Françoise Bianchi
Edgar Morin: entre Montaigne y Spinoza
Texto aparecido inicialmente en French Cultural Studies, Edgar
Morin, University of Southampton, 1998, pp. 387-396. Traducido y publicado
en Iniciativa Socialista
nº 76, verano 2005, con autorización de la autora. Françoise
Bianchi es profesora de la Universidad de Pau y autora de Le fil des
idées [Seuil, 2001], biografía intelectual de Edgar Morin.
La idea de relacionar el pensamiento de un escritor del siglo XX con el de
sus ilustres predecesores de los siglos XVI y XVII podría sorprender
a primera vista. A priori, todo separa las obras de Montaigne y Spinoza de
la de Edgar Morin. Son obras surgidas en épocas demasiado diferentes
como para que pueda esperarse que su confrontación sea fecunda. En
realidad, no podría hablarse de “filiación”· entre ellas.
Por lo demás, ¿qué pueden tener que ver una obra literaria,
una obra filosófica y la obra de un sociólogo?
Pero aquí no se trata de eso, sino, más bien, de aproximar
los proyectos de escritura y de señalar sus preocupaciones comunes,
aquellas que orientan la interrogación, más allá de
los cambios de episteme, usando la terminología de Michel Foucault
[1966, 1968], más allá, ante todo, de las habituales clasificaciones
establecidas por la la historia de la literatura y de la filosofía.
De Montaigne
Aunque resulte extraño comenzar por esto, quiero señalar que
Edgar Morin es marrano, como Montaigne. Claro es que, por razones históricas
bien conocidas, estaba presente una memoria familiar y comunitaria que en
el siglo XVI no era invocada, salvo quizá en alguna alusión
amistosa y codificada como la que Edgar Morin [entrevista personal, 12/6/1996]
cree presente en la carta de Montaige a su padre en la que relata las palabras
de La Boêtie en su lecho de muerte dirigiéndose al sacerdote
que acaba de decir misa: “quiero todavía decir estas palabras en
vuestra presencia: Yo protesto que como fui bautizado y viví, así
quiero morir bajo la fe y religión que Moisés implantó
primeramente en Egipto, que los santos padres recibieron luego en Judea,
y que de mano en mano, por el transcurso de los tiempos, fue traída
a Francia” [Montaigne, 1962].
Sea cual sea el alcance exacto de estas palabras, Montaigne, el gascón,
era también un espíritu universal, al que su curiosidad hizo
abrirse a otras culturas, y que, diga lo que diga Barrès, no temía
establecer contacto con lo que había más allá de las
fronteras de su terruño [Montaigne 2003, I-31, III-6, III-9].
Edgar Morin, por su parte, reinvindica este estatuto de marrano: “Me
he aproximado a mí mismo y me he reencontrado un tanto apátrida,
a la vez desarraigado y con múltiples raíces, ni (semi)judío
ni (semi)gentil: marrano” [Morin 1969a, pp. 352-373].
Morin considera que la acción de estas raíces es lo que alimenta
la curiosidad intelectual y la fuerza de pensar lo universal más allá
de todos los arraigos posibles: “Me siento más mediterráneo
que nunca, siento mis savias española e italiana. Siento que mi patria
poética y filosófica es Alemania, y Rusia mi patria literaria.
Soy el Rómulo que mama con voluptuosidad la leche de todas estas lobas.
Y todo esto nace de mi marranismo a la vez que realiza ese marranismo, es
decir, esa identidad judía a la que se ha extirpado el núcleo,
en cuyo lugar quiero colocar a anthropos, al ser humano” [Morin, 1969a,
p. 17].
Lo esencial, pues, es mantener con firmeza el equilibrio en la formulación
de la interrogación que va desde lo individual hasta lo universal,
entre el diario y el ensayo.
Es bien conocida la célebre frase que Montaigne: “Así, lector,
yo mismo soy la materia de mi libro” [Montaigne 2003, p. 47].
Esta obra, a través de la que se puede seguir “la progresión
de una experiencia de sí mismo” [Jeanson 1951, p. 17], permite
también profundizar en la relación de Montaigne con su libro,
es decir, en la “concepción que él mismo rehace de su propia
tarea de escribir” [ibid], lo que requiere situar correctamente un pasaje
con respecto al periodo en que fue redactado. Como es sabido, de una edición
a otra de los Ensayos Montaigne era mucho más dado a añadir
que a tachar.
