La agenda de los horrores

Texto editorial Iniciativa Socialista número 73, otoño 2004

I

Se han cumplido tres años desde los atentados del 11-S en Estados Unidos y los peores pronósticos que se podían hacer en aquel entonces se han cumplido con una lógica irresistible. Las posibilidades más siniestras han encontrado su lugar y su hora. Hoy, sin duda alguna, estamos en un mundo más inestable y peligroso.
De forma paralela, alimentándose mutuamente, crece la ferocidad del terrorismo islamista y la brutalidad con que se comportan Estados que ocupan puestos clave en el orden mundial, bajo el liderazgo de personajes tan nefastos como Bush, Putin o Sharon.
El año 2004 ha estado marcado por terribles matanzas, de las que es víctima principal la población civil más indefensa: los atentados del 11-M en Madrid y el más reciente ocurrido en la ciudad egipcia de Taba; la toma de niños como rehenes en Beslán y el asesinato de muchos de ellos por el comando secuestrador o por las propias fuerzas de seguridad rusas; la represión permanente contra la población chechena; los nuevos episodios del genocidio sudanés; las mortíferas operaciones armadas del ejército israelí contra una población palestina a la que se quiere atemorizar por medio de represalias indiscriminadas; los atentados por medio de “bombas humanas” en lugares frecuentados por civiles israelíes; las cotidianas muertes de civiles iraquíes no combatientes a causa de los ataques de las fuerzas de ocupación o de la acción de grupos sadamistas o fundamentalistas; las decapitaciones de personas secuestradas a cargo de grupos con nombres tan significativos como “Monoteísmo y Yihad”...
Da la impresión de que estamos inmersos en un círculo vicioso de tremendas consecuencias y con riesgos colosales.
Por un lado, el nuevo terrorismo, al que en cierta forma podría considerarse un “nuevo nazismo”, tiene un proyecto transnacional, muestra una creciente capacidad de matar en cualquier lugar y de cualquier forma, y sus proyectos criminales carecen de cualquier límite interno, ya sea ético, político, ideológico o, en el caso de algunos de los ejecutores, de simple supervivencia.  A su vez, la evidente necesidad de combatir a un proyecto semejante se convierte en fácil pretexto de reacciones desmesuradas y de políticas reaccionarias y agresivas en manos de los gobiernos proclives a ellas.
Por otra parte, algunos cambios políticos han tenido consecuencias de enormes dimensiones. La “victoria” el año 2000 de un personaje de extrema derecha como Bush en EEUU a pesar de una mayoría de votantes no republicanos, la consolidación de Putin frente a toda oposición y el camino que llevó a Israel desde el gobierno del asesinado Rabin hasta el de Sharon, ha puesto en el timón de países con papeles decisivos a personajes abiertamente belicistas, antidemocráticos y dispuestos a afirmar su poder sobre el uso de la fuerza. Esas políticas, que todos ellos empaquetan gustosamente bajo la denominación de “guerra preventiva contra el terrorismo”, crean un caldo de cultivo extraordinario para la captación de adeptos por los sectores más extremistas y teocráticos del islamismo político, que camuflan sus odiosos proyectos esclavizantes y criminales bajo pretextos de “antiimperialismo” y “resistencia” a la opresión.
Después del 11 de septiembre las reacciones al nuevo terrorismo han socavado en nombre de la seguridad nacional una parte de las libertades civiles en EEUU y otros países. La reacción estratégica del gobierno Bush al provocar la invasión y ocupación de Irak, país que estaba gobernado por un infame dictador pero ajeno a Al Qaeda, ha generado una tensión internacional desconocida desde el final de la guerra fría y, en cierta forma, más inquietante. Una auténtica agenda de los horrores se ha desencadenado.
 Tras la ligera mejoría de los años 90, el siglo XXI ha comenzado con más agresiones a las libertades democráticas y con conflictos agravados, en los que tiene responsabilidad decisiva, aunque no única, la Administración Bush. Es imprescindible comprender la especificidad de esta crisis en términos políticos, sin limitarse a genéricos análisis sociales, de clase o económicos. Es altamente probable que si Bush no hubiese sido proclamado presidente de EEUU hace cuatro años el panorama mundial fuese mejor, aunque no idílico y sin conflictos. Existirían Al Qaeda y el islamismo político, un amplio movimiento cuyo objetivo es el gobierno de las sociedades humanas por “leyes divinas” indiscutibles, es decir, sus propias leyes divinizadas. Pero es probable que su influencia fuese bastante menor.
El terror global iniciado el 11-S es un factor incorporado a la realidad de nuestras sociedades. Bush puede ser alejado de la presidencia de EEUU en unas elecciones y ser presionado por los ciudadanos de su propio país, pero Al Qaeda no desaparecerá a consecuencia de la decisión democrática de nadie, aunque una de las mejores formas de lucha contra ella es el desarrollo de la democracia en cada país y a escala planetaria. Algunos sectores de la izquierda occidental ven en Al Qaeda y el islamismo político un fenómeno de “resistencia” o reacción al imperialismo, una forma desesperada de defensa de los humillados. No faltan incluso algunos sectores que ven en Bin Laden una especie de aliado, otro rebelde. A nuestro entender, Al Qaeda y el movimiento del que forma parte representa uno de los peligros mayores para la democracia y para las propias sociedades árabes o de tradiciones musulmanas moderadas. Al Queda es expresión de un proyecto teocrático, feminicida y totalitario que empieza a consolidarse en el mundo islámico como una opción de poder y a degradar las democracias occidentales a causa de las respuestas inadecuadas que éstas dan y de la inconsistencia entre valores proclamados y políticas reales. Es cierto que Al Qaeda no se ajusta exactamente al esquema tradicional de una organización, pero es un fenómeno extremadamente moderno en el que las ideas alientan redes y las redes fomentan ideas. Representa tanto la cobertura ideológica de un proyecto criminal como una forma flexible de articulación práctica para el uso de medios criminales. Proyecto, discurso y práctica coinciden casi al 100%. Y no está excluido que el “nuevo fascismo” teocrático pueda cobrarse piezas territoriales y simbólicas en el mundo de raíces islámicas.

