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LAS ENCRUCIJADAS

DE LA GLOBALIZACIÓN

 Juan Manuel Vera

 Publicado en Iniciativa Socialista nº 62, otoño 2001

 

"La política trata de lo más complejo y lo más precioso que existe: la vida, el destino, la libertad de los individuos, las colectividades y, de ahora en adelante, de la humanidad. Y sin embargo, es en la política donde reinan las ideas más simplistas, las menos fundadas, las más brutales, las más asesinas" (Edgar Morin)

El proceso de mundialización, que se ha desarrollado de una forma impetuosa en la última década, no es un fenómeno enteramente nuevo, sino una de las consecuencias de una tendencia general, la del capitalismo hacia la formación de un mercado mundial. Desde los comienzos de la época moderna, con continuidades y discontinuidades, se desarrolla la génesis de un auténtico sistema histórico mundial, producto inacabado de una evolución conflictiva a lo largo de los siglos. Sólo en la etapa actual, con el progresivo declive de los estados nacionales, y con la lenta aparición de instituciones mundiales o regionales, el sistema-mundo puede dar un salto cualitativo hacia su conformación planetaria. Ese salto hacia adelante es uno de los aspectos realmente nuevos que se agrupan tras el concepto-comodín de globalización.

¿Significa esta aceleración que ha finalizado definitivamente la competencia entre Estados por ser los principales centros de la acumulación de capital? Es pronto para dar una respuesta definitiva, pues las viejas fuerzas del imperialismo y de la soberanía nacional aún no han desaparecido completamente de la escena, aunque dan muestras inequívocas de declinación. No podemos dar por acabados procesos que aún siguen en marcha, ni pretender avanzar demasiado por delante de lo que vemos con claridad.

En cualquier caso, hasta el momento presente el sistema mundial carece de congruencia entre su estructura, la naturaleza de los problemas que ha de afrontar y los instrumentos necesarios para hacerlo. Las mutaciones en marcha son tan intensas, con las nuevas tecnologías en un primer plano, junto con las transformaciones de los modos productivos y de organización del trabajo de la era postfordista, que hay más elementos de caos sistémico que de un orden estabilizado. Incluso se puede dudar de que al actual desorden pueda seguirle en un plazo corto una fase de dominio consolidado.

Por ello, tenemos que ser conscientes tanto de lo que es nuevo, como de lo que no lo es, en esta evolución. En todo caso, las diferencias de grado pueden llegar, en un momento determinado, a ser sustantivas. Eso es lo que sostienen, por ejemplo, Michael Hardt y Toni Negri en su reciente libro Empire. Pero el objeto del presente artículo no es ese debate. Lo que pretendo ahora es poner el acento en algunos de los elementos de inflexión que se manifiestan en la actual situación.

Las encrucijadas marcan caminos posibles. Cada uno de ellos tiene, a su vez, bifurcaciones. En cada una de ellas es fundamental elegir la dirección adecuada. Las fuerzas de la democracia libertaría deben ser capaces de señalar la ruta de un mundo mejor. En las encrucijadas de la globalización debemos buscar el camino de más democracia y menos oligarquía, de más igualdad y menos capitalismo, de más libertad y menos dominio. En el apresurado recorrido de estas páginas me gustaría señalar mi punto de vista sobre algunas cuestiones en las que, en mi opinión, se manifiestan esas encrucijadas. Sobre los enigmas que conllevan las travesías poco cabe decir. Lo crucial es emprender el camino.

Globalización y orden internacional

Es imposible hablar de globalización, después del 11 de septiembre de 2001, sin hacer una referencia a la crisis del orden internacional que han desencadenado esos actos de barbarie. La primera encrucijada que vamos a afrontar en este artículo se refiere a cómo orientarse en la tormenta que recorre el mundo. En la era de la globalización podemos encontrarnos con una intensificación de la violencia mundial si los ciudadanos de los países democráticos no se convierten en una fuerza de enorme presión sobre sus gobiernos para defender la democracia, los derechos humanos y la solidaridad planetaria. Adelanto, pues, mi respuesta: los países occidentales deben abandonar el instrumentalismo en la política internacional y fomentar la democracia en el Tercer Mundo, como parte del proyecto de una democracia global. El compromiso de los ciudadanos es favorecer ese desarrollo frente a otras posibilidades.

