Iniciativa Socialista (portada) La guerra contra
los servicios públicos

José Antonio Errejón

Iniciativa Socialista, nº 70, octubre 2003

Hay una guerra de ocupación contra el pueblo iraquí como ayer la hubo contra el pueblo afgano, y siempre contra el pueblo palestino. La coalición de corporaciones del petróleo el armamento y el tabaco que actualmente gobierna en Washinghton ha señalado una serie de pueblos como objetivos de su maquinaria de guerra y destrucción.
Pero hay otra guerra permanente, sorda, cotidiana que libra una coalición de corporaciones más amplia que tiene su secretaría en la Organización Mundial de Comercio (OMC). Comenzó en los años 70 del pasado siglo en primer lugar contra los derechos de los trabajadores y su capacidad para determinar sus condiciones de empleo y sueldo, y después ha extendido sus objetivos hacia el conjunto de los derechos sociales buscando, a través de su desaparición y conversión en mercancías, abrir posibilidades de negocio y acumulación para intentar atajar la inacabable secuencia de crisis del sistema capitalista.
En forma similar a como el FMI y el gran capital financiero presionan a los Estados endeudados para que reduzcan sus gastos y derechos sociales, la OMC y las grandes corporaciones lo hacen para que la totalidad de los servicios públicos sean ofertados para su gestión a los monopolios de cada sector ; y, a eso, lo llaman “liberalización”.
Es verdad que hay, tras esa presión del capital transnacional y sus agencias, una ideología pretendidamente justificadora que ha sido sistemáticamente actuada por intelectuales y políticos conservadores pero también de la izquierda del sistema. Es el discurso de la ineficiencia de lo público y la superioridad de la empresa privada para gestionar de forma más barata y con más calidad los servicios.
Tras esa fachada ideológica hemos podido ver el rostro de la explotación más descarnada, la degradación de los servicios y los derechos ciudadanos, la banalización de la democracia. El poder de las corporaciones es totalitario; no sólo persigue apoderarse del último resquicio de nuestro planeta no sometido a su dominación, sino colonizar también la totalidad de las dimensiones de la vida en sociedad para convertirlas en mercancías.
El Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, adoptado en Marrakech en 1994, consagra la hegemonía neoliberal al proclamar como principio la apertura al comercio internacional de cualquier tipo de prestación de servicios en el interior de un Estado, excepción hecha de la defensa, la seguridad pública, la justicia y las instituciones penitenciarias. En su virtud, y a través de un dilatado procedimiento que ahora se acerca a su momento crucial, los Estados miembros deben hacer explícitas sus demandas de liberalización por sectores y las ofertas de liberalización que están dispuestos a llevar a cabo justificando aquellos sectores en donde se desea mantener restricciones a la liberalización.
De acuerdo con la lógica neoliberal, el objetivo es más que evidente. Se trata de convertir las inmensas necesidades básicas de las poblaciones en oportunidades de negocio para una economía mundial que, a la sazón “primeros noventa”, está viviendo una nueva fase recesiva tras la crisis de la burbuja especulativa de los 80 y el crak bursátil de 1987. Las necesidades de los pueblos del Tercer Mundo, desde luego, en buena medida carentes de los más elementales servicios básicos que sus Estados han sido incapaces de proveer. Pero también las necesidades de los pueblos que han visto derrumbarse los servicios proporcionados por los Estados burocráticos del Este sin que hasta ahora el capitalismo los haya sustituido por el bienestar prometido. Y, en fin, las de los pueblos que hemos disfrutado de un más o menos amplio Estado del Bienestar, objeto de los ataques de Gobiernos diferentes inspirados por la ideología neoliberal.
El proceso está muy avanzado y se desenvuelve, como suele ocurrir bajo el dominio de los paladines de la “sociedad abierta”, en el más absoluto de los secretos que pretende ser compensado con un procedimiento de consulta con representantes de la sociedad civil que, en realidad, humillan a quienes se avienen a participar en esta mascarada. La Comisión de la UE , que negocia en nombre de los Estados miembros, no se ha dignado a informar al Parlamento Europeo, alegando que informa puntualmente a los gobiernos de estos Estados que son quienes deben responder ante su opinión pública. Los Estados miembros mantienen un diferente nivel de transparencia, desde Bélgica y Holanda con un apreciable flujo de información a sus parlamentos y a diferentes interlocutores sociales, hasta el Estado Español que se distingue por un notable desconocimiento del AGCS -su significado, alcance y efectos- entre la mayoría de la clase política y de las organizaciones de la sociedad civil.
Resulta escandaloso, en todo caso, que decisiones que determinan el ejercicio de derechos básicos de ciudadanía como la salud, la educación y el medio ambiente, estén sustanciándose prácticamente al margen de los representantes de la soberanía popular. Si se consumaran estas decisiones la democracia, en la UE y en el Estado Español, sufriría un revés adicional al que ha supuesto el apoyo a la guerra, en contra de la mayoritaria opinión de las ciudadanas y ciudadanos.
La reciente cumbre ministerial de la OMC celebrada en Cancún no ha supuesto avance alguno en la dirección de los objetivos de liberalización de los servicios públicos. Pero no existe razón objetiva para el entusiasmo. Las grandes corporaciones continúan denodadamente acaparando buena parte de la gestión de los servicios públicos básicos en un gran parte de los países de Asia y América Latina, pero también en muchos de Europa y Norteamérica. La gestión de los residuos urbanos y del agua son ejemplos de servicios convertidos en negocios multimillonarios en manos de corporaciones; algunas de las cuales han podido remontar coyunturas adversas gracias a las ingentes ganancias obtenidas en la gestión de estos servicios.
