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Gobierno Aznar:

Ausencia de Política, política de intereses

 
Artículo editorial Iniciativa Socialista 58, invierno 2000

La economía española continúa creciendo. La tasa del primer semestre del presente año ha sido del 4%, con lo que se mantiene desde 1997 un crecimiento de ese nivel, por encima de la media de la Unión Europea. No existen en el momento presente señales significativas de una próxima caída importante de la actividad económica en España, a pesar de que el aumento de precios del petróleo amenace a las economías occidentales y de que la debilidad del euro haya producido nerviosismo en los mercados financieros. Sin embargo, son múltiples los indicios que muestran que en un plazo no determinable con exactitud, la economía europea, arrastrando con ella a la española, entrará en una nueva etapa caracterizada por menor crecimiento económico, mayor desempleo y mayor inflación.
De cara a una valoración de los primeros meses del nuevo gobierno Aznar podríamos decir que el mantenimiento de la situación económica ha permitido la continuación de la anémica política que, con tan buenos réditos electorales, ya había caracterizado la anterior legislatura. El control de los precios sigue siendo el talón de Aquiles de la política económica, con una completa incapacidad de reacción del gobierno que, sin embargo, ha presentado un proyecto presupuestario para el año 2001 con déficit cero, escasamente creíble por basarse en una hipótesis de inflación del 2%. Bonanza económica e incapacidad de gobierno marchan unidas.
Para el seudoliberalismo de Aznar la marcha de la economía es el mejor pretexto para renunciar a cualquier clase de políticas activas. Podemos decir que el gobierno Aznar está dejando pasar una etapa continuada de crecimiento económico sin utilizarla como soporte para desarrollar las reformas sociales, las obras públicas y los proyectos solidarios que, en otras condiciones económicas son más difíciles de abordar. ¿Qué hará cuando cambie el ciclo? ¿Pedir que se apriete el cinturón la mayoría social que sólo en pequeña medida se ha beneficiado del crecimiento?
 