Desde la guerra del Golfo se ha hecho evidente que el sistema internacional heredado de la guerra fría alimenta focos de tensión y crisis cada vez más graves. Los conflictos balcánicos o la situación palestino-israelí sólo han sido otros tantos síntomas de ese desorden fundamental. La guerra fría fue el caldo de cultivo en el Tercer Mundo de toda clase de regímenes dictatoriales y corruptos, promovidos por una u otra superpotencia. En ese contexto, las promesas de la descolonización no se cumplieron y, muy en particular, no fue el inicio de una era de desarrollo, libertades y democracia en esas regiones de Asia, África y Latinoamérica sino, en muchos casos, de todo lo contrario.

Ese orden injusto y antidemocrático era, estructuralmente, un elemento de estabilidad en el sistema de la guerra fría, permitiendo a los bloques conservar sus zonas de influencia. Ahora, al haber quebrado ese viejo orden, al haber dejado de ser funcional, esos segmentos de podredumbre política se han convertido en una formidable fuente de guerras y conflictos de impredecibles consecuencias. Ello es particularmente evidente en el mundo árabe, donde existe una estrecha vinculación entre política y religión, y una parte de los regímenes y las organizaciones político-teocráticas heredadas de la guerra fría se han convertido en un enorme elemento de desestabilización del orden mundial. La desaparición de los bloques ha liberado un terrible y explosivo potencial de fundamentalismo político-religioso. Esas fuerzas reaccionarias tienden a convertirse en la alternativa de poder a los gobiernos de vastas zonas de Asia y África. Mientras tanto, Europa y Estados Unidos han dejado pasar una década decisiva sin haber sido capaces de establecer una estrategia no instrumentalista en dichas zonas, tolerando gobiernos dictatoriales y mirando hacia otro lado ante decenas de problemas internacionales (desde Palestina hasta Chechenia o Cachemira).

La crisis desencadenada después del mega-ataque terrorista contra la ciudad de Nueva York y contra el Pentágono, en Washington, debe situarse en esa perspectiva. Y la primera cuestión que me parece deberíamos subrayar es que la seguridad mundial va a depender en el futuro del establecimiento de democracias, por imperfectas que sean en sus inicios, en las amplias zonas del mundo en que aún no se han desarrollado. Una política beligerante contra las dictaduras, contra los Estados que violen los derechos humanos, la protección efectiva contra la tortura y los crímenes estatales. Esa sería la política más segura. No lo sería, en cambio, abandonar la política en manos de los servicios secretos y aliarse con unos sátrapas para derrotar a otros mientras se restringen las libertades. Ese último es un camino que probablemente seguiría alimentando las redes terroristas y que puede provocar crisis cada vez más graves en el mundo árabe y en otros lugares.

Después del 11 de septiembre la necesidad de un movimiento por otra globalización es mucho mayor que antes, pero deberá madurar y crecer en condiciones más difíciles. Ya sabíamos que el mundo posterior a 1989 tenía enormes posibilidad pero que también eran muchos los peligros. Las propias redes del terrorismo internacional son uno de ellos. Siempre está abierta, también, la posibilidad de que Occidente traicione a sus mejores tradiciones y avance hacia una restricción de la libertad y al fomento del Estado policial.

Los activistas libertarios deben luchar por un mundo más libre y plantear que la seguridad exige más democracia en el mundo, más países democráticos y una extensa lucha por favorecer a las fuerzas ciudadanas, liberales y tolerantes. Deben decir a quienes, hoy, piensan de otra manera que lo esencial es que las decisiones del presente hagan surgir un mundo más seguro y no más inseguro. Deben luchar contra cualquier restricción ilegítima de las libertades públicas.

