Los acontecimientos de los últimos meses han sido
vertiginosos. Una simple enumeración ya muestra esa intensidad. Los
criminales atentados del 11 de marzo contra el pueblo de Madrid, las enormes
movilizaciones contra el terror en toda España del día 12 de
marzo, la rebelión ciudadana contra la mentira gubernamental del día
13 de marzo, la victoria de la izquierda en las elecciones del día
14, la investidura de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno
con el apoyo de toda la izquierda estatal y nacionalista, la formación
de un nuevo Gobierno socialista con un programa con significativos contenidos
progresistas, la decisión de retirada inmediata de las tropas españolas
en Irak, las próximas elecciones europeas, etc. Al reflejar nuestras
posiciones colectivas en este editorial estamos convencidos de que todo lo
sucedido aporta enseñanzas fundamentales para comprender el nuevo
rumbo emprendido por la sociedad española.
La barbarie terrorista del 11 de marzo
El 11 de marzo es una fecha trágica que forma parte inseparable de
nuestra vida. Nunca podremos olvidar a los cientos de madrileños
muertos y heridos, ni tampoco a sus miles de familiares y amigos, golpeados
directamente por una ignominia sin calificativo suficiente. Tampoco olvidaremos
nunca a sus asesinos y a la red internacional que les sustentó. Sostendremos
permanentemente nuestra demanda de que sean detenidos y juzgados todos los
culpables.
El 11 de marzo ha sido nuestro 11 de septiembre. La barbarie ha golpeado
en el corazón de la ciudad de Madrid y ha dejado heridas cuya cicatrización
será muy difícil. Los autores de esos bestiales atentados son
nuestros enemigos, porque son enemigos declarados del proyecto civil y democrático
de una civilización humana libre e igualitaria. No cabe admitir ambigüedad
alguna. Las redes articuladas en torno a Al Queda no son parte de ninguna
resistencia legítima en sus fines. El terrorismo fundamentalista y
sus sueños de omnipotencia son una amenaza terrible al presente y al
futuro de la humanidad. Para Europa y Estados Unidos suponen un peligro terrorista
sin límites en cuanto a los medios de muerte que están dispuestos
a utilizar y en cuanto a los indiscriminados objetivos amenazados. Para el
mundo de raíces islámicas supone, además, una directa
amenaza de constituir un poder criminal, como lo fue el régimen talibán
en Afganistán.
Las redes del terror fundamentalista representan un proyecto ultrarreaccionario,
enemigo de la libertad de todos y contrario a los derechos elementales de
las mujeres, representan un activo germen totalitario de carácter teocrático
que utiliza todos los medios e instrumentos de la modernidad al servicio
de un objetivo absolutamente contrapuesto con el proyecto de autonomía
individual y social.
El 11 de marzo nos recuerda que la seguridad es un valor que hay que preservar.
La izquierda no puede renunciar a la seguridad ni considerarla patrimonio
de las fuerzas reaccionarias. Justicia y seguridad son parte esencial de una
posibilidad colectiva de convivencia. Las redes fundamentalistas vinculadas
al terrorismo internacional deben ser perseguidas y sus miembros castigados
por razones de justicia y de seguridad. Deseamos que todos sus máximos
responsables, empezando por Bin Laden si aún vive, sean juzgados ante
tribunales nacionales o internacionales por sus crímenes. El 11 de
marzo nos debe comprometer a todos a hacer lo posible para que algo como lo
que ocurrió en Madrid no se vuelva a repetir en ningún lugar.
La seguridad democrática se opone frontalmente a cualquier forma
de reacción xenófoba o al sacrifico de algunas de nuestras
libertades. Ser mínimamente tolerante con cualquier paso en esas direcciones
sería tanto como otorgar un triunfo al proyecto de Al Queda, cuyo
odio a la democracia y a la libertad es consustancial al proyecto de impedir
una convivencia ciudadana tolerante. Deberemos ser especialmente vigilantes
porque en nuestra sociedad, aunque minoritarios, hay sectores sociales y
políticos que podrían alentar esas preocupantes reacciones.