Síntomas de una forma de gobernar

Se han cumplido seis meses desde la victoria de Aznar en las pasadas elecciones generales y el rasgo más importante de la situación española es la ausencia de política, la carencia de una defensa desde el Gobierno del interés general, mientras se adoptan decisiones en beneficio de intereses particulares y, muy a menudo, medidas negligentes y torpes. El Gobierno del PP aborda los acontecimientos con una preocupante falta de sensibilidad y de reflejos, la misma que demostró en la anterior legislatura con su pasividad ante la situación vasca durante la tregua de ETA, la misma que le hace incapaz de reaccionar a las tensiones inflacionistas alimentadas por los sectores “liberalizados” de la economía o abordar con una mínima comprensión el problema de la inmigración.
Pero esa insensibilidad, incluso desidia en algunos temas, es compatible con la adopción de medidas que pueden ser sintomáticas de lo que nos espera en los próximos tiempos. Aunque de muestra vale un botón, vamos a indicar varios ejemplos.
El gobierno del PP tiene una escasa empatía hacia los intereses de la nación. Ello le hace cometer errores de una magnitud insoportable. Como se recordará, en vísperas de las elecciones generales (dos días antes) el gobierno de Aznar concedió cuatro licencias de operadores para la nueva generación de telefonía móvil (las licencias UMTS) por 86.000 millones de pesetas, cuando, como es sabido, otros países europeos han obtenido después cifras billonarias por dichas licencias (concretamente 8,4 billones en Alemania, 6,3 billones en Gran Bretaña, 3,28 billones en Francia). Incapaz de rectificar su brutal error y su inexplicada prisa (o su connivencia manifiesta con los beneficiarios de las concesiones) y anular el concurso, ahora el PP propone en los próximos Presupuestos del Estado una tasa anual de 160.000 millones sobre todos los usuarios del espacio radio-eléctrico, de los cuales 140.000 millones corresponderían a las operadoras de telefonía móvil. Una reacción absolutamente insuficiente para absorber completamente el daño patrimonial causado. En relación a este asunto Aznar debería dar cuenta a la sociedad española de su decisión, sobre todo cuando plantee dificultades para financiar proyectos sociales y democráticos. ¿Cuántos años de subsidio de desempleo garantizado para todos los españoles parados se podrían haber satisfecho? ¿Qué mejora de las pensiones más bajas podría haberse establecido? ¿Qué nuevas infraestructuras podrían haberse acometido? ¿Qué mejora del sistema de sanidad y educación podría haberse emprendido? O, algo más cercano a la supuesta sensibilidad fiscal del PP, ¿qué reforma fiscal progresiva, reduciendo de la presión tributaria sobre las rentas medias y bajas, podría haberse financiado? Y, sobre todo: ¿qué debate político hubo para decidir renunciar a esas posibles alternativas en beneficio exclusivo de unas cuantas operadoras de telefonía móvil?
Los síntomas de políticas al servicio de intereses de grupos económicos son notorios. En junio de este año se aprobó por el Gobierno el Real Decreto-Ley 3/2000 que estableció la desfiscalización de terminadas operaciones fiscales realizadas en el régimen especial de tenencia de valores extranjeros, entre otras medidas. El escándalo es que con esa norma podrían dejar de tributar las plusvalías latentes de 2,5 billones de pesetas de los accionistas de Airtel por la venta de la compañía a la sociedad británica Vodafone, así como otras operaciones similares. Cuando la cuestión estalla en la prensa económica, el pasado mes de septiembre, el gobierno contesta que... modificará el Decreto-Ley en su tramitación parlamentaria, dando marcha atrás en los aspectos más escandalosos. ¿Incompetencia?, ¿simple reaccionarismo fiscal?, ¿torpe amiguismo de determinados responsables políticos, sorprendidos cuando la norma beneficia a alguien distinto del que pensaron? Esas medidas fiscales, y otras destinadas a beneficiar a los negocios, se producen en el mismo país en que las rentas del trabajo suponen el 83% de las rentas declaradas del Impuesto sobre la Renta, mientras decrecen en términos proporcionales las rentas declaradas en concepto de actividades profesionales, empresariales y del capital.
Es evidente: tenemos un gobierno sin proyectos políticos constructivos, sin imaginación social y política. De hecho, sus únicas prioridades claras se orientan en dos sentidos que implican políticas negativas. Una de ellas es una línea muy restrictiva respecto a la inmigración, sin haber explicado cual es el nivel que España puede absorber ni, tan siquiera,  las necesidades del mercado de trabajo. La otra prioridad es una orientación de marcado sesgo antinacionalista, que sólo puede conducir a romper el equilibrio en que se basa el estado autonómico.
La concepción centralista y la torpeza política a veces producen curiosos resultados. En un asunto simbólico como las matrículas de los automóviles, el PP ha originado un estúpido trágala que no por simbólico es menos denunciable. Cuando incluso en algunos países europeos que carecen de las estructuras seudofederales de España se utilizan distintivos provinciales o regionales, aquí el gobierno se apresta a provocar una “guerra de la chapa”. ¿Castigo a los nacionalistas democráticos de Cataluña, Galicia y Euskadi? ¿Satisfacción para los centralistas y los nacionalistas patrios (de la patria hispana)? ¿Incapacidad para percibir la inconsistencia de esa medida simbólica con la existencia del estado de las autonomías?
Luego están los asuntos más graves. Los crímenes de ETA atenazan  a la sociedad española. Es comprensible que cualquier gobierno estudie medidas. Pero es preocupante que las medidas que se valoren sean normas de excepción pensadas para aplicar sólo en Euskadi. Las leyes son normas generales, por eso cuando se piensa en normas sobre la alteración del orden público en los ayuntamientos no se está regulando únicamente los alborotos causados por los pro-etarras, sino también las protestas de trabajadores o de víctimas del terrorismo. Cuando se piensa en normas de excepción respecto a menores de edad ocurre otro tanto. La regulación del delito de apología introduce un delito de opinión. Suponemos que esas medidas pueden quedarse en mero proyecto, pues numerosos juristas han indicado que bordean o traspasan los límites constitucionales. ¿Es imposible mantener la serenidad del estado democrático frente a la barbarie limitando las reformas penales a las indispensables dentro de la sensatez y sin dejarse imbuir por la rabia que producen los asesinatos etarras?
 

