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LA IZQUIERDA EN TRANSFORMACIÓN

Enrique del Olmo


En 1995, Sami Naïr, en un magnífico artículo titulado "La izquierda entre la renuncia y la renovación" (El País), señalaba: "Probablemente estamos asistiendo al fin de un ciclo histórico: el de la izquierda institucional como alternativa al sistema económico actual". Si el actual asesor del Gobierno Jospin para asuntos de inmigración señalaba entonces esto en relación a la socialdemocracia europea que llevaba ya algunos lustros en el ejercicio del poder, en 1989 se había asistido al derrumbe total del sistema burocrático-totalitario del socialismo real, con la aquiescencia entusiasta de las masas a las que decía representar. A ello le añadimos que la perspectiva genuinamente revolucionaria se había liquidado como expectativa de cambio a finales de los años cuarenta, y sólo en países dependientes o semicoloniales la "revolución socialista" había concretado la primera fase de sus objetivos: la toma del poder.

Nos encontramos pues ante una primera sensación del fin de la Historia (Fukuyama y Niethammer) que es, en términos políticos, el fin de la izquierda.

No es mi objetivo entrar en la discusión, un tanto tautológica, sobre si la izquierda se ha acabado o sobre si existen razones económicas, sociales, históricas, éticas o morales para que la izquierda sobreviva. Me apunto a lo que señalaba Jaime Pastor en un reciente coloquio sobre la Guerra Civil española: "el carácter desestabilizador de la injusticia", una injusticia que yo entiendo en un sentido omnicomprensivo, que no sólo abarca las diferenciaciones sociales y económicas, sino también otras formas de violencia sobre las personas (el asesinato de Miguel Ángel Blanco).

Pienso que la reflexión más necesaria es la que afecta al mundo en el que nos movemos y la forma de actuar de la gente de izquierda que no aceptamos la situación existente y buscamos afanosamente la conexión con la amplia mayoría de esta sociedad. Una izquierda que era bien definida por los compañeros franceses de Refundations: "Es el acuerdo entre todos los rebeldes contra las injusticias y necedades. Defensores de causas puntuales y globales, defensores de todas las culturas, militantes con o sin carnet por un mundo mejor".

Como casi siempre, vivimos un momento de transición (frase muy manida para encubrir nuestras dificultades de analizar lo existente), una transición marcada en la izquierda por el fracaso de las seguridades en un pensamiento político "científicamente correcto" y en el devenir inevitable de la Historia en un sentido determinado. Y navegamos entre tres opciones:

1. La añoranza de viejos discursos. Para unos, el comunismo fracasó pero revivirá y volverá sobre sus cenizas; para otros, no hay otro horizonte que el de gobernar para equilibrar la distribución; tampoco faltan aquellos cuya expectativa es una nueva dirección revolucionaria que nos salve. Posiciones todas ellas conservadoras y, en cierto sentido, reaccionarias.

2. La renuncia histórica basada en la aceptación pasiva de las presiones económicas internacionales. La difuminación de las barreras entre izquierda y derecha; la identificación de la primera en la introducción de leves matices en la política de la segunda. La modernidad entendida como renuncia.

3. El reconocimiento de nuestras dificultades ante la nueva situación pero para abordarla sin recetas previas, ni puntos de referencia inamovibles .Una vía de inseguridad, dudas y confusión pero también plena de voluntad transformadora, permanentemente crítica con nuestra misma acción.

Francisco Fernández Buey aportaba hace cuatro años una interesante reflexión:

"la voluntad de cambio revolucionario se hace ciega y por lo general se convierte en la matrona de nuevos monstruos cuando se queda en mera voluntad, esto es, sin la consideración crítica y específica de lo que los nuestros -es decir, nosotros mismos-están viviendo, estamos viviendo, como idealidad; en cambio la negación de la voluntad de cambio revolucionario fijándonos sólo en las obras de las que revoluciones que hasta el momento han sido, acaban siempre en la justificación unilateral de lo que hay, como si éste fuera el mejor de los mundos posibles y no sólo para una minoría privilegiada y el infierno para los más. Un criterio general como éste nos sitúa ante los límites del conservadurismo sólo reformista y al mismo tiempo sirve para llamar la atención sobre la ceguera del revolucionarismo sin concepto, expresión de la conciencia herida del tercermundismo europeo".

