Iniciativa Socialista (portada) George Bush
Potencia sin hegemonía

A ESTA GUERRA,
DECIMOS NO
declaración consejo editorial Iniciativa Socialista, 26/9/2002

A 26 de septiembre de 20002, cuando redactamos esta declaración, todo indica que George Bush ha tomado la decisión de iniciar una guerra en Irak a corto plazo. Aunque quizá pueda impedirlo una enérgica y pacífica movilización social, con la presencia inestimable de quienes en Estados Unidos se oponen a esta posible guerra, las perspectivas no son, por el momento, nada halagüeñas al respecto, como tampoco lo son para el conflicto israelí-palestino, en el que Ariel Sharon y sus aliados en la escalada de violencia contra la nación palestina parecen decididos a aprovechar la ocasión para romper definitivamente cualquier perspectiva de paz y convivencia.

Estamos, pues, al borde de una grave crisis, afectando al conjunto de las relaciones e instituciones internacionales. Su escenario geográfico será Oriente Próximo y Oriente Medio, pero está siendo provocada desde la Casa Blanca, ocupada en este momento -gracias a un puñado mal contado de votos- por George Bush, hombre que, como Dick Cheney, John Ashcroft y bastantes de sus más cercanos y multimillonarios colaboradores, no sólo está estrechamente ligado a intereses capitalistas particulares en los sectores más corruptos, fraudulentos y depredadores social y medioambientalemente, intereses de los que cuida con más atención incluso que de los "intereses generales del capital", sino que también representa en gran medida la mentalidad de la ultraderecha cristiana y de los sectores más reaccionarios de la sociedad estadounidense.

George Bush no es "más de lo mismo". Para tal o cual de sus acciones o iniciativas podemos encontrar precedentes en otros presidentes de Estados Unidos. Pero el conjunto es novedoso... y peligroso. Tenemos un grave problema, tanto más grave si se suma a procesos de derechización en Europa, a la "solución" Sharon para el conflicto israelí-palestino, a los diversos Estados autoritarios que se aprestan a hacer suyo el "método Bush" y a la inquietante vigencia de muchos tiranos y líderes fundamentalistas en acción. Aunque, en lo que a Europa se refiere, Suecia y Alemania han venido a darnos, al menos, un respiro, y quizá un punto de apoyo en lo institucional para el inicio de una nueva tendencia.

Bush representa "la reacción en todos los frentes". Puede haber, y efectivamente ahí, teócratas y dictadores locales que persiguen objetivos aún más reaccionarios que los de Bush, aunque sólo sea porque la acción de éste está filtrada y "moderada" por la vigencia de valores e instituciones democráticas en la sociedad estadounidense. Sin embargo, siendo mucho el sufrimiento causado por tipos como Bin Laden o Sadam, las decisiones adoptadas por Bush tienen repercusiones mucho más profundas y de largo alcance que las de éstos. Sólo a un personaje de horizontes tan limitados como Aznar se le puede ocurrir plantear que estamos en la obligación de elegir entre Bush o Sadam.

En el ámbito de lo social, el "conservadurismo compasivo" de Bush, al que hacen eco los planes de contrarreforma de Aznar y Berlusconi en España e Italia, es una opción marcadadamente clasista de sustitución de los derechos por la beneficencia. Términos como "libre mercado" son cortinas de humo para políticas proteccionistas de los grandes grupos capitalistas y la expropiación de los derechos del ciudadano en tanto que consumidor y trabajador. Las alabanzas de los recortes presupuestarios sólo hacen referencia a los gastos de carácter social, no a inversiones militares y a las subvenciones a los grupos capitalistas. La demagogia sobre el "déficit cero" en la que insisten Aznar y Montoro, aunque falseando los datos reales para "lograrlo", encubre que la línea de separación esencial en las políticas presupuestarias no pasa tanto por cuánto se gasta, sino por en qué se gasta. Tras varios años de superavit durante el mandato de Clinton, George Bush, que no se siente obligado a demostrar que sabe la lección neoliberal, ha metido a EE.UU. de nuevo en una vía de déficit presupuestario, compatible perfectamente con una seria restricción de los gastos orientados hacia el reequilibrio social.