¿Se mueve algo en este país?

El gobierno de Aznar toma medidas. Equivocadas, tardías, inoperantes en muchos casos, peligrosas en algunos otros. Hace políticas de intereses, pero carece de política en el sentido superior de lo que es la política, la visión integradora de la polis. Por ello oscila entre su fascinación por la tecnocracia y la atracción irresistible de decisiones que corrompen la actividad pública. No olvidemos que la mayor corrupción  política es sustituir el servicio de los intereses generales por los intereses de grupos económicos o de partido.
Esa ausencia de política no resulta más grave en ningún otro sitio que en el ámbito de Europa, donde el gobierno del PP no contribuye en nada a la construcción política europea sino que se une a los sectores retardatarios una y otra vez, por ejemplo, contribuyendo a bloquear el avance de la armonización fiscal en la fiscalidad del capital, alineándose con  países como Gran Bretaña o Luxemburgo.
Siempre se dice que los pueblos tienen no sólo los gobiernos que eligen sino, también, los que se merecen. Aunque tiene algo de calumnioso, posiblemente también tiene algo de verdad. La pasividad de la sociedad española, la introspección de sus sectores progresistas, la escasez de activistas civiles, tienen mucho que ver con lo que pasa. En el horizonte de los años que se nos vienen encima, parece evidente que sin movilización social, sin la emergencia de nuevas generaciones en la actividad social y política, sin un cambio importante en las estructuras organizadas del progresismo español será enormemente difícil generar la fuerza y la ilusión necesarias para un cambio político.
En este sentido, lo que ocurre en las organizaciones políticas de la izquierda tiene un papel importante. Es de enorme trascendencia el resultado del Congreso del PSOE, con el nuevo liderazgo de Rodríguez Zapatero y la sustitución de gran parte del viejo aparato de dirección de la época felipista. Sería importante que IU fuera capaz de un cambio de la misma significación en su propio ámbito político.
Sin embargo, esa renovación, por trascendental que sea, no puede sustituir la necesidad de un nuevo impulso social, político, ético y cultural. En nuestra opinión la principal obligación de los protagonistas de la renovación política pasa por promover un nuevo diálogo con la sociedad, comprendiendo la necesidad de una nueva relación con el activismo social comprometido con las auténticas identidades progresistas. Ese activismo abarca desde el sindicalismo, que reclama una más justa distribución de la renta, hasta el movimiento gay, en lucha por una justa ley de parejas de hecho, desde los colectivos que se enfrentan a la violencia defendiendo la paz y la libertad en Euskadi, hasta las ONGs que defienden los derechos de los inmigrantes y una ley justa como la aprobada en la anterior legislatura, que el PP quiere sustituir aceleradamente, así como a las asociaciones de mujeres que luchan contra la violencia doméstica o los colectivos solidarios con el Sur del mundo. En el mundo actual, los ciudadanos y sus organizaciones civiles tienen la fuerza y la capacidad de cambiar las cosas, mucho más que en ningún otro momento de las últimas décadas. La incapacidad de comprender el significado de fenómenos como el de Seattle es un grave lastre para la oposición de izquierda. Es signo de los tiempos que todas las movilizaciones de calado social y todas las iniciativas realmente innovadoras procedan de redes del activismo cívico, no de los partidos políticos.
En España la derecha gobierna con la legitimidad de su victoria electoral y tiene un poderoso entramado institucional y de intereses a su lado. Pero carece en gran medida del sentido auténtico de la política como interés general. Frente a ese gobierno puede conformarse un bloque democrático de oposición con nuevas ideas, nuevas ilusiones, nuevas formas de actuar. Las condiciones para ello se dan plenamente. La correlación de fuerzas sólo se alterará si algo empieza a moverse profundamente en la sociedad. Sólo la actividad política de la ciudadanía puede enmendar la ausencia de política que caracteriza la etapa de gobiernos de Aznar. La acción de la ciudadanía es parte fundamental de la senda del cambio.
 
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