II

La relación entre problemas internacionales no resueltos y crecimiento del terror islamista es más compleja de lo que parece. Sería iluso creer que el extremismo teocrático es mera consecuencia de esos problemas. Si estúpido es pensar que la vía emprendida por Bush, Aznar y Blair, generadora de nuevas injusticias y sufrimientos, es efectiva frente a Al Qaeda, cuando en realidad favorece la influencia del nuevo terrorismo, también resulta irresponsable y superficial creer que, de forma automática, una simple política de “no intervención” en la zona pondría fin a la amenaza de Al Qaeda y abriría las puertas de la democracia y del desarrollo social a los pueblos que en ella habitan, como si su único problema fuera la ingerencia externa. Toda corriente de izquierda democrática digna de ese nombre debe enfrentarse hoy sin vacilaciones a la estrategia de Bush pero también debe actuar de forma abiertamente hostil al islamismo político y a su variante más brutal, Al Qaeda. Aunque, claro está, en aquellos países que participan en la invasión de Irak la primera vía de acción para esa doble lucha es la movilización para exigir la rectificación de su propio gobierno, como hicimos en España.
En Irak se expresa de forma muy concreta el “círculo vicioso” del que hablábamos. La invasión, además de una agresión injustificable, habría sido un error colosal si el objetivo real de la operación hubiese sido combatir a Al Qaeda o al fundamentalismo, que no lo fue. La persistencia de la ocupación fortalece a los sectores fundamentalistas y conduce hacia el desastre, quizá no sólo en Irak. Así que hay que seguir reclamando el final de la ocupación, aún vigente en la medida de que el actual gobierno iraquí carece de cualquier capacidad de mando sobre las tropas ocupantes y sigue sometido, en la práctica, a la tutela de la Administración Bush, como lo están los recursos y las riquezas del país. Pero la mera fórmula retórica de “autodeterminación para Irak”, entendida como una petición de que la comunidad internacional se desentienda y deje a los iraquíes arreglarlo cómo puedan, no abre ninguna vía de solución, ya que obvia que la disparatada guerra ha dado lugar al desarrollo de “poderes fácticos” armados extremadamente  reaccionarios, de signo fundamentalista, y en alguna zona sadamistas, antes los que la población civil se encontraría indefensa, por lo que el cese inmediato de la ocupación de Irak, necesario, puede suponer la toma del poder por sectores integristas si no emerge un poder democrático, altamente improbable en ese contexto sin apoyo internacional decidido a las tendencias democráticas o al menos moderadas iraquíes. Y el que un fundamentalismo iraquí esclavice a las mujeres de ese país es algo ante lo que, una vez retiradas nuestras tropas, tenemos tanta responsabilidad de acción y repudio como debemos tenerla ante los crímenes de la ocupación, si lo que nos preocupa son las condiciones en que vive el pueblo iraquí, sus mujeres y sus hombres, personas de carne y hueso, y no un pulso entre presuntas estrategias “anti-imperialistas” o “antiterroristas”.

