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Sin embargo, esa conmoción va acompañada de un importante cambio de actitud social en Euskadi. Hay un fenómeno nuevo que debe situarse en el centro de cualquier análisis. Lo nuevo es la creciente decisión de muchos ciudadanos vascos de no callarse, de no aceptar como inevitable el miedo, de negarse a que la calle sea patrimonio de quienes apoyan a ETA y de que en Euskadi se instale definitivamente una división entre quienes pueden opinar y quienes se ven obligados a callar. En Euskadi se extiende cada vez más, entre quienes son nacionalistas y entre quienes no lo son, la convicción de que nada en la situación vasca legitima el crimen, la amenaza y la coacción. Por ello, a pesar del desánimo que produce cada nuevo atentado, tengo la sensación de que comienza una reacción social de largo alcance, que puede y debe ser cada vez más fuerte, restando cada vez más apoyos al mundo de ETA.
Resulta muy importante, en las actuales condiciones, una reflexión serena sobre cuáles son los campos reales que se enfrentan en Euskadi, porque en eso no pueden caber ambigüedades y cualquier error puede ser fatal para el naciente movimiento por la paz. En Euskadi, la línea de división sólo es y debe ser la que enfrenta a los totalitarios y a los demócratas. Sería lamentable que el renacimiento del movimiento cívico por la paz se viese abocado a un callejón sin salida por su conversión en instrumento de una confrontación distinta, la de nacionalistas y no nacionalistas. Ese enfrentamiento político contingente de proyectos diferentes no coincide en absoluto con la frontera vital que debe separar a quienes matan de quienes luchan por la paz.
La agresión totalitaria
La violencia de ETA, además de mortífera, ha reforzado desde el final de la tregua su carácter simbólico. Un simbolismo que los ciudadanos de Euskadi sienten y comprenden exactamente.
ETA no ha ocultado su vocación de germen de un nuevo estado vasco. El ataque contra representantes electos o miembros de colectivos sociales muestra claramente la voluntad de acallar, amordazar, pisotear los derechos de toda aquella parte de la sociedad vasca que no piensa como ellos. Eso dice mucho de su proyecto político. Lo dice todo.
Los crímenes de ETA son crímenes, pero son crímenes políticos. Esa calificación no suaviza la condena de sus actos, en mi opinión la refuerza, porque tenemos la obligación de decir que el problema de ETA no es únicamente que mate e hiera, sino que es mucho más grave. ETA y su mundo político tienen el proyecto de imponer su dominio total sobre el pueblo vasco, del que se consideran los únicos y auténticos representantes, porque sólo ellos poseen la esencia del ser vasco. Así, la microsociedad totalitaria que supone el mundo de HB se entiende a sí misma como representación de los únicos vascos auténticos, aquellos que luchan por las fronteras de una Euskalherría que ellos, y sólo ellos, deben definir. En definitiva, un proyecto totalitario.
ETA comete atentados en Euskadi y en el resto del Estado. La muerte es muerte en todas partes. Pero debemos entender que los crímenes políticos de ETA suponen en el País Vasco sólo la punta del iceberg de la agresión totalitaria contra los que piensan de forma diferente. Los brutales atentados contra empresarios, concejales del PP y personas vinculadas a la izquierda no nacionalista, entre otros, han puesto de manifiesto, una vez más, la cruel situación que sufren numerosas personas en Euskadi. El resto de la superficie del iceberg totalitario lo representa el recrudecimiento de la kale borroka, es decir de la violencia organizada en la calle, por activistas pro-etarras, contra viviendas, locales, automóviles de sus adversarios políticos y demás actos de terrorismo de baja intensidad. Una presión intensa y diaria contra miles de personas. Esa kale borroka tiene como ilustres antecedentes las marchas de los camisas negras italianos, con las que comparte modos y significados. Esa violencia unilateral en las calles de Euskadi tiene un objetivo político evidente: amedrentar a la población, asegurando la pasividad y el miedo de todos quienes no compartan su delirante visión de salvadores abertzales de Euskalherría.
Desgraciadamente, el extremismo abertzale tiene el apoyo de un sector de la población vasca. También es grave que parte, por minoritaria que sea, de la juventud vasca se haya vinculado a ese proyecto totalitario. Temo que el fracaso de la tregua ha reforzado su creencia en el uso de la violencia para imponer su dogma político. Esa es una realidad que no debe nunca perderse de vista, porque el objetivo de los demócratas de Euskadi y del resto del estado no puede ser otro sino reducir la fuerza social de los totalitarios. Para ello me parece esencial la claridad de los mensajes: no estamos en contra de ellos porque sean independentistas o propongan cualquier proyecto político, estamos en contra de ellos porque utilizan y apoyan la violencia e intentan dominar a los demás.
Entender que ETA y su cobertura política suponen un proyecto totalitario que aspira a dominar la sociedad vasca es parte del diagnóstico. El terrorismo y, sobre todo, el intento de establecer el terror social sobre una parte de los vascos, son connaturales a ETA. Por eso no debemos tener dudas de cómo deben actuar los demócratas.
Frente único contra los totalitarios
Contra el proyecto totalitario de ETA sólo cabe una respuesta: la lucha unitaria de todos los demócratas en la calle y en las instituciones. Esa lucha unitaria sólo tiene y sólo puede tener un objetivo: combatir la violencia y el proyecto de dominación que supone ETA. Por ello, en mi opinión, el frente único contra los totalitarios no tiene, no puede tener, no debe tener, otro programa político. Porque en las filas antitotalitarias existen y deben subsistir diferencias políticas, diferencias sustanciales sobre cómo resolver los problemas vascos. La democracia no es acuerdo ni unanimidad sino articulación pacífica de los desacuerdos. Es una hipocresía y un error olvidar que no puede existir en Euskadi unanimidad alrededor de la Constitución y el Estatuto de Autonomía cuando algunas fuerzas políticas importantes, y muchos miles de vascos, mantienen reservas o se oponen a ambas normas.
En ese contexto situaría mis aprensiones sobre determinados aspectos de la manifestación organizada por ¡Basta ya! el día 23 de septiembre en San Sebastián, merecedora, por otra parte, de apoyo. Esa manifestación puede ser representativa del estado de cosas sobre el que estamos reflexionando. La legitimidad y el derecho de la plataforma ¡Basta ya!, y de las fuerzas políticas que apoyaron la manifestación, a decidir los lemas de sus movilizaciones y a enfocar desde su punto de vista la mejor forma de combatir a ETA es indiscutible. Pero hay algunas matizaciones que me parecen necesarias.
La necesidad de grandes manifestaciones cívicas contra ETA es evidente. Pero también lo es que cuanto más amplio sea el espectro social y político que representen, más importante será su efecto social. Creo que la insistencia de los organizadores en mantener las referencias a la Constitución y al Estatuto fue un error, porque no sólo alejó al nacionalismo vasco democrático de la convocatoria sino, sobre todo, alejó a decenas de miles de vascos dispuestos a decir ¡Basta ya! a ETA, pero no dispuestos a renunciar por ello a su nacionalismo o su independentismo. Esas posiciones son legítimamente democráticas, tanto como las de quienes defienden el marco constitucional o la unidad de España. Y tampoco hubiera sido aceptable que éstos no pudiesen sentirse identificados con el lema de una manifestación contra ETA.
El frente único contra el totalitarismo necesita a todos y es muy negativo que no se presente así, como un frente único de demócratas con ideas diferentes, constitucionalistas unos, nacionalistas moderados otros, independentistas también. El frente de los que quieren la paz y no aceptan el proyecto totalitario.
En Euskadi son numerosos los vascos que rechazan los métodos de ETA y, al mismo tiempo, no comparten, aunque acatan, el marco constitucional y estatutario. En el mapa político actual de Euskadi, se ven representados fundamentalmente por EA, el PNV y sectores muy minoritarios de la izquierda abertzale. Yo estoy convencido de que cuando el rechazo a ETA se manifieste masivamente en la calle, también, entre quienes son independentistas, estaremos mucho más cerca del final de la violencia y la agresión totalitaria.
La situación mejorará si a las manifestaciones contra los actos y métodos de ETA pueden ir todos (constitucionalistas, nacionalistas moderados, independentistas) sin tener que abdicar de sus posiciones políticas. El final de ETA estará cercano realmente cuando no sólo los nacionalistas moderados, sino muchos independentistas vascos, se manifiesten en las calles contra los crímenes de ETA, sin por ello tener que abandonar sus convicciones políticas o su rechazo de la Constitución y el Estatuto.
Nacionalismo y democracia
Creo necesario llamar la atención sobre el peligro que se empieza a vislumbrar de que algunos, incluso desde el gobierno de la nación, intenten convertir el necesario frente democrático contra ETA en un frente contra el nacionalismo vasco. Eso sería tanto como pervertir el significado de la lucha por la paz.
Personalmente, considero que sería una equivocación de los partidos constitucionalistas vascos pensar que es posible avanzar en la lucha por la paz sin contar con el Partido Nacionalista Vasco, lo cual no excluye su legítimo derecho a ser oposición a Ibarretxe y a propugnarse como alternativa. Son cosas sustancialmente diferentes.
En un régimen democrático distintas fuerzas políticas pueden representar distintos proyectos, así es y así debe ser, pero eso no significa demonizar al adversario y convertirlo en enemigo. Y eso es igual de grave si lo hacen Mayor Oreja, Arzallus, Iturgaiz o Redondo.
El PNV es un partido esencial en el pluralismo democrático en Euskadi. La descalificación del PNV, y de EA, me parece, por ello, un error político peligroso. Es cierto que el nacionalismo democrático ha cometido importantes equivocaciones, pero nadie puede acusarle de promover la violencia. Pienso que mantener el acuerdo de Lizarra después del final de la tregua fue una de esas equivocaciones del PNV y de EA, pero no por el contenido de Lizarra, sino porque no es posible ningún tipo de alianza con quienes no condenan el crimen. Pero esa equivocación no puede desvirtuar el hecho de que el PNV y EA han sido y son partidos democráticos, enemigos de la violencia y componentes esenciales de cualquier proyecto que permita avanzar hacia la paz.
Convertir la indignación contra ETA en una cruzada contra el nacionalismo vasco sería insensato. Y demasiada gente sensata, y que debería conocer lo que ocurre y ha ocurrido en Euskadi, se está apuntando a ese despropósito. Yo afirmaría que cualquier intento de demonizar el nacionalismo vasco es un paso hacia atrás en la lucha por la paz. Al contrario, considero que se deberían tender puentes y, en particular, que quienes no somos ni vascos ni nacionalistas debemos afirmar que el nacionalismo es una propuesta posible, que no compartimos, pero totalmente legítima, y que las restricciones constitucionales a la autodeterminación son un lastre no democrático de la Constitución de 1978 que no contribuye en nada a derrotar a ETA.
El papel de los nacionalismos democráticos en las sociedades modernas debe ser objeto de un análisis que excluya muchas de las simplificaciones con las que se ha abordado en el pasado el asunto de las identidades culturales, los perfiles lingüísticos y las soberanías políticas. No podemos contraponer nacionalismo y democracia, ni tampoco renunciar al universalismo. Sólo una respuesta práctica sobre el verdadero papel de los nacionalismos vascos, catalán y gallego en el actual estado español puede evitar errores derivados de argumentaciones abstractas sobre el nacionalismo. Y en esa línea creo que merecería más la pena dedicar esfuerzos a desvelar lo que aportan y pueden aportar para mejorar el sistema político que verles como cuerpos extraños.
No es esté el lugar ni el momento para ese debate sobre el nacionalismo, pero sí me parece preciso alertar contra el intento de crear estados de opinión antinacionalistas, en particular contra el nacionalismo democrático vasco. Al nacionalismo vasco se le atribuye irracionalismo, artificialidad, exclusivismo; sin siquiera ser conscientes de que eso se hace, frecuentemente, desde un nacionalismo español instalado y propagado desde todos los ámbitos comunicativos. ¿O resulta que el nacionalismo español es racional, natural e incluyente? Lógicamente no me estoy refiriendo a cualquier crítica del nacionalismo vasco, sino especialmente a los que la derecha española difunde, con gran éxito entre la población española externa a las nacionalidades históricas, desde perspectivas cuyo centralismo apenas se disimula y que vinculan nacionalismo y terrorismo. Creo que la izquierda española no debe entrar irreflexivamente a ese juego que, además de poco responsable, oculta el hecho de que la colaboración entre la izquierda vasca constitucional y el nacionalismo democrático vasco es lo que ha hecho posible el actual marco político de Euskadi, empezando por el propio Estatuto.
En resumen. Por una parte, el nacionalismo democrático vasco debe ser considerado una opción completamente legítima. Está en su derecho de proponer la nación vasca posible, aunque otros pensemos que es preferible la opción por un desarrollo federalista del actual marco constitucional.
