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Elecciones en Euskadi:

cerveza con poca espuma

 José M. Roca

 
Iniciativa Socialista, número 61, verano 2001

La campaña y los resultados

Si para analizar los resultados de las elecciones al parlamento vasco, utilizamos la metáfora gastronómica con la que Xavier Arzalluz explicaba la relación de ETA con el movimiento nacionalista -"el nacionalismo es la cerveza y ETA es la espuma"-, debemos admitir que casi la mitad de los votantes ha rehusado la cerveza, la mayor parte de los votantes nacionalistas ha preferido la cerveza sin espuma y que sólo uno de cada diez sigue degustando la espuma.

Con una participación electoral del 80%, los 143.000 votos y 7 escaños de Euskal Herritarrok (EH), la mitad de los 14 obtenidos en las elecciones de 1998, con un descenso del 18% al 10% de los votos emitidos, pueden interpretarse como un severo correctivo infligido por una buena porción del electorado nacionalista a la formación que ha defendido, junto con la independencia, las violentas acciones de ETA y de la gente de su entorno. Es un rechazo -indirecto, ETA como tal no concurre a las urnas- de la durísima campaña terrorista reiniciada tras la tregua y de la cotidiana intimidación de la kale borroka, que no han disminuido ni siquiera durante el período electoral. EH ha pasado a ser la cuarta fuerza más votada -en 1980, su antecesora Herri Batasuna fue la segunda, tras el Partido Nacionalista Vasco (PNV)- para dejar el tercer puesto al Partido Socialista de Euskadi-Euskadiko Ezkerra (PSE/EE), con 13 escaños y 251.000 votos, que ha perdido un escaño, pero ha ganado más de 30.000 (un 0,2%) votantes a pesar de su papel subalterno con respecto al PP.

El descalabro de EH ha sido especialmente notable en la provincia de Guipúzcoa, hasta ahora semillero natural de los abertzales, donde ha perdido 3 de los 7 escaños que tenía y cerca de 40.000 votos (el 10%), con lo que ha pasado de ser la primera fuerza provincial a ser la cuarta, detrás de PNV/EA, que pasa de 6 escaños a 12 y del 22% de los votos al 45%; de PP/UA, que mantiene sus 4 diputados, pero sube del 13% al 18% de los votos emitidos, y de PSE/EE, que mantiene los 4 diputados y el porcentaje (16%), aunque supera a EH en casi 4.000 votos.

El resultado puede interpretarse, también, como una nueva penalización del proyecto soberanista surgido en Estella y a la vez como un premio a la rectificación (no sabemos con qué grado de compromiso, dada su connatural ambigüedad) emprendida por el PNV al hacer compatible en su programa la autodeterminación con un amplio desarrollo del Estatuto de Autonomía. Los 600.000 votos (el 43%) y los 33 escaños obtenidos por la coalición del PNV con Eusko Alkartasuna parecen mostrar la intención gradualista de los electores de aumentar sus cotas de autogobierno y de caminar, sin demasiadas tensiones ni órganos paralelos que han intentado -sin conseguirlo- ser un soberanismo de facto, hacia un proceso de autodeterminación que se perfila en el horizonte y que ha sido propuesto por el PNV por primera vez -y con notable oscuridad- en una campaña electoral. Aunque está por comprobar si la autodeterminación es algo que pertenece más al mundo de los símbolos y de la ideología que al mundo de la praxis política; es decir, si es sólo un recurso retórico en la propaganda nacionalista y una seña necesaria para mantener la identidad del PNV o si, además de lo anterior, se trata del firme propósito de realizar una consulta popular.

La defensa de la vida y del diálogo, hechos por Ibarretxe a lo largo de la campaña, y el desmarque con respecto a EH por su negativa a condenar la violencia pueden haber sido considerados también factores positivos por los votantes a la hora de entregar su voto al PNV y EA.