La actual situación de guerra es un espejo deformante de la auténtica crisis del orden mundial. Expresa la decadencia de las viejas formas de entender el mundo y podemos temer que entre los conejos que salgan del sombrero estén las viejas artes del más rancio imperialismo. Sería un gran error. Frente a los Bin Laden y a los talibanes, así como el resto de regímenes teocráticos, dictatoriales o reaccionarios (desde Arabia a Siria y desde Pakistán a Irak), hay que defender valores y principios, los de la libertad individual y la democracia ciudadana. Ocasionalmente, la lucha contra las amenazas más bárbaras pueden exigir transacciones tácticas. Pero, estratégicamente no es posible mantener alianzas oportunistas para derrotar a la ignominia de ayer, sosteniendo la de hoy y la de mañana, o que supongan el reconocimiento de dictaduras, tiranías o regímenes opresivos de carácter racista o sexista.

El nuevo mundo globalizado requiere desarrollar las fronteras de la democracia en extensión y en profundidad. La democracia es una fuerza expansiva y debe reconocerse como tal. Los ciudadanos democráticos no debemos tolerar ningún régimen bárbaro, ya se ampare en las costumbres nacionales, en el socialismo o en la religión. Los demócratas rechazamos cualquier despotismo, incluso ilustrado, y no reconocemos un derecho a la diferencia consistente en poder establecer tiranías.

La mundialización de la economía

En la segunda encrucijada de la globalización debemos defender la regulación política y social frente al poder ciego de los mercados. Somos lo verdaderos mundialistas, como ha señalado René Passet, y por ello rechazamos la forma capitalista de la globalización.

En el mundo del capitalismo global, la economía es siempre, en apariencia, el punto de partida. Quienes no aceptamos la ontología economicista, que siempre concilia a liberistas y a marxianos, tenemos que comenzar señalando que la transformación que creemos necesaria, aunque supone el cambio de muchas condiciones económicas, no es, fundamentalmente económica sino un cambio político, cultural e histórico. No se trata tanto de cambiar la economía como su lugar en el proceso social. Las relaciones económicas son un espacio de dominación, indudablemente, pero no es ni el único espacio, ni el determinante.

En realidad, la mundialización económica es el rasgo menos original de lo que se ha dado en llamar globalización. Por ejemplo, la tendencia de las empresas trasnacionales a la expansión y a actuar por encima de las soberanías nacionales, es algo constatado desde hace muchos años. Sin embargo, la mundialización pone de manifiesto algunos aspectos cruciales. Cada uno de ellos precisa reflexiones de enorme profundidad, ya se trate de la expansión del comercio internacional, de la libertad de movimiento de capitales o de los movimientos masivos de la población (fuerza de trabajo desde la perspectiva capitalista). De esos tres procesos, en estos momentos, no es el intercambio de mercancias la fuerza motriz sino los movimientos de capitales y de población.

Todos los grandes movimientos del proceso de mundialización económica requieren una regulación, la cual no puede efectuarse por un mercado mundial anárquico. Es preciso un flujo de reacciones conscientes que limiten los peligros y fomenten las virtudes de la mundialización. Unas manos ciegas pueden obtener beneficios privados pero a costa de las necesidades del mundo. La ilusión desreguladora es insostenible. La alternativa no es un regreso al estatalismo sino una regulación mundial, efectuada mediante instrumentos de la dimensión adecuada (sea local, nacional o trasnacionall), instituidos mediante el desarrollo de la cooperación y de una democracia global aún por construir.