En la obra de Edgar Morin, los prefacios juegan ese papel. Así, L’Homme
et la mort [Morin 1976], publicado por primera vez en 1951, lleva en
la edición de Points-Seuil aparecida en 1976 dos prefacios, uno de
1970 y otro de 1976, que permiten al autor, a la luz de sus obras posteriores,
criticar su propia obra, señalar sus límites y avances, situarla
en el trayecto recorrido. Autocritique, escrita en 1958, lleva en
la edición Seuil-Politique de 1975 un prefacio de 1974 que, a su vez,
va acompañado de una nota explicativa del autor: “En verdad,
ya lo había previsto: ‘retratos de época’. Pero por esto mismo
no puedo expresar aquí, como habría hecho si hubiese escrito
este rertato hoy, mis sentimientos de estima, admiración o amistad
para el comportamiento posterior de algunos de aquellos de los que he expuesto
aquí sus momentos sombríos” [Morin 1975].
Con unos u otros ejemplos, sería fácil demostrar que estos
prefacios responden a la necesidad de orientar un pensamiento vivo, en movimiento,
que no se deja aprisionar en la red de la Historia, sino que es parte integrante
de ella; un pensamiento que sea también la historia de este pensamiento.
¿Y qué mejor forma de llevar esto a cabo que la de hablar de
sí mismo?
Si la obra de Montaigne se apoya sobre la experiencia de sí mismo
-”todo este batiburrillo que aquí garabateo no es sino un registro
de los hechos de mi vida” [Montaigne 2003, p. 1024]- es porque “cada
hombre encierra la forma entera de la condición humana” [Montaigne
2003, p. 787]. Así, la escritura sobre sí mismo llega a ser
también experiencia de sí mismo, en un proyecto que trasciende
el lirismo de la confidencia en beneficio de un analista que busca una sabiduría
que puede ser captada en esta pregunta: ¿cómo vivir?
En ocasiones se ignora el lugar que el diario ocupa en la obra de Edgar Morin,
del que con frecuencia se toma sólo en cuenta su obra sociológica,
antropológica y epistemológica. Sin embargo, el diario se adapta
a funciones diversas: diario autobiográfico desde una edad muy temprana
(inédito); herramienta de investigación del sociólogo,
que acompaña tanto al trabajo de campo como a la propia redacción
de la obra, tal como muestra el vínculo entre Journal de Plozévet
[Morin 2001] y La Métamorphose de Plozevet [Morin 1967]; diarios
de investigación de los que algunos fragmentos son publicados a continuación
del estudio La Rumeur d’Orléans [Morin 1969b]; Le Vif du
sujet [Morin 1969a], mezcla de diario y ensayo y que fue la matriz de
la obra magna de Morin, La Méthode [NT: cuyo sexto y último
volumen, Éthique, apareció en noviembre 2004, editado
por Seuil]; Journal de California [Morin 1970], verdadero reportaje
sociológico, “en caliente”, sobre el fenómeno hippy y el movimiento
ecologista; Journal d’un livre [Morin 1981a], que prepara el material
descriptivo utilizado en Pour sortir du XXe. siècle [Morin
1981b], a la vez que pone en escena el mundo de los intelectuales parisinos;
finalmente, la autobiografía intelectual Mes démons
[Morin 1994], que, sin ser un diario, constituye la mirada del autor sobre
su obra y sobre su construcción. Por otra parte, en Morin es muy estrecho
el margen entre el diario y el ensayo, aunque no siempre se produzca una
hibridación entre ambos géneros.
No obstante, esta obra, como la de Montaigne, no se reduce únicamente
a un “conócete a ti mismo”, sino que se pregunta también sobre
la acción, sin llegar a la confrontación de las opciones políticas,
lo que no tendría ningún sentido. Para Morin, “¿Qué
hacer?” no es solamente el gran interrogante marxista, dependiente del breviario
ideológico, sino la pregunta antropológica por excelencia,
ya que, al finalizar la reflexión sobre Le Paradigme perdu: la
nature humaine [Morin 1973], si el proyecto teórico integra la
“lógica de lo vivo” es para construir mejor “una política del
ser humano”. Hace falta releer el pequeño libro Introduction à
une politique de l’homme para comprender que si el alcance de esta investigación
es universal eso se debe a que “toda pregunta se hace política.
