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LA TERCERA IZQUIERDA

Ana Segura, José Mª Mendiluce, Enrique del Olmo y Daniel Cohn-Bendit

El jueves 27 de abril del año 2000, en la sala Galileo de Madrid, tuvo lugar la presentación del libro "Por la tercera izquierda", con la presencia de sus autores, José Mª Mendiluce y Daniel Cohn-Bendit, y con la participación de Ana Segura y Enrique del Olmo, miembros del Consejo editorial de Iniciativa Socialista. A continuación publicamos la transcripción directa de sus intervenciones, por lo que los textos que vienen a continuación tienen un marcado tono coloquial.

Ana Segura: un hecho esperanzador

Después del mazazo que ha supuesto el resultado de las elecciones generales de marzo -y más que por el triunfo del Partido Popular, por la inesperada dimensión de la derrota de la izquierda- y de lo que hemos tenido oportunidad de ver estos días en el Congreso durante el debate de investidura de Aznar, las buenas gentes de izquierda estamos todavía desconcertadas y como en una especie de crisis permanente de la que aún no vemos formas claras de salir.

El debate abierto en el PSOE y en IU, tras sus respectivos fracasos electorales, no es nada esperanzador, ni anima tampoco a recuperarse. Tácitamente les estamos dando un margen de confianza hasta que celebren su Congreso y su Asamblea Federal, pero cada vez hay más dudas objetivas y fundamentales de que vayan a ser los partidos tradicionales de izquierda quienes promuevan los cambios que parecen necesarios en el futuro.

Los partidos verdes han influido de manera muy poderosa en otros países de Europa, no sólo en la regeneración de la vida política con sus propuestas de democracia de base, sino también en la incorporación de nuevas sensibilidades feministas, pacifistas, etc., al quehacer cotidiano, pero aquí, en España, cada vez se labran un horizonte más incierto y recorren sendas con destino a lo marginal que no conectan con l@s representantes civiles de esas nuevas sensibilidades.

Por ello, la presencia, hoy, aquí, de José Mª Mendiluce y de Daniel Cohn-Bendit y la aparición del libro "Por la Tercera Izquierda", que presentamos, es, sin lugar a dudas, el hecho más esperanzador que hasta ahora ha ocurrido en Madrid en lo que llevamos de esta lluviosa primavera del año 2000. De ahí la expectativa que ha despertado este acto y vuestro respaldo masivo al mismo, así como la presencia de numerosas caras conocidas del mundo de la política.

Yo, por edad, no pertenezco a la que, por cierto, un diputado de izquierda de la Asamblea de Madrid ha llamado recientemente, de manera desafortunada, "la Generación Coñazo del 68". Con 11 años, todavía tenía que ponerme a diario el uniforme gris del colegio, obviamente de monjas, en el que para nada nos hablaban de lo que estaba pasando en Francia. Mi pertenencia, como la del resto de la gente de generación que ahora rondamos la cuarentena, es más bien ideológica y teórica. Hemos oído y leído mucho sobre mayo del 68.

Y las generaciones que nos siguen, me parece que, si son de izquierdas, pertenecen más y se incluyen más a gusto en el "movimiento alternativo", visualizado con profusión de detalles este otoño en Seattle, que bajo el rótulo de "izquierdas".

En cualquier caso, no veo tantas diferencias y sí encuentro muchos hilos conductores que nos unen en el tiempo y nos hacen herederas y herederos de Mayo del 68.

Releyendo estos días algunos documentos me ha llamado la atención un acontecimiento que, en todos ellos, se destacaba como el comienzo de un nuevo líder provocador. Ocurre en enero de 1968. En la Universidad de Nanterre. Se están inaugurando unas instalaciones deportivas en el campus. Hay un grupo de estudiantes que se manifiestan en contra y que abuchean al Ministro de Juventud y Deportes. Uno de ellos se destaca y le pregunta al ministro qué cuándo se va a abordar la educación sexual de los jóvenes y no sólo la construcción de instalaciones...

