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Pero no es el objetivo de este ensayo el historiar, brindando un resumen de los acontecimientos respecto de los fenómenos que han convertido a la Argentina en una caja de Pandora, sino el intentar tomar distancia de los hechos para ser más objetivos -al momento de rehacer la construcción de la historia contemporánea- que nos permita contextualizar, explicar y entender el por qué de los acontecimientos actuales.
Por lo que, quizás, uno deba acercarse a los acontecimientos también respaldándose en la misma historia, para analizar lo que sucede en los territorios de la contemporaneidad, partiendo del criterio de que a la historia se la construye diariamente -en el sentido del devenir de este país como expresión social, política, económica, etc.- , contrariamente a lo descripto por Fukuyama (1989) y los sectores postmodernistas de esta especie de cultura kirsch -que parece vacía de contenido estético y ético- pero muy cargada de los intereses del status quo- que ha venido en la última década del siglo pasado intentando obturar -por cierto sin obtenerlo- el libre pensamiento y el libre desarrollo de la historia. Esta definición de la historia correspondería a la que es escrita por los vencedores; por quienes han vencido a las otras formas del ejercicio del poder y de organización de las sociedades, llámese comunismo, socialismo, etc., y se pavonean con los laureles de la victoria del triunfo omnipotente de capitalismo globalizado.
Demás está decir que la escritura postmoderna no ha hecho otra cosa que acompañar, sin mayor brillo, este fenómeno que se ha venido dando al interior del sistema capitalista, en una fase moderna, denominado neoliberalismo, o capitalismo globalizado, que en realidad es una profundización de las pautas de dominación del capitalismo frente a los Estados independientes, que lo dejan actuar en "libertad", sin restricción alguna a sus intentos hegemónicos. Este fenómeno que es básicamente económico, aunque con fortísimas connotaciones políticas y sociales, ha generado la "globalización" más exitosa del capitalismo desde la aparición de éste sobre la faz de la tierra y que ha llevado a una inmensa masa de sujetos a las más extrema pobreza, a la vez que ha extendido las injusticias en el mundo (Parisí, 1999).
Existiría, por ende, en la génesis de la "globalización", un entramado que posibilitaría y facilitaría los fenómenos transnacionales de mercado que benefician al capital y a las empresas multinacionales y transnacionales. La palabra globalización se utilizaría -por lo menos- en dos sentidos que no son necesariamente incompatibles entre sí. Por una parte, denotaría la creación de redes, sobre todo financieras y monetarias, pero también culturales y políticas, que abarcan con sus tentáculos al mundo entero. Más, en particular, hace referencia al creciente papel de las empresas multinacionales y transnacionales y, sobre todo, al aumento producido a lo largo de la década de los noventa en los flujos de intercambios financieros entre empresas transnacionales que operan de consuno. Esta aparente homogeneización va, sin embargo, acompañada por innegables procesos de fragmentación, los que se constituyen en su contradicción dialéctica (Giner y otros, 1998).
Si realizamos nuestro análisis histórico desde el paradigma de la complejidad, como lo sería la asunción de otra perspectiva de la variable tiempo, la relación "parte-todo", la implicación de cada uno de los hechos y quehaceres en el Universo, y el giro completo sobre el lugar del hombre en y con el mundo (Scheler, 1928), si se lo mira desde la indeterminación (Prygogine, 1995) y la incertidumbre (Keynes 1936), entonces el análisis de la realidad argentina -escabrosa, trágica, maravillosa, escandalosa, corrupta, ingenua- que durante las últimas décadas detuvo sus procesos de crecimiento y fue entregando su soberanía y su identidad nacional, actualmente se debate y enfrenta con sus tragedias, intentando, a través de nuevas formas de organización y protesta, de conformar una nueva Nación. O, por lo menos, rechazando las perversas costumbres políticas argentinas, aquellas que han llevado al país a la mayor crisis axiológica y económica de la corta historia nacional -que aún no cumple doscientos años-. Este fenómeno, por momentos severamente descarriado, se presenta frente a la drástica derechización del panorama político nacional e internacional como una revolución, aunque carece de líderes y de objetivos concretos. Por lo tanto se expresa con la voluntad de un fuerte cambio, que nadie sabe con certeza qué acarreará, cuál es el punto dónde convergerá, ni qué costo final tendrá. Cabe acá, no sin cierta cuota de ironía, preguntarse si la Argentina -paraíso universal de la práctica psicoanalítica- será capaz de reflexionar sobre estos ejes temáticos y hacerse cargo de sus culpas (Aguinis, 1983).