Además, es necesario un frente único de los que queremos una Euskadi, una España y una Europa en la que todas los diferentes proyectos políticos pueden defenderse y en la que ningún intento totalitario y violento tenga espacio. Un frente único sólo para eso. En todo lo demás habrá desacuerdos, como es normal en un régimen pluralista. Las bombas matan, no les concedamos nunca el derecho de modificar el sentido esencial de la ciudadanía democrática.
1 octubre 2000
El hecho de que el nacionalismo vasco sea minoritario en Navarra (lo cual ratifica el aserto de Gellner (2) de que el nacionalismo engendra las naciones y no a la inversa), casi marginal en los distritos de Francia llamados Euskadi Norte (3) y que en Álava disminuya rápidamente, añade unos gramos de locura a un proyecto al que cabe calificar, en este aspecto, de imperialista.
Los términos del acuerdo se mantienen secretos, pero en septiembre de ese mismo año, una parte de sus compromisos adecuadamente edulcorada se plasma en el Pacto de Estella, por el cual, el PNV se compromete a apartarse de las instituciones que le han permitido gobernar durante 20 años -"el Estatuto de Autonomía está agotado"- para abordar la construcción nacional de Euskal Herría, a cambio de que ETA renuncie a la violencia y se avenga a hacer política -"Estella es una pista de aterrizaje para ETA"-.
Formado un frente nacionalista en Estella, convertido el PNV en el pacificador del País Vasco y con la coartada de tener que renunciar al Estatuto para sumarse al proyecto independentista en aras de lograr la paz, se celebran, en octubre de 1998, las elecciones autonómicas vascas pero los resultados no son los esperados por los nacionalistas.
En vez de mostrar la nación imaginada unida por el ideal soberanista, las elecciones muestran el pueblo vasco real, plural y dividido en lo que respecta a sus opciones políticas. El PNV obtiene una mayoría precaria y su gobierno es apoyado sólo por Eusko Alkartasuna y Euskal Herritarrok (EH), el nuevo rostro político de ETA, que tampoco obtiene el resultado apetecido (4).
Como las cosas no salen como ETA pretendía -recibir un apoyo social mayoritario que respaldara electoralmente su proyecto obtenido por las armas, un PNV contra las cuerdas y un partido "españolista" (tanto daba el PP como el PSOE) gobernando en minoría- para abordar rápidamente, en medio del caos político y la desmoralización social, la creación de instituciones paralelas independentistas -la celebrada asamblea de concejales nacionalistas (Udalbiltza) es poco representativa y finalmente el PNV rechaza la convocatoria de elecciones constituyentes en los territorios vascos de Francia y España-, la banda terrorista, a los catorce meses de tregua, decide romper unilateralmente el pacto. Después, para que nadie se equivoque, hace públicos los términos del acuerdo secreto suscrito (con sello y firma) con EA y el PNV: no se trataba de lograr la paz sino la independencia. Y oómo no ha conseguido lo que deseaba por las buenas, ETA decide conseguirlo por las malas y reanuda los atentados.
Nueve meses después de producirse el primer asesinato, cuando ya se contabilizan 13 víctimas y cuatro terroristas muertos al manipular una bomba, cuando la lucha callejera ha ido en aumento, sobre todo este verano (con 20 autobuses quemados en 9 días), el Gobierno del PNV sigue impasible (parece que, efectivamente, buscaba antes la independencia que el cese de la violencia) y atado al pacto con ETA, que, según sea quien habla (Egibar, Anasagasti, Ibarretxe o Arzalluz) se da por válido, por congelado o por enterrado, pero nunca es considerado un error.
En los últimos meses el deterioro de la vida ciudadana ha ido de mal en peor, la tensión social ha crecido, con las calles tomadas por una reducida minoría que actúa sin compasión y con contundencia para imponer el silencio a los que no piensan igual que ellos, que son mayoría. Hay casos en que después de un asesinato, se castiga con un nuevo atentado a la familia de la víctima, por haberse atrevido a acusar a ETA públicamente. Algunas personas del mundo de la cultura y de la economía deciden exiliarse para escapar al acoso de que son objeto o abandonar sus actividades.
Mientras tanto crece la espiral de silencio; una minoría violenta impone su voz y los ciudadanos vascos, 25 años después de muerto el dictador, reviven una situación en la que no se puede opinar libremente. Si entonces el silencio se debía al miedo a los chivatos de la siniestra Brigada Político Social, hoy el temor lo infunden los comandos de los libertadores; la gente no habla con tranquilidad por miedo a los escuchas de los terroristas, que responden a las opiniones discrepantes con amenazas, bombas, gasolina o tiros en la nuca, porque ETA ya no convence más que a los suyos: amedrenta. Ha ido perdiendo parte de las simpatías que suscitó cuando luchaba contra la dictadura franquista, está sufriendo un proceso de involución tribal y los mensajes y actitudes de sus militantes responden más a los comportamientos de una secta de fanáticos religiosos que a los de una organización política, lo cual tiene mucho que ver con un rejuvenecimiento, que ha resultado nefasto.
La frenética y despiadada actividad desplegada por la generación que ha tomado la dirección del movimiento abertzale muestra que, a los componentes irracionales del aranismo y del estalinismo que ya estaban presentes en ETA, se han unido rasgos típicos de los movimientos juveniles: falta de conocimiento de la realidad y concepción simple y maniquea del mundo, gran ingenuidad y falta de experiencia que los hacen facilmente manipulables, una extraordinaria fe en sus propias acciones y la necesidad de alcanzar de modo rápido y definitivo sus objetivos. La impaciencia y el voluntarismo conducen a considerar lícitos todos los medios con tal de alcanzar cuanto antes los fines propuestos. La falta de piedad sobre unos pocos enemigos de Euskal Herría es necesaria cuando se trata de librar del sufrimiento a muchos (la idealizada nación vasca), con lo cual su función real de opresores (o de verdugos) queda embellecida por su imaginario papel de héroes y mártires al servicio de una noble causa, en un encadenado proceso de sublimaciones. Son jóvenes que no han conocido la dictadura franquista, real y terrorífica, y han perdido el respeto por los que lucharon contra ella (Buesa, López de la Calle, Recalde) y se inventan otra con la que justificar sus acciones. En este sentido, el mundo abertzale parece refugiado en una burbuja hermética ante la cual se estrella cualquier idea que no provenga de sus dirigentes orgánicos, pues se ha eliminado en sus miembros toda capacidad para analizar críticamente los propios supuestos doctrinales y las propias acciones.
Kepa Aulestia (5) sostiene que estos jóvenes que hacen uso de la coacción y de la violencia no son resultado de la marginalidad y de la desesperanza, sino del consentimiento y la sobreprotección familiar. Es un terrorismo fruto del bienestar, concluye.
Gentes lúcidas del entorno abertzale advierten que ETA, en su locura, puede arrastrar a todo el nacionalismo. Txema Montero (6) ha señalado que es necesaria la derrota de ETA para que el proyecto nacionalista pueda sobrevivir. También dentro de Herri Batasuna (7) se han alzado algunas voces críticas pidiendo una nueva tregua o el cese definitivo de la violencia, pero sobre su capacidad para generar un cambio profundo en ETA el propio Montero (8) es escéptico, pues reconoce la decisiva influencia de ETA sobre HB: "Herri Batasuna cambiará cuando cambie ETA, pero al revés, no. Arnaldo Otegui es un ‘sí señor’ que dice amén".
Tampoco parecen tener mucho efecto en el interior del PNV las voces de sus críticos, que han aumentado en número, en intensidad y en la calidad de sus argumentos (9), por lo cual han merecido el desprecio de Arzalluz, que les ha recordado abruptamente que son simples marineros, porque el patrón de la nave nacionalista es él, pero el Gobierno autónomo vasco sigue sin pulso ni proyecto; inane.
El PNV, conducido por un cínico y un fanático, sigue compartiendo con ETA el objetivo de la independencia, y, aunque discrepa en los medios para alcanzarla, sigue amparando, por acción u omisión, los desafueros de los violentos. La policía autonómica, como han señalado varios de sus representantes sindicales, está siendo contenida desde el Gobierno vasco (10) con el fin de evitar una acción más enérgica contra el entorno abertzale. Luego, en cada funeral, el lehendakari Ibarretxe, con cara compungida, vuelve a reconvenir a los etarras por sus atentados -incluso les ha llamado alimañas-, a enredarse con la retórica y a pedir que los demás le brinden "soluciones imaginativas", cuando hace falta poca imaginación para romper un pacto con esos que él mismo llama alimañas, cuyos portavoces políticos -EH- han optado por abandonar también la Cámara vasca, dejando al PNV patéticamente solo (con EA, que es casi como estar solo) defendiendo un pacto en el que ya nadie cree.
En esta situación, en el ecuador de una legislatura (por llamarla de algún modo) vacía de legislación, se produce en la Cámara de Vitoria el esperado debate sobre política general, en el cual Ibarretxe reparte culpas para todos pero no asume ni una sola como propia, vuelve a enredarse con la retórica, propone una nueva mesa de diálogo sin exclusiones, en la que vuelve a figurar como una de las condiciones el respeto al ámbito vasco de decisión o sea, la soberanía, y concluye indicando que adelantará las elecciones, si la oposición rechaza su propuesta. Salvo lo último, nada nuevo, tras dos años de vacío.
Por su parte, el PSOE ha presentado la primera moción de censura, y el PP, además de no dar ni un paso atrás, ha decidido dar uno adelante y ha presentado otra, que no pueden ganar, pues la suma de los diputados de estos dos partidos no llega a la mayoría absoluta que es necesaria para deponer a Ibarretxe.
Sin embargo, se adelanten (que sería lo deseable) o no las elecciones, se han producido dos hechos que indican que las cosas están empezando a cambiar. Uno es el hecho mismo de presentar las mociones de censura, de agotar los trámites institucionales, rompiendo el enrocamiento político de los últimos meses. El segundo y más importante es la emergencia de la sociedad civil, la movilización ciudadana contra los nuevos atentados de ETA, que muestra una sensibilidad que crece y no se detiene ante las componendas de la política partidista.
Después de las manifestaciones de este verano, más de cien mil personas se han manifestado en Barcelona para protestar por el asesinato del concejal del PP, José Luis Ruiz Casado, y otras tantas se han dado cita en San Sebastián, tras el atentado contra José R. Recalde, convocadas por el colectivo "Basta ya", para defender el Estatuto y la Constitución, que son las bases que permiten gobernar al PNV. Pero lo curioso es que, casi veintidós años después de aprobada la Constitución, se produzca en el País Vasco una multitudinaria manifestación en su defensa.
Hay que recordar que la Constitución fue elaborada al margen de la calle y que suscitó poco entusiasmo. El día 6 de diciembre de 1978, el 33% de l@s ciudadan@s no acudió a votar y la Constitución fue aprobada con el 59% de los votos emitidos. No fue rechazada, pero las parcas cifras del refrendo preocuparon a la clase política. En el País Vasco y Navarra las cifras fueron aún más rotundas: la abstención superó el 51% y los votos afirmativos no llegaron al 35% del censo. Claro que la elaboración de la Constitución, entre límites y silencios, como señaló un diputado, y luego ministro de Fomento, es tributaria del clima de acuerdo entre élites -el consenso- que caracterizó la transición y de los hilos de continuidad que mantenía el nuevo Estado de derecho con la dictadura franquista de la que procedía (11). En este caso, la Constitución, que nació con una débil legitimidad de origen, ha hallado, tiempo después, una legitimidad utilitaria, una legitimidad sobrevenida por la práctica ante dos circunstancias. Una de ellas es el retroceso a una situación predemocrática, por la erosión de derechos fundamentales de los ciudadanos a causa de la acción del terrorismo y de la lucha callejera, ante la pasividad del Gobierno vasco, convertido en el paraguas protector de los violentos, más que en defensor de los ciudadanos. La aparente neutralidad de que, durante años, ha hecho gala la policía autonómica al interponerse entre los ciudadanos que mostraban su repulsa al terrorismo y los sicarios de éste, protegía, en realidad, los derechos de los armados sobre los desarmados, de los violentos sobre los pacíficos, de los verdugos sobre las víctimas, de los demoledores del orden vigente sobre sus defensores. Y una de las consecuencias de esta actitud falsamente equilibrada ha sido la progresiva ocupación de los espacios públicos por cuadrillas de energúmenos y el retraimiento de los ciudadanos críticos a su ámbito privado, dando la impresión de que no existía alternativa, ni política ni cultural, al nacionalismo.
La otra circunstancia que a l@s ciudadan@s les ha hecho valorar y defender el amenazado orden institucional vigente ha sido percibir con más claridad en qué consiste el nebuloso proyecto de ETA-HB-EH, que no se detiene en la autodeterminación de Euskadi, sino que aspira a instaurar de manera traumática un modelo social a imagen y semejanza del ideario abertzale, en el que la discrepancia política o ideológica no tiene cabida y donde la carta de los derechos de ciudadanía será concedida por la autoridad competente (militar, por supuesto), según los méritos del solicitante. Antes que un Estado vasco independiente, pero xenófobo y excluyente, l@s ciudadan@s han pensado que es mejor el Estatuto, que alienta la pluralidad, y antes que un Estado totalitario, en donde peligra la libertad e incluso la vida del disidente, es mejor una Constitución, aún lastrada de componentes autoritarios producto de la época en que fue elaborada, que permite la oposición política y garantiza los derechos de sus adversarios e incluso la vida de sus enemigos.