Hoy, la puede ser que la Universidad no lleve la iniciativa en los procesos de cambio, pero hay much@s jóvenes desafiando a la autoridad establecida en muchas ONGs en todo el mundo, y los cambios que han de producirse no se van a poder llevar a cabo sin ell@s.

Y no sólo hablo de jóvenes en edad, claro está, sino también de quienes mantienen joven su espíritu. "Mendi" y "Dani" son dos buenos ejemplos de quiénes no se han dejado cambiar mucho por la Política, ellos que la querían cambiar toda.

Sirva de muestra su continuo ejercicio de la heterodoxia. Seguro que no me equivoco si me atrevo a decir que gracias a ellos dos, vamos a conseguir vislumbrar algunos brotes nuevos, en este mayo del 2000, que van a indicarnos por dónde pueden ir en el futuro las iniciativas ciudadanas de la gente de izquierdas.

A José María Mendiluce, que es a quién tengo que presentar, en realidad no me atrevo a presentarlo, pero sí me gustaría decirle que, como asociada a Greenpeace, podría lamentar que no sea nuestro Presidente, pero, como Verde, me alegro profundamente de que no lo sea, porque creo que le hemos ganado para otra causa que no le va a quedar más remedio que liderar aquí en España, por mucho que se nos vaya a Europa. Aquí hay en ciernes procesos que alguien tiene que asumirlos en primera persona si no queremos tragar PP hasta el 2008.

Termino ya. No sé si Dani se acordará. -seguro que sí- de que un día 27 de abril, como hoy, pero de 1968, estuvo varias horas retenido por la policía francesa. Eran otros tiempos. Hoy les vamos a retener a ambos, por su propia voluntad, hasta que nos cuenten con detalle qué es eso de la Tercera Izquierda, si es verde o es roja, porque sabemos que, en Francia, ya ha nacido y que su voluntad es liderar los cambios estructurales e ideológicos que han de producirse en la aldea global para que podamos continuar coexistiendo en paz y de manera solidaria y ecológica todos los seres que existimos en este planeta que han de heredar generaciones que aún no han nacido.

Gracias por vuestra visita, y ala, venga, que tenemos mucha faena por delante.
 
 

José María Mendiluce: la batalla por la autonomía

Antes que nada, quisiera agradeceros que estéis aquí, a todas las caras conocidas y, sobre todo, a todas las caras no conocidas, porque a veces parece que la política y los actos políticos son un tanto endogámicos. Hoy veo a mucha gente de diferentes corrientes y a gente que no conozco. Eso es lo que nos interesa a todos, comunicar desde la diversidad de nuestras opiniones y de nuestras realidades individuales.

Tanto Daniel como yo estamos bastante contentos porque ayer pasó lo mismo en Barcelona, más de 450 personas fueron a hablar de política. Era la presentación de un libro, pero de un libro con un título como éste. Cuatrocientas personas allí y todas las que estamos hoy aquí, después del batacazo electoral, es algo que demuestra que a veces el ánimo es más contagioso que la desesperanza y que no queremos caer en ese desánimo o en esa apatía que se han expresado en las últimas elecciones con la abstención de unos tres millones de personas que votaban a la izquierda.

El hecho, digo, de que haya mucha gente que acude a estos actos después de lo que pasó el 12-M me hace ser profundamente optimista. Existe un divorcio evidente entre la política formal -la de los políticos, las instituciones, la de los partidos de izquierda- y una parte importante de las personas que han abandonado su voto y su apoyo a los partidos de izquierda, pero estoy seguro de que esta gente no ha abandonado la ilusión y las ganas de que hablemos de política de otra manera, de que hagamos las cosas de otra manera, de que sumemos en vez de restar y de que concibamos que la suma no es solamente o necesariamente la suma de siglas, sino la suma de muchas sensibilidades que en estos momentos se expresan de manera diferente en los movimientos sociales, en asociaciones, en ONGs o, simplemente, a través de la red de Internet ante temas y situaciones puntuales.

