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“La reducción de la política a la economía es tanto más grave en la medida que, por el contrario, resulta esencial abrir la política a la civilización. Yo diría incluso que no basta con oponer lo social a lo económico. Es necesaria una Europa civilizacional, un proyecto de civilización en el que se encuentren ligados lo social, lo político y lo civilizacional”
Doce países de la Unión Europea tienen ya una moneda común.
¡Bienvenida! La renuncia por Alemania y Francia, junto a otros diez
Estados europeos, a sus históricas monedas, es un acontecimiento
“económico” excepcional, de signo positivo y civilizatorio, portador
de una carga cultural e imaginaria que, bien conducida, puede facilitar
el tránsito hacia la unidad política de Europa y la ciudadanía
europea. No obstante, el euro no puede sustituir a una visión estratégica
de Europa. Más aún, la carencia de ésta podría
conducir al fracaso de la unidad monetaria, cuya existencia pone de relieve
de forma más nítida el raquitismo político de la Unión
Europea en cuanto tal.
La UE no es aún un actor político “global” y difícilmente
podrá serlo mientras que no supere las limitadas visiones nacionales
de sus Estados miembros y no afronte con coraje y riesgo los conflictos
que le son más próximos. Si de la UE hubiese dependido exclusivamente,
Milosevic no sería hoy un recluso sino el señor de los Balcanes.
Los tímidos avances realizados en la gestión de la crisis
en Macedonia no han modificado esa imagen de dispersión e inoperancia,
pues fueron borrados de un plumazo por la inanidad de la UE en cuanto tal
frente a la crisis abierta con las masacres del 11-S.
La unidad monetaria no es ajena a las semillas sembradas por aquellos
lúcidos activistas del periodo entreguerras y de los años
posteriores a la Segunda Guerra Mundial que avanzaron las ideas de integración
europea, federalismo europeo o Estados Unidos de Europa. A su vez, la implantación
del euro puede ayudar al desarrollo de la unidad política, hoy claramente
rezagada respecto a los aspectos monetarios y comerciales de la integración.
Pero hay que ser conscientes de la fragilidad de la moneda común
en tanto no se sustente sobre un papel común en el mundo y una identidad
común en torno a una nueva ciudadanía y a una democracia
europea.
El primer semestre de 2002 se presenta como un momento crucial. Tras
la cumbre de Laeken, en la que, bajo el impulso de la moderadamente positiva
presidencia belga, ha tenido lugar cierta recuperación del impulso
europeísta secuestrado por la cumbre de Niza, la UE afronta dos
retos de primera magnitud: la consolidación del euro y la puesta
en marcha de la Convención que debe preparar las propuestas para
la reforma institucional de la UE de cara a la Conferencia Intergubernamental
del año 2004.
Desgraciadamente, durante este primer semestre estará al timón
el que, junto a Berlusconi, es el gobernante más reaccionario, provinciano
e inepto de la Unión Europea, aquél que mejor encarna una
visión de Europa como consorcio comercial, espacio de regateo y
motor de la desregulación económica y social: José
María Aznar. En estas circunstancias, cobran aún mayor dimensión
las iniciativas y movilizaciones ciudadanas capaces de presionar sobre
los gobiernos nacionales y las instituciones europeas, así como
la acción de la izquierda democrática y del movimiento sindical.
Son numerosos los colectivos ciudadanos, desde ATTAC a la Confederación
Europea de Sindicatos, desde Greenpeace hasta Intermon, que han presentado
sus agendas propositivas de cara al periodo de presidencia española
en la Unión Europea, ofreciendo alternativas viables que deberían
ser respaldadas por la izquierda democrática europea y constituir
objeto de campañas y acciones específicas. Citemos, a modo
de ejemplo, la constitución de la UE en una “zona Tobin” -abierta
a otros países- en la que se establezcan cargas impositivas sobre
los movimientos especulativos de capitales, la abolición del secreto
bancario, un programa de acción contra los paraísos fiscales,
la ratificación por la UE en cuanto tal del protocolo de Kyoto y
de otros convenios internacionales, la puesta en marcha de un proceso de
armonización fiscal de signo progresista en el seno de la UE -aprovechando
para ello la oportunidad que presta el calendario establecido para el estudio
del paquete fiscal relativo a los impuestos sobre el ahorro y al código
de conducta para los impuestos sobre sociedades-, la revisión de
la Directiva sobre comités de empresa europeos y despidos colectivos,
la aplicación de un programa de erradicación de las situaciones
de grave pobreza, etc.