La Argentina -aquella de la nostalgia que despierta en los que vivieron épocas de bonanza- fue un país que logró y gozó de un estado de bienestar al mejor estilo keynesiano, propio de los países del denominado primer mundo. Por aquel entonces se lo diferenciaba del resto de América Latina especialmente por sus bajísimos índices de desnutrición, analfabetismo, a la vez que por sus salarios altos -con alta participacion en el producto bruto interno- y dignos simultáneamente que por las múltiples posibilidades que brindaba a sus habitantes, fuesen nativos o foráneos.
Minujín y Kessler (1995) sostienen que "Ciertamente la Argentina de hoy no es la de ayer. No sólo por lo que una serie de cifras indiquen sobre el producto bruto o sobre su lugar en el ranking de naciones. La Argentina se había pensado a sí misma como Nación de modo distinto de lo que hoy puede pensarse. O, mejor dicho, los argentinos se soñaron como otro tipo de sociedad: más justa, más igualitaria, y, sobre todo, siguiendo un acompasado movimiento conjunto de progreso. En el imaginario argentino de este siglo, cerrando la brecha social entre una cúpula y su base, aparecía la imagen de una multitudinaria clase media que nos diferenciaba de otros países latinoamericanos donde entre los pudientes y los miserables se abría un abismo infranqueable de temor y violencia recíprocos. Más del 70 por ciento de la población se consideraba miembro de la clase media, que podía albergar a todo aquél que gozara de un trabajo formal, del acceso real o potencial a ciertos bienes y servicios. La clase media argentina era notablemente heterogénea: podían encontrar cobijo dentro de ella tanto un obrero del conurbano como un aventajado profesional de Palermo (barrio residencial de la Capital Federal), un empleado público del interior o un pequeño propietario de campo".
Como en toda emergencia, los sueños se han visto postergados. Pero la síntesis dialéctica reside, a mi entender, no en la carencia de la capacidad onírica, sino en la incapacidad de representarse -al interior del imaginario argentino- como una Nación que se proyecte a través del tiempo y de los hechos. En realidad, los hechos aparecen, de manera torpe y grotescamente, en una carrera desbandada, donde se desconocen los límites y se han minimizado los riesgos por afrontar.
Todo esto ha traído consigo un sinnúmero de reclamos y protestas de la población a lo largo y ancho de nuestro extenso país, que pareciera que sólo convergieran en un único elemento parecido: la manifestación de un intenso malestar social y cultural (Freud, 1930). Pero que se diferencian substancialmente en sus inquietudes y objetivos: mientras que los piqueteros y desocupados quieren trabajo y un lugar en la trama social de la que han sido totalmente marginados, la clase media protesta exigiendo la devolución de sus ahorros que quedaron bajo el cercado y cerrado "amparo" de quienes debían ampararlos.
Y en este punto me parece interesante reflexionar respecto del texto de una pancarta que exhibía uno de los tantos manifestantes argentinos en los ya habituales cacerolazos, en la que se leía con claridad: El robo de la historia7. Por cierto que la expresión alude a las medidas políticas que conllevaron a la retención de los ahorros de millares de (argentinos) depositantes que confiaron en un sistema financiero que termino defraudándolos. Pero creo que tal expresión, en realidad, lo que hace es poner de manifiesto un estado de cosas altamente delicadas, y que se refieren a que el saqueo tambien se ha hecho sobre la historia argentina. En la medida que nos roban la historia, nos están birlando el presente y el futuro. ¿Cómo puede sostenerse una Nación si se ha quedado sin historia?. Al perder la historia, se pierde la memoria y, por ende, la identidad como país. Si no sabemos quiénes somos, sino podemos definirnos con una identidad positiva, ¿cómo haremos para saber hacia dónde ubicarnos en el contexto regional, continental y mundial?. ¿Cómo nos conceptualizaremos ante nuestra propia realidad?. Esta panorámica, ¿acaso no expresa, en realidad, el grado de fragmentación en la que estamos viviendo?. ¿No será también, un efecto de la globalización al que aludía Giner (op.cit.).