Querría aclarar también, porque a veces se generan expectativas que no se corresponden con la realidad ni con la voluntad de los que las generamos, que estamos presentando un libro, no un partido político que vaya a sumarse o a competir con los partidos políticos que ya existen. Es cierto, como decía Dani hace un rato en la televisión, que en Francia sí hay una fuerza política que él ha liderado en las elecciones europeas, con un 10% de votos, casi un 20% en París, que compite, sí, con otras opciones políticas de la izquierda, pero que no tiene una voluntad de competir para restar, sino de contribuir a los debates de la izquierda y también a la gobernabilidad del gobierno de la izquierda plural en Francia.

A pesar de que a Dani se le llama siempre "Dani el rojo", era por el color de su pelo, porque él nunca ha sido rojo, era más bien negro, libertario, viene de otra escuela política. Este libro no es un libro de nostalgias, precisamente lo que trata de decir es que ya basta de vivir del pasado, de las nostalgias, de los prejuicios.

Es necesario entender que estamos en otro momento, en otra realidad; que, afortunadamente, al menos en Europa, los cuentos de Charles Dickens forman parte de la historia de la Literatura. Es evidente que hay marginación y muchos problemas pendientes, pero no estamos en los Tiempos Modernos de Charlot, entre otras cosas porque ha habido una izquierda que a lo largo del siglo que termina ha sido capaz de desarrollar propuestas, de luchar, de combatir a través de los sindicatos, a través de la lucha política, para que esas cosas, en Europa al menos, ya no fueran como fueron.

La sociedad ha cambiado y ya no estamos en la sociedad industrial, ni siquiera en la sociedad postindustrial. Estamos en una nueva sociedad en la cual la dialéctica y la contradicción obrero-patrón se suma a otras muchas contradicciones. Estamos en una era en la que los mercados se mueven a velocidad vertiginosa, en la que el que no se hace millonario o duplica sus inversiones en 48 horas considera que está perdiendo el tiempo. El ciclo de lo económico se ha acelerado de manera tan demencial que no se corresponde, hace mucho tiempo ya, al ciclo de lo natural y de lo vivo, pero tampoco al ciclo vital de cualquiera de nosotras o nosotros, y ni siquiera al ciclo de la inversión productiva, de la transformación de las materias primas en productos manufacturados, de su comercialización y venta. Estamos en una sociedad mucho más peligrosa y vertiginosa. Según todos los informes de los científicos y de las Naciones Unidas, el planeta va muy mal y la humanidad está casi cometiendo un suicidio.

Han cambiado muchas cosas y, sin embargo, da la impresión de que la izquierda cuece en su propia salsa, de que tenemos demasiados tics, demasiadas liturgias, demasiados modelos de organización, demasiadas formas de comunicación, demasiados discursos que empiezan a ser rancios y, en algunos casos, hasta arcaicos. No basta con añadir a nuestro programa cositas que quedan bien, si no sabemos transmitir la convicción de que realmente estamos por esas cosas. Hemos perdido la fundamental capacidad de entusiasmarnos y de entusiasmar, perdiendo credibilidad en sectores muy amplios de la sociedad.

En la última cumbre europea de Lisboa, una mayoría de gobiernos socialdemócratas o de izquierda plural han coincidido plenamente con Aznar en todos los contenidos y resultados de la cumbre. ¿Para qué gobierna la izquierda si, en definitiva, lo que triunfa es el neoliberalismo, sea a través de esos Gobiernos o sea a través de la derecha? Más de lo mismo, las mismas caras, los mismos discursos, las mismas crisis, los mismos mecanismos para resolver las crisis, los mismos mecanismos para fabricar liderazgos dentro de partidos cada vez más endogámicos, más alejados de la sociedad. Eso no nos lleva a ningún sitio.

No sirve ganar por cansancio del enemigo, para volver a perder las elecciones un poquito más tarde, tras hacer lo mismo que hace la derecha. Y tampoco sirve ser testimonial, como lo son algunos verdes radicales; tampoco sirve "tener la razón", tener el programa "perfecto" si no somos capaces de articular mayorías sociales. Tendremos las manos limpias y seremos muy progres, pero no nos servirá de mucho.