III

Hay muchas situaciones injustas en el mundo. De algunas de ellas se habla poco. Por ejemplo, de la dictadura en China, país donde la condena a muerte es práctica masiva incluso por delitos que aquí apenas implicarían cinco o seis años de cárcel, por no hablar de “delitos” consistentes en el simple ejercicio de la libertad. Se trata de un grave problema que la comunidad internacional está ignorando, tras entregar Hong Kong a los tiranos. Cegada de avaricia por el inmenso mercado y la excepcional oportunidad de abrir nuevas fábricas en un territorio donde la mano de obra es barata y disciplinada gracias al partido “comunista”, se está perdiendo la excepcional oportunidad de utilizar las Olimpiadas del 2008 como ocasión para presionar por la democratización. Pero hoy queremos centrarnos en aquellas situaciones en las que están implicados el proyecto “neocon” de Bush y el islamismo político, éste de forma directa, como origen de la crisis, o indirecta, como “pescador en el río revuelto” de conflictos en los que es un recién llegado, lo que es el caso más frecuente. Entre estas crisis, podríamos citar las de Palestina, Irak, Chechenia, Irak, Cachemira, Afganistán y Sudán.
En todos esos casos la comunidad internacional debe asumir responsabilidades. De forma muy sucinta, diremos que es imprescindible un compromiso...
-Con un proyecto viable de paz y convivencia entre un Estado palestino e Israel, lo que hoy requiere, en primer lugar, una presión directa sobre el Estado israelí utilizando los recursos políticos, diplomáticos y económicos de los que la Unión Europea dispone, puesto que Sharon, su gobierno y la política de apartheid y represalias indiscriminadas y sistemáticas contra el pueblo palestino, incluido el asesinato de centenares de niños a lo largo de los últimos años, son el principal factor de violencia, muerte, sufrimiento, opresión y cierre del diálogo en la actual situación, lo que no es óbice para condenar enérgicamente los atentados contra la población civil israelí y dejar de lado la retórica “antisionista” que no reconozca que la existencia de Israel, se comparta o no el hecho de su creación, es hoy ya un hecho consumado, aceptado por la  Autoridad palestina. Todo proyecto que implique la eliminación o expulsión de uno de los dos pueblos conduce al genocidio, mientras que la aspiración a la convivencia en un Estado democrático común es muy justa pero por ahora irrealizable.
-Con un proyecto de reconstrucción democrática de Irak desde Naciones Unidas en colaboración con interlocutores iraquíes, con nuevos protagonismos de la comunidad internacional a través de quienes por su no intervención en la injusta guerra pueden jugar un papel de puente hacia la sociedad iraquí, con una prioridad de la política que excluya cualquier forma de expoliación de las riquezas iraquíes, con una implicación activa en el fomento de las fuerzas democratizadoras iraquíes sobre la base de ciertas condiciones mínimas de respeto a los derechos humanos.
-Con la denuncia de la ocupación rusa de Chechenia y su violación sistemática de los derechos humanos en ese territorio.
-Con la búsqueda de una solución en Cachemira y el compromiso de desarme nuclear de India y Pakistán.
-Con una intervención decidida de la ONU contra el genocidio perpetrado en Sudán.
-Con un vuelco a favor del hoy postergado Afganistán, de cara a la creación de condiciones de seguridad mínimas imprescindibles para un desarrollo democrático, poniendo fin al poder territorial de los señores de la guerra y dando prioridad absoluta al respeto de los derechos de la mujeres.