Esta utilidad de facto de la Constitución, esta legitimidad sobrevenida, convertida en reclamación ciudadana dirigida -como antes, al cielo-, es lo que convirtió la manifestación de San Sebastián en una especie de improvisado plebiscito, que, dicho sea de paso, el PNV podía haber utilizado a su favor, puesto que se halla a la cabeza de las instituciones vascas, pero su ausencia, por tratarse de una manifestación ideologizada, según una certera calificación del portavoz de un Gobierno que no está ideologizado, o por tratarse de una trampa saducea, según Arzalluz (12), le ha privado de ese respaldo, que ha reclamado para sí una plural ciudadanía, que, en la calle, ha reconocido las bases mínimas del acuerdo en que reposa la moderna soberanía popular.
NOTAS
(1) Me atengo a la calificación que hacen sus portavoces, pero personalmente estimo que ser nacionalista y de izquierda es una contradicción en los términos.
(2) Gellner, E. (1988): Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza.
(3) Patxo Unzueta en "¿Seguro que hay mayoría nacionalista?" (El País, 14/IX/2000), basándose en un estudio de Elkarri, hace un análisis de unas posibles elecciones en el territorio de Euskal Herría, cuyos resultados serían adversos a los nacionalistas.
(4) Sobre el análisis de estas elecciones, véasen los artículos "El giro del PNV" y "Tiempos de cambio en Euskadi", aparecidos en los números 56 y 57 de esta revista.
(5) Aulestia, K. "El terrorismo del bienestar", La Vanguardia, 26/VIII/2000, p. 17.
(6) Montero, T. "La necesaria derrota de ETA", artículo publicado en El correo español. El pueblo vasco, el 22/IX/2000.
(7) El colectivo Aralar, dirigido por Patxi Zabaleta e Iñaki Aldecoa, exmiembros de la Mesa Nacional, sostiene que "la lucha armada ha dejado de tener legitimidad" y que HB debe trabajar en las actuales instituciones, desde las que podría alcanzarse la autodeterminación.
(8) "Txema Montero: camino de vuelta", entrevista aparecida en Public, septiembre del 2000.
(9) Véase, por ejemplo, el artículo titulado "El error soberanista" de Emilio Guevara, publicado en El País, el 19/IX/2000.
(10) Hay que recordar que el Consejero de Interior, Javier Balza, solicitó compensar a ETA, por haber sido detenida por orden del Ministerio del Interior su militante Belén González Peñalva, y los comentarios despectivos de Arzalluz sobre la labor de Mayor Oreja, que muestran su contrariedad por las últimas detenciones de militantes de ETA.
(11) Los hilos de continuidad del nuevo Estado de derecho con la dictadura franquista los he expuesto en el capítulo IVº de El lienzo de Penélope. España y la desazón constituyente (1812-1978), Madrid, Libros de la catarata, 1999.
(12) X. Arzalluz, "Trampas saduceas", artículo publicado en Deia, el 23/IX/2000, p.17.
Estamos tan acostumbrados a oír hablar de la izquierda abertzale que apenas reparamos en su significado. La abertzale ezkerra, si hablamos en euskera, o la izquierda nacionalista si empleamos el castellano, pretende ser nacionalista e izquierdista, ¿es esto posible?
La izquierda irrumpió a finales del siglo pasado porque las "revoluciones" burguesas liberales no solucionaron los problemas de los excluidos. Por ello tuvo que aparecer un nuevo concepto político que aunase a los pobres de todos los estados, unos estados constituidos desde el poder y mantenidos a base de la fuerza militar. El nacionalismo de la Europa de finales del XIX y principios del XX se encargó de hacer de las diferencias de los distintos pueblos un principio de convivencia tan imposible que cada pueblo necesitaba tener su propio Estado, y a ser posible "puro" por lo que el "otro" debía ser expulsado o asesinado, con lo que fue una época de guerras en la que la clase social baja, por quien siempre se ha preocupado la izquierda, de uno y otro pueblo se mató para el beneficio de los poderosos de uno y otro Estado. La izquierda no consiguió en la Primera Guerra Mundial que los principios socialistas de luchar los parias de la tierra prevaleciesen sobre los intereses de los nacionalistas, pero el que no lograra su propósito, porque fue una época donde el nacionalismo logró mayor auge, no quiere decir que cayera o apoyase el nacionalismo, sino más bien que perdió la batalla contra él.
Pero la izquierda es internacionalista, si exceptuamos al imperialismo estalinista (1), ya sea democrática o revolucionaria. Ernesto Che Guevara, admirado por todos los jóvenes revolucionarios de los sesenta, decía que "La cualidad más linda de un revolucionario es la de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte de la tierra", ¿deja esto espacio al nacionalismo?
Lo que puede ocurrir en determinadas situaciones de crisis -y las crisis son momentos no deseados- es una confluencia de algún tipo de izquierda con el nacionalismo (siempre de derechas). Pero estos socialismos nacionalistas o nacionalismos socialistas no son otra cosa que la base del fascismo. Así surgió el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes de Adolf Hitler, el Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini (no olvidemos su primera militancia socialista) y la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de José Antonio Primo de Rivera, por citar los ejemplos más conocidos. Además tenemos otros más recientes como la alianza del Partido Socialista Serbio de Slobodan Milosevic con el Partido Radical Serbio del ultraderechista Vojislav Seselj, la incorporación de exguerrilleros al nuevo Gobierno guatemalteco (2) y la alianza en Venezuela de exgolpistas de derechas con izquierdistas revolucionarios.
En todos estos casos hay algo en común:
- discursos populistas y hasta izquierdistas en algunos casos (el de Chávez es el más claro) mezclados con cierta dosis de nacionalismo;
- prácticas poco o nada demócratas;
- buena relación con el Ejército o al menos con los suficientes sectores como para permanecer en el poder.
Pero vuelvo a insistir, la izquierda piensa en la clase obrera, en los excluidos, en los inmigrantes, en los pobres, en el lumpen, en los parias de la tierra. Con esta ideología es imposible ser nacionalista. Aunque no debemos confundir la resistencia de un pueblo oprimido en forma de movimiento de liberación nacional, que perfectamente puede ser izquierdista (y de hecho lo suele ser), con el nacionalismo.
El discurso de Herri Batasuna y de todo el Movimiento de Liberación Nacional Vasco ha pretendido aparentar la lucha de un pueblo oprimido frente a un Estado opresor porque ETA surgió en momentos de auge de los movimientos guerrilleros en América Latina y la idea de la liberación nacional frente a la dictadura filofascista de Franco era muy vendible. De ahí que los más incautos agradecen a ese grupo terrorista la llegada de la democracia española por asesinar al almirante Carrero Blanco.
ETA, HB, KAS (Koordinadora Abertzale Socialista, es decir, Coordinadora Nacional Socialista), como todo nacionalismo, cuentan la Historia a su modo, y bajo la excusa de soportar el peso de la dictadura española de Franco -olvidando la resistencia antifascista en Madrid, a los comunistas andaluces y asturianos, a los anarquistas catalanes y, lo que es peor, a los carlistas requetés vascos y navarros aliados de Franco- empuña las armas como lo hiciera el Frente de Liberación Nacional en Argelia contra Francia y tantos otros grupos en Latinoamérica frente a sus Estados opresores. Pero la dictadura de Franco la sufrieron todos los españoles demócratas e izquierdistas de la época (incluso los monárquicos ahora también se quejan de ella), no sólo los nacionalistas vascos. También contra ella lucharon comunistas, socialistas y demócratas de todas partes de España, aunque las armas sólo las tomaran el FRAP, ETA y el GRAPO. Qué "curioso" es que salvo el FRAP, que fue aniquilado policialmente, los otros dos grupos armados han seguido matando durante la democracia (que aunque es fácilmente mejorable permite expresarse a cualquier opción política).
ETA nació de una escisión del PNV (de derechas) y la ideología racista del fundador del nacionalismo vasco, Sabino Arana, no ha desaparecido ni en la organización armada ni en su cachorros de Jarrai (si no por qué tantas agresiones de estos jóvenes contra los que llegan de otras partes de España a Pamplona para celebrar los San Fermines acusándolos de fachas pese a no conocer de qué ideología son).
En las últimas Elecciones Generales EH (3) recomendó que los vascos se abstuvieran de votar en las elecciones españolas. Los dos diputados que tenía HB en la anterior legislatura pasaron al PNV, seguramente porque muchos abertzaleak votaron abertzale, es decir, votaron nacionalista antes que votar a la izquierda. Otegi -el antiguo secuestrador de ETA y ahora hombre moderado de la coalición- ya advertía a los derechistas PNV y EA que no fueran como buitres a por los votos del electorado de HB, pero ni pensó que algún voto batasuno se pudiera perder en la izquierda de IU-EB o en el PSE-PSOE (si se le puede considerar de izquierda), ¿por qué?: porque tantos años en la lucha le ha debido enseñar que para ellos está antes el nacionalismo que el izquierdismo aunque se las dieran de compas con los sandinistas o ahora con los zapatistas.
No podemos seguir hablando de una izquierda abertzale, porque sencillamente estos dos vocablos son antagónicos. O se es de izquierda o se es nacionalista. Hay abertzaleak extremistas (los de HB, ETA, KAS, MLNV,...) y abertzaleak moderados u oportunistas (los de PNV y EA) pero el nacionalismo en sí nunca puede ser de izquierdas, es un concepto burgués.
NOTAS
(1) La rusificación de la URSS llevada a cabo por Stalin es una visión nada internacionalista, pero cada vez está más en duda el izquierdismo de Stalin. Un claro ejemplo de ello fue la mala influencia de Stalin en el PCE durante la Guerra Civil, que lo llevó a luchar a muerte contra el POUM, la CNT y la izquierda del PSOE. El segundo líder soviético más bien instauró una dictadura personalista apoyada, eso sí, en un Partido Comunista. La represión estalinista contra el Cáucaso y los judíos la calificaría más de fascista, con envoltura roja si se quiere por aquello de apoyar a partidos comunistas de otros países. El que el Frente Nacional francés lo hayan formado colaboracionistas del nazismo, católicos muy conservadores y exestalinistas nos muestra cómo el estalinismo no está tan alejado de la extrema derecha.
(2) El actual Gobierno de Alfonso Portillo está apoyado en el Frente Republicano Guatemalteco del genocida Efraín Ríos Montt, líder populista y anticomunista que intensificó la tierra arrasada en 1982 contra las poblaciones mayas a las que acusaba de colaborar con la guerrilla y cometió en poco más de un año más de 400 masacres causando 15000 muertos.
(3) A Euskal Herritarrok se la conoce como la plataforma electoral de HB, pero si no se presenta a las elecciones y HB sigue existiendo, ¿qué es EH?
Ciudadan@s
Y en eso llegó Savater. No como "comandante" o demagogo populista, sino como ciudadano. Llegó sin cargos militares, sin armas, sin poder ni mando alguno sobre tropas entusiastas. Llegó con aquello de que dispone y mejor maneja: con la palabra y el pensamiento libre. Y, no lo olvidemos, con algunos amigos más, como Agustín Ibarrola, que han alzado su voz contra el totalitarismo. Y con algunos de esos amigos asesinados recientemente.
Un artículo en El País de Fernando Savater. Ese es el origen inmediato del éxito de la manifestación que junto a cien mil personas -o las que fuesen, no soy capaz de contarlas- en Donosti el pasado 23 de septiembre. Aunque, volviendo la vista más atrás, encontraremos precursores como nuestr@s amig@s de Gesto por la Paz, que comenzaron a salir a la calle en grupos muy pequeños cuando aún nadie lo hacía, salvo los seguidores de HB, y que siguen en la brecha, como ha demostrado la reciente manifestación unitaria que convocaron en Vitoria bajo el lema Contra la violencia de persecución, a mi entender minusvalorada por los medios de comunicación y por los demócratas de toda España.