Creo que no podemos quedarnos anclados de las nostalgias. Dani decía hace un rato a un periodista que lo de Mayo del 68 para él es como la primera noche que hizo el amor. El asunto no es quedarse colgado del primer "polvo", si me permitís la expresión, es seguir haciendo el amor. Hay nuevos temas, hay nuevas realidades sociales, hay nuevas formas de comunicar y hay que entender que también nuestras estructuras, nuestras fidelidades al líder, están rotunda y radicalmente obsoletas en esta Europa que estamos construyendo. Ya no hay masas, ya no hay líderes infalibles, salvo el romano pontífice.

Tener miedo a la renovación sólo esconde miedos que no tienen mucho que ver con las realidades de la sociedad sino con los futuros personales o de grupo dentro de unas estructuras que deberían ser instrumentos y que, en muchos casos, se convierten en fines en sí mismos para el reparto de privilegios políticos.

Todo el mundo habla hoy de la globalización. ¿Cuáles son las reacciones de la izquierda ante ella? Para unos, adaptarse a ella; para otros, rechazarla. ¿Es que no hay otra vía? No me refiero a la Tercera Vía de Blair. Pensemos en lo ocurrido en Seattle. Esa variopinta presencia de activistas de muy distinto origen, de organizaciones muy variadas, que no se pusieron de acuerdo en un programa para estar en la calle, pero que compartían una voluntad que no era la de reventar la Organización Mundial del Comercio, sino la denuncia de esas reuniones a puerta cerrada y de las políticas que esa OMC trata de desarrollar a espaldas de los ciudadanos. Yo me temo que una parte importante de la izquierda estaba también en Seattle, pero dentro de la reunión, no estaban en la calle, ni tampoco he oído que hubiera en la calle muchas representaciones de los partidos políticos. Lo que había, como digo, es esa variopinta mezcla de indígenas americanos, de indios norteamericanos, de ecologistas, de agricultores franceses, de sectores religiosos que querían la condonación de la deuda, de sindicalistas, de feministas…, cada uno con sus eslóganes, con sus consignas, pero con un punto en común esencial, que este planeta no puede ser una mercancía y que los seres humanos que lo habitan no son una mercancía. ¿No es suficiente esto para hacer cosas juntos?

Si la globalización es imparable -y yo no tengo ninguna nostalgia de los aranceles, de las fronteras, de los agentes de aduanas-, ¿cuál debería ser nuestra tarea? Pues globalizar nuestras respuestas. Abanderar la globalización, también, de los derechos humanos, abanderar la globalización de la democracia, corregir, a través de organizaciones internacionales, a las que no queremos disolver sino modificar su comportamiento. Podría decirse que las Naciones Unidas son hoy la única vanguardia que existe a escala planetaria y que dice cosas más o menos sensatas, aunque luego esté secuestrada por los poderes que ya todos conocéis y que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Estar contra la globalización es estar contra la historia, y la izquierda no puede, en ningún caso, caer en discursos chovinistas, nacionalistas, proteccionistas, porque eso lo hacen muchísimo mejor Haider y Le Pen y porque va contra nuestra esencia.

Recuperar todas las tradiciones del humanismo, la visión universal de las cosas, es una tarea imprescindible en el discurso de la izquierda, respondiendo a los retos de la globalización en positivo, apostando por un mundo sin fronteras pero no sólo para los especuladores, no sólo para los mercados, sino también para los seres humanos que lo habitan.

Estamos también en la era de Internet. Internet no es solamente un correo electrónico que "tu secretaria" baja porque tú no sabes ni usar la maquinita. Es muy moderno ahora mandar y recibir e-mails escribiendo a mano para que "la secretaria" te los mande o te los baje del ordenador. Internet tampoco es tener una magnífica web en colores donde salen las propuestas y se cuelgan cosas bonitas.

Internet es una revolución que ya está en marcha en términos de las relaciones interpersonales y de las relaciones sociales. Es la expresión, en términos de comunicación, de fenómenos muy importantes. Uno de ellos es el mundo sin fronteras en términos de comunicación, a pesar del desigual acceso a Internet que existe, que es un foso gravísimo y profundo. Pero también es un instrumento donde se acabó el que manda y el que recibe; todo el mundo puede recibir, todo el mundo puede ser emisor.