Ante los retos ambientales, el equipo Bush sostiene, en alianza íntima con las empresas petroleras o madereras, la descabellada mentira de que la sostenibilidad será consecuencia automática del crecimiento sostenido, negándose a adoptar medidas ineludibles para hacer frente al cambio climático, el agotamiento de recursos no renovables, las dificultades para acceso al agua potable de millones de seres humanos, etc. El rechazo a la firma del Protocolo de Kioto y el comportamiento de la Administración estadounidense ante la Cumbre de Joanhesburgo expresan inequívocamnete el significado del actual gobierno estadounidense, manifestado también de forma escandalosa en la Cumbre sobre el desarrollo que tuvo lugar en Monterrey o en la Cumbre contra el Hambre celebrada en Roma, así como en la colaboración de la administración estadounidense con los corruptos políticos nacionales en el saqueo y estrangulamiento de países como Argentina.

Sería demasiado largo describir todos los ámbitos en los que George Bush despliega una ofensiva que no es conservadora, sino destructora e involutiva. Desde la soberbia proclamación de su derecho a hacer la guerra dónde y cómo quiera hasta la chulería con la que emplaza a la ONU a elegir entre seguir sus mandatos o convertirse en "una insignificancia"; desde el descaro con el que se proclama amo y señor de la distribución del botín petrolero de Irak entre quienes apoyen su iniciativa de guerra; hasta los numerosos vetos, postergaciones, contrarreformas e incumplientos de tratados internacionales relativos a aspectos vitales para la humanidad como los misiles balísticos, la no proliferación nuclear, minas antipersonales, armas biológicas, tribunal penal internacional, armas lígeras, etc. Y no olvidemos, como ejemplos de la dimensión cultural y clerical de esta ofensiva, la retirada del apoyo financiero para el Fondo de Población de las Naciones Unidas por "favorecer el aborto", la financiación de campañas dirigidas a promover la abstinencia sexual entre los jóvenes, la frecuente coincidencia en diversos foros internacionales entre Estados Unidos, el Vaticano y el fundamentalismo islámico, contra la libertad sexual y contra los derechos de las mujeres, actuaciones que encuentran curioso eco en los rumbos antilaicistas tomados por los gobiernos de España e Italia.

En el ámbito de la política interior, la Administración Bush está causando un grave daño a las garantías, derechos y libertades individuales. Diversas organizaciones de derechos humanos, como Human Rights Watch, han denunciado largas detenciones sin cargos, negación del derecho a disponer de asesoría legal, interrogatorios coercitivos, utilización de la religión profesada o del origen nacional como único fundamento para marcar como sospechosas a numerosas personas, la creación de tribunales especiales, etc. En las movilizaciones contra las asambleas del FMI y el Banco Mundial, que están teniendo lugar en Washington a finales de septiembre, se han ralizado centenares de detenciones. Es preciso resaltar también la abierta ofensiva contra la libertad de expresión y el derecho a la privacidad que toma forma a través de las reformas legislativas que, tanto en EE.UU. como en otros países, incluidos los de la Unión Europea, se dirigen a establecer un control sobre el tráfico de información en la red Internet y a imponer a los proveedores de servicios funciones equivalentes a la imposición a un servicio de correo postal de un registro obligatorio de la procedencia y destino de todas las cartas distribuidas, sin necesidad de intervención judicial. Algunas de estas medidas han contado incluso con el aval mayoritario de los dos grandes grupos del Parlamento Europeo, como si la ambición por el control de la información fuese una tendencia "natural" de quienes pueden aspirar al ejercicio del poder, cuando, por el contrario, lo único que refleja es las graves fallas en la concepción de la democracia por parte de esos grupos y, desde luego, también y en mayor grado en aquellos que simpatizan con las dictaduras que oprimen China o Cuba, donde el control de las comunicaciones electrónicas se convierte directamente en censura y represión.