Las preguntas más fundamentales de la filosofía y los grandes
dilemas morales han entrado en la política” [Morin 1965, p. 10].
Así pues, el camino que partió de las euforias ideológicas
y de la creencia en los porvenires radiantes que cantan la Revolución
desembocó en la exigencia ética, que integra necesariamente
una componente escéptica.
“¿Civilizar la Tierra? ¿Pasar de la especie humana a la
humanidad? ¿Pero qué podemos esperar del homo sapiens demens?
(...) Pues hoy, ¡cuántas obcecaciones entre los tradicionalistas,
los modernos, los post-modernos! ¡Qué parcelación del
pensamiento! ¡Qué desconocimiento del complejo planetario! ¡Qué
generalizada inconsciencia de los problemas claves! ¡Cuánta
barbarie en las relaciones humanas! ¡Cuántas incompresiones!
(...) La tarea es inmensa y llena de incertidumbre. No podemos sustraernos
ni a la esperanza ni a la desesperanza. Tanto la misión como la dimisión
son imposibles. Tenemos que armarnos con una ardiente paciencia. Sumarnos
a las vísperas de una lucha que no es la lucha final, sino la lucha
inicial” [Morin-Kern, p. 214, 215, 217].
En verdad se podrían encontrar otros puntos comunes entre ambas obras,
como el gusto por la vida, el homenaje al padre, la elección de una
tolerancia que no excluye la convicción, la pasión de las contradicciones.
Pero podríamos atenernos a la simple fórmula de Montaigne:
“actuar bien y debidamente como hombre” [Montaige 2003, p. 1052].
Eso no es fácil y, en este fin del siglo XX, necesita una reforma
del pensamiento que no puede hacerse por decreto” [Morin 1991, p. 231 à
238].
Deus sive Natura
Sobre Spinoza, Deleuze escribió: “La filosofía teórica
de Spinoza es una de las tentativas más radicales para constituir
una ontología pura: una sola sustancia absolutamente infinita, con
todos los atributos. Los seres sólo serían maneras de ser de
esa sustancia. ¿Pero por qué tal ontología recibe la
denominación de Ética? ¿Qué relación hay
entre la gran proposición especulativa y las proposiciones prácticas
que han hecho del espinozismo escándalo? La ética es una ciencia
práctica de las maneras de ser. Es una etología, no una moral”
[Deleuze 1981].
De ahí saca la conclusión de que la reflexión de Spinoza
concierne de forma inmediata tanto a lo no-filosófico como filosófico.
Al comienzo del libro citado (p. 7) coloca como exergo un diálogo
de Bernard Malamud: “Dime que es lo que te conduce a leer a Spinoza. El
hecho de que era judío (...) ¿Querríais explicarme el
significado que para ti tiene la obra de Spinoza? En otros términos:
si es una filosofía, ¿en qué consiste?” “No es
fácil de decir. Según el tema tratado en los diversos capítulos
y aunque todo se desarrolla subterráneamente, el libro significa distintas
cosas, Pero creo que, ante todo, significa que Spinoza quería hacer
de sí mismo un hombre libre, tan libre como fuese posible a la vista
de su filosofía. Si entiende lo que quiero decir, yendo hasta el final
de sus pensamientos y vinculando todos los elementos entre sí, si
es que usted quiere excusar todo este galimatías” [Malamud 1967].
Joseph Moreau, en otros términos, analiza el proyecto espinoziano
como la búnqueda de un método para alcanzar el conocimiento:
“No puede quedarse rezagado en una moral provisional; no pide que, de
entrada, que la filosofía dé los principios de una física,
de los que se deducirían una mecánica, una medicinina y, finalmente,
una moral. Busca, ante todo, la significación y el objetivo de la
existencia, y para eso precisa conocer la unión que el alma y toda
la naturaleza mantienen” [Moreau 1971, p. 26].
Durante el gran momento crucial de 1968, mientras tenía lugar lo que
se denominaría “la revolución biológica”, Edgar Morin
fue invitado por el Salk Institute for Biological Studies, en San Diego,
California. Fue entonces cuando llego a formularse las grandes preguntas
que la ciencia hace emerger: ¿qué es la vida? ¿qué
es el ser humano? ¿qué es la sociedad? Durante el curso 1969-1970
se fraguó el coloquio “La unidad del ser humano: invariantes biológicos
y universales culturales”, organizado por el Centro Internacional de Estudios
Bioantropológicos y de Antropología (CIEBAF), que luego se
transformaría en el Centro Royaumont para una ciencia del ser humano.