La gestión del servicio de atención a la tercera edad en una región tan envejecida como la madrileña se ha convertido, asimismo, en un suculento negocio de la mano de la política de Ruiz Gallardón, en cuyo mandato no se ha construido ni una sola residencia de mayores de gestión pública. Algunos efectos hemos podido probarlos recientemente: acelerado deterioro de las instalaciones, defectos y carencias de atención, especialmente graves en residencias “especializadas” de Alhzeimer y demencia senil, equipos profesionales insuficientemente capacitados que desvían a la sanidad pública a los insolventes, bajísimos salarios y alto nivel de precariedad laboral que se traduce en una fuerte desprofesionalización, etc.
Todo ello, además, en un contexto de clientelismo y/o amiguismo generalizados que convierten a empresas recién constituidas en entidades técnicamente solventes previo vaciamiento de las plantillas públicas para que buenos profesionales presten un servicio público en beneficio del lucro privado. O de ONG,s bien relacionadas, como los Mensajeros de la Paz, relacionada con Ana Botella, a la que se adjudicó (en clara vulneración de la normativa de contratos vigente) la gestión de un centro de atención médica durante meses.
Las ciudadanas y ciudadanos de la Comunidad Autónoma de Madrid valoran de forma notable los servicios públicos. La legitimidad de nuestras instituciones autonómicas está, desde su origen, basado en las prestación de servicios públicos que garantizan el ejercicio de los derechos ciudadanos.
Hemos aprendido a sentirnos madrileños usando el transporte público, los consultorios y hospitales de la red pública, llevando a nuestros hijos a las escuelas públicas y a nuestros mayores a las residencias financiadas con recursos públicos; los recursos que también dedicamos a cuidar de nuestros espacios naturales, nuestro primer patrimonio público.
Los servicios públicos en nuestra comunidad son algo más, mucho más, que prestaciones financiadas con recursos públicos; funcionan como la condición de existencia de la vida social. En el momento álgido de su gobierno la archirreacionaria Sra. Thatcher preguntada por el concepto de sociedad declaró que desconocía que podía ser tal cosa. Con su brutal franqueza, Thatcher expresaba la convicción íntima del pensamiento neoliberal. Entre el Estado y el individuo aislado no existiría, no debía existir, ningún otro vínculo que derivara de la pura relación mercantil.
Cuando escuchamos a los políticos del P.P. reclamar mayor protagonismo de la sociedad civil ya sabemos que están hablando, en verdad, de someter el tejido social al dominio de las grandes corporaciones. Convertir los principales servicios públicos en prósperas líneas de negocio, reducir en la “cesta de la compra” la componente no mercantil, reducir la capacidad contractual de los trabajadores y la autonomía de los ciudadanos.
Como más arriba se ha indicado para los/as ciudadanos/as de la Comunidad de Madrid los SS.PP. son un elemento importante central en sus vidas.
En formas múltiples y diversas lo ponen de manifiesto todos los días enfrentándose a los procesos de degradación primero y privatización después a los que son sometidos dichos servicios por las políticas del PP. Las plataformas para la defensa de la escuela pública que con una labor tenaz de información y seguimiento resisten (con escaso apoyo de la izquierda institucional, desgraciadamente) la presión permanente de la administración educativa a favor de la enseñanza concertada destinada a aumentar la viabilidad de la enseñanza pública. Las luchas de los trabajadores de los hospitales públicos y del movimiento vecinal contra los procesos de privatización y liquidación de hospitales públicos para convertirlos en clínicas para ricos o para financiar delirantes programas de armamentos. El drama de las familias de mayores que, dedicando la totalidad de la pensión y recursos suplementarios para pagar residencias privadas, padecen por la desatención y las carencias que sufren sus seres queridos ante la indiferencia de la administración.
En todos estos y muchos más ejemplos se expresa, de una manera sorda pero decidida, un inequívoco compromiso ciudadano con los servicios públicos.
Diferentes colectivos, asociaciones y entidades ciudadanas están agrupadas desde hace meses en Madrid para unir sus esfuerzos en la defensa de estos servicios públicos y contra la aplicación y el desarrollo del AGCS en nuestra región. Diversas iniciativas han sido emprendidas con estos propósitos de los que cabe destacar la promoción de una CARTA DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS en la COMUNIDAD DE MADRID en la que se recogen los elementos fundamentales que deban integrar nuestro sistema de servicios públicos. La elaboración de la CARTA se entiende como un amplio proceso de debate en el que puedan ser evidenciadas las necesidades sociales más sentidas por la ciudadanía, ese acervo de derechos irrenunciables que deben ser inmunizados contra todo proyecto de colonización por el imperio de la mercancía.
Todo un proceso de (re) construcción de ciudadanía frente a la desarticulación de la sociedad civil y su dominación por esta modalidad de totalitarismo compatible con el régimen parlamentario en el que no cabe otro tipo de pluralidad que la gama de productos destinados a mantener el paroxístico nivel de hiperconsumo que sostiene la renqueante economía regional y nacional.