Desde nuestra solidaridad con esos colectivos y con sus demandas, que
suscribimos y apoyamos, nos inquieta, como a algunos de ellos, la posibilidad
de que la respuesta ciudadana ante los actuales retos planteados a la UE
se diluya en la mera organización de contracumbres y manifestaciones
con ocasión de cada uno de los eventos que tendrán lugar
en el primer semestre de 2002, poniendo sobre el tapete multitud de reivindicaciones
parciales y denuncias, en su mayor parte justas, aunque no siempre, pero
perdiendo de vista que el proceso de construcción de la UE no es
una mera ocasión más para protestar contra la “globalización
capitalista”, sino una dinámica históricamente progresista,
aunque enturbiada por políticas derechizantes y/o nacionalistas,
en la que debemos implicarnos con propuestas y con objetivos a alcanzar.
La reforma institucional de la UE, los debates de la Convención
y su relación con un amplio diálogo social con presencia
activa de las ciudadanas y los ciudadanos de los países implicados,
miembros o aspirantes, no es un asunto que pueda dejarse “a los de arriba”.
Si de verdad creemos que “otro mundo es posible”, su construcción
no puede hacerse al margen de la política ni desde meros resistencialismos.
Cambiar el mundo requiere movilizaciones, una actitud políticamente
ofensiva, propuestas alternativas e implicarse en su gobierno.
Queremos más Europa, más democracia a escala europea,
más protagonismo ciudadano y menos intergubernamentalidad. Queremos
una Europa más política y democrática. Euromoneda
y eurojusticia, sí, y también euroderechos y eurogobierno.
Por ello, nos sumamos a las propuestas más innovadoras y avanzadas
para un federalismo europeo. La incorporación a los Tratados de
la UE de la Carta de Derechos Fundamentales, así como su mejora
y ampliación, junto a un proceso constituyente que culmine en la
ratificación por la ciudadanía europea de una Constitución
de la Unión Europea, son pasos a dar sin los cuales la identidad
europea se quedaría en estado incipiente, la ampliación se
convertiría en una peligrosa aventura y la UE seguiría teniendo
escaso peso en la escena internacional.
El actual funcionamiento de las instituciones europeas relega la concurrencia
política al interior de los Estados nacionales y, ocasionalmente,
a un Parlamento europeo que, pese a ser la institución más
europeista y avanzada de la UE, se encuentra en el piso más bajo
de su pirámide de poder, cuya cumbre es ocupada, en primer lugar,
por los gobernantes de cada Estado, tendentes a hablar en nombre de los
“intereses nacionales”, y, en un escalón bastante inferior, los
miembros de la Comisión, de los que se transmite una imagen de neutros
“tecnócratas”. Esta “despolitización” del Consejo y de la
Comisión es, claro está, una mentira, cargada de consecuencias
políticas y sociales negativas, desde el denominado déficit
democrático hasta la hegemonía desregulacionista. En la UE
se hace política, pero es una política turbia, la política
“politicista” de quienes mandan y prefieren arreglar las cosas en las antesalas.
Europa necesita de la otra política, la que sale a la calle y llega
al Parlamento, la que sustenta ideas y proyectos, la que permite que alternativas
diferenciadas se enfrenten y, a la vez, convivan. Por ello, es necesaria
una reforma institucional profunda, con un Parlamento europeo con capacidad
legislativa real y una Comisión transformada en un gobierno europeo,
cuyo presidente sea, de una u otra forma, electo por las ciudadanas y los
ciudadanos de Europa, no “designado” por los Jefes de Estado o de Gobierno.
