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"Nuca hagas preguntar por quien doblan las campanas;
doblan por ti"...
Con este verso de John Donne comenzaba Ernest Hemingway su libro sobre la Guerra Civil Española. Exactamente treinta años después, en 1967, Alain Resnais en su película "La Guerra ha terminado" - en la que Yves Montand interpretaba a un dirigente comunista español que había dedicado toda su vida a la lucha clandestina -, nos impactó con el drama humano del fin de una época y de todas sus pasiones. Pocos percibimos que en realidad la guerra que se estaba agotando iba mucho más allá de la frontera de los Pirineos y que las campanas estaban comenzando a doblar por muchos de nosotros.
Han pasado 34 años. El mundo cambió radicalmente. La guerra fría y sobre todo uno de sus dos protagonistas la Unión Soviética y el campo socialista europeo, desaparecieron y ha sobrevenido esto. ¿Cómo llamarlo? ¿La paz beligerante?, ¿el nuevo mundo?, ¿el mundo unipolar?, ¿la sociedad de mercado?. Y mientras tanto, como decía Malraux, «Grandes mariposas se posaron sobre los guerreros muertos y los vencedores dormidos». Yo prefiero llamarlos guerreros heridos, gravemente heridos.
Los guerreros heridos
Aquí, geográficamente tan lejos, pero política y emocionalmente todos en la misma barca, hicimos nuestro proceso. Discutimos, criticamos nos auto criticamos, nos fragmentamos y sufrimos. Sobre todo, hemos sufrido. Atrás se quedaron muchos años de sueños, de empeño, de convivencia y de hacer política. Desde aquellas tormentosas jornadas han pasado diez años. Tiempo suficiente para mirar, para analizar para opinar, con más sentido de la historia. Tiempo suficiente para que el "nuevo tiempo refulgente" muestre todo su esplendor. ¿Y?
Es cierto, el muro se cayó como expresión de un fracaso de grandes proporciones. Lo miramos del derecho, del revés, de arriba, de abajo y siempre será bueno seguir mirándolo y aprendiendo. Queda todavía mucho por analizar, no porque tengamos que rendir cuentas ante nuestros adversarios políticos, las explicaciones y las indagaciones son y deben ser ante la gente y ante nosotros mismos para reconstruir con justicia un período importante de la historia de casi un siglo. Sin lavarnos las manos de nada.
El precio que nos reclaman nuestros adversarios para "legitimar" ese proceso es que nos parezcamos cada día un poco más a ellos, que comulguemos con su viejo-nuevo sistema mundial. Es un precio inaceptable. La renovación, la revisión crítica no debe ni puede tener el horizonte de justificar y en definitiva integrarnos alegremente o bajo elegante protesta con este orden y esta forma de organización económica y social.
En nuestro proceso y en nuestra revisión crítica asumimos plenamente que la democracia, es decir la conquista que durante milenios han construido los seres humanos, es la mejor forma de convivencia y de organización de la polis. Y asumimos nuestros gruesos errores. Y este elemento requiere una constante actualización. Pero ¡basta! La democracia no es hija, ni siquiera nieta de nuestros adversarios, y mucho menos su esposa dilecta a la que nunca mancillaron y de la que siempre fueron devotos y fieles. ¿O hace falta que recordemos la historia más reciente?. Aquí, en Uruguay.
La democracia no es un peaje que debemos pagar para entrar en sociedad, es una bandera fundamental de cualquier causa de progreso en esa inconclusa ruta de la modernidad. Por ello es parte esencial de cualquier proyecto de renovación. La democracia, no como un icono para todo uso, es una construcción dinámica y compleja que es puesta a prueba todos los días en su ejercicio y en su filosofía.
Y si efectivamente en este tránsito de diez años hemos logrado la serenidad del espíritu y el profundo sentido laico para mirar a la historia, convendría comenzar a formularnos nuevas preguntas, que tenemos enterradas o postergadas. Eligiendo muy bien las preguntas, para que el malón no nos sumerja en la impotencia. Y eso es lo más difícil: elegir bien y de frente las preguntas, para que no suenen a auto justificación.
No todos tenemos las mismas preguntas, ni las mismas responsabilidades, pero debemos ensayar al menos encontrar preguntas que más allá de las visiones personales, contribuyan no sólo a animar el debate y la reflexión, sino -lo que hoy creo que es más importante- a responder a una pregunta básica y primaria: ¿la guerra, realmente ha terminado?
¿ Nos sentimos mínimamente representados, en esta "paz" tan ajena?. En la situación política, en sus niveles de creatividad, de iniciativa, de capacidad de respuesta, ¿no hay ninguna responsabilidad nuestra, de los que nos replegamos a lamernos las muchas heridas?
¿ No habremos construido una coraza de escepticismo, de desánimo, de hastío cada vez más impenetrable, que nos ahoga y nos hace mal, mucho mal? ¿No habrá llegado la hora de ser también implacables con nosotros mismos y con el proceso de la renovación, con el rigor que hoy reclama un mundo que nos satisface cada día menos y con un país cuya situación nos angustia?