Toda la izquierda coincide en la necesidad de una renovación de la misma, de una reflexión sobre nuestros puntos de referencia, nuestros valores y alternativas. Este es un proceso en el que están participando partidos, sindicatos, organizaciones, colectivos diversos e individuos preocupados por el futuro de la humanidad y sus alternativas. Es un proceso en el que el abanico de posiciones es muy amplio, desde el socialiberalismo al revolucionarismo absorto por cualquier acción armada que se produce en el orbe. Pero este repensar la izquierda (definición poco afortunada porque la izquierda, en la medida que es una opción de cambio, debe estar en pensamiento continuo) se produce en el marco de unos intensos procesos políticos y sociales: globalización, aceleración, reordenación de las fronteras nacionales, guerras, movimientos por la paz, desaparición de los bloques, nuevas formas de despotismo, destrucción medioambiental, hambrunas, nuevos movimientos sociales, ataques al Estado del bienestar o Estado social, construcción de la Unión Europea, siciliciación de la vida en los países del Este, nuevo ascenso de la izquierda europea... En síntesis, un mundo que no para y en el que la izquierda tiene que actuar sabiendo que la vida no se frenará en espera de sus conclusiones. Construir sobre la realidad, esa es la exigencia de la izquierda actual.

La libertad de pensamiento y de comunicación

La primera reflexión que quiero plantear es la de la libertad de pensamiento y de comunicación. Aunque suene a librepensamiento dieciochesco, masón, de ateneo y minorías (ya se sabe que las mayorías no pueden ni deben pensar), es una de las grandes batallas de la izquierda.

Libertad de pensamiento frente a los intentos poderosos y monopolizadores del pensamiento único.

Libertad de pensamiento frente a nuestras mismas tradiciones de monolitismo, pensamiento políticamente correcto y adoración de los clásicos.

Libertad de pensamiento frente a la persecución de la disidencia y la diferencia.

Libertad de pensamiento frente a la sinrazón de los aparatos políticos.

Libertad de pensamiento frente a los intereses de los poderosos.

Libertad de pensamiento frente a un espacio político privatizado y degenerado en espacio de la mentira por excelencia.

Libertad de pensamiento frente a los silencios inmorales.

Libertad de pensamiento frente a las seguridades inconmovibles.

Libertad de pensamiento para facilitar la expresión de las fuerzas liberadoras y transformadoras de la sociedad.

Y en contra de la opinión, muy generalizada, del peso homogeneizador y despótico de las nuevas tecnologías frente a la libertad de pensamiento, estamos en un momento excepcionalmente positivo para la comunicación del pensamiento libre; nunca se tuvo al alcance de la mano tantos medios (Internet, autopistas de la información, telecomunicaciones, redes telemáticas…) para la transmisión de la ideas y de las acciones, incluidas las de la izquierda. La manida sustitución de la realidad por la realidad construida por los grandes medios de comunicación se muestra como una pretensión de menor alcance de lo que cree la izquierda. Las encuestas sobre el impacto de la política comunicacional en la opinión y, mucho más aún, sobre las actitudes y posiciones de la gente muestran -incluso en EE.UU., la sociedad mediática por excelencia- la resistencia de los ciudadanos a los cambios en sus concepciones más de fondo y en su autoubicación en la sociedad. Sigue siendo mucho más cierta la afirmación clásica del marxismo sobre que "no es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino su existencia social la que determina su conciencia". No es la telebasura la que determinará las actitudes conservadoras o de cambio de la sociedad española, sino muchos otros factores vinculados a las condiciones materiales, los acontecimientos socio-políticos y la vida cotidiana de las personas.