Contra lo que sostiene Arnaldo Otegi, esos miles de votos que han pasado de EH al PNV-EA, más que votos prestados por los abertzales para realizar el proyecto soberanista, son votos que en su momento prestaron EA y PNV a EH como premio a la tregua de ETA y que ahora han sido recuperados, así como una parte de ese voto oculto que se atribuía a los no nacionalistas.

En todo caso, Ibarretxe, si no quiere -y esperemos que siga sin quererlo-, ya no depende de los votos de EH en la cámara vasca, aunque no tiene fácil formar gobierno a pesar de haber logrado, paradójicamente, el mejor resultado de su historia.

Con todo, desde el punto de vista de la solidaridad con el dolor ajeno y de unos valores cívicos que debieran ser ampliamente compartidos, el apoyo electoral al PNV presenta un preocupante lado negativo, ya que sus votantes se han comportado más como nacionalistas que como demócratas. Han perdonado las debilidades de Ibarretxe ante la violencia, la irresponsabilidad del discurso de Arzalluz y de Egibar sobre la coincidencia de fines con ETA y el deterioro de las instituciones de gobierno vascas por quienes estaban más obligados que nadie a defenderlas. Han cerrado los ojos ante la violencia cotidiana que afecta a sus adversarios políticos y, por un lado, han asumido la idea economicista de que en el País Vasco se vive bien gracias al PNV -y en consecuencia, hay que conservar ese bienestar votando lo mismo-, y, por otro lado, que, frente a los vascos no nacionalistas, que son "los otros" -"¡ellos!" como dice Arzalluz-, los terroristas son unos canallas -alimañas les ha llegado a llamar Ibarretxe en alguna de sus paternales reprimendas- pero son de los suyos.

Finalmente, una parte del electorado nacionalista, que debe sus empleos, negocios, niveles y formas de vida a sus vínculos con las instituciones públicas regentadas por el PNV, ha preferido seguir defendiendo ese régimen, formado por veinte años de gobierno y amenazado, ahora por primera vez, por la alternancia, y no ha dudado en dar su apoyo a quienes dispensan tales favores.

Otro de los datos es la derrota del frente estatutista o constitucionalista (no les quedó más remedio ante el frente nacionalista surgido de Estella), formado por el Partido Socialista de Euskadi (PSE-EE) y la coalición del Partido Popular y Unidad Alavesa (PP-UA), que concurrían por separado, aunque vinculados por el Pacto por las Libertades y con el fin compartido de desalojar al PNV del Gobierno vasco. Si se tiene en cuenta la estabilidad del voto nacionalista, muy difícil de remontar, y se descartan los ambiciosos objetivos propuestos (en algún momento se llegó a acariciar la posibilidad de alcanzar la mayoría absoluta) por una apuesta tan arriesgada, los resultados en conjunto no son del todo malos, salvo en Álava, -324.000 votos y 19 escaños el PP con Unidad Alavesa, y 251.000 votos y 13 escaños el PSE-EE-, pues colocan a ambos partidos a 25.000 votos y a 1 escaño de distancia del PNV, debido al reagrupamiento de fuerzas y de votos. En las primeras elecciones (1980), a las que se presentaron 7 partidos, el PNV obtuvo 25 diputados, seguido de lejos por HB con 11 y por el PSOE con 9. En las elecciones de 1986 y 1990 los partidos concurrentes fueron 8, y en las de 1994 y 1998 fueron 7. En las segundas, el voto se agrupó en cuatro grandes partidos: PNV (21 escaños), PP (16), EH (14), y PSE/EE (14); el resto fueron EA (6), UA (2) e IU/EB (2).

El resultado ha venido a confirmar que, a pesar de que hay trasvases entre partidos, existe una veta bastante estable de votos nacionalistas pero que mengua lentamente, mientras aumenta también lentamente el voto no nacionalista. Si en 1986, fecha en que la distancia entre ambas opciones fue mayor, la proporción era de 68% a 31% a favor de los partidos nacionalistas, hoy la proporción es de 53% a 46% a favor de los mismos, incluyendo los votos de IU/EB en la suma de los votos no nacionalistas.