Estamos en un mundo en el que todas y todos, excepto algún fanático, queremos ser nosotras y nosotros mismos. Tenemos que dar respuestas a los deseos de autonomía, de individualidad de las personas, se acabó la cosificación o la reducción del individuo a un sector social, a una clase, a un grupo. Claro que hay obreros y patronos, claro que hay desempleados, inmigrantes y marginados. Se trata de entender qué somos muchas cosas a la vez, se puede ser trabajador, inmigrante, empresaria o juez, pero somos también ciudadanas y ciudadanos que además podemos ser todos socios de Greenpeace, por ejemplo, o de Médicos Sin Fronteras sin ser médicos. Cada persona es un mundo diferente, y nos sumamos porque decidimos socializar y apostar por esto o por aquello.

Necesitamos realmente entender desde la izquierda la batalla por la autonomía, por los derechos de las personas y por la libertad individual y por el derecho a querer prosperar, dentro de una leyes de solidaridad. No se trata de anteponer una solidaridad abstracta a las personas concretas, como tampoco se trata de, al modo de la derecha, decir "sal adelante y sálvate tu solo, enriquécete que todo va bien", lo que, por cierto, era un discurso que hacía también Solchaga, con lo cual no nos extrañemos de que luego venga lo que ha venido.

Querría también decir que tenemos que impregnarnos en serio de ecología, que no es un añadido en el programa, algo que toca el jueves por la tarde. Hay que cuestionarse el concepto y el modelo de desarrollo que se basa en un crecimiento insostenible y depredador y que margina a las tres cuartas partes de la humanidad de sus beneficios. No es un problema de los radicales verdes o de los ecologistas, al igual que los derechos de las mujeres no son un problema de las feministas. Tenemos que contaminarnos todos y todas. Para lograr los cambios requeridos hacen falta mayorías sociales. No se puede cambiar el curso de las cosas simplemente haciendo testimonio, como hacen algunos verdes fundamentalistas que, además no quieren saber nada de política y dicen que les importa un bledo si gobierna la derecha o la izquierda. No se pueden hacer los cambios necesarios de orientación más que convenciendo a la mayoría de la sociedad, porque somos demócratas. Y para eso hay que hacer un discurso distinto y empezar a hacer pedagogía y empezar, de verdad, a creérselo.

La Europa que tenemos no es la Europa que necesitamos, pero nunca tendremos la Europa que necesitamos si no partimos de la que tenemos. Creo que todos los retos a escala global, a escala universal, de las políticas de los organismos internacionales sólo se pueden abordar a partir de una Europa fuerte, de una Europa unida y de una Europa diferente, de una Europa para los ciudadanos pero también donde la izquierda, esa izquierda nueva, esa izquierda de progreso, de futuro, no atada de pies y manos a grandes heridas históricas y a nostalgias del pasado y a sueños que, en muchos casos, se convirtieron en pesadillas, sea capaz de volver a ilusionar a los ciudadanos con ofertas creíbles, sensibles, honestas, bien transmitidas, con un nuevo discurso, no con aire fresco, que ya es un tópico como cualquier otro, sino de otra manera.

No pretendemos que este libro sea el manual de la izquierda del futuro, pretendemos provocar, pero no provocar por provocar, sino provocar un debate. No hace falta tener todas las respuestas para abrir un debate. Es más, justamente cuando no tenemos todas las respuestas es cuando hay que abrir los debates. Todas las respuestas las tendrá el Vaticano y un modelo de izquierda que ojalá no vuelva a existir. La izquierda viva, la izquierda que queremos y que necesitamos es una izquierda que no tiene todas las respuestas, entre otras cosas porque las consulta con la gente y porque las respuestas de verdad van a surgir de un nuevo diálogo entre los ciudadanos y la política.
 
 

Enrique del Olmo: elogio de la transversalidad

Llegamos a este acto aún imbuidos del espíritu del 12-M, bajo el shock de una derrota con la que se han pagado errores cometidos hace varios años y que han dado como fruto una grave fractura social entre la izquierda política tradicional y las nuevas generaciones.