Tres días de rebelión ciudadana
El día 11 de marzo muchos creímos en algún momento
que los atentados podían ser obra de ETA. Aunque los primeros datos
no parecían corresponder a su técnica asesina, tampoco podía
descartarse que en su delirio terminal hubieran realizado esta barbarie. Parecía
difícil dada su extrema debilidad organizativa pero no era posible
descartarlo. Sin embargo, muy pronto, la localización de la furgoneta
de Alcalá de Henares al mediodía del mismo día 11 apuntó
en otra dirección. La localización de una mochila en El Pozo
aportó pruebas adicionales a los servicios policiales pocas horas
después.
La reacción comunicativa y política del Gobierno de Aznar
ante los atentados fue infame. Desde el primer momento intentaron convertir
el atentado atribuido a ETA en un instrumento de linchamiento contra la izquierda
y los nacionalistas, dejando de manifiesto su escasa sensibilidad ante lo
más importante, las víctimas y el dolor de los suyos. Convocaron
unilateralmente una manifestación para el día siguiente con
un lema orientado de forma partidista y dieron barra libre a sus poderosos
medios comunicativos para acosar a la oposición. Las grabaciones de
los programas de radio y televisión de ese día son una prueba
clara del tipo de reacción extremista que el Gobierno intentó
provocar.
El Gobierno tomo la decisión de intentar mantener la acusación
sobre la autoría de ETA durante el tiempo que faltaba para el proceso
electoral. Para que esa pretensión pudiera fructificar se procedió
a intoxicar directamente a los principales diarios, con llamadas directas
del Presidente del Gobierno, y también a intentar utilizar los
canales diplomáticos para el mismo fin, como demuestran las insólitas
instrucciones de la ministra Palacios a los embajadores españoles o
la increíble inclusión del nombre del ETA en la condena de los
atentados por Naciones Unidas. Es decir, intentaron engañar a los
ciudadanos españoles y al resto del mundo. Para ello contaban con
todo su poder mediático y con una notable complacencia de los principales
medios. Cuando la autoría de ETA ya parecía descartada, el
propio sábado el Gobierno intentó mantener al menos una situación
de incertidumbre hasta la cita electoral, en la creencia de que la verdad
podía perjudicarles electoralmente.
Este inconcebible intento de manipulación fracasó gracias
a la reacción ciudadana de día 12 de marzo. Millones de personas
salieron a la calle en todo el país en solidaridad con las víctimas.
El ejemplo generoso y solidario de los madrileños durante el día
11 tuvo su continuidad en una inmensa ola cívica de rechazo al terror.
Esas manifestaciones supusieron una completa derrota política del Gobierno,
cuyo espíritu miserable y bajeza moral quedó en evidencia. No
es anecdótico que espontáneamente en todas las manifestaciones
surgiera la pregunta de “¿Quién ha sido?” y el rechazo mayoritario
a cualquier intento de convertir la movilización en un ataque a los
nacionalistas vascos y catalanes. Sin la reacción ciudadana del 12
de marzo no se puede entender nada de lo que pasó a continuación.
El Gobierno ya no fue capaz de reaccionar. Desde ese momento había
perdido la hegemonía social.
El sábado día 13 de marzo fue crucial. Sectores muy importantes
de la opinión pública dudaban sobre el camino a seguir. La mayoría
de la prensa internacional ya daba por supuesta la autoría de terroristas
fundamentalistas y se escandalizaba ante el comportamiento del Gobierno español
que, inmerso en una vorágine de mentiras y falsedades, seguía
transmitiendo información incompleta o decididamente incierta en plena
jornada de reflexión.
La protesta cívica del 13 de marzo fue una reacción espontánea
de civilidad ante una situación de excepción. Miles de personas
decidieron protestar en las calles ante la indignidad del comportamiento del
Gobierno del Partido Popular, simbolizado en su portavoz, Zaplana, y su ministro
del Interior, Acebes. Todo comenzó con la convocatoria espontánea
a través de los teléfonos móviles ante la calle Génova
en Madrid, donde se encuentra la sede central del Partido Popular, y simultáneamente
en docenas de ciudades. La excepcionalidad de la situación y la espontaneidad
de los comportamientos provocaron una reacción sin precedentes en
nuestra Historia. Junto a los miles que se movilizaron por todo el país,
millones de personas siguieron y compartieron esa reacción cívica
a través de la cadena SER. Posiblemente esa reacción fue uno
de los detonantes del cambio político.
