Consejo editorial Iniciativa Socialista
La revolucionaria reforma del matrimonio:
¡YO ESTUVE ALLÍ!
Editorial Iniciativa Socialista
número 76, verano 2005
El 21 de abril de 2005 el Congreso de los diputados aprobó por amplia
mayoría el Proyecto de Ley por la que se modifica el Código
Civil en materia de matrimonio, permitiendo que sea contraído por
personas del mismo sexo, lo que pondrá fin a una discriminación
oscurantista que aún sigue vigente en la inmensa mayoría de
los Estados de nuestro planeta, siendo más de setenta aquellos en
los que las relaciones homosexuales son consideradas como delito.
En la fiesta que esa noche tuvo lugar en Madrid, Pedro Zerolo y Beatriz Gimeno,
que fue el uno y es ahora la otra, respectivamente, presidente y presidenta
de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales,
nos hicieron notar que ese momento era uno de los que, dentro de muchos años,
nos haría decir: ¡yo estuve allí! Así es.
Posteriormente, el 5 de mayo el proyecto entró en la Cámara
del Senado, donde la amplia presencia del Partido Popular, combinada con
las reticencias de UDC y la postura “confesionalista” de algún senador
socialista pone una carga de incertidumbre sobre el resultado. No obstante,
la última palabra corresponde al Congreso de diputados, en el que
esperamos que durante el mes de junio tenga lugar la aprobación definitiva
de esta histórica y trascendental Ley.
Estamos ante un acontecimiento histórico, no sólo para lesbianas
y gays, sino para toda persona amante de la libertad y de la democracia.
Esta reforma es una revolución. Y su alcance excede las fronteras
de España.
Hasta hace muy pocos años, “maricón” era uno de los insultos
que se consideraban más ofensivos en este país. Y ahora, España,
junto a Holanda, va a pasar a tener la legislación más avanzada
en lo que se refiere a la abolición de la discriminación por
orientación sexual. La desaparición de una discriminación
arbitraria, dolorosa y dañina sufrida por un amplísimo sector
de la población española es un magnífico hito libertario,
que también repercutirá positivamente sobre la formación
y desarrollo ético e intelectual de las futuras generaciones, pues
quienes crecen bajo leyes discriminatorias sufren la marca de un imprinting
social que presenta como “natural” la injusticia y como “aberración”
la libertad.
Esta “excepcionalidad” española adquiere, además, relevancia
específica a escala planetaria, en un periodo en el que muchos de
los discursos y de las prácticas más letales y amenazadoras
tienen como eje común, aunque en grados diferentes, un pensamiento
y un proyecto teocrático, integrista y antiliberal. Ese es el caso
de Bush y los neocon estadounidenses, del fundamentalismo islámico
y de la jerarquía vaticana. El estruendo de las palabras de guerra
entre los Bush y los Bin Laden nos oculta con frecuencia las alianzas efectivas
que en el seno de instituciones como las Naciones Unidas tienen lugar contra
derechos humanos básicos, como puso de relieve, por ejemplo, la resolución
presentada en 2003 por Brasil ante la comisión de Derechos Humanos
de la ONU para que la diversidad sexual fuese considerada como parte integrante
de los derechos humanos universales, apoyada por la Unión Europea
y algunos otros países, pero con una fuerte oposición liderada
por el Vaticano y la Organización de Comunidades Islámicas,
cuyo lobby ha encontrado el apoyo de la Administración Bush en muchos
temas relacionados con las libertades individuales. La evolución positiva
en la acción contra la homofobia que se observa en la Unión
Europea o países como Brasil, Argentina, Chile, Nueva Zelanda o Canadá
entra en colisión directa e irreconciliable con los proyectos de “los
políticos de dios”.
Además, la lucha contra la homofobia ha puesto y pone sobre el tapete,
en toda su radicalidad y universalidad, la cuestión de la libertad,
de la autonomía y de la democracia, entroncando directamente con el
antagonismo que política, filosófica, ética e incluso
epistemológicamente recorre la historia de la humanidad desde el momento
en que un ser humano se cuestionó “las reglas”: el antagonismo entre
el “esto es así porque sí y siempre será así”
y el “¿por qué es esto así? ¿debe ser así?
¿puede cambiar?” Con gran acierto, la Comunidad Homosexual Argentina
tiene como lema En el origen de nuestra lucha está el deseo de todas
las libertades. Por ello, la afirmación radical de la igualdad de
derechos y de la diversidad sexual se coloca en un terreno que excede “lo
político” en el corto y medio plazo, pues se sitúa a la altura
de los retos civilizatorios de nuestra época, aquellos que no sólo
requieren que cambiemos la política y las instituciones, sino también
que nos cambiemos.