La izquierda, en lugar de aterrorizarse por los medios de comunicación y centrar la mayor parte de sus esfuerzos políticos en función de su repercusión mediática -la búsqueda desesperada del titular- adaptando su discurso a ese impacto comunicacional, debe esforzarse en utilizar todas las enormes posibilidades que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ofrecen para aprovecharlas en la difusión de su discurso y sus propuestas. Es la misma izquierda la que con su política debe situarse en el centro de la realidad, lo que forzará, sin duda, la atención mediática, y no hacer política en función de los medios. Huir, tanto del victimismo (nos boicotean) como del seguidismo (tal medio nos trata muy bien), para hacer de la libertad de comunicación una de las partes de su actividad, para lograr la transmisión social adecuada de sus propuestas.

Nuevos y viejos conflictos sociales

Se viene hablando, prácticamente desde 1968, de los nuevos movimientos sociales (mujer, pacifismo, ecologismo). Se viene hablando, también desde el mismo periodo, del fin del proletariado, de la muerte del movimiento obrero. A la vez, la izquierda se ha movido entre el rechazo al conflicto social -cuando se encuentra en el poder- a su intento de instrumentalizarlo -cuando necesita realizar oposición- buscando recuperar cuotas de poder.

Es necesario, sin embargo, fijar algunas cuestiones sobre el momento del conflicto social moderno.

En primer lugar, hay que situar que es pluridimensional; es decir, se manifiesta desde diversos ángulos: medioambientalista, sindical, pacifista, feminista, solidario, defensor de los derechos humanos, nacionalista…Cada uno de ellos tiene sus características y sus referencias.

En segundo lugar, no estamos ante una suma de componentes del mismo carácter. Desde mi punto de vista, dos de ellos tienen unas bases estructurales más permanentes y estables: la presencia de la mujer en todos los órdenes de la sociedad y el conflicto entre capital y trabajo asalariado.

El primero posee un profundo componente democrático y social y tiende a un cambio revolucionario en la estructuración de la sociedad, tanto en sus relaciones de base como en sus formas políticas. Y el segundo, a pesar de ser denostado y tildado de antigualla, se basa en las contradicciones más centrales de la estructuración social. Nunca el mundo vivió un proceso de asalarización como el actual, nunca las leyes de la acumulación capitalista hicieron a más gente dependiente de su trabajo (incluso en formas de autoempleo y de pequeño empresario), nunca la sociedad dependió más de las rentas del trabajo (base esencial de los actuales sistemas presupuestarios). Además, existe un factor interno decisivo: el movimiento obrero y sindical es el que cuenta con una organización estable más poderosa y más capaz de sacudir la sociedad, prácticamente en todo el mundo, con una amplitud sólo comparable a algunas iglesias.

Por tanto, los diversos conflictos y sus movimientos correspondientes tienen una relación asimétrica y no sumatoria.

En tercer lugar, tienden a ser compulsivos y puntuales. A diferencia de los movimientos sociales hiperorganizados y con un carácter estable, basados en la vieja estructura del movimiento obrero, hoy asistimos a movimientos, en la mayoría de los casos imprevistos, que irrumpen con extraordinaria fuerza y que desaparecen sin generar una estabilidad orgánica del mismo. Así, las organizaciones producto de estos movimiento, si excluimos a los sindicatos, son limitadas y poco representativas, no reflejan la fuerza real de estos conflictos sociales.

En cuarto lugar, tienden a un desarrollo progresista, democrático de la sociedad, a una "hominización" (Edgar Morin) de la misma. Aunque puedan aparecer movimientos involutivos, hacia la barbarie -algunos nacionalismos, todos los racismos e integrismos- se puede afirmar, de conjunto, el impacto positivo y progresista de dichos movimientos y conflictos.