Todo esto retrata perfectamente al nuevo equipo dirigente del estado más poderoso del planeta. Aunque no tan poderoso como se cree. La estrategia de George Bush encontrará numerosas resistencias, claro está, y puede resquebrajar muchas de sus alianzas, pues es lo más opuesto que pueda haber a un proyecto de hegemonía. Su comportamiento es mucho más cercano al del navajero más fuerte en un barrio carente de "ley y orden" que al del "padrino" que sabe utilizar violencia y clientelismo, temor y respeto, crimen y "honor", ilegalidad e institucionalidad. Con Bush el concepto de potencia queda reducido a su expresión menos sutil: la fuerza.

Por paradójico que parezca a primera vista, el que el presidente de EE.UU. desprecie a las instituciones internacionales, las ningunee y las torpedee no es prueba de hegemonía, sino de todo lo contrario. En cierta forma, salvando las muchas distancias, la actuación de EE.UU. en la comunidad internacional comienza a parecerse a la que durante mucho tiempo mantuvo la URSS, cuyo representante en el Consejo de Seguridad llegó a ser conocido como "Mister Niet" por sus constantes vetos. Si Estados Unidos fuese una potencia hegemónica, y no solamente una potencia "potente", ejercería liderazgo, y no solamente avasallamiento y chantaje. El que los EE.UU. sea uno de los países con más frecuente ausencia en la firma de tratados internacionales, más en compañía de China que de las democracias europeas, es una prueba patente de la crisis de su liderazgo mundial, de su inadecuación a los retos acuciantes que se proponen a la humanidad en cuanto a pobreza, alimentación y acceso al agua potable; en cuanto a enfermedades y epidemias; en cuanto a medio ambiente, cambio climático y agotamiento de recursos no renovables; en cuanto a democracia global, libertades e igualdad entre hombres y mujeres... Los actuales líderes de EE.UU. no sólo carecen de respuestas adecuadas. Simplemente, han renunciado a admitir las preguntas. Y carecen cualquier idea fuerte, como la de "mundo libre" en la que Estados Unidos, pese a todas las hipocresías en su realización, sustentó su hegemonía política y cultural, además de económica y militar, durante los años 50 y 60 del siglo pasado

A la guerra que anuncia George Bush contra Irak decimos NO. Cuente o no cuente con con el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, diremos NO, ya que previamente a discutir quién debe aprobar una guerra es preciso saber si ésta es necesaria.

Estamos lejos de la invasión de Kuwait en 1990 o de la guerra Irán-Irak entre 1980 y 1988, en la que, por cierto, Sadam contó con el beneplácito de la Administración estadounidense. La actual capacidad expansionista del régimen iraquí es prácticamente nula, aunque es conveniente mantener una estrecha vigilancia frente a cualquier intento de recuperar la zona de protección kurda establecida al norte del país por la resolución 688 del Consejo de Seguridad, aprobada en abril de 1991. Tampoco hay pruebas o indicios convincentes de que el régimen iraquí posea, o pueda poseer a medio plazo, armas biológicas, químicas o nucleáres con capacidad de destrucción masiva, y un "por sí acaso" no puede justificar el inicio de una guerra, menos aún cuando se ha abierto la posibilidad de realizar una comprobación in situ a partir de la presencia de inspectores de la ONU. Igualmente, se desconoce fundamento solvente para la pretensión de vincular al régimen baasista iraquí con Al Qaeda. Sadam y Bin Laden son dos canallas, pero canallas de ramas distintas. No pueden excluirse alianzas coyunturales, pero no hay por ahora ninguna prueba consistente de ellas. Todo intento de presentar una guerra contra Irak como una prolongación de la respuesta a los atentados del 11-S de 2001 carece de base. La alianza entre Al Qaeda y los talibanes era íntima, tanto que cabe poner en duda el propio término de "alianza", en la medida de que uno no se alía consigo mismo. Por mucha repugnancia que nos produzca Sadam, ni Bush ni Blair nos han convencido de que el tirano iraquí esté ligado a Al Qaeda, implicado en los atentados del 11/9/2001 o en la preparación de actos del mismo cariz fuera de Irak. Un ataque a Irak no sería un acto de autodefensa por parte de Estados Unidos.