No puedo negar que, al conocer el lema de la convocatoria del 23-S, me sentí algo turbado. "Por la vida y la libertad. Defendamos lo que nos une: Estatuto y Constitución". Por la vida y por la libertad, sin duda. Pero manifestarse por el Estatuto y la Constitución me provocaba, al menos, dos tipos de dudas:
a) Creo que la Constitución requiere modificaciones. Algunas deberían ser inmediatas, pues afectan a elementos esenciales del respeto escrupuloso de la libertad individual. Por ejemplo, en el artículo 15, que permite el restablecimiento de la pena de muerte sin necesidad de cambiar la Constitución (en efecto, si he entendido bien nuestras leyes, la pena de muerte se eliminó de la legislación militar, pero no ha desaparecido de la Constitución la posibilidad de que ésta la establezca). O en el artículo 16, que da pie a un trato privilegiado de la Iglesia Católica. Y en el 32, cuya tramposa redacción cubre la interpretación discriminatoria y paraconfesional que impide el matrimonio entre personas del mismo sexo. O, por qué no decirlo, en el artículo 57, que da prioridad al varón sobre la mujer en la sucesión en el trono. Por otra parte, ahora ya desde el punto de vista de la estructura y la articulación del Estado, creo que es tarea progresista convencer a la mayoría de la sociedad de que un sistema republicano es más adecuado que una monarquía, y que nos evitaríamos muchos problemas -pero no directamente la violencia de ETA, que responde a otras motivaciones- si la Constitución diese cabida a iniciativas de los Parlamentos autónomos para promover consultas ciudadanas "autodeterministas" si una mayoría en esos parlamentos lo considerase conveniente, pues las fronteras son convenciones políticas y, por tanto, sujetas a debate y rectificación.
b) Lo que más me preocupaba, no obstante, era si ese tipo de convocatoria respondía a la necesidad de trazar una tajante línea divisoria entre quienes apoyan a ETA y quienes propugnan alcanzar por medios pacíficos, políticos y democráticos objetivos que, siendo diversos, compartan ser compatibles con una vida política democrática. El que a esa manifestación no se sumarían el PNV o EA, era algo evidente de antemano, excepción hecha de algunos casos individuales. Pero, además de esa ausencia, me preguntaba si la manifestación no podría convertirse, al margen de la voluntad de sus convocantes, en una explosión de españolidad y en un pieza al servicio de la estrategia del Partido Popular, que, en vez de aprovechar las oportunidades de diálogo con el PNV para hacer frente al terrorismo, se ha dedicado a tensar la cuerda más y más, haciendo un claro favor a la corriente de Arzalluz, que llegó a estar contra las cuerdas dentro del PNV.
Pues bien, tras dar bastantes vueltas a estas dudas, envié mi convencida adhesión a la manifestación, diciendo: "Adhiero a vuestra manifestación. En realidad, yo creo que hay varios puntos de la Constitución que deberían ser reformados y tengo matizaciones a alguna frase de vuestro manifiesto, pero si bien en condiciones de normalidad política concuerdo en que, como escribía Sacristán, si se pierde el matiz se pierde el concepto, creo que a la hora de la acción contra los asesinos totalitarios el matiz no debe llevar nunca a la pasividad, por lo que no tengo ninguna duda de que en Donosti el día 23 vosotr@s sois los mios y entre vosotr@s me quiero contar".
Mi diferencia con esos lemas es de matiz, pues ni el llamamiento negaba la posibilidad de modificaciones en la Constitución ni yo soy partidario de secesiones ni creo que haya otra vía razonable de transformación de la Constitución que la vía democrática y política, partiendo por tanto de la legislación actual (lo que incluye el recurso a la desobediencia civil, pero ésta nada tiene que ver con la violencia y el totalitarismo; por el contrario, es una apuesta por la modificación legal de leyes injustas, a costa de padecer las consecuencias de tal comportamiento y demostrar su irracionalidad y arbitrariedad). Está claro que yo no habría usado ese lema para convocar. Pero me parece que la normalización política de Euskadi reclama que, al igual que pueden manifestarse los partidarios de la independencia, también puedan hacerlo los partidarios de la Constitución y del Estatuto. Ya sé que legalmente nada lo impide, pero nadie puede obviar las consecuencias liberticidas del miedo y del terror generado por la violencia de persecución, "la violencia que sufren cotidianamente muchos ciudadanos y ciudadanas vascas porque refleja mejor el acoso permanente que supone y la sensación continuada de amenaza que provoca. La posibilidad de que la persecución culmine con el asesinato de la persona acosada, como ha ocurrido en ocasiones, añade un grado más, el máximo, de terror a la situación de angustia que sufren estas personas" (Gesto por la Paz, "Ante la violencia de persecución", julio 2000).
No estábamos ante una manifestación estándar, a la que vamos si estamos de acuerdo con sus lemas y, además, no llueve y nos viene bien el día y hora. Esto era otra cosa. La convocaban demócratas que, por ejercer su derecho, se están jugando la vida, como se la juegan los cargos institucionales del PSOE y del PP. Así de claro. Pasando por encima de cualquier quisquilloso matiz, es nuestro deber arroparles, defender su derecho, que es el nuestro, de la única manera eficaz que existe: ayudándoles a ejercerlo. Si ser constitucionalista implica convertirse en potencial objetivo de ETA, los demócratas debemos gritarles a la cara "todos somos constitucionalistas", sin que eoe implique que ocultemos nuestras opiniones sobre la propia Constitución.
Una vez tomada la decisión, debo admitir que se me cayó el techo encima cuando leí el lamentable artículo de Jon Juaristi en el que daba a entender que era una manifestación contra los nacionalistas en general. Yo no apoyaría, de ninguna manera, una manifestación "contra los nacionalistas" en general -aunque sí manifestaciones reivindicando al gobierno vasco tal o cual cosa-, pues aunque no comparto ninguna visión nacionalista tampoco creo que serlo implique necesariamente altos grados de malignidad ni considero que sea justo meter en el mismo saco al PNV y ETA. Pero un grano no hace granero. Al margen de que, al fin y al cabo, podamos comprender que se exalten verbal y pacíficamente aquellos que están amenazados de muerte por tipos que, en realidad, no son exaltados, sino asesinos sin escrúpulos, el artículo de Juaristi era el artículo de Juaristi, y la manifestación estaba convocada con un manifiesto que, desde luego, no llamaba a manifestarse contra el PNV. Así que mantuve mi modesto apoyo. Claro está que nada habría cambiado el que tomase otra opción, pues al fin y al cabo a nadie le importa un comino lo que yo pueda hacer, pero para mí si era algo importante, en tanto que activista político desde hace más de treinta años.
Llegó el 23 de septiembre. Tuvo lugar la manifestación. Mis preocupaciones eran infundadas. Fue una extraordinaria explosión de libertad y democracia, de solidaridad y de orgullo cívico, lograda por el esfuerzo de un puñado de ciudadanos y ciudadanas. A destacar:
- El protagonismo de las víctimas. La pancarta de los líderes políticos llegó hora y media después de la cabeza.
- Un grito unánime: "Libertad".
- La ausencia total de banderas españolas. No era una patria lo que allí se defendía, sino un marco político democrático de convivencia.
- El marcado matiz progresista de toda la simbología de la manifestación (hasta el punto de que tal vez se pasase un poco de rosca en la recuperación de un aire antifranquista, comprensible por la personalidad de algunas de las últimas víctimas y buen antídoto contra manipulaciones patrioteras, pero quizá un tanto alejado de las jóvenes generaciones).
Una vez más, ciudadanas y ciudadanos han tomado la iniciativa frente a la atonía y mediocridad de los partidos políticos, dicho todo esto con el respeto y solidaridad que nos merecen los representantes políticos del PP y del PSOE que viven bajo la amenaza del terror. Fue, sin duda, una de las movilizaciones ciudadanas más poderosas y profundas que han tenido lugar en Euskadi y en toda España durante los últimos años. Queda totalmente fuera de lugar la agresividad con la que los principales dirigentes del PNV hablaron de esta manifestación antes y después de su realización. Las calles vascas no son abertzales, son de todos los ciudadanos y de todas las ciudadanas, nacionalistas o constitucionalistas, de la izquierda o de la derecha, y en ellas tienen derecho -y a veces el deber- a expresar de forma civilizada sus aspiraciones, y ningún gobernante democrático debería enfaderse por ello.
Así, se va abriendo camino a la recuperación de la libertad en Euskadi. Sin llegar a la confrontación civil en el sentido de un choque violento entre sectores de la población, pero sí, cómo no, con un enfrentamiento cívico con los terroristas y sus seguidores totalitarios. Pues al totalitarismo estalinoaranista hay que combatirle, como al fascismo, sin esperanzas en poder "convencerle" de otra forma, aunque sin despreciar ninguna oportunidad política de quebrantar su base social y restarle apoyos.
Los partidos
Cuando escribo estas líneas están pendientes de votación las mociones de censura presentadas por el PSOE y el PP contra el gobierno vasco. La convocatoria de elecciones parece, en cualquier caso, obligada. ¿Y después? No esperemos que la realización de elecciones -ahora ya necesaria, insisto- pueda resolver, por sí sola, los problemas políticos fundamentales. El Partido Socialista tiene una difícil responsabilidad, la de reconducir la vida institucional del País Vasco sin alentar la permanencia de una delimitación frentista entre nacionalistas y no nacionalistas, a la que, por otra parte, aportó su parte con el lamentable error del abandono, por causas artificiales, del tripartito vasco, hecho sin el cual no es seguro que en el PNV se hubiese impuesto el curso arzallucista que lleva al acuerdo político con EH y ahora está convirtiendo la ruptura definitiva de ese acuerdo en un lentísimo goteo que, sin duda, nos irrita profundamente ante la urgencia de respuestas institucionales y ciudadanas enérgicas contra la violencia, dejando muy claro a los círculos cercanos al terror que el proyecto totalitario de ETA y de sus amigos no se va a imponer por la fuerza contra la opinión mayoritaria de la sociedad vasca.
Obviamente, el PSOE no puede centrar todas sus diferencias con el PP en que este partido no fue leal con el PSOE cuando éste dirigía la política antiterrorista; eso es agua pasada que ya no mueve molino y que, desde luego, no justifica las opciones políticas en un asunto de tanta importancia. Si no tiene otra pega que poner, debería pactar un gobierno común con el PP en Euskadi. Pero el verdadero problema es otro. Siendo legítima cualquier alianza de gobierno de la que no forme parte la actual HB/EH y que tenga el respaldo de una mayoría parlamentaria, ¿son igualmente convenientes cualquiera de estas alianzas?
Me parece inaceptable afirmar, como han hecho algunos comentaristas, que ETA y PP son los dos polos extremos del panorama vasco, ya que no hay un espacio o figura común para ubicar a quienes recurren al crimen y a un partido que actúa dentro de los cauces políticos y que es víctima de esos crímenes. Sin embargo, sin reducir un ápice la solidaridad con los miembros del PP amenazados por ETA, sí es legítimo expresar un radical desacuerdo con comportamientos políticos del PP, no en relación al mundo violento de ETA, sino en el marco de la figura común de la política. A mi entender el PP, una vez obtenida la mayoría absoluta, está radicalizando sus posiciones nacionalistas españolas y dando la espalda a un imprescindible diálogo con el nacionalismo no violento de Cataluña, Euskadi o Galicia. Como mínimo, podríamos decir que el PP se está afirmando en las interpretaciones más centralistas y menos federalizantes de la Constitución y de los Estatutos, quedándose sólo en el Congreso de diputados en temas como el de las placas de matrícula o el papel de las Comunidades Autónomas en el ámbito de la Unión Europea.
También me parece irresponsable la facilidad con la que el PP tira de reformas regresivas en las leyes para dar la apariencia de que está haciendo frente a los problemas, especialmente en aquellos asuntos en los que considera que la mayoría de la opinión pública podría compartir puntos de vista no progresistas. Bien conocido es lo ocurrido con la Ley de extranjería, asunto en el que, por cierto, me temo que la nueva ejecutiva del PSOE podría cometer su primer gran error político con una postura atentista que paralizaría la movilización social y rompería la alianza mantenida con los sindicatos y los colectivos progresistas, pero algo similar está en marcha en torno a la Ley de Responsabilidad Penal del Menor, a la que ya se quiere cambiar a pesar de haber entrado en vigor el 12 de enero del ¡año 2000!, hace apenas unos pocos meses, o al propio Código Penal.
Las modificaciones legislativas propuestas por el PP podrían ser inconstitucionales y, desde luego, no son progresistas ni serán eficaces. Aplíquese toda la ley contra los violentos. Pero no entremos en el peligrosísimo terreno de la inseguridad jurídica o de la aplicación arbitraria de las leyes. Si perturbar un pleno municipal se convierte en delito, esa ley no podría aplicarse sólo a los miembros de EH, también tendría que aplicarse a los sindicalistas que protestan por la marcha de la negociación del convenio, a los familiares de víctimas del terrorismo que expresan su indignación ante un gobierno municipal de EH que se niega a condenar un crimen, a los ciudadanos y ciudadanas que protestan ante una cacicada de un alcalde; no creo que eso nos lleve a buen puerto. Tampoco me parece razonable llevar ante la Audiencia Nacional a un chaval de 14 años, aunque algunos mayores que él le estén convirtiendo en un aprendiz de asesino, ni creo que cargarle con diez años de internamiento a esa edad pueda rehabilitarle. Y, estando de acuerdo en que la incitación al asesinato (¡ETA, mátalos!, por ejemplo) es un delito, como ya establece la ley, me parece que la nueva definición prevista para la "apología" del terrorismo choca directamente con la libertad de expresión. Me parece repugnante que alguien alabe la figura de un etarra asesino, al igual que me lo parece el que se niegue el Holocasto o el Gulag, o que se alabe a Franco o a sus ministros, pero no haría de ninguna de esas cosas un delito, y en eso sé que discrepo de algunos amigos progresistas muy queridos y respetados.