Conocemos desde hace mucho tiempo algunos de los tipos de intervención necesaria en los mercados. El comercio internacional necesita regulación. La más importante de dichas regulaciones es el establecimiento de mecanismos de internalización de costes externos e indirectos, empezando por los de naturaleza ecológica relativos a los bienes escasos no reproducibles (incluyendo el consumo de petróleo) y estableciendo instrumentos compensatorios que aseguren que los precios internacionales se correspondan con el coste social real de los mercancías. Del mismo modo, por ejemplo, una autoridad internacional del comercio deberá algún día establecer normas equitativas en beneficio de los países pobres, asegurando, por situar uno de los elementos más importantes, que las limitaciones al libre comercio de productos agrícolas por parte de los países ricos den lugar a compensaciones a las zonas pobres.

El movimiento de capitales necesita regulación. Sabemos que ésta consiste esencialmente en limitaciones a los movimientos especulativos mediante una tasa sobre las transacciones financieras y en implantar efectivos controles multinacionales que eviten el descontrol del origen o destino de los fondos. La cobertura institucional de esa regulación exige poderosas instituciones bancarias y una organización fiscal internacional, controladas democráticamente, que ejerzan las tareas de coordinación financiera a escala mundial.

Finalmente, el movimiento de la población también necesita regulación, pero no la propia de un mercado: las personas no pueden ser reducidas a ser consideradas las especiales mercancías de un supuesto mercado de trabajo. La intervención reguladora necesaria es, en primer término, la que se refiere al reconocimiento de los derechos humanos, de la libertad y de una ciudadanía global. Regulación no es control policial sino reglas políticas que implican, en primer lugar, el reconocimiento de la ciudadanía global.

No es una paradoja que los mismos que celebran la movilidad absoluta del capital quieran impedir la movilidad de las personas. Los partidarios de otra globalización siempre deben poner por delante los derechos de las personas sobre los movimientos del capital. Sabemos que los movimientos migratorios son la más exacta demostración de que vivimos en un único mundo. La restricción a la movilidad especulativa de los capitales es parte necesaria de las actuaciones que pueden evitar los desplazamientos masivos de población. Una ciudadanía global y la ayuda mundial a las zonas menos desarrolladas son otros procesos unitarios tendentes a producir nuevos equilibrios entre las diferentes zonas del planeta, en beneficio de todos.

La mundialización debe dejar de ser un mecanismo ciego y convertirse en un proceso político. La economización del mundo nos ha legado un sistema inaceptable de valores. Con sus mercados financieros, supuestamente incontrolables para ningún poder humano colectivo, el capitalismo se asienta en una supuesta inevitabilidad. Su ideología liberista implica que las únicas finalidades humanas son el crecimiento ilimitado de la producción y el consumo. Nos debemos negar a reducir a cómodas determinaciones económicas la pobreza de la gran mayoría de los seres humanos reales del mundo o la destrucción del sustrato natural del planeta. Hay que aceptar la responsabilidad de todos en el mantenimiento de un orden injusto y no evocar supuestas leyes económicas que rigen el mundo y su desigualdad.

El dominio integral de ese imaginario capitalista, que se expresa en la utopía de un mercado mundial globalizado y autorregulado, es plenamente contradictorio tanto con el proyecto social-histórico de autonomía colectiva como con la posibilidad de una vida digna para todos los habitantes del planeta. Y ningún orden mundial será estable mientras no sean ésos sus objetivos básicos.

El comienzo del nuevo siglo, cuando el dominio capitalista del sistema mundial ha llegado a cotas de gran intensidad, es, también, el momento de una crisis de civilización, como ha señalado Inmanuel Wallerstein. Una crisis que, en el plano histórico de la mundialización, nos debe hacer comprender que aceptar más capitalismo significará aceptar cada vez más la necesidad de sacrificar las libertades y nuestra aspiración a una igualdad humana aceptable en nombre de "las leyes de la economía". Sólo cuando la economía deje de ser la suprema fuente de reglas, estaremos construyendo mecanismos civilizatorios; creando un nuevo imaginario histórico, donde los seres humanos, su diversidad y su autonomía, sus iguales derechos a una vida digna, esté en el centro de los valores fundamentales de la sociedad. Esa es la encrucijada más importante de la globalización.