El coloquio tuvo lugar en septiembre de1972, en Royaumont, de lo que dan
testimonio las actas en tres volumenes (Le Primate et l’homme; Le Cerveau
humain; Pour une anthropologie fondamentale) publicadas por Points-Seuil.
En la presentación general del tercer tomo, Edgar Morin, siguiendo
a Henri Atlan, recuerda que “todo ser vivo (...), incluyendo al ser humano,
debe ser visto como un sistema termodinámica y informacionalmente
abierto; esto, no puede concebírsele fuera de una relación
fundamental con un ecosistema (medioambiental) y con un metasistema (conjunto
organizacional de la vida y la physys)” [Morin-Piatelli 1974, p. 15].
Más adelante, dentro del mismo volumen, en su comunicación
“Le complexe d’Adam et Adam complexe” [Ibid., pp. 271-284], hace ver que,
más allá del biologismo y del antropologismo cerrados y dogmáticos,
es posible, gracias a la aportaciones de la revolución biológica,
elucidar los problemas de la autoorganización de las sustancias núceloproteinadas
y los de los seres humanos y sus sociedades.
En efecto, “la biología molecular, reduciendo los elementos fundamentales
de la vida a procesos físico-químicos, ha hecho de la noción
de organización la noción base de los mecanismos fundamentales
de la vida, sustituyendo tanto a la noción ontológica de vida
como a la noción empírica de organismo” [Ibid., p. 272],
de manera que permite articular de una manera diferente lo natural y lo cultural,
antaño separados, al mismo tiempo que se articulan también,
gracias a la etología, las nociones de humanidad y de animalidad anteriormente
antagonistas. En resumen, es preciso concebir la relación naturaleza-cultura
como dialéctica, o, como más tarde dirá Edgar Morin,
dialógica. Al finalizar el coloquio, planteó las bases de su
futuro programa de investigación: “Falta una verdadera teoría
del fenómeno auto-organizador” [Ibid., p. 283].
Ni la teoría de sistemas, ni la cibernética ni las teorías
de la información bastan en estas condiciones para modelizar el fenómeno
humano, pues para su necesaria articulación falta una “lógica
de la complejidad (...) capaz de comprender el papel del desorden, del ‘ruido’,
del antagonismo propio de la concurrencia entre fenomenos auto-organizacionales
(...), una lógica que, al mismo tiempo, esté abierta a la indeterminación
relativa y a una teoría de los posibles” [Ibid., p. 284]. Ese
es el camino que trazaron Le Paradigme perdu: la nature humaine (1973),
los cuatro primeros tomos de La Méthode, esto es, La Nature
de la nature (1977), La Vie de la vie (1980), Le Connaissance
de la connaissance (1986) y, también, el cuarto volumen Les
Idées : leur habitat, leur vie, leurs moeurs, leur organisation
(1991], pues nos falta igualmente “una teoría de los fenómenos
noológicos” [Ibid., p. 278].
Sin embargo, para que estas articulaciones teóricas sean posibles,
para que encuentren su objeto -ya que “en la historia de las ciencias
el objeto precede a veces a la teoría, pero en otras ocasiones es
la teoría la que precede al objeto” [Ibid, p. 279]-, hay que salir
del paradigma cartesiano.
George Friedmann, en su estudio Leibniz et Spinoza, hace ver que “Spinoza
(...) con un rigor incomparable e inigualado, se esforzó en ‘descentrar’
la reflexión filosófica con respecto al ser humano, para pensar
directamente la Naturaleza infinita, saturante y saturada, en la que aquel
está sumergido, para sólo después pasar al ser humano
en el universo (no al universo a través del ser humano), intentando
con todo cuidado evitar, en la medida de lo posible, toda concesión
a lo está hecho para servir, ayudar, reconfortar, consolar o estimular
al individuo o al grupo. En Spinoza no hay ni rastro de escatología,
ya sea religiosa, como en el catolicismo, ni social, como en cierto ‘marxismo’.
