Beatriz Gimeno
El III Congreso de la FELGT
Intervención de Beatriz Gimeno el 20 de mayo de 2005 en la inauguración
del III Congreso de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales
y Bisexuales (FELGT), de
la que Beatriz es presidenta, habiendo sido relegida en este III Congreso.
Publicado en Iniciativa Socialista
número 75, verano 2005
Queridos compañeros y compañeras de los grupos y asociaciones
que componen la Federación, amigos y amigas que habéis venido
a compartir con nosotros este día.
Un congreso marca siempre una nueva etapa pero pocas veces la celebración
de un Congreso ha marcado tan claramente como en esta ocasión la apertura
de un tiempo nuevo. Celebramos este congreso en un momento en el que
estamos a punto de conseguir algo que ha sido nuestra principal reivindicación
política durante muchos años, un objetivo claro y concreto:
la consecución de la igualdad legal, herramienta imprescindible para
enfrentarnos a la homofobia cultural, nuestro próximo reto. Siempre
he dicho que pocas organizaciones tienen la suerte de vivir este momento,
el momento del cumplimiento de un sueño históricamente aplazado.
Nosotros estamos a punto de hacerlo.
Sólo han pasado dos años desde nuestro último congreso
y hoy estamos aquí prácticamente las mismas personas que entonces,
y sin embargo parece que han pasado siglos desde aquel día. Del día
que inauguramos el II Congreso recuerdo muchas cosas. Recuerdo claramente
las palabras que nos dirigió aquí mismo el Secretario General
de Comisiones Obreras, José María Fidalgo. Dijo que la Igualdad
era inevitable, que tardaría más o menos, pero que llegaría
finalmente; lo cierto es que entonces, a nosotros, nos parecía muy
lejana. El hoy ararteko, Iñigo Lamarca, y yo misma fuimos los autores
de la ponencia política de aquel II congreso y en la misma aparecía
varias veces la frase “travesía del desierto”. Aquella fue una ponencia
destinada a preparar a nuestras organizaciones para esa travesía que
se preveía dura, era una ponencia para ponernos a resguardo, para
resistir. Organizamos aquel congreso sobre la base de la resistencia y la
supervivencia, sobre la base de saber que cualquier avance iba a ser imposible
y que corríamos el riesgo incluso de retroceder sobre lo ya conquistado.
Jordi Petit, y nosotros en esta Federación coincidimos con él,
afirma que han sido las multitudinarias manifestaciones del orgullo en Madrid
las que nos han protegido de la apisonadora en que se convirtió para
nosotros la derecha en los últimos años. Esa manifestación
nos ha protegido porque era la demostración del cambio social que
se estaba produciendo, la constatación de que ya no estábamos
solos sino, al contrario, cada vez más y mejor acompañados.
Todos los líderes políticos, sociales y sindicales han marchado
con nosotros en nuestra pancarta, todos menos el PP naturalmente. Recuerdo
en este sentido que en una de las primeras manifestaciones verdaderamente
multitudinarias que se produjeron, Cándido Méndez, acompañándonos
en el estrado, se extrañó al ver la cantidad de gente que pasaba
y nos preguntó “¿Cómo lo hacéis?” Y fue Boti
quien le contestó: “con mucha rabia, con mucha necesidad”.
Con esa rabia, con esa necesidad, es como hemos ido construyendo la conciencia
de que nuestros derechos son derechos humanos y hemos ido explicando que
cuando salimos a la calle o nos hacemos ver (eso que tanto les molesta a
algunos) nuestra sola presencia es profundamente política, porque
más allá de las reivindicaciones concretas de cada momento,
lo que estamos haciendo es levantarnos contra la invisibilidad impuesta como
un destino, contra el exilio de nosotros mismos, contra el borrado al que
durante siglos hemos estado sometidos. Haciéndonos presentes demostramos
también algo que es básico en nuestra lucha: que no hay un
“ellos” y un nosotros”, que somos vosotros, que somos vuestros familiares
y amigos, vuestros conciudadanos, que esta es la sociedad a la que pertenecemos,
que esta es nuestra casa, en la que queremos quedarnos y en cuya construcción
y mantenimiento participamos, y que exigimos por tanto que se nos reconozca
nuestra plena dignidad de ciudadanos y ciudadanas. En la presencia, y no
en la ausencia.
Hemos llegado hasta aquí convenciendo, que es la única manera
de asegurar que la victoria no sea efímera, haciendo un camino al
que se ha sumado cada vez más gente y más organizaciones y
asociaciones. Con muchas de esas organizaciones, con las personas que en
ellas se dejan, como nosotros, su tiempo y su trabajo en la labor de construir
un mundo más justo, hemos creado lazos de solidaridad y de amistad
que van más allá del ámbito de nuestra reivindicación.