En torno a esta ley, la derecha más recalcitrante, azuzada y avalada
por el PP, pero inequívocamente liderada en este caso por la jerarquía
católica española y también, de forma directa, por el
Vaticano, ha puesto en marcha su primer gran desafío al gobierno socialista
presidido por ZP y, sobre todo, a una evolución cultural y ética
de la sociedad a la que quieren oponerse. Tras interponer todo tipo de obstáculos
institucionales a la reforma -frente en el que veremos aún nuevas
maniobras- y lanzarse a una recogida de firmas que les ha ido bastante mal,
andan ahora organizando una manifestación para el 18 de junio. La
jerarquía eclesiástica lanza un desafío abierto a la
democracia con su llamamiento a que políticos electos, funcionarios
y hasta jueces prevariquen impidiendo a ciudadanas y ciudadanos el ejercicio
de los derechos que las leyes les reconozcan. En democracia, un ciudadano
puede sentirse éticamente obligado a recurrir a la insumisión
y la desobediencia civil ante una ley que considera injusta, asumiendo el
castigo que corresponda. Pero un juez, al que no corresponde hacer leyes
sino velar por ellas, no tiene más forma de insumisión digna
que la proclamación de la injusticia de las leyes, aplicándolas,
o la renuncia de su oficio.
El gobierno socialista no se “ha precipitado” ni ha obviado el diálogo.
Ha hecho lo que tenía que hacer y en el momento en que correspondía.
La súbita conversión de algunos a una “unión civil”
que no se llame “matrimonio” no es más que humo para sembrar la confusión.
Ni la jerarquía católica acepta esas “uniones”, que condena
de forma explícita, ni el Partido Popular permitió que saliese
adelante durante sus ocho años de gobierno ninguna iniciativa parlamentaria
que pudiese ir en ese sentido.
La conversión de la derecha a la bondad de las “uniones civiles” llega
muy tarde. No podemos admitir que ahora se empeñen en llamar de forma
diferente a aquello que, en tanto que matrimonio civil contraído por
dos personas, debe ser igual ante la ley. Ni vamos ignorar que bajo
esa dualidad “matrimonio-unión” quieren colar la marca de la segregación
y del estigma, la prohibición de las adopciones por parejas “homo”,
etc.
Esta derecha clerical carece, pura y simplemente, de argumentos. Su rechazo
al matrimonio homosexual no forma parte de una “visión diferente”
sobre cómo regular los mismos derechos, sino que es el rostro de la
homofobia “de siempre” adaptado a las condiciones impuestas por las características
de la sociedad española de comienzos del siglo XXI. Pueden marear
la perdiz todo lo que quieran, pero sus puntos de vista al respecto sólo
se fundamentan en la doctrina de que “la homosexualidad es mala”, al igual
que dicen que es malo el divorcio, las relaciones sexuales fuera del matrimonio
o el uso de preservativos y medios anticonceptivos, etc. Pero tales cosas,
que figuran claramente en los documentos de los obispos, deben cuidarse un
poco ante el “gran público”. Así que sus portavoces políticos
o mediáticos tratan de dar algunas “razones”, aunque tras ellas no
hay otra cosa que machismo y condena de la homosexualidad e, incluso, de
la sexualidad.
Dicen ellos que el matrimonio siempre ha sido entre hombre y mujer, y que,
si sólo dos Estados en todo el mundo reconocen el matrimonio entre
personas del mismo sexo, “por algo será”. Lo cierto es que si ningún
Estado hubiese sido el primero en abolir la pena de muerte, ésta seguiría
vigente en todos. Si ningún Estado hubiese sido el primero en reconocer
el derecho de voto de las mujeres, en ninguno lo habría hoy. El que
España se vaya a colocar en el año 2005 a la cabeza de un proceso
de liberación global sólo nos apena en la medida que da medida
del arraigo de la homofobia sobre el planeta -hace sólo quince años
la homosexualidad aún era catalogada como “enfermedad mental” por
la Organización Mundial de la Salud-, pero desde luego nos alegra
y enorgullece en la medida que nos sentimos actores en un paso de gigante
en el combate interminable por la libertad.