Sin embargo, como habíamos señalado al principio de este epígrafe, la posición de la izquierda tradicional ha oscilado entre el rechazo y la utilización. En Francia, el PS fue arrastrado a las movilizaciones contra el Plan Juppé, y actuó con extraordinaria tibieza en el movimiento contra la racista Ley Debré. En España, estando en el Gobierno, el PSOE se enfrentó a dos huelgas generales, a la movilización contra la OTAN y a las acciones contra la Guerra del Golfo.

Por otro lado, la izquierda excluida del poder ha buscado la instrumentalización para fortalecer su posición y, cuando no lo ha logrado, ha optado por atacar a las organizaciones sociales, véase el PCE contra CCOO y el PSOE contra UGT en diversos momentos de los últimos años.

El apoyo y el desarrollo de los diversos movimientos sociales y de los conflictos es parte del proyecto democratizador que la izquierda, en este oscuro final de siglo, debe impulsar. La movilización social y cívica es parte de esa tarea.

El poder corrompe. Sin el poder no hay cambio

Estamos ante uno de los dilemas más poderosos de la izquierda. Como dice el dicho popular "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio". La izquierda debe tener un proyecto de poder, no puede dejar para un futuro su apuesta por transformar la realidad. Esa transformación necesita, básicamente, la capacidad de gobernar, junto a otros elementos como la movilización y participación social y su inscripción en un proyecto de cambio supranacional.

El proyecto de poder se basa, sin ningún tipo de dudas, en lograr la mayoría social para gobernar. La derecha tiene un proyecto de poder y gobierno muy claro: el poder político para facilitar la acumulación de los poderosos, lo que constituye la esencia de la ocupación de poder que practica la derecha, no sólo en España, sino en todos los países.

La izquierda en el poder tiene grandes problemas, en primer lugar de objetivos: " Tanto en el Reino Unido, Francia, Alemania, España, Portugal y Grecia como en los países del norte de Europa, la izquierda no sólo no ha sido capaz de introducir reformas de gran envergadura, sino que ni siquiera ha logrado mantener los logros del Estado del bienestar". Así sintetizaba Sami Naïr la situación de la izquierda europea en el poder. Y se podrían añadir otras cuestiones centrales; como que ha sido incapaz de articular la Unión Europea sobre la base de un proyecto integral y solidario.

Todo esto no supone, ni mucho menos, que, como dicen algunos sin rigor ni sensatez, sea indiferente quien gobierne porque todos harían las mismas políticas de derechas. La izquierda en el gobierno, incluso la más moderada, tiene para la mayoría de la población efectos de cohesión social y de reequilibrio que la derecha ni siquiera se plantea. Sin la presencia de la socialdemocracia durante años en los gobiernos europeos, el viejo continente se parecería más a la ley de la selva del thatcherismo inglés, y sería menos democrático y socialmente equilibrado.

El segundo problema es la enorme capacidad de corrupción que tiene el sistema económico existente. De forma generalizada, la corrupción ha dejado su impronta en la izquierda, y no me refiero a los casos públicos y notorios, sino a una determinada forma de ejercitar la responsabilidad pública y de relacionarse con la sociedad que ha marcado profundamente la práctica de la izquierda, dejándola en precario ante las nuevas generaciones. Las capas dirigentes de la izquierda comparten con las élites de la derecha las mismas alienaciones y los mismos objetivos: alienación respecto al dinero y la posición social; conservación de las actuales formas de poder estatal y civil como objetivo. Ello le ha supuesto el riesgo de desaparecer como alternativa socio-política.

La izquierda debe tener el objetivo del poder, debe ocupar el máximo espacio en la sociedad para fortalecer su opción, pero debe afirmar sus objetivos autónomos, lo que supone, sin duda, un choque con los intereses dominantes en la sociedad. Y la izquierda debe asumir y prepararse para ese conflicto, revolucionarse en sus formas de ejercicio del poder, no entonando un mea culpa eclesial, sino mediante la implantación de sistemas de control y democratización que dificulten el ejercicio del poder en función de los intereses de la élite, para ayudar a ejercitarlo en función de los intereses de los ciudadanos.