Por lo tanto, la actualidad de la crisis argentina en lo económico, político y social -que chorrea sangre a borbotones por sus heridas abiertas (Galeano, 1971)- con su cuerpo social lastimado, continúa siendo una fiel representante de la diferencia de objetivos, criterios e intereses de sus componentes sociales. De esta manera observamos una insistente fragmentación del cuerpo social de los argentinos y una manifiesta incapacidad para poder operar sobre la realidad.
Esto nos conduce a reflexionar seriamente respecto de que la única idiosincrasia posible en estos tiempos de una modernidad postmoderna, que nos identifica y define, está representada por la fragmentación. Los síntomas de la ausencia de un imaginario compartido respecto de qué país queremos -y poner nuestro esfuerzo en ello- que sea la Argentina, no nos permiten adentrarnos en la necesaria -y por que no verdadera- discusión que refiere a la construcción de un proyecto de Nación insertado en un contexto regional definido.
Al respecto Marín (1999) expresa: Existe en la Argentina una fragmentación social que nos caracteriza. Esto tiene relación con la debilidad conque hemos interiorizado el concepto de Nación.
Isuani (1996), en esa misma dirección de análisis sostiene: Nuestra representación de la Nación Argentina ha sido construida sobre la base de una historia de desencuentros, de enfrentamientos de intereses sectoriales, de instituciones atomizadas, de desprecio por las diferencias y de lo autóctono, de soberbias que nos aislaron de nuestros vecinos latinoamericanos y distorsionaron nuestra identidad mirando hacia Europa. Ello no nos ha permitido desarrollar un sentimiento de pertenencia nacional ni una posición clara hacia adentro ni hacia afuera del país. También los partidos políticos tienen su cuota de responsabilidad en esta fragmentación de la sociedad, ya que los mismos no supieron generar colectivos fuertes de presión y de poder capaces de articular intereses comunes en proyectos hegemónicos duraderos.
Podemos observar , tal como lo sostiene Franco (2000) que lo más importante de nuestra época es el avance de la insignificancia. Los individuos no tienen ninguna señal para orientarse en sus vidas. Sus actividades carecen de significado, excepto la de ganar dinero, cuando pueden. Todo objetivo colectivo ha desaparecido, cada uno a quedado reducido a su existencia privada llenándola con un ocio prefabricado. A causa de la disminución de la participación de los ciudadanos en la cosa pública hay un conformismo generalizado. Las instituciones políticas cumplen con la finalidad de alejarlos de los asuntos públicos, persuadiéndolos de la inutilidad de su participación. Es una muy pequeña parte de la sociedad la que gobierna -una oligarquía liberal-, y decide acerca de sus sucesores. Ante la hegemonía de la significación capitalista, desaparece el contenido de toda oposición real entre "derecha" e "izquierda". Todo esto produce un sujeto conformista y privatizado: la gente empezó a darle las espaldas... a los intereses comunes, a las actividades comunes, a las actividades públicas, rehusando tomar responsabilidades...
La política argentina contemporánea, hacedora en su esencia de una peligrosa práctica -como paradójicamente lo viene siendo la ausencia de la misma- muestra sin pudor alguno su incapacidad para ponerse al frente de los acontecimientos que se vienen sucediendo. Los políticos argentinos han perpetrado el robo de la historia argentina en su doble expresión: vaciaron económicamente el país y profanaron su identidad desde lo moral y lo valorativo, lo que aún es más grave. El autismo que se observó durante el (des)gobierno del presidente De la Rúa (Rodriguez Kauth y Parisí, 2002) continúa embargando la praxis política actual. Aguinis (2002) sostiene que "Existía una suerte de arrogancia, de eterna impunidad, que mantenía la ilusión de que entre nosotros la sangre no llegaría al río. Aún no se imaginaban que el Presidente (por De la Rúa) podía ser expulsado con el simple ruido de las cacerolas. Se basaban en que la inmensa mayoría de la población continuaba adherida al sistema democrático y que su tolerancia podía estirarse como un chicle. Proseguían encerrados en una campana de cristal, sin advertir que aumentaba el fastidio por su ineficiencia, mezquindad y corrupción...".