Dicen ellos que el matrimonio entre hombre y mujer es un bien social que
debe ser especialmente protegido, por su papel en la reproducción
de la especie y la educación de las nuevas generaciones. De tal discurso
sólo podría deducirse, en todo caso, que la sociedad debería
prestar apoyo y dotar de ciertos beneficios a quienes cuiden de niñas,
niños y adolescentes, hijos biológicos suyos o adoptados, con
o sin matrimonio por medio y sea cual sea su sexo. Numerosos matrimonios
“hetero” no tienen hijos ni los adoptan. Parejas “hetero” tienen y cuidan
niñas y niños sin haberse casado. Muchas parejas “homo” quieren
adoptar, han adoptado ya bajo la fórmula individual o, en el caso
de las parejas lésbicas, tienen hijos biológicos de una de
ellas. La indisolubilidad del pack “matrimonio hetero / sexualidad / reproducción”
es una doctrina religiosa, no algo que las leyes puedan asumir ni con lo
que “comulgue” nuestra sociedad en particular. Hijos sin matrimonio, matrimonio
sin hijos, sexualidad sin reproducción ni matrimonio, fecundación
asistida o adopción con o sin matrimonio, matrimonio homosexual, etc.,
son posibilidades y opciones tan válidas como cualquier otra.
Dicen ellos, con especial empeño, que los matrimonios entre personas
del mismo sexo no deben ser permitidos por el “bien de los niños”.
Lo que en ese argumento destaca no es el aducido interés por el bienestar
de la infancia, sino la arbitraria, indemostrada, indemostrable, refutable
y refutada suposición de que las familias homoparentales no son un
espacio adecuado para las niñas y los niños. De hecho, en las
familias de ese tipo en las que la pareja desee casarse, el que no pueda
hacerlo repercute también sobre las niñas, niños y adolescentes
ya a su cargo o que puedan adoptar en el futuro, pues crea graves dificultades
para que éstos dispongan, respecto a la madre o el padre no oficialmente
reconocido, del derecho a heredar, recibir apoyo en caso de disolución
de la pareja, contar con su capacidad de dar autorización para tratamiento
médico en situación de emergencia, etc. Más aún,
en caso de muerte de la persona reconocida oficialmente como su madre/padre,
el niño, mientras no se apruebe la nueva ley, puede ser separado de
quien realmente también es su madre/padre, a quien quiere y por quien
es querido, para ser puesto bajo el cuidado de personas con las que puede
haber tenido escaso o nulo trato y afecto. En consecuencia, la reforma del
matrimonio, además de ser una exigencia del respeto de la libertad
y la autonomía de cada persona, aporta también vías
adicionales de protección a las niñas y los niños de
las familias homoparentales, y todas y todos crecerán en una sociedad
más libre y no tendrán que sufrir la inoculación de
prejuicios discriminatorios. Las chicas y chicos homosexuales no crecerán
bajo la marca de un estigma y las chicas y chicos heterosexuales no se educarán
en un desprecio a “lo diferente” en el que se incuba el odio y la intolerancia.
A través de nuestra alegría queremos mostrar una sombra de
inquietud. Nos preocupa el escaso entusiasmo que muestran algunos sectores
de la izquierda política y social. Hay personas que preferirían
que se hubiese “aguado” esta reforma aceptando una nueva denominación,
una especie de “matrimonio de segunda” y sin derecho de adopción.
Pero también encontramos otras que la “ven bien” -ya sea por convencimiento
o por oportunidad-, pero ignoran su trascendencia y se niegan a darle la
relevancia que merece, considerándola, prácticamente, una “minucia”,
algo que se votará y punto, a la espera de los “grandes cambios sociales”.
Creemos que la reforma del matrimonio es revolucionaria en sentido estricto.
Es, con mucha diferencia, la medida más progresista que ha adoptado
hasta ahora el Gobierno ZP -incluyendo la retirada de las tropas Irak-, y
es altamente probable que sea la más importante de toda la legislatura
2004-2008. En cierto sentido, podríamos decir que es la decisión
política más avanzada entre las adoptadas por la democracia
española desde 1977, ya que algunas de las decisiones anteriores representaron
aquí grandes cambios que permitían a España sumarse
a un camino ya recorrido por otros muchos países democráticos,
pero en esta ocasión estamos hablando de un papel de avanzadilla a
escala planetaria, junto a Holanda, y en un momento histórico clave.
Si hacemos constar esta inquietud no es por un gusto malsano en la crítica
de las opiniones diferentes de la nuestra. Lo hacemos porque creemos que
va a ser preciso “poner toda la carne en el asador”.
En primer lugar, porque el pájaro no está aún en la
mano a la hora en que escribimos esta declaración, aunque quizá
sí cuando esta revista llegue a tus manos. Es preciso seguir haciendo
llegar a los senadores la voz progresista de la calle, tanto a los del PP
como a aquellos individuos de otros grupos que puedan dudar en dar su apoyo
a esta ley o están pensando en negárselo. Aunque el Senado
no tenga la última palabra, la estrategia eclesiástica y del
PP apunta a lograr una derrota de la reforma en el Senado para tratar de
ponerla el sello de cierta “deslegitimación” y dar “munición”
a los sectores del PSOE más cercanos al Vaticano para que presionen
al Gobierno y al grupo parlamentario pidiendo que asuman ciertas enmiendas.