En estas condiciones, creo que con el PP hay que mantener una firme solidaridad frente a la violencia y promover la acción común, pero resulta arriesgado no marcar las distancias políticas con el curso que está siguiendo el gobierno Aznar.
He dicho en otra ocasión, y quiero repetirlo ahora, que las fórmulas de gobierno para la Comunidad vasca en las que sólo participen nacionalistas vascos, o de las que éstos queden totalmente excluidos, no resultan nada adecuadas. Si el periodo de gobierno PNV/EA, tras la ruptura del tripartito, ha resultado francamente negativo, mucho me temo que un gobierno PP/PSOE tampoco permitiría reconducir la situación.
Si el problema principal que hoy viviese Euskadi fuese un conflicto político en torno a su estatus como parte de España o como Estado independiente, la tendencia hacia gobiernos soberanistas o gobiernos constitucionalistas sería natural. Si el centro estuviese colocado, como sería deseable, en un conflicto social, lo decisivo sería la formación de gobiernos escorados hacia la izquierda o hacia la derecha. Pero, pese a lo que ETA pretende siempre, el problema principal que sufre Euskadi es pre-político: la violencia totalitaria. Entiendo que lo que la mayor parte de la gente vasca exige a sus partidos políticos es una toma de posición inequívoca contra la violencia, pero nadie debe tratar de aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para, de paso, pedir que los nacionalistas vascos dejen de serlo, ni tampoco que los constitucionalistas callen su opción y se limiten a pedir que, por favor, no les maten. Frente a la barbarie pre-política, es preciso seguir haciendo política.
No soy yo quien para decir quién debe gobernar Euskadi. Eso lo decidirá, primero, la gente vasca, con sus votos, y después el Parlamento vasco, con la alianza de gobierno que pueda formarse. Personalmente, no negaré que me gustaría que, al menos, en el próximo gobierno vasco estuviesen el PSOE y el PNV, sin excluir otras variantes con las que se pueda configurar un gobierno claramente opuesto a la violencia y al totalitarismo y con composición transversal de nacionalistas y constitucionalistas. En todo caso, eso dependerá de la disposición de los diferentes partidos políticos para alcanzar un punto de encuentro.
Elementos de muy diversa índole expresan que en el País Vasco están variando las actitudes y que el cansancio y el hastío de una parte sensible de la ciudadanía han creado un nuevo clima de opinión.
Cansancio ante tantos años de terrorismo y de presión intimidatoria desde el entorno de ETA (1), reforzada por los estragos de la llamada lucha, y acentuada por el paso atrás que ha supuesto la reanudación de los atentados. Hastío ante tantas peroratas y declaraciones incendiarias provinientes de la dirección del PNV, especialmente de Arzalluz, Egibar y Anasagasti; hastío por la calculada ambigüedad de su juego político y por su salida de ella a través del Pacto de Estella, ahora agravada por el cuestionamiento de las instituciones que representan a la sociedad vasca en general, cuando, por ser el partido en el Gobierno, debieran, primero, defenderlas y, luego, gobernar desde ellas o convocar elecciones para que otro u otros partidos pudieran hacerlo.
Esta situación de inoperancia, de parálisis gubernativa pero de aferramiento al poder se produce al cabo de 20 años de presencia ininterrumpida del PNV en el Gobierno vasco (mientras que por el Gobierno central, en ese tiempo, han pasado tres partidos: UCD, PSOE y PP-), por lo cual, señalaba Ignacio Sotelo (2) en un texto reciente: "la gente percibe que la democracia vasca, ya no sólo está constreñida por el terrorismo, sino también por el hecho de que no funcione la alternancia".
Este cansancio ciudadano se expresa, en primer lugar, con la movilización de un sector de la sociedad vasca que había permanecido pasivo hasta que se produjo el secuestro de Ortega Lara y, sobre todo, el asesinato de Miguel Angel Blanco en el verano de 1997, y que desde Ermua no ha dejado de estar presente de manera continua en la calle ante cada agresión, disputando el espacio a las gentes del entorno abertzale. Hay que señalar que en estas movilizaciones ya han empezado a aparecer críticas hacia el PNV por seguir respetando el Pacto de Estella a pesar los atentados mortales de ETA. Pero salvo en este caso, la ciudadanía de Euskadi, pero también la de fuera de Euskadi ha sabido muy bien distinguir entre el terrorismo y el nacionalismo. Y hay que subrayar que, salvo una exigua minoría de fascistas -gente del tipo de Ynestrillas-, tales concentraciones no han dado paso a una exaltación del nacionalismo español, sentimiento más bien débil entre la generalidad de la población, ni tampoco se han dejado capitalizar por el PP, a pesar de haberlo intentado con el acto que montó en Madrid en otoño de 1997.
En segundo lugar, hay que señalar la aparición de un discurso, emitido desde muy diversos puntos de dentro y fuera de Euskadi (artículos, manifiestos, foros de discusión y literatura abundante), que, siendo respetuoso con las peculiaridades nacionales, es muy crítico no sólo con el terrorismo, sino con los elementos más arcaicos e irracionales del nacionalismo aranista que forman parte de su sustento ideológico. Hay que añadir que gran parte de este discurso no se apoya en la defensa del nacionalismo español o de otro nacionalismo, sino en la defensa de unos valores universales -libertades civiles, democracia, tolerancia, respeto a la vida- que deben servir de fundamento a cualquier modelo de sociedad.
Este cansancio de la ciudadanía expresa no sólo una repulsa ante el dilatado y creciente deterioro de la vida cotidiana, sino también el deseo de buscar una solución definitiva a un problema tan largamente soportado. Es una queja y un basta ya, pero la solución cada día está más lejos del alcance del PNV, el partido que gobierna (¿) Euskadi, y que hasta hace poco tiempo era el indiscutido centro por el que debía pasar cualquier solución al llamado conflicto vasco.
Por todo lo anterior, se está produciendo una inflexión debido a que está saliendo a la luz pública el resultado de una acumulación de cambios ocurridos a nivel molecular; es decir, que por encima de la voluntad de los principales actores políticos se está produciendo la emergencia de una lógica social profunda y lenta, pero inexorable, que no es fácil de captar por el paquidérmico funcionamiento de los partidos políticos, en especial por algunos de sus empecinados dirigentes.
Me temo, por ello, que ha pasado el tiempo de los gobiernos de coalición entre nacionalistas y no nacionalistas, de las ambigüedades políticas (calculadas o espontáneas) y del diálogo a varias bandas. Temo que se están agotando unos marcos -el Pacto de Ajuria Enea, el mismo Pacto de Estella, incluso para el PNV, el propio Estatuto que le ha permitido gobernar durante 20 años- y unos actores -PSOE-PSE y PNV-, que pasan a segundo plano (EA y EB-IU son irrelevantes), mientras otros -ETA-HB-EH y el PP- se preparan para librar un gran combate político en el que se decida una solución duradera para los problemas de Euskadi.
La última oportunidad. La estrategia de ETA-HB-EH
No puede decirse que ETA haya cambiado de estrategia, ni que sus movimientos en los últimos años hayan carecido de coherencia. Al contrario. La ausencia de un estrato social decidido que asumiera la dirección del proceso de creación de un Estado euskaldún independiente, según la doctrina de Sabino Arana, fue lo que llevó, en 1959, a un grupo de jóvenes nacionalistas de clase media a fundar ETA y a convertirse en la conciencia nacionalista de una burguesía que, en el mejor de los casos -el PNV-, había pospuesto ese objetivo y, en el peor, había decidido seguir vinculada, a través de los negocios -el capital no tiene patria, Marx dixit-, como antes lo había estado a través de la política, de la religión, de la monarquía, del comercio con América, etc., con el resto de la burguesía española.
La aparición de un potente movimiento obrero en el País Vasco y la penetración en un sector de ETA de las corrientes dominantes entonces en el pensamiento marxista occidental hicieron concebir, en algunos momentos, la posibilidad de subordinar la lucha nacional a la lucha de clases y, por tanto, plantear la autodeterminación como resultado de una alianza de las clases subalternas, en la que el proletariado industrial ocuparía una posición dirigente, con lo cual, el objetivo final sería conseguir un País Vasco independiente y socialista. La derrota de esta postura no impidió que ETA conservara cierto tinte socialista, pero la pérdida de vigor del movimiento obrero como resultado de los pactos de la transición y de la profunda remodelación del aparato industrial vasco, así como el desdibujamiento sufrido por los modelos socialistas tras el declive de la URSS y los países del Este, dieron como resultado que en ETA reapareciera la idea de volver a una unión nacional para lograr la independencia. No se trataría ya de conseguir mediante la independencia la emancipación de las clases subalternas, oprimidas por el capital, sino de contar con las fuerzas del capital para conseguir la independencia del País Vasco, o mejor dicho de una Euskal Herría formada por las tres provincias vascas, más Navarra y dos provincias del lado francés.
Así, con ETA convertida en la conciencia nacionalista de una burguesía vasca inconsecuente, tiene lugar ese acercamiento al PNV, en un momento en que éste, tras haber gobernado durante casi 20 años, necesita remozar su programa y deshacer el permanente equilibrio de fuerzas entre nacionalistas y no nacionalistas que se da en la sociedad vasca, para lo cual decide aproximarse al mundo abertzale.
A pesar de que otros partidos han llevado peor parte, lo obtenido por ETA con el Pacto de Estella ha sido más bien parco para todo lo que pretendía: conseguir para EH una serie de éxitos electorales que permitieran arrebatar la hegemonía al PNV, arrastrarle a sus posiciones y precipitar un rápido declive de las instituciones vascas para crear un vacío político que habría de ser ocupado por los órganos soberanos surgidos de un nuevo proceso constituyente, genuinamente vasco, que diera lugar a un Estado nuevo e independiente, sobre territorios que actualmente pertenecen al Estado español y al francés. Empero, los resultados han quedado bastante lejos de las metas: en las elecciones autonómicas de octubre de 1998, EH, con el 18% de los votos, logró detener las pérdidas de HB, pero ni en esas ni en las municipales de junio de 1999 el total del voto nacionalista ascendió lo que se esperaba. Es más, el voto abertzale se ha ido configurando como un voto rural frente al voto urbano de los partidos "españolistas". El resultado de las elecciones generales del 12 de marzo ha ofrecido un resultado más que preocupante para el conjunto de los nacionalistas, pues, por un lado, al aumento de la abstención como resultado del llamamiento de EH ha sido escasmente significativo y, por otro, la sociedad vasca continúa tan tercamente plural como antes, con la salvedad de que el gran despegue electoral ha sido el del Partido Popular.
Por otra parte, el PNV, a pesar de haber adoptado la defensa de la soberanía de Euskadi, no ha roto con la legalidad del Estatuto, aunque ha señalado su caducidad, ni ha roto su relación con los partidos estatalistas (PSOE, PP), con lo cual la sociedad vasca no se ha escindido en dos, como ETA pretendía; tampoco las instituciones vascas han pérdido un ápice de su legitimidad, ni ha podido suplantarlas la que habría de ser el embrión de un futuro órgano vasco común a todos los territorios reclamados, la Udalbiltza, pues, la asamblea de electos de municipios vascos tampoco alcanzó el grado de representación esperado.
Por ello, ETA, que tenía mucha prisa, rompió la tregua, que no era sólo una trampa, y el deseo de procurarse un respiro y rehacerse, sino la base de una apuesta cuyos objetivos eran muy difíciles de conseguir.
Al día de hoy, ETA contando sólo con sus fuerzas afines carece del respaldo social suficiente para imponer un nuevo proceso constituyente en todo el territorio de la futura Euskal Herría (recuérdese el fracaso de la huelga general convocada en enero pasado por HB y LAB), pero conserva capacidad logística para cometer atentados, desgastar, entorpecer el funcionamiento de las instituciones, plantear continuamente los mismos temas a través de sus apéndices políticos, no dejar gobernar, aburrir y dejar que la situación se pudra y poner al PNV contra las cuerdas.
ETA, en buena medida, sigue marcando la agenda política, tanto en el País Vasco como fuera de él, ha reconstruído su dañado aparato, cuenta con capacidad de movilizar a la gente de su entorno y cuenta con la "comprensión", por no decir otra cosa, de los nacionalistas moderados, y en esta coyuntura tiene poco sentido, como se plantea desde el PNV, solicitar a ETA una nueva tregua, pues nadie concede treguas cuando cree que va ganando. Y en todo caso ¿qué crédito merecería ahora una segunda tregua después de lo que ha pasado con la primera?
Muy al contrario, en gran parte fracasada la alambicada operación que la tregua puso en marcha y con la posibilidad cada vez más cierta de que en un futuro no muy lejano haya un lehendakari no nacionalista al frente del Gobierno vasco, pensar en una nueva tregua de ETA es un sueño. Además, según informan algunos diarios, la reincoporación de la vieja Mesa Nacional de HB, tras su excarcelación, ha dado fuerza al sector más duro de la coalición y se habla de la exoneración del actual portavoz de EH, Arnaldo Otegi, juzgado demasiado blando.