Ninguna tierra prometida, ninguna promesa de paraíso. No por ello
ignora Spinoza a las sociedades y a los seres humanos tales y como son. Spinoza
medita sobre la realidad común (...) Fiel a la divisa que ha escrito
sobre su sello, caute, es prudente y, cuando es preciso, sabe adaptar su
lenguaje. pero su política y su estrategia de las pasiones se mantienen
constantemente integradas en el conjunto de su concepción de la Naturaleza”
[Friedmann 1962, p. 33-34].
Así, Joseph Moreau analiza que “mientras que, para Descartes, la
extensión y el pensamiento eran los atributos respectivos de dos tipos
de sustancias, las sustancias pensantes o espíritus y las sustancias
extensas o cuerpos, Spinoza mira la extensión y el pensamiento como
dos atributos de la sustancia única” [Moreau 1971, p. 30].
Por otra parte, mientras que Descartes, obsesionado por el escepticismo,
creía trinfuar sobre él por medio de la duda hiperbólica,
Spinoza no hace del cogito el punto de partida obligado del conocimiento,
sino que, por el contrario, para él “una cosa sólo puede
ser realmente conocida si la inteligencia apercibe cómo tal cosa encuentra
su lugar necesario en la totalidad de las cosas. Ninguna cosa singular puede
ser realmente conocida salvo en su vinculación con el Todo: en tanto
que el pensamiento no ha sido unificado, en tanto que las verdades necesarias
sólo se encadenan en series parciales y disjuntas, el conocimiento
sigue siendo abstracto y superficial, moviéndose en la superficie
de las cosas” [Moreau1971, p. 28]. De donde se concluye la necesidad
de alcanzar “el conocimiento de un Ser que sea el principio y la causa
de todos los seres”.
El pensamiento complejo
Esta separación de los saberes, está compartimentación
de las disciplinas y de los discursos, que comienza con Descartes y alcanza
su apogeo en el positivismo de Auguste Comte, constituye para Edgar Morin
una verdadera escuela del “luto del conocimiento” que la institución
pretende inculcar al investigador desde el umbral de sus estudios: “A
todo neófito que se incorpora a la investigación le imponen
la renuncia al conocimiento. Se le convence de que la época de Pico
de la Mirandola ha pasado hace ya tres siglos, que desde entonces es imposible
hacerse una visión del ser humano y del mundo” [Morin 1977, p.
12]. “Convertido a partir de ese momento en especialista, se ofrece al
investigador la posesión exclusiva de un fragmento del puzzle cuya
visión global debe escapar tanto a todos como a cada uno. Hele ahí
convertido en un verdadero investigador científico, que actúa
en función de esta idea motriz: el saber no se produce para ser articulado
y pensado, sino para ser capitalizado y utilizado de manera anónima.
Las cuestiones fundamentales son relegadas como generales, es decir, como
vagas, abstractas, no operacionales. Las preguntas originales que la ciencia
arrebató a la religión y a la fisolofía para hacerlas
suysa, las preguntas que justifican su ambición de ciencia -¿qué
es el ser humano?, ¿qué es el mundo?, ¿qué es
el ser humano en el mundo?- hoy en día pasan a ser rentregadas
a la filosofía, que a los ojos de la ciencia es incompetente por su
elitismo especulativo, o a la religión, a la que considera ilusoria
por su inveterada mitomanía. Abandona toda pregunta fundamental en
manos de los no-científicos, descalificados a priori” [Ibid, p.
13].
Evidentemente, este método que “aisla, separa, desune, reduce a
unidad y medida”, ha permitido los éxitos de la ciencia durante
los últimos siglos. Pero ya no puede evitarse el planteamiento de
la siguiente pregunta: “¿Es necesario que el conocimiento se disloque
en mil saberes que se ignoran mutuamente?” [Ibid., p. 13].
Esta pregunta estructura la investigación desarrollada en El Método:
“Este libro parte de la crisis de nuestro siglo y vuelve sobre ella. La
radicalidad de la crisis de la sociedad, la radicalidad de la crisis de la
humanidad me han impulsado a buscar en el nivel radical de la teoría.
Sé que la humanidad tiene necesidad de una política, que está
política necesita una antroposociología, que ésta necesita
articularse con la ciencia de la naturaleza y que esta articulación
requiere una reorganización en cadena del saber” [Ibid, p. 23].