IV

Queremos terminar con unas palabras de ánimo. Hay fuerzas que se oponen al curso enloquecido de los Bush y los Bin Laden. Hay nuevas generaciones que quieren que el mundo sea diferente, que lo están construyendo en lo que pueden y que están dispuestas a movilizarse por ello. Eso tiene consecuencias, eso influye sobre los gobiernos y permite que, aunque sea con menos radicalidad e intensidad, también en el escenario de las instituciones internacionales, intergubernamentales por tanto, se alcen voces discordantes con la estrategia de Bush. No sólo en la izquierda, sino en ciertas derechas más o menos centristas, cunde la preocupación y surge la pregunta: “¿dónde nos lleva?”
En ese ambiente, la intervención de Zapatero en la Asamblea General de la ONU ha sido una expresión, “suavizada” si se quiere, de las aspiraciones de paz y libertad de millones de seres humanos. Algo positivo se mueve también cuando hasta la ONU, cónclave de gobiernos y no de ciudadanos, llegan palabras como éstas:

Para que haya paz, seguridad y esperanza en muchos lugares y latitudes del mundo es necesario reforzar los instrumentos internacionales de promoción y protección de los Derechos Humanos, así como su aplicación efectiva. Éste es uno de los pilares básicos de nuestra política exterior. Nuestros objetivos son la firme ratificación del Protocolo facultativo a la Convención contra la tortura, la abolición universal de la pena de muerte, la lucha contra la discriminación de la mujer y la violencia de género, el fin de la discriminación por motivos de orientación sexual, la protección de los menores y la lucha contra los abusos y explotación a los que son sometidos, y la estricta observancia de los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo y la delincuencia.

España tiene voz en la ONU, en la OTAN, en la Unión Europea. Ha ganado un nuevo prestigio en el escenario internacional tras el 14 de marzo. Por ello, frente a la ocupación de Irak, frente al cierre de puertas para una solución al crucial problema palestino, frente a los grandes focos de crisis, es posible y necesario fomentar políticas activas, rechazar lo que no debe hacerse y formular lo que puede y debe hacerse. Pese a la “tibieza” de la política exterior de la Unión Europea, su existencia es una referencia positiva, que ha permitido fomentar procesos de democratización de las leyes de los nuevos países miembros e incluso de Turquía, donde la despenalización del adulterio es consecuencia directa de la atracción europea.
Una actuación internacional a favor de la paz, de la democracia y de los derechos humanos en cualquier lugar del mundo permitiría recuperar una legitimidad que el sistema democrático, identificado con un Occidente que con frecuencia no es fiel a los valores universales que predica, está perdiendo en beneficio de los heraldos de la yihad.
En lugar de esos compromisos el mundo se ve sometido al dominio de personajes siniestros que fomentan la tensión. Bush, con su unilateralismo suicida, pasará a la historia como autor del mayor ataque a las libertades del pueblo americano y el culpable de ataques brutales a los derechos humanos ejemplificado en la ignominia de Guantánamo y los horrores de Abu Graib. El mundo no necesita personajes como Bush, pero tampoco como Putin y su reaccionario imperialismo cada vez más antidemocrático o Sharon y su alianza con el extremismo sionista. Ni, claro está, a criminales totalitarios como Bin Laden.
Sin embargo, hay Bush, hay Bin Laden, hay Sharon, hay Putin. Pero también hay fuerzas de libertad y convivencia, aunque la lucha será larga y difícil ante adversarios tan carentes de escrúpulos, cuyos métodos no podemos imitar.
En noviembre los electores de EEUU tienen una oportunidad para expulsar a Bush de la presidencia y empezar a cambiar la agenda de los horrores. Kerry no es una alternativa ideal, pero impedir el mal mayor, la continuidad de Bush, empezaría a hacer posible una situación nueva. Por eso tantos ciudadanos del mundo se unen a los estadounidenses que quieren derrotar a Bush y crear una pequeña esperanza entre tanto horror. Ocurra lo que ocurra, no debemos ceder ni renunciar a actuar. Si nos rendimos, vencerán los Bush, Putin, Sharon, Bin Laden...