Democracia y globalización

En los últimos años se ha escrito mucho a favor y en contra de la globalización, pero creo que el mayor déficit de reflexión es el que tiene que ver con las condiciones políticas para actuar sobre ella y, sobre todo, la indagación sobre las posibilidades de una estrategia democrática en esa nueva situación. Creo que esta tercera encrucijada nos debe llevar a una apuesta democrática libertaria. Si queremos una globalización ética, ésta será el producto de la intervención de millones de seres humanos y no el resultado de las buenas intenciones de una élite.

El reto interno más importante de la democracia es reconstruirse a sí misma. La democracia no es simplemente un voto periódico para cambiar los gobiernos, a pesar de que esa sola posibilidad ya sea una gran e irrenunciable conquista humana. La democracia es el modo de ejercer el poder por los ciudadanos. Hoy debe abrirse una lucha prolongada en nombre de los nuevos paradigmas de la revolución democrática: el voto legislativo directo, la información libre y las redes antiburocráticas.

No es un salto en el vacío. Las condiciones han madurado y el mundo político no permanecerá en rotación sobre sí mismo. Va a cambiar y puede hacerlo a mejor o a peor. Las redes telemáticas permiten tanto la concentración oligárquica del poder como su difusión y democratización radical. En las próximas décadas la contradicción entre democracia y oligarquía va a ser el conflicto determinante sobre las instituciones políticas. Todo induce a pensar que se va a manifestar tanto en los organismos mundiales emergentes como en las tradicionales instituciones locales y nacionales.

La crisis de legitimidad de los estados nacionales se expresa en la creciente separación entre los ciudadanos y sus instituciones representativas. Creo que la primera reflexión sobre el futuro de la democracia en la era de la globalización es la necesidad de plantear una alternativa estratégica frente a esa crisis de legitimación. En mi opinión esa alternativa podría ser un proyecto de democracia compleja, libertario y radical, uno de cuyos ejes esenciales fuera el principio de participación directa de la ciudadanía en la aprobación de las leyes y en las decisiones políticas más trascendentales.

Hace algunos meses, yo mismo señalaba en otro texto que: "mediante un sistema desterritorial, coordinado y computerizado puede crearse la red democrática virtual que permita disponer de toda la información, opinar y, finalmente, decidir mediante un voto ejercido electrónicamente". En concreto, este protocolo sugiere algunas nuevas reglas de una estrategia política para la libertad (1). Creo que las actuales democracias electorales deben evolucionar sustancialmente en un sentido liberal y libertario, a través de la introducción de sucesivas reformas políticas que den lugar a lo que podríamos denominar un horizonte de democracia libertaria, fundamentado en una mayor participación directa de los ciudadanos en el ejercicio del poder político.

Un buen amigo latinoamericano me señalaba la supuesta "ambigüedad" de la propuesta libertaria, que parece "olvidar el proceso de globalización". Decía, en términos generales, que es "la vieja historia de la democratización de los estados nacionales, más radical y más inviable, porque éstos son cada vez más pequeños políticamente". La verdad es que no creo que mi amigo tenga razón. El proyecto de una democracia libertaria no es un proyecto nacional. Pero tampoco es local, ni internacional. Para mí, la democracia libertaria debe desarrollarse allí donde existan ámbitos consistentes para el ejercicio directo de la participación y del poder. En esta concepción, el espacio democrático debe ser todo aquel lugar donde se tomen decisiones colectivas (que afecten a una colectividad).

Hay que combatir radicalmente la perspectiva elitista, que niega los derechos a una profundización democrática. Por supuesto, la democracia directa no es un dogma. Para mí las objeciones realmente serias son las que se efectúan en nombre de la aplicabilidad. Allí donde se demuestre que tiene obstáculos insalvables defenderemos otros mecanismos de participación. Pero allí donde no existen obstáculos, defender fórmulas representativas o aristocráticas no es más que la enésima repetición del discurso de las élites, el discurso del despotismo ilustrado.