Este acto y el libro que presentamos son una reivindicación de la pluralidad en la izquierda, pluralidad de pensamiento y pluralidad de acción. La gente ya no comulga con ruedas de molino, y eso es bueno. La pluralidad es una necesidad básica para que la izquierda puede recuperar una posición protagonistas, en lo político, en lo social y en lo cultural.

Otro rasgo fundamental de este acto es ser un acto transversal. La transversalidad es una forma de conocimiento entre gente de diversos sitios y posiciones, pero que desea comunicarse. Se están rompiendo las viejas fronteras de acero entre las corrientes de la izquierda, fronteras que llegaron a incluir la persecución, cuando no la eliminación física, del disidente. Ahora surge la posibilidad de diálogo y entendimiento.

Hay, sin embargo, una barrera que se opone a la transversalidad. Se trata de la barrera de los intereses. Desgraciadamente, sabemos que muchas confrontaciones, alianzas o tomas de postura en el seno de los partidos no responden a un debate político, sino a un debate sobre privilegios y puestos de trabajo. La transversalidad es un antídoto a todo esto.

Al hilo de la lectura del libro que presentamos, querría ahora hacer algunas reflexiones. En primer lugar, me parece indiscutible que lo que se propone tiene un perfil político nítidamente de izquierda, favorable a lo social frente a la conversión de la privatización y la rentabilidad en únicos objetivos de las relaciones entre seres humanos.

Este libro me ha hecho pensar, también, en la necesidad de recuperar lo mejor de tradiciones como la libertaria, que en España aportó una gran capacidad de innovación. Es hora de ponerse a pensar porqué, y con qué consecuencias, la izquierda o ha sido capaz de incorporara su bagaje valores libertarios como la profunda defensa del individuo y de la singularidad, su esfuerzo pedagógico, la ausencia de jefes idolatrados, la difusión del gusto por la vida...

Tras la derrota, está extendiéndose la peregrina idea de que hemos perdido por que se ha producido un giro a la derecha en la sociedad, y que, por tanto, para poder recuperar una mayoría de izquierda hay que girar también hacia la derecha. Por el contrario, yo creo que si la izquierda quiere superar la brecha abierta con muchos ciudadanos, y es especialmente con la juventud, tendrá que atreverse a presentar propuestas que la enfrentarán con diversos poderes establecidos.

En el libro de José María y Daniel no se formula una perspectiva utópica.. Más bien, yo veo hay una propuesta antiutópica. La izquierda debe arrebatar la aureola a esa idea de la utopía como formulación de un "debe ser" para un mundo mejor que, cuando llegue, nos llenará de satisfacción. No, resolvamos los problemas con realismo, no describamos el futuro, hagámosle. Esto tiene sus dificultades, por la complejidad de lo real y la imposibilidad de evitar tener que elegir entre opciones poco agradables. Pero, en todo caso, ser profundamente realista no es ser conservador.

La izquierda en su conjunto debe apostar por la modernidad. ¿Pero qué es la modernidad? Ahora, rápidamente se piensa que ser moderno es cotizar en Bolsa. No, eso no es ser moderno. Tampoco son modernidad las hambrunas en África, los contratos de un cuarto de hora, la mortalidad infantil en el Tercer Mundo. ¿No es más moderno modificar el sistema de comercio mundial, como han reivindicado los manifestantes de Seattle, o democratizar la vida política, o nuevos sistemas de trabajo que permitan el acceso a un empleo satisfactorio para cada joven...? No, los modernizadores de la izquierda no son Blair o D'Alema, en cuyas propuestas poco hay de novedoso. La verdadera modernización toma como referente el avance de la condición humana, de la libertad y la autonomía de cada persona.

Este acto es una reivindicación de la política. Hay que enfrentarse a los purismos que dejan la política en manos de los políticos profesionales. La política debe ser capaz de transformar en actos de gobierno una voluntad colectiva. No es algo secundario, es el único camino para que quienes no somos dueños de multinacionales ni de inmensos capitales podamos transformar la vida cotidiana.