Pluralidad, diversidad y desburocratización de la izquierda

Los diversos fenómenos políticos que han ocurrido en Europa últimamente han certificado el carácter plural de la izquierda. Carácter plural que va más allá de los dos sectores en los que se rompió el movimiento socialista en 1921; carácter plural que viene configurado por las diversas posiciones, por los diferentes acentos que se ponen en las contradicciones de la sociedad, por las diversas trayectorias, por los diferentes pesos políticos. Pluralidad que hace saltar las pretendidas verdades reveladas del pensamiento político "científico", pluralidad que rompe los hegemonismos mayoritarios. Pluralidad y diversidad entendida como un valor frente a la homogeneización de los valores del modelo social dominante; pluralidad como expresión del compromiso con la acción pública; pluralidad como elemento consustancial a cualquier proceso democrático.

Pero aún más, la izquierda debe avanzar hacia la pluralidad como contradicción positiva en su seno, como instrumento de superioridad frente a las tendencias conservadoras. Históricamente se habló de dos peligros equidistantes en la formulación de la izquierda: el oportunismo y el sectarismo. Se dijo, incluso, que eran caras de una misma moneda. Con la facilidad que da contemplar décadas de nuestra historia, hay que afirmar que mientras el oportunismo, la cesión al status quo, provocó graves derrotas a la izquierda y desperdició muchas de sus energías, siendo incluso factor de graves conflagraciones bélicas y civiles, el sectarismo, la definición de que el peor enemigo es el amigo más cercano, ha causado también estragos a la causa del progreso social. Las organizaciones de la izquierda se han desangrado en peleas intestinas; el furor ciego contra la diferencia, contra el disidente, ha provocado millones de muertos, ha introducido el totalitarismo como práctica común de toda la izquierda. Hoy, la recuperación de la tolerancia, de la diversidad, del carácter relativo de muchas confrontaciones, la asunción del pluralismo sin renunciar a la lucha firme entre los diversos sectores, es absolutamente necesario.

Pero si la diversidad empieza a ser un valor asumido y necesario de la izquierda, la resistencia a avanzar en la desburocratización es enorme; es una grandísima traba para la atracción social de las organizaciones progresistas.

No es una discusión ideológica, sino de poder y privilegios; por eso es tan difícil avanzar en este terreno. La generación de grandes estructuras que posibilitan a quienes las controlan una promoción social individual impensable por otros caminos y el acceso no sólo a la mejora económica sino al ejercicio de cuotas de poder y a formas de vida más agradables, sitúa en este terreno una de las tensiones más fuertes para el futuro de la izquierda. El jefe político transformado en jefe de empresa -fuente de estatus-, la tendencia a la jerarquización, el miedo a las diferencias, el agradecimiento por los logros personales conquistados, la disciplina como valor y argumento de autoridad, una deformada concepción de la lealtad, la interpretación del compromiso como fórmula de anulación del propio pensamiento... constituyen una de las más pesadas cargas que lastran el ascenso de la izquierda.

Victoria Camps señalaba estas contradicciones en relación a la independencia y al compromiso de forma muy clarificadora: "La independencia y el compromiso no son términos excluyentes. Sí lo son, en cambio, independencia y disciplina. La disciplina es la forma más simple de expresar la lealtad al grupo. Simple y peligrosa porque lleva a los partidos a formas sectarias: rigidez, inflexibilidad, obediencia a consignas. Si hay que ser disciplinado, finalmente importa poco que se discutan las cosas: es mas rápido y eficaz recoger propuestas y aceptarlas sin pestañear. Ahora bien, ni los militantes inteligentes ni los electores perspicaces tragan sectarismo sin más. El intento de corregir los errores con sectarismo y cerrazón ha sido una de las causas mayores del descrédito que la política se ha ganado a pulso" (La anécdota y la categoría).