La operación de desalojar al PNV de Ajuria Enea era ambiciosa pero legítima dadas las dramáticas circunstancias que concurrían desde 1998, que habían colocado a un sector de la población en una situación de excepción política difícil de concebir en un sistema democrático, pero además es positivo que un partido con una noción del Estado muy centralista, como lo es el PP, haya asumido la defensa del Estatuto ante la defección del PNV.

Si el Estatuto de Guernica es el fruto del acuerdo entre los nacionalistas que habían rechazado la Constitución y los no nacionalistas que la habían aceptado, el abandono del Estatuto por parte del PNV para abrazar la causa de la independencia hubiera podido llevar al PP a hacer lo mismo, pero emprendiendo el camino contrario, hacia el Estado centralista, o por lo menos para proponer ese retorno como una remodelación de las reglas del juego con la misma legitimidad con que el PNV proponía la suya. Por fortuna no sucedió nada de eso, pero tampoco el Partido Popular, y especialmente el propio Aznar, ha sabido (¿ha querido?) mostrar un talante menos prepotente y centralista en la campaña electoral (ni por supuesto, antes), que ha sido percibida por un sector del electorado vasco como una edición renovada de la Reconquista, puesto que ofrecía un mensaje contradictorio en el que la defensa de los derechos civiles y de la Constitución y el Estatuto, de la lucha contra el terrorismo como tarea prioritaria, y de la alternancia en el Gobierno vasco como una opción legítima, se mezclaba con propuestas que disminuían los niveles de autonomía y con ataques a la lengua y a la cultura vascas.

La bronca levantada por la reforma de las humanidades y la medalla concedida al torturador franquista Melitón Manzanas entre otros recientes desatinos, no han preparado a un amplio sector de los electores vascos para recibir el mensaje de cambio propuesto por el PP, y en consecuencia por el PSE/EE, que no ha sabido desmarcarse de la hegemonía de los populares. Y las "ayudas" recibidas por Mayor Oreja, que ensayó un discurso moderado durante la campaña -las palabras del Rey sobre la lengua castellana y las opiniones de Fraga sobre el euskera (superadas habitualmente por los improperios de Arzalluz), el tratamiento dado por TVE y las maniobras del CIS con las encuestas han servido para confirmar los iniciales recelos.

Después de haber formado parte del frente nacionalista surgido en Estella, en estas elecciones Izquierda Unida /Ezker Batúa ha realizado una aparente rectificación (aunque Anguita en la campaña ha dicho que firmaría cien veces el Pacto de Estella) y se ha presentado como una tercera vía entre los nacionalistas y los no nacionalistas, con la propuesta de formar gobierno junto con el PNV y el PSE/EE, y como la verdadera izquierda, situada entre el PSE/EE y EH. Su propósito de arrebatar al PSE/EE los votos de los disconformes con el acuerdo con el PP y a EH, los de los disconformes con la violencia de ETA, le ha salido bien, pues, aunque pierde una décima en porcentaje de votos (pasa del 5,6% al 5,5%), ha obtenido un diputado más -pasa de 2 a 3-, en Guipúzcoa, donde carecía de escaño.

Teniendo en cuenta estos fines, la campaña de IU/EE se ha dirigido a atacar a Mayor Oreja -"Órdago a Mayor" ha sido la consigna central- y al PP como "heredero del franquismo" olvidando, de manera muy oportunista, que el principal problema del País Vasco no procede del PP, sino de ETA. Hoy, la vida, la hacienda y la libertad de los ciudadanos no están amenazadas por el PP, sino por ETA y su cohorte de bárbaros. Frente a esta lacerante realidad, las opiniones de Madrazo al indicar que "estos comicios no son libres" debido al sesgado tratamiento informativo dado por TVE y los medios afines al Gobierno y al acusar al PSE y el PP de azuzar el odio y de emplear métodos de la Inquisición suenan a demagogia de la más barata, aunque el tratamiento informativo haya sido, efectivamente, bochornoso.