El voto masivo del 14 de marzo expresó que los ciudadanos habían
comprendido la magnitud del reto del 11 de marzo. Después de las lágrimas
del día 11, de las manifestaciones del día 12 y de las protestas
del día 13, una consigna parecía haber prendido intensamente
en miles de personas. “Si votamos, los echamos”. Era necesario votar contra
los terroristas, defendiendo nuestros derechos de ciudadanía. Era necesario
votar contra el gobierno reaccionario de Aznar. Y el día 14 una oleada
de voto hacia la izquierda derrotó políticamente a Aznar, al
partido de la guerra de Irak, al partido de la mentira, la prepotencia y
el insulto.
Cuatro días de marzo que conmovieron España. Ese movimiento
social de solidaridad, de unidad contra el terrorismo, de protesta cívica
contra los abusos del poder triunfó. La calle llenó las urnas.
Ese movimiento fue la culminación de más de año
y medio de movilización. La derrota de Aznar es el triunfo de la huelga
general, de las protestas contra la gestión del Prestige, de la lucha
contra el trasvase del Ebro, de las movilizaciones estudiantiles contra la
LOCE y, sobre todo, de las inmensas manifestaciones contra la guerra de Irak.
Una nueva mayoría, un nuevo gobierno
Los resultados electorales del 14 de marzo representan un vuelco político
nacional, Un gran éxito de la izquierda. Un éxito del PSOE,
como fuerza ampliamente mayoritaria, pero también un triunfo conjunto
de las fuerzas de la izquierda estatal y de la circunscrita a determinadas
nacionalidades o regiones. El PSOE obtuvo 10.900.000 votos que junto a los
1.270.000 de Izquierda Unida (en coalición con Iniciativa por Cataluña)
suponen que la izquierda estatal aventaja en 2.500.000 votos a la derecha.
Además de ello hay que tener en cuenta que las fuerzas nacionalistas
de izquierda han obtenido por encima del millón de votos. Es decir,
hay una mayoría electoral de izquierda indiscutible en votos y en diputados.
Zapatero parece ser consciente del gran movimiento social que le ha llevado
al Gobierno. Por ello no dudamos en calificar de acertados sus primeros mensajes
y decisiones, muy impregnadas del “No nos falles” que muchos jóvenes
le dirigieron el mismo día de las elecciones. En primer lugar, Zapatero
se ha manifestado responsable ante los ciudadanos que le han llevado al poder
y consciente de que ha sido un movimiento profundo de la sociedad española
el que lo ha hecho posible. Sería bueno que no olvidara que más
que votos a su programa ha obtenido los apoyos necesarios para ser el instrumento
de la expulsión de un gobierno indeseable y para la puesta en marcha
de un programa urgente de reformas progresistas. Pero tampoco debe olvidar
su propio compromiso de un cambio sustentado en valores de diálogo,
respeto, pluralismo, tolerancia y transparencia, todos los valores que se
habían visto amenazados por el aznarismo.
En su discurso de investidura del día 15 de abril Zapatero asumió
un conjunto de compromisos que reflejan su vinculación al movimiento
social que le ha llevado al poder. En materia de renovación de la vida
política ha adoptado compromisos importantes como la recuperación
del diálogo entre el Estado y los gobiernos de las Comunidades Autónomas,
entre ellos el de Euskadi. También asumió la necesidad de un
comportamiento transparente del Gobierno y de los medios públicos de
comunicación, incluido un importante compromiso de reforma del Estatuto
de RTVE. Asimismo, la apertura de una reforma constitucional limitada se
enmarca en esa misma orientación.También hay que destacar el
impulso decidido a la paridad entre géneros, con la formación
del primer gobierno paritario en España.
El calendario de acciones legislativas anunciado por Zapatero incluye también
una respuesta clara a una parte importante de las reivindicaciones del movimiento
social que le ha llevado al poder: suspensión inmediata de la Ley Orgánica
de Calidad de la Educación, paralización urgente del trasvase
del Ebro y reforma profunda del Plan Hidrológico, reconocimiento del
matrimonio homosexual, ley integral contra la violencia de género,
política de viviendas sociales, etc.