Y es la izquierda la que tiene que abanderar la desburocratización de la sociedad y, por ende, de sus propias formaciones. De la burocratización no escapa ninguna organización; ni los partidos, ni los sindicatos, ni las ONGs, ni los organismos de ayuda humanitaria. Hay que ir a la raíz del problema.

Una de las bases materiales de la burocratización de las organizaciones está en la profesionalización de la actividad política, en la transformación de lo que es un impulso ético de implicación en lo colectivo en una forma de vida excluyente y endógena. Recientemente Nicolás Sartorius abordaba el tema: "La política no puede ser una profesión o carrera para toda la vida. Que el ser político no es lo mismo que el ser abogado, médico, carpintero o ingeniero. Y esa diferencia se desprende de la propia naturaleza de la política. Pues "la materia prima" de ésta es el poder, el ejercicio del poder. Y el poder siempre se ejerce sobre personas (…) la política no puede ser una carrera que se ejerce toda la vida, sino una actividad vocacional y de servicio a la sociedad, de carácter temporal en cuanto al ejercicio de cargo de poder, aunque como ciudadano políticamente consciente, se mantenga la vocación o el interés durante toda la vida" (Carta abierta a los escépticos sobre los partidos políticos).

Por eso, es importante impulsar todas las medidas (elecciones primarias, refrendos, consultas) que tiendan a la socialización de las organizaciones en la toma de decisiones políticas, rompiendo las barreras entre militantes, adherentes, simpatizantes y votantes (particularmente decisivo es esto último pues rompe el control de los aparatos sobre las fuentes de poder), transformándose en partidos y organizaciones de los ciudadanos y no de los afiliados. Junto a ello establecer los mecanismos para la limitación del ejercicio profesional del poder (límites de mandatos, control sobre los cargos ejecutivos, rotaciones).

Estamos, sin duda, ante un camino largo y sinuoso, pero imprescindible para abrir una nueva expectativa de confianza de la sociedad en la izquierda.

Algunas inversiones de términos en el pensamiento de la izquierda

Obviamente los problemas teóricos y políticos del pensamiento de la izquierda, en una época donde la seguridad ha sido sustituida por la duda, son múltiples y pueden ser abordados desde los más diversos ángulos. En esta última década han existido verdaderos esfuerzos por avanzar en puntos claves de una nueva propuesta liberadora. La pobreza general de la producción de ideas y propuestas en nuestro país no nos debe ocultar el trabajo realizado por muchas personas y colectivos, no sólo a través de sus ideas sino también de su acción.

Quiero detenerme en un conjunto de problemas que se nos plantean al abordar cuatro binomios conceptuales: Igualdad y Libertad; Sistema económico-social (socialismo-capitalismo) y Democracia, Estado y Sociedad civil; Nación y Transnacionalismo o Internacionalismo.

En relación al tema de igualdad-libertad, creo que es bueno recuperar la frescura del pensamiento libertario de Carlos Marx, que en 1847 dijo: "No nos encontramos entre esos comunistas que aspiran a destruir la libertad personal, que desean convertir el mundo en una enorme cárcel o en un gigantesco asilo. No tenemos ninguna intención de cambiar libertad por igualdad, estamos convencidos de que ningún orden social podrá asegurar la libertad personal tanto como una sociedad basada en la propiedad comunal. Pongámonos a trabajar en la construcción de un Estado democrático donde cada partido podría ganar hablando o por escrito la mayoría para sus ideas".