La agresividad de Sadam Husein se vuelca hoy sobre su propio pueblo. Su régimen es el mayor enemigo de la población iraquí. Sobre esto, ambigüedad cero. Todos los informes de las más reputadas asociaciones que velan por los derecho humanos en nuestro planeta son concluyentes al respecto. Así, por ejemplo, el informe sobre Irak emitido por Amnistía Internacional en noviembre de 1999 documenta la detención, reclusión, tortura e incomunicación de de presuntos opositores, la aplicación a escala masiva de penas de muerte y la sospecha de fundada de numerosas ejecuciones extrajudiciales, así como una preferente violación de los derechos humanos de musulmanes chiíes y de kurdos, habiéndose forzado el abandono de los hogares de miles de familias kurdas en el norte de Irak, a las que se ha obligado a irse a la zona protegida o bien dirigrse al sur del país. Por ello, nuestra condena y oposición a esta guerra está indisociablemente unida a la denuncia de Sadam Hussein.

En estas circunstancias, la ingerencia política en Irak no sólo es legítima, sino obligada. Apoyo a la oposición, sanciones al régimen hasta el punto que puedan llevarse a cabo sin causar graves daños a la población, exigencia de que los inspectores de armas vayan acompañados de especialistas en derechos humanos con total libertad de movimiento... Todo eso puede y debe hacerse. Ahora bien, en un planeta carente de mecanismos democráticos globalizados, y en el que lo mejor que podemos esperar en la acción externa de los Estados es que los intereses y propósitos que les mueven puedan tener ocasionalmente consecuencias laterales favorables para los derechos humanos, como ocurrió en Bosnia, Kosovo y Afganistán, esa defensa de una obligada ingerencia política sólo debe llevarnos a propugnar también una ingerencia armada en casos excepcionales de crímenes contra la humanidad, genocidio o esclavización de poblaciones o sectores de ellas, como los antes citado, y tras una detenida consideración del conjunto de consecuencias que pueden derivar de la intervención armada o de su ausencia. La política democrática es responsabilización de lo que proponemos o callamos, de lo que hacemos u omitimos, y, sobre todo, de las consecuencias de hacerlo o no hacerlo, en cada caso singular. Ese es el riesgo de la política, frente al esquema aznarista de "Si Bush manda, yo obedezco" o al de una parte de la izquierda que funciona a partir de "los enemigos de EE.UU. son mis amigos".

El régimen iraquí se encuentra entre los más detestables y opresivos, aunque hay unos cuantos equiparables a él o incluso peores. La represión es brutal, especialmente encarnizada contra kurdos y chíitas, pero en estos momentos no parece que se produzca un genocidio. Para decirlo con las palabras de Timothy Garton (El País, 21/9/2002), "teniendo en cuenta la zona de prohibición de vuelos, sus crímenes no se aproximan al umbral para llevar a cabo una intervención humanitaria por la fuerza. Intentar justificar la acción de esta manera compromete toda la idea de la intervención humanitaria". O quizá si se aproximen, pero tenemos la impresión de que no lo sobrepasan. Desde luego, están más alejados del genocidio, por ejemplo, que la actuación de Rusia en Chechenia. Hubo genocidio kurdo en el norte de Irak en 1988, pero entonces nadie hizo nada. Si el régimen iraquí tratase ahora de invadir la zona de protección kurda, la comunidad internacional no sólo podría, sino que debería impedirlo, por la fuerza si fuese preciso. Pero ese no es ahora el caso.