Un médico le responde a Sancho Panza citando a "Hipócrates, maestro, norte y luz de la Medicina, que en un aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdicis autem pessima. Quiere decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima." Y el hartazgo de escepticismo es como el de las perdices, emplumado.
Volver atrás es imposible, y a esta altura nadie podría hacerlo, no hacen falta frases solemnes para explicarlo. Allí esta el duro y difícil tránsito que cada uno de nosotros ha vivido. Lo que es cada día más difícil de tragar es lo que nos rodea. Tragarlo sin hacer nada. Encontrarnos con nosotros mismos cada mañana frente a un espejo y no preguntarnos ¿qué debemos hacer?. No, ¿qué podemos hacer?, porque esta es una pregunta falsa, tramposa. Siempre que quisimos pudimos, y en ello estaba nuestra fuerza, en la voluntad. Es posible que suene hoy todavía más voluntarista que antes, y que debamos recargar la dosis del pesimismo de la inteligencia, pero todo depende de la plataforma donde situamos las nuevas preguntas y el horizonte de nuestros proyectos.
Ya no tenemos una explicación para todo, ya no tenemos un destino inexorable, no respiramos infalibilidades históricas y determinismos. No los necesitamos A menos que estemos dispuestos a aceptar que sólo podemos movernos si recuperamos algún nuevo texto que nos guíe hacia la infalibilidad... Pero los problemas siguen estando allí, tan graves, tan terribles e insultantes para la más elemental sensibilidad. Igual o peor que antes. Y son también nuestros problemas, nuestros dramas, nuestras vidas, nuestra gente.
Y, ¿a quiénes estamos hablando? A esa enorme diáspora que a lo largo del planeta se alimentó de la explosión de un amplio espectro de fuerzas de izquierda, progresistas. No se salvó nadie, incluso los que alguna vez creyeron que podían comprimir el debate y refugiarse en las certezas y que el asunto no era con ellos. Los números no importan, no es un problema de estadísticas, sino de sensibilidades.
Por eso, no voy a recurrir a esa interminable serie de cifras atroces sobre cuántos cientos de millones de seres humanos viven con un dólar diario, y mientras hablamos de la sociedad de la información y el conocimiento ellos se han quedado anclados en los siglos de la oscuridad. No son necesarias muchas cifras y ejemplos lejanos, porque aquí también tenemos nuestra porción de infierno.
No funciona; algo de fondo y muy profundo, no funciona. El premio Nobel de Economía Amartya Sen en un artículo dice: " Según las estimaciones de la ONU, en el mundo hay alrededor de 826 millones de personas que padecen hambre, de las cuales alrededor de 700 millones son habitantes del Tercer Mundo, y más de la mitad del total son mujeres y niños. Esta circunstancia no es el resultado de una supuesta escasez de alimentos (cuya disponibilidad es proporcionalmente mayor que la que había en 1970), sino de su inadecuada distribución a nivel mundial". Y estamos hablando de lo básico, de lo más elemental: de comer.
Somos cada día más ricos, producimos más, crecemos, y en el mundo y dentro de nuestras sociedades hay cada día más pobres y marginados. ¿Es el resultado de un modelo, o de todo un sistema? ¿ O el destino fatal de los seres humanos es la injusticia?
La reflexión crítica que nos impusimos hace una década para cuestionar una infalibilidad, una verdad suprema, ¿ no habrá aceptado en buena medida "otras" verdades, sin someterlas con el mismo rigor al escalpelo implacable de la crítica?
¿ No estaremos aceptando que el sistema actual es inexorable, como el ciclo astral, y sometiendo nuestras alternativas a los límites de una sociedad que está fracasando económica, social y sobre todo moralmente?
¿No habremos concentrado toda nuestra artillería intelectual en destruir viejos mitos que nos aprisionaron y ahora nos cuesta construir un pensamiento verdaderamente crítico, porque implica cuestionar el sistema, sus leyes, sus prioridades, sus derroteros y chocar con el poder?
"Rechazar la desilusión no quiere decir negar la amargura de la historia. No se trata de pretender que Auschwitz nunca pasó. No es cuestión de olvidar todas las tragedias precipitadas en el nombre de la lucha por el comunismo." Dice Holloway en ese magnifico manifiesto contra la desilusión que publicó Bitácora.
Frente a "la amargura de la historia y el miedo al ridículo" como las define Holloway admitamos que el péndulo, - una década atrás - levantó vuelo en la necesaria recuperación de la crítica, pero que no supo encontrar el punto de equilibrio en el aporte de nuevas ideas, nuevos proyectos y programas para renovar el mundo. Que en definitiva, de eso se trata.