Es evidente que Marx supera claramente esa pretendida contradicción entre libertad e igualdad en la que han sido educadas millones de personas de la izquierda. La evolución de todos los sectores progresistas en el sentido de superar ese pretendido antagonismo ha sido clara y contundente. Sin embargo, la relación entre los dos conceptos no ha sido claramente establecida. En los últimos, años el paradigma de la identificación de una izquierda confusa ha sido, sin duda, Norberto Bobbio. Su afirmación sobre que la diferencia específica de la izquierda es la lucha por la igualdad se nos antoja claramente insuficiente y, en cierta forma, prisionera de la concepción que ha contrapuesto libertad e igualdad y afirmado una contra la otra, ya sea desde el socialismo real o desde la socialdemocracia en el poder, polos no simétricos de esta relación. En uno de estos polos (el estalinismo) ha primado ideológicamente el factor igualitario, intentando legitimar así un sistema totalitario que ocultaba una de las sociedades más diferenciadas entre sus sectores privilegiados y la mayoría de la población. En otro (la socialdemocracia) ha primado la forma política democrática junto a una distribución más equilibrada de la renta en los países europeos, aunque a costa de la elaboración de una cultura de renuncia histórica basada en la aceptación pasiva de las "presiones" económicas internacionales.

Esta dicotomía libertad-igualdad está en estrecha relación con otra: Sistema socioeconómico-Democracia. ¿Qué relación hay entre el sistema económico-social (capitalismo-socialismo) y la democracia? Para los neoliberales el principio de la democracia es la libertad de empresa y de mercado. No voy a detenerme en la refutación histórica de esto mediante la relación de regímenes dictatoriales basados en ese principio dominante, pues quiero parar en un análisis integrado entre los elementos económicos, sociales y políticos que definen un sistema.

Detengámonos, en primer lugar, en algunas definiciones previas sobre el sistema económico, eliminando de ganga algunas de las identificaciones simplistas que se han hecho entre capitalismo y otras cosas. No es la existencia del mercado, de la competencia, de la diferenciación social e incluso de la injusticia lo que define el sistema social en el actual momento histórico. El elemento clave es el propósito de la economía y del gobierno. Si la economía y el gobierno están subordinados a la acumulación de capital y al enriquecimiento de la minoría, estamos ante un determinado sistema económico, político y social; sin embargo, si la economía y el gobierno están subordinados a los deseos de la gente, a los objetivos de libertad y pleno desarrollo de la humanidad, estamos ante un sistema alternativo al anterior. ¿Dónde está, entonces, el punto clave de la transformación del sistema? ¿Dónde se encuentra el punto donde la izquierda puede trabajar en un diseño del horizonte de ruptura con el sistema existente? En la democracia.

Juan Manuel Vera definía el socialismo como "El desarrollo y la expansión de la democracia que abarca a las relaciones de propiedad y poder político" (Socialismo y fin de siglo, Iniciativa Socialista nº 14). No se queda en el terreno de las relaciones de producción y propiedad, sino que aborda el cambio social desde el punto de vista de la democratización global de la sociedad. Ignacio Sotelo analiza el mismo problema de la siguiente forma: "De izquierda es la política que intenta avanzar, cercenando o disolviendo las estructuras de poder que se consideran incompatibles con el desarrollo libre de la mayoría".

El camino para una sociedad más justa, libre e igualitaria pasa por una profundización, en todas las esferas, de la democracia.

La tercera dicotomía es la que se refiere a la relación entre el Estado y la sociedad civil. Aunque la derecha más conservadora haya levantado la bandera de la sociedad civil -no olvidemos que Mario Conde se refería a sí mismo como un representante de la sociedad civil- es imprescindible que la izquierda retome y desarrolle el papel protagonista de la misma. La izquierda ha sido deudora de una concepción estatalista de su política, y ahora debe reflexionar, también, sobre esto. Hay que señalar tajantemente que socialización es diferente a estatalización, porque la socialización pone su centro en la sociedad civil, en la gente, en su protagonismo, mientras que la estatalización pone el acento en la organización burocrática que controla esa sociedad. En este sentido, la izquierda tiene que apostar por una sociedad fuerte y un estado débil. Pero no estamos en la discusión de si más Estado o menos Estado, sino qué tipo de Estado, qué mecanismos institucionales de un Estado de derecho que favorezcan la expresión de la sociedad civil. Y abordar esto no sólo supone una necesaria reflexión, sino enfrentarse a bases de sustento de la misma izquierda; supone abrirse a cambios profundos en la estructura del Estado, a la democratización del mismo, a las limitaciones a la autocracia de la burocracia, a la revisión de la articulación de los tres poderes clásicos, a ser capaces de apostar por la eficacia de los recursos públicos. En definitiva, estamos abocados a repensar el Estado.