Daniel Cohn-Bendit: una izquierda liberal-libertaria

Al oír a José María y a los otros oradores estaba pensando que había algo raro en esto, porque la izquierda española está sumida, en estos momentos, en un agujero, pero, al mismo tiempo, en una esperanza. Una esperanza que vive en grupos, individuos, partidos, ONGs y en todos aquellos que quieren que la izquierda, su país, Europa y el mundo salgan de ese agujero. No voy a decir las cosas con las que estoy de acuerdo, lo que voy a intentar hacer es decir algunas cosas que han resultado polémicas, porque las queremos integrar en un proyecto de izquierda, cuando no son cosas tradicionalmente de izquierdas.

Hablo en el texto de una Tercera Izquierda Verde, de una izquierda liberal-libertaria. La gente de izquierdas ha decidido abandonar la palabra "liberal", porque representa a la derecha, a Berlusconi, a Aznar, y no forma parte de nuestros ideales políticos. Creo que la izquierda tiene que hacerse una autocrítica profunda de sus concepciones y de su historia cara a la democracia. La izquierda, durante mucho tiempo, ha sido incapaz de estar a la cabeza de la lucha contra el totalitarismo porque la derecha, porque el capitalismo, llevaba una batalla contra la Unión Soviética, contra China, contra Cuba, que eran, o que son aún en algunos casos, estados totalitarios. No fuimos críticos. Aquellos que no quisieron ver lo que era el totalitarismo, no fueron creíbles políticamente incluso cuando decían cosas justas sobre la explotación que existía en nuestros propios países. Ese es el problema que teníamos.

Creo que cuando retomo la palabra liberal, el liberalismo político nos dice algunas cosas. Hay momentos donde la sociedad, donde las "masas", se vuelven locas. Para protegernos colectivamente contra una posible locura colectiva, no existen más que las instituciones democráticas. Si no creemos en el reforzamiento del derecho y de las instituciones democráticas hay momentos históricos en los desaparecerán a causa de esa locura.

Yo he aprendido esto de una forma muy simple. Después de Mayo del 68 y durante los años setenta hubo una proliferación de grupos de extrema izquierda, algunos implicados en la lucha armada. A finales de los años 70, el grupo alemán Fracción del Ejército Rojo (RAF) tomó como rehén a Hans-Martin Schleyer, que había sido el brazo derecho de Reinhard Heydrich. En 1942, Heydrich fue asesinado por la resistencia checa, pero Schleyer no estaba en su coche en ese momento. En 1942, el asesinato de Heydrich estaba justificado. Después de la derrota de la Alemania nazi, Schleyer se reconvirtió políticamente y llegó a ser el gran patrón de patronos. En 1977, cuando Schleyer fue asesinado por el RAF y encontraron su cuerpo en un coche en la frontera alemana con Francia, él se convirtió en víctima y los que objetivamente eran la extrema derecha fueron los que lo asesinaron. Entonces comprendí que cuando tenemos una sociedad democrática, con instituciones democráticas, la defensa de las instituciones nos permite luchar, incluso, contra los propios ex-amigos, porque si los amigos se toman el derecho de asesinar sin juicio, de matar, entonces no creen en la base de la democracia, es decir, en el derecho y, sobre todo, no creen en el fundamento del humanismo que nos lleva a rechazar la pena de muerte. Un hombre o una mujer de extrema izquierda no tiene el derecho de matar ni el derecho de juzgar porque la moral esté con ellos.

Este es el liberalismo, el humanismo que debemos aplicar en nuestra forma de pensar.

Cambio de tema. Queremos una feminización de la política, queremos la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Si los cuadros políticos no cambian su comportamiento cotidiano, no habrá nunca igualdad. Antes hablábamos del deseo de autonomía. El deseo de autonomía es el deseo de gestionar, de autogestionar su propia vida y todas sus orientaciones, sus orientaciones sexuales: hay hombres a los que les gusta vivir con mujeres, a mujeres con los hombres, hay hombres que quieren vivir con hombres y mujeres con mujeres. Creo que debemos defender de cara a la sociedad bloqueada el derecho a esa diversidad, ese deseo de autonomía y de libertad, huyendo del bloqueo de las iglesias religiosas, ideológicas o de otro tipo.