Los vencedores dormidos
Es bueno echar una mirada en el campo de los vencedores. Ellos también han sufrido el impacto del "fin" de la guerra. Se han dormido en los laureles. Se están dejando arrastrar por la fuerza de la corriente, la potencia de los hechos y sus tendencias y a duras penas las transforman en ideas y más que en un cuerpo acabado y coherente de ideas, todo su esfuerzo se concentra en fragmentar y limitar el discurso.
Según esta visión dominante el mundo es tan, pero tan complejo, que lo único que admite es una análisis fragmentario y nunca una visión crítica de las tendencias globales, y de las propias contradicciones del sistema. La complejidad se ha transformado en una gran coartada para la siesta - que se pretende eterna - del cuestionamiento del sistema. El intento de imponer un pensamiento único es más por omisión que por acción.
No se trata de una conspiración, o de una planificada ofensiva de los centros de poder, sino del impulso natural que la propia pobreza del debate y los hechos económicos y políticos determinan e impulsan. En el sopor de la victoria se confía en la fuerza infalible del mercado. También para producir ideas o vacíos.
Sin contradicción, sin multiplicidad de enfoques que sean capaces de cuestionar a fondo las raíces mismas del sistema, de los modelos, de la cultura y las ideas que soportan el entero andamiaje, todo se estanca. Los vencedores mismos están estancados.
La siesta en el terreno de los vencedores es también la base de alguno de los más estridentes fenómenos de los últimos años: por ejemplo la explosión de la corrupción a los más altos niveles y en las más distantes latitudes, que ha contribuido a este enorme desprestigio de la política. En sólo diez años y considerando el reciente procesamiento de Saul Menem ha sido enjuiciados mas de 20 primeros mandatarios en todos los continentes. América Latina tiene una nutrida legión.
Esta eclosión tiene dos explicaciones principales: antes, durante la guerra la corrupción existía pero no se divulgaba por temor a favorecer el enemigo (en eso sin duda hemos mejorado) y la segunda explicación es que ahora, liberados del peligro y la tensión de la gran disputa histórica se han bajado todas las barreras morales en un mundo donde todo debe ser "ahora y mucho". Hay de las dos cosas.
La creciente oposición social y política dispersa - pero muy fuerte - a los actuales procesos económicos - nos referimos a los movimientos que se asocian hoy a los encuentros políticos y económicos globales, (Seattle, Praga, Québec, ahora Génova) - comienza a tener con el Foro Social Mundial de Porto Alegre la necesidad de construir ideas, proyectos, realmente alternativos. Y por ello también los ideólogos del sistema comienzan a desperezarse y se reactiva un debate que es de fundamental importancia.
Nadie pretende reconstruir un debate bi-polar, las vertientes son y deben ser múltiples, no hay uniformidades y es anti-histórico pretender reconstruirlas. Pero todos necesitamos crear una discusión que coloque los grandes temas del futuro de nuestras sociedades bajo la crítica más dura y exigente. Y no sólo de la crítica, sino de la formulación de hipótesis y propuestas diferentes. Proyectos que no se auto impongan los límites del pensamiento dominante y único, porque son precisamente los límites los que en cualquier ciencia encubren el error. Las ciencias sociales deben recuperar la rebeldía, la irreverencia, la capacidad de proponernos alternativas.
El intento de elevar la economía a ciencia suprema e infalible - sobre todo cuando se adapta perfectamente a los moldes y límites del sistema -, es la manifestación más clara del intento de fraccionar el discurso y el análisis y de comprimirlo, de quitarle libertad y capacidad de contradicción.
El "sueño" del sistema no puede verse perturbado solamente por las alarmas morales y humanistas de la iglesia y de sectores de la cultura. Para tensarse y producir necesitan de la contradicción política, del choque a fondo de las ideas. Los momentos de parálisis y los pantanos de la autocomplacencia han sido siempre momentos de estancamiento y de pobreza en los impulsos vitales. La historia está plagada de ejemplos.
No podemos aceptar refugiarnos en el fatalismo tecnológico, en el "sueño" de que las nuevas tecnologías son las que construyen y construirán nuestra historia. "Lo que conduce y arrastra el mundo no son las máquinas sino las ideas" decía Víctor Hugo y nunca como ahora es tan bueno recordarlo. Que nadie se haga ilusiones, el destino de todos en este planeta es indivisible.(*)
Y este mundo, incluso el de los "vencedores dormidos", necesita de ideas que lo sacudan, que lo cuestionen. No sólo de los que se conforman con adornar sus tragedias y sus injusticias, sino de los que levantando bien alto las banderas de la democracia, de la alternancia y la confrontación más libre y ciudadana les disputen la hegemonía política y también cultural.
Hacer política sigue y seguirá siendo como decía Max Weber "un arduo limar de duras maderas". De la dureza de las maderas depende el temple de las herramientas.
(*)
Nadie es una isla, completo en si mismo; cada hombre es un pedazo del
continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de
tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la
casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre
me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca
hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.
(Fragmento del poema de John Donne)
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