A vosotros y vosotras, muchos de los que estáis hoy aquí, nos
une la complicidad de la lucha constante por un mundo mejor y más
justo, más libre, más solidario y más igualitario. Esta
lucha constante, que no se mide en horas, que se mide en voluntades, en esperanzas,
nos ha puesto en el mismo lado del mundo, nos ha convertido en compañeros
del mismo sueño. La lucha por la justicia y la igualdad es una lucha
común. En los primeros años lo cierto es que nos sentimos muy
solos, en los últimos éramos, y ya somos, una multitud.
Enfrente hemos tenido y aun tenemos siempre a los mismos. A los que se han
opuesto a cualquier avance en las libertades, en los derechos civiles de
las personas. Los que ahora claman contra nuestros derechos clamaron contra
los derechos de las mujeres y de las minorías raciales, contra cualquier
avance sustancial en el derecho de ciudadanía. Son los que siempre
han mostrado su miedo a la libertad, a que la gente haga uso de ella, para
vivir y para morir. Pero son el pasado, son siempre el pasado; nosotros y
nosotras somos la esperanza y el futuro. Cada vez que pierden un combate
ganamos todos. Eran el pasado cuando se opusieron al divorcio, al uso de
la anestesia y de los anticonceptivos, a la investigación con células
madre, a la ciencia, a que la sangre circulaba por las venas. Y mataron para
que la sangre no circulara por las venas y para que la tierra estuviese inmóvil
en medio del universo, pero la tierra se mueve, la sangre circula, su sangre
circula, usan los anticonceptivos, se divorcian y vuelven a casarse y mañana,
hoy mismo ya, muchos de ellos se manifiestan gays y lesbianas, y también
lo harán sus hijos, y se casarán, y finalmente un día
declararán que la orientación sexual o la identidad de género
no tiene nada que ver con la política. De la libertad que ahora conquistamos,
de la que conquistaron otros, nos aprovechamos todos; incluso aquellos que
se la quieren restringir a los demás. Seremos generosos, pero lo cierto
es que en este camino ha habido mucho dolor, mucho sufrimiento evitable y
eso no debe olvidarse. La memoria tiene que formar parte del presente y con
la memoria tenemos que construir el futuro.
Porque en el camino hemos dejado muchas cosas. Hemos dejado a compañeros
que no han llegado a ver este día y a los que todos recordamos. El
Sida se llevó por delante a muchas personas que lucharon por su dignidad
cuando su dignidad e incluso su humanidad era puesta en duda. Las personas
que asumieron la lucha por los derechos de los seropositivos han sido un
ejemplo de esfuerzo, de entrega, de coraje y compromiso. El Sida mató
a muchos de los nuestros pero nos demostró también que no se
puede aceptar la desigualdad sin rebelarse. El Sida nos demostró que
no éramos iguales y que nuestras vidas no valían lo mismo que
las demás vidas. Los muertos por Sida no son fantasmas, no son sombras
oscuras, son personas de las que todos nos acordamos por haber compartido
con ellos muchas horas y a las que recordamos ahora con emoción; pero
también han quedado atrás aquellos que estuvieron en la cárcel,
en los psiquiátricos, en la absoluta ignominia y que no han vivido
lo suficiente como para ver que el camino que abrieron con tanto esfuerzo
ha sido seguido y culminado por otros. Su memoria y su reivindicación
es la historia que ahora tenemos que contar. La ley que saldrá próximamente
del Congreso se llama ley de modificación del Código Civil
en materia de matrimonio, pero para nosotros y nosotras es la ley de la Igualdad
y de la Dignidad; de la dignidad de nuestros hijos, permanentemente negados,
de la dignidad de todos los adolescentes gays, lesbianas y transexuales que
aun son acosados en la escuela o el instituto; de la de nuestros mayores,
de los precursores, de los que nos precedieron.
“Cuando llegue el momento de la Igualdad, todos dirán haber estado
ahí, pero sólo unos pocos sabremos que estuvimos”. Estas son
unas palabras de Pedro Zerolo que ahora se han convertido en proféticas.
Ahora todos dicen haber estado, pero nosotros, nosotras, sabemos quienes
estuvimos; y todavía es demasiado pronto para olvidarlo.
Ahí hemos estado los activistas. Los primeros, cuando nadie más
estaba, cuando no se trataba de ser ciudadanos de primera, sino de no ser
seres humanos de segunda. Lesbianas, gays, bisexuales y transexuales hemos
mantenido el pulso de esta lucha, no lo olvidéis, que habéis
sido vosotros, que hemos sido somos nosotros, y todos sabemos en qué
condiciones, los que hemos cambiado la historia. Tenemos, pues, que
sentirnos orgullosos del trabajo realizado, pero sin olvidar de dónde
venimos; porque venimos de muy lejos, de las catacumbas de la historia, de
lugares oscuros y dolorosos. Somos los que hemos habitado ese sitio en el
que ningún niño, ningún adolescente quiere estar. El
sitio del que despierta a la consciencia sabiendo que es diferente y que
esa diferencia estigmatiza, marca, excluye, hace sufrir. Somos los que aprendimos
que en el armario sólo hay oscuridad y temor y después que
en la oscuridad y en el temor no hay vida que pueda recibir ese nombre. Los
militantes, los voluntarios, vosotros y vosotras, hemos empeñado parte
de nuestras vidas para que nadie tenga que sufrir por amar de manera diferente,
para que nadie tenga que morir por amor. Podéis sentiros orgullosos.