A finales del siglo XX nos encontramos con una agudización de la cuarta dicotomía a la que nos referíamos al principio de este apartado: relación entre nacionalismo e internacionalismo.

Mientras se establece por parte de los grandes poderes económicos del planeta un internacionalismo sin trabas ni fronteras para capitales, mercancías e información, la izquierda, la primera abanderada histórica de la ruptura de la nacionalidad, de la hermandad universal de los trabajadores, se encuentra en la retaguardia de la formulación de un nuevo internacionalismo. Y a la vez, ante los poderosos procesos de afirmación nacionalista, que muchas veces tienen expresiones políticas en sectores reaccionarios y autoritarios, un sector de la izquierda realiza una identificación absoluta entre el fenómeno profundo que subyace en unos pueblos o colectividades que se afirman y la expresión política que eso fenómeno adopta, en muchos casos repudiable.

El nuevo internacionalismo que la izquierda necesita no puede quedarse en lo que Fernández Buey definía como un "ecumenismo laico", un cierto caritativismo que amortigüe las malas conciencias. Tampoco es posible, ante el frenesí de la mundialización, refugiarnos en el Estado-Nación y en la afirmación nacional reaccionaria. El nuevo internacionalismo es, sobre todo, un proyecto construido transnacionalmente, que se sitúa en la arena de las relaciones económicas existentes y de los procesos de internacionalización institucional y que actúa sobre ellas. Son respuestas globales a fenómenos globales.

Izquierda y derecha en el mundo de hoy

Es una cantinela, repetida hasta la saciedad, la desaparición de las fronteras entre los términos de izquierda y derecha. La homogeneización de las políticas a nivel de todo el orbe haría inútil o semi-inútil dicha diferenciación. Sin embargo, la contradicción entre izquierda y derecha es cada vez más aguda, a pesar de los fracasos y derrotas, a pesar de la connivencia con el sistema dominante, a pesar de las corrupciones de pautas morales y éticas. Un día de gobierno de la derecha es mucho más lesivo, costoso y regresivo para la sociedad que el peor de los gobiernos de la izquierda democrática, incluidas sus alas más conservadoras. Y ello tiene una base social muy profunda. El gobierno de la derecha supone la liberación de todos los intereses para los cuales reequilibrio social, integración social mediante el trabajo, desarrollo de los derechos cívicos, igualdad de sexos, solidaridad, profundización de la democracia, respeto al medio ambiente, son trabas al proceso de acumulación acelerado de esos grandes intereses. El darwinismo social está plenamente inscrito en la actuación de la derecha. Cuestiones que en otro tiempo eran meras reformas hoy suponen un cuestionamiento del poder realmente existente.

La izquierda tiene grandes posibilidades de desarrollo. Después del "big bang" el proceso de recomposición empieza a ser rápido. Empiezan a ser patrimonio común de la izquierda muchos valores que hasta hace bien poco se discutían; muchos de los cuestionamientos a actuaciones cercanas de la misma izquierda son parte de la reflexión de conjunto. La izquierda empieza a estar más inmunizada respecto a sus mismos lastres históricos. La discusión, el debate y la elaboración de nuevas propuestas es una exigencia del momento; la acción política y social, su complemento imprescindible.



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