Debemos entender que hoy en día la alternativa no es ya economía planificada o economía de mercado. Todo el mundo sabe hoy que el mercado va unido a la democracia. Pero no hay sólo una economía de mercado, hay muchos mercados, hay muchas posibilidades de vivir, de trabajar. Actualmente existen jóvenes y menos jóvenes que están creando empresas. Hay una voluntad de autogestión colectiva, una voluntad de crear una economía social, de responder a ciertas necesidades de la sociedad:, de los ancianos, los niños o los enfermos, de crear lazos sociales en los barrios marginales, que se desarrolla simultáneamente en el mercado, porque responde a necesidades, y con la ayuda de la colectividad. Todo esto tiene que formar parte de nuestro proyecto. No tenemos el derecho de decir "el Estado puede todo". Queremos un Estado que intervenga lo necesario. Esto es lo que no hemos sabido comprender, hemos dejado a la derecha decir "enriqueceos, enriqueceos", haced lo que queráis, y nosotros hemos tenido una concepción estática de la política. Defendemos el derecho de los individuos a hacer, a crear y, al mismo tiempo, el deber del Estado de apoyar a los más débiles.

Me gustaría acabar expresando otra idea: la injerencia humanitaria, la injerencia ética. ¿Qué quiere esto decir? Que por encima de la soberanía nacional, existe a nivel mundial la soberanía ética. No tenemos el derecho de dejar que un Estado, cualquiera que sea, masacre a una parte de la población, una parte de su pueblo. Esto forma parte de nuestro patrimonio de nuestra historia, tal y como lo hemos aprendido, del final del siglo XX. Yo era partidario de una intervención militar en Bosnia, no porque a mí me guste lo militar, sino porque era la única forma de que se salvaran los musulmanes. También fui partidario de una intervención en Kosovo, no porque me gustara la OTAN, sino porque era la única fuerza capaz de salvar a los kosovares. Y en nombre de esas intervenciones hoy critico que esas mismas fuerzas que estaban por la intervención hoy están cerrando los ojos ante la masacre de Putin en Chechenia. No hay derecho a decir que hay que intervenir en Kosovo y callarse hoy. Sé que no se trata de una intervención militar en Rusia, sé que Rusia es otra cosa, pero, al menos, que paren de ayudarles económicamente, de pagar esta guerra. Que se diga claramente que la guerra en Chechenia es la última guerra colonial y que hemos combatido todas las guerras coloniales, francesas, inglesas o americanas. La lucha contra la guerra en Vietnam, contra la guerra de Argelia, debe continuarse contra la guerra en Chechenia.

Vuelvo a ello, para terminar. Respeto a todas las personas que, por ser pacifistas, estuvieron contra la intervención militar en Kosovo. Les respeto profundamente. Pero no me fío de aquellos que argumentaban en contra de una intervención armada, cuando los mismos apoyaron todas las luchas de liberación nacional armada y todas las guerras de liberación nacional. Eso es algo que no podemos aceptar. Se es pacifista contra todas las guerras o no se es pacifista y, entonces, se plantea el problema de una guerra más o menos justa, aunque todas las guerras son terribles.

Siempre mantendremos, en la izquierda, ese debate entre pacifistas y no pacifistas, sobre la política extranjera, esto forma parte de la vida política. Por eso no me parece correcto decir "esa es la posición justa" o "no es la posición correcta". Digo que debemos aprender, en el interior de la izquierda, a ser capaces de proponer, de decir a la sociedad cuáles son los peligros que entrañan nuestras propuestas y que la gente sea capaz de elegir entre una propuesta y sus peligros y otra propuesta y los suyos. Ese comportamiento hará que un día nosotros hayamos demostrado que ese valor democrático y ese valor de la diversidad son los motores de nuestra política y no meros apéndices publicitarios de ella.
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