No sabemos lo que habrá de cierto en todo ello, pero la posibilidad de que el PP pueda llegar al palacio de Ajuria Enea lleva a pensar en el fortalecimiento del sector más intransigente de ETA, que vería confirmada su vieja tesis de que, tras la muerte de Franco, todo sigue igual, que no ha cambiado nada.
El momento es, pues, crucial. De ahí viene el retorno a los atentados, a la dureza, a las cartas-bomba y las continuas presiones de ETA y sus emisarios sobre EA y el PNV para que se decanten, en la práctica, por la independencia y asuman unos compromisos que, secretamente, parecen haber contraído con los abertzales.
Con la correlación de fuerzas, a nivel general de Euskadi, cambiando en sentido contrario al previsto, parece como si ETA intuyera que el tiempo empieza a jugar en su contra y tuviera que apostar por una solución definitiva: por una victoria definitiva o por una derrota también definitiva en el terreno donde hasta ahora ha planteado la lucha, pues ¿cabe en el imaginario abertzale la posibilidad de seguir luchando, en las mismas condiciones que hoy, durante otros treinta o cuarenta años, por un objetivo sobre el que no existen garantías de poder conseguirlo?
Carezco de respuesta, pero la urgencia que se atisba en sus movimientos parece indicar que, de alguna manera, se puede haber planteado tal pregunta en ese cerrado mundo abertzale que ha obligado a dar algún tipo de contestación a esa inquietud.
En la actual situación, la salida menos traumática para todos, incluso para sus militantes, sería que ETA dejara las armas y aprovechase la influencia que aún conserva en un sector no despreciable de la población vasca para convertirse en un partido político de tipo radical con un programa independentista y socialista, aunque debería perfilar más el carácter socialista, ya bastante débil, desprenderse de los ingredientes más irracionales del legado sabiniano (confeso) y del estaliniano (inconfeso) y potenciar los elementos progresistas (obreros, populares, ecologistas, feministas) existentes en la órbita del mundo abertzale, que permanecen subordinados al componente aranista. Pero los dirigentes de ETA parecen sometidos por fuerzas misteriosas, que los han convertido en prisioneros de un trágico destino del que es difícil escapar.
Regionalismo, firmeza y funeral. La estrategia del PP
La estrategia del PP aprovecha el cansancio de la población ante el delirio al que ETA ha conseguido arrastrar al PNV y la situación de parálisis política y gubernativa que éste atraviesa.
La postura del PP, reforzada por la permanencia de Mayor Oreja en el Ministerio del Interior, de mantenerse firme frente al terrorismo viene de antiguo -recuérdese su propuesta (que debilitó el Pacto de Ajuria Enea) de que los presos de ETA cumplieran íntegras sus condenas- y fue ratificada, tras el asesinato de M. A. Blanco, en julio de 1997, al plantear el aislamiento de quienes de una u otra manera apoyasen el terrorismo. Contra esa postura reaccionó el PNV, que emprendió un camino que, en Estella, le llevó a pactar con aquellos a los que el PP pretendía aislar. Ello aumentó las diferencias existentes, pues, si para el PNV, acabar con el terrorismo supuso acercarse a las posturas de ETA (por eso acusa al Gobierno de Aznar de inmovilismo), para éste, el camino de las renuncias sólo fortalece a ETA y a su mundo.
Ante el desmayo del PNV, el PP ofrece aplicar la ley y defender el Estatuto de Autonomía y la Constitución, en los que, dicho sea de paso, ni el propio Aznar creía cuando se instauraron. En ese sentido, el mensaje del PP -ley, orden público, Estatuto y regionalismo- están encontrando eco en sectores del electorado urbano que hasta ahora eran votantes del PNV. Esa apuesta lleva al PP a tener que soportar con firmeza (y funerales) las consecuencias de las acciones de ETA contra sus sedes, militantes, negocios, viviendas, etc., pero también a recoger los réditos que proporciona.
Es cosa sabida que las víctimas suscitan apoyo social, y de la misma manera que ETA lo recibió cuando sus militantes eran víctimas de la represión franquista, hoy lo recibe el PP cuando sus militantes son víctimas de ETA. Los mártires confieren credibilidad y legitimidad mientras los verdugos provocan rechazo social. Qué le vamos a hacer: los seres humanos somos así de simples (y de humanos).
Los últimos acontecimientos, entre los que se cuenta la victoria, por mayoría absoluta, del PP en las elecciones generales del 12 de marzo, y la persistencia del PNV en mantener el Pacto de Estella han llevado al primero a marginar al segundo en aquellas instituciones donde ha tenido la fuerza necesaria para hacerlo. Pero esta actitud no pretende sólo castigar al PNV, sino arrebatarle el lugar que ocupa en Euskadi y convertirle, si hay ocasión, en un partido subalterno. Y ello es válido tanto para el País Vasco -pérdida de la Alcaldía y Diputación de Vitoria y del control de Caja Vital (el futuro banco central del País Vasco)- como para el resto de las instituciones (la Mesa del Congreso), pues Aznar sabe, por la experiencia propia y por la ajena (el PSOE), que los gobiernos precarios en el Estado han acentuado las presiones de los partidos nacionalistas, por lo tanto, un gobierno de amplia mayoría en Madrid es garantía de unidad y firmeza frente a las presiones de la periferia.
Sin los escrúpulos que tuvo el PSOE en 1986, que con 19 diputados dejó formar gobierno al PNV que había obtenido 17, el PP, apoyándose en la mayoría absoluta obtenida en las elecciones generales, aspira a conseguir, en unas anticipadas elecciones autonómicas vascas, la mayoría suficiente para gobernar en Euskadi. Sin embargo, esta operación, que es legítima, ofrece el peligro de incentivar el terrorismo y el de que intente gobernar en el País Vasco como si estuviera en Castilla y León.
Quemar las naves y escuchar a las sirenas. La estrategia del PNV
Viendo al nacionalismo democrático en riesgo de zozobrar, se podría pensar que los dioses quieren hundirlo enviando tiniebla y confusión a las cabezas de sus timoneles cuando más necesitados están de luz y claridad, pero, a la vista de cómo actúan Arzalluz y Egibar, se diría que el PNV está pilotado por un sordo y por un ciego.
Una muestra del pernicioso efecto de estas minusvalías es la lectura que hacen de los resultados de las recientes elecciones generales. Hay muchas maneras de interpretar el resultado de unos comicios, de comprender lo que expresan los votos, de entender el mensaje, como dijo, en su día, Felipe González ante un mensaje que tampoco entendió, pero una de las peores es quedarse con la visión a corto plazo y perder de vista las tendencias.
El 12 de marzo, el PNV ha ganado votos, es cierto, pero la cosa no está como para tirar cohetes. Sigue siendo el primer partido en Vizcaya y en Guipúzcoa, pero en esta última provincia, 10.000 votos le separan del PP, que en seis años ha multiplicado por dos sus electores. Si en el conjunto del País Vasco y Navarra, el PNV ha subido y ha alcanzado 351.816 votos, más lo ha hecho la coalición de PP y UPN que cuenta con un total de 471.671. Si nos referimos sólo al País Vasco, la situación es aún más preocupante, porque el PNV sigue siendo el partido ganador con 345.356 votos, pero pierde 2.600 votos con respecto a las autonómicas de 1998, mientras que el PP, con ese mismo referente, gana 70.300 votos y se coloca, con 320.892 votos, a 24.464 sufragios del PNV. Como EH ha defendido la abstención, se puede comprobar que de ello el PNV ha sacado escaso provecho. Si tenemos en cuenta esta circunstancia, el resultado del voto agrupado (bloque nacionalista frente a bloque autonomista o constitucionalista) queda de la siguiente manera: País Vasco y Navarra: nacionalista 452.386 votos; autonomista: 912.214 votos. Sólo País Vasco: nacionalista: 431.507 votos; autonomista: 647.469 votos. Navarra: nacionalista: 20.879 votos; autonomista: 264.745 votos.
A la vista de estos datos se constata que, al contrario de lo que indicaba ETA cuando declaró la tregua y de lo que, por supuesto, creyó el PNV al embarcarse en Estella, las preferencias políticas ciudadanas muestra una tendencia inversa al independentismo. Y ahí está Álava como caso preocupante, en donde los partidos nacionalistas obtuvieron en su mejor momento el 54% de las preferencias y hoy están en el 27%. Como ya se ha indicado, en esta provincia, el PNV ha perdido la Diputación, la Alcaldía de Vitoria y el control de Caja Vital, y en función de estos resultados, Unidad Alavesa ya ha planteado que desea un estatuto como el de Navarra. Es decir, la aventura nacionalista pierde adeptos (y se ruraliza, y éste es otro dato importante) a medida que se profundiza; es decir, el llamado ámbito vasco de decisión se reduce y se refugia en el campo.
El PNV acudió a las negociaciones con ETA que dieron lugar al Pacto de Estella con la jesuítica intención de contar con la colaboración del mundo abertzale para corregir en favor del nacionalismo el persistente equilibrio electoral con el voto estatalista, en un momento en que el gobierno central precisaba el apoyo de los partidos nacionalistas.
Como ha señalado destempladamente Anasagasti, en el PNV existe la idea de que nadie ha podido acabar con ETA desde que se creó en 1959 (lo que no dice es que nadie ha podido hacerlo, porque el PNV le sirve de paraguas, ya que no le interesa una ETA derrotada). De ahí viene que la llamada vía policial se considere ineficaz y que para lograr la paz en el País Vasco haya que llegar a una negociación política con la organización terrorista, y qué mejor momento para negociar con ETA que cuando se encuentra debilitada (por la acción policial y judicial). Pero el PNV se tropieza en el verano de 1998 con una ETA que, si bien está logísticamente débil, desde el punto de vista ideológico se encuentra muy fuerte. Al fin y al cabo, ETA sólo pretende llevar el proyecto nacionalista hasta sus últimas consecuencias: lograr la independencia de Euskal Herría, hacer realidad inmediata un objetivo que para el PNV es sólo una referencia retórica y lejana, un componente ideológico en el programa del partido, pero al mismo tiempo una tentación constante. ETA conmina a los portavoces del PNV a ser consecuentes si quieren obtener la colaboración del entorno abertzale, pero, a estas alturas y aunque se puedan suponer, se ignoran los verdaderos compromisos a los que llegaron.
Conducida por Arzalluz y Egibar, la calculada maniobra comportaba cierto riesgo porque se apoyaba en varios supuestos, algunos de los cuales eran ajenos a la voluntad el propio PNV.
1º) Que con el Pacto de Estella, en las próximas elecciones autonómicas y municipales, el electorado gratificaría a los partidos nacionalistas, y en particular al PNV, por su esfuerzo a favor de la paz. 2º) Que el partido vencedor en las elecciones generales de marzo del 2000, tanto si era el PSOE como si era el PP, tuviera una mayoría precaria y precisara el apoyo de los partidos nacionalistas para gobernar, y que, por lo tanto, tendría que aceptar como un hecho consumado el acuerdo suscrito entre el PNV y los abertzales. 3º) Que por muy drástico que fuera el giro emprendido en Estella por Arzalluz y Egibar, luego sería ratificado por todo el partido, ya que la traumática experiencia de la escisión de EA acallaría muchas voces, renunciando, sin resistencias, a la línea habitual del PNV desde 1917 para evitar una nueva escisión.
En aras de esos acuerdos, el PNV adoptó oficialmente la soberanía de Euskal Herría y señaló que el Estatuto de Autonomía estaba caduco, pero rechazó la propuesta de ETA de poner en marcha un proceso constituyente mediante la celebración de unas elecciones simultáneas en todos los territorios de la futura Euskal Herría, aunque aceptó participar en la asamblea de electos de ayuntamientos (Udalbiltza) de los mismos territorios.
La calculada ambigüedad, que tan buenos resultados ha proporcionado al PNV durante 20 años (3) y que en los últimos se había acentuado, se ha decantado cada vez más hacia la autodeterminación, aunque Arzalluz, en ocasiones, señala que la independencia está lejos (4). Sin embargo, el Pacto de Estella ha obligado al PNV a salir de su cómoda ambigüedad sobre su fin estratégico -la creación de un Estado vasco independiente (con la anexión de Navarra)-, pero no ha logrado lo mismo con la ambigüedad táctica, con el procedimiento para llegar a él, lo cual ha generado las presiones de ETA y de sus emisarios y la ruptura de la tregua para forzar a que el PNV rompa con la legalidad, pues, como señaló el portavoz de EH, Arnaldo Otegi, en la celebración del último Aberri Eguna: "No hay camino intermedio entre el autonomismo y la soberanía". Claro, que ETA arriesga poco con el deterioro o la destrucción de la legalidad vigente, porque está fuera del sistema, pero al PNV su apuesta soberanista le puede costar muy cara, porque la fundación del nuevo Estado no está garantizada (es una verdadera aventura) y a cambio se arriesga a quemar sus naves: la hegemonía que ha mantenido durante 20 años en las instituciones vascas y la posición central que ha ocupado en Euskadi, por la cual ninguna solución parecía posible sin contar con la posición determinante del PNV.