Por otra parte, el contexto regional y geoestratégico es el menos apropiado para el inicio de una guerra contra Irak. Si realmente se quiere avanzar hacia la democratización deOriente Medio y Oriente Próximo, alejando los riesgos de un progreso del fundamentalismo, las dos tareas más prioritarias en este momento, aunque no las únicas, son una solución del conflicto israelí-palestino que permita la rápida creación de un Estado palestino viable sobre el conjunto de los territorios ocupados, lo que requiere parar los pies urgentemente a Sharon, y el desarrollo de un compromiso político, económico y militar de la comunidad internacional con Afganistán, donde los progresos alcanzados gracias a la liquidación del régimen talibán, como el acceso de las mujeres a la educación, la sanidad y el trabajo, son muy inestables y aún tan embrionarios y dificultosos que se encuentran en grave peligro si no se facilita rápidamente toda la ayuda económica requerida, no se extiende a todo el país la misión de las fuerzas internacionales , no se garantiza la seguridad a las mujeres y se fuerza la abolición formal y material de todos los decretos emitidos por los talibanes. La irresponsabilidad de George Bush, incluso desde el punto de vista de intereses poco o nada desinteresados, es enormemente peligrosa y favorece al terrorismo que dice querer combatir. Como ha señalado Al Gore, "increiblemente, tras derrotar a los talibanes con cierta facilidad, y a pesar de las promesas de Bush de que nunca abandonaríamos Afganistán a su suerte, nosotros estamos haciendo precisamente eso, abandonarles". La derrota de los talibanes fue un serio golpe para el fundamentalismo teocrático pero el golpe definitivo contra él sería la consolidación de un Afganistán democratizado, al menos hasta el punto alcanzado con la Constitución de 1964, y de una Palestina laica e independiente. Y una guerra entre Estados Unidos e Irak sumiría en el olvido estas dos grandes tareas y, de hecho, haría mucho más difícil su cumplimiento, sobre todo si la comunidad internacional y, en particular, la Unión Europea cede ante las presiones de George Bush.

Sin duda, la acción contra esta anunciada guerra se coloca ahora en un lugar privilegiado de nuestras preocupaciones. En ella están participando, con un lugar de avanzada, una gran cantidad de ciudadanos y ciudadanas estadounidenses, que se movilizan en las calles, que difunden manifiestos, diciendo, alto y claro, "en nuestro nombre, no". Pero, lo sabemos y lo saben nuestras amigas y nuestros amigos de Estados Unidos, que hacemos frente a un problema mucho más amplio. No estamos ante una ocasional y discutible decisión aventurera de la Casa Blanca, sino a una ofensiva total, en todos los campos, formulada y, sobre todo, puesta en práctica de manera cada vez más explícita y agresiva por George Bush y su equipo.

Momentos extraordinarios requieren firmes convicciones y una gran flexibilidad a la hora de agrupar fuerzas. Sin diluir identidades, urge una amplia nueva alianza mundialista. Confederación de voluntades personales en lo cotidiano, coordinación de acción y propositiva de los movimientos asociativos, alianzas electorales, voces diferenciadas en los foros internacionales... todo eso es hoy necesario, sin espejismos uniformizadores que oculten las muchas distancias, pero sin renuncia a los acuerdos precisos para hacer progresar la mentalidad social, para lograr acciones en las que participen muchas personas y para alcanzar mayorías democráticas de gobierno. Ningún partido, ninguna "doctrina", puede hoy representar a la ciudadanía de izquierdas en cada momento y en cada ámbito. La ciudadanía en libertad y activa es una ciudadanía plural, diversa y en permanente mutación.

Grande es la responsabilidad de la Unión Europea. La ofensiva reaccionaria también la afecta, lo que hace mucho más difícil que juegue el papel que hoy le correspondería jugar en el concierto internacional. País tras país, la derecha, en algunos casos la peor derecha, han ido apropiándose de los gobiernos y, por tanto, de una Unión Europea que sigue en manos de ellos. Suecia y Alemania han frenado esa tendencia. El que más que freno representen un punto de inflexión hacia la izquierda en el marco institucional depende, también, de nosotras y nosotros, de la gente común. No habrá cambios de gobierno ni, menos aún, cambios desde los gobiernos, sin nuestro empuje. El mundo siempre empieza a transformarse en las cabezas de los seres humanos y en sus interrelaciones.

Podemos lograrlo. Ellos no son todopoderosos. George Bush, sus amigos y los grupos más depredadores del capitalismo mundial tienen ambiciones y potencia, pero carecen de proyecto compartible por la sociedad y de capacidad de creación de una nueva hegemonía.

26 septiembre 2002