Los demócratas libertarios no somos fundamentalistas sino pragmáticos radicales. Los mecanismos de la democracia electoral y de la democracia representativa serán precisos para decidir en algunos ámbitos donde no sea consistente la participación directa y, en todo caso, los entendemos compatibles con las innovaciones de la democracia electrónica. Pero no estamos hablando de los mecanismos de una reforma electoral sino de un cambio radical de régimen político basado en un nuevo concepto de la ciudadanía.

Otra cuestión que me ha sido planteada es la relación entre la tradición del socialismo y el proyecto de una democracia libertaria. Comencemos por señalar que el socialismo debe entenderse como la denominación del conjunto de propuestas emancipadoras que diversos movimientos obreros, así como corrientes políticas e intelectuales, han defendido durante los dos pasados siglos. Más allá de divergencias podemos caracterizar el socialismo como una propuesta de reorganización de la sociedad capitalista en base a una utilización colectiva de los principales recursos económicos. En mi opinión esa idea está plenamente vigente y, por ello, cuando hablo de democracia libertaria, como cuando utilizo el concepto de autonomía (siguiendo a Castoriadis), parto de ideas socialistas. Creo, pues, que el término socialismo referido a esa perspectiva de utilización de los recursos colectivos está plenamente vigente.

Pero, al mismo tiempo, me parece equivocado utilizar el término socialismo fuera de ese estricto contexto, pues el socialismo es una propuesta sustantiva pero parcial, que no indica nada sobre la organización central de la sociedad. En el socialismo marxista existe, especialmente, una ignorancia voluntaria de la política que es inaceptable. La organización política de la sociedad es elemento esencial del horizonte de humanización. La democracia libertaria aspira a definir el significado de un proyecto político basado en ciudadanos más libres. Todo el proyecto de democracia libertaria es necesariamente socialista, porque se fundamenta en una definición de ciudadanía que exige poner al servicio de la mayoría los recursos sociales y es una formulación radicalmente adversaria de cualquier forma de oligarquía.

Existe un sentido fundamental en el que socialismo y democracia libertaría difieren. El socialismo ha sido el proyecto político de una clase. La democracia libertaria es un proyecto de todos, el proyecto a través del cual la sociedad organiza su libertad sin adversarios predefinidos, pues sus enemigos son aquellos que en cada coyuntura histórica se oponen a más libertad y más democracia. En suma, la democracia libertaria puede ser una aspiración de todos los seres humanos.

¿Es la democracia libertaria una perspectiva demasiado optimista en el contexto de la globalización? No lo creo. El proyecto desregulador y oligárquico es mucho más débil de lo creemos y de lo que aparenta. En cambio, el proyecto democrático y libertario tiene mucha más potencialidad y capacidad latente de acción del que muchos creen. Además, por vez primera en la historia, tenemos al alcance de la mano y de la mente los instrumentos virtuales para su universalización.

Un movimiento por otra globalización

La última encrucijada, también decisiva, se refiere a la necesidad de consolidar un movimiento por otra globalización. De Seattle a Genova se ha forjado una esperanza. Se ha demostrado, frente a los incrédulos, la posibilidad de nuevos y masivos movimientos sociales y se ha revelado la potencialidad explosiva de impregnación que ese tipo de movimientos, a pesar de ser muy limitados, pueden tener en esta época. La nueva sensibilidad emergente en esos movimientos sociales es la misma que ha latido implícitamente en el desarrollo, a lo largo de las últimas décadas, de las ONGs, la búsqueda de nuevas formas de cambiar el mundo y de vías no instrumentalistas de participación.

Esos movimientos, como no podía ser de otra manera, son contradictorios. En ellos se expresan algunas de las antinomias de esta época histórica. También reflejan el peso sobre las conciencias de las viejas ideas. El llamado movimiento anti-globalización es, y debe ser, en esencia, un movimiento mundial por otra globalización, por un mundo sostenible, democrático y solidario.