Los cambios

El partido más renuente a convocar elecciones, porque según sus dirigentes no iban a cambiar nada, ha sido el más beneficiado por ellas. El PNV sigue en el poder en Euskadi, sin embargo la situación no es la misma: las cosas han cambiado bastante.

En primer lugar, las elecciones han revestido un carácter extraordinario en el sentir de las gentes, como lo prueba la altísima participación (80% en números redondos).

En segundo lugar, el futuro Gobierno vasco, aunque del mismo signo, estará en mejores condiciones que el anterior y no dependerá del voto de EH. Parece, pues, posible que exista verdadero gobierno si otros partidos, especialmente PSE/EE, ayudan un poco y si el PNV mantiene lo manifestado en la campaña.

Ha desaparecido el clima de euforia, debido a la tregua de ETA, en que se celebraron las elecciones de octubre del 98 y el recrudecido retorno del terrorismo ha servido para mostrar que no es posible acabar con la violencia a través concesiones políticas sin aceptar las premisas de ETA.

El retroceso electoral de EH es otro de los cambios más notables en el panorama político. A ETA puede no importarle especialmente, pero priva de respaldo político a su base social.

Muy relacionado con lo anterior, hay que señalar que los partidos políticos han realizado la campaña electoral en condiciones muy desiguales. En demasiados lugares los partidos no nacionalistas se han tropezado con dificultades insalvables para poder difundir públicamente sus mensajes debido al amedrentamiento ejercido por los abertzales.

Aparece en el horizonte -aún muy lejana- la figura del referéndum, lo cual obligará a plantear las cosas de otra manera y, sobre todo, a hablar de política y de futuro, ya que, ante una eventual consulta y una eventual separación, los partidos nacionalistas, hasta ahora dados a justificar su postura según el pasado (por sus rasgos milenarios, sus mitos y su cultura), deberán perfilar lo más posible cuál es el modelo de sociedad que proponen para el futuro.

En estas elecciones se ha planteado por primera vez en 20 años la legitimidad de la alternancia en el Gobierno vasco. Unos partidos no nacionalistas le han disputado el poder al PNV, cuyos dirigentes han pasado verdadero miedo (Arzalluz expresó públicamente su temor a que el PNV pudiera perder las elecciones, pero se comprometió a aceptar un resultado "que no sería justo"). No sabemos si está "abierto el melón de la Constitución", como dice Arzalluz, pero sí que se ha abierto el melón de la alternancia.

También por primera vez, organizaciones ciudadanas han llevado a la calle el debate político sobre los principios en los que debe basarse el poder, sobre la democracia, sobre los derechos civiles, sobre los efectos más perversos del nacionalismo y, por supuesto, sobre las consecuencias del terrorismo sobre una sociedad ya enferma. Debate que ha sido muy mal recibido por los nacionalistas (Arzalluz ha convertido al colectivo "Basta ya" en su bestia negra), que no se han dado cuenta de que ese discurso sobre los valores democráticos, sobre el respeto a los individuos, sobre las reglas del juego, sobre los derechos mínimos y universales incluso les protege, pues se pueden ver en parecido brete en un futuro no muy lejano.

Finalmente, y muy relacionado con el punto anterior, se perciben signos de cambio en diversos ámbitos de la sociedad vasca: además de en la prensa, en la Universidad, en la Iglesia (el relevo del nacionalista obispo, monseñor Setién, parece que tiene algo que ver), en los firmantes del Pacto de Estella se perciben desmarques y una clara ruptura entre los dos sindicatos nacionalistas, ELA y LAB, en la extrema izquierda, en las filas abertzales, aunque dada la opacidad de ese mundo es difícil precisar la profundidad de los cambios, y por supuesto, en el propio PNV.

Son cambios lentos, algunos muy tímidos, casi simbólicos, pero cambios al fin, que pueden ser el preludio de cambios mayores y socialmente más extensos.

Mayo de 2001
 
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