El momento es, pues, muy delicado. El minoritario Gobierno de Vitoria está sostenido sólo por EH, y cuando quiere EH, pero esa es la única explicación que el PNV puede esgrimir para mantenerlo: que gobierna con quien le apoya, pero ahí está Otegi, que ha aclarado que EH no va a ayudar a gobernar al PNV, sino que apoyará sólo aquellas propuestas que vayan a favor de la independencia. Más claro, el agua. Queda, por tanto, la sospecha de que el condicionado apoyo de EH haya colocado al lendakari Ibarretxe en la tesitura de recibir de sus aliados de Estella un apoyo similar al percibido en su momento por Kerenski, reflejado en una expresiva frase de Lenin: "Sostendremos al Gobierno de Kerenski como la soga sostiene al ahorcado".
En estas circunstancias, cabe preguntarse ¿por qué seguir?, ¿por qué el PNV mantiene el pacto cuando ETA ya lo ha roto? ¿por qué el PNV no da marcha atrás? Sin embargo una rectificación de tal calibre es difícil.
El PNV ha sido conducido con mano firme por Arzalluz y Egíbar y secundado por el resto de la dirección, tras el canto de sirenas de obtener un éxito inmediato y alzarse con el santo y la limosna de presentarse como los pacificadores de Euskadi y de paso como los que lograron, finalmente, la autodeterminación (ser los padres de la paz y de la patria).
El giro soberanista emprendido en Estella (o una versión edulcorada) fue aprobado en la III Asamblea y Arzalluz fue ratificado en su puesto de Presidente del Euskadi Buru Batzar. Es muy difícil enmendar lo aprobado entonces sin despojar de sus cargos a los principales responsables -Arzalluz y Egíbar- de haber embarcado al partido en una operación tan arriesgada. Pero la crítica y la exoneración de dirigentes políticos de tipo carismático es tarea complicada, porque crean unas relaciones muy asimétricas dentro de los partidos. Para Arzalluz, el PNV es algo más que un partido que gobierna: es la custodia del alma, de las tradiciones vascas, por eso las tareas de gobernar, de administrar las instituciones deben ponerse al servicio de construir una patria vasca independiente. En este sentido, Arzalluz es más que un dirigente político; es un profeta, un conductor de masas, un precursor capaz de concitar el acuerdo de las multitudes, pero, a veces, esas unanimidades emocionales pueden llevar al cataclismo.
En un momento de crisis como es éste, lo que hacen falta son voces lúcidas y críticas que desafíen el apocalíptico discurso del profeta, pero en el PNV esas voces se han acallado... por el momento.
Abril del 2000
NOTAS
(1) Para los lectores no familiarizados, se reproducen los nombres de los partidos políticos seguidos de sus siglas. EA: Eusko Alkartasuna (escisión del PNV). ETA: Euskadi ta Askatasuna (Tierra vasca y Libertad). EH: Euskal Herritarrok (Los ciudadanos vascos). HB: Herri Batasuna (Unidad popular). EB-IU: Esker Batúa (organización vasca de Izquierda Unida). LAB: Langile Abertzale Batzordea (Sindicato Patriótico Obrero). PNV: Partido Nacionalista Vasco. PP: Partido Popular. PSE-PSOE: Partido Socialista de Euskadi. UA: Unidad Alavesa. UCD: Unión de Centro Democrático. UPN: Unión del Pueblo Navarro.
(2) Sotelo, "Euskadi, el fin de una época", El País 28-IV-2000, pg. 15.
(3) El PNV en las elecciones defendía el Estatuto, pero en el Aberri Eguna (Día de la patria vasca), en el Alderdi Eguna (Día del partido), en las campas y en los mítines, y cuando tenía que negociar con el Gobierno central el montante del cupo, entonces Arzalluz hablaba de autodeterminación.
(4) Entrevista con Iñaki Gabilondo en la Cadena SER, publicada en El País el 14-XII-1999, p. 18.
Uno de los poemas de Gabriel Aresti incluye este fragmento:
Hemen nago, pelota-tokian
hemen, plaza erdian.
Garraisiok entzunen dirade
edonundik herrian
Su traducción al castellano es algo así como:
"Aquí estoy, en el frontón; aquí, en medio de la plaza. Mis gritos se oirán en cualquier lugar del pueblo"
Eso hacía ese veterano antifranquista vasco, periodista y colaborador de El Mundo, hombre de izquierda y comprometido con la libertad: alzar su voz, para que le oyese el pueblo, su pueblo, el pueblo vasco. Y eso es mucho más de lo que están dispuestos a aguantar los asesinos que creen que los frontones y las plazas de Euskadi son suyos.
Poco debe importarnos ahora si compartíamos al 100% lo que decía José Luis o lo que propone el Foro de Ermua. Lo que importa es que han matado a un ser humano, que han matado a una voz libre, a una voz comprometida con la democracia. Lo han matado para callar su voz, lo han matado para decir a otras voces semejantes que se callen.
El mensaje de ETA es: o estás conmigo, o conviértete en silencio y en sombra, sumiendo al cómplice por temor o al prudente sumiso en esa dolorosa miseria moral que nos muestra Fernando Colomo en el bellísimo final de "La lengua de las mariposas", y que es una de las más dañinas consecuencias de las tiranías.
Sí, desde el aparato del Estado se han cometido crímenes ya en la democracia, y el reciente juicio por el asesinato de Lasa y Zabala nos lo ha recordado. Pero ha habido un juicio, y los condenados ya están en la cárcel, aunque le pese a un Rodríguez Ibarra que, volviendo a las andadas al calor del hueco dejado por la dimisión de Almunia, ha defendido el indulto para Galindo "porque detuvo a muchos etarras". Pero esa es justamente la diferencia entre un sistema democrático y un sistema de terror. No hay una guerra. Contra ETA, no vale todo, y quien cree que vale todo va a la cárcel, si se le pilla. No pasa lo mismo en el entorno social y político de ETA. Arnaldo Otegi, portavoz de Euskal Herritarrok, ha traducido a palabras el mensaje mortal de ETA: según él, el asesinato de José Luis "pone sobre la mesa el papel de los medios de comunicación en el conflicto vasco". Le entendemos. Nos dice que a José Luis no le ha matado ETA por casualidad. Nos dice, y aprueba, que los medios de comunicación y todas aquellas personas que pueden expresarse públicamente deben elegir entre ser unos canallas o ser posibles víctimas. Captado el mensaje. Pero ya soy viejo para cambiar una costumbre hace mucho adquirida: decir lo que pienso. Por eso le pedí a mi amigo Armando Montes que me dejase este espacio que iba a ocupar él.
Así no se puede seguir. Y, sin embargo, me temo que aún habrá que seguir así durante bastante tiempo. "Así" quiere decir: nadie, salvo quienes apoyen incondicionalmente a ETA, está a salvo. Y, menos que nadie, las ciudadanas y los ciudadanos vascos.
La guerra unilateral declarada por ETA excede, bien lo sabemos, el espacio del País Vasco. Veremos nuevos atentados en otros lugares de España. Pero, hoy por hoy, el principal objetivo de ETA es someter a la gente vasca, a esa gente vasca tan querida y respetada por mí. El terror etarra ha estado orientado por diversas estrategias a lo largo de los años. A veces, su objetivo era que el Ejército se sentase a negociar con ellos. Otras, que la población del resto de España se hartase tanto que terminase diciendo "por favor, que se vayan y nos dejen en paz". Ahora, lo que quieren es callar a los vascos, ocultar entre el fragor de las bombas y los disparos un creciente clamor con el que la mayoría de la magnífica gente vasca dice: ¡basta ya!
ETA no es emancipación, sino terror: asesinatos, bombas y tiros en la nuca contra la libertad de expresión, atentados contra librerías, asaltos a las sedes de partidos políticos y sindicatos, terrorismo callejero, persecuciones contra representantes ciudadanos a los que se quiere obligar a dimitir de sus cargos y abandonar Euskadi, lanzamiento de bombas incendiarias contra los domicilios de los discrepantes. Un terror totalmente concreto: muchas personas viven esperando que, en cualquier momento, les peguen un tiro en la cabeza, estalle su coche, arda su casa. Quien no comprenda que los culpables de esa situación son los principales enemigos de la sociedad vasca, está enfermo de ideología y fanatismo, o aferrado a viejos, muy viejos esquemas, procedentes de los tiempos del franquismo en los que la izquierda y ETA éramos "compañeros de lucha", sin que eso significase, ni siquiera entonces, que debiésemos compartir su ideología o sus métodos (yo, por ejemplo, no me alegré con el atentado contra Carrero ni brindé con cava). Si entonces era justo y necesario movilizarnos para impedir que fuesen emitidas condenas de muerte en el proceso de Burgos, nuestro deber hoy es enfrentarnos abiertamente a las "penas de muerte" y a la "ley del silencio" dictadas por ETA. Y no debemos hacerlo como "patriotas españoles" contra esos "cerriles vascos independentistas", sino, por el contrario, como demócratas junto a esa extraordinaria gente vasca que afirma su libertad. Pues, ya está bien de patrañas, las elecciones libres realizadas periódicamente en País Vasco, y también las que tienen lugar en Navarra o en los dos herrialdes vascofranceses, demuestran sin lugar a dudas que los etarras y sus amigos hacen mucho ruido, pero tienen un apoyo bastante minoritario entre la población.
ETA y su entorno configuran un conglomerado político-militar-social (sí, social, pues también, en cierta medida, es un modo de vida y un ambiente cotidiano del que, por cierto, es difícil y peligroso salir) orientado por una abigarrada mezcla de aranismo y estalinismo. El aranismo pone el contenido mítico, la presencia de esa Patria anterior y superior a los individuos que viven sobre la tierra vasca, el toque etnicista y racista; el estalinismo pone el fanatismo militante, el desprecio a la vida de los demás, la capacidad para la calumnia y esos toques de "progresismo" en algunos ámbitos de lo social que permiten atrapar en sus redes a personas dotadas, al menos al comienzo, de cierto espíritu emancipador, que, trágicamente -la tragedia de la izquierda del siglo XX- queda puesto al servicio de un proyecto totalitario. A esas personas, algunas de mi generación y combatientes contra el franquismo, si aún les queda algo de libertario y radical en su pensamiento y en sus tripas, quiero preguntarles: ¿es posible que no os identifiquéis más con José Luis López de Lacalle que con los energúmenos que se burlan de su cadáver? ¿No percibís el tufo del fascismo y del estalinismo en ellos? ¿Y no son peores que ellos los políticos adultos que les han lanzado por esa senda?
No valen excusas. No, el terror de ETA no es la respuesta a una opresión mayor, y menos aún a un inexistente "colonialismo" que habla de enfrentamiento entre burguesía española y trabajadores vascos (¿dónde están los de Neguri y el BBV?). El País Vasco sufrió una dura opresión nacional bajo el franquismo, y no tienen razón quienes ahora dicen "todos estábamos oprimidos bajo el franquismo", pues así se oculta que Euskadi sufrió un plus de opresión. A mí me metieron en la cárcel -poco tiempo, por cierto- por mis acciones políticas, pero nunca nadie trató de impedirme hablar mi idioma. Pero las cosas ahora son diferentes. El pueblo vasco -es decir, los ciudadanos y ciudadanas del País Vasco, y también de Navarra- dispone de instituciones que elige libremente, en las que la inmensa mayoría condena la violencia. La gente vasca dispone de los mismos derechos de organización y expresión que la gente española o francesa. La Comunidad Vasca dispone desde hace muchos años con gobiernos con hegemonía de nacionalistas-vascos, que dirigen, por ejemplo, la política lingüística, a la que, quiero aprovechar la ocasión para decirlo, considero básicamente correcta, más allá de algunas anécdotas aprovechadas por exaltados españolismos para caricaturizar la actuación en este ámbito del Gobierno vasco o de la Generalitat.
Sé, y me parece legítimo, que una parte significativa, aunque creo que no mayoritaria, de la ciudadanía vasca aspira a un Estado independiente, y que un sector aún más amplio desea más soberanía, sin llegar a la secesión. Sé que de estas cosas no debe hablarse a "ojo de buen cubero", y que sería muchísimo mejor hacer un referéndum para saber exactamente cuáles son las opiniones al respecto. Por ello, soy partidario de una modificación constitucional que dé potestad para ese tipo de iniciativas a los Parlamentos autónomos, y defendería al Parlamento vasco si, pese a los límites constitucionales, decidiese promover ese refrendo. Pero ese estado de cosas no puede considerarse una "opresión nacional" insoportable que justifique el terror y el crimen, cuando la mayoría nacionalista-vasca en el Parlamento vasco no ha propuesto aún una opción clara sobre articulación territorial ni, como ya he citado, ha propuesto organizar una consulta ciudadana. No estamos pues ante un caso de opresión nacional actual, aunque sí de divergencia de opciones entre la ciudadanía vasca sobre el asunto Euskadi/España. y, conviene tenerlo muy en cuenta, de potencial conflicto sin solución clara en el vigente orden constitucional si, en un momento dado, una mayoría de esa ciudadanía vasca decidiese democráticamente promover otro marco de relaciones Euskadi/España.