Los dos peligros más importante de ese movimiento son potenciar nacionalismos o estatalismos (las ilusorias visiones de la desconexión) y la fascinación por la violencia de ciertos sectores. Después del 11 de septiembre deseamos que el movimiento por otra globalización madure rápidamente, desprendiéndose de sus lastres y desarrollando una voz nueva.

El movimiento por otra globalización tiene la posibilidad de adoptar unas líneas estratégicas de actuación alrededor de unos pocas ideas transformadoras de largo alcance. Hoy ya se vislumbra esa estrategia en la defensa de una renta de ciudadanía, de una economía plural, en las propuestas de fiscalidad ecológica y sobre las transacciones financieras o en la defensa de una justicia internacional. Mañana, un movimiento nuevo puede adoptar el camino de la democracia libertaria.

Debemos comprender que estamos inmersos en una gran transición. Una onda larga del desarrollo histórico puede conducir a la emergencia de una nueva creación social. Que sea una monstruosidad o un mundo mejor no depende de ningún movimiento ciego, ni de la lógica del capital, ni de ningún poder imperialista. Depende en última instancia de los millones de seres comunes capaces de pensar y ponerse en acción.

¿Es posible el desarrollo de un nuevo movimiento democrático radical? En el panorama real de nuestra sociedad europea persiste un elevado conformismo generalizado de los que viven bien, y creen que todo puede seguir igual; un malestar creciente de quienes viven mal, incapaces aún de encontrar su forma propia de expresión; también hay una gran privatización y alejamiento de las preocupaciones sociales en nombre de un individualismo generalizado. Todo ello es cierto, pero más importantes que esas manifestaciones son las potencias que hay a flor de piel y que hacen que un nuevo movimiento social pueda ser irresistible. Y lo será cuando la gente empiece a sentir que es necesario que lo sea.

No está escrita la imposibilidad, ni la certeza, de un nuevo movimiento creativo en la historia. Lo que cada uno de nosotros puede hacer sólo es intentar contribuir a ello desde su propia autonomía y reflexividad. Hay responsabilidad humana, de cada uno de nosotros, porque no hay verdades absolutas, porque no sabemos lo que va a pasar, porque el futuro está abierto. Nuestra apuesta por la autonomía, la democracia libertaria y socialista, no es una apuesta por el éxito o por ninguna ley de la historia, sino por ser personas libres y responsables, que aspiran a una sociedad cada vez más libre y responsable.

Deberemos desarrollar un pensamiento planetario, heredero del internacionalismo obrero y socialista. Las fuerzas democráticas y libertarias no son exteriores sino interiores al mundo en que vivimos; en este sentido más que movimientos antisistémicos deben ser la respuesta civilizatoria al desorden, deben ser las fuerzas constructivistas de nuestro tiempo.

El final de la modernidad debe abrir el camino a una época planetaria. Un único mundo debe nacer. Esa es la mejor de las posibilidades que ofrece la globalización. Para ello, la actual revolución técnica debe ponerse al servicio de otra revolución pacífica de naturaleza política y cultural: la conquista de un mundo apto para el desarrollo de todos y cada uno de los miles de millones de habitantes que habitan este planeta. Como George Orwell, sabemos que "donde hay igualdad puede haber sensatez". El lema de la revolución es que el poder (de imaginar, de crear, de decidir) tiene que estar en manos de todos.

1 de octubre de 2001

NOTAS

(1) "Por una imaginación democrática: propuestas liberales y libertarias" (en el libro colectivo Imaginación democrática y globalización, Libros de la Catarata, 2001). En concreto, este protocolo sugiere algunas reglas nuevas de procedimiento político:

1-Un voto directo ciudadano respecto a las leyes más importantes que se pretenda aprobar por los órganos legislativos

2-La posibilidad de censura popular de cargos políticos mediante un voto directo

3-La posibilidad de iniciativa popular legislativa

4- La posibilidad de votar no sólo por sistema de referéndum, que es de suma-cero, al permitir únicamente el si o el no, sino también por ordenación de las preferencias.
 
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