Suponemos que esa estrategia no tendrá éxito, pues el compromiso
del Gobierno parece muy firme, pero más vale trabajar ahora para que
no lo tenga.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la ofensiva clerical-derechista
es decidida y de largo alcance. La jerarquía eclesiástica quiere
hacer de cada iglesia un centro político de organización, y
el PP -al menos, quienes siguen su actual línea oficial- se encargará
de poner el mayor número de trabas institucionales. Podemos presenciar
recursos ante el Tribunal Constitucional, alcaldes y jueces que de forma
abierta o camuflada sigan las consignas de boicot lanzadas desde el Vaticano,
campañas de intoxicación en los muchos colegios privados que
controlan y que sigue financiando el dinero público, presiones infames
sobre la intimidad de las parejas homosexuales e incluso actos de violencia.
Sabemos muy bien hasta donde puede llegar alguna de esta gente. ¿O
debemos olvidar las concentraciones que realizan ante los centros sanitarios
que realizan abortos legales, por citar sólo un ejemplo, abordando
incluso a las mujeres que entran en ellos, por no hablar de casos de agresión?
Van a seguir tratando de imponer sus reaccionarias doctrinas. Unas leyes
sin discriminación, además de lo que implican de forma inmediata
en la vida de muchas personas, tienen también consecuencias de pedagogía
social. Pero hay que ser conscientes que la eliminación de las leyes
homofóbicas no hace desaparecer de inmediato la homofobia social aún
muy presente en España, aunque haya pasado de ser una actitud culturalmente
hegemónica a una postura mal vista y minoritaria, pero influyente
y todavía muy difundida socialmente. De hecho, en algunos casos la
aceptación de la reforma del matrimonio es una especie de “que hagan
lo que quieran” que representa un paso adelante en ciertas mentalidades pero
que a veces sigue acompañado de una visión “negativa” de la
homosexualidad y cierta prevención hacia ella. Estamos logrando una
gran victoria para la libertad, pero no está aún consolidada
ni puede darse por definitiva si no seguimos trabajando para que así
sea.
Así que reivindicamos más entusiasmo social, más activismo
y más compromiso a favor de esta ley y, una vez aprobada, de su cumplimiento
sin zancadillas y boicot como los que siguen haciendo aún casi imposible
abortar en un centro público. Hasta ahora, el peso de este esfuerzo
ha recaído en los propios movimientos de lesbianas, gays, transexuales
y bisexuales, sin que hayan recibido socialmente el apoyo efectivo que se
merecían. Pero esto es cosa de todas y de todos. Hay que movilizarse
hasta conseguir definitivamente la ley, y después para lograr su consolidación
plena. Al decir “movilizarse” no nos referimos sólo a participar en
acciones en la calle, como la gran manifestación que tendrá
lugar el 2 de julio con motivo del Día del Orgullo y que, “homos”,
“heteros” o “bisex”, deberíamos llenar aún más
que en años anteriores en defensa de la libertad, sino en su sentido
más profundo, cotidiano, en nuestros comportamientos, en nuestras
palabras, en lo que transmitimos a los demás, en lo que consentimos
que se diga y haga en nuestra presencia sin expresar nuestra discrepancia.
Esta no es la ley de “lesbianas y gays”, aunque la han ganado con su lucha
y con escasos apoyos durante gran parte del camino. Esta no es la ley del
PSOE ni la ley del gobierno. Ni siquiera es la ley del conjunto de grupos
parlamentarios que la apoyan y que la hacen posible. Esta es la ley de una
sociedad que quiere ser libre y vivir a su manera, no siguiendo los dogmas
de tal o cual grupo religioso o político. Es ley de libertad. Así
que, queridas amigas y queridos amigos, ¡más entusiasmo y más
empuje! Ellos tienen los púlpitos, desde los que uno predica a varios.
Nosotras y nosotros tenemos nuestras voces, que permiten la comunicación
de muchos con muchos. Usémoslas.
Y el día que la ley sea definitivamente aprobada... ¡¡¡FIESTA!!!
Pero no para pararnos en lo conseguido, que es mucho. Toca ahora reivindicar,
primero, y, esperamos, celebrar después la futura aprobación
de una ley de identidad de género que reconozca los derechos
de las personas transexuales. Ese es también un compromiso del Gobierno
y debe cumplirlo en esta legislatura. Porque hay que seguir avanzando. La
libertad con más libertad se conserva y crece.