La praxis política argentina, de características -sin exagerar- miserables, ha sido posible necesariamente- por el fenómeno tan practicado en Latinoamérica como lo es el de la impunidad ante la corrupción y que de alguna manera puede leerse como "realismo mágico" (García Márquez, 1967) frente a estas prácticas que parecen imposibles ser cambiadas. Y esto muestra que si bien las instituciones judiciales existen, han estado -y están- sujetas y atravesadas por la misma corrupción reinante en la política. Todo esto ha profundizado aún más la corruptela moral del discurso político a partir de su vaciamiento, a sabiendas que con ello se producen daños irreparables a las instituciones democráticas de la República. Especialmente en nuestras aún débiles naciones latinoamericanas, arrinconadas por la deuda -"odiosa y corrupta"- externa e interna, la pobreza extrema al punto de la miserabilidad, la desocupación y las ambiciones de los políticos que buscan, en la mayoría de los casos, su propia "salvación" a través de la política (Parisí, 2001).
Recurriendo a la historia contemporánea, podemos reflexionar cómo finalizó la última dictadura argentina (1976-1983), donde los militares debieron entregar el poder luego de asesinar a 30.000 personas, dejar al país envuelto en una voraz deuda externa, habiendo corrompido todas las instituciones nacionales y siendo los responsables de haber comenzado con la aplicación de las políticas neoliberales que nos han llevado al desquicio en que nos encontramos inmersos. Lo paradójico y terrible de tal situación es que aún no se ha hecho justicia y aquellos mesiánicos "salvadores de la patria" gozan de libertad, aunque no de prestigio ni valoración social alguna. La impunidad que ellos aún gozan ha dejado peligrosos antecedentes en la sociedad, lo que ha contribuido a despejar el camino a cualquier tipo de manipulación que se pretenda desde los escenarios del poder. así éstos -los políticos que detentan el poder formal- pudieron confundir, sin pudor alguno, los espacios y bienes públicos con los privados y manipular el discurso político en su beneficio y no articulado para sostener prácticas que operaran sobre la realidad en favor de los intereses de la comunidad en general.
También es necesario observar el contexto dirigencial que ha posibilitado y facilitado la funcionalidad de una política corrupta. No son menos responsables los representantes de la gran escena nacional, quienes se han sentado a diario en la mesa de las decisiones y han recogido con cuchara de plata sus propios beneficios mientras entregaban a la Argentina en el burdel de las organizaciones financieras transnacionales -como el Fondo Monetario Internacional- y en las arcas del empresariado, para que fuera prostituida por los sectores que representan al capital transnacional y nacional -aunque el capital no tenga nacionalidad- tal como sostenía el extinto Lenin.
La complicidad de esos sectores fue útil y necesaria para contribuir a la fragmentación de este país. De hecho, es dable observar cómo en la Argentina las clases dirigentes -incluyendo a los sectores empresarios, sindicales, etc.- han fracasado recurrentemente en sus funciones, en tanto que saquearon y manipularon en su provecho al estado nacional. es llamativo el hecho de que mientras más empobrecida está la inmensa población argentina (más del 40% de la población está en condición de pobreza), aquellos sectores de la dirigencia han visto engrosar -de manera grosera- sus peculios personales.
También estimo que algunos sectores intelectuales fueron los responsables de negarse a hacer una lectura crítica de la realidad y, en algunos casos, haberse visto seducidos y manipulados por la creciente des-ideologización que conllevó la corriente postmoderna. De todos modos, es preciso señalar que no todos los intelectuales se vieron atrapados por las luces de la tentadora "gran aldea" y opusieron resistencia a esa pretendida expresión de la cultura.
En el caso de los docentes y científicos universitarios, existen muchos de aquellos intelectuales que aun conciben la universidad como aquella institución que puede y debe contribuir a la creación de una cultura latinoamericana, a partir de un proyecto regional. Aquellos que aún en medio de la globalización creen en la necesidad de que la Universidad debe elaborar una visión Latinoamericana de la cultura universal, de su historia y de sus hechos y no permitir que se perpetre la fragmentación que facilita la dominación, rostro al que en Latinoamérica estamos bastantes acostumbrados. De lo contrario "... se permitiría el contraste del absoluto desamparo con la sabiduría intensa y la riqueza extrema, lo que crearía un Estado injusto, cruel y rematadoramente bárbaro" (Villegas, 1991) que, con gran tristeza, lo vemos señorear a diario.