Así queda planteada de entrada la necesidad de la transdisciplinidad,
no como una nueva mística, sino como camino para la construcción
del sentido. Por otra parte, en Science avec conscience, en el capítulo
“la antigua y la nueva transdisciplinidad”, Edgar Morin hace ver que “la
historia de la ciencia está atravesada por las grandes unificaciones
transdisciplinares que jalonan los nombres de Newton, Maxwell o Einstein,
por la influencia de las filosofías subyacentes (empirismo, positivismo,
pragmatismo) o por imperialismos teóricos (marxismo, freudismo)”
[Morin 1982, p.270]. Resulta pues chocante que hoy los principios transcisdiplinarios
fundamentales de la ciencia, como la matematización o la formalización,
contributan precisamente al desarrollo de la compartimentación disciplinaria.
Pero no se trata sólo de esto: “La ciencia no se limita a crecer,
también se transforma” [Ibid., p. 272]. Los trabajos de Thomas
Khun [Kuhn 1962] nos han hecho ver que la ciencia evoluciona por transformación
de los principios que organizan el conocimiento. Ahora conviene transformar
estos principios, procedentes de la era clásica, formulados por Descartes
y que se sustentan, principalmente, sobre la separación del sujeto
y del objeto, sin tomar en cuenta su vínculo: “En oposición
al paradigma de reducción / separación / implicación,
necesitamos un paradigma de complejidad que, a la vez, separe y asocie, que
conciba los niveles de emergencia de la realidad sin reducirles a las unidades
elementales y a las leyes generales” [Morin 1982, p. 273].
La paradigmatología, último aspecto de esta investigación,
constituye el núcleo de una nueva ciencia del ser humano, aún
por elaborar. “No podemos prescindir de una concepción del mundo
y del ser humano, es decir, de una filosofía” [Morin 1991, p.
248f/255c], escribe Morin al final del cuarto tomo de El Método.
Las propias ciencias actuales, las ciencias “duras” como la mecánica
cuántica, la termodinámica lejos del equilibrio y la biología,
principalmente, han llevado a cabo las transformaciones de los principios
que proporcionan sus modelizaciones. Una ciencia del ser humano no puede
ser construida sobre la ocultación de las relaciones que la humanidad
mantiene con la noosesfera, el ámbito de las ideas. Los problemas
cognitivos que en ellas se manifiestan no conciernen exclusivamente a las
ciencias. del lenguaje, sino a todos los dominios del conocimiento interrelacionados
por medio de los principios que les organizan. En eso residen las preocupaciones
del investigador y del escritor, del analista de las relaciones entre ciencia,
ética, sociedad, y también las de “aquel que dice yo”, pues
el paradigma selecciona las categorías que controlan la inteligibilidad,
determina las operaciones lógicas, “instituye las relaciones primordiales
que constituyen los axiomas, determinan los conceptos, rigen los discursos
y/o las teorías” [Ibid., p. 215f/220c]. “En el nivel paradigmático,
el espíritu del sujeto no tiene ninguna soberanía, del mismo
modo que la teoría no tiene ninguna autonomía. En este , el
ello piensa y el se piensa en el yo pienso” [Ibid., p. 215f/220c]. “El
paradigma es inconsciente, pero irriga el pensamiento consciente, lo controla
y, en ese sentido, también es supraconsciente” [Ibid, p. 215f/221c].
“Un gran paradigma determina, a través de teorias e ideologías,
una mentalidad, un paisaje mental, una visión del mundo” [Ibid,
p. 218f/224c”].
En definitiva, la paradigmatología afecta directamente a la cultura
y a su inscripción en lo social.
La obra de Edgar Morin, nacida de la resistencia al nazismo y al estalinismo,
enraizada en la experiencia antropológica de la muerte (L’Homme et
la mort), reencuentra las formas del imaginario contemporáneo alimentado
por los media (Les Stars, le Cinéma et l’homme imaginaire), las consecuencias
de la modernidad (L’Esprit du temps), pero también los avatares de
los mitos colectivos (La Rumeur d’Orléans), de las ideologías
(Autocritique, De la nature de l’URSS) y de los prodigiosos avances de la
ciencia.
Esta obra es un recorrido en este imaginario, a fin de constituir una antropología
fundamental capaz de integrar el sujeto [Morin 1980], sin mutilarlo de sus
dimensiones biológica, sociológica, noológica. Obra
inclasificable, obra de un escritor que perpetúa la tradición
humanista y filosófica intentando así revivificarla.
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