Hemos hecho un magnífico trabajo.
Podéis sentiros orgullosos de pertenecer a esta organización,
la FELGT, que cuando se escriba la historia se verá que ha sido fundamental
en esta lucha. Seamos generosos, sí, pero no renunciemos a lo que
nos pertenece. Desde la Federación nunca creímos en la igualdad
a medias, nosotros siempre apostamos por todo y hemos demostrado que era
posible. Y de paso hemos demostrado que cualquier cosa es posible, que no
es verdad cuando nos dicen que las cosas no pueden cambiarse, cuando nos
dicen que el margen de maniobra es muy estrecho. El margen de maniobra es
tan ancho como luchemos por ensancharlo y las cosas cambian si se empeña
en ello lo suficiente.
Y hemos llegado hasta aquí decididos a no pararnos y a seguir adelante
hasta que la homofobia sea un mal recuerdo. Estamos aquí sabiendo
que en la mayor parte del mundo ser gay, lesbiana o transexual puede costar
la vida. Estamos aquí sabiendo que somos un ejemplo, que el mundo
nos mira y nos exige que compartamos lo que hemos aprendido. Hoy estamos
aquí orgullosos y orgullosas, esa palabra que tanto les molesta a
algunos.
Orgullosos y orgullosas por lo que hemos logrado, porque nos hemos levantado
en momentos muy duros, porque no hemos agachado la cabeza ni el corazón,
porque hemos sido valientes y rebeldes y, además, alegres. Y la alegría,
el sentido lúdico de la vida, ha sido para nosotros un arma subversiva
que hemos utilizado y lanzado con fuerza contra la tristeza impuesta, contra
la negrura con la que siempre han querido recubrir nuestras vidas, nuestros
cuerpos y nuestros sentimientos. Contra el silencio y la negrura hemos sacado
a la calle la alegría. Estamos orgullosos, orgullosas, de haber llegado
hasta aquí con todo en contra y con muy pocas cosas a favor, de haber
dado la vuelta a un destino que parecía inevitable, de habernos negado
a vivir las vidas que tenían preparadas para nosotros. Orgullo
no de ser, sino de haber llegado a ser; orgullo del camino recorrido. Y dentro
de muy poco, el 2 de julio, y por las calles de Madrid y un poco antes en
muchas otras ciudades, más orgullo aun. Orgullo de habernos empoderado
cuando no teníamos nada, orgullo de haber llegado tan lejos como muchos
en el mundo sueñan con llegar, orgullo de estar hoy aquí rodeados
de amigos y amigas, orgullo de poder mostrarnos como ejemplo, algo que jamás
hubiéramos soñado hace unos años. Desde aquí
os invitamos a todos, como siempre hemos hecho, a compartir con nosotros
y nosotras ese día que llamamos del Orgullo.
Avanzamos. Avanzamos y a partir de ahora la lucha es por la igualdad y la
dignidad de las personas transexuales. Quien dice, y todos lo hemos oído
alguna vez, que no es la misma lucha es que no sabe nada de nosotros.
No sabe que, probablemente sean ellas y ellos los que han pagado un precio
más alto por ejercer su libertad; que ellas y ellos son los que han
estado desde el comienzo en la primera fila de la exigencia de igualdad.
Ahora con las personas transexuales tenemos que estar todos.
Avanzamos. El camino que nos queda hacia la igualdad legal es ya muy corto,
el que nos queda hasta la igualdad social mucho más largo. En ambos
casos va a haber momentos duros. Nos lo van a hacer sufrir hasta el final,
pero tenemos a nuestro favor que se confunden de enemigo, que no saben a
quienes se enfrentan. No se enfrentan a ningún lobby, los lobbys caen,
un poderoso lobby puede derrumbarse de un día para otro como un castillo
de naipes y lo hemos visto, pero la necesidad de las personas de ser libres,
de que su dignidad les sea plenamente reconocida, eso es irreductible.
Y ese deseo ha sido nuestra fuerza, lo único que tenemos, lo que hemos
tenido siempre y finalmente ha sido la razón de que podamos ahora
estar tan cerca de conseguirlo. Mañana, cuando la Igualdad llegue,
nosotros, gays y lesbianas seremos más libres, pero todos los cuerpos
y todos los amores serán también más libres. Cuando
todos seamos más iguales, todos podremos ser más diversos.
La riqueza de la diversidad humana crece y florece en la Igualdad. Y de esto
se trata siempre, de ser más libres, más iguales, más
diversos. Eso es todo, eso ha sido siempre todo.
Avanzamos, compañeros y compañeras, amigos y amigas, avanzamos
y seguimos. Buen congreso y muchas gracias.