Arzalluz a veces dice lo que otros callan. Su frase "si no hubiera sido por la inmigración habríamos podido hacer un referéndum y ganarlo tranquilamente", son un exabrupto reaccionario y etnicista, equiparable a otros emitidos por el Alcalde de El Ejido o por el diputado canario Luis Mardones. Pero dice algo más. Reconoce que si los nacionalistas-vascos no han promovido un referéndum se debe, más que a los obstáculos que impone la legislación española, a que temían perderlo. Eso, que en el PNV puede ser desvarío circunstancial de su líder más dado a desvaríos, en el entorno de ETA representa la esencia de su proyecto totalitario. Lo que decían sus pioneros sigue siendo válido, quizá en mayor grado aún, para la actual ETA:
"Para nosotros, al igual que para el cruzado del siglo X la suya, nuestra verdad es la verdad absoluta, es decir, verdad exclusiva que no permite ni la duda ni la oposición de los enemigos virtuales y reales. Consecuentemente, somos intransigentes en nuestra idea, en nuestra verdad, en nuestra meta esencial"
De la "territorialidad", entendida como "ámbito de decisión" abarcando la Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y los dos herrialdes sitos en Francia, ha hecho ETA precondición de cualquier negociación que pueda conducir hacia la paz, pese a que el nacionalismo vasco es claramente minoritario en Navarra y casi marginal en las provincias "vascofrancesas". Tras esa apuesta no hay un radicalismo democrático que llevase a ETA a preferir un ámbito más amplio aunque en él esté asegurada la derrota de cualquier proyecto independentista, sino, muy por el contrario, una mortífera fuga hacia adelante de quien comprueba que la opinión vasca se aleja más y más de sus pretendidos "salvadores" y decide poner condiciones imposibles y pasar a exigir la rendición de aquellos a los que no les gustaría mucho ser "salvados" por semejante banda.
En realidad, ETA no quiere que España o Francia admitan lo que decida la sociedad vasca, sino que exige a los gobiernos de Madrid y París que le entreguen a ella, a ETA, la Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y las provincias vascofrancesas, piensen lo que piensen sus habitantes. Porque si antes fui prudente y dije que en el marco de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava la opción independentista posiblemente no fuese mayoritaria, creo que puede afirmarse sin lugar a dudas que, en el marco de "territorialidad" de los seis herrialdes vascos, no sólo es minoritario el independentismo, sino que, incluso, también lo es el nacionalismo político vasco. Esa es la razón de fondo por la que han comenzado a surgir sugerencias en el seno de HB/EH, creo que por primera vez de forma tan explícita, sobre la elaboración de un censo electoral de Euskal Herría, controlado por los nacionalistas vascos. A ese fuego ha echado leña Arzalluz, con las declaraciones sobre la inmigración antes citadas, así como algún sector de EA, apuntando todo ello a la quiebra de la sociedad vasca en comunidades enfrentadas, cosa hasta ahora impedida por la firmeza y sentido común de quienes rechazan la violencia. Pero ese sentido común no debe identificarse con pasividad ante los bárbaros.
La mayoría de las fuerzas políticas y sociales vascas condenan la violencia. Es un hecho positivo, que descalifica cualquier pretensión etarra de ser un "movimiento de liberación nacional" que defiende al pueblo vasco. Es, también, un punto de partida para un diálogo de inmediata urgencia, inaplazable pese al cruce de disparates tales como la calificación de la situación política actual como "franquismo con votos" (Arzalluz) o los gritos de "Arzalluz fascista" emitidos en alguna concentración y a los que quizá se uniesen con total cinismo algunos de los padres que han intentado impedir la escolarización de tres niños gitanos en un colegio salesiano en Baracaldo (¿por cierto, sabe algo que han dicho los curas?). Pero en este momento, 8 de mayo de 2000, hay algo que no funciona. ¿Podría haber algo lo suficientemente importante como para escindir en concentraciones separadas a quienes el siete de mayo salían a la calle para expresar su asco por el asesinato de José Luis? ¿Cómo es posible que los partidos políticos, PNV, EA, PSE-PSOE, PP o IU-EB, y colectivos sociales como el Foro de Ermua, Gesto por la Paz o incluso Elkarri no hayan podido hacer un esfuerzo unitario, sin por ello tener que ocultar sus matices políticos?
Me detengo aquí. Confío en que mi querida gente vasca sabrá encontrar el camino para salir de este laberinto. Desde luego, creo que, en las condiciones actuales, no es admisible que PNV y EA mantengan el acuerdo de Lizarra con EH, con ese Otegi que ante el cadáver de José Luis López de Lacalle se pone a hablar del "papel" de los medios de comunicación. Y creo que no lo mantendrán. En cuanto a la izquierda no nacionalista, PSOE e IU-EB, deberían hacer un esfuerzo para impedir que se consolide una línea de ruptura en la sociedad vasca entre nacionalistas y constitucionalistas, pues es su interés que las líneas de demarcación democrática principales sean, en primer lugar, entre la libertad y el terror, y, en segundo lugar, entre izquierda y derecha. Es difícil pensar en una evolución positiva sin contar con el PNV.
El PP ha hecho bandera de la convocatoria de elecciones anticipadas. Yo no creo que esa sea "la solución", como da a entender Aznar. No obstante, es cierto que no es sostenible un gobierno que necesite el apoyo de EH. O hay nuevas alianzas políticas o la necesidad de elecciones anticipadas se impondrá. Yo no creo bueno que se forme un gobierno exclusivamente nacionalista o exclusivamente "constitucionalista", aunque ambos son legítimos, y me gustaría que se creasen condiciones políticas para una reconstrucción del tripartito. Incluso un gobierno de transición con presencia de todos los partidos salvo EH, lo que no me gustaría nada, sería mejor que uno sin el PNV. Pero no es mi propósito dar consejos a los euskal heritarra, a esos ciudadanos vascos que, en su inmensa mayoría, repudian a ETA y rechazan la complicidad política de Euskal Herritarrok con los asesinos.
¿Qué podemos hacer la gente de la izquierda española que ni hemos nacido ni vivimos en Euskadi? A mi se me ocurren tres cosas: a) manifestar, por todos los medios de que dispongamos, nuestro apoyo y solidaridad a quienes en Euskadi son víctimas del terror, apoyar su lucha, movilizarnos con ellos, esforzarnos por convencer a los jóvenes con espíritu libertario de que ETAes una caricatura de Estado-terrorista y nada tiene que ver la rebelión ante los poderosos; b) trabajar para impedir que esa línea de firme repudio a ETA quede marcada por cualquier nacionalismo de otro signo, por ningún signo de antivasquismo, por ninguna claudicación ante quienes son incapaces de reconocer la pluralidad nacional de España o la legitimidad de cualquier proyecto político que respete los derechos humanos y se defienda por vías democráticas; c) combatir las nuevas intolerancias y fascismos que nos rodean, como los surgidos -y aún activos y agresivos- en El Ejido o Baracaldo, pues las xenofobias y "patriotismos" se alimentan mútuamente, aunque pretendan ser de signos opuestos.
Desde luego, no es una receta mágica. En otras condiciones, hablaría de necesarias reformas constitucionales, de otra política penitenciaria, de federalismo y asuntos similares. Pero creo que ya no dispongo de espacio y que había cosas prioritarias. Estos otros temas forman parte de un diálogo democrático ineludible. Pero hoy tocaba hablar, simplemente, de la defensa de libertad. Tocaba hablar del derecho a salir a la calle armado de tu paraguas y tu "peligrosísima" inteligencia, para comprar varios periódicos y el pan.
Cuando este movimiento social nació, en 1992, la reivindicación del diálogo para la paz tenía un carácter innovador, casi revolucionario respecto al modelo dominante. Hoy, la demanda de diálogo, cada vez menos cuestionado como método, tiene una concreción gráfica y clara, con nombres y apellidos: la puesta en marcha de un Foro de partidos.
Por supuesto, el Foro de partidos es sólo una herramienta. Para construir la paz hace falta, además, voluntad y proyectos. Pero también la voluntad y los proyectos necesitan procedimientos democráticos para desarrollarse.
Desde una mentalidad dinámica y progresiva, en rigor, hoy habría que hablar de conversaciones multipartitas que conduzcan al Foro de partidos, para que éste, a su vez, alumbre nuevos acuerdos. Este folleto, en cualquier caso, se centrará en el tramo intermedio, es decir, el Foro de partidos.
Y quiere contribuir a él de dos maneras. Primero, difundiendo socialmente una concreción y visualización de la idea del Foro de partidos. Segundo, ofreciendo la oportunidad de sumarse y apoyar la propuesta para que sea transmitida a los responsables políticos.
Qué es el Foro de partidos
En cualquier proceso de paz, el diálogo ocupa, junto a la no violencia, un papel fundamental. Este principio necesita una concreción aquí y ahora. Según otras experiencias cercanas, el Foro de partidos es el procedimiento más lógico y eficaz para ejercitar el diálogo democrático y sin exclusiones. En la práctica, significa que los representantes políticos acuerdan trabajar juntos para buscar soluciones a los problemas de convivencia no resueltos, a través del contraste de posiciones y de propuestas nuevas que recaben mayor consenso que la situación actual. La imagen más cercana es la de las conversaciones en el Palacio de Stortmont en Belfast que desembocaron en el acuerdo de paz de Viernes Santo.
Objetivos
El primer objetivo del Foro de partidos es facilitar y conducir el proceso de paz, ofreciendo un marco de encuentro y confluencia. Es el taller de reparación de conflictos. Establece los principios y procedimientos del proceso. En nuestro caso, su meta última es concretar un nuevo consenso básico sobre la convivencia en la Comunidad Autónoma Vasca (CAV)y Navarra, que incluya a todos y todos acepten. En definitiva, su misión es promover la normalización política. O lo que es lo mismo, pactar las reglas de juego político y, especialmente, cómo dirimir a futuro los conflictos de manera pacífica y democrática.
Principios
Todo aquello que genera confianza mutua. Especialmente: el compromiso con el proceso democrático y las vías políticas y pacíficas; el respeto a la voluntad popular mayoritaria; y la inexistencia de límites previos. La ausencia permanente de todo tipo de violencia y el empuje social son los principales factores facilitadores.
Procedimiento
Como cualquier grupo de trabajo o comisión parlamentaria. Dentro de cierta flexibilidad, la lógica invita a establecer y recorrer cuatro pasos.
1º paso. Establecimiento del procedimiento de trabajo, la agenda y las normas para la decisión. En otros procesos consume la mayor parte del tiempo. Es de alcance estratégico acordar y compartir el método de trabajo antes de entrar en contenidos.
2º paso. Intercambio y discusión de análisis y propuestas. Aquellas propuestas y matices capaces de recabar el apoyo de todas las posiciones son las que finalmente saldrán adelante.
3º paso. Reflejo de las propuestas de acuerdo en el ordenamiento jurídico e institucional. La concreción en papel de las conclusiones y en formato legal es el test de veracidad y viabilidad de las voluntades de solución.
4º paso. Validación democrática. Mediante la aprobación institucional y, finalmente, mediante la ratificación social en consulta popular.
En nuestro caso, tratándose de un conflicto que afecta a dos comunidades políticas, CAV y Navarra, parece lógico que el Foro de paz cuente con dos mesas: en Vitoria y Pamplona. El lugar físico pueden ser los Parlamentos u otro que todos consideren interesante. También parece conveniente que exista comunicación y coordinación entre los responsables de ambas mesas.
Contenidos
Todos aquellos que los representantes políticos consideren oportunos. A modo de simulación, una propuesta de agenda podría ser la siguiente:
1. Procedimiento de trabajo: normas de funcionamiento y calendario.
2. Balance del régimen autonómico. Potencialidades y déficits.
3. Futuro status jurídico y político de la CAV y de Navarra: propuestas de mejora del marco de convivencia sociopolítica.
3.1. Revisión, concreción y pacto sobre el sujeto y ámbito de decisión: quién decide, sobre qué y cómo.
3.2. Autogobierno y soberanía.
3.3. Relación política entre la CAV, Navarra e Iparralde.
3.4. CAV/Navarra en el marco europeo.
3.5. Previsiones y garantías para dirimir conflictos a futuro.
4. Concreción y reflejo normativo de las propuestas; incorporación al ordenamiento jurídico
5. Reparación de las víctimas de la violencia en el proceso de paz.
6. Los presos y exiliados en un futuro en paz.
7. Itinerario de aprobación institucional y ratificación popular de los acuerdos.
Participantes
Los interlocutores en el Foro de partidos son aquellos representantes políticos que desi