Respecto a política internacional, Zapatero ha asumido un giro hacia
Europa y un rechazo claro del unilateralismo y de la guerra preventiva promovidas
por la Administración Bush. La fulminante decisión de retirada
de las tropas de Irak, comunicada solemnemente el 18 de abril, se ha convertido
en una prueba esencial de esta nueva orientación. Era una necesidad
urgente, dado el empeoramiento diario de la situación y la improbabilidad
casi completa, desgraciadamente, de que la ONU pudiera asumir las competencias
militares y políticas que mantienen los ocupantes norteamericanos y
sus aliados. Al actuar de una forma tan valiente y decidida, Zapatero se ha
ganado el respeto y la confianza de una gran parte de la población.
Al mismo tiempo, la retirada de las tropas españolas ha tenido una
dimensión internacional muy relevante, mostrando un papel comprometido
de España, lejos de cualquier aislacionismo, en la búsqueda,
junto a otras naciones y contando con la ONU, de caminos distintos de los
representados por el trío de las Azores.
Nuestra valoración de esos compromisos y talantes, así como
de los primeros pasos emprendidos, es inequívocamente positiva. Ese
conjunto de medidas y reformas suponen paralizar y derruir una parte
sustancial del legado aznarista. Quizás los aspectos menos convincentes
del nuevo programa de gobierno sean las indefiniciones en materia laboral
y económica, o la incapacidad de plantear un programa de reforma fiscal
progresista tan necesario después de la arrasadora labor llevada a
cabo por el PP con los principios de igualdad y progresividad. En todo caso,
lo importante es la dirección emprendida, indudablemente progresista,
indudablemente de diálogo e indudablemente orientada en la dirección
que consideramos acertada: la recuperación de espacios de democracia,
de civilidad, de respeto al medio ambiente y de conquista de derechos sociales.
Los ciudadanos ante el nuevo rumbo
En nuestra opinión la derrota del aznarismo ha abierto una
nueva situación política que requiere nuevas actitudes y nuevos
planteamientos. Todos somos conscientes de que esta victoria del PSOE se
ha producido en unas condiciones radicalmente distintas a las de los años
ochenta y noventa. El nuevo gobierno no cuenta ni va contar con ningún
cheque en blanco. Estamos convencidos de que la ciudadanía activa
surgida en la última década será vigilante: apoyará
a Zapatero en sus pasos adelante, se movilizará ante sus vacilaciones
y protestará fuertemente si se equivoca de camino.
En esta nueva etapa nos parece importante evitar algunas posibles deformaciones
que pueden afectar a la izquierda. Uno de ellas consistiría en el empeño
en desactivar el movimiento social para evitar que el Gobierno sufra presiones
ciudadanas, algo que ya ocurrió en la transición y tras la
victoria del PSOE en 1982. La consecuencia de esa orientación suicida
sería fortalecer a la derecha y una desmoralización de sectores
fundamentales para una posible hegemonía progresista. Otro tipo de
deformación posible, desde otros sectores, sería el sectarismo
y la irresponsabilidad de quienes pudieran perder de vista la importancia
de mantener la unidad en todo aquello que nos une, aunque existan desacuerdos
en cuestiones importantes. En la izquierda debe haber espacios para compartir
acuerdos al mismo tiempo que para mantener discrepancias. Sobre la Constitución
europea habrá, por ejemplo, distintas posiciones en la izquierda:
hay quienes harán campaña en contra, quienes estarán
simplemente a favor y quienes estaremos a favor pero intentando mejorarla
y manteniendo críticas sobre determinados aspectos.
En este examen sumario no podemos eludir las debilidades estructurales del
actual mapa de la izquierda política para responder a la pluralidad
de la gente progresista. Al sentirnos parte de esa variedad nos creemos legitimados
para expresarnos con la mayor sinceridad.