De todas maneras, también es cierto que en estas últimas décadas los intelectuales han sufrido la persecución (1968), el exilio o la muerte (1974-1983), o el oprobio y el permanente robo de sus espacios, presupuestos e, incluso, salarios. Por estos motivos y nobleza obliga, si se recurre al pensamiento siempre esclarecedor de M. Weber (1929) cuando señala que "... los científicos (intelectuales) buscan la verdad y los políticos buscan el poder", podemos recordar que en la clase política y dirigencial argentina la característica más ausente es la de su capacidad intelectual y la más presente es la del autoritarismo.
El lugar del análisis implica también reflexionar respecto del lugar que ocupó la clase obrera que, en gran medida, se ha visto desfavorecida por dos procesos. Por un lado, la burocracia sindical que ha contribuido a desarmar en su esencia, literalmente, al movimiento obrero (es necesario recordar que la Argentina tenía el movimiento obrero más importante de América Latina). Por el otro lado, la pauperización de los salarios, como consecuencia de un ejército de desocupados que conlleva en sus entrañas el mismísimo neoliberalismo. Anderson (1997) sostiene que las propuestas del neoliberalismo implicaron mantener un Estado fuerte en su capacidad de quebrar el poder de los sindicatos y en el control del dinero, pero limitado en lo referido a los gastos sociales y a las intervenciones económicas. la estabilidad monetaria fue la meta suprema. para eso fue necesaria la aplicación de una disciplina presupuestaria, con la contención del gasto social y la restauración de una tasa "natural de desempleo", o sea, la creación de un ejército industrial de reserva para quebrar a los sindicatos y en especial a la solidaridad entre los trabajadores. en la actualidad, los últimos datos -marzo del 2002- indican que la desocupación es superior al 25% de la población económicamente activa, en tanto que la subocupación esta en alrededor de un 20%.
Estas practicas llevaron a un proceso de involución del movimiento obrero, al haberse éste ensimismado debido a la corrupción reinante en su clase dirigente, que no ofreció resistencia alguna a los embates del capitalismo, abandonando su espacio social y contribuyendo a la fragmentación varias veces expuesta en este escrito.
Podríamos aquí plantearnos cómo se reconstruye un país, o en todo caso, cómo se construye un país nuevo, ya que las problemáticas que subyacen a la fragmentación son las mismas que la provocaron. Además, esta fragmentación provocada y generada a tal efecto, facilita, tal como sostuve anteriormente, la dominación intermediada por los créditos que nunca se terminan de pagar.
De todas maneras, el devenir de la historia está caminando -en un tránsito complicado hasta el hartazgo- y va construyendo su propio camino. Por cierto que sola no desandará los senderos de la gran crisis en la que estamos inmersos y de la que algunos estamos intentando salir. Es necesario, a mi entender, una reflexión acorde con los hechos que nos han sucedido y de los cuales hemos sido víctimas y responsables. Deberemos despejar nuestra percepción para percibir mejor el engaño y dejar así de comprar los discursos políticamente seductores, pero moralmente infaustos.
Al principio del ensayo sostuve que la historia que se intentaba escribir -que en sí era la negación de la misma- era la sostenida por los "vencedores". Koselleck (1997) expresa que la historia es escrita por los vencedores, durante un tiempo. Hartog (op.cit.) sostiene al respecto que mientras que la historia de los vencedores no ve sino un sólo lado, el propio, la historia de los vencidos debe, para comprender lo ocurrido, tomar en cuenta ambos lados.
Por lo que puedo afirmar que el final de la historia no está escrito, por el contrario, la gran crisis del sistema refuta las concepciones postmodernas que sostenían que la historia había terminado, y nosotros, como vencidos, debemos ver, para asir las razones de la debacle de este sistema, la historia desde el principio. Si no nos situamos en un contexto apartado, para poder reflexionar críticamente sobre las causas verdaderas de nuestro gran desencuentro histórico, quedaremos expuestos a los mismos errores y no podremos hacernos cargo de la construcción de nuestro propio devenir.
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