Desprecian a las mujeres y a los hombres de Europa quienes creen que
sólo pueden moverse bajo el impulso de la competencia económica
o de pulsiones patrióticas. Son millones las personas dispuestas
a participar en la creación y desarrollo de un proyecto político
y civilizacional. Sin duda “la politización” de la UE no nos inmuniza
ante hegemonías de la derecha. Tampoco lo deseamos. La aceptación
de la posibilidad de que gobiernen “los otros”, aquellos respecto a los
que discrepamos, es uno de los valores del mundo en que queremos vivir
y, afortunadamente, una de las conquistas de la zona en que vivimos. Pero
la creación de un espacio político transnacional y el reto
de la construcción de mayorías políticas a escala
europea promoverán, sin lugar a dudas, la capacidad de convivencia
y diálogo, la adhesión a los valores democráticos
y al compromiso con los derechos humanos, la presencia ciudadana en los
asuntos públicos, el apaciguamiento de las pulsiones identitarias
excluyentes y, al fin y al cabo, la capacidad de hacer frente a graves
problemas que requieren soluciones transnacionales y disposición
a renunciar a algunas cosas para poder gozar de otras más importantes
en un mundo más libre y más seguro para todos los seres humanos.
Pese a todos sus defectos y limitaciones, la Unión Europea es
el espacio más democrático, más socialmente avanzado
y más respetuoso con los derechos humanos hoy existente. El que
sea así no pertenece “a la esencia de Occidente”, sino que es consecuencia
histórica de muchas luchas y sacrificios, tanto de europeos como
de no-europeos. No podemos darlo como algo “dado”, irreversible, sino,
por el contrario, como un logro excepcional que debe ser cuidadosamente
conservado y desarrollado. Nada garantiza que los Berlusconi y Haider,
o incluso otros peores, proliferen en Europa, donde ya abundan numerosos
gérmenes de racismo. Así que vamos a defender lo adquirido
duramente frente a las amenazas de destrucción o decadencia, pero
lo vamos a hacer de la única forma posible, transformándolo
y reformándolo, porque la UE puede ser mejorada sustancialmente
y porque puede jugar un papel destacado, al que hoy está renunciando,
en la necesaria tarea de revolucionar el mundo, un mundo aún infectado
por miserias y tiranías, por dominaciones políticas, económicas,
de género o teocráticas.
La Unión Europea puede y debe convertirse en una potencia mundial,
no en un sentido jerárquico, sino como potencia cultural y política,
que proyecte y defienda pacíficamente -o con la fuerza en casos
excepcionales- comportamientos afincados en los derechos humanos y que
reconozca solidariamente que la sostenibilidad del mundo requiere nuevas
maneras de vivir.
El papel de la UE no es de eterno “fiel aliado” de Estados Unidos ni
tampoco de permanente antagonista a esa nación. Aliados, cuando
los objetivos lo merezcan; contrapunto a EEUU, cuando este gran país
sea conducido por sus dirigentes a políticas reaccionarias y a pretensiones
hegemonistas. En todo caso, desde su autononomía, aunque interdependiente
con el resto del planeta, el papel que corresponde a la Unión Europea
es el de promover la democracia global y mediar e imponer caminos de paz
y justicia en graves conflictos internacionales y en excepcionales casos
de violación de los derechos humanos. Un papel que sólo podrá
jugarse desde una UE diferente, consciente de su unidad política,
capaz de profundizar en su peculiaridad democrática y social, segura
de su identidad, no de origen ni étnica, sino, ante todo y sobre
todo, política.
Si Europa no se reconoce a sí misma, nadie la reconocerá.
Somos corresponsables del mundo. Para revolucionar éste, reformemos
una Europa que es, también, nuestra Europa.
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