El PSOE no puede pretender cubrir todo el espectro plural de la izquierda
ni representarlo integralmente porque existen muy diversas sensibilidades
en el magma progresista y, sobre todo, porque no existe en España una
tradición de organización y debate libre dentro de los partidos
políticos. En momentos o etapas coyunturales el PSOE puede extender
sus fronteras, como ocurre en el momento actual, pero difícilmente
eso puede consolidarse de manera permanente sin cambios muy profundos y poco
previsibles. Por su parte, en Izquierda Unida, a pesar de los pasos positivos
que ha dado Gaspar Llamazares, sigue pesando excesivamente la carga que suponen
ciertas tradiciones y ciertos sectores vinculados a la tradición del
comunismo estalinista, que dificultan la posibilidad de una mutación
política que la convierta en interlocutor privilegiado de las redes
ciudadanas autónomas, poco dispuestas a admitir ninguna clase de relación
de subordinación. Finalmente, las fuerzas de la izquierda nacionalista
y regionalista reproducen en muchas ocasiones los mecanismos de organización
tradicional propia de los aparatos de la izquierda estatal.
En definitiva, la izquierda plural tendrá que redefinir, desde la
colaboración entre sus distintos componentes, los diferentes espacios
políticos, y hacerlo dando protagonismo a las nuevas sensibilidades
ciudadanas, generando proyectos políticos que se complementen y le
den auténtica plasticidad. En particular el espacio político
fundamentado en las ideas de la radicalización democrática y
participativa, de la democracia libertaria, no está hoy cubierto, lo
cual supone un lastre importante para un diálogo constructivo entre
las viejas izquierdas meramente institucionales y los movimientos ciudadanos
emergentes.
Los movimientos ciudadanos son insustituibles en el camino de defender un
desarrollo de la democracia en todos los ámbitos de la sociedad. Son
imprescindibles para generar capacidad de reacción social en defensa
de la paz, de un orden internacional más justo, del laicismo, de los
derechos sociales de los más desfavorecidos. No es posible dejar exclusivamente
en manos de los políticos profesionales nuestro destino. Estamos firmemente
convencidos de la necesidad de una interconexión, una colaboración
crítica entre los ámbitos institucionalizados y los ciudadanos,
respetando siempre la autonomía de cada ámbito. Ese nos parece
el camino más viable para que las expectativas despertadas por la nueva
etapa no resulten ilusorias y para que la creatividad impida cualquier desmoralización.
Estamos ante un giro político muy importante, trascendental para
el futuro de nuestra sociedad, y todos los ciudadanos deben asumir protagonismo.
Para ello debemos dotarnos de instrumentos eficaces y libres que den cauce
a la participación ciudadana, a la intervención creciente de
la ciudadanía en los asuntos públicos.
Las elecciones europeas del 13 junio
Las elecciones al Parlamento europeo del próximo 13 de junio adquieren
en la actual situación política una importancia extraordinaria.
En primer lugar por constituir, después de las victorias electorales
de la izquierda en España y en Francia, una oportunidad para reforzar
un bloque progresista que apuesta decididamente por la construcción
de una Europa social y por la aprobación de una Constitución
europea que, más allá de las críticas que puedan merecer
algunos de sus aspectos que debieran ser superados, constituye un paso trascendental
en la consolidación de Europa como un espacio unificado.
También desde el ámbito español resultan especialmente
importantes por cuanto el Gobierno Aznar ha desarrollado durante los últimos
años una política descaradamente antieuropeísta, hasta
el punto de haberse convertido en uno de los principales enemigos de la Constitución
europea.
Pero estas elecciones, importantes por los motivos indicados, también
lo son en clave política interna. La victoria del 14 de marzo debe
confirmarse nuevamente en las urnas, consolidando el inicio de un período
hegemónico de izquierda en la sociedad española y evitando el
intento de deslegitimación que intentará el PP en caso de vencer.
Los votantes progresistas, los que han estado contra la guerra, contra las
políticas reaccionarias de Aznar y contra la manipulación descarnada
de las instituciones en interés partidista, deben movilizarse electoralmente
como hicieron el 14 de marzo para derrotar políticamente al cuarteto
dirigente del Partido Popular (Rajoy-Zaplana-Acebes-Mayor Oreja) que pretenden
continuar el legado de Aznar y evitar una reestructuración de la derecha
española hacia posiciones más dialogantes y menos extremas.
El nuevo rumbo emprendido será fortalecido por una victoria clara
de las fuerzas de la izquierda y del europeísmo progresista frente
a quienes pretenden continuar desde la oposición la orientación
reaccionaria y antieuropea del aznarismo. Para ello hay que acudir masivamente
a las urnas depositando un voto por Europa, contra la guerra y por una izquierda
europea que haga políticas de izquierda.
22 de abril de 2004