinida de los bombardeos aéreos sin pasar a una nueva fase terrestre no parece que pueda dar los frutos que deben buscarse, mientras que, por el contrario, irá incrementando los trágicos errores que causan víctimas entre la población civil.
La Unión Europea debe salir de su letargo y de su posición subordinada en el seno de la comunidad internacional. A ella corresponde la responsabilidad principal de actuar ante la tragedia que asola los Balcanes desde comienzos de los años noventa. La actual acción armada debe ir acompañada de un compromiso profundo con los países y fuerzas políticas de la zona que opten por una vía democrática, de respeto a los derechos humanos y de solidaridad con los refugiados, ofreciendo no sólo ayuda económica sino también un compromiso de integración política y de defensa ante cualquier posible agresión. Igualmente, debe prestarse apoyo a la oposición democrática serbia, aunque la mayor parte de ella había caído también, antes ya de los bombardeos, en una fiebre patriótica en torno a Kosovo que, en el mejor de los casos, le impide reconocer que allí no estábamos asistiendo a un enfrentamiento simétrico entre dos nacionalismos extremistas sino una brutal opresión del régimen serbio sobre la inmensa mayoría de los kosovares. En particular, es obligada una total solidaridad con los ciudadanos que se nieguen a colaborar en la aventura de Milosevic, acogiendo a los desertores del Ejército serbio y no rechazando su petición de refugio, como, lamentablemente, ha ocurrido en algún país de la Unión Europea.
El gobierno español ha tratado de clandestinizar nuestra participación en la guerra, renunciando a explicar y difundir el compromiso político democrático en que debe basarse. En cierta forma, da la impresión de que Aznar se ha limitado a obedecer las órdenes de Clinton sin entender nada de lo que está en juego en Kosovo y tratando de ocultar la presencia de España en una guerra. En cuanto a la izquierda, resulta evidente nuestra discrepancia radical con Izquierda Unida y con quienes han centrado su actividad en exigir el fin de la intervención de la OTAN. Pero también echamos de menos un mayor esfuerzo entre organizaciones como el PSOE y el consejo federal del PDNI, que, si bien han aprobado resoluciones a las que nos sentimos cercanos en mayor o menor grado, no han hecho gran cosa para fomentar un compromiso social activo con el pueblo albano-kosovar.
Quienes, desde posiciones de izquierda, sostenemos la necesidad de una intervención militar hemos tenido que gastar gran parte de nuestros esfuerzos en responder a los argumentos, frecuentemente peregrinos y contradictorios, de sectores antibeligerantes honestos o de los amigos estalinistas o nazis de Milosevic. Sin embargo, la tarea más urgente es promover una movilización ciudadana solidaria con el pueblo kosovar capaz de presionar y de controlar al mando político de la intervención para que ésta se ajuste a los objetivos proclamados y no quede en un nuevo tira y afloja entre las grandes potencias y Milosevic, tras el que éste salga intacto, el pueblo albano-kosovar quede expulsado de sus hogares y la población serbia haya sido castigada para nada. Manifestamos por ello nuestra identificación con las iniciativas que han promovido las organizaciones que, como la Plataforma por Kosovo, el Movimiento contra la Intolerancia y la Asamblea de Cooperación por la Paz, han entendido que la lucha contra Milosevic no es tarea exclusiva de los gobiernos y de la OTAN.
Finalmente, ajenos a una «lógica de bloques» antiemancipatoria que nunca hemos compartido y que aún está viva en parte de la izquierda, creemos que, sin ceder un centímetro en la solidaridad con el pueblo kosovar, las fuerzas comprometidas con los derechos humanos debemos manifestar que no estamos dispuestas a avalar cualquier acción bélica promovida por la OTAN o los EE.UU., como los injustificables bombardeos periódicos sobre Irak, carentes de objetivo humanitario o democrático identificable; que tampoco les damos a ellos ni a nadie ninguna «patente de corso» para hacer lo que se les antoje sin que nadie pueda protestar; y que seguiremos trabajando para que termine la pasividad con que la comunidad internacional contempla  las gravísimas violaciones de los derechos humanos que, llegando en algunos caso al genocidio, se producen en Turquía/Kurdistán, Israel/Palestina, Indonesia/Timor, Afganistán, algunos países de Africa, etc. No queremos un «equilibrio de muertos» entre kurdos y kosovares, como algunos parecen preconizar, sino la libertad y la vida para ambos pueblos y el fin de todos los tiranos, sátrapas y genocidas.
 
 
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